domingo, 28 de abril de 1996

Telebingo marítimo


Todo el mundo sabe que la Meteorología no es una ciencia exacta, sino una aproximación más o menos razonable a lo que puede caer. O sea, que sale Paco Montesdeoca, verbigracia, contándonos en el Telediario que este fin de semana podemos ir tranquilamente a la playa con los niños y con la suegra; y como nos lo dice delante de un mapa lleno de huevos fritos, sin una nube, pues igual le hacemos caso y luego, en Matalascañas, nos llega una manta de agua que te vas de vareta. Pero esas son cosas del tiempo y de la vida: y ni Paco, ni la tele, tienen la culpa. Las isobaras, y las isotermas, y los frentes fríos y la zorra que los parió, son caprichosos y van muy a lo suyo.

Estamos de acuerdo en que la predicción del tiempo es sólo eso: relativa, sujeta a variables, con errores que pueden considerarse con indulgencia. El problema es que al arriba firmante la indulgencia le desaparece en el acto cuando tiene que vérselas con un invento del Instituto Nacional de Meteorología, vía Telefónica, que incluye información marítima costera y de alta mar. Un presunto servicio que tiene el cinismo de llamarse Teletiempo; pero que igual podía llamarse Telemorro, o Telebingo.

Uno navega para matar los diablos, igual que otros juegan al ajedrez o se van de putas. Y en la mar, cuando te embarcas, la predicción del tiempo supone, a menudo, la diferencia entre un acto placentero y un mal rato; y en ocasiones extremas, la diferencia entre seguir vivo o cascarla. Pero en España, al contrario de otros países como Francia, o Inglaterra, la navegación deportiva está desamparada. Sales a pescar de madrugada en tu lanchita, o te dispones a hacer vela ligera, o vas navegando cinco, diez o quince millas mar adentro, y no tienes a qué santo encomendarte. Por no haber, ni siquiera Radio Nacional de España dispone de un servicio regular de información marítima. Aquí te haces a la mar para unas horas o para quince días, y salvo que dispongas de un carísimo sistema de recepción facsímil por satélite, te ves obligado a calcular el estado del tiempo a ojo, a base de vistazos al cielo y al barómetro, e intuición marinera. La única alternativa es marcar el número telefónico de Teletiempo. Y entonces la cagaste, Burlancaster.

Lo malo no es que, como corresponde a Telefónica, a veces el servicio te dé señal de estar comunicando o fuera de línea durante ciento diez minutos seguidos reloj en mano, cosa que ocurre a menudo en horas nocturnas. Lo malo no es tampoco que te anuncien viento de fuerza 2, mar buena, rizada, y lo que te salte sea un viento de fuerza 6, con una marejada que echas la pota. Lo peor viene cuando una agradable voz femenina y enlatada, tras informarte de las tarifas, te endilga la casette con una predicción meteorológica grabada doce o veinticuatro horas antes los fines de semana, sin duda por falta de personal, suelen dejarlos grabados para un par de días, o poco menos que igual dice: « válida hasta las veinticuatro horas del día tres» y tú la estás oyendo, mientras juras en arameo, a las cinco de la madrugada del día cuatro, peleándote con un levante de treinta nudos, y con la costa media milla a sotavento. Por ejemplo.

Un caso reciente: hace tres semanas, navegando entre Águilas y Cabo de Palos con una previsión de Teletiempo de noreste fuerza 3, con marejadilla, a las 8.00 de la mañana y válida hasta el día siguiente, el arriba firmante se encontró a las 9.00 con fuerte marejada y un lebeche asesino, un suroeste de treinta y siete nudos; o sea, fuerza 8. El velero abatía, incapaz de ceñir proa al viento, que arreciaba. Por suerte aún estaba a cinco millas de la costa, con barlovento suficiente para encontrar refugio en Cartagena en vez de terminar en los acantilados; y allí nos fuimos corriendo el temporal por la aleta, con sólo el tormentín izado y olas de tres metros en la popa. Todavía, a las dos horas de amarrar, y con 42 nudos de viento dentro del puerto, entró por la bocana el queche holandés Amazone, que acababa de comerse un temporal fuerte de grado 9 en la escala de Beaufort, allá afuera. Después de ayudar a amarrar al holandés era un solitario, y había pasado siete horas a la caña luchando por su pellejo, fui a un teléfono y marqué el 906 36 53 71, por curiosidad. Eran las cuatro de la tarde. La misma voz enlatada -no habían cambiado la cinta en todo el día- insistió en que teníamos buena mar, noreste fuerza 3, marejadilla. Colgué el teléfono y estuve un rato mirando cómo las olas saltaban en la escollera de San Pedro, más arriba del palo de las fragatas amarradas en el muelle. Ahora comprendo lo de la Armada Invencible, me dije. Felipe II telefoneó a Teletiempo.

28 de abril de 1996

domingo, 21 de abril de 1996

Oh, Calcuta


Creo haberles contado alguna vez que el arriba firmante es asiduo lector de la prensa del corazón. Con un par. Cada mañana, en el desayuno, sigo de cerca los avatares del mundo de la fama y la farándula mientras me calzo una naranjada y un Colacao con Crispis o galletas María. También es cierto que sólo dedico al asunto ese momento de la jornada: pero fíjense cómo será lo mío, que cuando estoy de viaje me guardan las revistas atrasadas, y hay mañanas en que voy a toda candela, pasando páginas como un loco para ponerme al tanto. Está feo que yo lo diga, pero soy un experto. A estas alturas, Isabel Preysler, Paquirrín, Marta Chavarri, Rociíto y su picoleto, Ana Obregón y su golfeador, no tienen secretos para mí. Y soy capaz de precisar con escaso margen de error si el vestido de Elio Bernhayer que lucía Pirita Ridruejo en el rastrillo anual de la Asociación de Matronas Caritativas es el mismo que llevó el año pasado en la gala contra el cáncer, o si a uno de los borregos de la finca rústica de Carmen Martínez Bordiú lo han esquilado desde la última portada del Semana.

Soy pues una autoridad en la materia a la hora de negar cierta acusación que con frecuencia se hace a este tipo de publicaciones: la frivolidad. Puestos a hilar muy fino, les concedo a ustedes que el hecho de que Catherine Fullop se haya puesto silicona en las tetas puede no ser algo demasiado relevante excepto para el afortunado mortal que se las trajine, y dudo que las íntimas y apesadumbradas sensaciones que experimenta Julián Contreras tras la ruptura de Carmen Ordóñez con su último gañan sean de interés general. O que a Ángel Cristo lo deje Bárbara Rey, le crezcan los enanos del circo y se pegue un leñazo al darse con un trapecio y, como su propio nombre indica, esté hecho un eccehomo. O sea, que en la poca trascendencia de todo eso estamos de acuerdo. Pero convendrán conmigo en que reportajes como el que hace poco traía el ¡Hola! en portada nueve páginas a color elevan el género a otras alturas de dignidad y poderío que te rilas, Domitila. Me refiero al de la joven y bella actriz Penélope Cruz con la madre Teresa de Calcuta. Confieso que uno, curtido por una vida bronca, tiene algo atrofiado el lacrimal. Sin embargo, cuando leí el titular y los sumarlos («La actriz, que vive un momento de fuerte espiritualidad, trabajó junto a la madre Teresa como voluntaria, cuidando niños, enfermos y ancianos abandonados») empecé a pasar páginas conmovido, con un nudo en la garganta. Había fotos de la chica abrazada a un par de parias, dándole el biberón a un huerfanito, alimentando a una anciana desvalida, enjabonando a un niñito desnudo, departiendo de tú a tú imagino que en fluido hindú con un par de mendigos cochambrosos. Las fotos eran realmente buenas, de extraordinaria calidad, y ella estaba en todas muy guapa: tanto que de no haber sido tomadas casualmente mientras asistía a pobres desgraciados en Calcuta, cualquier malpensado habría dicho que parecía maquillada para la ocasión, y que el peto pantalón con la etiqueta United Colors Of Benetton bien visible era algo más que una casual coincidencia. Pero no. Saltaba a la vista en su actitud abnegada, en cómo se dejaba fotografiar abrazada a dos indigentes en mitad de la calle, en la ternura con que un huerfanito le apoyaba la cabeza en ese apetitoso pecho que conocemos desde la película Jamón, jamón, que todo aquello era natural como la vida misma.

Da igual que la joven y bella actriz sólo estuviera una semana en Calcuta. Da igual, insisto, para cerrar la boca a cualquiera que vea en ese viaje otra cosa que el legado espiritual, la herencia tibetana que, sin duda, dejó en ella su ex novio, el ameno compositor budista Nacho Cano. Lo que cuenta realmente en todo esto, la lección filantrópica del reportaje publicado a todo color en las páginas centrales del ¡Hola!, es que el mundo está lleno de hermosas causas en las que dejarse las pestañas, y la salud, y la vida. Ojalá el ejemplo cunda y los famosos y los artistas y la madre que trajo a todos se den leches por acudir, prestos, en favor de todas las Calcutas que en el mundo han sido. Ojalá pronto podamos ver a Ana Obregón cuidando huerfanitos en Ruanda, a Isabel Pantoja cantándole alegres corridos a la pobre gente de Chiapas, a Isabel Preysler haciendo donación de un cargamento de bidets porcelanosados a los indios de la Amazonia, a Rappel elevando la moral de la mutualidad de muyahidines mutilados afganos, y a Roció Jurado bautizando a su futuro nieto en la catedral de Sarajevo.

Venid y vamos todos. A foto por barba, y maricón el último.

21 de abril de 1996

domingo, 14 de abril de 1996

En territorio comanche


Cómo pasa el tiempo. Hacía dos años que el arriba firmante no se daba una vuelta por Bosnia: desde que decidí cambiar la profesión de mercenario de la tele por el ejercicio independiente de la tecla. Ahora acabo de estar allí un par de semanas, porque a Gerardo Herrero, que además de productor y director de cine es amigo mío, se le ha metido entre ceja y ceja hacer en septiembre una película basada en Territorio comanche. De modo que terminó liándome, y al final nos fuimos con todo el equipo de producción y dirección, incluyendo a Imanol Arias, que hará de reportero plumilla, y a Carmelo Gómez, elegido para encarnar a José Luis Márquez, el cámara protagonista del relato.

Aquello fue una especie de viaje de estudios surrealista, imagínense, puentes volados y pueblos hechos polvo, a la derecha los cañones serbios y a la izquierda Sarajevo, señoras y señores, cuidado con pisar las cunetas porque hay minas. Rescatamos a Jadranka, mi curtida intérprete local, y nos acompañó Gerva Sánchez, fotógrafo de guerra, excelente y viejo amigo, cuya presencia y conversación -habla hasta por los codos, el tío- me ayudaron a sobrellevar el gusanillo inevitable de las nostalgias. Debo decir en honor del equipo cinematográfico que trabajó duro y bien en la localización de exteriores. Incluso corrieron riesgos, sin rechistar siquiera cuando los condujimos por zonas todavía bajo control serbio o viejos frentes de batalla aún calientes. No es común que la gente se tome tan a pecho un rodaje. Será, creo, una digna película.

No conocía personalmente a Imanol ni a Carmelo, y en este viaje tuve ocasión de tratarlos a fondo. Ambos me cayeron muy bien: profesional y resabiado veterano Imanol; vigoroso, vital y humanísimo Carmelo. Resultaba apasionante observar el modo en que, como esponjas, absorbían cuanto en el camino encontraban que pudiera serles útil para encarnar después sus personajes en la pantalla. Era divertido, en mitad de una conversación o un paseo entre las ruinas de tal o cual barrio, verlos tomar disimuladamente notas en cualquier sitio. Todo les valía: una actitud, un paisaje, un comentario, una broma de humor negro. Al final, tras los primeros días de desconcierto o estupor, asumido el horror que nos rodeaba, eran ellos los que hablaban en la jerga de los reporteros que cubren guerras, con ese característico humor retorcido, lúcido, algo cínico, que es seña de identidad de la profesión. Hubo momentos en que parecían realmente periodistas, un equipo auténtico, e incluso yo mismo, a veces, me encontraba haciendo hacia ellos los viejos gestos familiares del oficio: hasta ese punto la ficción encarnada por gente de talento puede llegar a imbricarse con lo real. Estuvimos en la morgue del hospital, en el cementerio, en las líneas del frente. Dicen que aprendieron mucho en esas dos semanas, pero les aseguro a ustedes que, observándolos, yo aprendí de ellos todavía mucho más.

Una noche, en Sarajevo, en compañía de mi amigo Miguel Gil Moreno que un día se fue en moto a la guerra, lleva tres años en Bosnia y ahora curra de cámara para la Associated Press, decidimos llevar a Carmelo e Imanol de shopping a Grbabica, cuando los serbios aún estaban allí pegándoles fuego a las casas. Aquello todavía era la guerra de verdad, calles negras como boca de lobo o sólo iluminadas por los incendios, patrullas de IFOR y de las milicias serbias, barricadas y toda la parafernalia. Los dos aguantaron el tipo sin pestañear, bajándose del coche blindado para acompañar a Miguel cuando éste se movía cámara al hombro entre los edificios ardiendo. Para mí, aquella noche supuso recobrar, por unas horas, el ambiente del viejo oficio. Para Imanol y Carmelo, sentir en carne propia un territorio comanche en estado puro. Y cuando pasada la medianoche estábamos filmando una casa, solos ante las llamas, y llegó una patrulla serbia con muy mala leche y peores intenciones, y yo les dije a Imanol y Carmelo que si las cosas se ponían mal corrieran hacia la esquina y doblaran a la derecha en busca de una patrulla de IFOR, lo encajaron todo con la calma resignada de dos veteranos que no hubieran hecho otra cosa en toda su vida.

Después, aquella misma noche, vaciamos una botella de algo en el mal iluminado bar del hotel, mientras Gerva contaba historias de otros compañeros y otras guerras, y Miguel, siempre flaco, melancólico, jugueteaba con su viejo y abollado Zippo, en silencio. Yo miraba a Carmelo e Imanol con la satisfacción de quien ha llegado a la meta. Ya no parecían turistas, sino colegas. Tenían esos ojos cansados que se te quedan cuando miras el horror y la mierda.

14 de abril de 1996

domingo, 7 de abril de 1996

La cuchara y el diablo


No sé si recuerdan ustedes aquella película, Atrapado en el tiempo, en la que un fulano se despertaba cada día para vivir siempre, una y otra vez, la misma historia en la misma jornada. Pues al arriba firmante le ocurre poco más o menos lo mismo. Sales de la ducha, preparas un café, pones la radio o abres las páginas de un periódico, y te sientes siempre en el amanecer del mismo día, en un país que diera vueltas dentro de un remolino; repitiendo idéntico movimiento día tras día, a dos dedos del desagüe y de la alcantarilla más próxima.

Estoy hasta arriba, con perdón, de tanta palabra inútil, tanto tertuliano radiofónico, tanto mercachifle de la política y tanta mierda. Es tan grave el desgaste que todo exceso de palabras, de sinvergonzonería y demagogia barata impone a los conceptos, que empiezo a preocuparme seriamente por el futuro de lo que en mis cuarenta y cuatro años de vida he venido llamando España. Me refiero a la tierra áspera y entrañable que me enseñaron a respetar desde pequeño: no cruz, ni espada, ni bandera, ni gloriosa unidad de destino en lo universal, sino lugar escogido por gente diversa como espacio de convivencia donde velar a sus muertos, su pasado y su cultura, y respaldar con eso el presente para hacer posible un futuro.

Nunca he visto a un francés, o a un alemán, o a un inglés, respetar tan poco a su patria como nosotros a la nuestra. Y sin embargo, a este país desgraciado nadie le regaló nunca nada. Aquí hubo que currárselo todo desde muy temprano, y hasta la maldita tierra que nos otorgó ese bromista llamado Dios hubo que regarla con sudor, a falta de agua, cuando no tuvimos que hacerlo con sangre. La convivencia que tan normal nos parece ahora cuando salimos a tomar unas cañas, costó crujidos terribles en los cimientos de la Historia, siglos de matanzas, expulsiones, injusticias y desafueros. Poco a poco, entre humo de incendios, lágrimas, cementerios, barricadas y trincheras, España fue conformándose tal y como es, con lo bueno y con lo malo. Nuestra Historia no es ejemplar. Pudo ser otra, pero es la que hay, y es la nuestra. Y nadie puede invertir el curso de los siglos.

No hace mucho, durante una conferencia en Viena, me felicitaron porque España, decían, ya es democracia y es Europa. Detesto hacer discursos patrioteros, pero tampoco me gusta que me perdonen la vida; de modo que repliqué que España existía ya hace cinco siglos, y ya entonces tenía a lo que ahora se llama Europa y entonces aún no lo era, bien agarrada por los cojones. De paso les recordé a mis interlocutores que Austria, sin ir más lejos, había pasado prácticamente del imperio austrohúngaro al nazismo, y que cuando yo nací los rusos todavía ocupaban Viena; así que no sabía -dije- de qué puñetas me estaban hablando.

Porque ya está uno harto de tanto complejo y tanta leche. Tenemos el sistema autonómico más desarrollado de Europa, y todavía andamos piándolas. Aquí nunca se arrasaron los fueros de las burguesías locales a sangre y fuego, como en otros sitios. Porque me van ustedes a perdonar, pero lo de los comuneros de Castilla, la guerra de Cataluña en el XVII o el borbonazo de 1714 fueron alegres romerías en comparación con la represión inglesa en Escocia e Irlanda o la francesa en Bretaña, sin mencionar los arreglos de cuentas centroeuropeos, italianos o balcánicos, por mucho que pretendan convencernos de lo contrario los mercaderes que tergiversan la Historia. Claro que hay ajustes por hacer. Pero ya quisieran un vasco francés, un flamenco, un gales, tener semejante cuartelillo. Vayan y echen un vistazo a los rótulos de carreteras y aeropuertos, a las policías, a la cultura y la lengua locales, a las instituciones de por ahí. Es que parecemos gilipollas.

España es un país muy peligroso, muy analfabeto y muy borde, insolidario y de navaja fácil, donde la gente que sólo aspira a trabajar honradamente y a vivir se ve, a menudo, aturdida por la palabrería de charlatanes y sacamuelas hábiles en manipular la ignorancia de unos y la memoria de otros. Un país de caínes hijosdeputa a quienes costó mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucha sangre dejar de serlo. Un país hecho de pueblos, lenguas, e instituciones que los armonizan, por primera vez en su historia, en auténtica democracia desde hace veinte años. Y es intolerable que todo eso caiga en el descrédito, se desvirtúe y se destruya, porque una recua de pasteleros, sean quienes sean -y pardiez que sigo sin ver maldita diferencia de unos a otros, porque son los de siempre-, estén dispuestos a cargárselo todo con tal de asegurarse un privilegio, una transferencia o una legislatura. Para comer con el diablo hay que tener una cuchara muy larga. Y no ser un irresponsable, ni un imbécil.

7 de abril de 1996