lunes, 21 de marzo de 1994

El hombre de la furgoneta


Todo el mundo lo llama don Antonio. Se lo encuentra uno de noche en los aledaños del Parque del Oeste de Madrid, donde las lumis y los travelos hacen la carrera. Tiene cincuenta tacos largos de calendario y es un tipo discreto y amable, con manos ásperas de trabajador. Un día le dijeron que para ser europeo y participar del futuro milagro español tenía que dejarse reconvertir y largarse a la cola del paro. La verdad es que no lo vio muy claro, pero siempre fue un tipo de buena fe y pensó que, si lo decían ministros y presidentes y gente con estudios y cultura, razón tendrían. Después se le acabó el subsidio y empezó a sospechar que los ministros y los presidentes y la gente con estudios y cultura lo que tienen es un morro que se lo pisan, y que a él se lo habían llevado, entre todos, al huerto por la cara. Pero a su edad la cosa ya no tenía remedio, y en casa había cinco bocas pidiendo pan. Así que tuvo que buscarse la vida.

Se lo encuentra uno de noche, les decía, entre putas y travestis, con una vieja furgoneta que ha convertido en su medio de vida. Cuando Ruth, o Sandra, o Manoli -que antes se llamaba Manolo- están ateridas de frío o un cliente les ha dejado mal cuerpo, se acercan hasta la furgoneta de don Antonio y éste les sirve un café del termo, o les vende un bocata de chorizo, que a las tres de la madrugada dicen ellas que te deja como nueva, lista para hacerle un servicio completo en condiciones al parroquiano más exigente. Además del café, don Antonio les vende garimbas -también llamadas birras o cervezas- latas de Coca-Cola o zumos, rubio americano y paquetes de doce preservativos, que ellas llaman condones y que él, por marcar distancia profesional, menciona como prefilácticos, que resulta más técnico.

Al principio, don Antonio llegó al ambiente algo cortado, con timidez, porque no había visto una puta de cerca en su vida. Ahora lleva ya más de un año acudiendo cada noche con su furgoneta, y ya forma parte del paisaje nocturno del lugar, tanto como las minifaldas, las botas altas, los fulanos parados en las aceras, y los maderos que de vez en cuando pasan despacio con las luces del coche patrulla apagadas.

Al principio los maderos y los guindas municipales le pedían a don Antonio la licencia ambulante y todas esas cosas que los ayuntamientos se inventan para fastidiar a los pobres diablos mientras, eso sí, le ponen sin reparos el culo a las multinacionales que ahora nos ha dado por llamar grandes superficies, retengan la estupidez. Pero volviendo a don Antonio, la madera ahora ya no le pide nada. Se han acostumbrado a su presencia inofensiva, e incluso a veces se beben un café del termo y charlan un rato.

Es un buen hombre, y las lumis lo aprecian. Les fía los cafés y los prefilácticos cuando sabe que se les da mal la noche, y a menudo resulta confidente involuntario de sus vidas y sus problemas. Aunque es de natural pacífico y no se mete con nadie, a veces sale en defensa de las chicas para afear la conducta de clientes o mirones desaprensivos. Incluso una vez impidió, con buenas razones, que una de ellas recibiese una paliza de su macarra. Quizá en pago de esa clase de deudas, aquella noche en que dos yonquis con mono quisieron ponerle una navaja al cuello para llevarse las miserables dos mil pesetas que recauda al día, fueron las putas y los travestis quienes acudieron en su auxilio.

Don Antonio te cuenta esas cosas con sencillez, encogiéndose de hombros con una sonrisa bonachona mientras despacha café, cerveza y gomas, o se fuma un pitillo recostado en la furgoneta señalándote a las chicas que caminan por la acera de enfrente para matar el frío, con los muslos desnudos bajo los abrigos de piel sintética. Conoce a cada una de ellas por su nombre y curriculum. Aquélla tiene el bicho -el sida-, la pobre, te cuenta. Y esa otra un chulo que se lo gasta todo en caballo. Y mira a Jenifer la canaria: está ahorrando para el cambio de sexo y yo le digo déjalo estar, mujer, busca un buen hombre, un maricón decente que te quiera como estás, y no te compliques la vida.

Después, al alba, cuando ellas se van marchando y las aceras se quedan desiertas, don Antonio recoge las latas vacías del suelo, cierra su furgoneta para irse a casa, silencioso, pensando en las cosas que ha visto esa noche. A veces una de las chicas olvida en la furgoneta una revista ilustrada, el Hola o el Diez Minutos. Y antes de tirarla a una papelera él la hojea distraído, por encima, mientras se pregunta cuál de los dos mundos es más real.

20 de marzo de 1994

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