domingo, 14 de agosto de 1994

Incendiarios de cuello blanco


Hablábamos la semana pasada de cómo entre unos y otros, individuos de paella incontrolada y mercenarios de la caja de cerillas siguen cargándose los pocos árboles que nos quedan. Ambos fulanos, el cretino de la paella y el judas de las cerillas, son capturables por la Guardia Civil y pagan poco, pero algo pagan. Existe, sin embargo, un tercer tipo de asesino de árboles y de espacios verdes que actúa con impunidad y al que nadie nunca le mete mano. Es el incendiario sin llama. El deforestador de cuello blanco.

Ese tipo de alimaña verdicida suele anidar en concejalías de urbanismo, departamentos de obras públicas y guaridas por el estilo. No es que por instinto odie el color verde, porque en realidad le da lo mismo el verde que el fucsia. Sus móviles son la ambición, por ejemplo, o el afán de pasar a la posteridad como los faraones, con obras imperecederas, y que los jefes le digan qué bueno lo tuyo, Manolo, te has olvidado los árboles pero el parque Juan Carlos I para la infancia y la juventud te ha quedado chachi, con sus bancos y sus columpios. También tienen que ver en el asunto, imagino, la falta de cultura general y de sensibilidad hacia el medio ambiente, o sea, el analfabetismo ecológico. Y a veces un amigo arquitecto, un cuñado constructor y muy poca vergüenza.

No voy a citar casos concretos porque es agosto, tengo a mi abogada de vacaciones y en esta época las querellas me dan mucha pereza. Pero si echan ustedes un vistazo alrededor sabrán a qué me refiero. En las ciudades, por ejemplo, la desaparición de árboles so pretexto de modernización y renovación resulta tan habitual que a nadie sorprende lo más mínimo, y los ciudadanos terminan encogiéndose de hombros, resignados. Peor es lo de Roldan, se dicen. Y procuran pensar en otra cosa.

Verbigracia. Imaginen una plaza de esas de toda la vida, vieja, cochambrosa incluso, pero con una docena de árboles centenarios y frondosos a cuya sombra se han sentado generaciones de vecinos, De pronto llega un concejal de urbanismo, por ejemplo, y decide acometer la reforma del asunto. Hasta ahí, vale. Se encargan unos proyectos y unos planos estupendos, se publican en la prensa local y se anuncia a bombo y platillo que la plaza Héroes de Suresnes va a ser remodelada y a convertirse en el asombro de propios y extraños. Y qué pasa con los árboles, pregunta un periodista. Los árboles, se responde con una sonrisa de suficiencia, están previstos. En una primera fase se retirarán todos; algunos, demasiado viejos y atacados por la filoxera del sauce llorón, serán sustituidos por araucarias brasileñas, que son la leche. Los otros, los sanos, serán conservados en depósitos especiales y después vueltos a plantar con un sistema estanco, buenísimo, revolucionario, japonés. Y empiezan las obras. Los árboles se hacen astillas, la plaza se pone patas arriba, y de pronto, cuando ya no hay remedio, alguien descubre, oh prodigio, que el aparcamiento previsto bajo la plaza no permite, por razones técnicas de última hora, replantar los árboles, porque éstos necesitan tierra para las raíces y, claro, puestos a elegir entre tierra o automóviles, ya me irá usted a contar. Y además, los árboles y las raíces y la tierra no producen beneficios, y las concesiones de aparcamientos, sí. Así que en vez de árboles vamos a poner unas estructuras de cemento así, para que den sombra y la gente pueda expresar en ellas sus inquietudes culturales pintando con spray y rotulador. Y en mitad de la plaza vamos a poner un monumento a la Constitución, a ver si alguien tiene huevos para protestar.

Eso, en cuanto a la cosa urbana. Sobre carreteras voy a ponerles sólo un ejemplo. Desde toda la vida, el trayecto de Murcia a Cartagena discurrió por una recta avenida de varias decenas de kilómetros flanqueada por una doble y hermosa línea continua de árboles cuyas copas, a menudo, se tocaban sobre el asfalto. Hace tres o cuatro años, al efectuarse las obras de modernización de la carretera, todos los árboles -absolutamente todos, o sea, miles-fueron arrancados, y ni siquiera se respetaron los que podían haber permanecido a lo largo del andén central de la nueva autovía. Más tarde, tomando una copa informal con un capitoste -que lo sigue siendo- del Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, planteé la cuestión.

-Los árboles son peligrosos para los automóviles- dijo.

Y me miraba asombrado, como si aquello fuese evidente y yo un perfecto gilipollas.

14 de agosto de 1994

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