domingo, 7 de agosto de 1994

Nos queman la vida


Acabo de viajar en coche a Madrid por un paisaje todavía humeante, de troncos calcinados y colinas negras de cenizas, con esa sensación incómoda, siniestra, que un viejo amigo mío, vagabundo profesional de la barbarie humana, llama el instinto de la catástrofe. Se trata de una especie de lucidez, de conciencia gris e incómoda; la sensación de que las cosas cambian de forma irreversible y trágica, para siempre jamás, mientras la vida -esa vieja zorra- aparenta seguir su curso normal y nosotros hacemos planes como si esto fuera a durar siempre y fuésemos inmortales y con recursos ilimitados en vez de los perfectos capullos que solemos ser, en general.

Estuve el coche a un lado de la carretera, en la linde de aquel lugar arrasado hasta las raíces, y durante un buen rato estuve allí, solo, maldiciendo en voz alta como si me hubiera vuelto majara. Durante toda mi vida, cada vez que viajé a Madrid desde Levante, mi camino pasó por ese bosque. Allí me detuve con frecuencia a descansar, a leer a la sombra. Esos árboles fueron muchas veces el paisaje de mis sueños, cuando el horizonte era grande, ancho y maravilloso, y todo estaba por descubrir, y uno era joven, enamorado del mundo y de sí mismo. Hasta una vez que tenía veinte años y me creía muy machote y muy intrépido, me pegué en ese bosque un sartenazo con la moto, y fui a apoyar mis huesos doloridos en el tronco de uno de sus árboles, a la sombra, mientras esperaba que alguien me echara una mano.

Y de pronto, un día, llega un fulano con una caja de cerillas y se pone a hacer una paella, o cobra veinte mil duros del cacique local por despejarle un terrenito, y toda mi juventud, y mis recuerdos, y la juventud y la infancia y los recuerdos y parte de la vida de cientos y miles de personas se van al carajo. Y con todo eso se van árboles, y hojas, y helechos, y pájaros con sus nidos, y flores, hierba, sombra, y ese verde que es la bendición de Dios porque es el color del mundo como fue creado: verde con azul de cielo y agua, la bandera de la vida. Y a cambio me dejan un páramo desolado y negro, muñones de troncos humeantes, cadáveres de animales entre las cenizas. Y allá, al fondo, un imbécil que huye avergonzado con la mujer y los niños -«te dije que esa lumbre estaba muy alta, María»— o un mercenario de la llama fácil, un mierdecita miserable contando sus treinta monedas de plata.

El caso es que estaba allí parado, contemplando el paisaje, cuando se detuvo a mi lado otro automóvil. Bajó el propietario, echó un vistazo y dijo:

-Habría que ahorcarlos a todos.

Y se fue, dejándome meditar el asunto.

En el Medioevo duro y feudal, a los furtivos se les ahorcaba a la entrada del bosque, para disuadir a futuros imitadores. O sea, que llegaban los arqueros del rey, trincaban al desgraciado con las manos en el ciervo, y buscaban una encina robusta, donde el viento hiciera girar despacito el fiambre al extremo de la soga. A mí los furtivos -me refiero a los que de verdad tienen hambre- me caen bien. Los juerguistas con escopeta y los incendiarios ya son otra cosa, pero aun así guárdeme yo mucho de sugerir que los cuelguen, porque luego los meapilas iban a inundarme de cartas diciendo que toda vida humana es sagrada y es etcétera. Así que, aunque sigo creyendo que resultan más sagradas que otras, y un bosque, unas vidas o una biblioteca, por ejemplo, más imprescindibles que el canalla que los quema, me pronuncio aquí, públicamente, en contra del ahorcamiento de esa gentuza. O sea, que no. Que al sugerir la soga, mi anónimo contertulio de la carretera se pasó varios pueblos.

Y sin embargo, tampoco es justo que los aficionados a darle al fósforo se vayan, como se están yendo, de rositas o con dos collejas por malos chicos cuando los trincan los picoletos en flagrante delito. La previsión del Código Penal para los incendiarios y sus instigadores, si los hubiera, son para tirarse al suelo y partirse de risa en el supuesto de que todo esto tuviese maldita la gracia. Que no la tiene. Como tampoco la tiene la actuación de otros incendiarios camuflados, los travestidos de concejales de urbanismo, por ejemplo, o de archipámpanos del Ministerio de Obras Públicas y Transportes. Me refiero a esos irresponsables que liquidan cada año miles de árboles de las ciudades y carreteras españolas, con el pretexto de que entorpecen sus diseños, sus proyectos, sus reordenaciones y sus nuevas carreteras. Pero de esos incendiarios de cuello blanco nos ocuparemos, despacio y a fondo, la semana que viene.

7 de agosto de 1994

No hay comentarios: