domingo, 12 de noviembre de 1995

Las lágrimas de Maripili Sánchez


Andaba de compras el arriba firmante, en inútil búsqueda de un polo azul marino que no llevara estampados, ni logotipos, ni colorines, ni emblemas náuticos o de golf, ni la marca con letras de un palmo en mitad del pecho. Un polo normal, sobrio, de andar por la calle sin que te confundan con esos chirimbolos que el alcalde Álvarez del Manzano plantó en el centro de Madrid para dar soporte a la cultura -decía el digno edil-, y que han terminado, como era de prever, anunciando marcas de tabaco, bebidas, coches, telefonía móvil y lencería fina.

Andaba, repito, a la caza indumentaria, cuando en unos grandes almacenes encontré a una señorita dependienta que lloraba intentando ocultar las lágrimas. Aparté la vista y seguí mi camino. Quizá, pensé, el jefe del departamento acaba de echarle una bronca, o su contrato temporal no será renovado, o vete a saber. El caso es que estuve dándole vueltas a la cabera, incluso después de abrirme sin encontrar el maldito polo. Y me dije: cada uno es un mundo, colega. Hasta en estos templos de la eficacia y la temporada otoño-invierno, en cuanto rascas un poco te sale el polvo bajo la alfombra, el cadáver en el anuario, el lado oscuro de tanto escaparate y tanta felicidad postiza.

Vaya por delante que, entre las dependientas de los almacenes grandes, unas gozan de mis simpatías y otras no. Admiro a la que intenta ir más allá de teclear en una caja registradora y se preocupa de saber qué está vendiendo, y detesto a la frígido-robotizada que despacha igual un wonderbra que un bolso de Ubrique -los dos le importan un carajo- y que cuando pides lo último de Susan Sontag pregunta si lo quieres en compact o en casete. Sin embargo, cada vez que veo campañas promocionales de tal o cual cadena de tiendas o almacenes, y se habla de la eficaz gestión de unos y otros, se me ocurre pensar en los grandes olvidados de todo eso, ellos y ellas. Gente que se levanta a las seis de la mañana para coger el metro, o el autobús, que se pasa el día atendiendo las impertinencias de cualquiera y bajo la vigilancia del ojo implacable del Gran Hermano, y que, como la chica del otro día, que a lo mejor se llama, no sé, Maripili Sánchez, tiene que sorberse las lágrimas con discreción para no amargarles el feliz acto de la compra a los clientes.

Maripili Sánchez, por llamarla de algún modo, es cualquiera de esas señoritas forjadas en los principios de amabilidad, cortesía, orden, pulcritud, disciplina y corrección con el cliente. Pero posiblemente ustedes no sepan que la antedicha Maripili tiene la espalda hecha polvo por cuatro o cinco años detrás de una caja registradora. O varices y problemas circulatorios de patearse día tras día la sección. También una capacidad auditiva disminuida a causa del ruido constante o la música ambiental, faringitis crónica por el aire acondicionado y la calefacción, estrés y otras lindezas secundarias. Pero gracias a eso, ella y su marido, que a lo mejor también trabaja en la sección de electrodomésticos, han logrado comprarse, tras muchos años, una casa de cincuenta metros cuadrados y un coche.

De todas formas, estoy seguro de que la tal Maripili se considera a menudo una mujer afortunada. Tiene un trabajo en este país de parados, y a lo mejor hasta incluso entró en la empresa antes de los contratos basura y los festivos sin paga extra. En cuanto a indumentaria laboral, si mis noticias no fallan recibe gratis dos faldas y dos blusas -biestacionales: calor en verano y frío en invierno- para todo el año, de un material que, desde luego, nada tiene que ver con la calidad de los productos que vende la casa. A diferencia de los clientes, ni ella ni su legítimo reciben nunca una felicitación de cumpleaños u onomástica, ni una tableta de turrón por Navidad. Si meten la pata en algo, tienen que pagarlo de su bolsillo. Y, por supuesto, en caso de problemas, es siempre el cliente quien tiene razón.

Si Maripili fuera hombre y tuviera capacidad y suerte -lo de la suerte no es el caso de su marido, que vende ventiladores y batidoras hace quince años-, o quizás si fuera hombre y además se arrastrara de modo conveniente ante determinados jefes, igual llegaba a un puesto más chachi. Pero es mujer; así que aunque sea capaz de atender a clientes extranjeros en inglés, en parsi o en griego clásico, siempre será un culo y un par de tetas decorativas, que sus barandas masculinos irán relegando de los lugares más vistosos a medida que avancen los años y las arrugas, con mínimas posibilidades de promoción y escasa esperanza, hasta que se jubile o la reconviertan.

Ahí tienen el retrato robot de Maripili Sánchez. Igual lloraba por eso.

12 de noviembre de 1995

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