domingo, 14 de julio de 1996

Nacionales malos, rojos buenos

Un amigo cinéfilo y cineasta, muy poderoso en estas cosas del celuloide nacional, se ha mosqueado con el arriba firmante porque hace tres semanas, en esta misma página, dije que la película Tierra y libertad del británico Ken Loach era una mierda. «Eres el único que opina eso», me dijo el otro día. Pero no estuve de acuerdo. Quizá, respondí, sea el único que opina eso por escrito. Con el estreno de aquella película sobre los anarquistas y las brigadas internacionales en nuestra guerra civil, casi todos los críticos cinematográficos se apresuraron a aplaudirla como obra maestra, joya cinematográfica, maravilla de director y actores, y rigurosa fidelidad histórica. O sea, muchas estrellas en esas listas que sacan los periódicos para saludar los estrenos de los amiguetes y los compadres, y destrozado ignorar, el trabajo de quienes no son de su cuerda. Por decirlo de algún modo, nunca aplaudirán más que con la punta de los dedos la película de un artesano honesto y eficaz como, por ejemplo, Pedro Olea —no es de la mafia—; pero sí saludarán, con los ojos en blanco la gilicomedia más estúpida de cualquier colega con el que se tomen copas, calificándola de joya de las pantallas o pequeña obra maestra. En literatura, por cierto, pasa igual. Pero hoy hablamos de cine.

Así que estoy, incluso, dispuesto a ir más lejos todavía. Desde mi punto de vista, que es parcial y subjetivo pero es mío, Tierra y libertad sigue siendo una mierda como el sombrero de un picador, insisto, a pesar de todos los cantamañanas que la han jaleado hasta el éxtasis. Como también lo es Libertarias, otra película cuyas excelencias y originalidades —la monja exclaustrada acogida por las lumis de buen corazón es demasiado para el cuerpo— nos han estado metiendo con calzador, en portadas de revistas y suplementos de fin de semana incluidos. Me temo que incluso en éste. A ver si lo dice alguien de una puñetera vez. Esas dos películas, saludadas por la crítica como dos joyas sobre la guerra civil española, son maniqueas, indocumentadas, llenas de lugares comunes y manipulaciones fáciles, poco creíbles, poco probables, y suponen un insulto a la inteligencia y a la memoria. Además, están mal interpretadas. En algún caso, porque los actores son tan infames que cuando te largan un discurso libertario, camaradas, solidaridad y muerte al fascismo, suena tan falso que no se lo creen ni ellos. También porque los mismos guiones cantan a postizo, a pastel, desde la primera página. Ni Ken Loach ha visto, ni es capaz de imaginar a un anarquista español ni por el forro: ni Vicente Aranda —con todo el respeto que me merece el veterano maestro— puede creerse a sus putas redimidas por la revolución, a Miguel Bosé en plan Durruti, ni todo ese libertarismo chungo, elemental, que nos endilgan en el filme; que a mí lo que me parece es un insulto descarado a las mujeres que de verdad dieron la cara entre el 36 y el 39.

Puestos a ser falsos, en ambas películas son falsos los diálogos, las situaciones, y hasta los gestos y la indumentaria, recién salida de la máquina de coser del sastre, botas en vez de alpargatas, camisas limpias en las trincheras, de colores, en vez del mono azul o las camisas caquis, o blancas de toda la vida. Y sobre todo, esa división absurda de los buenos, y los malos tan obvia sobre todo en la película de Ken Loach: el prisionero que no se arrepiente de ser un militar canalla opresor del pueblo; los rojos que no fusilan a nadie, más tiernos que el día de la Madre; los soldados nacionales que salen de la iglesia usando como escudos humanos a las pobres mujeres campesinas; o la interminable escena de la colectivización de las tierras liberadas: un docudrama que aburre a las ovejas, y que sin embargo ha sido glosado como el no va más del cinemaverité.

Después de aguantar cuarenta años la maquinaria de propaganda del Invicto reiterándonos lo malvados que eran los rojos, y después de los veinte años largos de democracia que llevamos entre pecho y espalda, que a estas alturas se pretenda contarnos la guerra civil limitándose a cambiar de bando al malo, supone un insulto a la inteligencia de cualquier espectador. Allá cada cual si nadie lo ha puesto por escoto, pero la guerra de Ken Loach y la de Vicente Aranda son más falsas que un billete de Mortadelo. Y ya está bien de que nos tomen por gilipollas.

14 de julio de 1996

1 comentario:

Carmen dijo...

Como no he visto las películas, no puedo opinar sobre ellas, pero sí puedo decir que comparto su crítica a esa división de "buenos-malos" que algunos se empeñan una y otra vez, a través del cine, de canciones, de discursos... hacernos creer a los que llegamos con el nacimiento de la democracia.
Yo ni lo viví, ni me lo quisiseron contar, pero estoy segura de que gente buena y mala había en todos los bandos. Y "odiar" o criticar a una persona porque tenga una ideología contraria a la de uno, me parece de una estrechez intelectual y humana muy grande.
En cuanto a las películas, agradezco la crítica para no molestarme en verlas. ¡Gracias! Carmen Tos