domingo, 13 de julio de 1997

Tostadas de nata

Cuando el arriba firmante era jovencito, la leche sabía a leche y además daba nata. Ponías un litro a hervir, y al enfriarse un poco había una capa de color amarillento suave, que luego, puesta sobre una tostada y con algo de azúcar, se convertía en uno de los más deliciosos bocados que probé jamás. Los críos salíamos a jugar a la puerta de casa con nuestra tostada de nata, que te dejaba una marca blanca en torno al labio superior. Recuerdo aquel sabor tibio y dulce en mi boca como recuerdo mi primer libro o el calor del cuello de mi madre.

También recuerdo manzanas que sabían a manzana, y que comías con cuidado, cortando el pedacito donde estaba el gusano para dejarlo aparte, y disfrutando del resto. O cerezas, rojas o no, que sabían a cerezas, y al romperse en la boca te llenaban de un líquido dulce y agradable, que se mezclaba con el frescor del agua en que las habías lavado. Y peras con cicatrices en la piel, pero dulces y sabrosas. Y tomates que veías crecer en las cañas de las tomateras y que a veces, desafiando la ira de los dueños, arrebatabas con los otros chicos en rápidas y audaces almogavarías, para disfrutar luego del botín, mordiendo aquella pulpa roja y deliciosa bajo los acantilados desde los que veías pasar barcos en el horizonte. O sandías magníficas cuyas cortezas y pepitas quedaban luego flotando en la suave resaca de la orilla del mar, y que asocio con los pies desnudos y morenos de la primera niña -yo tenía ocho años y ella se llamaba Flori- a la que, por primera vez, paseando por una playa, sentí a mi lado como una presencia distinta, de mujer.

También la carne tenía grasa. No me refiero a la de Flori ni a la mía -éramos críos flacos, morenos y mediterráneos- sino a la otra más prosaica, la de comer. Supongo que recuerdan aquellos filetes que echabas a una sartén, y en vez de encogerse a la mitad con un sospechoso humeo de agua hervida, chisporroteaban alegremente sin apenas necesidad de aceite, y cuyas vetas blancas los mayores no te dejaban separar con el cuchillo y dejar en el borde del plato porque, decían, la grasa también alimenta. Aquella grasa me costó muchas collejas de mis padres y mis abuelos, pero les aseguro que la echo de menos. O igual lo que en realidad echo de menos es tener padres y abuelos que dieran collejas, y estar en edad de recibirlas.

Ahora ni la leche tiene nata, ni la carne tiene grasa; y las cerezas, y las sandías y los tomates saben igual: a pepino. Y ya no se compran en tiendas donde escuchabas el chasquido del hacha del carnicero, ni en fruterías llenas de aromas singulares, sino empaquetados en plástico, filetes de carne sospechosamente blanca y sin una sola veta de grasa, fruta reluciente y perfecta como si acabara de ser encerada, enormes peras y manzanas sin mácula en la piel. Pero, si de probar todo eso con los ojos vendados se tratara, nos veríamos en serias dificultades para diferenciar un sabor de otro.

Muchas veces he repetido en esta página que, al cabo, todos tenemos lo que nos merecemos: hijos, tele, gobiernos, cine y, también, comida. Los proveedores no hacen, supongo, sino satisfacer los gustos del personal, en eso como en muchas otras cosas. A fin de cuentas nadie cría terneras o recolecta peras por filantropía, sino para ganarse la vida, y a ser posible conseguir mucha pasta. Así que, bueno. Pero de cualquier modo, y nostalgias de nata y Floris aparte, a mí todo eso de la fruta impoluta y la carne sin vetas me mosquea mucho. A saber cómo lo consiguen, me digo. Y al final, prefieres no saber nada y comer de lo que hay, sin meterte en intríngulis. Hay excesos de conocimiento que cortan la digestión.

Porque, oye. Queremos leche pasteurizada, desnatada y aséptica. Preferimos fruta gorda, reluciente y encerada, filetes sin grasa y cosas así. Pues bueno. Ahí están, y que aprovechen. A fin-de cuentas, eso debe ir aparejado con los tiempos y con los propios consumidores; pues con la gente pasa lo mismo. El mundo está lleno de individuos e individuas relucientes como una de tales manzanas, tan sin grasa como esos filetes de plástico, y que tampoco saben a nada. Miras en torno, pruebas aquí y allá, y terminas comprobando que casi todo, manzanas, filetes, personas, tiene el mismo sabor, irreconocible y anodino. Quizá eso sea el progreso. Una tentadora sandía de reluciente corteza encerada y pulpa roja que sabe a pepino.

13 de julio de 1997

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