domingo, 17 de enero de 1999

Los cráneos de Zultepec


No todo fue oro y gloria, ni de coña. Hay un lugar en Méjico que se llama Zultepec. Allí, hace cosa de un año, los arqueólogos descubrieron, escondidos al pie de un antiguo templo, restos de cuatro conquistadores españoles y de algunos guerreros tlaxcaltecas, los indios oprimidos por los aztecas que fueron fieles aliados de Cortés y pelearon a su lado incluso en la Noche Triste y en la carnicería de Otumba. Los cráneos de los españoles habían sido tratados según el exquisito ritual del tzomplantli: desollados tras arrancarles el corazón, comidas algunas vísceras y empalados los cráneos para su exhibición en las gradas del templo. Así que pueden imaginarse el cuadro. Medio escondido entre la vegetación que lo invadió durante largos años, el templo de Zultepec no es ahora más que un montón circular de piedras negras bajo un sol implacable. Hace cuatro siglos los indios acolhuas de Tesalco, aliados de los aztecas, rendían allí culto a Ehecalt, dios del viento, y los arqueólogos —algunos españoles entre ellos— trabajan en rescatar su pasado. Tesalco tiene siniestras connotaciones históricas porque en esa región, durante los primeros días de junio de 1520, cincuenta españoles y trescientos aliados tlaxcaltecas de Hernán Cortés que avanzaban, rezagados, entre Veracruz y Tenochtitlán cayeron en una emboscada de las de sálvese quien pueda. Los que no tuvieron la potra de morir peleando en la barranca fueron arrastrados a los templos, y sacrificados para después embadurnar con su sangre los altares y los muros de los templos. Porque los aztecas también eran como para echarles de comer aparte. Poco más se supo de aquellos infelices, salvo que luego, según cuenta Hernán Cortés en su tercera Carta, se encontraron los cueros de sus caballos, restos de ropas y armas, y el propio Cortés vio, escrita con carbón en la pared de un recinto que albergó a los últimos prisioneros antes del sacrificio, la frase: "Aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste".

Supongo que lo políticamente correcto sería decir que donde las dan las toman, y que cuando uno va a por lana, o por oro, corre el riesgo de salir empalado. A estas alturas, el horror de la conquista de Méjico, la crueldad de unos y otros, la ambición sin tasa, la esclavitud de los indios y la tragedia que se prolonga hasta nuestros días, son de sobra conocidas. Todo eso lo sé, y lo he seguido allí mismo, en Méjico, sobre el terreno, con la compañía de los amigos y los libros. Y sin embargo, oyendo al dios del viento silbar entre las piedras de Zultepec, por mucho que la lucidez permita separar las churras de las merinas, uno no puede menos que sentir un estremecimiento singular cuando piensa en aquel Juan Yuste y sus compañeros. No porque nos apiademos de su suerte; al fin y al cabo la suerte en ese contexto histórico es una lotería en la que ganas o pierdes, una aventura desesperada en la que matas o mueres, dejas atrás la miseria y el hambre de una España ruin e ingrata, acogotada por curas, reyes y mangantes, y conquistas Méjico o Perú y te forras para toda la vida, o palmas comido por las fiebres, cubierto de hierro, rebozado en sangre y barro, asestando estocadas a la turba de indios valerosos que te cae encima, ven aquí, chaval, que te vamos a dar oro, y te arrastra hasta el altar donde espera el sacerdote con el cuchillo de sílex en alto.

Quiero decir con todo esto que, ante las gradas de aquel templo, pese a no sentirme para nada solidario con lo que el tal Juan Yuste y sus camaradas habían ido a hacer allí, no pude evitar un contradictorio sentimiento de comprensión; un guiño cómplice hacia todos esos valientes animales que a lo mejor nacieron en mi pueblo, y en el de ustedes, y que en vez de resignarse a lamer las botas del señorito de turno, languideciendo en una tierra miserable y sin futuro, decidieron jugarse el todo por el todo y embarcarse rumbo a la aventura, al oro y también a la muerte atroz que era su precio, llenando los libros de Historia de páginas terribles y —lo que no es en absoluto incompatible— también inolvidables y magníficas.

Léanse las relaciones de Cortés, o las memorias del soldado honrado que se llamó Bernal Díaz del Castillo, y comprenderán lo que quiero decir. El sin ventura Juan Yuste y todos los otros extraordinarios hijos de puta, empalados o sin empalar, se jugaban el pellejo por conquistar el Dorado. Hoy, los nietos de sus nietos vemos Lo que necesitas es amor, y nos vendemos por un miserable café con leche.

17 de enero de 1999

1 comentario:

Jorge Arzac dijo...

Los Aztecas practicaban el canibalismo, nos parezca una barbaridad o no. Este acto que describes no era sino una tendencia común que se repetía una y otra vez después de ganarles las batallas a sus enemigos.

No fueron siempre los más poderosos de la región. Y, por sus costumbres, éran más bien maltratados y desterrados, hasta que lograron subyugar a sus vecinos.
Sus creencias religiosas los obligaban al sacrificio humano.
En muchas culturas se justifican en épocas antiguas, actos barbáricos religiosos. La quema de brujas, la inquisición y otras mas.