domingo, 5 de septiembre de 1999

Olor de septiembre


Pues resulta que vas dando un paseo por calles de un barrio viejo, a esa hora en que gotean las macetas de geranios, y hay pescaderías abiertas, y tiendas de ultramarinos, y marujas charlando en las aceras, y una furgoneta con un gitano que vende melones. Te encantan esas calles y esas tiendas y esas señoras con carritos de la compra y vestidos estampados de verano, y la manera con que el gitano empalma la churi y pega dos tajos, chis, chas, para que caten el producto. Te gustan esas cosas, las voces en el aire, los olores, la luz en lo alto de las fachadas de las casas, el jubilado en pijama que mira desde el balcón. Uno casi quiere a la gente así, en abstracto, en mañanas como ésta.

Ése es tu estado de ánimo cuando, al pasar por una callecita estrecha, hueles a papel. No a papel cualquiera, ni a bastardas hojas de periódicos, ni a celulosas ni nada de eso. Huele a buen y maravilloso papel recién impreso, encuadernado. A limpias resmas blancas, cosidas, encoladas. Huele a libro nuevo, y parece mentira lo que puede desencadenar un olor y su recuerdo. Entonces, con la cabeza llena de imágenes, tan asombrado como si acabaras de dar un salto de casi cuarenta años en el tiempo, te detienes frente a una puerta abierta y ves una antigua prensa, y pilas de libros que están siendo empaquetados. No necesitas acercarte más para saber que se trata de libros de texto. Ese olor inconfundible sigue perfectamente claro en tu memoria, y casi puedes sentir entre los dedos el tacto de las tapas, ver las ilustraciones de las portadas, aspirar el aroma de esos libros de septiembre que en otro tiempo contemplaste con una mezcla de expectación y recelo, como quien mira por primera vez un terreno desconocido por el que deberá aventurarse de un momento a otro.

Y en ésas, zaca, das un salto hacia atrás, o es el tiempo quien lo da; y te ves de nuevo allí, en el almacén de la librería colegial, entre las grandes pilas de libros de la editorial Luis Vives, tapas de cartón y lomos de tela, clasificados por cursos y asignaturas: Historia de España, Gramática, Aritmética. Libros todavía medio envueltos en grandes paquetes de papel de estraza que olían a nuevo, a papel noble, a tinta virgen, a ese momento de la vida en que todo era posible porque todo estaba por leer, por estudiar y por vivir. Recuerdas tu fascinación al comienzo de cada curso; aquella forma en que tocabas por primera vez el lote de libros, abrías sus páginas, mirabas textos e ilustraciones. Hasta los que luego se tornarían odiosos campos de concentración o tormento chino —Matemáticas, Geometría, Física y Química—, en ese momento inicial, intactos, como una mujer hermosa y llena de enigmas, se dejaban acariciar envueltos en aquel aroma de papel mágico que olía a promesas y a misterio.

Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron, e hiciste buena parte de ese camino del que tales libros eran puertas. Sin embargo, aquí junto al almacén, el olor reencontrado te permite por un instante regresar a la casilla número uno del juego de la Oca, al punto de partida, al comienzo de casi todo. Hasta te concede recobrar el roce, el tacto de la mano masculina y segura que te conducía entre aquellas pilas de libros recién desempaquetados mientras iba entregándotelos, uno a uno. Una mano delgada, noble, hace tiempo perdida, pero que revives ahora gracias a este olor, asiéndote otra vez a ella porque te sientes impresionado, conmovido, tímido ante las pilas de libros aún no abiertos, cuyos secretos, pobre de ti, tienes sólo un curso para trasladar de su papel a tu cabeza.

Y así, en la estrecha callecita, inmóvil frente al almacén y traspasado de nostalgia, mueves silenciosamente los labios mientras recitas frases, latiguillos, fragmentos vinculados a ese olor, que luego te acompañarían toda la vida: Triste suerte de las hijas de Ariovisto. Fé —así, con acento—, esperanza y caridad. Todo cuerpo sumergido en un líquido. El ciego sol, la sed y la fatiga. Blanca, negra, amarilla, cobriza y aceitunada. Oigo, patria, tu aflicción. La del alba sería. Almanzor agoniza y muere a las puertas de Medinaceli. Ese O Cuatro Hache Dos. Puesto ya el pie en el estribo… Y de pronto sonríes, porque tienes la certeza de que, si alguna vez llegas a viejo, en el momento en que lo reciente se difumina y son los años lejanos los que se recuerdan, cuando también tú estés pie en el estribo y a punto de irte como todo se va en esta vida, seguirás recordando ese olor y esas palabras con la misma intensidad del primer día.

5 de septiembre de 1999

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