lunes, 17 de abril de 2000

Navajas y navajeros


Dentro de una caja antigua de madera con incrustaciones de marfil en la tapa, guardo tres navajas. Una tiene cachas de nácar, y perteneció a uno de mis tatarabuelos. Otra, con cachas de asta de toro, fue de un bisabuelo. La tercera, una Aitor vasca de acero reluciente, mecánica perfecta y cachas de palisandro, perteneció a mi padre. Esta última se la regalé hace casi treinta años, y hasta que dijo ahí os quedáis y dejó de fumar la estuvo utilizando para abrir la correspondencia y afilar los lápices. La capaora, la llamaba. Yo poseo otra navaja igual —la compré al mismo tiempo— que dedico a idéntico menester, y también para cortar los pliegos de los libros intonsos que encuentro en libreros anticuarios y de viejo. Y a toda esa panoplia navajera se suma mi vieja Victorinox de muchos usos, cuyos artilugios me sacaron de apuros en no pocos episodios de mi antigua vida reporteril, y todavía me acompaña cada vez que hago el equipaje. Quiero decir con todo esto que la navaja es un chisme que poseo y que respeto y que para mí tiene determinadas connotaciones sentimentales. Incluso nacionales, en el sentido honesto y amplio del término. Durante muchos siglos, los españoles (y españolas) anduvimos por la vida con una navaja en el bolsillo, lo mismo para bien que para mal. Con ella pusimos de manifiesto nuestra vileza, y también nuestro coraje. Lo mismo apuñalamos cobardemente, amparados en la bulla y el motín, que hicimos clic-clac para defender ideas, sueños o libertades. Ese peligroso objeto es parte de nuestra cultura para lo bueno y para lo malo, tanto como puedan serlo una iglesia románica, el Quijote, el jamón de pata negra o la guardia civil. Muchos abyectos canallas emplearon la navaja para cobrar el barato, segar vidas, marcar el rostro de mujeres indefensas o alardear de virilidad en el más infame aspecto de la palabra. Pero también muchos hombres honrados, oliendo a sudor y a decencia, la abrieron a media mañana junto a la fiambrera en una pausa en el tajo, o en la mesa, ante la familia, para que sus hijos empezaran a comer después de cortar el pan ganado con esfuerzo y trabajo. Letal y peligrosa, criminal o digna, cruel o generosa, la navaja sirvió también, en otros tiempos, para que hombres sin armas y con el valor para pelear por desesperación, hambre o ideologías, con error o con acierto, vendieran caras sus vidas y que, por ejemplo, Goya los inmortalizara con ojos espantados y terribles, acuchillando mamelucos. Uno de mis cuadros favoritos, pintado por Álvarez Drumont en 1827, muestra una calle de Madrid asolada por una carga de coraceros franceses. Manuela Malasaña está en el suelo, muerta. Y sobre ella, sin otra arma que una navaja abierta, su padre, abrazado al militar que la ha abatido de un sablazo, le mete al francés la cachicuerna hasta dentro, bien honda, por entre las junturas del peto de acero. Y un viejo y querido amigo, combatiente republicano, ya fallecido, me contó una vez cómo entre las ruinas del Clínico, en Madrid, cuando los moros y los legionarios de Franco llegaron al cuerpo a cuerpo y se peleó habitación por habitación, él y otros que habían quemado el último cartucho de sus Máuser abrían resignados las navajas, como último recurso.

Pero los tiempos son otros. En España, por fortuna, nadie necesita ya empalmar la churi para nada que no sea cortar rodajas de chorizo. Por desgracia, la navaja se ha convertido ahora en protagonista de lances cobardes, de horror gratuito, estúpido, a la puerta de discotecas o estadios de fútbol. Por eso periódicamente se levantan voces pidiendo que se prohíba su venta. Niñatos de mierda, chulos de discoteca, zumbados de coca, pastilla y cubalibre, perros chusmosos con cerebros de a medio gramo, tiran de ella con una inconsciencia y una facilidad que da escalofríos. De pronto, en mitad de una discusión boba por una plaza de aparcamiento o por la entrada a un local, en mitad de la jarana alguien se lleva la mano a los riñones y la retira estupefacto, manchada de sangre.

Así, la navaja se ha convertido en triste símbolo de lo más turbio y cobarde que la escoria de este país tiene en los genes. No hay justificación que valga para quien lleva por la calle una navaja en el bolsillo, porque eso sólo indica disposición a clavarla en el prójimo. Por eso los jueces, tan rigurosos ellos a la hora de colocarle dos años al que se lleva a casa un jilguero o a un toxicómano que roba tres talegos para darse un pico, deberían ser inflexibles con cualquier imbécil o criminal a quien se le encuentre una navaja encima. Ya sé que la ley no es muy dura al respecto. Pero para eso está la capacidad de interpretación que se les supone a los magistrados, y también la facultad de legislar que tiene el Parlamento. A fin de cuentas, lo malo no es una navaja, sino el uso que se haga de ella. Y la culpa no la tienen los de Albacete.

16 de abril de 2000

3 comentarios:

Marcial Lafuente dijo...

Ala, ya estamos presuponiendo la culpabilidad por llevar una herramienta.
Lo siento Sr. Reverte. Llevo y llevare mi victorinox, porque siempre me sirve en muchas cosas. Desde cortarme esa uña rota, hasta abrir la caja díscola.

Anónimo dijo...

Mi abuelo y mi padre fueron arrieros. siempre vi a mi padre con su navaja y un manojo de cuerdecillas en el bolsillo. No era un arma, era una herramienta, que como tal se portaba. hay que ver cada caso y aplicar además de las leyes el sentido común. No todos los que llevamos una navaja(normalmente pequeña)somos delincuentes.

Anónimo dijo...

Creo que el arma o la herramienta están en la cabeza de quien las porta y utiliza.
Si así nos ponemos Sr. Reverte, que prohíban también portar estilográficas, que con ellas también se puede apuñalar y no sólo escribiendo, si no físicamente.

Saludos.