domingo, 11 de junio de 2000

El muyahidín


Son las siete y pico de la mañana y Márquez me llama desde Israel, tío, acaban de cargarse a Miguel en Sierra Leona. Le digo que sí, que ya lo sé, que acaba de decirlo la radio. Una emboscada. Iban él y Kurt Schork —Holiday Inn de Sarajevo, agencia Reuter, dos puertas más allá en el mismo pasillo—, buscando lo que buscas siempre en ese oficio: una historia, una imagen. Todo eso, en África y en plena merienda de negros. Ni un ruido, ni un alma, y Miguel y el otro intentando llegar a alguna parte mientras se ganan el jornal. Y de pronto, tacatacatá. Achicharrados los dos sin decir esta boca es mía. Por suerte, apunta Márquez, los pillaron así y no vivos. Se tarda mucho más en morir macheteado. Ya sabes: chas, chas, y mientras tanto dices muchas veces ay. Luego Márquez se despide y yo me quedo pensando que Márquez sólo es duro por fuera, y que se le nota muy jodido por Miguel. Por nuestro Miguelito. Han rescatado el cuerpo, dice antes de colgar. Así que cuando lo devuelvan a Barcelona, mándale una corona tuya y mía. O mejor ve al entierro. He contestado sí, claro que iré. Pero la verdad es que no pienso ir. No tengo cojones para ponerme delante de su madre.

Luego me he quedado muy callado y muy quieto, recordando al tipo alto, muy educado, que se nos acercó una noche en un bar de Split pidiendo que lo dejáramos acompañarnos en su moto a la guerra porque estaba harto de coger el autobús para ir a trabajar como abogado en Barcelona. Un tipo que tres días más tarde había tenido su bautismo de fuego y era nuestro ahijado y nuestro amigo, y a quien —él llegó cuando yo casi me iba— describí así en Territorio comanche, pocos meses más tarde: «Era su primer conflicto bélico y se lo tomaba todo muy a pecho porque aún vivía esa edad en que un periodista cree en buenos y malos y se enamora de las causas perdidas, las mujeres y las guerras. Era valiente, orgulloso y cortés. Mientras otros periodistas contaban la guerra desde hoteles, él vivía casi todo el tiempo en Mostar, y cada vez salía y regresaba con medicinas para los niños. Se lo encontraban entre los escombros, con un pañuelo verde en torno a la frente, alto, flaco y sin afeitar, con los ojos enrojecidos y esa mirada inconfundible que se les pone a quienes recorren los mil metros más largos de su vida: mil metros que ya siempre los mantendrán lejos de aquellos a quienes nunca les ha disparado nadie».

Ahora releo esas líneas y me quedo absorto, con una incómoda congoja dentro, y pienso que ya han pasado siete años desde que Miguel Gil Moreno se presentó aquella noche en Split, y que su carrera fue como él quiso que fuera: dura, rápida, brillante y peligrosa. Empezó buscándose la vida como chófer de periodistas, luego cogió una cámara para ir a sitios donde nadie se atrevía a ir, y al fin se hizo una reputación asumiendo riesgos enormes en zonas muy difíciles, trabajando por cuatro duros para las televisiones inglesas. Reportero de guerra de la Associated Press TV, le gustaba trabajar solo, le dieron un premio Rory Peck por sus imágenes de Kosovo, le rompieron dos costillas y le abrieron la cabeza en el Congo, y dejó boquiabierta a la tribu de zánganos que transmitía desde los campos de refugiados cuando fue el único periodista que, al cuarto o quinto intento, logró meterse en Grozni a base de perseverancia y de huevos. Y hay algo que casi nadie sabe, salvo Márquez y yo, y también Paco Nistal, el páter, capellán de los cascos azules: era católico creyente, y siempre que podía se confesaba antes de entrar en combate. Estuvo siete años debiéndome cien marcos que le presté un día que andaba tieso, y siempre bromeábamos sobre esa eterna deuda, que me negaba a cobrarle si no era en forma de bayoneta de Kalashnikov, que él siempre juraba traerme en el siguiente viaje. Sólo tengo dos fotos suyas: una con Carmelo Gómez e Imanol Arias, el día que estuvimos juntos por última vez en zona de guerra, cuando a punto de rodar aquella película comanche lo acompañamos a filmar a los serbios incendiando las afueras de Sarajevo al retirarse. La otra es en Mostar, en una trinchera, con su chaleco de reportero y el pañuelo en la cabeza que daba aire de muyahidín islámico a su perfil de halcón flaco. Hablé con él hace tres semanas, cuando me llamó desde Londres para que le diese una entrevista a una periodista amiga suya. Me dijo que ya tenía treinta y dos, y que a veces estaba cansado. Poco dinero y mucho riesgo, añadió. Será malo envejecer así, y quizá deba buscarme algo por ahí. Ahora recuerdo esa conversación, y me parece verlo reírse por el agujero del diente que le faltaba. También lo veo cruzando con su moto a través de la guerra y de la vida, veloz, impasible y valiente, del mismo modo que entró en Sarajevo cruzando el monte Ingman. Y sé que me he quedado sin la bayoneta de Kalashnikov, y que cada vez tengo menos amigos y más canas. Unas canas que Miguel no tendrá nunca.

11 de junio de 2000

3 comentarios:

miguel godoy dijo...

Nunca morimos del todo mientras alguien nos recuerde (no sé en que comic lo leí) s2.

PrimiumCM dijo...

A veces leo el libro "Los ojos de la guerra", ese libro que muchos periodistas y compañeros le dedicasteis. Se aprende mucho con él, tanto de la barbarie de la guerra como del buen corazón que tenia Miguel. Descanse en paz siempre.

R Cautela dijo...

No hay necesidad de racismos... "merienda de negros" cayó reketemal, Sr. P-R.