lunes, 5 de febrero de 2001

Menuda tropa


De todo este tinglado de las vacas locas y de la madre que las parió -luego dirán que me obsesiono, pero ya es casualidad que también la madre que las parió sea una vaca inglesa-, la conclusión principal que he sacado confirma algo que en los siete u ocho años que llevo tecleando este libelo semanal repetí alguna vez: España, o lo que sea esto, es un reino de taifas dividido e insolidario, donde cada cual se lo monta a su aire. Y por cierto: a los imbéciles que creen que utilizar la palabra España es indicio de centralismo patriotero, como uno que escribió el otro día acusándome de reaccionario y de facha por decir España y no Estado español, que según él es lo adecuado, lo progresista y lo moderno, diré que en algo tiene razón ese fulano; porque lo de Estado español es, en efecto, un término relativamente moderno -fue adoptado por el franquismo y luego usado igual por los cantamañanas del Pesoe que por los pichatibias del Pepé-, mientras que la palabra España -Hispania- ya la escribían los historiadores latinos, a quienes importaba un carajo que veinte siglos después Xavier Arzalluz se dedicara a la política.

En cualquier caso; algún nombre colectivo hará falta, digo yo, para aludir a esa amalgama indefinible de caínes, analfabetos y navajeros que vivimos entre los Pirineos y el estrecho de Gibraltar, y que en momentos de crisis solemos manifestarnos en todo nuestro esplendor. Porque, volviendo a las vacas locas, no sé como andará el manicomio vacuno a la hora de publicarse esta página; pero en el momento de parirla llevamos mes y medio de pajarraca, y si algo queda patente es, primero, la descoordinación, el egoísmo y la mala fe existentes entre las diversas autonomías; y segundo, la flojera operativa de un Gobierno incapaz de coordinar decisiones, prevenciones y soluciones, con la ley y con esa Constitución, de la que tanto pía, en la mano. Las fotos de vacas patas arriba en una Galicia caciquil que sigue en manos de la derecha más cutre, las chorradas ministeriales con los huesitos de caldo, la falta de rigor y el alarde de imprevisión, irresponsabilidad e incompetencia, la arrogante ignorancia y el servilismo abyecto de algunos tertulianos de radio, han dado pié a un espectáculo bochornoso, infame, vil, hasta el punto de que ya no te fías ni de un simple vaso de leche. Y si, como sostienen algunos, los gobiernos centrales son malos que te rilas, los múltiples gobiernos locales, virreyes y reyezuelos que nos manipulan, nos mienten, nos corrompen y nos enfrentan, no hacen sino agravar el daño y marranear la cosa. Entre unos y otros han conseguido dejar claro lo fácil que es que esto se vaya al carajo.

Imaginen ustedes, si eso pasa con una crisis más o menos lógica en un mundo que enloquece con la ambición y la falta de escrúpulos, lo que podría ocurrir con una tragedia de verdad, de las que realmente cambian la sociedad y la historia de un país. No quiero pensar, aquí donde todo el mundo barre para casa y el vecino que se las apañe, lo que veríamos si una epidemia seria o una contaminación grave -que el Tíreles hiciera pumba yéndose de verdad a tomar por saco, por ejemplo, o cualquier vertido tóxico de Mariano e Hijos a la alcantarilla o a la acequia más próxima esparramara el agua que usamos para beber y para la higiene. El agua no es un capricho para la barbacoa del domingo, sino algo imprescindible; y precisamente por eso, me juego lo que quieran a que asistiríamos a una guerra a muerte no ya sólo de autonomías, sino de pueblo con pueblo y vecino con vecino, cortando unos el agua, desviando tal río o tal cañería, negándole o volcándole los camiones cisterna al otro, matándonos a escopetazos de lado a lado de las cercas, cortando el tráfico en las autopistas y descarrilando trenes, con los obispos esperando a ver quien gana para pronunciarse, y los bomberos, protección civil, los mozos de escuadra, los ertzainas, la policía, los picoletos y hasta los vigilantes de Prosegur cada uno por su lado, zancadilleándose unos a otros -eso ocurre ya, sin crisis de por medio- según instrucciones precisas de sus respectivos consejeros y ministros de Interior. Y, por supuesto, todos y cada uno de los golfos y caciques y los demagogos que presiden cada respectivo feudo, poniéndose a la cabeza, faltaría más, de cada asedio y cada bloqueo y cada linchamiento, mientras aquí no dimitía ni Cristo bendito, y el ministro de Economía aseguraba en el telediario, después de que lo maquillaran con cemento, que bueno, que no todo es negativo, y que España sigue yendo bien porque la industria de agua embotellada ha centuplicado sus ventas y sus precios y sus beneficios, y eso siempre ayuda a crear puestos de, ejem, trabajo. Alarma social, dicen. Yo sí que estoy alarmado socialmente. Estoy acojonado con la cantidad de hijos de puta que pueblan el país en el que vivo. Y de eso la culpa no la tienen las vacas.

4 de febrero de 2001

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