domingo, 17 de junio de 2001

Francotiradores culturales


Les hablaba la semana pasada de las iniciativas culturales privadas, o casi, que algunos francotiradores libran todavía en este país condenado al analfabetismo y a la desmemoria. A nadie medianamente lúcido se le escapa que, con nuestra infame clase política como garante de la cosa, esa guerra está más perdida que la batalla de Ayacucho. Es evidente que también esta vez ganan los malos, con la complicidad de los mierdecillas y los pazguatos. Pero es justo reconocer que eso les confiere grandeza a los combates finales; a las iniciativas de quienes no se resignan y forman el último cuadro, o con una cantimplora y un rifle suben a un tejado o se echan al monte, o en el mismo paredón escupen a los del piquete, gritándoles «viva el perder» en la puta cara.

Cada noche, cuando tiro a la basura kilos de papel inútil, no puedo menos que pensar en la cantidad de viruta pública que se malgasta editando estupideces que no interesan a nadie: folletos, papel de alta calidad bellamente impreso, antologías chorras, revistas subvencionadas, libros, catálogos, grabados, ediciones sobre los temas más idiotas con alardes tipográficos que cuestan un huevo de la cara, invitaciones para recitales y exposiciones absurdas, pagado todo eso con fondos públicos, y de fundaciones, y cosas así. Algo formidable, claro, si tuviera que ver con la palabra cultura. Me refiero a la cultura de verdad: la que mira hacia adelante apoyándose en lo de atrás, eslabón de una cadena magistral hecha de siglos, que transmite y genera, afinando el intelecto. De cualquier modo, en un país donde es posible oír a un político o a un tertuliano de radio hablar de la cultura de la negociación, o la cultura de la violencia, ya me dirán ustedes qué puede esperar uno de esa palabra.

Y claro. Con esa perspectiva, lo que el Gobierno central, y los autonómicos, y los bancos y los ayuntamientos y las fundaciones entienden por lo general como cultura, es el hip-hop en la plaza Mayor de Madrid, los grafitis de las tapias de la Renfe en Albacete, el trabajo de fin de curso del sobrino del alcalde de Villasopla de Abajo, un concierto de Miguel Bosé con José Bono tocando la pandereta, una edición crítica lujosamente ilustrada de El virgo de Visenteta, un ciclo de apasionantes conferencias sobre los 587 escritores murcianos hoy en activo, la Historia verdadera de los reyes de Cataluña (i Aragó) de toda la vida, un libro de sonetos a la Macarena, o cualquiera de esos siete mil chollos anhelados por todo mediocre cultureta-botijero de capital y provincias, como son algunos infames cursos de los llamados de verano, ciertas escuelas de artes y letras, o plomazos como la revista presuntamente literaria que edita un tal Álvaro Delgado-Gal con pasta de la Fundación Cajamadrid. Inventos que, por lo general y salvo muy honrosas excepciones, son utilísimos para trincar subvenciones por el morro, mamársela a los amiguetes y ajustar cuentas con los enemigos quemando pólvora del rey. Que sale gratis.

Por eso tiene tanto valor la gente que se bate sola, o con cuatro cañas. Y por eso aprecio tanto, cuando me llegan o me las tropiezo por ahí, las otras hazañas, humildes a veces, de quienes de verdad se lo curran a cuerpo limpio, casi por libre, defendiendo un patrimonio local amenazado, una memoria, un sueño. Francotiradores como el buen Antonio Enrique, en su Guadix, el hombre de la armónica montaña. Luis Delgado, que en el museo de Marina de Cartagena sigue librando combates a tocapenoles contra la ignorancia y el olvido. El Ayuntamiento de la Albuera, que cada año recuerda su histórico campo de batalla. Javier González y quienes hacen posible la excelente revista literaria andaluza El Mercurio. Los que aún pelean en el asedio de Salses, esta vez para salvar el mural del Molino de los Frailes. El profesor Miguel Esteban y los chicos del instituto Emperador Carlos de Medina del Campo, con su magnífica revista El Zampique. Rafael Lema, que persigue libros, corsarios y naufragios en la Costa de la Muerte. Jose Antonio Tojo, a quien no conozco, de cuyo documentadísimo Lobos acosados -los submarinos alemanes hundidos frente a Galicia en la Segunda Guerra Mundial- no he visto una maldita reseña en casi ninguna parte, como tampoco la he visto de Julio Albi y su De Pavía a Rocroi, rigurosa historia de la infantería española en los siglos XVI y XVII. Hablo de ellos y de tantos otros cuyos nombres no caben aquí, amigos conocidos o desconocidos que siguen batiéndose por la única patria que merece la pena. Paladines de causas perdidas, que en ocasiones logran izar su bandera en lo alto del monte Suribachi. Y cuando los veo allí, exhaustos, a veces malheridos, no puedo menos que calentarme al calor de ese combate desesperado por la dignidad y la memoria. Recordando, como recordaba Iñigo Balboa ante los muros de Breda, que la honra de un país o una nación no es sino la suma de las menudas honras de cada cual.

17 de junio de 2001

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