domingo, 16 de septiembre de 2001

Trescientas pesetas


Pues resulta que estoy en la puerta de la catedral de Segovia, que la han dejado estupenda y es un pedazo de catedral gótica de toda la vida, de esas que echas un vistazo y piensas, oye, el ser humano será un cabrón con pintas y todo lo que quieras, colega, pero la verdad es que hizo cosas que justifican su paso -nuestro paso- por la tierra. Cosas como ésta; que miras las bóvedas donde se cruzan los nervios de piedra, y hasta parece que exista Dios. Pero es que aquéllos eran arquitectos; y cuando estás ahí debajo y miras, al cubo de Moneo y a Le Corbusier y al fulano del Guggenheim, que no recuerdo ahora cómo se llama, les pueden ir -con todo respeto- dando mucho por el saco. En ésas estoy, digo, en Segovia, cuando oigo a un tío muy cabreado que dice hay que joderse, hombre, que no, que yo no pago trescientas pesetas para ver una catedral ni una iglesia. Hasta ahí podíamos llegar, y a mí no me roba nadie. Y el hombre agarra la mano de su legítima y se larga pregonando su indignación a voces, sin ver la catedral y sin ver nada. Satisfecho, supongo, porque acaba de ahorrarse seis chocolatinas.

Ya les conté hace tiempo, creo, que en cada uno de esos expolios anuales que nos hace Hacienda pongo siempre la crucecita para que el tanto por ciento se destine a la iglesia católica y tal. No porque practique, sino porque esa institución forma parte de mi historia y mi cultura; y poco de este lugar llamado España, sobre todo en sus detalles más reaccionarios y miserables, podría entenderse sin esa iglesia católica: sin su fanatismo y oportunismo aliados con monarquías infames, con generales sin escrúpulos y con millones de borregos aficionados a gritar vivan las caenas. Cada vez que se cae el techo de una iglesia rural o el pináculo de una catedral se destruyen claves para entender la triste mierda que los españoles hemos sido casi siempre; aunque ahora, en vez de una sola mierda, seamos una pintoresca suma de mierdecillas autonómicas. Ante eso, la esperanza es comprender que nada -salvo esas Historias recién acuñadas de la España Que Nunca Existió- nace por generación espontánea. Por eso es necesario conservar, para su estudio y reflexión, las huellas del pasado. Y así, un español y mediterráneo que niegue el peso -a menudo lastre- de la Iglesia Católica al explicarse a sí mismo, es un ignorante o un fatuo. Ahí es exactamente donde sitúo mi crucecita anual.

Eso lleva, claro, a lo de Gescartera. Y la verdad: a mí me parece de perlas que la Santa Madre multiplique sus euros, que para eso hay jurisprudencia en los Evangelios (Mateo 25,14 y Lucas 29,12) con la parábola aquella del señor y los siervos y los talentos, y se financie con sus medios y las aportaciones voluntarias de la peña, en vez de trincar del Estado. Tiene curas ancianos a los que jubilar, catedrales que rehabilitar. Chachi. Lo repugnante no es que Roma y sus filiales jueguen a la bolsa y manejen viruta, sino toda esa parafernalia de la hermana influyente de uno y el obispo de lo otro, el pasteleo a la hora del chocolate con bizcochos, la comunión diaria preferente a los que detentan el poder y el dinero, los cuchicheos de confesionario, este dinerito, señora tal, no faltaría más, ilustrísima, trato preferencial y todo eso. Ese viejo enjuague de beata y sacristía que tanto daño ha hecho y sigue haciéndolo en sus versiones aggiornatas, o como se diga, y del que no hay forma de librarse nunca. Y menos ahora, crecidos como están mis primos -escribí quinientas páginas de novela sobre la materia, así que ahórrenme las putas cartas y léansela, si quieren- con estos píos chavales del club de Quintanilla de Enésimo que mean agua bendita entre golpes de pecho, ora et labora, y no me tiren de la lengua. Sin admitir que el mundo se mueve desde hace siglos en dirección opuesta, y que pasaron los tiempos en que, con una palabra al oído de un rey o un ministro, o de la mujer de un ministro, un cura Escóiquiz fanático y cerril podía dejar a España en la cuneta de la Historia. Pero ahí siguen, como si nada: la Iglesia real, la que lucha por los humildes y los desheredados, por una parte, y la otra, la oficial. La del despido de la profesora de religión que se casa con un divorciado, la del párroco alavés que niega su iglesia para que Fernando Savater haga un pregón sobre el vino, la del obispo que, olvidando Pentecostés y el don de las lenguas, afirma que los buenos cristianos sólo hablan catalán. Toda esa bazofia reaccionaria y casposa -para Roma problema aplazado sigue siendo problema resuelto- en torno al aborto, la homosexualidad, la castidad, con que la mafia polaca del Vaticano y sus amigas Josefinas y Catalinas, du-duá, todavía pretenden tener al mundo agarrado por los cojones. Soberbia, se llama ese pecado. Ambición, falta de escrúpulos y soberbia. Amén de gilipollez. Ellos, que patentaron la moral de Occidente, deberían saberlo mejor que nadie.

Lo que no es obstáculo, u óbice, para que el fulano de las trescientas pesetas me siga pareciendo un perfecto imbécil.

16 de septiembre de 2001

1 comentario:

Fátima del Pilar dijo...

Hey, míster y eso sucede en medio mundo, donde no sólo se ha hecho eso con una iglesia muy importante en su tiempo reducida en espacio para el libre paso de los automóviles, o del alcalde que no te refracciona un monumento dedicado a la actividad pesquera de una región, porque desconoce la historia del lugar y porque justificó el derrumbe del monumento con un "estabe viejo".
Y tengo la maldita sospecha de que eso seguirá así por buen tiempo.