lunes, 29 de julio de 2002

Por mí como si nos bombardean


Lo siento, pero estoy con mister Fischler. La flota pesquera española no solo debe ser reconvertida sin piedad en el marco de la Comunidad Europea, sino que además, en mi opinión personal que comparto conmigo mismo, debería ser torpedeada y bombardeada en los puertos en plan Tora, Tora, Tora, como lo de Pearl Harbor. Por sorpresa y al amanecer. Kaputt. Desguazada. Hundida. Aniquilada. Eso no quiere decir, naturalmente, que los pescadores y los armadores y sus familias deban ir al paro. Al contrario. Con el dinero que se gastan España y Europa en subvencionar toda esa gran mentira y ese expolio infame que solo es pan para hoy y hambre para mañana, y que únicamente beneficia de verdad -salvo contadísimas y honradas excepciones- a unos pocos espabilados, y con lo que se trinca donde algunos sabemos, y con las ayudas comunitarias de los cojones, que solo sirven para mantener en pie un cadáver que lleva muerto la tira, asesinado por la codicia y la ausencia de escrúpulos y la cara dura de funcionarios y de particulares, podrían perfectamente buscársele empleos en tierra a toda esa gente, de una puta vez, y dejarse de milongas. También de tomarnos a todos por gilipollas. Así que el ministro Cañete y sus mariachis deberían asumir la situación y reconvertir a los pescadores en cualquier otra cosa: camareros, ingenieros agrónomos, traficantes de hachís. En cualquier cosa decente, quiero decir, o al menos más decente de lo que hay ahora. Porque la pesca en España apesta. Y nadie lo dice, oye. Qué raro. A saber por qué.

Todo es una gran mentira. Un camelo artificial que nada tiene que ver con los hechos reales. Cualquiera que lleve años navegando por aguas españolas sabe a qué me refiero. No sé lo que pasa con la flota nacional en los caladeros extranjeros, y en esa parte no me meto. Pero aquí, en nuestras costas, ves a los barcos con las redes pegadas a tierra, en cuatro palmos de agua, rascando el fondo para llevarse hasta las piedras, en busca de un par de boquerones que justifiquen la palabra pesca y las subvenciones correspondientes, pasándose todas las leyes y reglamentos por el forro de los huevos. Ves las jaulas y presuntos criaderos de atún rojo de los que hablaba el otro día, que con sospechosa frecuencia no son sino campos de exterminio que se friegan las normas ante el compadreo cómplice de la Administración, que encima los pone como ejemplo. Al fin encontré un pez espada muy joven, todavía de pequeño tamaño que flotan muertos porque su llegada ese día a la lonja hacia bajar los precios, o porque son inmaduros, y dentro está la Heineken de la Guardia Civil, y quienes los traen los arrojan por la borda. Ves concursos de pesca deportiva donde algunos bestias alardean de haber sacado, en un solo día, «trescientos atúnicos de palmo y medio». Ves todo eso y luego echas la pota, claro, cuando un portavoz o un ministro van y dicen que en la Comunidad Europea nos putean y no nos comprenden. Que va. Lo que ocurre es que la gente no es tan idiota como aquí se creen que es, ni a todo el mundo se le tapan los ojos con una cesta de Navidad y un fajo de lo que ya me entienden. Y nos putean porque nos comprenden perfectamente. No te fastidia. El día que escuche las declaraciones de mister Fischler regresaba de un viaje por mar del que una singladura transcurrió en calma chicha, con el Mediterráneo convertido en balsa de aceite, cruzando bancos de medusas que proliferan por todas partes desde que exterminamos a las especies que se las comían. Calor y sol fuerte, sin viento, el agua quieta igual que un espejo. Daba la impresión de moverse por la superficie oleaginosa de un mar muerto. Nada. Solo medusas blancas y pardas y una lata vacía de refresco; y el encuentro, que habría debido alegrarme, me entristeció porque una milla antes me había cruzado con unos palangres y un pesquero que se movía despacio en el horizonte. Ojala sigas vivo al caer la noche, le desee al espadilla mientras lo perdía de vista, feliz en sus cabriolas. Horas más tarde -la mar seguía como un plato- divisé una pequeña tortuga que nadaba solitaria en la superficie, puse proa hacia ella y di vueltas alrededor: jovencita, aislada, un caparazón de dos palmos. Se quedaba quieta cuando me acercaba, como para pasar inadvertida. Enternecedora y vulnerable. Sola. Sin madre, ni padre, ni perrito que le ladre. La última de Filipinas, supuse, de una familia que tal vez había desaparecido entre redes de pescadores o con bolsas de Carrefour hechos madejas en el esófago. Habría querido hacer algo por ella, pero no se me ocurría qué. Así que le desee suerte, como al pez espada joven, y seguí mi camino. Al día siguiente amarré el velero, oí lo de Fischler y la respuesta de los pescadores y del ministro, y me estuve riendo un rato largo. Me reí muy atravesado y amargo. Les aseguro que no me gustaba nada mi propia risa.

28 de julio de 2002

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