domingo, 13 de octubre de 2002

Perra y triste España


Oigan. Me van ustedes a hacer el favor de irse inmediatamente al cine, a ver Los lunes al sol. Que es una película dirigida por Fernando León de Aranoa, y protagonizada por Javier Bardem y unos cuantos más; que como no son mis amigos, ni mis conocidos, ni nada de nada, puedo permitirme recomendar aquí su peli tal cual, por la patilla y el morreti, sin que esto suene a dar cuartel a los compadres. Y si son ustedes tan primaveras que no se fían de mi palabra y pasan de ir a verla y se escaquean, pues allá cada cual. Aténganse a las consecuencias. Porque entonces se habrán perdido una de las mejores películas españolas que -salvo error u omisión-se han hecho en los últimos diez o quince años. Digo yo. O a lo mejor son más. No sé. Veinte años, tal vez. O treinta.

Y es que el otro día fui al cine y me quedé de pasta de boniato. Excepto la música, que no me gustó, y una escena de karaoke que considero un guiño innecesario a la británica Full Monty -la película de Fernando León es mucho más dura y sólida de aquí a Lima-, Los lunes al sol me pareció casi perfecta. En el casposo panorama de lo que algunos, sin fundamento, llaman industria del cine español, donde los guiones no existen, donde nueve de cada diez actores no saben hablar ni falta que les hace, donde auténticos salteadores de caminos producen con dinero ajeno bazofias de cualquier tipo, a fin de trincar antes del rodaje, y luego les importa un carajo que se estrenen o no, porque ya han cobrado lo suyo, la película de la que hablo resulta especial. Insólita. Rara de narices. La peripecia sombría, vulgar, de unos amigos en paro tras el cierre de los astilleros donde trabajaban, la desesperanza mezclada con el humor negro y la mala leche en un guión impecable -que ya me habría gustado firmar a mí-, la contención con que se narra la historia, triste y amarga sin cruzar nunca el umbral del melodrama y la lágrima fácil, el tiempo interior del relato, la interpretación magnífica de los actores, incluido lo más difícil en cine y literatura, que es dialogar con los silencios, todo eso, en fin, amén de muchas otras cosas, son elementos que convierten Los lunes al sol -tengo dudas sobre si el título no necesitaría una coma en medio- en un ejercicio impecable de cine de altísima calidad.

Y qué cosas. A eso, de la alta calidad iba a añadirle: cine que, por lo antedicho y por desgracia, no parece español. Pero si uno va y lo piensa, afirmar eso sería inexacto. Precisamente porque esta película sólo es posible por ser española hasta la médula. Y ahí está la cosa. El intríngulis. Nadie ajeno a este putiferio nacional podía haber escrito, dirigido o interpretado una historia tan triste y tan perra. Con tanto humor negro. Con tanta ternura. Con tanta dignidad pese a la derrota, a la desesperanza. A la miseria. Cuando desde nuestra butaca de cine seguimos la monótona vida del grupo de parados que encabeza Santa (Javier Bardem), el entrañable y testarudo animalote fiel a sus amigos y a sí mismo, los espectadores sabemos perfectamente de qué nos hablan. Porque Los lunes al sol es una tragedia menuda con humildes nombres y apellidos en los que cualquiera puede reconocerse. Nadie garantiza, en esta España de mierda que sigue siendo más falsa que la sonrisa de Javier Solana, que quien mañana esté con los colegas en el sombrío bar La Naval, junto al astillero cerrado cuyo último barco a medio construir se oxida sin remedio, no seas tú mismo; y la historia de la pantalla no sea tu propia historia; y como Santa y sus compañeros, sus mujeres y sus hijos, no acabes igual. Apoyado cada tarde en la barra del bar donde un viejo compañero, qué remedio, te invita o te fía. Porque ésa es la película soberbia que ha hecho Fernando León: la trampa del trabajo perdido, el paso irremisible del tiempo y la ausencia de futuro. O sea: la otra cara del pelotazo y el éxito y Operación Triunfo y el Hola y la Carmen Ordóñez de los cojones. La realidad negra, sin línea de horizonte, que es rutina en la vida de tanta gente condenada al paro, a la soledad, a la amargura del fracaso. Gente manipulada, engañada, aplastada. Y sin embargo. Ojo. Ahí está la clave: en el sin embargo. En cómo pese a todo, gracias a lo que alberga el corazón de ciertos seres humanos, y simbolizado en esos dos únicos rayos de sol que aparecen, al principio y al final, en una película rodada entre cielos grises, noche y sombras, son todavía posibles la dignidad, la amistad y la desesperada lealtad de quienes compartieron un momento de lucha y ya no esperan salvación alguna. En esta España desmemoriada, envilecida de puro satisfecha e insolidaria, tan ciega y tan miserable, Los lunes al sol es un recordatorio espléndido, necesario, de la tragedia de quienes se quedan atrás, en el camino, sacrificados a la Europa pluscuamperfecta de la madre que nos parió, a las corbatas rosa fosforito y a la autocomplacencia de los presidentes y los ministros en sus putos telediarios.

13 de octubre de 2002

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