domingo, 23 de marzo de 2003

Devastados por el tiempo


Estaba el otro día en Roma, por asuntos de trabajo. Como hacía buen tiempo, fui a dar una vuelta por los foros imperiales, que tienen su cosita. Estaban llenos de españoles, lo que me parece bien; pues al fin y al cabo, para un español, ir a Roma no es otra cosa que tomarse un café con los parientes. Algo así como ir de visita -esas visitas que se hacían antes- a casa de las tías abuelas de uno, o de las primas de la familia, solteronas, viudas y a menudo enlutadas y vetustas, y ver en las paredes fotos de tu padre y de tu abuelo vestidos de marinerito o muy apuestos y juveniles, bailando un tango. Quiero decir que en Roma uno reconoce su propia historia. A lo mejor por eso ningún español que se haya metido dos libros en el cuerpo y tenga un poco de sentido común se siente extranjero en Italia, como tampoco en Grecia, ni en Portugal. Algunos ni siquiera se sienten del todo extranjeros en Marruecos. Por lo menos yo no me siento.

Pero a lo que iba. Les contaba que estaba en el foro, justo bajo el arco de Tito, mirando el bajorrelieve donde los romanos trincan el candelabro de los siete brazos de Jerusalén. Me acordaba de mi compadre Daniel Sherr, que es judío, alérgico y vegetariano -«ya sólo me falta ser negro», dice él con mucha guasa-, y el pobre desgraciado no puede comer más que fruta y arroz hervido. En ésas estaba, pensando en Dani, y en lo que hacen ahora sus socios del candelabro con los filisteos, y en cómo cambia el mundo aunque sea siempre la misma murga, cuando se me para al lado un grupo de españoles; y uno de ellos, el que parece llevar la voz cantante, mira despacio alrededor. Luego, muy serio, abarca con un docto ademán las ruinas que nos rodean, y suelta la siguiente gilipollez: «Se nota que es una ciudad devastada por el paso del tiempo».

Me vuelvo, interesado por el concepto. Éste, me digo, no necesita guías, ni textos, ni Salustios, ni grabados de Piranesi, ni Goethes en adobo. Y compruebo que, al escucharlo, sus secuaces miran alrededor, los restos de los templos, las columnas que sostienen el cielo, los capiteles caídos por tierra, los trozos de mármol con inscripciones latinas, y asienten con la cabeza, impresionados y convencidos. Vaya si se nota la devastación, supongo que piensan mientras se hacen afotos. Nadie habría podido definirlo mejor. Devastado por el paso de tiempo. Se nota que el cicerone es de los que tienen estudios y mundo. De los que, cuando en una película sale la torre Eiffel, dicen en voz alta: «París». Podía haber sido peor, reflexiono. Como aquella anécdota -apócrifa, supongo- del general norteamericano Clark, al ver los foros cuando la liberación aliada de Roma: «Nuestros bombarderos han hecho un buen trabajo». Pero nada de eso. El fulano a quien acabo de escuchar no es un gringo analfabeto. En tal caso habría dicho que es una ciudad con muchas ruinas. Pero él no carece de un toque culto. Devastada está bien. Tiene su puntito. Suena a ostrogodos borrachos derribando templos y violando a respetables matronas de la familia Julia. Y lo del paso del tiempo lo redondea: hilando fino, remite a dignos sucesores de Pedro llevándose los mármoles de los templos para hacer fuentes con su Benedictus fecit en letras de cuatro palmos, o para construir ese cenobio franciscano -pura imitación de Cristo- que se llama San Pedro de Roma. Quiero decir que, tal y como está el patio, podría haber sido peor. Imagínense que el pájaro hubiera dicho: «Se nota que es una ciudad vieja que te cagas».

Casualmente -o no tanto, después de todo- esa misma tarde abro un diario español, y leo que un artista y un dirigente asturiano de Izquierda Unida pasan unos días en el talego por pintar en edificios públicos: Globalización = lladronociu + represión. En su descargo, ambos reos argumentan que las pintadas, hechas en el paseo marítimo de Gijón durante una manifa antiglobalización, no pueden considerarse tales, sino «acciones artísticas de intervención en espacio público», y que su objeto era establecer «un itinerario situacionista basado en la deriva urbana del arte». Rematando mis primos, imperturbables: «Si el arte está preso, toda la sociedad está presa». Así que, en fin. Qué quieren que les diga. Me parece que el fulano del foro no andaba descaminado. Para qué complicar la vida metiéndonos en honduras. En este mundo de comida rápida y de cultura rápida -se nota que vivimos en una casa de putas devastada por el paso del tiempo-, treinta siglos de arte o de historia pueden resumirse perfectamente con cualquier imbecilidad.

23 de marzo de 2003

2 comentarios:

Pedro Giraldo dijo...

Lo del ‘lladronocio” tiene su miga. Mirusté por dónde, he pasado hace poco unas semanas en Gijón y me maravillé, aparte de la hermosura re- y conquistada de la bella ciudad, de la fechoría de querer elevar el bable a la categoría de idioma.

Incluso algún listillo anda ya pensando en una Academia de. Luego vendrá la enseñanza bilingüe, la edición de la gramática, el diccionario, la doble rotulación y las biblia en fascículos. Por lo pronto, el de las señales de tráfico se ha forradini.

Lástima que a los exbellotaris no se les ocurriera lo mismo con el ‘castúo’. Le digo a usted, don Arturo…

Pedro Giraldo dijo...

Se me olvidaba. Soy unos años mayor que usted, don Arturo.

Tuve a bien saludarle una fría mañana madrileña en el mismísimo café Gijón.

¿Me toleraría el tuteo o prefiere que sigamos usteándonos? Le aseguro que a partir de los 65, que ya cumplí, me resulta más, mucho más cómodo que me tuteen.

Respetuosamente.