Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 13 de noviembre de 2006

La chica del blindado

Fue por estas fechas, en los Balcanes. Era uno de los últimos trabajos en territorio comanche: tenía la certeza de que aquello terminaba para mí. En la primera guerra del Golfo, luego en Croacia y después en Sarajevo, había advertido que venían otros tiempos. Las viejas putas de trinchera como Alfonso Rojo, Julio Fuentes o yo mismo cedíamos terreno a las treinta conexiones en directo para el telediario –así no podías buscar información, pero a nadie parecía importarle–, y a los cantamañanas que aterrizaban a cincuenta kilómetros del frente para hacer programas de sobremesa con mucha lágrima de mujer violada y mucho huerfanito. 

En Bosnia, la guerra de los reporteros aún no era políticamente correcta. Todavía era guerra de verdad, y allí nos juntábamos los restos de la vieja tribu, apurando la cosa como quien permanece hasta última hora en un bar a punto de cerrar, bebiendo bajo el fuego de los camareros impacientes que recogen vasos y ponen sillas sobre las mesas. Esa madrugada tocaba Mostar: asediada por los serbios, bombardeada día y noche, con cascos azules españoles dentro y las navidades a tiro de Kalashnikov. Una perita en dulce para animar los telediarios. Así que José Luis Márquez, con su cámara Betacam sobre las rodillas, y el arriba firmante estábamos sentados en un BMR español, esperando cruzar las líneas serbias y entrar una vez más en la ciudad. Íbamos callados y tensos, pues con los hijos de puta de los artilleros y francotiradores serbios, la cosa estaba chunga. Había que subir en pequeño convoy desde Dracevo siguiendo el curso del río Neretva, cruzar las líneas, el matadero del aeropuerto y bajarse en la calle principal de Mostar. Y en ésa estábamos, aún de noche, esperando la partida, fumando en silencio, cada uno pensando en sus cosas, cuando la chica entró en el blindado y se sentó entre dos soldados, en la banqueta frente a nosotros. Llevaba un chaleco antibalas enorme, y bajo el casco asomaban sus cabellos rojizos y largos. Era un poco regordeta, guapilla, joven, y tenía pecas. Médicos sin Fronteras, ponía en una pegatina del casco: una oenegé seria, de las que se dejaban la piel, no como tanto fantasma que caía por allí a hacerse fotos con dos botes de leche condensada en los bolsillos. 

Márquez no era simpático, y yo tampoco. Llevábamos tres años en los Balcanes y más de veinte en el oficio. Éramos profesionales de aquello, y sabíamos dónde nos íbamos a meter. Para la chica era su primera misión de guerra. Su gran aventura. Estaba asustada, y lo estuvo más cuando el blindado empezó a moverse, y nos pararon los serbios ochenta veces, y al cruzar el aeropuerto hubo un poquito de candela. A veces nos dirigía la palabra con sonrisa nerviosa, intentando no mostrar el miedo que sentía; pero nosotros estábamos demasiado sumidos en nuestras preocupaciones, que incluían el telediario de esa noche, quedarnos sin tabaco –los soldados se lo fumaban todo, los malditos– y seguir en razonable estado de salud cuando terminara aquello. Incluido el propio miedo, que era asunto de cada cual. Así que no la confortamos mucho, me temo. Ni siquiera le preguntamos su nombre. 

Llegamos a Mostar en un amanecer sucio y gris –allí todos eran así, hasta los días de sol–, se abrió la rampa del BMR y lo primero que vimos fue la cara flaca de Miguel Gil Moreno, que nos esperaba. Le dimos un abrazo y empezamos a trabajar, porque en ese momento caían morteros serbios, había heridos, y un casco azul español estaba lleno de sangre de la cabeza a los pies, aunque no era suya. Mientras bajábamos del blindado, Miguel –que luego moriría en Sierra Leona– nos hizo una foto. En ella se ve a Márquez impasible como siempre, un cigarrillo en la boca y echándose la cámara al hombro, y a mí que bajo detrás, vuelto hacia un lado –no recuerdo qué miraba– con mi mochila y cara de mala leche. Detrás se ve a la chica asomando la cabeza bajo el casco como un ratoncito tímido. Creo recordar que alguien de su oenegé la esperaba en alguna parte. No sé. No volvimos a verla nunca. Han pasado trece años y no había vuelto a pensar en ella. Hoy, ignoro por qué, la he recordado sentada en la penumbra del BMR en aquel amanecer sucio de Mostar, apretando los puños cuando la metralla serbia hacía cling-clang en la chapa del blindado. Lamento que ni Márquez ni yo le dirigiéramos la palabra. Era una chica valiente. 

12 de noviembre de 2006

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