Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 6 de enero de 2008

El regreso de Manolo

Con esto de que hoy es día de Reyes, voy a regalarles un chiste que me contaron ayer. En realidad lo hago porque no se me ocurre otra cosa. Y le echo algo de morro. Este número de XLSemanal cierra antes su edición, por las malditas fiestas, y acabo de enterarme de que si no escribo antes de tres horas, esta semana no sale mi artículo. Después de quince años, una ausencia quedaría fatal. Y más después de la amable página de la semana pasada: algunos de ustedes creerían que, como represalia, me han echado de la revista y de España. Por eso meto lo del chiste; que considerándolo bien, es una historieta corta. Puestos en plan formal y echándole postín a la cosa, podría apuntar esa gilipollez tan de moda de que voy a regalarles un microrrelato; que es como algunos cantamañanas relacionados con la tecla llaman ahora en los suplementos culturales a los cuentos, chistes, anécdotas y chorradillas cortas de toda la vida. Así que ahí va el microrrelato. O el chascarrillo. O lo que sea. Y sirva, de paso, para homenajear a todos los anónimos genios españoles -Paco, Antonio, Salvador, Ginés, Pepe, etcétera- que nos abastecen de material ad hoc, y cuyo talento extraordinario nunca se ve recompensado con una autoría ni una firma; aunque sí por miles de carcajadas en bares, oficinas y sitios adecuados para el asunto, que suelen ser casi todos. Va por ustedes, maestros: 

Después de una cena navideña de empresa que ha acabado en noche de juerga espectacular, un fulano -hombre casi ejemplar el resto del año- regresa a su hogar a muy altas horas de la madrugada. El periplo nocturno incluyó copas de matarratas en cantidades industriales, dos paquetes de cigarrillos, media docena de rayas colombianas puestas una detrás de otra y una visita concienzuda, en compañía de los amigotes, a los más selectos puticlubs de la ciudad, donde nuestro individuo ha triturado la extra de Navidad hasta el último céntimo. Pueden imaginar, por tanto, el estado deplorable en el que el ciudadano -llamémoslo piadosamente Manolo, sin señalar a nadie- se baja del taxi y, haciendo eses, se encamina al portal de su casa. Allí, tras conseguir con mucho esfuerzo meter la llave en la cerradura, entrar en el edificio y apretar el interruptor de la luz, nuestro Manolo se contempla, espantado, en el espejo del zaguán. 

«¡Ah!», grita al verse. 

No es para menos. Con los antecedentes referidos, pueden imaginar el cuadro: la ropa en desorden, el pelo revuelto, ojeras, manchas rojas de carmín y negras de rimmel en la camisa y en la cara. A eso hay que añadir varios morados de chupetones en el cuello, arañazos de lumi juguetona por todas partes y un ojo a la funerala que le puso el portero de una discoteca cuando quiso entrar mamado hasta las trancas. Todo eso, bien espolvoreado de farlopa: la cara y la chaqueta. Hasta en las cejas y el pelo lleva. 

«Virgen santa», se dice aterrado, mirándose el careto. «A ver cómo le explico esto a mi mujer.» 

Con ese fúnebre pensamiento, Manolo se mete en el ascensor, aprieta el botón, y mientras sube estudia los daños colaterales en el espejo que suelen tener los ascensores. De cerca aún se acojona más. 

«Como Loli esté despierta, me echa a la calle para siempre», razona desesperado. «¡Menuda ruina, Dios mío!... ¡Me he buscado la ruina!» Porque es imposible, concluye, disimular los mordiscos, chupetones y arañazos, o eliminar las manchas rojas del chillón carmín puteril. Y por más que se sacude las solapas, la cara y el pelo, tampoco logra borrar las huellas delatoras del no menos traidor polvillo blanco. 

«Me mata», concluye desolado. «De ésta, esa fiera me mata.» 

Se para el ascensor en la cuarta planta. Temblando de pánico, con la ibérica mente trabajando a toda prisa, Manolo va a la puerta de su casa, mete la llave -esta vez a la primera, pues se le ha quitado la borrachera de golpe-, y al entrar se topa con la funesta confirmación de sus temores: 

-¿De dónde vienes así, pedazo de cabrón? 

En efecto. Allí está la legítima con bata de boatiné, los brazos en jarras, un pie calzado con zapatilla golpeando rítmico e impaciente en el suelo, y una cara de mala leche explicable por el hecho de que acaban de dar las seis de la mañana en el reloj de cuco -suizo, regalo de bodas- del vestíbulo. 

-Loli, no te lo vas a creer. ¡Acabo de pelearme con un payaso! 

6 de enero de 2008 

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