Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 16 de agosto de 2009

La habitación del hijo

Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros –ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería–, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras. 

Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos. 

Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria. 

Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas». 

Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas –a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño–: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir». 

Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. 

Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena. 

16 de agosto de 2009 

8 comentarios:

Efenece dijo...

Artículo, por momentos, sublime. Y preñado de amor, del verdadero, del realista, del sincero

Efenece dijo...

Excelente artículo que, por momentos, torna en sublime delicadeza. Rezuma amor por los cuatro costados. Del verdadero, del sincero, del esencial, del duradero. Y para expresarlo así hay que mamarlo, sufrirlo y, a la vez, apreciarlo.

Efenece dijo...

Excelente artículo que, por momentos, torna en sublime delicadeza. Rezuma amor por los cuatro costados. Del verdadero, del sincero, del esencial, del duradero. Y para expresarlo así hay que mamarlo, sufrirlo y, a la vez, apreciarlo.

Anónimo dijo...

Señor Pérez-Reverte. No sé si llegará usted a leer este mensaje, pero siento que debo escribirlo. Y lo hago para expresar mi más profundo agradecimiento.

Yo soy como ese chico, rodeada toda la vida de libros, animada por mis padres -los dos - a optar por aquellos estudios que me hacían vibrar, que me emocionaban, y que no me abrieron las puertas del mundo laboral.

Estudié Filología Clásica, ¡ya ve usted! La de veces que me han preguntado a lo largo de los años: y eso, ¿para qué sirve?

Hace un año publiqué mi primer libro. Un libro que no se ha vendido demasiado, pero que dediqué con orgullo a mis padres. Y cuando les regalé el primer ejemplar impreso, lo acompañé con este artículo.

Mi padre no pudo evitar llorar al leerlo.

Muchas gracias.

Anónimo dijo...

Enhorabuena, Efenece. Enhorabuena por haber alcanzado el éxito en su vida, porque no le quepa duda de que así es. Quizá nunca será famosa, quizá pocas personas le reconozcan ese éxito alcanzado. Pero en eso consiste precisamente este artículo. Lucidez de vida.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Metedura de pata por mi parte. Quería referirme al último mensaje de "anónimo", que recientemente ha publicado un libro. De todos modos, dirva para cualquiera que se emociona, como Efenece, con artículos como este.
Saludos

David Sepúlveda dijo...

Es una falta de respeto de mi parte escribir un comentario después de tan bellas palabras, pero qué quieren: soy como el espectador que no puede dejar de hablar en cuanto acaba la interpretación de una sinfonía, como si con ello aportara algo. No es así, pero le hace sentirse partícipe, también.
Y es que me hizo recordar a mis padres, que ninguno terminó su enseñanza elemental pero se creyeron entero el cuento de la educación de los hijos. Y los cuatro fuimos educados, alcanzando la Universidad tres de ellos... Pero fue más que eso, porque una biblioteca de 10 mil volúmenes se formó en esa casa a medio caerse y llena de cosas. La televisión vino a llegar cuando los "viejos" ya estaban para descansar y los hijos estábamos todo el tiempo fuera...
Como dijo alguien, me identifico con ese hijo, así como mis hermanos, y se que ellos estarán de acuerdo conmigo en adoptar esas palabras subrayadas que don Arturo nos recuerda como un pistoletazo de viejo pirata en la inmensidad del mar de la Literatura y el Saber.
Un pulmón malo se llevó a mi madre y un incendio la biblioteca -¡Toda ella, por Dios!- así que el corazón de mi padre simplemente dijo "¡No va más!". Quedamos nosotros, con nuestros sueños, nuestra herencia de saber clásico e "inútil", nuestro porfiado orgullo de no ser "salvajes especializados", aunque nuestra especie parezca condenada a desapartecer, aunque seamos como el soldado del Viejo Tercio plantado allí en medio de las selvas de Arauco, dispuesto a dar la pelea con ese poquito de esperanza.
Aunque sea por ultima vez.

Anónimo dijo...

Este artículo hizo llorar a mi madre.