domingo, 20 de abril de 2014

Una historia de España (XXIII)

Llegados a este punto de la cosa, con Carlos V como monarca y emperador más poderoso de su tiempo, calculen ustedes las dimensiones del marrón: el mundo dominado por España, cuyo manejo recaía en la habilidad del gobernante, en el oro y la plata que empezaban a llegar de América y en la impresionante máquina militar puesta en pie por ocho siglos de experiencia bélica contra el moro, las guerras contra piratas berberiscos y turcos y las guerras de Italia. Todo eso, más la chulería natural de los españoles que se pavoneaban pisando callos sin pedir perdón, suscitaba mal rollo incluso entre los aliados y parientes del emperador; con el resultado de que los enemigos de España se multiplicaban como tertulianos de radio y televisión. Vino entonces a éstos -a los enemigos, no a los tertulianos-, como caído del cielo, un monje alemán llamado Lutero que había leído mucho a Erasmo de Rotterdam -el intelectual más influyente del siglo XVI- y que empezó a dar por saco publicando 95 tesis que ponían a parir las golferías y venalidades de la Iglesia católica presidida por el papa de Roma. La cosa prendió, el tal Lutero no se echó atrás aunque se jugaba el pescuezo, se montó el pifostio que hoy conocemos como Reforma protestante, y un montón de príncipes y gobernantes alemanes, a los que les iban bien ahí arriba los negocios y el comercio, vieron en el asunto luterano una manera estupenda de sacudirse la obediencia a Roma, y sobre todo al emperador Carlos, que a su juicio mandaba demasiado. De paso, además, al crear iglesias nacionales se forraban incautándose de los bienes de la iglesia católica, que no eran granito de anís. Entonces formaron lo que se llamó Liga de Esmalcalda, que lió una pajarraca bélico-revolucionaria de aquí te espero; que al principio ganó Carlos cuando la batalla de Mühlberg, pero luego se le fue complicando, de manera que en otra batalla, la de Insbruck -que ahora es una estación de esquí cojonuda-, tuvo que salir por pies cuando lo traicionó su hasta entonces compadre Mauricio de Sajonia. Y claro. Al fin, cuarenta agotadores años de guerras contra el protestante y el turco, de sobresaltos y traiciones, de mantener en equilibrio una docena de platillos chinos diferentes, minaron la voluntad del emperador -era demasiado peso, como dijo Porthos en la gruta de Locmaría-. Así que, cediendo el trono de Alemania a su hermano Fernando, y España, Nápoles, los Países Bajos y las posesiones americanas a su hijo Felipe, el fulano más valeroso e interesante que ocupó un trono español se retiraba a bailar los pajaritos a su Benidorm particular, el monasterio extremeño de Yuste, donde murió un par de años después, en 1558. La pega es que nos dejaba metidos en un empeño cuyas consecuencias, a la larga, resultarían gravísimas para España; hasta el punto de que todavía hoy, en el siglo XXI, pagamos las consecuencias. Primero, porque nos distrajo de los asuntos nacionales cuando los reinos hispánicos no habían logrado aún el encaje perfecto del Estado moderno que se veía venir. Por otra parte, las obligaciones imperiales nos metieron en jardines europeos que poco nos importaban, y por ellos quemamos las riquezas americanas, nos endeudamos con los banqueros de toda Europa y malgastamos las fuerzas en batallas lejanas que se llevaron mucha juventud, mucho tesón y mucho talento que habría ido bien aplicar a otras cosas, y que al cabo nos desangraron como a gorrinos. Pero lo más grave fue que la reacción contra el protestantismo, la Contrarreforma impulsada a partir de entonces por el concilio de Trento, aplastó al movimiento erasmista español: a los mejores intelectuales -como los hermanos Valdés, o Luis Vives-, en buena parte eclesiásticos que podríamos llamar progresistas, que fueron abrumados por el sector menos humanista y más reaccionario de la Iglesia triunfante, con la Inquisición como herramienta. Con el resultado de que en Trento los españoles metimos la pata hasta el corvejón. O, mejor dicho, nos equivocamos de Dios: en vez de uno progresista, con visión de futuro, que bendijese la prosperidad, la cultura, el trabajo y el comercio -cosa que hicieron los países del norte, y ahí los tienen hoy-, los españoles optamos por otro Dios con olor a sacristía, fanático, oscuro y reaccionario, al que, en ciertos aspectos, sufrimos todavía. El que, imponiendo sumisión desde púlpitos y confesionarios, nos hundió en el atraso, la barbarie y la pereza. El que para los cuatro siglos siguientes concedió pretextos y agua bendita a quienes, a menudo bajo palio, machacaron la inteligencia, cebaron los patíbulos, llenaron de tumbas las cunetas y cementerios, e hicieron imposible la libertad. 

Continuará

7 comentarios:

Fantasma de la Opera dijo...

Imagino que a partir de aquí, salvo algunos pocos hechos históricamente relevantes, ya todo será cuesta abajo.

Anónimo dijo...

A propósito de la supuesta intolerancia española el gran Vittorio Messori en su libro Leyendas negras de la Iglesia nos muestra este fragmento de Arnold Toynbee, el gran historiador inglés de confesión anglicana, fallecido en 1975: «Todavía a principios del siglo XVII, la atmósfera espiritual dominante en Europa hacía imposible estudiar en un país si no se era practicante del cristianismo en la forma oficialmente admitida en aquel lugar: católica, protestante u ortodoxa. La Universidad de Padua, que operaba bajo la protección de la república de Venecia, fue la única excepción en Occidente al ofrecer la posibilidad de acceder a ella también a estudiantes ajenos a la confesión del lugar, la católica. En Padua estudiaron Harvey, el descubridor de la circulación de la sangre, que era inglés y protestante, y Alessandro Mavrogordato, de confesión ortodoxa y autor de un tratado sobre el descubrimiento efectuado por Harvey, antes de entrar al servicio del Imperio otomano. El liberalismo del ateneo paduano fue un caso excepcional. La Universidad de Oxford, por ejemplo, hasta 1871 seguía exigiendo la declaración de aceptación de los Treinta y Nueve Artículos de la profesión de fe de la Iglesia episcopal de Inglaterra a todos los candidatos a un título.»

Anónimo dijo...

¡Cuánta ignorancia muestra la contrarreforma! El fraile dominico Domingo de Soto fue el primero en establecer en 1551 que un cuerpo en caída libre sufre una aceleración uniformemente acelerada y su concepción sobre la masa (resistencia interna) es extremadamente avanzada. Según parece, Galileo conoció la obra de Domingo a través de un alumno del segundo, Francisco de Toledo, al que conoció en Roma en 1587.

Anónimo dijo...

Para empezar, es una gran falsedad decir que la Contrarreforma ha sido un obstáculo para la Ciencia. De hecho, el periodo posterior al Concilio de Trento fue testigo de la aparición de una legión de jesuitas, carmelitas, benedictinos, escolapios, dominicos, capuchinos y mínimos dedicados a los estudios científicos: Ignazio Danti (obispo, matemático y cosmógrafo), el benedictino, matemático y astrónomo Francesco Maurolico, el monje Benedetto Castelli (inventor el pluviómetro), Atanasius Kirchner (inventor de la linterna mágica), el padre Gassendi (el primer científico en medir la velocidad del sonido),el escolapio Giambattista Beccaria (investigador de la física atmosférica), Averani, Galvani, el jesuita Grimaldi, Laura Bassi (catedrática de Física nombrada por el Papa), Lagrange, el abate Guglielmini (el primero en experimentar mecánicamente la rotación de la Tierra en 1791), Ampere (enamorado del rosario), Ardinghelli (otra mujer), Marsigli (un naturalista trabajando para los dominicos), Volta, Avogadro, Cannizzaro, el sacerdote escolapio Eugenio Barsanti inventó el motor de explosión en 1854, entre otros muchos. Como ya señaló Arnol Lund hace 60 años la mayoría de los logros científicos están relacionados con devotos católicos: la astronomía moderna es copernicana; el calendario, gregoriano; el hierro se galvaniza; la electricidad se mide en amperios, voltios y culombios; la mejora animal es mendeliana; la leche se pasteuriza; los médicos aplican los rayos Röntgen y Marconi aportó la posibilidad de poner en comunicación a los que afirman que la Iglesia es enemiga de la ciencia.
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Anónimo dijo...

Felipe II, adalid de la ortodoxia y la Contrarreforma, adoptó siempre una generosa labor de mecenazgo de numerosas iniciativas científicas. El rey "oscurantista" fundó la Academia de Matemáticas en 1583 y para ella adquirió un edificio a la vera del Palacio real; fue la primera de Europa. En 1552 se había creado la cátedra de Cosmografía en la sevillana Casa de Contratación donde se explicaba el famoso libro de Pedro de Medina, leído en todo el continente. Otras muestras de interés del rey por la Ciencia fueron la creación del Gabinete de Alquimia y la creación de la biblioteca del Escorial, de cuya organización se encargó su amigo personal y humanista Benito Arias Montano. Arias Montano dispuso que los libros se ordenaran por lenguas, y que se clasificaran en 74 materias, 21 de las cuales eran científicas. El rey también dispuso que los inventores depositaran sus modelos en el Alcázar y El Escorial. Debe señalarse también los códices de Leonardo da Vinci que fueron traídos a España por Pompeo Leoni desde Milán a instancias del rey Felipe II, mucho antes de que se reconociese el valor científico de Leonardo. En 1562 se creó en Salamanca la cátedra de Matemáticas, donde el copernicanismo se asentaría confortablemente, encomendado la enseñanza a García de Céspedes.

RECOMENZAR dijo...

Me ha gustado tu escrito Inusual un blog como el tuyo
Me voy sabiendo mas
un abrazo

Anónimo dijo...

Durante la misma epoca del concilio tridentino el heliocentrismo gozó de amplísima tolerancia en España. La introducción del estudio de Copérnico en los estatutos de la Universidad de Salamanca, se debió a Juan de Aguilera profesor de astrología en Salamanca de 1550 a 1560. La enseñanza del heliocentrismo fue aprobada por el Obispo Diego de Covarrubias y confirmada por Felipe II el 15 de Octubre de 1561. Es cierto que la condena del copernicanismo en 1633 por la Inquisición Romana era vinculante para el orbe católico pero la Inquisición española nunca incluyó los libros de Galileo en el Index Librorum Prohibitorum y los decretos del Santo Oficio tampoco se publicaron en Francia. Si es cierto que después de la condena de 1633 hubo más cautelas con el heliocentrismo. Jorge Juan , por ejemplo, al publicar sus Observaciones Astronómicas en 1748 tuvo problemas con la censura inquisitorial pero la amistosa intercesión de Mayans solventó el asunto. Como desquite, Jorge Juan, en la segunda edición de Observaciones… (1773) realizó una encendida defensa de Copernico y los descubrimientos de Newton. Por otra parte no deberíamos exagerar los efectos de la condena a Galileo: Gassendi, amigo de Galileo, escribía así en 1643: "No creo que esa decisión sea un artículo de fe; pues ni los cardenales lo han declarado así, ni sus decretos han sido promulgados para toda la Iglesia, ni ésta los ha recibido como tales." Y el jesuita Riccioli, en 1651: "Como en esta cuestión, ni el Soberano Pontífice ni Concilio alguno aprobado por él han definido cosa alguna, no es ni mucho menos de fe que el Sol se mueve y que la Tierra permanece inmóvil, al menos en virtud de este decreto" (Almagestum Novum 1, 52). Finalmente, Caramuel, (el Leibniz español), matemático, científico, monje y obispo (1651), en el tratado de moral que escribió dice: "¿Qué sucedería si los sabios demostrasen el día de mañana que la teoría de Copérnico es la verdadera?", y responde: "En tal caso, los cardenales nos permitirían interpretar las palabras de Josué en sentido metafórico." Cuando en 1741 se dispuso de pruebas del movimiento de la Tierra, el Papa Benedicto XIV autorizó la publicación de las obras completas de Galileo, y en 1757 las obras favorables al heliocentrismo fueron autorizadas de nuevo, por un decreto de la Congregación del Índex, que retira estas obras del Index Librorum Prohibitorum.