domingo, 25 de mayo de 2014

Una historia de hombres decentes

Estaba el otro día oyendo la radio mientras me recortaba la barba; y en ésas salieron unos políticos de ambos sexos criticándose unos a otros con el automático puesto; con esa vileza extrema y suicida que en este país miserable es marca de la casa, despreciando cuanto los otros hacen o dicen, negándoles cualquier logro, cualquier buena voluntad, cualquier acierto en sus gestiones pasadas, presentes o futuras. Algo bueno habrán hecho unos u otros, me dije, pese a todo lo evidente y malo, que a estas alturas del desparrame general nadie discute. Algún rinconcito luminoso habrá en la gestión del adversario, supongo. Algo que salvar, que alabar. Algo bueno que reconocer. Pero no. Ambos discursos eran idénticos: una sucesión de lo mismo, hasta el punto de que cualquier oyente ingenuo, desinformado sobre la calaña de unos y otros, creería al escuchar a éste o a aquél, según a quién, que el del otro bando encarnaba la maldad pura y simple. Que su actividad política estaba encaminada, exclusivamente, a hundir a España y dar por saco al personal. Así, sin más. Por simple gusto. Por la cara. 

Me acordé entonces del Incidente Charlie Brown. Y de lo saludable que sería leer Historia, o simplemente leer, para la infame, navajera, burda y poco ilustrada clase política española. La de referencias útiles que podrían obtener. Incluso éticas, si se pusieran a ello. Modelos morales de comportamiento público -porque luego, en privado, compartiendo negocio, los veo besarse en la boca hasta con lengua- que nos irían muy bien a todos. Y el conocido por Incidente Charlie Brown, como digo, es uno de esos modelos. Ocurrió en una guerra mundial, la segunda, que fue una de las más atroces vividas por la Humanidad. Y sin embargo, ahí está. Para quien quiera sacar conclusiones útiles. Para quien crea que el ser humano puede ser honorable incluso desde bandos opuestos, en un mundo atroz y ensangrentado. 

El 20 de diciembre de 1943, el B-17 norteamericano Ye Olde Pub, pilotado por el segundo teniente Charlie L. Brown, muy averiado tras una misión de bombardeo sobre Bremen, intentaba en solitario regresar a su base en Inglaterra, con el artillero de cola muerto y seis tripulantes heridos, incluido el piloto. Sólo tres hombres a bordo quedaban sanos. El avión volaba a duras penas dejando una estela de humo, con un motor parado y otro dañado, el plexiglás de la cabina roto, el timón de dirección partido y los sistemas hidráulicos y eléctricos fuera de servicio. Sus tripulantes estaban seguros de que nunca llegarían a Inglaterra. 

Todavía sobre territorio alemán, el bombardero fue detectado por el piloto de la Luftwaffe Franz Stigler, de 26 años de edad, que en ese momento tenía 22 derribos en su haber, y sólo necesitaba uno más para ganar la Cruz de Caballero. A los mandos de su Messerschmitt Bf-109, Stigler se acercó al avión enemigo, dispuesto a derribarlo, pero comprobó con sorpresa que desde él nadie le disparaba. Que el B-17, acribillado de metralla antiaérea, seguía su renqueante vuelo hacia la costa, que en la destrozada torreta de cola el artillero estaba muerto, y que a través del plexiglás roto se veía a los tripulantes heridos, ateridos de frío, intentando socorrerse unos a otros. Entonces, situándose junto a la cabina destrozada del aparato enemigo, Ziegler se encontró con el rostro del piloto americano herido que lo miraba. «Para mí, dispararles en ese momento -confesaría 40 años más tarde- habría sido como hacerlo mientras saltaban en paracaídas». Así que tomó una decisión: situándose a su lado, muy cerca de él para que las baterías antiaéreas alemanas no lo atacaran, Ziegler acompañó al enemigo vencido, escoltándolo hasta la costa, y allí alzó la mano en un saludo, dio media vuelta y regresó a su base. Nunca contó la historia a sus jefes, porque lo habrían fusilado. 

Charlie Brown pudo llevar su avión hasta Inglaterra. Y allí le prohibieron dar publicidad a un incidente que revelaba la humanidad de un enemigo que volaba con la esvástica nazi pintada en el timón de cola. Tardó mucho tiempo en hablar de ello, pero al fin empezó a investigar. Habrían de pasar 40 años hasta que Brown diese con el hombre que salvó su vida y la de sus compañeros. Tras muchas pesquisas, recibió al fin una carta desde Canadá con un breve texto: «Yo era él». Se encontraron, fueron amigos el resto de su vida y murieron ancianos, como si el Destino los tuviera vinculados desde aquel día lejano, en 2008, con sólo unos meses de diferencia. En ambas esquelas mortuorias, Stigler y Brown fueron mencionados como «hermano especial» del otro. 

25 de mayo de 2014 

3 comentarios:

Fantasma de la Opera dijo...

Estimado señor:

De esta lectura admirable y conciliadora se pueden extraer varias conclusiones, todas en el mismo tono.

No obstante, creo que debo precisar algunas cosas:

Primera, la Whermacht, el ejército alemán durante la S.G.M., no eran fanáticos nazis. Se tiende a confundirlos con las S.S., unidades cuasi-militares que sí lo eran, con jerarquía, equipamiento, entrenamiento, disciplina, etc., similares a un ejército moderno, y que perpetraron la mayoría de las atrocidades en el bando alemán. Lógicamente, dadas la "depuraciones" a los que eran sometidos los soldados, oficiales y mandos de la Whermacht, habrían mayoría de simpatizantes y partidarios de dicho régimen. Pero imagino que en muchos casos harían un poco la vista gorda, mientras no lo manifestasen en público. De ahí que de vez en cuando, salga algún soldado de la vieja escuela como el piloto protagonista de esta historia.

Segunda, dadas las barbaridades que cometieron los aliados en suelo alemán al final de la guerra en Europa, seguramente el Sr. Charlie L. Brown tendría su parte de culpa, ya que a saber a cuántos inocentes habrá despedazado con su bombardeo sobre Bremen, en aquella misión, o cuántas fábricas habrá arrasado por mandato de sus superiores con el objetivo de dejar Europa lista para los "negocios" que vendrían después, con empresas estadounidenses de por medio.

Tercera, ¿"hombres decentes", Sr. Pérez-Reverte? A estas alturas, con la pútrida casta gobernante que tenemos, las ruinas económicas que van surgiendo a lo largo y lo ancho del país, los contra-ejemplos en dicha castuza, que sólo se preocupan de robar y de mantener sus niveles de vida con descarada impunidad, dando con ello una nefasta imagen en quien reflejarse para el resto de la gente común, un "hombre decente" ¿cuál sería? Dejémonos de bravas y nobles gestas heroicas de otros tiempos, y ciñámonos al aquí y ahora.

Porque desde luego, a mí me están entrando muchas ganas de dejar esa "decencia" a un lado.

Un saludo.

Anónimo dijo...

arturo, coincido con fantasma en que decentes quizá no es la palabra, pero es una buena historia la que has contado (y desde luego en la guerra no todos los alemanes eran unos mosntruos ni todos los aliados eran unos angelitos)

pelayo

patarran trantran dijo...

Pues... Aparte de coincidir -totalmente- con lo expuesto por Fantasma de la Opera y el Amigo Anonimo... La ilustración del B17 y el Me-109 Bf escoltándolo... es preciosa. Me trae recuerdos de mi infancia de modelista... inocencia plena ante la locura de la guerra.
Y mas adelante, ya adolescente... aquellos cómics de Juan Gimenez, que devoraba con fruición... Como era.. Ah si...! "As de Picas"
Las historias, bella profusamente ilustradas, eran en el fondo, profundamente anti-belicistas.
Como toda buena obra bélica que se precie de serlo.
En fin...
Me ha llegado al alma el relato, Maestro.
Debe de ser que nunca dejaré de ser un romántico empedernido.
Y que dure.
Que tengan ustedes vosotros profundos y felices sueños.