domingo, 15 de mayo de 2016

Chaves Nogales era un fascista

Acabo de leer un artículo publicado por un jovencísimo y presunto historiador, responsable de literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas y director de una Revista de Crítica Literaria Marxista —así se define él en su biografía— llamado David Becerra Mayor, con el humilde título Decálogo para escribir una novela sobre la Guerra Civil. Nada menos. Y como de vez en cuando escribo novelas, aunque todavía ninguna sobre ese asunto, y como resulta también que en otro tiempo estuve en media docena de guerras civiles en Europa, África y América, así como en doce o quince de las otras, y por tanto algo de ello recuerdo, y además la Guerra Civil española no me la contaron de segunda mano jovenzuelos presuntuosos, sino varios de sus protagonistas, el decálogo en cuestión me ha picado la curiosidad. A ver si aprendo algo, me he dicho. Por si un día me pongo yo a la faena, vaya. Y lo he leído. Y también he leído, porque Internet facilita esas cosas, declaraciones del autor sobre las novelas ya escritas sobre el particular. Declaraciones que pueden resumirse en que nadie, a juicio del tal Becerra —quizá porque hasta ahora no habían leído su decálogo—, ha escrito nunca una novela digna o satisfactoria sobre la Guerra Civil; porque de cuantos lo intentaron, entre ellos Javier Cercas, Muñoz Molina, Dulce Chacón y Almudena Grandes, ninguno fue capaz de llegar al grado de perfección ideológica marxista que Becerra considera condición indispensable para quien ose acometer tamaña empresa. 

Dicho en corto: David Becerra Mayor, que por las fotos dudo haya cumplido los cuarenta años, en un ejercicio de soberbia intelectual que David Becerra Mayor estremece no tanto por lo ingenuo como por lo siniestro, en vez de escribir él mismo una novela magistral que acabe quod erat demostrandum con las otras, se atreve a establecer un decálogo, unas reglas ideológicas que deberían ser cumplidas por cuanto escritor aborde el tema. Reglas que pueden resumirse en una: todo intento de novelar de modo ecuánime favorece a los malos. Hay que ir a ello con ganas de ajustar cuentas. Es necesario contar todo el tiempo que nuestra guerra civil no fue una carnicería fratricida de causas múltiples y complejas, sino el caprichoso alzamiento de cuatro militares, curas y banqueros armados por Hitler y Mussolini contra un pueblo español unido, noble y trabajador, que se opuso al fascismo como un solo hombre y una sola mujer. Un pueblo español que, por supuesto, jamás actuó movido por el odio y la venganza -como sí hizo el otro bando, que no era pueblo ni era nada-, sino por defender una idílica república que estaba a pique de convertirse, con un poquito más de paciencia y salivilla, en el paraíso del proletariado. Contar atrocidades del bando republicano es, por tanto, favorecer a los fascistas. Escribir, como hizo Chaves Nogales («Tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, bandidos del Tercio y asesinos de Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas»), que en todas partes hubo héroes y criminales, es hacer un favor a las clases que dominaron y dominan. Es tibieza y falta de compromiso literario. Traición, incluso. Por eso el tal Becerra se atreve hasta a decretar cómo concluir esas novelas; pues cualquier final feliz, dice, es un acto ideológico que favorece la memoria de los malvados. 

Resultaría consolador pensar que niños góticos posmodernos, fatuos con ansias de historiar como el arriba citado, se limitan a eso: a parir decálogos mediocres, disparates sectarios de los que uno puede reírse con cuatro teclazos. Pero hay algo más, que no da risa. Hay algo en sujetos como él de inquietante, de maligno, que trasciende la anécdota estúpida. Leyéndolo -sobre todo la lista de novelistas que desgrana, marcándolos con salivazos de rencor- es imposible no recordar, para los que sí sabemos, sí hemos leído y sí hemos vivido, a todos aquellos presuntos intelectuales que en ambos bandos, con camisa azul o con mono de miliciano, pero todos con pistola al cinto, paseaban por los cafés de retaguardia con listas de nombres en el bolsillo, cebando con su rencor y su vileza paredones, cunetas y fosas comunes: tumbas de la infamia que el bando vencedor desenterró en la posguerra y los hijos y nietos de los vencidos intentan, legítimamente, desenterrar ahora. Tumbas, unas y otras, cuya mención debería servir para no repetir errores y tragedias; no para que pseudohistoriadores irresponsables pretendan reescribir a su torcida manera, para las generaciones jóvenes, la historia de unos años trágicos que ni vivieron ni comprenden, y que lo hagan cegados por las orejeras de la estupidez y el imbécil fanatismo. 

15 de mayo de 2016

5 comentarios:

Peritta dijo...

1/3

Pues muchas gracias don Arturo por dejarme publicar en su blog que, si sigue siendo amable, me va a servir a mí para matar el ansia de teclado que me entra de cuando en vez.
Es que me han congelado la cuenta Facebook ¿sabe?, supongo que por escribir en políticamente incorrectés y cachondearme de las ocurrencias de alguna que otra alcaldesa, y esperando a que vuelva yo por allí deben de estar.
Total que no puedo comentar las noticias en los 'pedriódicos' digitales que usan ese sistemilla y aquí me tiene usté para continuarle los hilos. Luego si no pespunteo en alguno será porque no tendré ni puñetera idea del tema y no querré meter la pata ni enguarrinarle el blog, y no porque me haya dado un derrame cerebral o me haya atropellado un camión

o éso espero.

Bueno, pues muchas gracias por presentarnos a ese comisario político de cuyo nombre no quiero acordarme, funcionario con ínfulas de historiador que, como bien dice usté mesié, no ha escrito novela alguna.

Y es que los komisarios polítikos (lo de la k es porque queda más alternativo) nunca escriben ná y mucho menos una novela que hay que sacarse del magín, quiero decir: inventársela. Lo único que escriben son consignas, y éso si es que no repiten -o plagian sin cambiar una triste coma- las que les envía la superioridad

incluso con erratas tipográficas.

Total que aunque sea la parte central de su texto don Arturo, no voy a decir más del prenda éste.

Yo también he oído la guerra de primera mano señor, y en primera línea oiga. En el frente de Guadarrama y desde la Corraleta de la Muerte ya le digo. Lo que pasa es que no sé si sería muy representativo, pues desde la batalla de Alto del León y exceptuando algún que otro contraataque para recuperar alguna cumbre, aquel frente estuvo tranquilo hasta el final de la guerra y los soldados se oían de trinchera a trinchera.

-Hijo puta.
-Pues tú más.

Yo puedo hablar desde el invierno 1937-38 en adelante, con las posiciones consolidadas, y donde se solían decir estas cosas en lugar de soltar un balazo porque se podía organizar una zapatiesta de las gordas sin que nadie hubiera ordenado nada de nada, y además se demostraba cierta cobardía con el consiguiente cachondeo y rechufla por parte de los compañeros.

Y mucho más por la noche cuando despertabas a todo el mundo.

Peritta dijo...

2/3

-Manos arriba.
-No me da la gana.
-Que levantes las manos coño.
-Que no. Si me quieres pegar un tiro me lo das, pero tú no vienes a por prisioneros, que a por prisioneros no se viene con la ropa sucia y el jabón. Tú te has traído el fusil y yo no, y pretendes llevarme prisionero cuando sólo has venido a lavar.
Anda, mira a ver si tienes papel que el tabaco lo pongo yo.

Historias como ésa he oído muchas referidas a ese frente y de diversas fuentes. Pero sabe usté mejor que yo que en las guerras pasan muchas más cosas.

La Corraleta de la Muerte era un saliente en el frente y recibía tiros desde tres direcciones distintas. A ver si vuelvo a contactar con un aficionado a la historia (historiador es un título que dan en la 'complu' y convalida la prensa adicta, quiero decir abducida) que creo que ha escrito un libro sobre la batalla del Alto del León y me dice dónde estaba exactamente, o éso me prometió por correo electrónico antes de que un colapso informático interrumpiera una posible amistad.

Bueno, pues lo peor en la Corraleta de la muerte eran los tiros de mortero que se colaban en la posición sin que tuvieran que hacer mucha puntería, y contra los que no se podía hacer nada ya que las balas, entonces, no podían doblar esquinas ni montañas. Lo único que se podía hacer era reforzar el techo del chabolo y meterse bajo él cuando alguien gritaba: ¡mortero!, ya que se oía al salir.

El tejado del chabolo estaba hecho de seis o siete filas de piedras y troncos de pino alternados y había que reparar frecuentemente. Las esquirlas de las piedras hacían de metralla y cualquier manta o pantalón que hubiera tendido a cierta distancia acababa con agujeros. Piojos y ratas.
Para reparar el techo se podía hacer un camino de cuatro kilómetros con un tronco de pino al hombro pero completamente desenfilado, o acortar por otro camino más breve aunque con una parte -cuesta abajo- expuesto, al que tiraban con ametralladora desde lejos.

Pues bien, casi todo el mundo tomaba el camino más corto arriesgándose a sufrir un balazo -o varios- dependiendo de quién estuviera ese día al mando de la ametralladora enemiga, ya que tiraban más a putear que a dar. Había una tecniquilla: se echaba a rodar el tocho de pino hasta unas peñas y después iba detrás el soldado con muchas prisas hasta esas mismas peñas que le servían de parapeto, y después ya solo eran unas decenas de metros expuesto.

Naturalmente si un hijoeputa estaba a cargo de la ametralladora entonces la gente usaba el otro camino y éste sólo podía matar a un soldado de cada vez. Pero como hasta en las guerras los fildeputas son, por puritíca estadísica, poca gente y suelen ser de los primeros en caer, el que tiraba a putear y a hacer puntería solía gastar más balas y divertirse más, que el hijoeputa que tiraba a dar porque se quedaba sin blancos a los que tirar más rápido que pronto.

Peritta dijo...

3/3

Otra, de unos que reparaban una alambrada por la noche y estaban clavando estacas donde sujetar los alambres. Sargento veterano el del mazo y jovencito de 18 años el que sujetaba la estaca, dan tres golpes y en seguida una ráfaga de ametralladora los tiraba al suelo. De noche se oye todo. El joven no sujetaba la estaca aferrándola fuertemente con las manos porque las rebabas de la madera se le clavaban, luego las cogía con los metacarpos porque ahí se le clavaban menos.

Un golpe, nada. Otro golpe, nada otra vez. Y al tercero, como hacía ya desde un buen rato, la ráfaga de ametralladora por encima de sus cabezas.

No sé cuántas habían clavado, ya que la cosa era una reparación puntual, pero por no sujetar bien la estaca ésta saltó golpeando la cara al joven que se quejaba en el suelo.

-¡Eh!. ¿Os hemos dao?. -Gritaron desde el otro lado.

Y el gelipoñas ése diciéndonos que no contemos éstas cosas, y tengo algunas más para contar don Arturo pero no es el sitio el blog de otra persona. Gelipoñas él pero gilipoyas nosotros por hacerle caso y no contarlas.

Total que cuando alguien, que nunca me contaba lo de los tiros a dar y la sangre y los quejidos de los heridos que en las zapatiestas que seguramente se formarían de cuando en cuando en aquel frente, me contó que se llegaron a echar un partidito de furbol-soccer amigos contra enemigos y que el comandante cuando se enteró de aquello deshizo la compañía, pero como no me dio muchos detalles porque estaba de permiso o haciendo el curso de alférez provisional no le llegué a creer.

Y era mi padre señor. Era mi padre.

Malditos historiadores de la "Complu".

Un día me iré como se fueron tantos, de los que solo queda en el recuerdo el fracaso de una vida que fue entrega a unos ideales que murieron.

Alguien me habló de amor, de patria de grandeza, de Dios, de sol, de imperio, y sembró ideales de justicia para un mundo por nacer de nuevo.
Y envuelta en nubes, como sol de invierno, mi fe arraigó, mis ideales luego, defendí con el ardor caliente que en la lucha ponen los guerreros.

Han pasado los años y el sembrador de sueños renegó de su siembra, olvidó aquello, y embarcado ahora en otras naves dirige su rumbo hacia otros puertos...
Pero al joven que entregó su vida, porque falsos profetas le mintieron, de ellos no le queda, tan siquiera, la oración que debemos a los muertos.

Ahí queda éso.

perrogato dijo...

Gracias Don Arturo! Gracias Peritta! Se me piantó un lagrimón al leerlos. No están solos, queridos españoles. Aquí en Argentina también tenemos varios de esa clase de intelectuales (historiadores, sociólogos, filósofos, etc.) En ese aspecto, no tenemos nada que envidiarles a Ustedes. Y sí mucho que lamentar. Cariños. Patricia.

PATARRAN TRAN TRAN dijo...

Jopé.
Que buen articulo, Maestro.
Y que buenos comentarios, de Perita y Perrogato.
Genial.
Lo del decálogo del comisario político... es que ya no me sorprendé ná.
No se si han enterado ustedes que en Madrid, el Excmo Ayto quiere montar algo asi como una "policía de barrio"
Podría parecer un chiste... pero no lo es.
Jurados Vecinales
A mi cuando empiezan a decirme como tengo que escribir... la cosa me huele mal.
Y si ya se ponen con lo de "como tengo que vivir..."
Pues no les digo ná y se lo digo tó.
Jurados vecinales.
La gestión y la reducción de deuda... pues que como que la veo bien.
Pero me dá que de vez en cuando fuman algo que les sienta mal... y salen estas cosas de la policía vecinal... y tal y tal.
eso... o que tiene que contentar a la galería con alguna "boutade".
En fin, es lo que quiero pensar.
NO sea que vayan en serio.
Ay, Señor...
Con el respeto y admiración que les tenía a algunos de ellos...
Menos mal que del "sorpasso" hemos pasado al "tortasso".
Que tengan ustedes un buen dia.
Agur.
P.D.: Me pregunto si alguna vez en la piel de toro aprenderemos de nuestros errores... de una vez por todas.