Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 22 de mayo de 2016

Una historia de España (LXIII)

Después del desastre de Annual, que vistió a España de luto, la guerra de reconquista de Marruecos por parte de España fue larga y sangrienta de narices. En ella se empleó por primera vez un cuerpo militar recién creado, la Legión, más conocida por el Tercio, que fue punta de lanza de la ofensiva. A diferencia de los pobres soldaditos sin instrucción y mal mandados, que los moros rifeños habían estado escabechando hasta entonces, el Tercio era una fuerza profesional, de élite, compuesta tanto por españoles -delincuentes, ex presidiarios, lo mejor de cada casa- como por voluntarios extranjeros. Gente para echarle de comer aparte, de la que se olvidaba el pasado si aceptaban matar y morir como quien se fuma un pitillo. En resumen, una máquina de guerra moderna y temible. Así que imagínenla en acción -se pagaba a duro la cabeza de cada moro rebelde muerto-, pasando factura por las matanzas de Annual y Monte Arruit. Destacó entre los jefes de esa fuerza, por cierto, un comandante gallego, joven, bajito y con voz de flauta. Esa apariencia en realidad engañaba un huevo, porque el fulano era duro y cruel que te rilas, con muy mala leche, implacable con sus hombres y con el enemigo. También, las cosas como son -ahí están los periódicos de la época y los partes militares-, era frío y con fama de valiente en el campo de batalla, donde una vez hasta le pegaron los moros un tiro en la tripa, y poco a poco ganó prestigio militar en los sucesivos combates. Un prestigio que le iba a venir de perlas diez o quince años más tarde (como han adivinado ustedes, ese comandante del Tercio se llamaba Francisco Franco). El caso es que entre él y otros, palmo a palmo, al final con ayuda de los franceses, reconquistaron el territorio perdido en Marruecos, guerra que acabó en 1927, algo después del desembarco de Alhucemas (primer desembarco aeronaval de la historia mundial, diecinueve años antes del que realizarían las tropas aliadas en Normandía). Una guerra, en fin, que costó a España casi 27.000 muertos y heridos, así como otros tantos a Marruecos, y sobre la que pueden ustedes leer a gusto, si les apetece pasar páginas, en las novelas Imán, de Ramón J. Sender, y La forja de un rebelde, de Arturo Barea. El caso es que la tragedia moruna, con sus graves consecuencias sociales, fue uno de los factores que marcaron a los españoles y contribuyeron mucho a debilitar la monarquía, que para esas horas llevaba tiempo cometiendo graves errores políticos. Como la opinión pública pedía responsabilidades apuntando al propio Alfonso XIII, que había alentado personalmente la actuación del general Silvestre, muerto en el desastre de Annual, se creó una comisión para depurar la cosa. Pero antes de que las conclusiones se debatieran en las Cortes -fue el famoso Expediente Picasso- el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado (septiembre de 1923) con el beneplácito del rey. Aquí conviene recordar que España se había mantenido neutral en la Primera Guerra Mundial, lo que permitió a las clases dirigentes forrarse de billetes el riñón haciendo negocios con los beligerantes; pero esos beneficios -minas asturianas, hierro vasco, textiles catalanes- seguían lejos del bolsillo de las clases desfavorecidas, que sólo estaban para dar sangre para la guerra de África y sudor para las fábricas y los terrones de unos campos secos y malditos de Dios. Pero los tiempos de la resignación habían pasado: las izquierdas españolas se organizaban, aunque cada una por su cuenta, como siempre. Pero no sólo aquí: Europa bullía con hervor de cambio y vapores de tormenta, y España no quedaba al margen. Crecía la protesta obrera, los sindicatos se hacían más fuertes, el pistolerismo anarquista y empresarial se enfrentaban a tiro limpio, y el nacionalismo catalán y vasco (inspirado éste ideológicamente en los escritos de un desequilibrado mental llamado Sabino Arana, que eran auténticos disparates religioso-racistas), aprovechaban para hacerse los oprimidos en plan España no nos quiere, España nos roba, etcétera, como cada vez que veían flaquear el Estado, y reclamar así más fueros y privilegios. O, dicho en corto, más impunidad y más dinero. La dictadura de Primo de Rivera intentó controlar todo eso, empezando por la liquidación de la guerra de Marruecos. La mayor parte de los historiadores coinciden en describir al fulano como un militar algo bruto, paternalista y con buena voluntad. Pero el tinglado le venía grande, y una dictadura tampoco era el método. Ni él ni Alfonso XIII estaban a la altura del desparrame mundial que suponían aquellos años 20. Eso iba a comprobarse muy pronto, con resultados terribles. 

[Continuará]. 

22 de mayo de 2016 

1 comentario:

Peritta dijo...

Con su permiso via'ntrar aunque no sea convidao, pero en mi pago un asao no es de naide y es de todos, yo voy a cantar a mi modo... (Atahualpa Yupanqui o Jorge Cafrune, que no sé)

A mí, para el estandard de su época, nunca me pareció muy cruel el General Bajito señor. Yo es que las simpatías se las he tomado recientemente y por éso me tomo estas confianzas, no uso el clásico Suscelencia, ya que me parece una fórmula mucho más formal y protocolaria.
Entonces, por si los del divino tesoro no habían reparado en ello, estaba vigente la pena de muerte, y en Francia llegó a aplicarse la guillotina aún después de que aquí se le diera garrote o fusil al último ajusticiado.

En cualquier caso es fama que el General Bajito concedía los indultos después de cenar, que es cuando más benevolente se siente uno. Y a El Lute no se le llegó a dar matarile y éso que tenía sangre de un cajero (entonces no eran automáticos) en las manos.

Tampoco sé que fuera excesivamente duro con el enemigo ya que no se le conocen -o por lo menos que yo sepa- represalias sobre la población civil ni fusilamientos generalizados de prisioneros de guerra. Tampoco con sus soldados debió de serlo mucho, ya que no les obligaba a exponerse más de lo que él era capaz de hacer, y solía cuidar sus bajas. Y si mandó fusilar a algún moro de regulares o a algún legionario sería por estragos o barrabasadas hechas a título personal y fuera del combate en sí.

De lo que sí hay cierta seguridad señor, es que era un tipo muy austero. Y dicen por ahí que no le han abierto museo en el palacio de El Pardo para que no sirviera como reproche sin palabras a los políticos que padecemos hoy día, que gastan lo suyo, lo nuestro, y lo de nuestros nietos

a base de déficit y deuda pública.

Es que le veo venir don Arturo, que es usté más novelero que historiador y me temo que va a ningunear la etapa del General Grandote (don Miguel) que, le pese a quien le pese, supuso un gran adelanto en esta Tierra de Garbanzos.

Alguien, ya se supone quién, me contó que el Henry Ford le propuso a Don Miguel asfaltarle todas las carreteras de España si le concedía la exclusiva de los coches a la Ford durante 25 años. Y el General Grandote no aceptó porque la exclusiva durante 25 años suponía no poder quitarse a la Ford de encima en 100.
No sé si la cosa, como dice usté, le vendría grande, pero por lo que he oído por ahí, no de primera mano sino de segunda, es que de gelipoñas don Miguel tenía bien poco.

Como Acaparan Millones Primo Sotelo y Anido decían con mala leche en una época que -espero- no se salte usté mesié, ni la avíe con una triste faena de aliño caramba, que los motivos que dieron lugar a la Dictablanda deben de ser, también, bien interesantes.

Sí, me gusta como escribe y tal, pero no soy fan suyo don Arturo y si he de darle un pescozón se lo daré, aunque no sé si será a sobaquillo, a rodabrazo o a la remanguillé, pero póngase en lo peor mesié.

Ea. Un saludo y no me haga mucho caso.