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domingo, 11 de diciembre de 2022

Una historia de Europa (XLIII)

Las cruzadas no cambiaron la historia de Europa ni la del mundo, pero durante dos siglos fueron una empresa aventurera, desordenada, caballeresca y sangrienta. Con ese nombre oficial hubo ocho, aunque ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo sobre su número exacto. Los turcos seljúcidas se habían apoderado de Tierra Santa, incordiando a los peregrinos que turisteaban por allí (eso es lo que dijo el papa Urbano II para calentar el ambiente), y en el año 1095 se hizo un llamamiento a la cristiandad para recuperar aquello. Un monje llamado Pedro el Ermitaño emprendió viaje arengando multitudes, y tras él fueron millares de hombres, mujeres y niños (la parte folklórica del asunto) y caballeros franceses, alemanes e italianos (la parte seria). A los primeros los hicieron picadillo los turcos apenas asomaron por allí, pero los segundos tomaron Jerusalén a sangre y fuego, haciendo una escabechina espantosa de mahometanos (y de paso, de cuanto judío encontraron por el camino). Aquella fue la Primera Cruzada, que creó pequeños estados o reinos cristianos en Palestina que no tardarían en volver a manos musulmanas. Eso dio lugar a otras cruzadas, de la que la más famosa y pinturera es la tercera (inmortalizada por Walter Scott en su novela El talismán). En ella participaron tres reyes: Ricardo de Inglaterra, Felipe de Francia y Federico de Alemania. El alemán se ahogó en el viaje y los otros se llevaron fatal, aunque el protagonismo fue del inglés, más conocido por Ricardo Corazón de León. Al uso caballeresco de la época, éste se hizo amiguete del rey musulmán de allí, un tal Saladino, con quien llegó a treguas y pactos que, eso sí, duraron poco tiempo. Hubo luego otras cruzadas, algunas más disparatadas que otras (incluso una de niños, lo juro, que acabaron todos esclavos de los piratas y los mahometanos), y otra en la que en vez de recuperar Jerusalén los cruzados saquearon Constantinopla, que era capital del imperio cristiano bizantino pero les quedaba más cerca. Resumiendo: aquella prolongada aventura (que duró de 1095 a 1291) fue un fracaso de campeonato. El espíritu caballeresco se diluyó en las ansias de botín y los intereses particulares de cada cual, y Europa no se benefició casi nada. Como todo se hizo a espadazo limpio, cortando cabezas, tampoco sirvió para que los reinos medievales obtuviesen conocimientos económicos ni científicos de Oriente, que por esa época llegaban sólo a través de Sicilia y España (aquí pasamos mucho de las cruzadas porque teníamos nuestra propia carnicería privada entre moros y cristianos). El caso es que esos dos siglos de sangre y barbarie en nombre de Dios no cristianizaron Palestina, ni domeñaron a los musulmanes, ni aseguraron Jerusalén para la cristiandad, ni garantizaron la supervivencia de Constantinopla, que siglo y medio después caería en manos turcas. En cuanto a lo positivo, y dentro de lo que cabe, aquella frustrada empresa alumbró el nacimiento de las órdenes de monjes-soldados hospitalarios y templarios (estos últimos darían pie a muchas leyendas y literatura) y, sobre todo, al exigir los establecimientos militares en Tierra Santa un importante apoyo logístico, hizo que la navegación cristiana se extendiera por el Mediterráneo, facilitando el enriquecimiento de las burguesías italianas con la expansión hacia Levante de los imperios comerciales de Venecia y Génova. Éstas fueron las auténticas beneficiarias de aquella peripecia, y también la única consecuencia positiva de las cruzadas en el futuro de Occidente, por la Italia estupenda que iban a poner a punto de caramelo. Sin embargo, como sombrío reverso de la moneda, el espíritu de cruzada, o sea, el concepto de Guerra Santa que tan ineficaz había sido frente al Islam, iba a volverse ahora contra los propios europeos, cual si la frustración religiosa por no haber conseguido Palestina se vengara en las disidencias y herejías locales. Hacían falta (y nunca mejor dicho) otras cabezas de turco. La cruzada interior es aún más justa y conforme a razón, escribió el Hostiense con un par de huevos. Y es que ya no se trataba de convertir al pagano, al cismático o al heterodoxo, sino de exterminarlos por la cara. Eso justificó las matanzas de cátaros, husitas, prusianos, vendos y lithanianos: todo se acabó planteando también como cruzada, pues todo cabía en tan fanático cajón de sastre. Y nada resume mejor la intransigencia ambiental que lo dicho por el abad del Císter Arnaldo Amalric (un verdadero hijo de puta con terraza y balcones a la calle) durante la guerra contra los albigenses, cuando al pasar a cuchillo a los 60.000 habitantes de Beziers le comentaron que había católicos entre ellos: Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos

[Continuará]

11 de diciembre de 2022

domingo, 4 de diciembre de 2022

Sobre piojos y garrapatas

Confío en que alguien se sienta ofendido, porque escribo este artículo justamente para ofender. Hay días en los que a uno se lo pide el cuerpo, y hoy me lo pide. Porque existe una fauna parásita, una plaga de sabandijas chupasangres originalmente propia del periodismo, aunque engrosada también por políticos y por simples particulares en demanda de un minuto de gloria, que en los últimos tiempos no es ya que infecte las redes sociales, sino que parece adueñarse de ellas. Gente sin brillo ni ideas propias que vive a salto de mata, construyendo su triste existencia, sus argumentos, su presencia pública, con los mordiscos que pretenden arrancar a la fama, la opinión, el prestigio, el trabajo de otros. 

A esos piojos y garrapatas se les veía venir de lejos, asomando sin pudor las ventosas, y hace cinco años les dediqué en esta página un artículo describiendo el mecanismo: la sanguijuela mediática, habitualmente oportunista y mediocre, no cifra su medro en expresar las propias opiniones respaldadas por su precaria autoridad, que a menudo son inexistentes, sino en opinar sobre lo que previamente han opinado otros. «Por su propia naturaleza, raro es que el parásito tenga la formación, la cultura o el talento del parasitado. Lo que hace es aplicar sus propias limitaciones, sus carencias de comprensión lectora, sus complejos, envidias y mediocridades, y a veces también un sectarismo analfabeto, al texto ajeno, en burda manipulación del original. Así se beneficia de que, en las redes sociales, un nombre de prestigio puesto en titulares, en buscadores de Internet, es tuiteado y alcanza una difusión amplia; con lo que, gracias al nombre y texto ajenos, el parásito consigue lo que jamás habría alcanzado por su propio nombre y mérito»

Hay trucos sucios, además, que completan la infamia. «Por mala fe o porque su intelecto no da para más –añadía en 2017– el sujeto en cuestión suele descontextualizar frases del parasitado; e incluso titula, no con lo que éste dice, sino con su interpretación sesgada o malintencionada. Y en un lugar tan atrozmente falto de comprensión lectora como España, donde no suele opinarse sobre lo que alguien dice, sino sobre lo que alguien dice que le dijeron que otro ha dicho, los efectos adquieren dimensiones disparatadas»

Y, bueno. Desde que escribí esas líneas, la infección se ha extendido, con el detalle complementario de que ya no son sólo los practicantes del periodismo parásito –y los medios que los cobijan– quienes viven del discurso ajeno manipulando, descontextualizando y sesgando, sino que al negocio se han sumado en los últimos tiempos numerosos políticos oportunistas, tanto de derechas como de izquierdas, e incluso no pocos particulares anónimos en busca de salir del anonimato. El auge de las redes, Twitter, TikTok y otros mecanismos donde campean la rapidez y la simpleza contribuye mucho a eso. 

Pero cuidado: no es ya que se apliquen a ello los parásitos de toda la vida, o sea, los articulistas emboscados en el sectarismo habitual, incluidos varios –y varias– que pasaron sin ducharse de la política al periodismo, ni que cada vez haya más políticos de todo signo que se suben a los trenes baratos construyendo intervenciones parlamentarias o senatoriales a costa de lo que dicen que fulano o mengana han dicho; sino que cualquier tiñalpa de las redes, cualquier miserable de ambos sexos en busca de fama rápida, intenta hacerse viral vinculando su triste nombre, su gracieta, su meme, su comentario, a personas cuya altura intelectual no alcanzaría en su puta vida. No menciono nombres porque son tantos que no caben aquí; y tampoco me apetece dar un instante de fama a tan promiscua basura. 

Aunque, desde luego, ocurre a diario. Columnistas brillantes, élite de prestigio sea cual sea su punto de vista político, pensadores u observadores sociales imprescindibles para la vida intelectual en este desdichado país de cultura y educación agonizantes, gente sólida, atrevida y necesaria como Manuel Jabois, Ignacio Camacho, Antonio Lucas, Edu Galán, Rafa Latorre, Juan Soto Ivars, Jesús García Calero, Jorge Bustos, Rosa Montero, Sergio Vila-Sanjuán, Karina Sainz Borgo, Raúl del Pozo y tantos otros que opinan, arriesgan y dan la cara, se ven a menudo en boca de esa chusma parásita que no les llega ni a la altura de la tecla. Acaban, con frecuencia, troceados y tergiversados por advenedizos incapaces de manejar discursos originales propios. Y así, la inteligencia y el prestigio ajenos se han convertido en abrevadero habitual de oportunistas mediocres, de opinadores analfabetos, de políticos demagogos y demás ratas de cloaca mediática. 

4 de diciembre de 2022