domingo, 31 de julio de 1994

Una de horteras


Estaba el arriba firmante sentado hace un par de días en una terraza de Sevilla, tomando horchata y viendo pasar mujeres guapas, cuando sorprendí en la mesa vecina una discusión sobre la palabra hortera, término que los españoles usamos con frecuencia, incluidos los horteras mismos. No intervine en la conversación porque nadie me daba vela en aquel entierro; pero me quedé con ganas de hablar del asunto.

Según el diccionario de la Real, amén de mancebo de comercio en las novelas de Galdós, hortera se usa para definir a la persona o cosa vulgar o de mal gusto. Lo que pasa es que eso del mal gusto resulta muy relativo. Los Chunguitos a toda pastilla en la radio de un BMW de quince kilos con alerones y pegatinas puede resultar de pésimo gusto en las carreras de Ascot, por ejemplo; pero en la Atunara de La Línea y conducido por un contrabandista de tabaco con gafas de sol y tatuajes, resulta algo precioso, conmovedor, estéticamente irreprochable.

Por lo general se recurre al término hortera a la hora de definir a dos clases de personas: las que pretenden parecer algo y ni lo son ni lo parecen, y las que son, o parecen serlo, pero al menor descuido se les ve el plumero. Unas y otras tienen algo en común: su culto a determinados símbolos externos, como si al apropiarse el símbolo se apropiasen el contenido. Igual que si, por ejemplo una bandera inglesa te convirtiera en inglés, un libro en intelectual o un traje de Armani en triunfador dinámico, como parecen creer esos ministros y subsecretarios mireusté a los que aún les canta, después de doce años largos el complejo de maestro de escuela o de fontanero con carnet -profesiones, por cierto, mucho más dignas que la de mangante uniformado por Armani-. Ser un hortera, entre otras cosas, es no estar a gusto en la propia piel, aparentar otras de las que el símbolo, la marca, tranquilizan y consuelan.

En cuanto a las fronteras, a los límites entre la horterada y el buen gusto, son tan móviles como cada cual. Hay quien considera el faro de Moncloa una maravilla arquitectónica y quien fusilaría -yo mismo- a los responsables de lo que les parece una aberración estética. Hay quien considera una barbacoa dominical como algo humeante y ruidoso, y quien la estima colmo de la sofisticación social y la vida moderna. Ahí, como en algunos locales, sólo puede sernos útil la tarjeta de «Reservado el derecho de admisión». Allá cada quisque con sus gustos, su vida privada, su calzón corto y sus náuticos, su barbacoa, sus bermudas de capitán de yate, su Mercedes para ir a Pryca con chándal, tacones y gorrita de béisbol.

A quien eso no le guste, puede perfectamente no practicarlo. Es decir, absteniéndose de ir a Pryca, de veranear en la playa o de relacionarse con sus vecinos. El problema es que a veces la vida no se mantiene a raya tan fácilmente. Comer en un restaurante, por ejemplo, y que entren fulanos en bañador y rascándose la entrepierna, puede bastar para que deje de apetecerte, de pronto, el solomillo poco hecho. O puede cabrearte mucho y sin remedio que desgracien lugares hermosos y a los que amabas tal y como fueron. Y es que la horterez tiene un paso adelante, una faceta muy desagradable, que es cuando se vuelve molesta o agresiva. Cuando ya no es cuestión de buen o mal gusto, sino de que te impidan vivir en paz.

Hace unos días, a punto de embarcar en un vuelo transatlántico, me tocó facturar equipaje tras un individuo que, como su esposa, vestía un cómodo chándal con el logotipo de una conocida marca deportiva. Nada tengo contra el chándal, sobre todo cuando se utiliza para el deporte. Quizá por eso atribuyo a esa prenda -sin duda de modo injusto- determinadas connotaciones olfatísticas, sudoríparas y desagradables. Sin duda el chándal de aquel digno pasajero estaba impecablemente limpio; no me cabe duda. Pero lo mío era psicológico, y no tenía maldita la necesidad de pasarme doce horas psicológicamente incómodo. Así que le pedí a la azafata que no me sentase a su lado. Lo pedí con toda cortesía, pero el individuo lo oyó y no vean cómo se puso.

-Y para que se entere -dijo-, este chándal vale ocho mil duros.

Después miró con desprecio mis téjanos, mi camisa de algodón y mis zapatos con calcetines.

-Hortera -añadió.

Y se fue tan campante hacia el control de pasaportes, del brazo de su legítima, tras haber puesto las cosas en su sitio. Cómodo y deportivo el hombre. Arreglao pero informal.

31 de julio de 1994

domingo, 24 de julio de 1994

Maricones


Dos veces he usado en esta página la palabra maricón. La primera vez aludía a un amigo malagueño que es, en efecto, cura y maricón, y la segunda a un presunto inventor del virus del sida que quisiera librar al mundo de negros y maricones. Nadie, de momento, ha tomado las palabras cura y negro como sinónimos de maricón, pero un par de lectores sí me reprochan el uso de este último término, pues lo consideran despectivo y piden al arriba firmante un poco de respeto. Así que esto viene que ni pintado para meterle mano a un asunto al que va le tenía yo ganas.

Durante mucho tiempo, los homosexuales se han visto colgar al cuello etiquetas con muy mala leche: definiciones infamantes, de esas que se pronunciaban a media voz con un guiño cómplice o una mueca cruel. La cosa tenía variedad, dentro de su infame monotonía: desde el sarasa discreto que las señoras toleraban con escandalizada benevolencia hasta el mariquita notorio del que se choteaban sin rebozo niños y adultos, pasando por la maricona escandalosa y pendenciera, de cuyo camino la gente se apartaba, por si las moscas. En esa España cutre, castiza y garbancera de la que aun no nos hemos librado, España de machotes y de hombres muy hombres como mi Paco, maricón era el peor insulto del mundo, pues venía siempre acompañado del rictus de la boca, la sonrisa burlona y conmiserativa. Ser maricón era un vicio y una desgracia, y a García Lorca le pegaron un tiro en el culo exactamente por ser eso: un vicioso y un desgraciado, que además era rojo, el hijoputa.

Hace años, cuando yo era jovencito e iba a una de esas tertulias de literatos y artistas, conocí a uno de esos mariquitas de provincias tolerados en sociedad. Era discreto, amable, buena gente, y aguantaba las bromas y los chistes de doble sentido con una sonrisa resignada, como si fuera el precio a pagar por una silla en el casino, una voz en la tertulia. Recuerdo bien su sonrisa triste, sus rodillas juntas, su amable y frágil ternura. Otros menos cultos, menos resignados o sin nada que perder, daban un corte de mangas y se vestían de faralaes, o hacían las maletas y se largaban a otra parte, fugitivos o proscritos de la comunidad ortodoxa y bienpensante que les reprochaba no saber guardar las formas. Porque uno podía ser de la acera de enfrente: pero en una sociedad española, cristiana, como Dios manda, se le toleraba, se le dejaba respirar y hasta decir buenas tardes si era capaz de guardar las formas. Las formas eran muy importantes, si eras español y maricón.

Después las cosas cambiaron, hasta el punto de que Manu, por ejemplo, que es un diseñador de talento y un buen amigo mío, es quien me saca los colores a mí cuando vamos a ir un restaurante y le pregunta al camarero si no hay ningún plato especial para maricones, o le dice guapo a los tipos que le parecen guapos, o me toma el pelo porque a mí lo que me gustan son las mujeres y no sé lo que me pierdo. Manu mide uno ochenta y pico y es un vasco grandote y cachas, y no imagino a nadie capaz de mirarlo torciendo la boca burlón, entre otras cosas porque esa boca podrían partírsela en un abrir y cerrar de ojos. Y a lo mejor, si no se la partía Manu, humildemente hasta se la partía yo. Con todo esto quiero decir que hace mucho tiempo que alguna gente, entre la que me incluyo como claque, reivindica identidades y aficiones utilizando como bandera precisamente aquello que anta-fio supuso insulto o vergüenza, porque saben - maricones inteligentes - que no hay complejo que se resista a un par de cojones, o su equivalente, y que a la larga lo que no mata engorda.

Así que pido disculpas a los lectores sensibles en materia de términos y conceptos, pero tengo la intención de seguir recurriendo a la palabra maldita. Porque, tal vez, utilizarla con la misma libertad que todas las otras - y ya saben que en esta página me corto lo imprescindible - sea mi modo particular de rendir homenaje a Manu, y también a los Manus vergonzantes que no dan la cara con su mismo coraje. Y en cierto modo saludar la memoria de aquellos mariquitas de antes, proscritos de una España intolerante y ruin, que tuvieron que sufrirla, qué remedio, como un insulto a media voz, como una broma cruel, como el precio a pagar por una silla en la tertulia, por un saludo del vecino en la escalera. A cambio de la limosna miserable de unos buenos días en la tienda de ultramarinos, un sitio en la cola del carnicero o una gotas de agua bendita a la puerta de la iglesia.

Además, y entre nosotros: la palabra homosexual me parece una mariconada.

24 de julio de 1994

domingo, 17 de julio de 1994

El cerdito de Rocío


Hoy vamos de trincones con corbata y la ley de su parte. No sé si recuerdan ustedes aquel anuncio: una niña acudiendo al banco con el cerdito-hucha de sus ahorros. El lema del asunto era, creo recordar, para nosotros no hay clientes pequeños, o alguna canallada por el estilo. O se lo creyó su padre. La cosa es que Juan y Rocío, con cinco y seis años respectivamente, rompieron sus huchas —5.000 y pico cada uno— y abrieron sendas cartillas de ahorro.

Resulta que, un tiempo después, Juan y Rocío empezaron a dar la barrila en casa con que querían unas zapatillas de deporte nuevas. Y su progenitor, cuyo candor lo honra, pensó que el mejor ejercicio práctico sobre las virtudes del ahorro, para sus hijos, era recurrir a sus cartillas. Y allá se fueron los tres, tan felices, preguntándose cuánto habría aumentado su caudal con los correspondientes intereses. Pero al llegar al banco comprobaron -oh prodigio-, que les había quitado a cada uno las 5.000 pesetas, por todo el morro. O sea: en concepto de comisiones por el mantenimiento de la cuenta.

Y es que los niños no leen la letra pequeña, y luego pasa lo que pasa. En nuestro patio de Monipodio lleno de golfos que te gravan el aire que respiras, el agua que bebes y la tierra para caerte muerto, los bancos están legalmente autorizados para cargar comisiones entre el 0% y el 100% de las cuentas de sus clientes. O sea, que si tienes tropecientos millones a plazo fijo, dan cuartelillo y además te regalan un puro. Pero si lo que tienes son cuatro humildes pesetas, te incordian todo lo que pueden para que te largues y despejes la memoria informática de los ordenadores (que por cierto, no suelen tener la letra Ñ, y siempre la sustituyen por una N o un palito).

Lo malo no es que en este país todo cristo compita con Curro Jiménez. Lo peor es que, salvo cuatro espontáneos — y esos se fugan casi siempre—, los demás trincan al amparo de la letra pequeña y normativa legal que algún hijo de puta, digo yo, tuvo que aprobar alguna vez en consejo de ministros. Y después, cuando uno acude al banco ebrio de santa ira, y encañona al director con la escopeta del 12, y está a punto de soltarle un bellotazo de posta lobera, el fulano va y sonríe, te dice que esperes un momento, y saca del cajón la normativa 36B/92, publicada en el BOE, donde dice que no sólo el infame saqueo es legal, sino que además el banco tiene derecho a beneficiarse a tu legítima los primeros de cada mes.

Lo triste de todo esto es la cotidianeidad de la sevicia, que diría un académico fino. Que uno, por ejemplo, ingrese un cheque en cuenta y le cobren automáticamente un porcentaje para compensar el esfuerzo del cajero que le da a la tecla, es algo tan normal que a nadie extraña, a estas alturas del expolio. Como el hecho de que, a la hora de hacer pago en metálico, buena parte de los bancos no dispongan de unidades de pesetas sueltas, y siempre redondeen en su beneficio las 45.342, convirtiéndolas en 45.340. Hay un caso reciente, denunciado en carta al director en un diario nacional, donde a uno de los damnificados el cajero le dio como explicación: "Este mes le toca a otros cobrar las dos pesetas". Como si esto fuera la lotería.

Ah, pero eso sí. Después, en la tele, todo son musiquitas seductoras, y amables directores de sucursal, y recién casados y viejecitos felices que bailan a cámara lenta, y labradores que se libran del pedrisco, y familias felices que, por fin, gracias a esos benefactores de la humanidad, podrán comprarse un chalet donde al chucho lo van a atar con longaniza. Al menos en lo que se refiere a Juan y Rocío, los dos niños del cerdito, la desaparición de sus ahorros les ha servido para irse enterando, bien jóvenes, de con quién se juegan los cuartos. Y lo que es a esos dos, ya les pueden meter anuncios.

(Por cierto, ya que estamos de bancos, y nóminas, y antes mencionaba la Ñ de los ordenadores, me viene a la memoria que, en las nóminas del ministerio de Cultura, los empleados cuyo apellido incluye esta letra se encontraban, al menos hasta el mes pasado, con la eñe sustituida por la barra inclinada "/".La cosa no deja de tener guasa, porque Cultura alardeó, hace un par de años, de bloquear la normativa comunitaria europea que pretendía suprimir esa letra de nuestros ordenadores, Y ahora resulta que, a la chita callando, van y tragan. A lo mejor es que la ministra Alborch, como es dama culta y educada, nunca dice la palabra coño).

17 de julio de 1994

domingo, 10 de julio de 1994

La carta de Susana


Aviso a los lectores de El Semanal, el director, Juan Fernando Dorrego, tiene la perversa costumbre de secuestrarme el correo durante un par de meses, y después, cuando uno de mis Sangrefrías no le gusta, se venga soltándomelo todo de golpe. Entonces me siento en una cafetería y durante un largo rato me agobio con los problemas de amigos desconocidos, me dejo tirar de las orejas por usar tanto la palabra hijoputa, o encajo como un hombre los insultos de los lectores a quienes no les gusta lo que escribo. Sin ir más lejos, un niño de doce años acaba de llamarme fascista por meterme con su gorra de béisbol. Y reconozco que un tío de doce años capaz de mentarme los muertos escribiendo una carta así, tiene derecho a llevar la gorra como le dé la gana.

Pero a lo que iba. A veces, les decía, llegan cartas que dan ganas de sentarse a teclear con una mala leche inaudita. Otras te dejan hecho polvo, pues explican las cosas, los problemas, las vidas de la gente, mucho mejor de lo que tú mismo serías capaz de hacer. Y ese el caso de Susana, cuya carta (12-5-94) es tan demoledora que sería una estúpida pretensión, por mi parte, adornar el asunto. Así que hoy, con permiso del respetable, esta página la llevamos a medias Susana y yo. Que les aproveche:

«Tengo 23 años, y no soy la típica chica que vive pegada a sus papas, o vive la ruta del bacalao con el sudor de su padre y el insomnio de su madre. Yo pertenezco a una minoría, a los otros, a los jóvenes que tenemos casa, hijo, perro, gato, suegros, deudas y números rojos. ¿Por qué nunca se habla de nosotros?... ¡Oh, sí! Del número de embarazos anuales imprevistos sí que se habla, Pero nunca de lo que pasa después.

Vivo en un pueblo de 700 habitantes, en una comarca pobre de Castellón, y tengo un hijo de 3 años. Hasta ahora hemos vivido con el sueldo de mi marido, imagina el sueldo: albañil y autónomo. Nos las hemos visto y deseado, pero nos queremos, y tenemos ganas de trabajar... O teníamos ganas de trabajar, hasta que hace un mes llegaron los módulos de Hacienda. Según la estimación objetiva, un albañil autónomo en un pueblo de 700 habitantes factura al año un total de (agárrate) diez millones de pesetas. Y en consecuencia debe pagar al Estado alrededor de dos millones anuales. Es para llorar, ¿verdad? Pues sí, es para llorar. Sobre todo si ves mi cartilla de ahorros, Aquí no hay trabajo para mí (como no lo hay en ningún sitio para nadie). Si mi marido sigue dado de alta tendremos que pagarle a Hacienda prácticamente todo lo que gana, y morirnos de hambre.

Aquí no hay grandes empresas, y a la pequeña la están hundiendo. No te dejan ni siquiera ser agricultor sin reunir unos requisitos mínimos. Y en este país (que no sé de qué piensa vivir dentro de poco), la tierra se deja perder porque el Estado, que nos ama y protege, prefiere que compremos pimientos italianos y cordero inglés, que son más baratos, mientras los agricultores se mueren de hambre; pero eso sí, pagando religiosamente a Hacienda. En resumen, lo único que podemos hacer es dedicarnos a la economía sumergida, estafar y ser ladrones. Como dice mi marido, la moraleja de este cuento es sé un cabrón o muérete de hambre.

Por favor. Estoy harta de oír estupideces sobre la juventud y el paro. Escribe sobre nosotros, sobre los que no tenemos trabajo pero sí bocas que alimentar. Los jóvenes estamos defraudados de las instituciones que se nos enseñó que nos protegerían y ayudarían, y que hoy sólo nos muestran corrupción y desamparo. Y no me extraña, porque en España un presidiario cobra paro, y un autónomo que se da de baja, no.

Al Estado le importa un comino que tengas hijos o no. Ahora, ya, ni siquiera los anticonceptivos entran en la Seguridad Social. Pagas un seguro del coche abusivo por ser menor de 25 años teniendo un hijo y muy pocas ganas de conducir borracho. Mientras, uno de 30 paga la mitad yéndose de fiesta cada noche. Aquí, como en la Edad Media, viene el señor feudal, cobra sus impuestos y se va. Hace sus chanchullos igual, sólo que con una sonrisa y, eso sí, mucha demagogia. Y por ahí te pudras.

Gracias por prestarme tu atención, me imagino que estarás muy ocupado. Y por favor escribe alguna vez sobre los que, igual que nosotros, los jóvenes como mi marido y yo, empiezan a creer que si alguna vez el infortunio nos lleva a dormir bajo un puente, al final nos tocará pagar alquiler.

Gracias.

Susana».

10 de julio de 1994

domingo, 3 de julio de 1994

Antonio Gala


Hace un par de semanas, en la Feria del Libro de Madrid, compré El Manuscrito Carmesí de Antonio Gala y me puse a la cola de la caseta donde firmaba ejemplares de sus obras. En cualquier feria de libros, la caseta donde firma Gala se conoce en el acto por la expectación y por la cola que hay formada delante. Porque en eso de las firmas hay, como en todos los órdenes de la vida, colas y colas: merecidas, inmerecidas, compactas, definitivas, vitalicias, coyunturales, accidentales, televisivas, lógicas, inexplicables o de pastel. La de Gala se reconoce en el acto porque hay en ella, siempre, un cierto orden reverencial, un silencio expectante, una especie de unción en el sentido que el María Moliner da a esa palabra: devoción, recogimiento y fervor con que alguien se entrega a un acto religioso.

Y es que acercarse a Antonio Gala en una conferencia o en una firma de libros es más un acto religioso que estrictamente literario. Uno se siente como al cruzar la nave de una iglesia, entre los feligreses, y allí, al fondo, como las vírgenes en los altares, está el maestro rodeado de asistentes y de fieles, pausado, sereno, elegante, impecable, de perfil. Con ese ligero hastío, algo desdeñoso, distante, de quien está por encima del bien y del mal y conoce, de una parte, los cimientos de las glorias de este mundo, y por la otra sabe ya que por mucho que ladren y corran los perros de la tina, no podrán alcanzarlo nunca. Con Gala no se va a que firme un libro, sino que se va a Antonio Gala como otros van a Fátima, o a la Macarena de San Gil, o a ver a Curro Romero. Sólo que para comulgar con Curro Romero hay que ser de Sevilla y estar en la Maestranza, mientras que Gala es un fenómeno nacional. Además se viste mejor y es más fino toreando.

Cada devoción tiene su aquel, claro. Para el arriba firmante, la cosa no tuvo remedio desde que, siendo jovencito, se quedaba embobado ante el televisor en blanco y negro viendo al papa Luna recorrer, trágico, orgulloso y solitario, las murallas desiertas de aquel paisaje con figuras llamado Peñíscola. Después, uno se enamoró locamente de los senos desnudos de Victoria Vera, viéndola seducir a Alberto Closas en ¿Por qué corres, Ulises? Y más tarde, en una foto de entrevista, comprobé que el maestro tenía detrás toda la colección de bolsillo de Austral cuidadosamente alineada en estantes. Y resulta que los clásicos de Austral son, para quien estas líneas teclea, mucho más que libros. Son la memoria personal de mis veinte años, un símbolo de cuando el mundo era ancho, y maravilloso, y todo era posible y todo estaba aún por descubrir y ser vivido, y había libros que valían cuarenta duros. O sea, un fetiche, un tótem. Un estado de gracia.

Ese componente casi religioso, en el que como ven me incluyo sin el más mínimo rubor, alguien tendrá que analizarlo algún día seriamente a la hora de explicar el éxito de Antonio Gala. He visto a hombres y mujeres -sobre todo a mujeres- ir a él para besarle la mano; esa mano con la que escribe, juguetea en el puño del bastón o reclama, mientras lee en voz ante un público sobrecogido por sus pausados silenciosos, un vaso de agua que el secretario acude a traerle con diligencia. Esa mano que alza a medias, expresiva y lánguida, como para impartir una bendición, actor de su propio personaje, artista de sí mismo, galán de estudiada galanura, malvado y cruel como una daga cuando lo desea, divertido e irónico siempre, capaz de ponerle elegancia y tronío, si le apetece, hasta al más brusco desplante.

Acabo de leer una biografía suya algo cursi, escrita por un tal José Infante, pero no se trata exactamente de eso. Lo que hace falta es que alguien se ocupe de analizar el componente casi místico de un misterio que trasciende al mito, más allá de la literatura. Lo que Gala necesita no es un biógrafo, ni interjecciones admirativas, ni espasmitos de placer de reinonas relamidas, sino un hagiógrafo capaz de explicarme a mí, por ejemplo, con la mili que llevo a cuestas, por qué me siento en la cola de la Feria del Libro, mientras espero con Mi manuscrito carmesí en la mano, igual que cuando iba, con corbata y repeinado, a recibir la Confirmación.

A Gala nunca le darán el Nobel ni maldita la falta que le hace. Porque si le hubieran pegado un tiro en cualquier guerra civil, sus novenas, que no las de Santa Gema, estarían de bote en bote, Es el único escritor español vivo que conozco canonizado por sufragio popular directo. Si hubiera escapularios de Antonio Gala, yo llevaría uno.

3 de julio de 1994

domingo, 26 de junio de 1994

Homo ludens


Era de esperar. Tras la atrocidad de esas malas bestias que confundieron los límites de la realidad con los de su siniestra psicopatía, todos los demagogos profesionales de este país se han apresurado a rasgarse las vestiduras y poner el grito en el cielo. Así que no estaría de más colocar las cosas en su sitio, porque aquí hay demasiado sociólogo barato y demasiados bocazas largando a humo de pajas. Un asunto es que dos cerdos con navaja acuchillen a un pobre hombre creyéndose héroes de un juego imaginario donde confunden realidad y ficción, y otro muy distinto que los juegos de rol en su totalidad sean perniciosos y deban ser abolidos, como sugieren algunos histéricos cruzados de la causa, de esos que a veces hacen tantos aspavientos y proponen soluciones tan drásticas que uno no tiene más remedio que preguntarse si, como los fanáticos conversos de la última media hora, no tendrán ellos también roles que hacerse perdonar.

Vaya por delante -uno conoce a sus clásicos- que el arriba firmante no practica juegos de rol. Apañado iba metiéndome en este jardín, de probarse lo contrario. Sin embargo uno procura estar al corriente, más que nada para saber después de lo que habla. Por eso sé que existe gran variedad; desde los de acción a los de inteligencia, desde los infantiles a los bélicos, y buena parte se mueve en torno a la historia y la ciencia-ficción como Dune, El señor de los anillos, Feudal y otros. Los hay violentos, en efecto. Pero ni todos son violentos ni todos incorporan extremos que vayan más allá de los textos literarios o históricos en que se basan, como cuando incluyen batallas o duelos. Otros, con búsqueda de tesoros, investigaciones o aventuras, son pacíficos e inofensivos. Pero, de creer a quienes, incluso, han pedido al ministerio de Cultura que tome cartas en el asunto- lo que ya es el colmo de la gilipollez-, uno creería que los juegos de rol son un vivero de nazis, de racistas, una escuela de asesinos y un semillero de psicópatas.

Y a ver si nos aclaramos. Porque además de homo sapiens y homo faber, el hombre es también, y sobre todo, homo ludens. En ese ámbito, el juego es tan viejo como el ser humano, y lo jugamos, conscientemente o no, desde que somos niños. El juego de rol como tal, avanzado, consiste en un universo alternativo creado por la imaginación, donde la inteligencia, la inventiva, la capacidad de improvisación, son fundamentales. Los juegos de rol bien planteados y dirigidos estimulan, educan y permiten ejercitar facultades que en la vida real quedan coartadas u oprimidas por el entorno y las circunstancias. La práctica de los juegos de rol proporciona a menudo aprendizaje, destreza, y una legítima evasión muy parecida a la felicidad.

Conozco a un grupo de jóvenes liberales, inteligentes, que practica un divertido juego de rol en Cataluña llamado las Relaciones Peligrosas, basado en la Francia de los mosqueteros, y que cada mes publica un boletín con los datos históricos reales o ficticios, los duelos, las intrigas de la corte. El grupo se ha convertido en una red de auténticos expertos sobre el siglo XVII en Europa, juega con gran talento y sentido del humor, y convierte un pasatiempo inofensivo y emocionante en un alarde amenidad, cultura y buen gusto. Meter a ese medio centenar de estudiantes que no se resignan a la mediocre rutina de la tele y los videojuegos en la olla común de los nazis y los psicópatas me parece una ligereza, una atrocidad y una injusticia.

Naturalmente, no todos los juegos de rol son iguales. Del mismo modo que un científico loco a sueldo de un salvapatrias cualquiera puede crear en un laboratorio, por ejemplo, el virus del SIDA para eliminar negros y maricones, un juego de rol planeado por mentes enfermas o por varios hijos de la gran puta pude terminar como el rosario de la aurora. Pero ni por eso la ciencia es mala, ni todos los científicos están locos, o son unos malvados, ni todo juego de rol es pernicioso, ni todos sus jugadores son psicópatas en potencia. Cada uno proyecta lo que es en lo que hace, y aunque un asesino idee un juego perverso, el mal no es imputable al hecho de jugar, sino a la mente que deforma ese hecho, lo corrompe y lo pervierte.

Además, hay por ahí mucha más gente jugando a rol de la que pensamos. Sin ir más lejos, hace nada, un reciente ministro de Hacienda con patente de corso inventó un bonito juego de rol titulado: El enanito del bosque en el país del pelotazo, y algunos se lo tomaron tan en serio que aún respiramos por el agujero de las puñaladas. Con ese jueguecito sí que habría alucinado Tolkien. En colores.

26 de junio de 1994

domingo, 19 de junio de 1994

La Frans


Hoy, con permiso del señor de Vilallonga, que siempre les habla de París pero en fino, voy a hablarles de la Frans. Que tiene un río cada kilómetro y medio, un foie-gras y unos vinos estupendos, y una capital que no es una ciudad, sino la ciudad que todos habríamos querido tener de pequeñitos, e incluso de mayores. Allí la gente lee en el metro, y se habla de usted, y dice por favor y gracias y de nada, y la democracia no parece patrimonio exclusivo de cuatro oportunistas salvapatrias, sino un asunto de interés público que la gente lleva en común, por la cuenta que le trae.

Durante siglos, Francia y su capital fueron, para los españoles, símbolos del quiero y no puedo en materia de libertades políticas, de europeísmo y de cultura. Allá cada cual con sus complejos, justificados o no. Pero en todas partes cuecen habas, y allí las habas existen y además las llaman feves. Quizá por eso uno disfruta tanto -perversidad meridional, lo confieso- cuando pilla a los franchutes en un renuncio.

Verbigracia: desayuno con programa de televisión. Una atractiva presentadora de TF-2 llamada Patricia comenta un libro con reproducciones de cuadros famosos donde los personajes originales han sido sustituidos por cabezas de gatos, y tras atribuir a Rafael la escena de Dios y Adán de la capilla Sixtina, llega a La familia de Carlos IV, de Goya, donde varios gatos llevan pelucas empolvadas, y le pregunta muy seria a su compañero de programa: ¿es una pintura sobre jueces y juristas, no?.

Segunda puntada: mediodía en librería selecta, pasillos estrechos, cliente francés con ropa cara y tarjetas de crédito, cuyo olor a transpiración y ausencia de agua y jabón es tan fuerte, que quienes estamos cerca nos miramos los unos a los otros, incómodos, devolvemos los libros a los estantes y nos apartamos procurando esquivarlo en su recorrido. De lo que se deduce que ni siquiera en la Meca del arte, las bellas artes, la liberté, la egalité y la fraternité, las palabras cultura e higiene son sinónimos. Como tercera tarjeta postal puede valer la del aeropuerto Charles de Gaulle, en Roissy, por la tarde. Hace falta todo el talento y toda la cicatería gabacha para lograr con tamaña perfección un lugar público tan incómodo y miserable, donde por no haber no hay ni sitio para sentarse mientras uno aguarda a que lo dejen -que esa es otra- facturar el equipaje, con un bar donde se acaban los bocadillos a las once de la mañana, unas toilettes, que dicen ellos, donde hay que hacer cola para el pis como si uno fuese a ver La reina Margot, y donde, cuando te paras a leer junto a la puerta de embarque del vuelo de El Al a Tel Aviv, los gendarmes con escopeta te dicen con malos modos que circules, silte-plé, porque tu libro de Conan Doyle -El perro de Baskerville-debe de tener un aire sumamente sospechoso.

Además, sospecho que mi editor franchute esté haciendo economías a costa de sus autores, porque el billete de regreso en Air France me lo dieron en clase turista y la azafata, claro, me tiró la naranjada sobre la bragueta del pantalón. La mancha de naranjada no se va, y después, en la aduana de Barajas, pasé un mal rato mientras los guardias civiles me miraban la bragueta.

Reconozcamos que, para un solo día, no está mal. Y a eso podemos sumarle anécdotas intemporales, como cuando uno, sobre todo en estas fechas, se tropieza en cada esquina placas y conmemoraciones sobre las gestas de la Resistencia, y se pregunta cómo diablos, si todo el mundo militaba en el maquis, los alemanes estuvieron cuatro tan campantes, bebiendo champaña en Montparnasse. O, en otro orden de cosas, cuando miras las fotos de esos energúmenos que queman camiones en el Mediodía y después te los encuentras por aquí en roulotte, trayéndose el bocadillo y las conservas desde Perpignan, para ahorrar. Así que no se crea todo lo que les cuenten de la Frans. Allí pueden ser tan analfabetos, tan mezquinos, tan torpes y tan muchas otras cosas como cualquier hijo de vecino. Aunque después te vengan enarcando, así, los labios para pronunciar las oes con acento circunflejo. (Por cierto, y hablando de otra cosa. Me asegura el redactor jefe de El Semanal que el duende de imprenta que hace un par de semanas, en el Sangre Fría sobre Picolandia, sustituyó un cayó de caerse por un calló de callarse, ha sido sumariamente fusilado al amanecer. Y es que los duendes de imprenta de las redacciones suelen ser inoportunos, pero aquél en concreto tenía muy mala leche).

19 de junio de 1994

domingo, 12 de junio de 1994

Mujeres de armas tomar


Ocurrió el otro día, en una conferencia, cuando uno de los asistentes preguntó por qué el arriba firmante asignaba a menudo virtudes masculinas a las mujeres en sus novelas. Tras un intercambio de aclaraciones, las mencionadas prendas masculinas resultaron ser el valor físico, la independencia y la agresividad. Al interlocutor le chocaba sobremanera que mis hembras de ficción fuesen capaces de empuñar un florete, una pistola, pelear por su vida o por la de otros, conspirar e incluso asesinar, bajo palabras como amistad, amor, lealtad a un hombre o a una idea, e incluso honor personal.

Le respondí que allá él con sus mujeres, pero que uno se honra con el trato de varias que son de armas tomar. Y que muchos nos negamos a aceptar que, por culpa del ridículo concepto medieval de la frágil dama como devocionario caballeresco, la mujer se perpetúe, en los relatos de ficción escrita o cinematográfica, reducida al papel de compañera o comparsa del viril protagonista. Échenle, si no, un vistazo a las películas o a los libros de acción y aventuras. En ese contexto, las mujeres -incluso las que van de duras o fatales- se limitan a dar grititos cuando las cosas vienen mal dadas, y a refugiarse en el sudoroso y fornido hombro del macho que, a lo sumo, las gratifica con un revolcón en condiciones o permite, sólo cuando él está herido y a punto de perecer bajo los mandobles del malvado, que ella, con las dos manos temblorosas en torno a la pistola que empuña casi al revés, le pegue de pura casualidad un tiro al malo por la espalda.

Y resulta que no. Que de virtudes masculinas y femeninas podríamos hablar un rato largo sin necesidad de irnos a Hollywood. Sin ir más lejos, esa mujer que madruga cada día y después de hacer la casa se va a la compra y vuelve para la comida y se sienta un rato a ver el culebrón y luego prepara la cena y deja, todavía, que el sábado el pariente le dé un asalto, es más dura de pelar, tiene más valor y más entereza que el animal de bellota que, en teoría, la mantiene.

Hagan memoria. Nadie resiste como una mujer la enfermedad, o el sufrimiento propio o ajeno: cuida a los enfermos, se crece en la adversidad, pare hijos -y a veces los concibe- con dolor; y sobre lealtades y sentidos del deber podría dar lecciones a muchos maridos. En cuanto a hacer daño, cuando una mujer abre la navaja no es, como la mayor parte de los hombres, para montar bulla y que nos vean, sino para matar de verdad. En el otro extremo, enamorada, es capaz de amar con más entrega y pasión, y de hacer cosas, tomar decisiones, que los hombres, tan razonables y formales que somos, ni soñaríamos siquiera. No hay quien detenga a una mujer -ni familia, ni marido, ni convenciones sociales- cuando decide liarse la manta a la cabeza; y como adversario, nada más corrosivo para nuestra fatua virilidad que el odio o el desprecio de una hembra inteligente.

Pero, aparte ser más consecuente y valerosa que los hombres, la mujer también es más culta. No se trata de más tiempo libre, como dicen algunos simples, sino de menos egocentrismo: curiosidad por el mundo exterior. La mujer posee mucha información global, porque ve más televisión, más cine. Lee más. Cualquier librero sabe que el setenta por ciento de sus clientes son jóvenes y mujeres. Los hombres estamos demasiado ocupados haciendo números, tomando decisiones fundamentales, endureciendo el gesto ante el espejo, pobres desgraciados, alardeando de un temple que se derrumba en cuanto nos tocan la nómina o el estatus, mientras ellas parecen poseer una reserva secreta de entereza para sobreponerse, aunque caigan chuzos de punta.

Échenle un vistazo a las estadísticas. Además de su presencia en otros sectores, las mujeres copan las carreras de humanidades, o al menos lo que va quedando de éstas. Así, en este final de siglo que termina de tan mala manera, en la confusión que caracteriza a esta especie de noche que se nos viene encima, tan fría como esos ordenadores que engendran los hombres con microchips en lugar de espermatozoides, las mujeres pueden terminar siendo para la cultura lo que los monjes medievales fueron en la trinchera de sus monasterios mientras el mundo se desplomaba alrededor. Y ésa será su venganza, su revancha histórica sobre nuestra estupidez y nuestra injustificada autocomplacencia.

Virtudes masculinas, decía aquél. Permita que me ría, respondí. Ya quisiéramos nosotros, los hombres, poseer ciertas virtudes.

12 de junio de 1994

domingo, 5 de junio de 1994

Los del dieciseisavo


No recuerdo, o quizá no lo supe nunca, quién fue el ministro que, con la complicidad de sus colegas y su presidente de gobierno, puso en marcha la reforma educativa que en este país llamamos LOGSE. Ni sé quién fue ni conozco su paradero; y eso es lo grave de este tipo de asuntos: que los ministros, y los gobiernos, y los presidentes de gobierno, llegan, te lo ponen todo patas arriba y luego se jubilan sin que nadie les exija responsabilidades por dejarte el patio hecho un erial. Y claro, con impunidades como ésas se embaldosan los suelos de las casas de putas.

¿Recuerdan aquel poema de Bertolt Brecht o de no sé quién, sobre el fulano al que le van trincando vecinos mientras él pasa de todo, y después, cuando le llega el turno, ya no tiene a nadie que lo ayude?. Pues eso ocurre en este país: que nos estamos quedando solos en la escalera mientras los chicos del brazalete -los brazaletes cambian según la época, pero los chicos no- se pasean por nuestras vidas y por nuestro futuro como Pedro por su casa. Y no me refiero en exclusiva a los cien años de honradez; ciertos polvos y lodos vienen de antes, y los personajes cambian de ideología, pero no de métodos ni de talante. Recuerden, si no, la gracia de aquel ministro -la sonrisa del Régimen- al que los amigos llamaban Pepito Solís Ruiz: Más deporte y menos Latín.

Pero vamos al grano, que llevo ya un folio en prolegómenos. Les estaba hablando de la LOGSE, y resulta que ahora uno echa cuentas -el arriba firmante tampoco se asomaba al oír gritos en la escalera- y cae en el detalle de que, con la actual política educativa respecto a las Humanidades, un alumno puede perfectamente terminar su carrera sin haber estudiado nunca. -insisto: nunca- ni Historia de la Literatura, ni Filosofía, ni Latín, ni por supuesto, Griego. Dicho en corto: sin saber quién fue Cervantes, ni Platón, ni de dónde vienen la mayor parte de las palabras y conceptos que maneja a diario y conforman su mente y sus actos. Salvo que tenga la suerte de tropezar con profesoras o profesores que posean iniciativa, redaños y vergüenza torera, cualquiera de nuestros hijos puede salir al mundo convertido en un bastardo cultural, en un huérfano analfabeto, en una calculadora ambulante sin espíritu crítico, sin corazón y sin memoria, clavadito a muchos de quienes nos gobernaron, nos gobiernan y nos gobernarán.

Vivimos, en este siglo XX, a merced de quienes controlan los medios de comunicación de masas, los profetas y los cruzados de salón, los que diseñan banderas, himnos nacionales, ideologías, narcóticos, o simplemente diseñan. Náufragos de nuestro fracaso espiritual, somos cada vez más corchos a merced del primero que llega con labia o con recursos suficientes para llevarnos al huerto. Frente a eso, la Cultura con mayúscula, la Literatura, la Historia, las humanidades en general, son la única arma defensiva. De ellas obtenemos aplomo, ideas, intuiciones y certezas, coraje para defendernos y sobrevivir. Las humanidades nos cuentan de dónde venimos y cómo hemos llegado a ser lo que somos; hacen que nos comprendamos a nosotros mismos y a los demás. Nos sitúan, confortan y fortalecen, permitiéndonos asumir nuestra condición de eslabones en una cadena interminable, trágica y maravillosa al mismo tiempo. Nos hacen más fuertes, más sabios. Más libres.

No comparto la infantil teoría, sostenida por algunos, de la conspiración. En realidad, los responsables de todo esto son demasiado mediocres como para actuar de acuerdo a consignas o a un plan establecido. También ellos son víctimas de sí mismos, de sus propias limitaciones, de su estrecha visión del mundo. En el indocumentado con cartera de ministro que pretende convertir las mentes de sus futuros conciudadanos en mecanismos de piñón fijo hay, incluso, buena voluntad: proporcionar a los jóvenes una especializaron que les permita abrirse paso en un mundo técnico donde la palabra humanidades suena a sarcasmo. Pero ni el antedicho fulano ni sus alegres cacheteros -los del dieciseisavo- caen en la cuenta de que tan absoluta claudicación no hace sino ahondar el foso donde se entierra el espíritu del hombre y donde se nos entrega, maniatados, a los tiburones y a los mercachifles.

Asuntos como el de la reforma educativa no traslucen maldad, sino estupidez. De buena fe, supongo, unos cuantos compadres decidieron bajar el listón para colocar el futuro a su nivel. Y han hecho un pan con unas hostias.

5 de junio de 1994

domingo, 29 de mayo de 1994

Picoletos


Dijo aquel poeta que era andaluz y al que le dieron matarile, que tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras. En la realidad, que los guardias civiles tengan la lágrima fácil o difícil es asunto del que allá sabrán sus legítimas en las casas cuartel, donde todo suele cocerse de puertas adentro, pero lo cierto es que, en los últimos tiempos, a la Benemérita no le faltan motivos para echarse a llorar a moco tendido. Que a uno le pongan de jefe un paisano que además tiene todo el careto de El Algarrobo, que el fulano les quite el tricornio del uniforme de diario y encima resulte ser un trepa y un -¿presunto?- chorizo, es como para aflojarle el lagrimal al más curtido sargento chusquero.

Mi amigo Manolo Prados, por ejemplo, lo lleva fatal. Manolo es un capitán de los cigüeños que ahora vive jubilado en Alhaurín de la Torre, después de haberse pasado cuarenta años de verde en Picolandia hasta que le tocaron retreta de jefe de puesto en Tarifa. Cuando era simple guardia, Manolo pateaba la costa con alpargatas de esparto para no despeñarse por los acantilados, y pasó la vida entre servicios, maquis y contrabandistas, viviendo en casas cuartel con goteras y retrete colectivo. Igual que Manolo, cantidad de guardias envejecen por esos caminos, con frío en invierno y calor en verano, con cuatro duros de paga, autoconvencidos de que - parafraseando a don Pedro Calderón de la Barca- obediencia y honor son/ caudal de pobres soldados,/que en buena o mala fortuna,/ la Guardia Civil no es más que una/ religión de hombres honrados.

Lo que a estas alturas de la feria, tampoco es rigurosamente exacto. La Benemérita Institución ha sido leal y obediente a la monarquía, a la república, a la democracia, siempre que no ha sido desleal o desobediente, y de ambos extremos están llenos de fechas los libros de Historia. Escasa honra hay en fotografiarse junto a un robagallinas como El Lute, a quien el franquismo convirtió en enemigo público número uno, o en que el cabo Martínez perdiera tradicionalmente el culo para ponerse, a cambio de un cigarro habano, a las órdenes del señor marqués -antes- o del señor banquero -hace poco- cada vez que éstos acudían a cazar, con sus amigos, al coto de Villacorchos del Tarugo. Poca honra hay, por cierto, en poner el cazo para aparcar un Mercedes ante la casa cuartel, o achicharrar a tres inocentes porque a una mala bestia de teniente coronel le han dicho que va a haber un movimiento sísmico y que localice el epicentro. Ya conocen la respuesta del chiste, realista y terrible: "Detenidos Epicentro y diez cómplices más. Posdata: aquí ha habido un terremoto de la hostia".

Y sin embargo, honra también la hubo, y la sigue habiendo. Con lo bueno y lo malo inherente a su condición, que a fin de cuentas es la condición humana, la doble silueta de la pareja, de la Guardia Civil caminera, está profundamente ligada a nuestra vida y a nuestra historia. A la España negra y también a la otra, la del coraje y el sacrificio. El valor de esperar el tiro en la nuca. Los dos guardias ensangrentados que se abrazan entre los escombros de la casa cuartel. El número que se queda en su puesto horas y horas, bajo la lluvia, porque el cabo le ha dicho aquí, Sánchez, hasta que te releven, y para eso del relevo todo guardia que se precie es de piñón fijo. O el otro, que vadea la riada con el agua por el pecho porque la Cartilla del Cuerpo dice que su obligación es salvar a la gente, palmando si es preciso, y entonces va y palma, el tío. Y es que, supongo, la cuestión es tan simple y tan vieja, que ya en el siglo onceno un listillo anónimo la resumió, diciendo:

Que buen vasallo que fuera
si tuviese buen señor.

Que son dos versos que los españoles llevamos escritos en la frente desde los tiempos de Viriato. Por eso uno va y piensa en la vergüenza que estos días sienten los picoletos, y se dice que a lo mejor no es para tanto, Hace un par de semanas le echaba yo un vistazo a las fotos del benemérito ex-director general, esas en calcetines y calzón corto, todo calva y michelines, retozando con unas cuantas individuas de tetas grandes, y me decía: no tiene nada que ver. Esa no es la Guardia Civil, ni para lo bueno ni para lo malo. Ese es un golfo que cayó allí como podía haber caído en un ministerio, en la dirección de un banco o en cualquier alto cargo de un partido con cien años de honradez: por casualidad, por desvergüenza de sus compadres y señoritos, y por desgracia para la Guardia Civil. Y en este país, una desgracia la tiene cualquiera.

29 de mayo de 1994

domingo, 22 de mayo de 1994

La colilla en la boca


Hojeando un libro sobre la Guerra Civil encuentro una foto en blanco y negro, con fusiles y alpargatas y tipos en mangas de camisa que se llevan a un hombre para fusilarlo. Es una foto vieja de casi sesenta años; una de esas que pudo hacer Robert Capa y tanto gustaban a aquel fulano, Hemingway. A quien, por cierto, no sé quién dio vela en este entierro -ya tenía yo ganas de decir esto- y tanto le gustaba venir a España a ver cómo matábamos toros y nos matábamos unos a otros, poniéndose hasta arriba de Rioja mientras disfrutaba del espectáculo y hacía frases y artículos y novelas en vez de ocuparse de sus asuntos, ir al cine o entrevistar a Jerónimo en la reserva, el hijoputa.

Pero volvamos a la foto. Es en blanco y negro, les decía, y en ella hay un hombre con camisa blanca que levanta los brazos mientras se lo llevan a pegarle un tiro. Se lo llevan sin brutalidad tres tipos que le apuntan como diciéndole hoy por tí y mañana por mí, y él no parece asustado, ni inquieto, sino sólo resignado, hosco, con la media cara que se le ve en la foto concentrada en su vacío interior o sus pensamientos. El fulano es pequeño y moreno, mal afeitado, con mucha pinta de español de esos de antes, duro y con generaciones de hambre a cuestas, y en la boca lleva esa colilla que en este país siempre fuman los españoles cuando los llevan al paredón.

No sé por qué fusilaron al tipo de la colilla. El pie de foto no especifica dónde le dieron matarile; si era rojo, nacional, o sólo un pobre diablo atrapado, como casi todos, entre los unos y los otros. Quizá había matado a un cura o al alcalde de su pueblo, o votó Frente Popular, o tal vez no se presentó voluntario para salvar la República. Tal vez disparó sus cinco cartuchos uno tras otro, y después dejó el fusil, encendió el pitillo y se puso en pie en la trinchera con los brazos en alto, resignado a la suerte que llevaba escrita en la frente desde hacía siglos. Que quizás el cigarro se lo dio uno de los que le apuntan con los fusiles en la foto: estás listo, paisano, anda, echa un pito que es el último. Tira palante.

Estoy mirando esa instantánea -como se decía antes- y sin querer la asocio con otra imagen, ésta en movimiento: la de los republicanos fugitivos que, al llegar a la frontera, cogen un puñado de tierra española y pasan al otro lado con ella en el puño cerrado, en alto. Y me digo: pobre gente, cuántos sueños, y cuantas ilusiones, y cuánta amargura, y cuánta derrota hay detrás de ese puño en alto, de esos brazos que se levantan y de esa colilla indiferente, resignada, en la comisura de la boca de un hombre que ya nació camino del paredón.

Y junto al libro abierto donde está la foto, sobre la mesa por donde se desliza mi memoria, hay también un montón de periódicos abiertos que son de ahora mismo, del día de hoy. Páginas y titulares y otras fotos que hablan de banqueros, y de políticos sin vergüenza, y de gentuza que amasó fortunas sin el menor rubor sobre las espaldas de ese hombre de la camisa blanca; de todos los hombres de camisa blanca que han levantado las manos en este país camino de un tiro y del cementerio.

Canallas encorbatados que incluso, a veces, han tenido el cinismo de enarbolar como bandera nombres y causas por las que pequeños hombres honrados, valientes y sin afeitar, con el último pitillo en la boca y esa cara de indiferencia resignada, ese aplomo que dan el instinto de la raza y la memoria, tuvieron que levantar miles de veces los brazos y dejarse llevar, a menudo sin empujones, como en el cumplimiento de un rito viejo y terrible que es nuestra condena, a la tapia de un cementerio para respirar hondo y decir adiós, muy buenas.

Y con el libro abierto junto a los diarios del día, memoria vieja, limpia y depurada por el paso de los años frente a tanta actualidad que apesta, me digo: pobre español desconocido el de la camisa blanca y los brazos en alto, con su enternece-dora colilla en la boca y sus ojos derrotados; pequeño héroe anónimo y gris que sin duda olía a sudor, a tierra, consecuente y valeroso, bajito, sin afeitar.

Pobre diablo que a lo mejor le dio la última calada al pitillo mirando amanecer sobre los fusiles y los rostros, tan parecidos al suyo, de los que le pegaron, sin más rencor que el necesario, unos cuantos tiros. Y que a lo mejor creyó, o intuyó, en algún lugar del confuso pensamiento del último minuto, que a lo mejor su viuda, sus zagalicos, iban a vivir en un mundo mejor. En una España más limpia y más justa.

22 de mayo de 1994

domingo, 15 de mayo de 1994

Los pobres indiecitos


La Feria del Libro de Bogota es impresionante. Uno llega a Colombia con esa estúpida actitud de superioridad que solemos adoptar los de esta orilla, creyendo encontrar poco más que garabatos indígenas sobre hojas de maíz cosidas a mano, y se tropieza con un esfuerzo, un despliegue cultural y un alarde de interés y profesionalidad que aquí, en la Madre Patria por llamarla de alguna forma, le calentaría las orejas a más de un periculto responsable de nuestro alto nivel, Maribel.

Acabo de pasar allí unos días, y los indiecitos, los sudacas a quienes nuestros policías culturalmente superiores miran con recelo en el control de pasaportes de Barajas, me han administrado una inolvidable lección de vergüenza torera. En la feria de Bogotá había pabellones, música, salas de conferencias, actos culturales de todo tipo. Y sobre todo gente, mucha gente. Un público diverso que atestaba el recinto y se paseaba entre los libros mirando, tocando. Los días festivos, familias con niños se llevaban la merienda y acampaban por todas partes, y al anochecer, los soldados de guardia en la puerta -guantes blancos y botas lustradas para suavizar la negra apariencia de los fusiles- los miraban irse cargados con bolsas llenas de libros o cuentos para los críos.

Pocas veces hallé tanta consideración respecto a la palabra impresa y al libro. Ni tanta veneración por el castellano, el español que dicen allí, como lengua y como vehículo de placer y de conocimiento. Durante una semana he visto a los colombianos acercarse a los textos y a los autores españoles con un respeto que no es complejo de inferioridad, sino la certeza de compartir memoria y cultura, copropietarios por derecho de un tesoro común que nos hace mejores y más libres.

Lectores que buscan claves en sus textos favoritos; autores que comparten contigo aficiones y experiencias profesionales; críticos que en vez de perdonar la vida, ajustar cuentas personales o contarnos cómo hubieran escrito ellos la obra de otros, se esfuerzan por orientar al lector y dotarlo de brújula para que navegue por ella con libertad.

Tiene gracia la cosa. Aquí, en la residencia del Gran Padre Blanco, en la cuna del talento y las bellas letras, nos pasamos la vida haciendo posturitas ante el espejo mientras echamos miradas de desdén a las viejas colonias. Y cuando autores o críticos nos dejamos caer por allí lo hacemos con la inaudita pretensión de impartir doctrina, participando en ciclos de conferencias bajo títulos como: La narrativa en el próximo milenio, Coordenadas para la comprensión de la nueva Literatura universal, El futuro de la novela depende del que suscribe, o cosas por el estilo. Y sentados en los bancos de primera fila, tomando notas aplicadamente, los indiecitos guaraníes nos escuchan con un respeto que no nos merecemos, mientras tienen la generosidad de llamarnos maestro. Lo que supone un exceso de bondad en gentes que, muy a menudo, aman la Literatura, la conocen y la practican mucho mejor que todos los Viracochas juntaletras que nos dejamos caer por sus lares a darles palmaditas en el hombro.

Total: que uno vuelve de Bogotá con una purga de humildad, y además con dos libros indígenas en el equipaje (no sé si les sonarán a ustedes, porque al fin y al cabo, Colombia, ya me entienden). Uno es Tras las rutas de Maqroll el Gaviero, sobre un tal Alvaro Mutis. El otro colombiano quizá también les resulte familiar: Del amor y otros demonios, por un cierto Gabriel García Márquez. E insisto en su nacionalidad colombiana porque aquí, para aceptar la grandeza, solemos sacarlos de contexto, como si fueran apátridas o españoles mal censados, sin domicilio fijo, que sólo hubieran nacido allá por mero accidente.

Y mientras, uno pasa páginas a diez mil metros de altura sobre el Atlántico, lee las cosas que escriben los pobres sudacas, navega junto a Maqroll y se enamora de Sierva María de los Ángeles. Y, bueno, se dice que un país como España, capaz de pedir visado a gente que aprendió a leer deletreando el Quijote, merece tener los Roldanes, los Rubios, los Solchagas, los Gobiernos, los políticos, las joyas de las artes y las letras que tiene. O que tenemos. Y uno medita sobre esto mientras vuela de regreso a Europa, lamentando no hacerlo con Avianca, como a la ida, donde fue tratado de modo impecable, en lugar de estar aquí, en Iberia, deseando con toda el alma que el avión entre en una térmica, dé un salto y a la azafata de Business Class se le tuerza el nudo de la corbata. Como mínimo.

15 de mayo de 1994

domingo, 8 de mayo de 1994

Paco el piloto


Ni sabe quién fue Joseph Conrad ni maldito lo que le importa. Fue marino mercante, y también cornetín de órdenes en el Almirante Cervera cuando en los barcos los almirantes daban las órdenes con cornetín, lo que equivale a decir cuando Franco era cabo. En los últimos tiempos dejó de fumar y ha engordado, pero todavía conserva buena planta a pesar de que navega hacia los setenta con viento por la aleta, rumbo al dique seco. Tiene la piel curtida como si fuera cuero viejo, el pelo blanco e intacto, rizado, y los ojos azules. Hace diez años, a las extranjeras que subían en su lancha para darse una vuelta por el puerto de Cartagena les temblaban las piernas cuando les hacía un huequecito entre los brazos para que cogieran el timón. Era mucho tío, el Piloto.

Se le ve por las mañanas apoyado en cualquier tasca del puerto, honesto mercenario de la mar, esperando clientes que no llegan, con su vieja y repintada lancha que se llama como él y como se llamó su padre. Además de turistas guiris a las que daba una palmada en el culo para subir a bordo, el Piloto ha llevado familias de soldaditos que iban a la jura de bandera, tripulantes de petroleros fondeados frente a Escombreras, prácticos en días de temporal, marineros yanquis hasta arriba de jumilla, los hijoputas, largando hasta la primera papilla por la borda, a sotavento, después de que les partieran el morro en los bares de lumis del Molinete. Su lancha y él han visto de todo: la mar pegando de verdad, cuando Dios se cabrea, y esos largos y rojos atardeceres mediterráneos en que el agua es un espejo y la paz del mundo es tu paz, y comprendes que eres una gotita minúscula en un mar eterno.

Ahora Paco el Piloto está cerca de jubilarse y anda, como sus compañeros de las barcas y las lanchas, en confusos pleitos con las autoridades que pretenden -las autoridades siempre pretenden hacerte faenas así- cambiarles el atracadero de la dársena de botes donde han estado amarrados toda la vida, como lo hicieron sus padres y sus abuelos, y llevárselos a otro sitio.

Estuve hace unos días tomando cañas con ellos y, como siempre ocurre en estos casos, al final no sabe uno exactamente dónde reside la razón legal, pero termina adoptando por corazón e instinto la causa de tipos como Paco y sus colegas, gente con manos ásperas y ojos quemados por el salitre, llenos de arrugas y cicatrices, sencillos, honrados y duros. Así que la razón, sea cual fuere, me importa un carajo. Escribe algo para defendernos, me dijeron, liándome. Y aquí ando, cumpliendo mi palabra a cambio de unas cañas, aunque sin saber muy bien qué diablos es lo que tengo que defender.

De un modo u otro, a Paco el Piloto le debo esta página. A su lado, hace ya casi treinta años, aprendí cantidad de cosas sobre los hombres, sobre el mar y sobre la vida. Una vez, en mitad de un temporal gris y asesino de esos que de vez en cuando sabe sacarse de la manga el Mare Nostrum -nuestro: de Paco y mío-, estuve con él en la bocana del puerto, en el faro de San Pedro y junto a mujeres vestidas de negro, viendo cómo los pequeños y desvalidos pesqueros intentaban poco a poco, entre olas de diez metros, ganar el abrigo del rompeolas.

Los divisábamos a lo lejos, vacilantes y minúsculos, tan frágiles entre montañas de agua y rociones de espuma, avanzando a duras penas con el estertor de sus motores a poca máquina. Se había perdido uno, y cuando un pesquero se pierde no se va un hombre, sino que desaparecen juntos el hijo, el marido, el hermano y los cuñados. Por eso las mujeres enlutadas y los críos estaban allí mirándolos venir, en silencio, intentando adivinar cuál faltaba. Entonces el Piloto, que estaba a mi lado con la colilla a un lado de la boca, las miró de reojo y, discretamente, casi con embarazo, se quitó la gorra. Por respeto.

Otro de mis recuerdos ligados al Piloto es el Cementerio de los Barcos sin Nombre. Una vez me llevó con su lancha allí donde los viejos vapores rendían su último viaje para, ya sin nombre y sin bandera, ser desguazados y vendidos como chatarra. En aquel desolado paisaje de planchas oxidadas, de chimeneas apagadas para siempre y cascos como ballenas muertas bajo el sol, el Piloto lió el primer cigarrillo de mi vida y lo encendió con su chisquero de latón que olía a mecha quemada. Después lió otro para él, y entornando los ojos miró con tristeza los barcos muertos.

-Es mejor hundirse en alta mar -dijo por fin, moviendo la cabeza-, Ojalá nunca nos desguacen, zagal.

8 de mayo de 1994

domingo, 1 de mayo de 1994

Sobre curas y sotanas


Una vez conocí a un cura guerrillero que iba por los montes con escopeta, hasta que se lo cargaron las tropas gubernamentales. Y a otro que tuvo más suerte y llegó a ministro sandinista. También conozco a uno que es maricón y buenísima persona al mismo tiempo, y vive humildemente trabajando en un barrio muy pobre del Sur, a otro que baja cada día a picar a la mina, y a otro más que es capitán castrense y cuando visita su pueblo, donde viste sotana por aquello del prestigio y porque allí vive su madre, se le cuadran los guardias civiles.

Quiero decir con eso que hay tantos tipos de cura como de seres humanos, y que unos llevan sotana y otros no la han visto ni por el forro desde el día de su ordenación. Y es que, según me cuenta otro viejo amigo que acaba de ser nombrado arcipreste -yo creía que ya no quedaban, como el de Hita y todo eso, pero ya ven-, el papa Wojtila ha expresado en diversas ocasiones su deseo de que los sacerdotes vistan sotana cuando se encuentran en acto de servicio, e incluso algunos obispos han hecho circular recomendaciones al respecto.

Quizás, en el fondo, la pérdida de clientela registrada por la Iglesia católica desde la puesta al día del Concilio Vaticano II no se trate de un problema de fe, sino de estética. Hay tiempos en que necesitamos compadres, guerrilleros, visionarios o compañeros de barricada. Y hay tiempos en que necesitamos catedrales, el barroco, las telenovelas, la misa en latín, los conciertos de Madonna, los viajes papales en plan Totus Tuus. O sea, referencias, señales, asideros donde echar mano cuando todo parece irse al carajo. Tiempos en que quizás importa menos la lucidez que el espectáculo, el símbolo que el consuelo. Y tal vez sea ahora, de nuevo, más creíble o más útil un párroco sentado en silencio con su sotana a la cabecera de un moribundo, que otro con su cutre jersey gris y una sonrisita diciéndole: Dios te ama, yupi-yupi, tranquilo, chaval. Ya me contarán ustedes, tal y como está el patio, qué mensaje de consuelo puede transmitir semejante cantamañanas. Al menos el otro, el de la sotana, impone respeto y te obliga a palmar con dignidad.

En fin. Tanto el Papa Wojtila como los obispos son profesionales de su oficio, que es el más viejo del mundo con algún otro, así que ellos sabrán. Después de todo, la sotana ha sido durante muchos siglos símbolo de oscurantismo y reacción, con Torquemada y sus colegas, y con toda la peña que estuvo siglos volviéndose de espaldas cuando pasaban las cuerdas de presos camino del presidio o del paredón. Pero -a Dios lo que es de Dios- la sotana también ha sido aquí estudio, coraje, honradez y progreso, desde los frailes que le daban cuartelillo a un tal Cristóbal Colón, hasta los curas que lo mismo degollaban franceses que se daban después de hostias -nunca mejor dicho, mas no en sentido literal- con las fuerzas de Orden Público por la libertad y el pan de sus feligreses. Sin olvidar a quienes, en la frágil trinchera de sus scriptorium y bibliotecas, se dejaron las pestañas traduciendo, copiando, conservando para nosotros el Conocimiento y la Cultura mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor y, cerril e ingrato, les quemaba los conventos.

A mí, qué quieren que les diga, la sotana como prenda me cae bien. Me revientan, eso sí, quienes a estas alturas hacen de ella una bandera o un uniforme de combate. Ese camino lleva a las hogueras de la Inquisición y a los maestros de escuela asesinados en Argelia. He visto a curas que se llamaban Jomeini llegar como los libertadores, acogidos con entusiasmo por la gente -también por ciertos periodistas españoles que ahora tienen muy mala memoria- y después sumir a un país entero en la noche medieval más reaccionaria y más terrible, convirtiendo en policías, en delatores, a vecinos y parientes. Porque no hay nada más peligroso, más hipócrita ni más ruin que un integrista con poder, o un cura vergonzante infiltrado en la política.

Quizá por eso me inspiran simpatía quienes por voluntad propia o disciplina profesional visten sotana. En este siglo que agoniza de tan mala manera, en esta pulpa irreconocible donde ni siquiera la Iglesia católica, sus ministros y lugares de culto escapan a la vulgaridad y el mal gusto, a uno -a mí, por lo menos- le gusta que la gente esté en su sitio, que un cura parezca un cura y que lleve con dignidad, lo mismo que un bombero lleva la manguera y el casco, aquello que simboliza la trascendencia de lo que representa. Es bueno saber quién es cada cual. Y más en los tiempos que corren.

1 de mayo de 1994

domingo, 24 de abril de 1994

El vil metal


Uno abre los diarios y se entera de que España o para ser más exactos la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, aspira a imprimir el tengue que es la nueva moneda que sustituye al rublo en la república de Kazajistan. Está bien eso de que seamos agresivos en materia de contratos extranjeros, y si además del Kazajistán conseguimos el Beluchistán y el Azerbaiyán, y en los ratos libres le seguimos dando a la manivela y salen unos cuantos marcos alemanes, para qué les voy a contar. Los billetes de banco hechos en España suelen ser bastante bonitos y se pueden enseñar por ahí con la cabeza muy alta, incluso los de 2.000 pesetas, que llevan a la derecha la efigie de José Celestino Mutis, patriarca de la Botánica hispana, y a la izquierda la firma de Mariano Rubio, ex gobernador del Banco de España. (No sé si sitúan ustedes a don Celestino, pero seguro que se acuerdan de don Mariano).

Es bueno eso de imprimir moneda extranjera, porque proporciona ingresos al Tesoro y trabajo a dibujantes y operarios. También da prestigio, y justo a eso iba. Porque si además de papel este asunto incluye acuñación metálica, aviados están los kazajos. Si algo distingue a nuestras monedas en los últimos doce años, es su carácter perfectamente horroroso dentro de la más estricta anarquía.

Desconozco los criterios que la FNMT aplica a la hora de elegir dibujantes y diseñadores de tan pésimo gusto, pero me los imagino. Y no me gusta nada lo que imagino. En este país cualquiera vale para cualquier cosa, y todo el mundo tiene un amigo -yo un primo segundo, sin ir más lejos- que dibuja, y diseña, y toca de oído, y lo mismo guisa un estofado que le saca brillo al copón de Bullas. Los estofados y las procesiones de Semana Santa nos salen de maravilla, es cierto. Pero tenemos, con mucho, las monedas más feas y variopintas de Europa, hasta el punto de que el muestrario nacional parece la ventanilla de cambio de una casa de putas.

Échenle un vistazo al bolsillo y vean si exagero. Cada vez que viene un amigo de afuera y lo llevo a tomar unas cañas, manifiesta su desconcierto ante dos hechos capitales: que no haya dos españoles que pidan el mismo café, y el caos de monedas que en España consideramos de curso legal.

Por ejemplo: en el momento de teclear estas líneas, el arriba firmante posee una peseta minúscula de níquel, otras más grandes del Mundial de Fútbol y otra con la cara del Rey en el anverso y la gallina imperial en el reverso. En cuanto a duros, tengo tres: un duro enano y confuso en el que se descifra con dificultad un 5 -creo que en algún sitio pone pesetas-, otro del Rey joven con una pelota de fútbol, y otro de Franco en edad provecta. En cuanto a monedas de cinco duros también dispongo de amplia variedad, en la que destacan una cosa con agujero donde pone Expo, otra con otro agujero que reza País Vasco, y otra de Barcelona 92. Amén de las piezas grandes con el escudo real, una, y el Generalísimo -de perfil, cincuentón, en plena forma- en la otra.

Pero no crean que para ahí la cosa. Porque estaba yo con las 100 pesetas -la dorada con el escudo constitucional y el Rey me parece la más correcta de todas- cuando me tropiezo con un Camino de Santiago que incita abiertamente a elegir otro camino. Después aparece a traición, con el mismo tamaño, una de níquel de 2 pesetas de 1982 que no me atrevo a usar por si resulta que es falsa. Y en cuanto a las de 50 -el Mundial, Franco, el Rey, la Biblia en verso-acabo de estar a punto de tirar una moneda de color plateado, creyéndola machacada en los bordes por algún desaprensivo. Pero resulta que me fijo y es pieza de 50, nuevecita, con un singular cuño de misteriosas muescas alrededor, que reza Extremadura y me pregunto qué habrán hecho los extremeños para merecer tan cruel venganza.

Tampoco tiene otra explicación el turbio ajuste de cuentas con la Institución monárquica que me echo a la cara con otra pieza enana de doscientas, que luce -es un decir-una efigie regia perpetrada por indudable mano republicana. Moneda, por cierto, que convive en mi bolsillo con otra de idéntico valor, donde un oso y un madroño nos aseguran, bajo su exclusiva responsabilidad, que Madrid fue en el 92 capital europea de la Cultura.

Es como para volverse majara. Imagínense ser ciego en España y tener que identificar todo eso al tacto, día tras día, en un quiosco de la ONCE. Nunca pareció tan vil el vil metal.

24 de abril de 1994

domingo, 17 de abril de 1994

Sobre analfabetos y cafés


El viejo café Zurich de Barcelona está condenado a muerte, y esta vez la sentencia es inapelable. Ciertos lugares y establecimientos resultan incompatibles con el tiempo en que vivimos, y el Zurich pronto seguirá la triste suerte del Oro del Rhin, La Luna, el Lyon de Madrid y tantos otros: convertirse en hamburgueserías o bancos. Símbolos de la convivencia de tertulia, reductos cosmopolitas de la tradición y la cultura, los antiguos cafés españoles siguen muriendo uno tras otro, y no se puede cruzar el umbral de los últimos supervivientes -el Gijón de Madrid, el Ca'n Tomeu de Mallorca, el Novelti de Salamanca- sin la incómoda sensación de que también sus días están contados.

Si la conservación de cafés antiguos fuese un criterio de nivel cultural, en España seríamos analfabetos. El enunciado, brillante, no es mío, sino de un amigo. El amigo se llama Jean Schalekamp, y es uno de esos hombres del norte, escritor por más señas, que un día deciden adoptar la patria mediterránea y se quedan en ella para siempre. Vive desde hace muchos años en Mallorca y allí, en la soleada paz de su estudio, me hace el honor de traducir mis novelas al holandés. A Jean le gusta sentarse en las terrazas y en los cafés a ver pasar la vida, y en los últimos tiempos dirige una particular cruzada: una asociación en defensa de esos viejos recintos contra la especulación y la piqueta. Se llama Amics deis Café y es una causa perdida, por supuesto. Pero ninguna causa tendría encanto sino peleáramos por ella hasta quebrar el sable, incluso poseyendo la certeza de que estamos vencidos de antemano.

La idea de Jean es que los cafés españoles con larga y noble tradición, aquellos que han sabido conservar su casticismo y su sentido histórico, sean declarados patrimonio cultural bajo la protección de los ayuntamientos o el Estado. Y que a cambio se les impongan estrictas normas de conservación, decoración y ambiente. A fin de cuentas, un café es un microcosmos denso y cálido, un foco intelectual de comunicación humana, que forma parte de la cultura viva de una ciudad tanto como los teatros, los museos, o las salas de conciertos.

Esto, que para sorpresa de mi amigo holandés es necesario explicar a todo el mundo en España, en otros lugares de Europa resulta tan obvio que nadie plantea siquiera la cuestión. París, como puede atestiguar el señor De Vilallonga unas páginas más adelante, no sería París sin el Flore, La Paix o Les Deu Magots. En el Greco de Roma tomaba café, entre otros, Stendhal, y ése es motivo suficiente para que siga abierto y cuidado como un santuario. En cuanto a Viena, que tiene los más hermosos cafés del mundo, el Sacher, el Braüenerhof, el Schwarzer, el Dommayer y los demás se miman y conservan como lo que son: auténticos tesoros del patrimonio nacional. Un patrimonio que se inscribe en el ámbito europeo y en el de la cultura universal, como comprende uno cuando ve a 400.000 japoneses que, en la puerta, con reverencial respeto, mueven la cabeza y dicen hai mientras hacen fotos.

Decir que somos unos notorios imbéciles no supone, a estas alturas, descubrir el Mediterráneo. Los españoles nos estamos ganando a pulso el café en vasos de plástico y las camareras con gorrito multicolor en vez de viejos, sabios e impasibles camareros de toda la vida. Aquí confundimos demasiado fácilmente tradición con reacción, memoria con inmovilismo, y pendientes del eterno que dirán y del no vayan a creer que yo, aceptamos alegremente la orfandad estéril a que nos condenan los políticos que aspiran a que su mujer parezca Hilary Clinton, los ministros de Cultura que gastan millones en campañas de diseño en vez de mandar libros a los colegios, la televisión que recurre a modelos ajenos, los bancos, las cadenas de hamburguesas, las pizzerías a la americana, las gilipolleces que estamos obligados a escuchar cada día. Y justo cuando miles de turistas norteamericanos acuden a la vieja Europa en busca de sus raíces y los ecos de su antigua cultura, nosotros nos vestimos de neón y colorines para imitar, sobre los escombros de lo que fuimos aquello de lo que precisamente ellos huyen.

¿Saben lo que les digo? Me encanta ser español. Me encantan las terrazas al sol y las tertulias entre humo hasta la madrugada. Por eso rompo hoy esta lanza por los antiguos cafés, que son, como mi amigo Jean Schalekamp y yo, carne y sangre y semen del Mediterráneo y de la vieja Europa. Y a las hamburgueserías y a los bancos, que les vayan dando.

17 de abril de 1994

domingo, 10 de abril de 1994

El filo de la navaja


Tuvo que ser la pera. Y confieso que al principio no lo comprendía. En el colegio, cuando estudiaba Historia de España, y más tarde como lector adulto, siempre me acerqué desconcertado a los vaivenes y querellas internas que salpican -pleitos, contiendas civiles, sangre de amigos y vecinos- nuestros siglos de existencia. Al tierno infante que yo era le resultaba odioso y extraordinario que, por un quítame allá esos agravios, el tal Don Julián le abriese a los moros la puerta de atrás para reventar al rey don Rodrigo y, de paso, poner la Península patas arriba. Me escamaba tanto antiguo castillo demolido, no por los enemigos, sino por orden del rey. Y me extrañaba mucho que jefes y capitanes con nombres sonoros, gentes ilustres que habían dado a la Corona tierras, riquezas y gloria, terminasen acuchillándose entre sí allá en las Indias, cuando no arcabuceados por la espalda o ahorcados por sus propios monarcas.

Pero después uno se hace mayor y comprende. Igual que la Historia esclarece el presente, también nuestro presente explica los sucesos del pasado. Basta echar un vistazo alrededor, leer los diarios, escuchar las tertulias de la radio, tender un poco la oreja en la calle, en la oficina, para captar las claves del asunto. Hemos sido lo que somos, y también somos lo que fuimos, en este país donde el pecado capital no es el orgullo, ni la pereza -erraban los turistas románticos- , sino la envidia y su brazo armado, la maledicencia. En este país donde, para el sol, es pura rutina perfilar la sombra de Caín. En este país que se reconoce no en los lienzos de Velázquez sino en los de Goya, donde las espadas siempre terminan fundiéndose para forjar navajas cachicuernas. En este país que prefiere perder un ojo con tal de que el vecino pierda dos, y donde lo grave no es el insulto, la descalificación o la calumnia, sino la cantidad de hijos de puta que se lanzan sobre ello como una jauría, encantados de que pudiera ser cierto.

Si a todo eso sumamos, amén los correveidiles y los parásitos que viven de mirar, el hecho de que nuestra cepa abunde en noventa y nueve Sanchopanzas por cada Quijote que alumbra, vemos perfilarse claro el panorama. A esa luz puede uno, con los años, entender muchas cosas. Desde Viriato acuchillado en su tienda por los capitanes vendidos a Roma -y seguro que el oro fue lo de menos en el asunto- hasta Tarik y Muza, Riego metido en un cesto del suplicio, los Copons, Fornet, Mañas y Balcells de las compañías almogávares acuchillándose entre sí cuando no tenían turcos o bizantinos que les despertaran el ferro, o las tropas nacionales ganando batallas mientras, en la retaguardia, anarquistas y comunistas , por ejemplo , se fusilaban unos a otros con ese particular esmero que siempre ponemos los españoles , en la hora de nuestras íntimas carnicerías.

En cuanto a lo de América, aquello tuvo que ser como para sacar nota. Imagínense ustedes al personal, esos segundones castellanos o extremeños, bravos como toros de lidia, sin nada que perder y buscándose la vida lejos de autoridades y reyes. Esos Pizarro, Almagro, Cortés, Núñez de Balboa, aliándose y traicionándose unos a otros, montándoselo a su aire, escribiendo cartas a España a ver quien llegaba antes que el adversario, delatando a quien les hacía sombra, tendiendo emboscadas, entre virreyes y emisarios que iban y venían con orden de prisión para uno, de libertad para el otro, de confiscar los bienes de aquel o ahorcar sumariamente a Mengano. El rey Nuestro Señor trincando el oro y la plata con una mano y firmando la prisión o la ejecución con la otra, con los consejeros susurrándole al oído que si el tal Cortés se pasaba de listo, que si el tal Pizarro ya me entendéis, Majestad.

Sin embargo, también eso es España. También eso tiene su especial grandeza, aunque a veces sea retorcida e infame. Siempre dispuestos a disparar el trabuco, es precisamente ese ciego encono, nuestra flagrante mala sangre de emboscada y navajazo, la que nos hace tan duros y peligroso. Lo que talla a golpe de hacha -a menudo de verdugo- los peldaños de nuestra Historia, que no es sino un largo ajuste de cuentas. Los españoles no hemos estado jamás a gusto en nuestra piel, y por eso envidiamos y apuñalamos tanto: para desquitarnos. Quizá no sepamos vivir, pero seguimos -miren alrededor- sabiendo odiar y matar como nadie. Que recuerden eso los aprendices de brujo; los irresponsables que juguetean con la tapa de la caja de la truenos y se pasean alegremente, como si esto fuera Suiza, por el filo de la navaja.

10 de abril de 1994

lunes, 4 de abril de 1994

Perfume de mujer fatal


Ahora le ha dado a todo el mundo por llamarlos grandes superficies, quizás porque suena más técnico, más profesional. A mí, llamar grandes superficies a lo que siempre fueron grandes almacenes me parece una chorrada notoria; pero en este país oímos tantas al día, que da lo mismo. Hace una semana escuché a un ministro hablar de la filosofía del partido. Si hubiera sido más imaginativo, habría podido por ejemplo, acuñar el término filosofía operativa, y en el acto todos los políticos y los empresarios dinámicos, los banqueros y los sindicalistas, se habrían lanzado sobre el término, y a estas alturas tendríamos filosofía operativa hasta en las declaraciones de los entrenadores de fútbol: Nos metieron cuatro a uno porque Juanita no asimiló la filosofía operativa. Y cosas así.

Respecto a los grandes almacenes, vaya por delante que nada tengo contra su existencia. Me gusta perderme por ellos, mirar cosas, observar a la gente y a las dependientas de las secciones de perfumería, que siempre huelen a mujer fatal. Antes, incluso me divertía mucho haciendo gestos sospechosos con las bolsas para que llegaran los de seguridad y metieran la pata al decirme oiga usted; lo que pasa es que ahora les suena mi careto y ya no pican. Con todo esto quiero decir que los grandes almacenes son divertidos y conoces gente. A mí me caen simpáticos, y compro en ellos los tejanos, las cintas de vídeo, los disquetes de ordenador y cosas así. Pero no me ciega la pasión.

En España, la competencia de algunos grandes almacenes estrangula a los pequeños comerciantes. Crecen y crecen y se multiplican como en las películas de terror y ciencia ficción, mientras los pequeños, incapaces de competir ni en precios ni en el aspecto visual de la oferta, palman uno tras otro o sobreviven a duras penas. No hay zonas delimitadas como las antiguas reservas comanches, ni cascos históricos ni barrios tradicionales a respetar. El asunto escuece, sobre todo, en los centros tradicionales de las ciudades, donde el pequeño comercio local, amén de dar de comer a las familias que a él se dedican desde hace años, proporciona vida a las calles. Y cuando el pequeño comercio desaparece, ya saben lo que nos queda. Desoladas manzanas de oficinas y bancos con muchos vigilantes jurados en la puerta. Un paisaje frío, hostil, muy de nuestro tiempo.

Mienten como bellacos quienes sostienen que eso es inevitable. Uno se da una vuelta por Lisboa, por algunos barrios de París, por cualquier ciudad italiana con cierto sentido del orgullo local, la estética y la vergüenza torera, y comprende que no en todas partes cuecen las mismas habas. En muchos sitios la implantación de grandes locales comerciales se concede de modo racional, con cuentagotas, en las afueras, o no se tolera en absoluto, precisamente para evitar que las calles y barrios tradicionales pierdan su ambiente, su sabor y su vida. Nadie verá un cartel de hamburgueserías norteamericanas en el casco antiguo de Venecia, aunque las haya, ni unos grandes almacenes en la plaza de Vosgos de París. Mientras que en España, cualquier japonés, cualquier francés o cualquier fulano le sugiere a un alcalde montar un híbrido de Disneylandia y Galerías Lafayette en la plaza Mayor de Madrid o en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, y las corporaciones municipales y los ministros y consejeros de industria se abren de piernas en el acto porque eso suena a inversión, sin que nadie se moleste en hacer estudios de las repercusiones a largo plazo, turismo, economía local o puro buen gusto que la cosa va a traer consigo.

Nos quejamos de que los viejos barrios, las hermosas calles de nuestras antiguas ciudades, se mueren cada día. Pero somos nosotros quienes tenemos la culpa. En vez de seguir también fieles a los ultramarinos de la esquina, comprar algunos libros en la librería de toda la vida, o seguir encargándole chuletas al carnicero Manolo, damos nuestra particular exclusiva al supermercado, a los grandes almacenes, a la tienda de moda de tal o cual cadena internacional, porque es más cómodo, más divertido.

Porque tiene más filosofía operativa. Y los ultramarinos, y la librería, y el carnicero acaban cerrando para que, a cambio, las acciones de Supertodo coticen en bolsa. O, lo que es peor, para que Jean-Louis Lechón, director general de Alosanfán S.A., se compre un yate en Niza, Tadamichi Juribayasi cambie de residencia en Osaka, o Douglas Morris sea elegido hombre del año por la revista Time. Y a mí, que quieren que les diga, eso me pone de muy mala leche.

3 de abril de 1994

lunes, 28 de marzo de 1994

El insulto


En España ya no se insulta como antes. Aquí, en otro tiempo, el insulto consistía en un desahogo, un acto de violencia verbal donde se vaciaban el estómago y el corazón. Un español tomaba aire y vaciaba en una frase, en una palabra restallante como un latigazo, toda la inquina y la mala leche acumulada en siglos de degüello y odios fratricidas, de impotencia, opresión, ignorancia, envidia, orgullo y barbarie. Cuando en este país alguien insultaba lo hacía de modo solemne, consciente de que se jugaba el tipo y aquello podía terminar en el juzgado de guardia, en el hospital o en el cementerio. El español que recurría al insulto lo hacía de verdad. Y a ninguno interesaba insultar por frivolidad.

Uno se percataba de eso al oír a los guiris insultarse en su lengua. Un súbdito de Su Graciosa Majestad, por ejemplo, discutía con otro y cuando le decía stupid era ya el colmo. Hasta el fuck you de los yanquis sabía a poco. En cuanto a Europa, dos franceses se liaban, es un suponer, porque uno le había echado al otro ceniza de Gitanes en el fuagrás, y se decían el uno al otro cretin, con cocu y cosas así. Cocu, por ejemplo, sonaba a perfecta mariconada en comparación con aquel sonoro cabrón español. Y en cuanto a Italia, qué les voy a contar. Un milanés sorprendía a su legítima en el catre con un oficial de carabinieris y todo lo que se le ocurría era decirle a ella puttana, que convendrán conmigo ni suena a insulto ni suena a nada, mientras que en castellano podía elegirse sin problemas, entre un amplio repertorio: pendón, mala zorra, chocholoco. O cacho puta, sin ir más lejos. Prueben ustedes a decir eso en francés y comprenderán de qué les hablo.

Y es que antes, en España, todo aquello tenía paladar, como los buenos riojas. Aquí el insulto era algo sonoro e inapelable; una declaración de principios que te llenaba la boca. Le mentabas la madre a alguien y te quedabas en la gloria, porque en ese acto ajustabas cuentas con él y con el Universo. No es casual que las otras lenguas españolas, a la hora del insulto, sigan recurriendo a menudo al castellano como arma ofensiva más eficaz que las correspondientes palabras vernáculas.

Pero en los últimos tiempos también eso se ha devaluado. Basta tender la oreja para comprobar que esa agresión verbal tradicional y castiza ya no es lo que era. A fuerza de uso, las palabras pierden sentido y se convierten en caricaturas de lo que fueron; en ecos inertes de lo que, antaño, hacía que la sangre llegara al río por un quítame allá esas pajas o eso no me lo dices en la calle.

Denle si no, para comprobarlo, un repaso a la lista. Uno escucha a diario intercambios verbales que antes habrían terminado, cuando menos, en la comisaría más próxima, y que ahora dejan a la gente tan tranquila. Hasta no hace mucho, cuando alguien decidía llamar imbécil a otro estaba dispuesto a encajar las consecuencias inmediatas del asunto. Ahora cualquiera puede llamarte cualquier cosa, cabrón por ejemplo, con un alto porcentaje de impunidad, y hasta tu mejor amigo puede saludarte con un hola, gilipollín. En este país nos han descafeinado hasta los insultos de toda la vida.

En cuanto al epíteto español por excelencia, qué es voy a contar. Aquí ya no se da nadie por aludido. Un conductor de un automóvil se oirá llamar hijoputa media docena de veces al día, sin por eso bajar del coche y liarse a guantazos en los semáforos -pasividad, por cierto, que resulta loable y civilizada, aunque aburridísima-. Para que el insulto aún surta efecto, ahora no hay más remedio que pronunciarlo despacio y claro, dándole trascendencia en el tono, y a ser posible con la preposición de. Porque ya no es lo mismo decirle a uno hijoputa así, de corrido, como quien no quiere la cosa, que vocalizar bien hijo de puta, o mejor hijo de la gran puta, con una pequeña y precisa explosión labial en la p, que es donde está el nudo de la cuestión.

Como tantas otras cosas, insultar en España se ha vuelto ya un quiero y no puedo. Hasta para insultar hemos perdido la imaginación, la originalidad y la memoria. Quizá por eso me inspiran tanta simpatía el trasnochado lenguaje, los rotundos vocablos que José María Ruiz-Mateos esgrime como armas arrojadizas en sus agresiones varias. Esos infame, canalla, malandrín, bellaco, que con tan precisa soltura maneja, me reconcilian un poco con el personaje. Ruiz-Mateos es el único que, en estos tiempos de anestesia, devaluación y vulgaridad, sigue insultando en España como Dios manda.

27 de marzo de 1994