domingo, 26 de febrero de 1995

Menos mal que fue allí


Estas semanas pasadas estuve viendo en la tele cómo se les encharcaba el paisaje a los holandeses, ya saben, que si los ríos y los polders y demás, con el agua por el techo y el personal remando en la calle. Como en Venecia, pero más rubios y más cabreados. Y se admiraba uno de la disciplina y la formalidad con que allí encaraban el asunto: los de Protección Civil arriba y abajo con sus zodiacs recién hinchadas y sus walkie-talkies que funcionaban, los militares poniendo sacos de arena a diestro y siniestro, las zonas de peligro debidamente señalizadas, los decenas de miles de damnificados atendiendo las indicaciones de las autoridades, pendientes de la radio y la televisión para recibir instrucciones, en filas ordenadas para la ayuda correspondiente, etcétera. Por no hablar del impecable alojamiento en limpios albergues, colegios y gimnasios, cada niño salvado con su perrito y su hámster, y los voluntarios de la Cruz Roja tirándose al agua para rescatar a las gallinas que se llevaba la corriente. O sea, que les salió de cine.

Yo no sé si la gente en los países del norte de Europa es más solidaria, o disciplinada, o responsable, ni maldito lo que me importa. La verdad es que tienen que aburrirse horrores con tanta asepsia y tanta formalidad, con los policías ayudando a las ancianitas, los niños en bicicleta, los canales con semáforo, y las putas sindicadas y haciendo calceta detrás de los escaparates con visillos primorosos y la pegatina de Visa y American Express en la puerta, Pero de lo que sí estoy seguro es de que, en las crisis, el sistema les funciona como un reloj. Lo mismo para gasear judíos, es un suponer, cuando la cosa les llega por conducto jerárquico y con todas las pólizas correspondientes, que para fabricar Volvos y premios Nobel, ponerle el sol por las bravas al imperio de los Austrias, o para organizarse en los túneles del metro cuando a un general gringo se le ocurre carbonizar Dresde para el cumpleaños de su hijita Jenifer. Al final, como en Holanda, siempre es la disciplina y la eficacia lo que los salva. Fíjense si no, en el detalle de que, a pesar de tantos cientos de miles de desplazados y tanto desparrame, en las inundaciones sólo hubo un muerto, creo. Y de casualidad. Y ahora imagínenselo aquí.

O sea. Que de tanto sacar santos y vírgenes en rogativas para que llueva, resulta que se desborda el Ebro, o el Mar Menor, y se va todo a tomar por saco. No vean qué telediarios. La gente chapoteando para salvar el Ford Fiesta de la riada mientras en TVE el pobre Matías Prats Jr. asegura que tranquilos, no pasa nada, con las gotas de sudor cayéndole como puños. Y Carrascal, en la otra y a lo suyo, gritando inmersión, inmersión, y esto se veía venir desde que Franco era cabo.

Eso, en lo que se refiere a la tele.

Ahora, sobre el terreno, el agua llevándose todas las ovejas de Extremadura, los bomberos de Comisiones en huelga y los de UGT en plan borde por lo de la PSV, los walkies de la Guardia Civil con las pilas sulfatadas -la última contrata de pilas la negoció personalmente Roldan-, y los soldados insumisos diciéndole al general que en el barro se va a meter su puta madre. El ministro Borrell ahogándose porque nadie le avisa de que ya no hay puente, y se caen al río él, cuatro escoltas y los ochenta y cuatro periodistas que casualmente lo acompañan ese día, cuando acude a solidarizarse con los damnificados, A todo esto, Sabino en plena tajada sugiriendo que se moje el rey -no sé si captan mi astuto juego de palabras-. Nieves Herrero haciéndose cargo del asunto.

Radio Nacional de España abriendo los informativos con la grave situación en Chechenia. Aznar con flotador de patito -«no queremos señalar, etcétera»- mientras nada y guarda la ropa. El honorable Pujol asegurando, en subtítulos, que estas cosas ocurren cuando la opresión madrileña mantiene su bota claveteada en el cuello de las autonomías, y aprovechando para exigir -y obtener- la declaración de zona catastrófica para Cataluña aunque la inundación haya sido en Albacete. Y un mazo de manijas con mochos de fregar y botas de agua cortando el tráfico para decir que la culpa de que se haya ahogado su Manolo la tiene el PSOE, mientras preguntan si viene Lobatón, Felipe, dimite, el clima no te admite. O sea, una vergüenza. Además, siete mil quinientos muertos, sin contar los trescientos turistas que pasaban por allí buscando el sol de España. Las indemnizaciones podrían cobrarse algo después de las correspondientes a la presa de Tous, o sea, hacia el año 2039 después de Cristo. After Christ, para los palmados guiris,

Menos mal que fue en Holanda.

26 de febrero de 1995

domingo, 19 de febrero de 1995

La noche de autos


El tic tac del reloj sobre la mesilla de noche lo mantenía despierto. Inclinó un poco la cabeza sobre la almohada, lo necesario para escuchar la respiración pausada de la mujer que dormía a su lado, y después estuvo un largo rato muy quieto, con los ojos abiertos en la oscuridad. Contó hasta trescientos tic tacs, y luego oyó sonar, a lo lejos, dos campanadas en el reloj del ayuntamiento. Eran las dos de la madrugada y, salvo el latir del despertador y la respiración a su lado, en la almohada, el silencio de la casa era absoluto. Todos dormían.

Se incorporó despacio, con toda la cautela posible en su cuerpo limitado por la artritis, la fibrosis pulmonar, las goteras de setenta y cinco años largos. Setenta y seis en noviembre, si llegaba. Sintió el frío del suelo en la planta de los pies y buscó las zapatillas a tientas en la oscuridad. La tensión le hacía batir la sangre en los tímpanos como el parche de un tambor cuando, con un último esfuerzo, se levantó centímetro a centímetro de la cama. Crujió el somier mientras la mujer se removía, inquieta, y pronunciaba algunas frases ininteligibles. El permaneció así, inmóvil, angustiado, observando con ansiedad el bulto oscuro en la penumbra, hasta que la respiración de ella recobró el ritmo tranquilo. Sólo entonces avanzó unos pasos y, siempre a tientas, se puso la bata de felpa sobre el pijama. Después salió al pasillo y cerró la puerta.

Era jugársela, y lo sabía. Reflexiono una vez más sobre aquello con la espalda apoyada en la pared, sintiendo la opresión del costado, la aspereza de los pulmones, el dolor en las articulaciones. Pero ya no podía soportarlo más. Estaba harto de la presión a que se veía sometido día tras día; al límite de tanta recriminación absurda, de tanta incomprensión e intolerancia. Que si papá esto y que si papá lo otro. Que si en un hospital o un asilo tendría usted que verse, para saber lo que vale un peine. Etcétera. Unos nazis es lo que eran, desde el primero hasta el último. Desde su mujer hasta el cabrón de su hijo Manolo. Nazis sin consideración y sin conciencia.

Llevaba días meditando aquel plan. Y ahora que estaba a punto de ejecutarlo, sentía la excitación de los viejos tiempos, cuando él era joven, y el mundo era grande, y lleno de promesas, y todo era posible. Cuando la vejez no era sino un fantasma impreciso, distante. Cuando él aún era dueño de su destino, en vez de prisionero, como ahora, de la supuesta piedad filial, el pensamiento lo enardeció, y la taquicardia se le puso en ciento veinte. Había cruzado el Ebro con la 223 Brigada mixta, el agua por el pecho y los nacionales dando candela desde la otra orilla, con dos cojones. Y aún era un hombre de los que se visten por los pies. Un hombre libre.

Al pasar junto a las ventanas, la luz de la luna recortaba su silueta en el pasillo. Recorrió la casa en silencio, asomándose con cautela a sus habitaciones, echándoles un vistazo uno por uno. Al hijo mayor, la nuera, la otra hija, los canallicas de los nietos. Todos dormían a pierna suelta, ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir. Sólo ante la cuna del más pequeño sintió vacilar un momento su determinación. Solían enarbolarlo como bandera a la hora del chantaje. Mire usted a su nieto, papá. Aunque sólo sea por él. Y era cierto. Le habría gustado verlo crecer, llevarlo de la mano e indicarle los escollos de la vida, la pleamar, la resaca final en la orilla de la soledad y del recuerdo. Pero ni siquiera por el nieto merecía la pena soportar aquello.

Se acercó a la cama del hijo mayor y durante un largo rato escuchó su respiración tranquila. Después, a tientas, fue hasta la percha donde estaba colgada su ropa. Al redoble de la sangre en los tímpanos se aceleró, semejante a cañonazos. Si alguien se despierta, pensó, estoy listo de papeles. Pero ya no podía volverse atrás. Alea facta est, que dijo aquel fulano en situación parecida. No se llega tan lejos para volverse atrás, así que introdujo la mano en los bolsillos de la chaqueta de su hijo, tanteando hasta dar con el tabaco y el mechero. Después se fue despacito, sin hacer ruido, a encerrarse en el cuarto de baño. Allí abrió la ventana y encendió un Ducados. Era su primer pitillo en un año. Aspiraba el humo lentamente, con deleite, preguntándose qué dirían los médicos, su mujer, sus hijos y la nuera, si pudieran verlo allí, fumándoselo ante el espejo, Entonces hizo una mueca burlona y sonrió, feliz. Que se fueran todos a la mierda.

19 de febrero de 1995

domingo, 12 de febrero de 1995

Los que no se estiran


Tuve amigos que ya no lo son, porque eran demasiado lentos a la hora de pagar una copa. Fulanos de esos a quienes la llegada del camarero con la cuenta del bar o del restaurante sorprende siempre con la atención puesta en otro sitio, o buscándose una cartera o unas monedas que no encuentran, o mirándote indecisos, cual embargados por duda metafísica. Claro que aún puede ser peor. Está el que abre la cartera, te mira a los ojos muy serio y dice aquello de: Vamos a medias, ¿no? Los hay de todo tipo y pelaje. Desde el que siempre apunta eso de la próxima corre de mi cuenta, pero nunca llega la próxima, hasta el especialista en pagar las cañas sólo cuando la siguiente ya es etiqueta negra. O el que te invita a cenar con dos señoras, y al llegar la cuenta sugiere que cada cual, incluidas las señoras, se pague su parte; y es tanta la vergüenza ajena, que al final dices venga, déjalo, hombre, no te preocupes, de verdad, ya pago yo, hijo de la gran puta. Que la próxima vez va a cenar contigo el mercader de Venecia. Hay también una variedad más sofisticada; la del que se deja invitar cinco o seis veces seguidas, y cuando por fin ya no tiene escapatoria -ha llegado la factura y tú, con las manos encima de la mesa, lo estás mirando- hace el gesto de sacar la cartera, cuenta muy serio los billetes, esboza un rictus de contrariedad y deja que le prestes tres o cuatro mil pesetas, que no le alcanza.

No es nuestro pecado capital, y me alegro. Tal vez por eso, porque a la hora de estirarnos en la barra del bar somos un pueblo generoso y buena gente, este país llega a ser soportable y los guiris, cuando vienen, se quedan encantados. Que si no, de qué. Yo diría que el nuestro es el único lugar del mundo en que un forastero con amigos locales o un turista en buenas manos pueden recorrer todos los bares de Madrid, de Sevilla, de Bilbao, noche tras noche y sin que le permitan gastarse un duro. Aquí, pagar una copa no parece una obligación, sino un honor mezcla de hospitalidad y de chulería en pían vamos anda, guárdate eso ahora mismo. Otros seis tintos, Manolo, y unas tapitas. Nos ha jodido aquí, el alonsanfán.

Y entre aborígenes, tres cuartos de lo mismo. Cuando andaba muy tieso de viruta, uno de los chorizos habituales en La Ley de la Calle -aquel programa marginal de putas, delincuentes y presidiarios, que estuvo cinco años en antena hasta que se lo cargaron Jordi García Candau y Diego Carcedo en cuanto le dieron el premio Ondas-, empalmaba navaja y daba una siria en cualquier esquina antes de ir al estudio de RNE, a fin de pagar una ronda cuando nos íbamos de copas después de la emisión. Porque en eso de preguntar qué se debe, como en muchas otras cosas, los humildes y los desgraciados tienen dignidad y vergüenza torera. Más que los directores generales, la presunta gente de bien, los políticos y los meapilas.

Porque ya me dirán ustedes. En España se perdona todo menos cortarse a la hora de pagar las copas, y por eso anda espeso el ambiente. Aquí resulta que cierto personal ha estado tirando de fino La lna y lonchas de pata negra, venga palmas para acá y para allá, ozú los enanos de Tafalla, la gente guapa y la porcelanosa biutiful y la madre que la parió, y venga a contratar guitarristas y cuadros flamencos y lavanda inglesa de Gal. Y resulta que ahora, después de haberse calzado, ellos o sus compadres, todas las botellas del bar, los fulanos se escaquean sin pagar la factura que presenta el camarero. Y te quedas patidifuso viendo cómo dejan pagar a todo el mundo sin echar ellos mano a la cartera, mirando hacia otro lado, imperturbables, como si las quince mil de la dolorosa no fueran con ellos.

Y eso sí que no. Porque la gente bien nacida es la que da con los nudillos en la barra y pregunta qué se debe. Y aunque sean los últimos mil duros, uno los saca, los pone encima de la mesa y se va con la cabeza muy alta y sin descomponer el gesto, sin montar números ni hacer alardes ni buscarse coartadas. Se paga la cuenta tanto si el vino salió bueno como si salió malo, porque así debe entrar y salir uno en los bares de España. Quizá por eso Mario Conde me cae bien ahora; por el temple con que abona sus copas sin perder la compostura y sin pestañear. Deberían aprender de él, y de mi amigo el que sirlaba en las esquinas para pagar su dignidad y nuestras cervezas, todos esos borrachos miserables que salen tambaleándose del garito a vomitarnos en la acera, intentando que haya suerte y la factura la paguen otros.

12 de febrero de 1995

domingo, 5 de febrero de 1995

Linchadores natos


A una niña de cuatro años cuyo padre -o madre, qué sé yo- murió de Sida, le han estado haciendo la vida imposible en el colé sus amiguitos y los papas de sus amiguitos y la sociedad en la que viven honorablemente las familias de sus amiguitos, a pesar de que tiene la sangre limpia como una patena. Ese linchamiento preventivo se ha llevado a cabo así, en frío, en virtud del viejo principio de más vale un por si acaso que un quién lo iba a decir. Así que imagínense lo que habría ocurrido si, además, la pobre enanita apestada resulta seropositiva con análisis y con papeles con el tampón de inmunodeficiencia adquirida en mitad de la frente. La última vez que tuve noticias del asunto fue hace un par de semanas, e ignoro en qué habrá terminado la cosa. Porque ésa es otra. Aquí mucha primera página y mucho telediario, pero en cuanto la gente se aburre del asunto, a otra cosa mariposa. Es como esos dos pobres vejetes del piso embargado por las veinte mil cochinas pesetas del televisor. Mucha solidaridad y mucha gaita, pero me juego la tecla Ñ del ordenador a que, en cuanto pasen de moda y los vecinos vuelvan a sus casas y todo el mundo se relaje, una madrugada llegará el del juzgado con unos antidisturbios y en cinco minutos estarán en la calle, y vete a reclamar al maestro armero.

Bueno. Les estaba hablando de la niña presunta y de los hipocondríacos paterfamilias que azuzaron a sus hijos contra ella. Y estaba por preguntarme quién fue el imbécil que dijo eso de que España es tierra de Quijotes. O aquel jenares no tenía ni la más remota idea de en qué país se jugaba los cuartos, o nos estaba pintando el amoto de verde. Como mucho, a lo mejor eso de Quijolandia era antes, y según y cómo. Lo que los españoles hemos sido siempre, incluso en los mejores momentos de nuestra historia -bellos motines y heroicas asonadas-, es una pandilla de Sanchopanzas analfabetos, insolidarios, proclives al escopetazo cainita con posta lobera, que sólo encontramos unidad a la hora de la envidia, el degüello o el linchamiento. Porque hay cosas que en este país desgraciado podemos hacer fatal; pero aquí envidiamos, degollamos y linchamos a la gente como nadie. Y lo que más encona el asunto, lo que más energía imprime a la mano que abre la navaja o empuña la piedra de lapidar, es nuestro propio miedo. Nuestra presunta ignorancia.

Eso antes era una excusa. Quiero decir que aquel pobre, valeroso y miserable animal de bellota que empalmaba la navaja para degollar franchutes más o menos ilustrados, y luego se uncía al carro del mayor hijo de puta que ciñó corona en España para gritar ¡Vivan las caerías!, carecía de información y de medios para el análisis crítico, y así fueron las cosas. Pero en estos tiempos ya nadie puede esgrimir la coartada que siempre permitió barnizar de bonito las atrocidades patrias. El que tiraba judíos o moros al pozo, el campesino que, azuzado por el cura, mataba liberales a pedradas, el miliciano que arrastraba por la calle al de derechas hecho filetes, y todas las viceversas que ustedes quieran, podían alegar, en su descargo, la malabestiez de sus personas, embrutecidas por siglos de oscuridad, desesperación e ignorancia. Pero ahora ya no vale. Ahora todo el mundo sabe leer, y conoce tiendas donde venden libros, y va al cine, y ve la tele, y hay, manipulada o no, más información circulando de la que hubo nunca. Y ahora la que se queda preñada es porque quiere, y quien trinca un síndrome es porque quiere, y quien se mete un gramo de algo por donde sea es porque quiere, y quien le da su apoyo parlamentario al PSOE o al lucero del alba y cree en los reyes magos es porque quiere. Aquí ya no se encuentran inocentes ni en las incubadoras.

El asunto de la niña de marras, como todos los linchamientos insolidarios y cobardes en este país, no tiene más causa que el egoísmo, la falta de caridad, la mala fe de una condición humana agravada en sus peores aspectos por la ciénaga mezquina, demagógica, autosatisfecha, en que chapoteamos a diario. Aquí se deja morir a gente en las aceras sin tan siquiera una mirada de piedad. Exigimos una televisión más culta y después nos sentamos ocho millones a ver programas de intenso efecto laxante. Apuñalamos por un partido de fútbol o por el color de una piel. Escarnecemos en mujeres de presidiarios lo que nadie osó en sus maridos cuando eran canallas libres y poderosos. Enseñamos a críos de cuatro años, desde bien temprano, a meter la mano con la piedra en el tumulto para rematar al desgraciado que está en el suelo. Somos zafios, ruines y cobardes demasiado a menudo. Por eso hay días que me avergüenza ser español.

5 de febrero de 1995

domingo, 29 de enero de 1995

Los yankis, el latín y Maripli


Hay que fastidiarse. Resulta, ahora que los enterradores de nuestro futuro cultural eliminan el Latín de los planes de estudio en España, que a los norteamericanos les da por descubrir las bondades de esa lengua mal llamada muerta que, según el International Herald Tribune, resucita y vuelve a estar de moda. A quien nace para picapedrero hasta del cielo le llueven piedras, y parece que todo el mundo se haya puesto de acuerdo para dejar con el culo al aire a ciertas luminarias de la política, la economía y la cultura, que pasarán a la Historia con el indudable mérito -no crean que es tan fácil; se requieren vocación y condiciones- de haber dejado el paisaje hecho un solar. Hace falta tener mala suerte; aunque también puede ser que el asunto se limite a simple estupidez. Porque a menudo resulta más nocivo un imbécil que un malaentraña.

Confieso que la noticia ha hecho que me relama de placer, entre otras cosas porque el arriba firmante ya dio su modesta caña hace unos meses en esta misma página con ese asunto a los del dieciseisavo, reprochándoles rebajar el listón hasta el nivel de su propia mediocridad. Y hete aquí que, según los informes, en los Estados Unidos de América del Norte se registra, en los últimos tiempos, un aumento de 150.000 a medio millón de estudiantes de Latín, sólo en escuelas públicas. Imagino que, al enterarse de la noticia, el correspondiente subsecretario de Liquidaciones Culturales habrá encargado una encuesta urgente a la empresa de sondeos de su prima Maripili, para averiguar cómo es posible que una lengua de curas y de arqueólogos, que aquí acaban de cargarse de un plumazo para dejar lugar a otras asignaturas más prácticas, más bonitas y más modernas, registre un auge importante en Europa y en los Estados Unidos. Y que en Francia, sin ir más lejos, en lugar de suprimirla en el bachillerato, le hayan añadido un curso más. Los hijoputas, prima. Cómo lo ves.

No sé qué diablos va a contarle Prospecciones Maripili S.A. al ministro del ramo en ese informe que deben de estarle preparando con toda urgencia, Y por el que, imagino, la antedicha Maripili y compañía trincarán una pasta gansa a costa de los presupuestos del 95, Pero tampoco hay que herniarse buscando. El Herald Tribune, verbigracia, indica que los alumnos que conocen los rudimentos del Latín obtienen mejores resultados académicos, sociales y profesionales, gozan de mayor capacidad analítica y de relación, y poseen un vocabulario más rico y más inteligente. El Latín, además, tiene aplicación en diferentes campos de la informática y es, incluso, utilizado a la manera de lengua franca en las redes electrónicas escolares y universitarias por alumnos de diferentes países que no dominan el inglés, como los monjes en la Edad Media. Y además, es bonito. Pero amárrenme esa mosca por el rabo en este país nuestro, donde las humanidades son perseguidas con el mismo celo desplegado antaño en la caza de judíos y liberales, y hogaño de moros, negros y maricones. De quienes, por cierto, la palabra humanista será pronto sinónimo admitido -lo tragan todo- por la Real Academia.

Cuenta Antonio Muñoz Molina, que escribe libros y además es mi amigo, que ahora se arrepiente de no haber aprendido bien Latín en el cole, lo que le impide disfrutar, entre otras cosas, de los hexámetros de la Eneida o de la prosa hermosa y desnuda de aquel fulano, Tácito. Antonio, como tantos de nosotros, tuvo la desgracia de que en un siniestro colegio de curas de su adolescencia lo vacunaran, muy jovencillo, contra una lengua que se planteaba no como una clave primera de la propia cultura, memoria y nacionalidad -los antiguos usaban lengua como sinónimo de país o nación-, sino como una disciplina penitenciaria, sórdida, clerical. Estoy seguro de que, del mismo modo, los más lúcidos de nuestros hijos lamentarán el día de mañana haber crecido a la sombra de planes de estudio, Egebés, Logses y previsiones de futuro diseñadas -nefasta palabra-, aprobadas y real-decretadas por una clase política analfabeta y satisfecha de haberse conocido. Sin que los eventuales recambios que hay a la vista sean como para ponerse a tirar cohetes.

(A todo esto, doy por sentado que los presuntos responsables del Ministerio de Educación y Ciencia saben lo que es el Latín, o sea, una lengua antigua, etcétera, en la que se basan el castellano, el catalán, el francés y muchas otras lenguas. La hablaban los que salen en las películas de romanos. Para más datos, pueden consultar las 43 páginas que le dedica la Enciclopedia Universal Espasa. Porque digo yo que conocerán el Espasa).

29 de enero de 1995

domingo, 22 de enero de 1995

Aquellas mangueras de antaño


Hubo un tiempo en que regresabas a tu casa a las tantas de la madrugada, al terminar el trabajo o cantando Asturias patita querida después de pegarle bien al tarro con las amistades, o volviéndote a mirar por última vez y con media sonrisa cierta ventana en la que acababa de apagarse la luz. El asfalto relucía recién regado, con el reflejo de las farolas entre las dos luces del amanecer, y tú marcabas imaginarios pasos de baile para evitar el agua que corría bajo los bordillos de las aceras. Sorteabas cubos vacíos de basura, apretando el paso con ganas de llegar a casa y meterte en la cama. Alumbrado, soñoliento, triste, feliz o hecho polvo, según el día y las circunstancias. A veces, con el cuello de la chaqueta subido para protegerte del frío, le pedías fuego a uno de los hombres que regaban, con aquellas mangueras de brillante caño de cobre, las calles desde las esquinas. Los encontrabas un poco por todas partes y en cualquier ciudad: brigadas de empleados municipales con mangueras y escobas, adecentando la ciudad, logrando que en aquellos amaneceres oliese a asfalto y adoquín limpio. Como si le extendieran una carta blanca de confianza y buena voluntad al día que llegaba, y a las vidas que estaban a punto de reanudarse.

Recordaba aquellos manguerazos nocturnos hace cosa de una semana, en la plaza principal de cierta pequeña ciudad española, observando la actuación de uno de esos cochecitos de la limpieza con que los ayuntamientos, para ahorrarse personal y salarios y pluses, y de paso pagar comisiones, contratas, subcontratas, y comprarle material de alta tecnología al cuñado Ceferino, que es representante, sustituyen por todas partes a los concienzudos hombres del traje de pana y la manguera. Eran las diez de la mañana y el conductor del artilugio iba y venía al volante de un ingenio enano equipado con ruedas y cepillos y chorritos de agua, plis-plas, de un lado a otro de la plaza, como en los coches eléctricos, deshaciendo, eso sí, los montones de suciedad acumulada para extender la mierda de forma mucho más equitativa, más repartida por los cuatro o cinco mil metros cuadrados de baldosines de la plaza. Una plaza que, según me contaron, es el ojito derecho del alcalde, porque debajo construyeron su aparcamiento favorito tras cargarse hasta el último árbol en un kilómetro a la redonda.

La siguiente escena tuvo lugar, hace un par de días, en el centro de otra ciudad más grande, hora punta, un traficó de mil diablos, y a las doce y media, hora discreta donde las haya, un camión aljibe del servicio de limpieza municipal circulaba lentamente, con una enorme cola de automóviles detrás a paso lento, soltando chorros de agua laterales que, menos el asfalto y el bordillo de las aceras, mojaba de todo: los coches aparcados en doble fila, las piernas de los transeúntes en los pasos de peatones, los cochecitos de los niños. El asombro de viandantes y damnificados varios constaba de dos fases: estupor inicial ante la inútil estupidez del chorlito, indignación al comprender que, regando de ese modo y en pleno día, el ayuntamiento no paga horas nocturnas a los empleados, y con un solo conductor por aljibe se ahorra personal.

Cuéntenme ahora, se lo ruego, esa milonga pampera de que los avances tecnológicos en el ramo de la limpieza y los chorros del oro mejoran la dignidad laboral del personal de la manguera, que de ese modo puede pasar las noches en casa, viendo a Nieves Herrero y a Lobatón. Porque el personal de la manguera donde está ahora es en la cola del paro, mentando a la madre que parió al ayuntamiento y al inventor del cochecito modelo Mister Proper Tres En Uno, o como se llame. Ocurre como con esos demagogos que van por ahí alardeando de que ellos nunca se dejan limpiar los zapatos por un limpiabotas, porque es humillante para quien le da al cepillo, y rebaja la dignidad del individuo. Cuando lo que el limpiabotas necesita, precisamente, son muchos clientes y muchas propinas para vivir, que de lo otro ya hablaremos luego, señorito, sobre todo cuando me vea con mi escopeta en la mano. Y el día que el pobre limpia se tropieza con demasiados defensores de su dignidad personal, tiene que irse a casa con los bolsillos vacíos a oír cómo sus churumbeles piden pan. Las cosas tienen que cambiar, dicen los wiardepipol cantamañanas entre gambas y cañas de cerveza, dándole al desgraciado palmaditas en el hombro y estirándose menos que Voltaire en catecismos. Pero mientras cambian habrá que comer, responde el limpia. Nos han fastidiado aquí, los redentores.

Y así tenemos las ciudades. Y los zapatos.

22 de enero de 1995

domingo, 15 de enero de 1995

El beluga se nos arruga


Cielo santo. Eran pocas las desgracias que nos afligen, y el caos de este mundo infame nos asesta un nuevo mazazo: corren malos tiempos para el caviar. Corro al ordenador a teclear mi consternación, pues acabo de oír por la radio a un ilustre gastrónomo, hombre exquisito y experto, según parece, en caldos bordoleses y manjares sublimes, de esos que afirman con toda su alma que beberse un rioja del 82 con una codorniz estofada es un acto cultural comparable a leer El Lazarillo de Tormes. Y el sujeto en cuestión se lamentaba, en forma muy sentida, del problema que se les plantea este invierno a quienes, como él, son partidarios del caviar fresco en su variedad beluga, cuya textura, consistencia y cremosidad en el paladar, antepone -personalmente-a los otros dos principales tipos, a saber: asetra y sevruga.

Resulta, por si alguno de ustedes es tan inculto o tan estúpido que aún lo ignora, que las 128 toneladas de caviar vendidas en el mundo el invierno pasado se reducen este año a cincuenta, y los precios -qué poca vergüenza- subirán entre un diez y un veinte por ciento. O sea, que una latita de nada, de cincuenta mil pesetas puede ponerse en sesenta mil así, por las buenas. Y por las palabras del citado gastrónomo -«si hacemos abstracción del precio, el caviar es un exquisito manjar objetivo», afirmaba el fulano- infiero que eso va a ser causa de que buena parte de los hogares españoles se vean forzados este año a ensombrecer sus vidas prescindiendo de tan popular alimento, lo que, convendrán conmigo, pasa de castaño oscuro. Hoy, sin ir más lejos, el cartero, el mensajero de Urbexpress y el del butano me han preguntado, inquietos, si se sabe algo de la situación del caviar. Por lo visto sus respectivas tienen qué hacer la compra del día y no saben a qué atenerse.

Pero no es sólo cuestión de precio, se lamentaba el buen hombre de la radio, sino también de abastecimiento. Por lo visto, como la antigua Unión Soviética se ha convertido en una especie de merienda de negros, con tanto checheno y tanto mafioso incontrolado y con las reservas de vodka -tradicional alivio del alma rusa- monopolizadas por ese tierno osito de peluche llamado Yeltsin, los pescadores del Caspio dicen que este invierno va a pescar esturiones Rita Karenina la Cantaora. Así que el arduo trabajo de abastecer el mercado recae sobre los colegas iraníes de la otra orilla, que no dan abasto por mucho que se encomienden a Dios -Alá, en su caso- y a San Jomeini.

Porque, a ver: ¿que son cincuenta toneladas de caviar para abastecer al mundo? Pura morralla, si tenemos en cuenta que la mitad de esa cantidad la consume Suiza, país poblado por gente sencilla, modestos cuentacorrentistas de la Caja de Ahorros de Lausana y cosas así, y que la otra mitad se distribuye entre los veinte chiringuitos que la casa Caviar House tiene un poco por aquí y por allá. Así que, tal y como está el panorama, y con semejante conjunción funesta, calculen cuántas latas llegarán a los estantes de Jumbo, Pryca, Hipercor, o al super de la esquina. Y las amas de casa españolas van a tener que apañarse con huevas de sardinas en aceite. Que, no se crean, también cuestan un huevo.

Coincido en que es intolerable, y comparto el malestar del experto radiofónico que, por el tono y los juicios emitidos, debe de almorzar a diario champaña francés con beluga a cucharadas y en lebrillo. No me extrañaría un pelo que, tras su brillante campaña de pacificación en la antigua Yugoslavia, las Naciones Unidas decidan tomar cartas en el asunto, como cuando lo de Kuwait -al fin y al cabo, el petróleo y el caviar los disfrutan los mismos- y adopten medidas drásticas para solventar la papeleta, demostrando a esos cosacos de agua dulce, a esos bateleros del Volga de vía estrecha, a esos cobardes de la estepa, que no se juega impunemente con el caviar nuestro de cada día. Imagínense el cuadro: los marines invadiendo los pozos de caviar, los cascos átales protegiendo las rutas de suministro, el portaaeronaves Príncipe de Asterias rumbo a los Dardanelos con gasoil sólo para el trayecto de ida, y el ministro Solana en Bruselas, sudando tinta para justificar la operación Tormenta del Caspio como de costumbre, con muchos plurales y muchas sonrisas. Ya saben: los del grupo de contacto adoptaremos severas medidas, el presidente González garantiza personalmente. España come poco caviar pero no podemos consentir, nuestros soldados no corren allí el menor riesgo, etcétera.

Aunque, bien pensado, si no tienen caviar, que se jodan.

15 de enero de 1995

domingo, 8 de enero de 1995

Camelia, la tejana


Era una hembra de corazón, como canta el corrido, Pasó al otro lado del río Grande con las llantas del coche llenas de hierba mala y le pegó siete tiros a su novio Emilio Varela cuando, entregada la droga, éste quiso dejarla para irse con otra a San Francisco. Los narcos, compañeros de Varela, la buscaron por las cantinas hasta dar con ella en Tijuana. Ahora Camelia está en el cielo, junto al amor de su vida, porque prefirió que la mataran antes de decir dónde escondía el dinero -sin Emilio Varela, dijo, ¿para qué quiero la vida?-. Y el hijo de Camelia anda por Jalisco y la frontera dándoles de balazos a los que ultimaron a su mamasilla, convertidos todos ellos en leyenda de la que canta el pueblo, en corridos que circulan por las cantinas del norte mejicano, mientras se consumen botellas de tequila Herradura Reposado y los narcos preparan viajes, y los mojados esperan a que alguien los pase al otro lado por trescientos dólares, y la banda del coche rojo se lía a tiros con los rangers en las Cruces, cuatro muertos de la banda y tres del Gobierno, y Lino Quintana, el superviviente, les dice a los de la Migra: lo siento, sheriff, pero yo no sé cantar.

Antes, el corrido hablaba de la Revolución, de Zapata y Pancho Villa, de la toma de Zacatecas y de la guerra contra los gringos. El corrido mejicano ha sido siempre la voz del pueblo, la que convierte en leyenda, a base de malos versos cantados con sentimiento y con corazón, la miseria de los eternos oprimidos, de los peladitos de pies descalzos fusilados una y mil veces por los poderosos de siempre, de los revolucionarios que se quemaron en la hoguera de las eternas causas perdidas en ese país cuya desgracia, entre muchas otras, fue estar tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.

Ahora los tiempos han cambiado, pero la miseria continúa. Arriba, en la frontera, la vecindad del gringo, la droga, la emigración ilegal, sostienen una economía clandestina que al menos permite escapar, o soñar con escapar, de la pobreza. En los bares de Tijuana, Chihuahua o Monterrey, jóvenes sin nada que perder y todo por ganar, con botas vaqueras, ceñidos téjanos y sombreros de ala ancha, el 45 haciéndoles un bulto sospechoso a la altura del cinturón, silban los compases de La Puerta Negra a la espera de la orden que los lleve a ajustar cuentas al soplón de turno, o a pasar por Nogales con diez kilos de la fina camuflados en la camioneta gris. A muchos de ellos los detendrá la Emigración, o les darán matarile los rangers, las bandas rivales o sus propios compañeros. Pero les queda el consuelo que con su historia alguien hará una canción, y los Tigres del Norte y los grupos musicales de la frontera cantarán su vida y muerte en esos corridos, antes prohibidos por el Gobierno, pero que ahora el público pide a gritos en las fiestas de los pueblos y en las cantinas: Ya encontraron a Camelia, El hijo da Camelia, Los tres amigos, El Zorro de Ojinaga, La lamba del Mojado.

Acabo de darme una vuelta por allí, y he cantado La Puerta Negra bebiendo tequila con mis cuates en cantinas sobre las que planea la sombra de Camelia la Tejana; en lugares donde ahora hay más niñas bautizadas Camelia que Guadalupes. Y mientras escuchaba las historias y las canciones, pensaba en el contraste con nuestras rías gallegas o las playas próximas a Gibraltar. En los pueblos tristes de España donde reina la ley del silencio, la demagogia y la complicidad vergonzante, donde todo el mundo agacha la cabeza y mira para otro lado negando la evidencia: la gentuza que necesita votos, los tenderos que viven de la economía clandestina, los vendedores derechazos de lujo, todos inventando un eufemismo tras otro por el qué dirán en Bruselas, por Dios. Los capos del narcotráfico, no hay más que ver las fotos, son mediocres y grises como los políticos que los hacen posibles. Como sus caretos o los pazos que se compran. Y sus sicarios, sombríos y con mala leche, lo que quieren es un Sony para ver a Jesús Puente o a Paco Lobatón. En este país, hasta los contrabandistas, de quienes doña Concha Piquer cantaba coplas, se han vuelto ruines, amargados, vulgares, oliendo a cartilla de ahorros, a calcetín usado, a puente de fin de semana. Son tan europeos que ni siquiera se matan entre ellos: se denuncian.

Envidio a los pueblos como el mejicano, que todavía están vivos y tienen humor, orgullo y sangre en las venas para hacer canciones con sus penas y sus delitos y sus balaceras, y cantarlas a voz en grito entre trago y trago de tequila. Felices quienes aún poseen la inocencia suficiente para convertir en épica, en leyenda, su desesperación y su miseria.

8 de enero de 1995

lunes, 26 de diciembre de 1994

Mi amigo el librero


Ustedes me van a perdonar, pero hoy que estamos de fiestas y chundarata y envolvemos la felicidad en papel de embalaje de grandes almacenes, me apetece felicitarle la Navidad a un amigo. Se llama Antonio Méndez, tiene treinta y un años, una mujer guapa y jerezana dos churumbeles rubios, y una pequeña librería en la calle Mayor de Madrid. También tiene el pelo rizado de caracolillo, los ojos azules de buena gente y esa tolerancia infinita que da el vivir entre libros que uno, además de vender, lee. No podía ser de otro modo porque Antonio nació entre letra impresa: su padre fue librero y también lo fue su abuelo, y echó los dientes en el oficio cuando, con menos de veinte años, lo pusieron al frente de un pequeño puesto en la Cuesta Moyano de Madrid. Ahora el padre y el abuelo están criando malvas, y Antonio, heredero del asunto familiar, desempeña con dignidad ese oficio de tercera generación que, afirma, es el trabajo más útil y bello de España.

Antonio y el arriba firmante somos amigos desde hace diez años, y nos conocemos bien. Él adivina mis novelas antes de que estén escritas -hasta inspiró vagamente uno de los personajes de El club Dumas-, y yo sé que él no se duerme en el polvo de su librería, sino que sigue la actualidad literaria, lee todos los suplementos y revistas nacionales y extranjeros, está al día en cuanto hay un premio o una novedad para pedir a los distribuidores el número de ejemplares necesario. Lee cuanto puede, y es de esos libreros con instinto y oficio; gente de la vieja escuela que, en estos tiempos de vendedores de caja registradora y a tanto el kilo, aún son capaces de orientar al lector, buscar el título necesario, conversar con él en busca del tipo de libro que le conviene. Porque Antonio es de los que prefieren tragarse una venta antes que perder un cliente, o un amigo.

Hay pocos placeres urbanos en una ciudad como Madrid comparables a entrar en su librería una tarde gris de frío y aguacero, y allí, entre los estantes y las pilas de volúmenes sobre el mostrador, entre clásicos y bestsellers, charlar sobre libros y autores al calor de la estufa mientras la lluvia cae al otro lado del escaparate y uno toca, abre, acaricia los volúmenes que están por todas partes. O pasar las mañanas de domingo y espléndida luz invernal en su puesto de la Cuesta Moyano, junto al Jardín Botánico, cuando la gente circula entre los tenderetes y Antonio es el hombre más feliz del mundo porque hay sol, y pasan estudiantes, y bibliófilos, y chicas aparentes con libros bajo el brazo, y él puede vivir de ofrecerles felicidad; aventura, sueños, cultura y memoria.

Antonio es de esos jóvenes a los que nadie les ha regalado nada, y que cada día luchan a brazo partido por salir adelante. Se levanta antes de que se haga de día y regresa de noche a casa, hecho polvo, y en las malas rachas tarda horas en dormirse pensando qué carajo depara el futuro. Como todos los libreros de este país administrado por analfabetos, los impuestos que Antonio paga a Hacienda no son por los libros que vende, sino por los que compra; de modo que si se equívoca, por ejemplo, pidiendo al distribuidor quinientos planetas en lugar de cien, se los tiene que comer con patatas, porque paga de antemano como si los hubiera vendido.

Así, mientras las cadenas de librerías potentes y los grandes almacenes y todos los compinches de capital guiri gozan de exenciones, de facilidades y de fuerzas vivas abiertas de piernas para lo que gusten mandar, los pequeños libreros siguen entre la espada y la pared, comidos por impuestos estatales y municipales. Porque en este país de malas bestias con chófer y teléfono móvil, a efectos fiscales da lo mismo que vendas libros que macarrones o wonderbras de colores. Y hasta para poner un mostradorcito en la puerta con cuatro libros, los ayuntamientos, desvergonzados y locos por trincar un duro, te pegan unos sartenazos que tiembla Cervantes.

Así que hoy, que es domingo y es Navidad, voy a darme una vuelta por la Cuesta Moyano, a revolver pilas de libros. Y mañana iré a comprarme alguna cosa, lo que sea -Rivas, Llamazares, Landero, Atxaga, Muñoz Molina o algún otro compadre-, a la tienda de Antonio en la calle Mayor. Y nos tomaremos un café en buena compañía, hablando de literatura, mirándonos de reojo cada vez que entre una mujer guapa a pasearse entre los estantes de ese pequeño poblado galo que aún resiste, heroico y solitario, al invasor. Allí donde no llega la murga de villancicos de los grandes almacenes.

25 de diciembre de 1994

lunes, 19 de diciembre de 1994

Habitación 306


No sabía lo que me esperaba. Llegué al hotel de Valencia de madrugada, hecho polvo, después de ochocientos y pico kilómetros al volante, loco por meterme en la piltra y apagar la luz. Dije hola buenas en recepción, seguí impaciente al mozo que llevaba mi equipaje, le di su propina, dejé la ropa de cualquier modo y caí como un saco de patatas en la cama de la habitación 306. Lo último que recuerdo es el roce del mentón sin afeitar en la almohada. Después me quedé frito. Tres horas después -las siete de la mañana- me despertó un ruido extraño, como si alguien estuviese soplando un instrumento de viento en la habitación de arriba. Sonaba brom-brom en tono grave y me quedé mirando el techo a oscuras, desconcertado. Silencio y otra vez brom-brom, esta vez con una cadencia distinta, repetido una y otra vez hasta convertirse en melodía. No puede ser, me dije. Es imposible que alguien se ponga a soplar un instrumento -me pareció un fagot, pero podía ser cualquier cosa- a las siete de la mañana en una habitación de un hotel de cuatro estrellas.

Pero no lo era. Brom-brom tararí, sonaba una y otra vez a través del techo. Miré el reloj, pensé en la conferencia que debía pronunciar horas más tarde, maldije mi suerte. De todas las habitaciones de hotel del mundo, tenía que haberme tocado ésa. Di dos golpes en la pared, pero el sonsonete del techo continuó, imperturbable. Maldije en arameo, con ese barroquismo mediterráneo que solemos usar los de Cartagena, mezclando a San Apapucio con el ropón de Bullas. Después, resignado, me tapé la cabeza con la almohada e intenté conciliar el sueño. Brom-brom tararí tarará. Aquel floreo final hizo que me sentara en la cama con ansias homicidas. Alargaba la mano hacia el teléfono, dispuesto a pedir la cabeza del fulano o a subir y cobrármela yo mismo, cuando la música se interrumpió un momento y el ruido del agua al correr de la cisterna me dejó atónito. Aquel cabrón estaba tocando el fagot en el retrete, y sólo se interrumpía para tirar de la cadena. El brom-brom se desplazaba ahora por el techo hacia el otro extremo de la habitación, e imaginé al fulano en pijama, soplando feliz, a la espera del desayuno y de la madre que lo parió.

Me abalancé sobre el teléfono y denuncié el hecho a recepción con voz entrecortada por la cólera. Ya se ha quejado otro cliente, respondieron. Ahora mismo intervenimos. Hundí la cabeza en la almohada, esperando, hasta que por fin cesó la música. Sonreí feliz y entorné los ojos. Treinta segundos después, el brom-brom empezaba de nuevo.

La recepcionista estaba desolada. Había subido personalmente a la habitación 406. La ocupante de la habitación era una señorita alemana de una orquesta alojada en el hotel, explicó, y había respondido que ella ensayaba todas las mañanas al levantarse y que le daba igual estar en un hotel de Valencia que en una pensión de Lübeck. Pero usted no puede hacer eso, le dijo la recepcionista. Se equivoca, respondió la alemana. Sí puedo. Y, cerrando la puerta, había vuelto a tocar.

Corté la comunicación con la recepcionista para marcar la habitación 406. Oí el sonido de la llamada, el brom-brom se interrumpió y el ja? de la alemana sonó en el auricular. Para mi consternación, la pájara no hablaba ni english, ni francáis, ni otra lengua que no fuese alemán. O se lo hacía. El caso es que a mis "música nein, yo dormir, sleep, a ver si te enteras, Heidi, o como te llames", respondió colgando el teléfono y volviendo a soplar el fagot.

Les juro que si llega a ser un fulano, subo con un martillo y salimos los dos en los periódicos. Pero no puede uno partirse la cara con una profesora de la filarmónica de Hamburgo que toca el fagot en ayunas, mientras se alivia. Así que volví a marcar el teléfono de la 406 y le dije, desesperado, lo único que sé decir en alemán; "Wagner, kaputt. Tú, nazi". Aquello la cabreó mucho y después de llamarme algo así como hurensonne -hijoputa, creo- colgó, muy indignada, y volvió a soplar más fuerte. Dando el sueño por perdido, por lo menos te voy a reventar el ensayo, me dije. Guerra a muerte al invasor. Así que me dediqué a hacerle sonar el timbre del teléfono accionando una y otra vez la rellamada automática. Como buena alemana, ni se le pasaba por la cabeza dejar el auricular descolgado. Y así estuvimos hasta las nueve, ella interrumpiéndose para descolgar y volver a colgar cuando el timbre le crispaba los nervios, y yo dale que te pego a la tecla. Un modo como otro cualquiera de empezar el día.

18 de diciembre de 1994

lunes, 12 de diciembre de 1994

Una de guardias


Era una mañana magnífica, de ésas con sol tibio y la gente sentada en las terrazas. El niño, un guiri rubio con ojos azules y pinta de pequeño nazi, pretendía estrangular palomas cerca de sus padres que, sentados a la mesa de un bar, consultaban un mapa turístico. El arriba firmante en la mesa contigua, observando al renacuajo mientras meditaba sobre la oportunidad de dar collejas a los pequeños guiris cuando aún son cachorros y no pueden defenderse antes de que vuelvan con veinte años más, hasta arriba de cerveza y con banderas del Manchester. Meditaba sobre ese tipo de cosas, digo, cuando de pronto los vi doblar la esquina. Eran dos guardias enormes, macho y hembra en uniforme de campaña, con gorras de béisbol, y botas de andar por la guerra, que sin duda serían dos pedazos de pan bendito, pero cuya agresiva apariencia rezumaba una agobiante sensación de estado de sitio. A su paso, la mañana se oscureció, las palomas levantaron el vuelo, el pequeño nazi, inmóvil un momento, corrió despavorido a refugiarse en las faldas de su madre, y yo me dije: inmersión, inmersión. Han llegado los GI-Joe.

Vaya por delante que me gusta ver guardias por la calle. Tampoco muchos, no se vayan a creer. Me conformo con un par de vez en cuando, paseándose al sol con las manos cruzadas a la espalda, escuchando atentos a las viejecitas, ayudando a los niños a cruzar los pasos de cebra, o indicándole a los guiris por dónde se va al museo tal. Fui educado en la creencia de que un guardia es un individuo que está en la calle para cuidar de ti, y al que su uniforme y su función hacen digno de respeto, sobre todo porque él consagra su vida a respetar a los demás. Después, con la vida y los viajes y toda la parafernalia, las referencias han ido alterándose un poco: desde los grises a caballo a la fría brutalidad del patrullero de Los Ángeles o la rutinaria mordida del agente de tráfico mexicano, pasando por la peligrosa naturaleza de todo policía nigeriano, filipino o tailandés. Sobre todo cuando están de mala leche, necesitan dinero urgente o circulan borrachos con pistola; como un picoleto de paisano que una noche me puso un 38 en la sien cerca de Estepona, o aquel viril madero de Barcelona que disfrutaba colocándosela a las lumis justo en la bisectriz, hasta que un día se le escapó un tiro y salieron los dos, la lumi y él, en los periódicos.

A pesar de todo eso, creo que la presencia discreta de un guardia en el lugar oportuno es recomendable, por mucho hilo que le demos a la cometa, hasta la sociedad más perfecta alberga en su seno un número considerable de hijos de puta. Los guardias, además, forman parte del paisaje urbano, y a veces hasta dan una nota simpática, útil o por lo menos grata a los turistas, como los bobbies ingleses o los carabinieri italianos, con sus botas y sus sables y sus uniformes y sus caballos. En cuanto a España, aquí hay de todo. A los ertzainas da gloria verlos, por ejemplo, y los guardias civiles, aunque les hayan quitado el tricornio, van impecables y bien afeitados, y ni siquiera se despeinan cuando se sacan el casco del amoto. En lo que se refiere al Cuerpo Nacional de Policía, sus agentes tienen una indumentaria de calle que, sin ser un prodigio de Arman, resulta discreta y aparente, a base de azul marino y gorra de plato y visera; uniforme que les daría aspecto respetable si lo usaran más.

Pero no lo usan. Quizá porque la camisa es blanca y se mancha, las suelas de los zapatos se gastan, la ropa se deteriora con el trabajo de un policía en la calle. Y eso, que es normal en todas partes, en los mezquinos presupuestos de Interior -el dinero se empleó, recuerden, en otros menesteres- parece que se antoja superfluo. Así que, por aquello de aunar la comodidad con el ahorro, lo que suele verse por la calle son tipos con pinta de antidisturbios o antidisturbios propiamente dichos, en mono de faena y botas de asalto, que da reparo preguntarles por dónde se va a la calle Bodegones por si te dan un gomazo y te ordenan que circules. En lo que a caballos se refiere, por las grandes ciudades cabalgan parejas de jinetes con arrugado mono azul y sin afeitar, con pinta de Flash Gordon agropecuarios, que a la Dirección General de la Madera y al ministro Belloch deben de parecerles de lo más operativo, de lo más moderno y de los más barato; pero que a mí, cuando un turista les hace una foto, me dan mucha vergüenza. Tenemos el Cuerpo Nacional de Policía con el aspecto más agresivo y más infame de Europa, gracias a esa pinta de jugadores de béisbol a punto de irse a Sarajevo.

11 de diciembre de 1994

lunes, 5 de diciembre de 1994

Otro cuento de Navidad


Pues resulta que era Nochebuena, y Queca se paseaba frente a los escaparates iluminados de aquella ciudad fría, enorme, en la que era una pequeña manchita anónima. Estaba de ocho meses largos y caminaba torpe, como un pato, deteniéndose de vez en cuando ante las luces de una tienda, con las palmas de las manos apoyadas en los riñones. Llevaba gorro de lana, bufanda y abrigo con sólo dos botones abrochados y el resto abierto sobre la tripa. En la plaza, la megafonía de los grandes almacenes largaba villancico tras villancico, hacia Belén va una burra, pero mira cómo beben y cosas por el estilo. Había luces navideñas y Papas Noel haciendo el chorra en la puerta con la campanita, y gente cargada de paquetes y empujándose unos a otros en la boca del metro y en los pasos de peatones. Lo de siempre.

Había, incluso una pareja joven que se cruzó, ella tan embarazada o más que Queca, encorvado él bajo el peso de una maleta y unas bolsas, el mentón duro y sin afeitar, ambos con aire desamparado, como en busca de cobijo. Y había cerca un yonqui pidiendo cinco duros, y un coche de la policía, y a Queca todo aquello le recordó algo leído hace justo un año, la pasada Navidad en esta misma página de El Semanal, pero aún más viejo, como si ya hubiera estado escrito antes en otra parte. Y fue y se dijo: mira, todo ocurre de nuevo una y otra vez, con gente distinta pero que siempre es la misma, como si estuviésemos condenados a repetirnos unos a otros por los siglos de los siglos, semejante soledad, idéntica tristeza, la misma historia.

Entonces se le movió el crío en la tripa, y Queca se detuvo, absorta, justo frente a un escaparate donde una cadena de tiendas de ropa felicitaba las fiestas a sus clientes con un negrito de Ruanda agonizando vestido de rey Baltasar. Y se vio reflejada en el cristal, y tuvo frío y tuvo miedo; y por un momento estuvo a punto de usar una de las monedas que tintineaban en el bolsillo del abrigo y llamar a alguien -una amiga, o su madre- del mismo modo que el náufrago tira una bengala en mitad del mar y de la noche. Estoy aquí, estoy sola, voy a tener un hijo. Pero dejó las monedas quietas y siguió caminando entre la felicidad oficial, postiza, de aquella ciudad enorme y desconocida en una de cuyas clínicas tenía reservada una cama y una fecha.

Entonces, para darse coraje, recordó cada una de las fases de aquel año calculado en todos sus detalles, al milímetro. Su madre, que la había visto hacer la maleta y marcharse, sin comprender. Sus amigos, de quienes se apartó sin explicación alguna. Él, cuyo nombre no importó jamás, lejano ahora en su irresponsabilidad y en su ignorancia como si lo que Queca llevaba entre las caderas y junto al corazón sólo le hubiera pertenecido a ella desde el principio y para siempre.

Había elegido fríamente, con esmero, entre los mejores de su entorno: inteligente, sano, hermoso, fuerte. Sólo una condición expresa: un día me iré y saldré de tu vida, y no me buscarás en ninguna parte, nunca. Al terminar, Queca estaba de tres meses y sólo ella lo sabía. Entonces cumplió su promesa y él se quedó atrás desconcertado, mirándola irse, con esa expresión entre dolida y obtusa que siempre ponemos los hombres cuando son ellas las que se van. Vinieron entonces la soledad, la preparación, el largo esfuerzo, la nueva casa, el nuevo trabajo en una pequeña ciudad de provincias parecida a aquélla en la que nació, pero al otro extremo del mapa, donde nadie la había conocido nunca. Ahora todo estaba listo. Una semana más y todo habría terminado. O más bien todo podría empezar.

Pensó en su madre, en los días y en los años purgando, junto a un imbécil, cuatro sueños tenidos yendo al cine de muchacha. Pensó en sus ojos cargados y amargos, en las noches en que, al terminar de recoger antes de irse a la cama, la oía respirar como un animal exhausto. En los largos silencios frente al televisor, en las horas vuelta de espaldas con la voz de fondo del locutor hablando de fútbol sobre la almohada. Aquél era un precio demasiado alto. Un precio que Queca no estaba dispuesta a pagar.

Se detuvo en un semáforo, junto a una madre que empujaba un cochecito de niño. El crío iba embutido en un mono enorme, acolchado, y sólo asomaban del embozo su naricilla roja y sus ojos claros y luminosos reflejando las luces de la calle. Entonces Queca sonrió. Aquélla era la última Nochebuena que pasaría sola. (Queca y su hijo existen, y ésta es una historia real. Pero ustedes, claro, no se la van a creer. Habría que tener, se dirán, demasiados redaños.)

4 de diciembre de 1994

lunes, 28 de noviembre de 1994

Nos echan los gringos


Nos están barriendo por todo el morro, y vamos a perder aquello igual que perdimos Filipinas, Guinea Ecuatorial y el Norte de África. Mientras nuestros linces de la geopolítica siguen con especial atención los graves acontecimientos de la Europa del Este, los Balcanes y el Asia Media, en las alineaciones de los equipos de fútbol hispanoamericanos hay cada vez menos nombres españoles y más italianos, turcos, eslavos y hasta japoneses. Ése sí es un síntoma de verdad, y no los autocomplacientes informes de algunos de los capullos de carrera y cuello blanco que, salvo un par de honrosas excepciones, tenemos por allí jugando a la cosa del virreinato y sin comerse una paraguaya mientras hablan de una Hispanoamérica imaginaria que ya no se tragan ni los caimanes del Paraná.

La política exterior española -donde la tasa de soplapollas es muy alta por metro cuadrado- tiene tres ejes de actuación. El principal es Europa, por deslumbre. El segundo es el mundo árabe, por miedo a lo que se nos viene encima. Y el tercero es Hispanoamérica, por aquello de los lazos. En la práctica, Bruselas resulta ser el único lugar que consume esfuerzos; porque la política árabe es simple, y consiste en periódicas bajadas de calzones para ir teniendo tranquilo al moro, y el que venga detrás que arree. En cuanto al asunto americano, que es nuestro auténtico espacio natural, todo se queda en mucho pueblo hermano y tal, y mucho marear la perdiz. Pero los presidentes se llaman ahora Fujimori, Menem, Maronna, y cosas así. Y los jóvenes ya no vienen a estudiar a España, sino que se van a Estados Unidos. Y los gringos se los están comiendo sin pelar. Y resulta que el único sitio donde todavía nos quieren, hay que joderse, es en La Habana.

Después de las fiebres independentistas, la idea de la Madre Patria se estableció en las antiguas colonias hacia el Cuarto Centenario más o menos, cuando Rubén Darío y toda la panda redescubrieron la cosa. Ser español empezó a llevarse otra vez muchísimo, y eso abrió las puertas a dos grandes migraciones: los trescientos mil gallegos, vascos, asturianos y demás que fueron a buscarse allí la vida a principios de siglo, y el éxodo republicano de finales de los años treinta, entreverado todo eso con legiones de misioneros y de monjas dispuestos a convertir aborígenes. Pero después se fue cerrando el grifo, y los españoles cambiaron de horizontes o se quedaron en casa a ver a Nieves Herrero. En cuanto a los curas, los que no se salieron para casarse con indias se afiliaron a la teología de la liberación o se hicieron guerrilleros, y los milicos locales y sus asesores norteamericanos se los fueron cepillando un poco por aquí y por allá. El caso es que uno viaja a Buenos Aires, Bogotá o Tegucigalpa, y menos españoles de origen empieza a encontrar de todo. Así que lo del Quinto Centenario de hace un par de años, allí les sonó en buena parte a cuento chino. Y es que además, por otra parte, cada vez hay más chinos.

Así que, claro, con lo de la Madre Patria ya no comulga nadie, salvo unos cuantos nostálgicos jubilados que se apellidan Sánchez. Ahora todavía hay muchos que tienen un abuelo español, y aún les tira un poco el asunto de la lágrima. Pero de aquí a una generación los abuelos estarán criando malvas con Gardel, en La Chacarita, y ya me contarán ustedes de qué van a hablar nuestros embajadores en los cócteles a la hora de justificar el sueldo con fulanos que se llaman Makihito o Benamussa. Además, por mucho que la diplomacia española le dé a la retórica y a la demagogia fraterna, los gringos están más cerca y se lo ponen todo más barato. Y sobre todo se lo ponen, que ésa es otra. Y mientras los que quedan aún aguardan al español de toda la vida, de aquí sólo mandamos oportunistas, etarras rebotados, narcoemisarios con lista de la compra, o capullos de Bruselas hablando de prioridades comunitarias, del 0,7 por ciento y de que, en el marco de la OTAN, lo táctico es apoyar a los kurdos.

Supongo que al actual equipo de Exteriores le da lo mismo, porque cuando España termine de esfumarse en Hispanoamérica, que será pronto, ellos ya no saldrán en los telediarios. Pero a mí no me da igual. Y me pregunto si, en estos tiempos de tanta objeción de conciencia, tanto insumiso y tanto no saber qué hacer con esos chicos, no estaría bien inundar Hispanoamérica de jóvenes cooperantes, con ilusiones y ganas de marcha, para que preñen indias y se hagan guerrilleros y le den otra vez un poco de vidilla al asunto. Mejor eso que pagar con vidas de cascos azules las fotos que el ministro Solana se hace en Bruselas.

27 de noviembre de 1994

lunes, 21 de noviembre de 1994

A Chiquito de la Calzada


¿Se da usted cuen, don Gregorio? Toda la vida persiguiendo los garbanzos de uno en uno, rodando por tablaos de mala muerte hecho un fístro y con más agujeros en el diodeno que la ventana de un chérif. Sesenta años que se le retratan a usted en la cara, doce lustros andaluces y flamencos palma va y palma viene, con el gaznate hecho polvo por los trasnoches y el Machaquito, buscándose la vida a cuatro duros. Y ahora resulta que basta un rato en la tele para que la gente le pida autógrafos, y le den palmaditas en la espalda, y Pepita, que es una santa por haberle aguantado a usted, pecador de la pradera, treinta y seis tacos de almanaque haciendo juegos malabares con la cartilla de ahorros, ya no tiene que andar preocupándose de qué echarle al puchero.

Cuánto me alegro, maestro. Sobre todo porque, como dice la copla, al arriba firmante lo que más le alegra es comer jamón serrano de pata negra y oír a un flamenco contar un chiste. Contarlo además como Dios manda, o sea, dándole a uno igual el chiste que sea, y atento a la manera, que es donde está el duende, por la gloria de mi madre; como una vez que oí a Paco Gandía, que es un monstruo, comprándole un periódico a Curro el de la Campana en la esquina de Sierpes, en Sevilla, y tuve que sentarme en la confitería para no caerme al suelo de risa. Mi mujer, que es rubia y de Huesca, dice que no le ve a usted la gracia. Pero ya sabe usted, don Gregorio, que en España los chistes según y cómo. De Despeñaperros arriba, la historia necesita gracia. De Despeña-perros abajo, el chiste nos da igual. La guasa está en quién y en cómo lo cuenta' Y cuanto más largo, mehó.

Pero me desvío del tema. Lo que quería decirle es que el otro día, mientras me contaba usted el del mono que le endiña el diodeno vaginal al león, o sea, yo le miré los ojos y me encontré de pronto allá, al fondo, toda la tristeza lúcida y resabiada de quien ha hecho muchas palmas y ha cantado muchas coplas mientras la vida le daba, por lo bajini, más cornás que un Vitorino loco. De pronto -y disculpe, maestro, si me meto en lo que no me importa- me pareció verle en las arrugas del careto, en las patillas y el pelo en caracolillo tras la oreja, en esos ojos tranquilos y zumbones, mucha cátedra de la vida y de la puñetera condición humana. De esa que tienen los viejos flamencos; la que nadie, le cuenta a uno sino que se aprende palmo a palmo, noche a noche mirando la vida desde el tablao, entre guitarristas y bailaoras de faralaes llenos de zurcidos, alegrándole la noche de sangría barata a rebaños de guiris que ni entienden lo que se les canta ni se les baila, ni maldito lo que les importa, o a señoritos de fino La Ina y pameses, bautizo en el cortijo, boda, despedida de soltero, cuéntanos otro, Chiquito. Esa mariquita que va por la calle. Ja, ja. Etcétera.

Por eso me alegro tanto de lo suyo, don Gregorio. Aparte de haber enriquecido con un par de nuevas palabras el lenguaje de los españoles -más de lo que han hecho en su vida muchos ilustres escritores y académicos-, es bueno que de vez en cuando aquí triunfe alguien que merezca la pena, no por lo que cuenta, sino por lo que es y lleva a cuestas en su vieja y abollada maleta. En este país donde el éxito suele ir ligado a niñatos canta-mañanas que nacen de pie, a demagogos de lágrima fácil o a tiburones de moqueta, compadre y pelotazo, usted, merced al único golpe de suerte de su vida, se lo acaba de montar a puro huevo, y eso tiene mucho mérito y nunca estará del todo pagao. Porque la gente no sabe que un flamenco contando un chiste es lo más trágico del mundo, y de ese desgarro es, precisamente, de donde sale la gracia. A ver si no, de qué. A ver cómo sobrevive uno en esta casa de putas si se lo toma, encima, por la tremenda.

En cuanto a lo que el diodeno dé de sí, bueno estará y usted lo sabe. Hay gente que sale en la tele y cree, ¿verdad?, que lo de firmar autógrafos y lo de muy bueno lo tuyo es algo que dura toda la vida. Parece mentira, pero en este país donde a uno lo aplauden y al día siguiente lo apuñalan con idéntico entusiasmo, menudean fistros con menos futuro que un espía sordo, de esos que creen que el triunfo llega y no se va nunca. Pero a usted, don Gregorio, no hay más que mirarle la cara. Usted tiene más mili que el cabo Tres Forcas, y nadie tiene que contarle de qué está hecho el éxito. Sobre todo el éxito de la tele, que suele actuar como un macró con las lumis: las pone al punto en las mejores esquinas y luego, cuando están quemadas y hechas polvo, las cede a los compadres de los puticlubs, a precio de saldo.

Así que Dios lo bendiga, maestro. Y que le dure.

20 de noviembre de 1994

domingo, 13 de noviembre de 1994

La foto a traición


Antes, los recaudadores del Estado te quemaban la cosecha y violaban a las doncellas, y a uno siempre le quedaba el recurso de cargarse a un par de ellos y echarse al monte: era incómodo, pero te desahogabas. Ahora no. Llegan con un ordenador, te envuelven en los tentáculos de los boletines oficiales, y vas listo. Verbigracia: la Dirección General de Tráfico se dispone a aplicar un nuevo sistema de notificación de multas para que no se escape ni el Correcaminos. La cosa consiste en dar por notificada legalmente la sanción a través de su publicación en el boletín oficial de la provincia o en los tablones de anuncios del ayuntamiento local, cuando no se tenga éxito en la localización del interesado. O sea: que si no te paran en la carretera, ni lees los boletines y los tablones de anuncios, un día te dicen hola buenas los picoletos y te encuentras con que llevas seis años conduciendo sin carnet y tienes multas acumuladas como para embargarte el piso. O incluso más bonito y emocionante; de pronto van y te comunican del banco el embargo de tu cuenta por una sanción desconocida de un día que -dicen-, sin darte cuenta, te saltaste un ceda el paso en Talavera.

Y es que ésa es otra. Hay conductores de los que llegan dándote las luces cuando estás adelantando para que te arrojes a la cuneta y dejes franco el paso, virtuosos de las dieciséis válvulas que deben de tener mucha prisa por ir a visitar a la madre que los parió. También hay camioneros asesinos circulando por encima del límite en días de lluvia, o autobuseros que se te pegan al parachoques trasero a ciento veinte, para que espabiles. A los citados y a algunos otros me parece de perlas que los multen, los embarguen y los cuelguen por los pulgares en la gavia del palo mayor. Pero no es frecuente. Lo normal es que la sanción provenga de cuando, en una recta o en una travesía señalizada a 80, pasas a 92 y te hacen una foto. No dispongo de estadísticas ni maldita la falta que me hacen, pero apuesto un vermut a que, en este país, la mayor parte de los ingresos de la DGT vienen de ahí. A los otros hay que perseguirlos, pararlos, localizarlos, y eso lleva tiempo, naturalmente.

Y trabajo. Pero como en realidad de lo que se trata es de recaudar mucho con el mínimo esfuerzo, pues resulta que casi todos los conductores sancionados palman de lo mismo. De lo fácil.

La culpa, seamos justos, no es de Picolandia. Ellos trabajan a piñón fijo, se atienen a las órdenes y al reglamento, y no tienen la culpa de que les hayan cambiado el tricornio por la gorra de recaudadores públicos. Bastante vergüenza tienen que pasar emboscados en las cunetas como los merodeadores de caminos que antaño ellos perseguían, para pegarle un flashazo a traición al que le pisa a fondo por una recta de los llanos de Albacete. Porque un guardia civil como Dios manda tendría que estar, piensa uno, con el amoto o el coche listo para salir zumbando con el pirulo a toda mecha y la sirena haciendo pi-pa-pi-pa detrás de los malos, como en las películas, o para ayudar al que se queda sin agua del radiador, llevar parturientas a urgencias y proteger como mayorales de charol a esos toros de Osborne a los que Borrell quiere dar matarile porque estropean el elegante paisaje de sus autovías de diseño.

Y sin embargo, ahí los tienen -me refiero a los picoletos- tendiendo emboscadas a Mariano y su familia cada fin de semana, con esos coches de los que tan orgulloso se muestra el director general de Tráfico, con radares móviles, escáner y toda la parafernalia, que ya sólo falta ponerles un logotipo con el signo del dólar, caja registradora y una terminal de tarjetas de crédito. Pero estamos en España, así que todo se andará. Con el tiempo y unas cañas.

(Añadiré, para curarme en salud, que en veinticinco años de carnet no me han multado más que un día que cambiaron un ceda el paso de toda la vida por un stop, y yo fui el primer pardillo que pasó por allí aquella mañana. Me lo tragué de marrón total, y los picos que estaban al acecho sabiendo que era día de colecta fueron simpáticos dentro de lo que cabe, y de no ser por las diez mil que me clavaron, los tíos, todavía me estaría riendo. Así que luego, cuando algún lector ofendido le escriba al director para cagarse en mis muertos como cada semana, no vaya a decir que si respiro por la herida abierta y que si tal y que si cual y que se me ve el plumero. Lo que pasa es que he tenido más suerte que otros y, salvo el maldito stop, no me han cazado nunca. Aunque después de este desahogo, ya se pueden figurar. El día que tenga prisa y me retraten, la foto va a salirme por un ojo de la cara).

13 de noviembre de 1994

domingo, 6 de noviembre de 1994

Antes nos moríamos mejor


Antes nos moríamos de otra manera. Salvo accidentes, guerras e imprevistos, los españoles decían adiós muy buenas en el dormitorio de su propia casa y, según las esquelas del ABC, tras larga y dolorosa enfermedad. Eran los nuestros unos óbitos dignos y meridionales, con la familia alrededor, los hijos diciendo papá no te vayas y las vecinas rezando el rosario en la cocina, entre copita y copita de anís del Mono y agua de azahar. Se oía una campanilla, llegaba un cura rezando latines, y una de dos: el agonizante decía pase usted padre, con cristiana serenidad, o lo mandaba a freír espárragos con la mujer y las hijas diciéndole hay que ver, Paco, papá, cómo eres, te vas a condenar. Morirse en España era morirse uno en la cama como Dios manda, protagonista del último acto de su vida, libre de aceptar o rechazar los santos óleos, bendecir a la progenie o, llegado el momento supremo, incorporarse un poco sobre la almohada y decirles a los deudos con el último suspiro eso tan satisfactorio y tan castizo de podéis iros todos a la mierda.

Además, era instructivo para los niños. Ahora los quitan de en medio en el acto, no sea que vayan a traumatizarse con el espectáculo, y así salen después los nenes, creyendo que no van a morirse nunca y que la enfermedad y el dolor son cosa exclusiva de los bosnios y los negritos de Ruanda. Al arriba firmante le dejaron de fumar casi todos los ancestros en casa, y recuerdo perfectamente a dos, llevándome de la mano para darle un último beso al abuelito y a la abuelita cuando ya estaban tiesos como la mojama. A otro abuelo ayudé a amortajarlo personalmente con quince años, y recuerdo que mi padre le quitó de la solapa el clavel chulapón que yo, en un exceso de celo, le había puesto buscando un póstumo toque elegante. Claveles aparte, no me quedó ningún trauma, sino todo lo contrario. Todo aquello tenía algo de solemne, de lección de vida y de aprendizaje.

Pero la muerte ya no es lo que era. Ahora vas y te sientes un día un poco pachucho, el yerno te lleva al hospital en el Opel Corsa, y de allí ya no sales. Como si acabaras de caer en una trampa, te ponen un pijama, te llenan de tubos, una enfermera cuarentona pero de buen ver te dice tranquilo, abuelo, esto no es nada, y te pasas la agonía mirando el techo blanco de la habitación de la clínica, con la familia llorosa yendo a verte de cuatro a cinco, y los parientes lejanos de tu vecino de cama, que palmó ayer por la tarde, equivocándose de visita y despertándote en mitad de la siesta para decir qué buena cara tienes, tío Mariano, sin saber que al tío Mariano lo enterraron a las doce. Si duras lo suficiente tendrás varios vecinos de cama: desde el que no te deja dormir por las noches con la tos hasta ese otro con el que haces amistad y su mujer, una santa, te da conversación y hasta se ofrece a traerte la chata o el lagarto para que te alivies por las noches. Eso es lo bueno de los hospitales: que mientras te mueres, conoces gente.

Y después, que esa es otra, viene lo del tanatorio. Porque antes llegaban los del Ocaso S. A. a casa y te ponían en una caja de pino, recién afeitado, con el traje de los domingos que sólo te faltaba en el bolsillo el cigarro puro y la entrada para ir a los toros, y después se iban congregando los vecinos y los amigos en el vestíbulo, y la escalera, Y la calle, antes de que te sacaran a hombros, por muy mal que lo hubieras hecho, para conducirte solemnemente a tu última morada, con las hijas diciendo que no se lleven a papá y una corona con la inscripción Tus compadres de mus no te olvidan.

Ahora, sin embargo, ponen un biombo mientras te amortajan con una sábana del hospital y te sacan discretamente, a escondidas, como si palmarla fuera algo vergonzoso, y te llevan a toda prisa al tanatorio donde hay ocho o diez funerales a la vez, y la gente llega y pregunta éste es el entierro número diez, y le contestan no, éste es el número ocho, el diez es la puerta quince, allí donde llora esa señora. Y aquello ni es funeral ni es nada, todo el mundo mirando el reloj porque hay que desalojar la sala a la hora justa, música de casettes que un día igual se equivocan y te ponen a los Ronaldos mientras el cura -con sandalias y camiseta- despacha el requiéscat con dos mantazos y media estocada. Y para postre, el nicho tiene tu nombre con letras pegadas de rotulit de ese, que se caen a los tres días, y encima el yerno sugiere que pongan tu foto. Y allí te quedas, en óvalo, mirando al personal con cara de panoli cada uno de noviembre, cuando vienen a cambiarte las flores de plástico.

6 de noviembre de 1994

domingo, 30 de octubre de 1994

Se nos caen


Estaba el otro día el arriba firmante echándole un vistazo al monasterio de San Millán de la Cogolla cuando, con eso de las lluvias y lo demás, se cayó del techo un pedrusco. Comentando el tema con uno de los frailes que de aquello se ocupan, pregunté, ingenuo: "¿y qué dicen las autoridades culturales?". A lo que el digno freiré repuso, con un repuntín de mala leche: "Unos dicen ya veremos y otros nos aconsejan rezar".

Ignoro lo que rezar da de si en cuanto a la conservación de monumentos históricos -sin duda es mano de santo- pero la cifra del ya veremos me la contaron el otro día: 733 millones de pesetas son los presupuestos del Ministerio de Cultura destinados este año a la conservación de las catedrales españolas. O sea, un pelín más de lo que cuesta una casa de las que se construyen los tiburones guapos de la economía del pelotazo y sus, consortes alicatadas hasta el techo. En cuanto al presupuesto destinado al género menor, los monasterios como San Millán, el Ministerio de Cultura ha decidido tirar la casa por la ventana, destinando 160 millones. Así que mucho me temo que la oración seguirá siendo necesaria, a falta de algo más concreto como gravilla y cemento. Quizá porque el cemento lo gastan algunos en maquillarse cada mañana.

En cuanto al presupuesto catedralicio, echen ustedes cuentas. Reconstruir un solo pináculo de la catedral de Burgos, por ejemplo, cuesta un millón, poco más o menos. Y repartiendo 733 millones entre las 86 catedrales españolas, resulta que tocan a ocho kilos y medio por catedral. Es decir, a ocho pináculos y medio. El argumento oficial, cuentan, consiste en que no hay más dinero para catedrales porque éstas son propiedad de la Iglesia. Pero la Iglesia dice que venga ya, hombre, de qué vais, que entre convertir a Rusia y los infieles, y los viajes para que su Santidad les diga a los negros que no forniquen y a los indios que no aborten, o viceversa, a la nave de Pedro no le queda viruta ni para el cirio pascual. Total: que los obispos y los párrocos y los deanes se las arreglan como pueden, y el día menos pensado una cornisa gótica nos va a desgraciar a un turista, y se van a largar todos a Francia, donde las bóvedas de las catedrales están como Dios manda, y no pegadas con barro y salivilla, como aquí, sostenidas a pulso por cuatro curas y el cepillo dominical de dos feligreses con vergüenza torera.

En fin. Uno comprende que con las catedrales y sitios así no pasa lo mismo que con la Expo 92, o con el Ave. Llevan hechas varios siglos, y uno no puede apuntarse el tanto de salir inaugurándolas en los telediarios, porque ya están inauguradas de sobra. Como tampoco es lo mismo pasear por la catedral de Lugo o por la Seo de Urgell, lo que supone una vulgaridad al alcance de cualquiera, que ponerse de tiros largos, con pajarita y visón, la noche de reapertura del Teatro Real de Madrid (4.000 millones en el presupuesto) o del Liceo de Barcelona (1.000 kilos), que eso sí queda vistoso, tiene marcha social y pueden enviársele tarjetas de invitación a Almodóvar, en brillante combinación de la modernidad con el diseño y la cultura. Y si de paso allí puede oírse música, pues oye. Malegro.

Es curioso comprobar cómo la Cultura con mayúscula, la que no es vistosa de chundarata y muy bueno lo tuyo, ni rentable políticamente, sólo preocupa cuando uno está en la oposición, como esos arrebatos que, al ruido de las piedras que se caen, acaban de entrarle de pronto a algunos oportunistas miembros de otros partidos que no gobiernan, como si en este país no nos conociéramos todos; en esta España hermosa y desdichada donde tanto hijo de la gran puta fue capaz, en los intermedios, de pintar cuadros, escribir libros, construir iglesias y catedrales que ahora enseñamos a nuestros zagales porque sus piedras albergan nuestras claves y nuestra historia. Y todo eso, que no es patrimonio de la Iglesia ni del Estado, sino alma y conciencia de todos y cada uno de nosotros, se nos cae a pedazos.

Pero la culpa es nuestra. Y lo es por consentir, con tanto mirar hacia otro lado y tanto silencio cómplice, la impunidad de golfos pasteleros capaces de vender la lápida de su madre por un Mercedes con chófer y teléfono mientras imprimen su mediocridad y su bastardía cultural en los restos de nuestro orgullo y nuestra memoria. Así que tal vez el futuro depare lo que entre unos y otros andamos buscando: muros sin techo, ruinas por el suelo y un guía diciéndole a aburridos escolares con gorritas de béisbol vueltas hacia atrás: aquí estuvo, aquí fue. Quizá merezcamos de verdad irnos todos al carajo.

30 de octubre de 1994

domingo, 23 de octubre de 1994

Principitas y princesas


Pobre Lady Di. Siempre tan flaca y tan lánguida a la salida del gimnasio, con su carita de pena que da gana de cantarle quién te pintó esas ojeras, como a la Campanera de la copla. Observen esos ojitos moraos de tanto sufrir, esas carreras que se pega de vez en cuando para eludir a los fotógrafos y por fin, abatida, al límite, ese conmovedor estallar en sollozos ante los flashes implacables. Tan sola, tan acosada, tan malinterpretada ella. Y ahora resulta que un novio que tuvo siendo ya princesa consorte va y escribe un libro para contar que en los momentos íntimos ella lo llamaba Winkie.

Ustedes me van a perdonar, pero eso de llamarle Winkie a un fulano es la gota que colma el vaso. Podía haberlo llamado corazón mío, por ejemplo, que es más qué sé yo, o Cachito. Incluso mi héroe, ya que el susodicho era comandante de caballería hasta que lo echaron de la mili por largón y por bocazas. Pero no. Tenia que llamarlo Winkie. Y él a ella, en justa correspondencia -ruborícense, como yo- la llamaba Dibbs. O sea, Dibbs esto y Dibbs lo otro. ¿Gozas, Dibbs?

A mí, qué quieren que les diga, Lady Di me cae bastante gorda. Moralidades e instituciones monárquicas aparte, una no puede llegar y meterse en ese tipo de jardines con el pretexto de que nadie le había dicho que la vida de principita iba a ser así. Si cuando el Orejas empezó a susurrarle ojos azules tienes se hubiera preocupado de ir al cine y enterarse de qué iba la cosa, otro gallo le habría cantado a la niña Spencer. Habría visto, sin ir más lejos, a Grace Kelly y Alec Guinness en El cisne, explicando lo que es un matrimonio de Estado, a Audrey Hepburn y Gregory Peck en Vacaciones en Roma, o a Deborah Kerr y Stewart Granger diciéndose adiós en El prisionero de Zenda. Porque una cosa es decirse cuchi-cuchi y otra hacer de eslabón en la cosa dinástica, que a fin de cuentas es la madre del cordero de todas las monarquías serias que en el mundo han sido.

Pero no. Dibbs, tan frágil, tan dulce, tan romántica, quería ser rubia, guapa, principita de Gales, parir un rey para Inglaterra, envejecer como reina madre y, además, ser feliz. O sea. Y claro, cuando la vida adulta le dijo hola buenas, en vez de encajar la cosa como se encajan ese tipo de cosas, como gajes del oficio, empezaron las confidencias a las amigas íntimas, las lagrimitas en el hombro de los amigos de toda confianza, el no sabes la última de Carlos, etcétera. Y claro, una vez se levanta la veda, se levanta para todos. Total. Que María de la O Spencer le ha hecho más daño a la monarquía británica en unos años de matrimonio que el que hubiera hecho Buenaventura Durruti como director de informativos de la BBC.

Y es que -como decía mi abuela María Cristina, monárquica hasta la peineta- las princesas no se improvisan, y la culpa la tienen los consortes que, además de ser unos irresponsables, se las quieren dar de originales y de modernos y se casan con aficionadas. Porque una monarquía, y más tal y como está el patio, es una cosa muy delicada. Y una futura reina encargada de sostenerla con su talento y sus reales vástagos no se hace de la noche a la mañana, sino que responde -disculpen el si-mil taurino- a una cuidada selección de casta y educación para el oficio. Una princesa es una señora, y las señoras no sueltan lagrimitas en público ni van llamando Winkie a la gente. Una princesa sabe lo que se juega cuando se casa, y también sabe a lo que renuncia porque la educaron para ello con esmero, consciente de que, en ese ejercicio profesional, la felicidad es deseable, posible incluso, pero no forzosamente obligatoria. De lo contrario, todo el mundo querría ser princesa. No te fastidia.

Estamos hablando de princesas de verdad, claro. Por eso, aun sin que el fervor monárquico me quite el sueño, me caen bien las nuestras, que incluso siendo jóvenes han sido educadas para que se les note sólo lo imprescindible. Me apuesto lo que quieran a que ni la una ni la otra saldrán nunca en la prensa del corazón soltando lagrimitas ni diciendo gilipolleces. Pero es que ellas son princesas, claro. Profesionales de verdad, y no sucedáneos de esas que se lían con guardaespaldas y con chulos de discoteca. Aunque incluso estas últimas terminan sentando la cabeza en cuanto un marido inteligente les coge el punto. Fíjense si no en las chicas monegascas, a quienes sus respectivos -Stefano, que en paz descanse, y el otro, el madero- retiraron del pendoneo teniéndolas preñadas continuamente. Y ahí están ahora, con hijos por todas partes, hechas un par de señoras.

23 de octubre de 1994

domingo, 16 de octubre de 1994

Los viejos reporteros


Ya no quedan. Y de los que una vez lo fueron, estamos enterrando a los últimos de Filipinas. De vez en cuando llegan cartas de jovencitos, de esos que duermen mal y sueñan despiertos, preguntando cómo se hace. Pero ya no se hace. Ahora hay periodismo serio y equipos de investigación, y se adiestran robots con la minga fría, conectada a un ordenador. Ahora incluso, creo, hay una asignatura de ética profesional en las facultades. Ahora todos tenemos la Certeza con mayúscula sentada en el hombro y la obligación de ser responsables, la misión de liderar opinión, salvar la democracia, garantizar la libertad de expresión y cosas así. Ahora, periódicos y periodistas se toman tan en serio a sí mismos que aburren a las ovejas. Así que, aburridos, los viejos reporteros van y se mueren.

El último ha sido Yale. Le cerraron la última edición el otro día en Toledo, con edema pulmonar agudo y una copa en la mano. Los jóvenes plumillas y sus lectores ya no saben quién fue Yale, ni maldita falta que les hace. Pero una vez, con veinte años, el arriba firmante llegó al diario Pueblo de pardillo total, y un cojo con acento cordobés y muy mala leche le dijo:

-¿Llevas aquí tres días y aún no tienes el teléfono de Lola Flores...? ¡Pues tú, chaval, eres una mierda de periodista!

Aquel fulano del teléfono tuvo seis mujeres y ocho hijos, se coló vestido de enfermero en el hospital donde el yerno del Caudillo hacía trasplantes de corazón -aquella España era la monda-, viajó en el avión de Perón, fue a Vietnam, entrevistó a estrellas del cine, a criminales y a folklóricas, agotó reservas de alcohol y tabaco, se encamó con señoras propias y ajenas, y firmó cinco mil veces en primera página cuando para firmar en primera página había que jugarse la magra hacienda y la libertad por conseguir una exclusiva: o sea, mentir, trampear, adoptar falsas identidades, sobornar a funcionarios, guardias y secretarias, ir a los velatorios haciéndose pasar por íntimo del fiambre y, además, robar la foto de boda, con marco de plata y todo, para publicarla en primera. Y de paso, empeñar el marco.

Ya no hay periódicos ni periodistas así. Llegué al oficio cuando estaban a punto de irse, y tuve la suerte y el privilegio de echar los dientes con ellos. De Yale, Tico Medina, Julio Camarero, Carril, Amilibia, el joven Raúl del Pozo, Manolo Alcalá, Germán Lopezarias y tantos otros, los vivos y los muertos, conservo el amor profundo por aquel periodismo bronco, caliente, hecho de olfato y de oficio, donde tantos de ellos se dejaron la salud y la vida. Aquella droga que cada amanecer, bolingas y de arribada, les manchaba los dedos de tinta fresca, con grandes titulares en primera y su firma en un recuadro.

Firma que fue, por otra parte, su único patrimonio. Porque vivieron siempre a salto de mata, dando sablazos a los directores y a los amigos, trampeando y bebiéndose la vida a chorros, quemándola cada día entre el plomo de las linotipias. Fueron golfos, puteros, tahúres, escépticos y resabiados, pero los redimía siempre aquella manera de salir disparados sin decírselo a nadie cuando olfateaban la noticia, la pasión violenta con que vivieron la vida que habían elegido vivir. Nunca, que yo sepa, pretendieron hacer nada trascendente, convertirse en líderes de opinión o en misioneros salvapatrias. Su adversario fue siempre la Autoridad, bajo cualquiera de sus formas, y con ella se echaban un pulso diario. La objetividad les daba mucha risa, y jamás la estricta realidad les estropeó un buen reportaje. En cuanto a la popularidad, les importaba un carajo salvo por el dinero que podía producir. Fueron honrados mercenarios de la noticia, capaces de vender la virginidad de su hermana por una exclusiva, pero leales hasta la muerte a sus amigos y al periódico, a la cabecera que les daba de comer.

El mundo ha cambiado. Ya no hay sitio para ellos ni para su periodismo vespertino, cimarrón, bohemio, entrañable, y quizá sea mejor así. Pero lo cierto es que los echo de menos, y daría cuanto tengo por encontrarme de nuevo en aquella vieja redacción, tímido y jovencito, sin osar abrir la boca, mirando con reverencial respeto las mesas donde, entre humo de tabaco y tazas de café, los vi jugarse al poker la paga del mes, vaciando botellas a la espera de salir disparados con un fotógrafo rumbo a cualquier sitio donde ocurriese algo. Ahora ya tengo el teléfono de Lola Flores, a quien por cierto no llamé nunca. Pero cada vez que me lo tropiezo en la vieja agenda, sonrío a la memoria de las viejas putas que me enseñaron el oficio más duro, más ingrato y más hermoso del mundo.

16 de octubre de 1994