domingo, 25 de marzo de 2001

Rule Britannia


Si es que no puede ser. Por más que uno lo intenta y le pone buena voluntad, las cosas son lo que son. Mira que ya me tenía casi convencido mi vecino el rey de Redonda de que en materia de ingleses y de perros soy un ultrameridional de lo más abyecto, o sea, que lo mío es pura xenofobia pero mirando para arriba: quiero decir que un moro o un negrata o un sudaca me caen de maravilla, pero veo a un rubio tomando cerveza y diciendo gudmornin y se me pone un vello rojo y me vuelvo Doctorjeckyll -el conocido autor de Crimen y castigo-, o mister Hyde, o Frankenstein; o como se llame ese personaje al que cuando salía la luna llena se le ponía una mala leche espantosa. Que a mi lado el obispo de Solsona, su colega Setién, Marta Ferrusola, Heribert Barrera y el Dúo Sacapuntas Arzalluz y Egíbar, con sus catilinarias continuas contra maketos, charnegos y emigrantes con el RH cambiado, o sea, contra toda esa chusma advenediza que no habla lo que se debe hablar ni reza donde se debe rezar, pero al final exige derecho a comer, y derecho a opinar y derecho al voto si los dejas, y está jodiendo de mala manera las esencias de las madres patrias respectivas, son tacitas de tila y valeriana comparados con el arriba firmante. Estaba ya casi convencido de todo eso, o sea, de que soy tan intransigente, tan reaccionario y tan cabroncete como ellos, o aún más si cabe. Que cabe poco. De manera que, para combatir esa perversa tendencia mía, había decidido dedicar una temporada a hacer ejercicios espirituales con el Tristam Shandy y las hermanas Bronte, comprarme todas las películas de Kenneth Branagh y James Ivory, mandarle un libro dedicado al Orejas -inconsolable viudo de lady Di- y pasar mis próximas vacaciones tomando té en Oxford. Les aseguro a ustedes que en ese propósito de enmienda estaba, cuando hete aquí que el otro día todos mis buenos propósitos se fueron al carajo.

Les cuento. Iba yo por la calle Mayor de Madrid, dando un paseo camino de Las Vistillas. Un paseo que me prometía apacible, hojeando el catálogo de la librería náutica de Tarragona Cal Matías. Iba tan campante, decía, cuando de pronto caí en la cuenta de que había elegido un día nefasto para pasear, pues no paraba de cruzarme con energúmenos auIlantes en grupos de seis o siete, todos varones, con el pelo muy corto, claros síntomas de intoxicación etílica y extrañas camisetas amarillas. Les juro a ustedes por la cobertura de mi móvil –ahora llevo uno, a veces- que no tenía ni idea de quién era aquella peña. Así que me acerqué a un guardia. «¿y todos estos hijoputas?», pregunté. «Es que hoy juegan el Leeds y el Madrid», respondió, mirándome como si yo fuera gilipollas. Di las gracias y seguí adelante sin entender muy bien la relación directa, y por lo visto obvia, entre el hecho de que esa tarde jugaran el Leeds y el Madrid, y que las calles estuvieran llenas de animales borrachos que gritaban en jerga bárbara, molestando impunemente a la gente y haciendo gestos obscenos. Qué cosas, pensé. Qué cosas.

Delante de mí, calle Mayor abajo, caminaba un rebaño de esas malas bestias. Y les doy mi palabra de honor de que nunca he visto, en cosa de cuatrocientos metros y en el espacio de diez minutos, tantas barbaridades juntas. Allí no había rastro de James Ivory: todo era puro Ken Loach. Iban mamados hasta la madre que los parió, por supuesto; y en ese trayecto tuvieron tiempo para molestar a cuantas mujeres se cruzaron con ellos, amenazar a dos operarios de Telefónica que estaban sentados comiéndose sus bocadillos en la acera, quitarle el casco a un albañil que trabajaba en una obra un poco más allá, cambiar alaridos en la lengua de Shakespeare con otro grupo similar de cerdos borrachos que vomitaba al otro lado de la calle, orinar en un portal y caerse dos al suelo al llegar al semáforo de la calle Bailén. Hubo un momento en que coincidí con ellos allí, junto al semáforo, cavilando: ahora estos agropecuarios hijos de la gran puta también la toman conmigo, y si se pasan mucho no tendré más remedio, por la negra honrilla, hay que joderse, que coger las llaves del coche que llevo en el bolsillo y abrirle la cara a uno, al más bajito si puede ser, que a ese le llego, antes de que me den de hostias hasta en el cielo de la boca; que guapo me van a poner aquí, mis primos, y el puente que llevo en las dos últimas muelas me lo van a incrustar en el esófago. Pero hubo suerte y siguieron camino hacia el Viaducto, ignorándome. Y yo pensé: en mala hora se le ocurrió al alcalde poner paneles de metacrilato, porque con un poco de suerte se inclinaban a mirar, y con la castaña que llevan igual se caía alguno, aaaaaah, chof. Y angelitos al cielo.

Pero no cayó esa breva. Mi único consuelo fue que por el camino, la meadilla se la echaron casi en la esquina de la casa de Javier Marías, al que además le gusta mucho el fúmbol. Ya eso, colega, se le llama justicia poética.

25 de marzo de 2001

domingo, 18 de marzo de 2001

Se van a enterar


Ay, qué risa, tía Felisa. Resulta, según los expertos que saben de estas cosas, que a medida que avance el siglo, y hacia el 2050, España se irá convirtiendo en un país con ocho millones y pico de habitantes menos y la población más pureta del mundo: pocos yogurcitos y la tira de vejestorios decrépitos. Para que se hagan una idea: si esto tenía en 1951, cuando yo nací, el triple de habitantes que Marruecos, dentro de otro medio siglo los vecinos de abajo tendrán el 60% más de tropa. Y también un porcentaje similar añadido de ganas de comer caliente. En cuanto al panorama que para esas fechas tendremos aquí arriba, no saben lo que me alegro de no estar para verlo, entre otras cosas porque la sola idea de durar tanto me da una pereza enorme. Además, prefiero hacer mutis a tiempo, ahorrándome las incómodas vivencias que experimentarán los españoles cuando aquí no trabaje ni produzca ni cristo bendito, y no haya quien pague las pensiones, y la sanidad pública se haya convertido en una perfecta casa de lenocinio, y los concursos y programas musicales de la tele estén llenos de abuelos bailando los pajaritos, y los asilos no den abasto, y nueve de cada diez ciudadanos vayan por ahí con la próstata hecha una mierda y la sonda puesta, sin otros temas de conversación en la cola del autobús que el reúma y la artrosis y el Parkinson y el hijoputa de mi hijo, oyes, que hay que ver cómo pasa de mi, el canalla.

Lo malo, como siempre, es que los responsables de todo eso tampoco estarán aquí para que alguien les parta la cara. A unos, a los ciudadanos de a pie, por permitir con nuestro silencio cómplice y nuestros votos mal aprovechados que la improvisación, la imprevisión y la poca vergüenza de gobiernos, patronales y sindicatos desparramen impunemente los polvos que traerán tales lodos. A otros, a los mentados, por ser incapaces de adelantar medidas inteligentes, políticas sociales activas que reduzcan el vía crucis en que se ha convertido la vida profesional-familiar, y den a la gente cuartelillo para el futuro. Porque calculen cuántos hijos van a atreverse a tener quienes viven en la precariedad de contratos basura, rehenes en manos de empresarios cuya impunidad avala el Estado, con bancos sin escrúpulos que chupan hasta la última gota de sangre, con absurdas universidades que vomitan miles de parados sin trabajo estable ni perspectiva de tenerlo, en este país de insolidarios, chapuceros y mangantes donde para recoger tomates hay que contratar a abogados ecuatorianos, para encontrar un fontanero hay que llamar a un ingeniero polaco, y donde todos nos quejamos del desempleo, pero sale una convocatoria de puestos de trabajo para subir ladrillos a una obra y no se presenta nadie, porque las palabras europeo y albañil resulta que ahora son incompatibles, cosa de negros, y de moros; y lo que todos queremos, no te fastidia, es trabajar tres días a la semana, a ser posible tocándonos los huevos como representantes sindicales, y que nos paguen una pasta.

Así que en realidad no me da mucha pena que todo se vaya al carajo, porque nos lo hemos ganado a pulso. Y si nuestros hijos se ciscan en la madre que nos parió cuando se den cuenta del panorama que les dejamos como herencia, que se fastidien o que se espabilen. Y una forma de espabilarse será abrir las puertas de una vez, con criterio pero sin reservas y sin tanto la puntita nada más, a esa inmigración que para entonces ya no sólo será útil, sino imprescindible. A nuestros nietos nos les quedará otra que acoger a todos esos africanos, magrebíes, hispanoamericanos y ucranianos que vendrán en oleadas cada vez mayores a buscarse la vida, dándole marcha de una repajolera vez a este apolillado, reaccionario y miserable lugar. Y se mezclarán con nuestros nietos y nietas, y habrá, como en otros países, policías negros y ejecutivos sudacas y militares moros, y perderemos unas cosas y ganaremos otras, porque así es la vida y la historia de los pueblos. Y España, que pese a lo que sostienen cuatro fanáticos y cuatro tontos del culo fue siempre tierra común y de mestizaje, lo seguirá siendo con mayor intensidad aún. Y tendremos unos nietos cruzados de mandinga y de tuareg que estarán como quesos, y unas biznietas mulatas con ojos eslavos y cuerpazo colombiano que van a hacer que cada vez que un turista inglés vuelva a Manchester le pegue una paliza a su Jennifer, como revancha. Y todos esos Heribertos, Egíbares, Ferrusolas y demás paletos imbéciles que andan obsesionados por la pureza racial de su parroquia y las costumbres ancestrales del pueblo de Astérix y de la fiesta patronal de Villacenutrios del Canto, se van a joder pero bien jodidos, cuando sea un moro maketo de Tánger el que les cambie los dodotis en el asilo, o cuando a su Ainhoa le altere el RH su novio peruano al preñaría, o su Jaume Lluis tenga una nieta que se llame Montserrat Mustafá Ndongo. Vayan y háganles una inmersión lingüística a ésos. A ver si se dejan.

18 de marzo de 2001

domingo, 11 de marzo de 2001

Damas y bucaneros


Llevo un par de semanas partiéndome de risa. Tal vez recuerden que hace tiempo mencioné la página de internet que Corso, un amigo a quien no tengo el gusto de conocer, montó en la red sin pedirme permiso. Esa página ha crecido de forma espectacular, con treinta y tantos mil visitantes y un foro donde salteadores informáticos como el pirata Pepe y sus colegas del ciberespacio se congregaron cuando lo de El oro del rey en internet. De allí se independizó un asiduo, alias Decadix, con otra página llamada Callejón de los Piratas, especializada en rescatar viejos artículos míos. El caso es que a veces me doy una vuelta por una y otra sin decir ni pío, para cotillear. Lo más concurrido es el foro de Corso donde la gente mantiene una antigua y pintoresca relación, con habituales como Filemón, Jetulio Pencas, Balkan, Juan Gaudí, El Arponero Juan, Sorel, Haddock, Ciberpuma, Starbuck, T.S., Chimista. — imposible citarlos a todos—, convertidos en respetados veteranos. Hasta hay Uno Que Dice Ser Yo. Y que por supuesto no soy yo.

El caso es que mi vecino el rey de Redonda también tiene su página, creada por una lectora fiel. Una y otra coexistían pacíficamente, con estilos parecidos a sus titulares: más bronca la del foro revertiano, con un sector marinero, otro sector pirata, un grupo de espadachines fanáticos de Dumas, Feval y Sabatini, poetas quevedianos, anarquistas que van por libre, y un par de hijos de puta que suelen ponerme a parir firmando Carabel y Mayúsculo. En cuanto a la página de mi vecino Marías, el tono resulta más pacífico, marcado sobre todo por lectoras educadas que firman Cordelia, Ofelia, Morgana, y hablan de Jane Austen, de las hermanas Bronté, de Shakespeare y de cosas así. El caso es que, el otro día, una de las chicas de Marías se dio una vuelta por el foro piratesco; y, escandalizada, dejó un mensaje comentando lo zafios que eran sus habituales. La primera respuesta le vino de Sebas el Maño, rudo hermano de la costa del foro revertiano, que desembarcó en la isla redondina con las del turco, llenándola de mensajes donde lo más suave eran palabras como «internado de monjas» o «chochitos». Ofendidas, las Ofelias y Cordelias respondieron en la página enemiga, calificando a sus habituales de groseros y maleducados, y aconsejándoles leer a Marías para refinarse un poco. Y ahí fue Amberes. Porque el tal Sebas el Maño volvió a la carga; y también el gran Filemón —un histórico del foro, que sabe de mí más que yo mismo— tomó cartas en el asunto, choteándose de las presuntas chochitos por pretender ponerles a los piratas cortinas de cretona malva y un lazo rosa en la cola del ratón del ordenador. Y entonces, en zafarrancho general, toda la fiel chusma bucanera sin dios ni amo acudió al abordaje —¿Estamos en guerra?, preguntaba Surama desde Méjico—, invadiendo la página mariana dispuesta a saquear y a violar sin freno a las Ofelias y Morganas, cual milicianos en convento de monjas, y todo fue un rifirrafe de ataques y contraataques, llevados a cabo, eso sí, con una guasa y un ingenio desternillantes por ambas partes.

Por fin, tras la polvareda, en ambas páginas quedó un rastro de botellas de ron vacías, alguna falda rota, y la bandera negra de la calavera tiene ahora amarrado al mástil un sujetador de la talla 95. Como resumió el —o la que— usa el nick Oberon contemplando el paisaje tras la batalla, las embestidas e incursiones de las hordas piratas en el oasis cibernético del foro mariano, entre gritos y rasgar de bragas, insultos, puñetazos, mordiscos y besos, han sido dignos de figurar en los anales de argonautas y aventureros, sección expedicionarios rudos y damiselas receptivas. Con una grata conclusión: el mundo es ancho, en él cabemos todos, y nunca puede decirse con este filibustero no beberé o esta doncella no me asombrará en la cama. Porque ahora la relación entre ambos foros es de lo más singular, con tipos duros como Haddock y Jetulio y otros frecuentando amistosamente el foro de las perras inglesas —que han descubierto las emociones y humedades propias de un asalto de los viejos tercios—, y con animalotes como Sebas el Maño poniéndose colorados y reconociendo la casta de damas como Cordelia, que ya alterna sus tes de las cinco en Oxford con visitas cargadas de morbazo al foro de los corsarios; y además ha conseguido que el rudo Sebas, convertido de tigre bucanero en tímido tigretón de crema, coma en su mano como un corderillo, mientras reconoce a regañadientes que, cagüendiela, también en el foro mariano hay tías con un par de huevos. Lo que demuestra, una vez más, que las viejas y buenas historias siguen siendo posibles en el cine y en los libros, y hasta en internet y en la más próxima realidad, porque son eso: buenas y hermosas historias. Y porque hay gente con sueños, humor e imaginación, capaz de revivirlas siempre.

11 de marzo de 2001

domingo, 4 de marzo de 2001

Sobre imbéciles y champaña


Supongo que se habrán fijado, como yo, en la manía que le ha dado a la gente que gana premios y carreras y cosas así de coger una botella de champaña, agitarla bien para que coja fuerza, splash, splash, y luego regar a la concurrencia con el chorro de espuma, poniendo perdido a todo cristo. Ahora ya no hay Gordo de lotería, ni fiesta de cumpleaños, ni carrera de motos, de coches o de lo que sea, que no termine con espuma de champaña a diestro y siniestro mientras el personal parece encantado de que lo chorreen, yupi, yupi, y todavía pide más, dispuesto a gastarse lo que haga falta en lavandería con tal de participar en la fiesta. Uno, es un suponer, recorre cinco mil kilómetros haciendo el niñato gilipollas en un coche que vale una pasta, y después de atropellar a un dromedario, dos perros y siete negros, llega el primero de vuelta a Madrid o a Dakar o a donde le salga de la punta del clarinete, y entonces, para expresar su alegría, al muy imbécil no se le ocurre otra cosa que agarrar un mágnum de cinco litros y poner perdidos a los fotógrafos y a las cámaras de la tele, y a las topmodel pedorras esas que suben al podio para dar el premio y dos besos y siempre sonríen caiga lo que caiga, a la espera de poder contar en Tómbola cómo se lo hicieron con Jesulín, trámite imprescindible para hacerse famosas y enseñar el felpudo en Interviú.

Aunque peor es lo de los premios. Porque el del Gordo que acaba de embolsarse trescientos kilos, para dejarlo claro y que sepan lo contento que está y la marcha que lleva en el cuerpo, entra en el bar de la esquina, invita a los amigos, agarra el Codorniz o el Gaitero, según haya cobrado ya o todavía deba pasar por el banco, y a todos los que no han tenido premio ni han tenido nada y andan por allí cerca blasfemando para su coleto, los salpica con el chorro de espuma para que compartan su alegría, el muy soplapollas. Y si hay cámaras delante y posibilidad de verse en el telediario, entonces, en vez de agarrar al de la botella e inflarlo a hostias, que es lo natural y lo que antes solía hacerse en tales casos, la gente se ríe, y baila, y se abraza y aplaude al borde del mismo orgasmo, y dice suerte, suerte, que esta espumita trae suerte, y hasta saca a la suegra con un vasito de plástico en la mano para que salga con la permanente chorreando en lo de María Teresa Campos. Los subnormales.

Decía el otro día el gran Manolo Vicent, que es amigo y es marino y es mediterráneo, algo que no me resisto a transcribir literalmente: “No creo que haya existido una época en que los cretinos hayan sido tan apabullantes, ni los tontos hayan mandado más, ni la idiotez haya tratado de meterse como la humedad por todas las ventanas de las casas y los poros del cuerpo”. Y eso es algo rigurosamente cierto. Nunca en la historia de la Humanidad hubo un tiempo como éste, en el que gracias a ese multiplicador perverso de conductas que es la puta tele y sus consecuencias, gracias al mimetismo social que imita hasta el infinito la propia imbecibilidad y nos la devuelve bien gorda y lustrosa, alimentada de sí misma, el ser humano ha alcanzado cotas en apariencia insuperables, pero que demuestra ser capaz de superar día a día.

Hubo otros tiempos, claro, de memez y fanatismo, porque eso va ligado a lo irracional de la condición humana. Hubo, naturalmente, histerias colectivas, epidemias mentales, modas ridículas y todas esas murgas. Pero nunca hasta ahora fue tan rápido el contagio ni tan devastadores sus efectos. Cualquier gilipollez, la más tonta frase, canción, gesto, moda, difundida por la televisión a una hora de máxima audiencia, es adoptada en el acto por millones de personas a quienes uno supone en su sano juicio; y luego te la tropiezas aquí y allá, en todas partes, imitada, superada, desorbitada hasta límites increíbles, machacona y definitiva, cantada, bailada, repetida en el metro, en el autobús, en boca incluso de quienes por su posición o criterio deberían precisamente mantenerse al margen de todo eso. Y así terminas viendo a Clinton bailar Macarena en vísperas de que la OTAN bombardee Kosovo, a un ministro justificando su gestión política con una frase de Gran hermano, a presuntos respetables abuelos de ochenta años bailando los pajaritos en Benidorm, a irresponsables cretinos conduciendo cual si llevasen de copiloto a Carlos Sainz, o a un gilipollas con un décimo de lotería en el bolsillo salpicando a los transeúntes como si estuviera en el podio del Roland Garros, con los salpicados mostrándose felices con la cosa, y locos por que les llegue el turno para hacer lo mismo. Y comprendes que unos y otros no son sino manifestaciones del mismo fenómeno y de la misma estupidez colectiva, que nos tiene a todos bien agarrados por las pelotas. Y miras todo eso y te preguntas, si tú lo ves tan claro, cómo es que no lo ven claro los demás. Hasta que un día, como el padre Damián en Molokai, te miras al espejo y dices: maldita sea mi estampa. También yo he trincado la misma lepra.

4 de marzo de 2001

domingo, 25 de febrero de 2001

El gusano de la manzana


Les hablaba hace dos semanas del chuletón de ternera y de que de algo hay que morir; y hoy sigo con la misma murga, porque un amigo me comentaba hace un par de días que, tal y como se ha puesto el patio de Monipodio, al final habrá que comer sólo pescado y verdura. Después mi amigo se quedó pensando y añadió que eso, claro, hasta que descubran que el pescado se engorda con harina de avestruz loca, y la verdura es transgénica, berrenda en negro y escobillada del pitón izquierdo por parte de padre. Que todo se andará, apunté yo. Que todo se andará.

Y la verdad es que mi amigo tiene razón. El ser humano es tan desalmado y tan perro cuando de conseguir beneficios inmediatos se trata, que le da lo mismo dos que veinte, y el que venga detrás, que arree. Hace poco le oí comentar a un inversionista en bolsa, con toda la razón del mundo, que no comprendía por qué cuando él arriesgaba una inversión y perdía, su desastre financiero se lo tenía que comer él solito con patatas; y sin embargo, cuando un ganadero golfo llena a sus vacas de hormonas y harinas sospechosas para triplicar la producción y luego le sale la vaca majara o el marrano mal capado, es el Estado, o sea, los contribuyentes, quienes tenemos que reembolsarle las pérdidas. La verdad es que yo tampoco veo eso muy claro, y me gustaría que alguien me lo explicara un día de estos. Si no es molestia. Porfa.

De cualquier manera, y volviendo a lo del pescado y la verdura, dudo mucho que vaya por ahí la solución. Me juego lo que quieran a que a estas alturas ya hay algún hijo de puta ingeniándoselas para multiplicar en pocos meses los beneficios que el aumento en el consumo de pescado puede producirle si se espabila a tiempo. Yo en eso ando con la mosca tras la oreja desde que las doradas y las lubinas y otros peces antaño de lujo, que en mi mocedad costaban un huevo de la cara, bajaron su precio casi hasta el de las sardinas; y eso, casual y sospechosamente, en tiempos en que el mar se parece cada vez más a un campo de exterminio nazi, y los delfines y las ballenas y los salmonetes que quedan salen a las playas a suicidarse porque están hasta las pelotas de nadar entre basura. Es que son de criadero, te dice ahora el dueño. Y cuando oigo eso del criadero me dan escalofríos, porque vete a saber la quimioterapia, o como se diga, que los bichos esos, como todos los demás, tienen que estarse tragando para lucir tan gordos y con tan poco sabor dentro. Así que, bueno. A los que somos muy de pescado a la plancha y pescadilla frita, más nos vale tragar, glubs, con estoicismo senequista de algo hay que palmar, como decía aquél, sin cavilar demasiado en lo que engulles.

Y no crean, cacho pardillos, que con las frutas y las verduras se van a ir ustedes de rositas. Porque ésa es otra. A ver si no les parece sospechoso como a mí, por poner un ejemplo, que ahora todas las manzanas sean redondas, limpias y perfectas, sin una sola mácula en la piel, todas con los mismos colores amarillentos o reflejos rojizos, que hasta el mismo número de manchas tienen cuéntenselas e incluso el rabito de todas y cada una mide exactamente los mismos milímetros. Y lo que me acojona más que nada es que no tengan gusanos. Ni uno, nunca. Antes mordías una manzana y te sabía a manzana, y a veces descubrías que había medio gusano moviéndose en el agujero del mordisco, y después de blasfemar un rato te consolabas con el pensamiento de que lo que no mata, engorda; y que si la manzana era buena para el cabrón del gusano también era buena para ti. Con lo que separabas con el cuchillo el cachito del bicho y te comías el resto tan campante. Ahora fíjense cómo será la cosa, que una de dos: o a los gusanos ya no les apetecen las manzanas y a mí tampoco, porque casi todas saben a pepino, o a las manzanas les ponen algo para que no tengan gusanos. Y a ver quién me demuestra que lo que es malo para el gusano no es malo para el hombre, habida cuenta de la escasa diferencia que uno aprecia a menudo entre ciertos hombres y ciertos gusanos.

Pero es que ni lo del gusano prueba nada. Porque no les quepa duda de que el ingenio, el ansia de enriquecerse y la poca vergüenza, que a menudo hacen letal triunvirato, resolverían también esa cuestión. En el preciso momento en que la gente empezara a reclamar gusanos en las manzanas como prueba de comestibilidad, o como se diga, las manzanas saldrían al mercado cada una con su correspondiente gusano: ya fuera un gusano auténtico de pata negra, inyectado con modernas técnicas japonesas, ya fuera un gusano sintético, de plástico o de vaya usted a saber qué, capaz incluso de decir buenos días o bailar la Bomba. Un gusano simpático del que se harían dibujos animados y camisetas, y que al final saldría hasta en los crispis para que los niños lo conservaran como mascota. Puag.

25 de febrero de 2001

domingo, 18 de febrero de 2001

"El Ideal Gallego" me toca las narices


Hoy vengo caliente, porque es de esos días en que me avergüenza haber sido del oficio; aunque cuando lo pienso llego a la conclusión de que el oficio que desempeñé durante veintiún años –alguna vez dije que yo era un mercenario honrado- nada tiene que ver con lo que hoy comento. El caso es que hace unos días estuve en La Coruña, con los alumnos de varios colegios. Hace tiempo que no doy conferencias ni charlas, salvo en caso de que me líen los amigos a quienes no puedes mandar a hacer puñetas; pero con los colegios es diferente. Algunos leen tus libros y trabajan con ellos, y no puedes negarte a dar la cara ante los chicos, si dispones de tiempo. Además, te hacen la tentadora oferta económica de un bocata y una coca-cola; y ya me contarán quién se resiste a eso. El caso es que varios colegios de La Coruña habían estado trabajando con las aventuras de Alatriste; y como estoy algo mayor para andar de colegio en colegio, decidieron juntarse todos los alumnos en un mismo sitio, y someterse a un tercer grado sobre el asunto. Acudí, charlamos hora y media, y yo aprendí más que ellos. Lo de siempre.

Hablé de libros y de lectores, claro. Respondí a sus preguntas lo mejor que pude, e insistí en lo que insisto a menudo: en la cultura como antídoto frente a la estupidez y el fanatismo. Una cuestión delicada la planteó un jovencito al preguntar cuáles son los valores que más admiro. Tengan en cuenta que el problema cuando hablas con chicos es que el más tonto navega por internet, y con ellos no puedes pasarte ni quedarte corto. Así que dije la verdad. Tras advertirles de que podía estar tan equivocado como cualquiera, hablé un rato sobre el valor, la dignidad y la consecuencia del que lucha por aquello en lo que cree. El problema con eso, dije, es que a veces te lleva a contradicciones y terrenos peligrosos; porque al final, según ese razonamiento, puedes terminar respetando más a un terrorista que mata que a un político tramposo y sin escrúpulos. Y dicho aquello, siendo obvio que no pueden dejarse así las cosas ante chicos de quince a diecisiete años, añadí que, naturalmente, hasta la coherencia personal tiene una frontera que no se puede traspasar: “Por eso quiero dejar claro que hay un límite: el fanatismo y la estupidez. La consecuencia debe llevar hasta el límite que te da el sentido común. Por eso, para evitar el fanatismo y la estupidez es tan necesaria la Cultura”.

Todo parecía estar claro, pero había periodistas en la sala. O para ser precisos, había algunos que recogieron con exactitud lo que allí se dijo. Y también había un redactor de El Ideal Gallego. Su información, según comprobé con el fax que un amigo me hizo llegar al día siguiente, era razonable. Pero en los periódicos, ya se sabe. El redactor resume y a veces titula, el jefe de sección corrige el título, y al final el redactor jefe o el director, según los casos, sacan a portada tal o cual titular, modificándolo si lo creen conveniente. De ese modo, pese a que mis palabras estaban recogidas en cinta magnetofónica –de ahí las acabo de reproducir- y pese a que el texto de la información reflejaba más o menos lo dicho, el titular que salió en páginas interiores era una peligrosa simplificación: Pérez-Reverte: “Prefiero a un terrorista convencido que a un político tramposo”. Lo que, convendrán ustedes conmigo, es una forma subjetiva y sobre todo incompleta de plantear el asunto. Sin embargo, el redactor jefe, subdirector o tonto del haba cualquiera que estuviese de guardia esa noche en el Ideal, decidido a honrar mi visita a los colegios coruñeses con honores de portada, la cosa debió de parecerle excesivamente larga, o con poca garra; pues, fiel al viejo principio periodístico de que la realidad nunca debe estropearnos un titular, decidió anunciar en primera página: “Pérez-Reverte dice que prefiere a un terrorista que a un político” Con dos cojones. Y con lo cual, supongo, si yo fuera padre de un joven gallego o de cualquier otra variante de joven, lo primero que haría sería pedir que se prohíban, no ya los textos, sino la entrada del mentado Pérez-Reverte en cualquier centro escolar decente, amén de exigir que quienes llevaron a sus alumnos para que el antedicho les soltara tamañas barbaridades fueran expulsados para siempre de la enseñanza y, a ser posible, fusilados por la espalda y al amanecer.

No hay moraleja, o que la ponga cada cual. He sido del gremio y sé cómo se cuecen estas cosas, y también sé lo que pasa cuando intervienen la irresponsabilidad o la mala fe. Son gajes del oficio; lances a los que está expuesto quien abre la boca en público. Pero resulta que a veces las cosas llegan demasiado lejos, y entonces tú vas y te dices, pardiez, por qué voy a dejar que estos tíos se vayan de rositas, si puedo responder, o matizar. Así que ustedes dispensarán si utilizo –creo que por primera vez en ocho años- esta página para esa clase de asuntos tan particulares. Pero hoy necesitaba decir que en El Ideal Gallego trabajan dos o tres soplapollas.

18 de febrero de 2001

lunes, 12 de febrero de 2001

De algo hay que morir


Me encantan la foto y la frase. La foto es de hace unos pocos días, la tengo recortada de un periódico y sujeta con chinchetas junto al ordenador, y en ella se ve a un paisano cincuentón, o sea, uno corriente, de infantería, con la boca abierta, tenedor en una mano y cuchillo en otra, mientras se calza un chuletón de ternera que da gloria verlo, de dos por dos palmos, tostado por fuera y poco hecho por dentro, como debe ser, canónico, con su correspondiente botella de vino. Pero lo mejor es el titular que recoge las palabras del gachó: «De algo hay que morir», dice mientras engulle. Tan campante. Con un par.

Confieso que cuando miro esa foto no puedo evitar un calorcillo de simpatía. El del chuletón, según cuenta el texto, ha estado comiendo carne toda su puta vida, y no está dispuesto a cambiar de costumbres, a sus años, ni por las vacas locas, ni por la ministro de Sanidad ni por la madre que la parió. En eso me recuerda al autor de mis días, un caballero que palmó a los setenta y tantos largos, y cuando en las últimas de Filipinas lo trincábamos fumándose un cigarrillo en plan clandestino decía: «A mi edad, más vale morir de pie que vivir de rodillas». y por lo visto, el del chuletón opina lo mismo. Espongiforme o no, estuvo comiéndoselo con mucho gusto y provecho toda su vida, cada vez que se lo permitía el bolsillo; ya estas alturas no va a cambiar de costumbres porque a una peña de gobernantes golfos y ministros sinvergüenzas europeos, españoles incluidos, con su imprevisión, su táctica del avestruz y su miedo a afrontar la realidad, hayan puesto patas arriba la confianza de los consumidores. Ya lo mejor no es mal modo de encarar el asunto. Uno sigue comiendo chuletones como si tal cosa, zampa que te zampa, y cuando dentro de unos años le diagnostiquen que el cerebro se le está deshaciendo a miguitas por las orejas, se come el último chuletón, se fuma un puro, pasa por El Corte Inglés para comprar un bate de béisbol o un buen garrote de nudos, y luego se da una vuelta por los ministerios de Agricultura y de Sanidad; y si puede, también por la presidencia del Gobierno. La ventaja en España es que no hay riesgo de equivocarse, porque como aquí nunca cesan a nadie, todos los responsables seguirán sentados en sus despachos como si tal cosa, o como mucho habrán cambiado de ministerio, o estarán en algún sitio oficial, enganchados a la teta de la otra vaca la vaca que siempre ríe, como Rómulo y Remo a su loba. Así que será fácil topar con ellos y darles, zaca, zaca, las gracias.

De cualquier modo, en algo va encaminado el del chuletón. Tal y como está el patio, uno no puede ir por la vida obsesionado con todo lo que come, porque entonces el acto de jalar se convertiría en absoluta paranoia, e íbamos a pasar más hambre que un divorciado sin abrelatas. Además, si uno lo piensa, resulta que de toda la vida hubo epidemias, peste, cólera, viruela, infecciones, triquinosis, envenenamientos por setas y cosas así, y la gente no armaba tanto escándalo con eso de morirse. De vez en cuando venía la mala racha, uno palmaba solo, por docenas o por millares, y punto. Lo único que ha cambiado es que antes el óbito individual o colectivo era por azares naturales y por causas más o menos primitivas que corrían a cuenta de los designios divinos; y cuando había mediación humana o se atribuía a alguien, con razón o sin ella, cogían al presunto responsable y lo asaban en la plaza pública o lo descuartizaban entre cuatro caballos. Ahora las causas suelen ser la irresponsabilidad y la codicia de golfos, comerciantes y políticos sin escrúpulos, a los que lamentablemente ya no se descuartiza, sino que se ampara con subvenciones estatales o se los confirma en sus cargos para evitar crisis gubernamentales que dan mala prensa en Europa. En lo demás, las cosas no son tan diferentes de lo que eran. Lo que pasa es que nos hemos amariconado mucho, y ahora nadie quiere trabajar duro, ni que le duela nada, ni morirse ni harto de vino, y no fumamos ni bebemos, y andamos mirando las etiquetas para que todo sea aséptico, incoloro, inodoro e insípido, y vivamos lo suficiente para que entre los hijos y los yernos nos lleven al asilo a hostias y allí sigamos viviendo veinte años más, por lo menos, tan felices con nuestra sonda y nuestro marcapasos y nuestro braguero, viendo al chófer de Rociíto en Tómbola y pellizcándole el culo a las enfermeras cuando nos traigan el puré de guisantes. Y olvidamos, como bien nos recuerda el paisano del chuletón, que una cosa es cuidarse y otra obsesionarse; y que a fin de cuentas de algo hay que morir. Que a cada generación le toca bailar con la más fea que le deparan el azar o la época. Y que durante siglos los seres humanos han vivido los azares de la existencia y luego se han muerto como al fin, con chuletón o sin él, nos moriremos todos. Pero sin darle tanta importancia y sin armar tanto escándalo. A ver quién cojones nos hemos creído que somos.

11 de febrero de 2001

lunes, 5 de febrero de 2001

Menuda tropa


De todo este tinglado de las vacas locas y de la madre que las parió -luego dirán que me obsesiono, pero ya es casualidad que también la madre que las parió sea una vaca inglesa-, la conclusión principal que he sacado confirma algo que en los siete u ocho años que llevo tecleando este libelo semanal repetí alguna vez: España, o lo que sea esto, es un reino de taifas dividido e insolidario, donde cada cual se lo monta a su aire. Y por cierto: a los imbéciles que creen que utilizar la palabra España es indicio de centralismo patriotero, como uno que escribió el otro día acusándome de reaccionario y de facha por decir España y no Estado español, que según él es lo adecuado, lo progresista y lo moderno, diré que en algo tiene razón ese fulano; porque lo de Estado español es, en efecto, un término relativamente moderno -fue adoptado por el franquismo y luego usado igual por los cantamañanas del Pesoe que por los pichatibias del Pepé-, mientras que la palabra España -Hispania- ya la escribían los historiadores latinos, a quienes importaba un carajo que veinte siglos después Xavier Arzalluz se dedicara a la política.

En cualquier caso; algún nombre colectivo hará falta, digo yo, para aludir a esa amalgama indefinible de caínes, analfabetos y navajeros que vivimos entre los Pirineos y el estrecho de Gibraltar, y que en momentos de crisis solemos manifestarnos en todo nuestro esplendor. Porque, volviendo a las vacas locas, no sé como andará el manicomio vacuno a la hora de publicarse esta página; pero en el momento de parirla llevamos mes y medio de pajarraca, y si algo queda patente es, primero, la descoordinación, el egoísmo y la mala fe existentes entre las diversas autonomías; y segundo, la flojera operativa de un Gobierno incapaz de coordinar decisiones, prevenciones y soluciones, con la ley y con esa Constitución, de la que tanto pía, en la mano. Las fotos de vacas patas arriba en una Galicia caciquil que sigue en manos de la derecha más cutre, las chorradas ministeriales con los huesitos de caldo, la falta de rigor y el alarde de imprevisión, irresponsabilidad e incompetencia, la arrogante ignorancia y el servilismo abyecto de algunos tertulianos de radio, han dado pié a un espectáculo bochornoso, infame, vil, hasta el punto de que ya no te fías ni de un simple vaso de leche. Y si, como sostienen algunos, los gobiernos centrales son malos que te rilas, los múltiples gobiernos locales, virreyes y reyezuelos que nos manipulan, nos mienten, nos corrompen y nos enfrentan, no hacen sino agravar el daño y marranear la cosa. Entre unos y otros han conseguido dejar claro lo fácil que es que esto se vaya al carajo.

Imaginen ustedes, si eso pasa con una crisis más o menos lógica en un mundo que enloquece con la ambición y la falta de escrúpulos, lo que podría ocurrir con una tragedia de verdad, de las que realmente cambian la sociedad y la historia de un país. No quiero pensar, aquí donde todo el mundo barre para casa y el vecino que se las apañe, lo que veríamos si una epidemia seria o una contaminación grave -que el Tíreles hiciera pumba yéndose de verdad a tomar por saco, por ejemplo, o cualquier vertido tóxico de Mariano e Hijos a la alcantarilla o a la acequia más próxima esparramara el agua que usamos para beber y para la higiene. El agua no es un capricho para la barbacoa del domingo, sino algo imprescindible; y precisamente por eso, me juego lo que quieran a que asistiríamos a una guerra a muerte no ya sólo de autonomías, sino de pueblo con pueblo y vecino con vecino, cortando unos el agua, desviando tal río o tal cañería, negándole o volcándole los camiones cisterna al otro, matándonos a escopetazos de lado a lado de las cercas, cortando el tráfico en las autopistas y descarrilando trenes, con los obispos esperando a ver quien gana para pronunciarse, y los bomberos, protección civil, los mozos de escuadra, los ertzainas, la policía, los picoletos y hasta los vigilantes de Prosegur cada uno por su lado, zancadilleándose unos a otros -eso ocurre ya, sin crisis de por medio- según instrucciones precisas de sus respectivos consejeros y ministros de Interior. Y, por supuesto, todos y cada uno de los golfos y caciques y los demagogos que presiden cada respectivo feudo, poniéndose a la cabeza, faltaría más, de cada asedio y cada bloqueo y cada linchamiento, mientras aquí no dimitía ni Cristo bendito, y el ministro de Economía aseguraba en el telediario, después de que lo maquillaran con cemento, que bueno, que no todo es negativo, y que España sigue yendo bien porque la industria de agua embotellada ha centuplicado sus ventas y sus precios y sus beneficios, y eso siempre ayuda a crear puestos de, ejem, trabajo. Alarma social, dicen. Yo sí que estoy alarmado socialmente. Estoy acojonado con la cantidad de hijos de puta que pueblan el país en el que vivo. Y de eso la culpa no la tienen las vacas.

4 de febrero de 2001

domingo, 28 de enero de 2001

Mordidas de chocolate


Ya les he contado alguna vez que me gusta Méjico. Me gustan el paisaje, la comida, el tequila y la gente. Allí te atracan, por ejemplo, y, con la Colt 45 apuntándote al entrecejo, un fulano con bigotazos va y te dice, muy suavecito: "Amigo, deme el reloj las tarjetas de crédito o se muere ahorita". No dice lo mato, o le pego un tiro, no. Dice se muere. O sea, que te mueres tú solo, y él no se hace responsable de nada. Incluso esos peligrosos policías que te dan el sablazo en un callejón oscuro con la cazadora cerrada hasta el cuello para que no veas el número de la placa-por ahí dice usté no mas cómo quiere salir del problemas-, y no aflojan hasta que sueltas de mordida el diez por ciento de la multa que nunca se propusieron ponerte, pueden llegar a tener su relativa gracia si lo cuentas luego ante una botella. La otra noche, en la esquina de Paquita la del Barrio, Antonio -el chofer que mi compadre Sealtiel Alatriste me presta a veces para callejear el DF sin que me atraque un taxista- pidió al estacionar el coche "veinte pesos, patrón, para la policía". Se los di, resignado a contribuir a las necesidades particulares de la madera capitalina. Y a la salida, cuando cinco tequilas más tarde regresé haciendo eses y canturreando Mujeres divinas seguido por dos fulanos que me pisaban la huella con evidentes intenciones, comprobé que la mentada policía no era el cuerpo de policía local, sino una policía concreta, o sea, una uniformada gorda con pistola enorme al cinto, que me sonrió y detuvo el tráfico para que nuestro coche pudiera salir, tras dirigir una mirada disuasoria a mis dos sombras, diciéndoles: busquen a otro, cuates, que este gachupín rumboso ya dio el cachuchazo y está en regla.

Quiero decir con todo eso que Méjico, si uno tiene el aplomo razonable y tiene suerte, es una aventura apasionante. Porque como dice otro amigo mío, el escritor y periodista Xavier Velasco -empedernido noctámbulo y golfo de cojones-, “comparado con esto, Kafka era un costumbrista provinciano”. Que se lo pregunten al fotógrafo de Reforma al que encañonó un atracador, y al decirle que trabajaba para ese diario, el otro lo pensó y dijo " pues tírame una foto, no más". Y entonces, en mitad de la calle y con la gente pasando por allí, el caco posó tranquilamente con la 44 magnum en alto y una pose chulesca, la otra mano en la cadera y sonrisa de oreja a oreja. "Si no la publican, te bajo a plomazos" advirtió antes de irse. La foto se publicó, por supuesto. Yo la he visto. En primera. Y a estas horas, el de la 44 es la estrella de su barrio. Méjico también es otras cosas. Es, sobre todo, la forma singular en que coexisten la crueldad la pobreza y el orgullo, a menudo en la misma gente.

Me encanta el relámpago que encabrita los ojos del camarero cuando un gringo imbécil -y no siempre los imbéciles son gringos- confunde su cortesía con sumisión. O como cambia el ambiente cuando, en un tugurio, unos tipos hasta arriba de pulque, y con más peligro que un sicario majara, meten mano a las navajas a los fierros para abrirte ojales suplementarios: "usted dijo o no dijo, señor, y en estas mismas lo trueno", etcétera. Y en ésas les ponen una botella de tequila sobre la mesa después que tú, con mucha mili mejicana en las conchas, pronuncies la fórmula que aquí nunca falla "soy extranjero y no conozco las costumbres, pero tengo mucho gusto en invitar a una copa a los señores". Y al final sales de allí vivo y a las tantas, con una castaña de órdago y media docena de nombres más -alias incluidos- en tu vieja agenda de viaje.

Fascina, sobre todo, la dignidad de los humildes, que de pronto surge incluso entre la violencia y la miseria. Hace unos días estaba a la puerta de una cantina de la plaza de Santo Domingo, mirando lo más infame y lo más noble que España trajo a América: el palacio de la Inquisición y las imprentas que ya funcionaban en el siglo XVII. En ésas se acercó una pobre mujer con una cesta. Vendía chocolate, y antes de que abriera la boca le di cinco pesos. Me miró muy seria "no estoy pidiendo, señor. Yo vendo mi chocolate". Me disculpé en el acto. Claro, respondí. Y con mucho agrado se lo compro. Pero ahora me incomoda llevarlo, así que guárdemelo para luego. Eso la convenció, y se fue toda digna con sus cinco pesos. Y me quedé pensando que quizá, de tener ocasión, esa mujer me habría robado la cartera a la vuelta de la esquina. Pero en Méjico, cada momento tiene su momento, y cada cosa es cada cosa. Y es bueno que así sea. A veces hay que cruzar un océano, sentarse a la puerta de una cantina en invertir la módica suma de cinco pesos para recobrar palabras y actitudes que en la madre patria -también los hijos de puta tienen madre; y las putas, hijos- parecen haberse esfumado hace mucho tiempo.

28 de enero de 2001

domingo, 21 de enero de 2001

Seréis como dioses


Pues no sé lo que pensarán ustedes, pero llevamos casi un mes del nuevo milenio y no lo veo nada claro. Igual es que me precipito un poco, y hay que dar un margen de confianza de cien o trescientos años, o qué sé yo. Pero lo cierto es que después de encajar hasta la náusea todos los buenos augurios y etcétera, salgo a la calle, miro el careto de cierta gente y el mío propio, y concluyo que, bueno, pasado el momento de euforia de las fechas redondas y demás, no hay motivo para tirar cohetes. Así que no me vendan motos con eso de que en los siglos venideros el hombre, tras abastecerse de capacidad técnica, va a dedicarse a ensanchar sus proyectos humanos. Porque el hombre —no hay más que vernos— va a ensanchar una puñetera mierda.

A ver si consigo explicarme. Hoy le he mirado la cara a un policía. Un careto normal, con un ligero toque agropecuario, estólido y profesional como todos los policías del mundo: esperando órdenes de ayudar a la gente, incluso a costa de su vida, o esperando orden de molerla a palos y que el coste de la vida lo pongan otros. Todo según respire quien paga el jornal. Y por una extraña asociación de ideas —o no tan extraña—, me he puesto a pensar que en el siglo XX los hombres hicimos realidad, o casi, viejos sueños e ideales: el reconocimiento de la democracia como forma menos mala de gobierno, los derechos humanos, la condición de la mujer, el avance de la ciencia y la tecnología, el acceso a la cultura, y cosas así. Conseguimos —ustedes, porque yo sólo miraba— que las democracias liberales derrotaran, o al menos recortaran las alas, a tres de los cuatro peores enemigos de la libertad; el fascionazismo racista, el comunismo de gulag planteado como negocio de Stalines y mangantes, y la multinacional oportunista, reaccionaria, nefasta cuando se la considera en un contexto histórico, que preside el Papa de Roma (cuyos pastores españoles, por cierto, mojan otra vez en todas las salsas y subvenciones, con la tranquilidad de quien tiene pías ovejas en los ministerios y seguras las espaldas. Por eso derrotar lo escribo con las debidas reservas).

Al cuarto jinete —el dinero aliado con la infame condición humana—, a ése no lo derrotó nadie. Por eso, agotadas las utopías y las revoluciones impulsadas por ideologías, la única revolución que ahora parece posible es la del rencor y la desesperación: la de los parados, los hambrientos, los infelices que se asoman al perverso escaparate de la tele, soñando con participar de un mundo artificial e injusto que ya no pretenden cambiar, sino gozar. Parias de la tierra que se han ganado el derecho a ser crueles cuando afilen el machete; y a los que, cuando al fin su rencor estalle en devastadora intifada, no bastarán para contener todas las policías del mundo. Creíamos que el progreso abriría otra clase de caminos; pero ahora sabemos que la ciencia y la facilidad de acceso a la cultura no garantizan nada. Incluso pueden pervertirse y coexistir con el mal o la barbarie, y fomentarlos: había científicos en Auschwitz y melómanos en el Kremlin. En un mundo consciente de su capacidad de destruirse a sí mismo, el ser humano sigue sin aprender la lección terrible de su experiencia. El lema sigue siendo ahí me las den todas. En mis biznietos.

Y sobre todo está la divisa de este tiempo: la ambición. El afán del hombre por ser más de lo que razonablemente puede llegar a ser. Esa locura desmedida es la que convierte cualquier experimento cultural o científico, cualquier clave de progreso, en arma de doble filo. No hay tanta diferencia entre el bodeguero golfo que arruina una marca de prestigio añadiendo uva bastarda, o el que atiborra las carnicerías de basura mortal por usar piensos baratos, con el científico que aspira a donar al ser humano y juega al doctor majareta bajo el pretexto de que así podremos prevenir las enfermedades, el dolor y la muerte. En el fondo, el móvil es el mismo: las vacas locas, la contaminación, la capa de ozono, la lluvia ácida, las leyes que se aprueban para donar bichos, embriones o lo que se tercie, so pretexto de que así se prevendrá el cáncer, el Alzheimer o la gonorrea, los transgénicos sospechosos que justificamos con el pretexto de comida a los hambrientos, mientras quemamos las cosechas para mantener los precios. Todo responde a la ambición: queremos ganar dinero rápido, y además no morirnos nunca. Y somos tan arrogantes, tan irresponsables, que para conseguirlo osamos alterar las leyes de la Naturaleza. Por la soberbia y el capricho de vivir más a cualquier precio, abrimos peligrosas cajas de Pandora, apelando a la ética y al sentido común del ser humano —unas garantías que manda huevos— para establecer los frenos y los límites. Por eso, en lo que a mí se refiere, prefiero que el doctor Frankenstein vaya y done a la vaca loca de su puta madre. Adoro mi incógnita fecha de caducidad. Y prefiero no estar aquí cuando este laboratorio imbécil se vaya a tomar por saco.

21 de enero de 2001

domingo, 14 de enero de 2001

El bar de Lola


Hoy van a permitir ustedes que vuelva a tomar unas cervezas con un amigo, esta vez en el bar de Lola. Ese bar es imaginario sólo hasta cierto punto. Tiene antiguos azulejos en las paredes, un par de barricas de roble que huelen a vino añejo, y dos viejos carteles: anís del Mono y Fundador. Hay otro anuncio en la fachada, también de azulejos, que dice: Nitrato de Chile. En cuanto a Lola, es una belleza morena, cuarentona, ajada pero reteniendo mucho poderío, con esa callada lucidez que dan la vida y los años en la barra de un bar. La clientela es fundamental: borrachines que desayunan vasos de vino o carajillos de Magno a las nueve de la mañana, alcohólicos anónimos sin complejos, trabajadores del puerto, albañiles y fontaneros con bocatas y botellines, y tipos así. Hasta el Piloto asoma de vez en cuando, enciende un pitillo y se toma su caña, silencioso, en un rincón. Por las noches, los fines de semana, el sitio se anima con jóvenes que van de vinos y coexisten pacíficamente con la parroquia de diario. Ese es el bar de Lola.

La cerveza de hoy la paga Antonio, Toni para los amigos. Y yo soy su amigo. Antonio tiene veintisiete tacos, y es un pegahierros, o sea, un soldador sin más estudios que los justos, con todas las pasiones oportunas, y todavía capaz de soltar la lágrima, cuatro copas por encima de la línea de flotación, con el Canto a la libertad de su paisano Labordeta. Aunque conviene precisar que, por lo general, las lágrimas de Antonio son lágrimas de rabia. Porque hay lloros y lloros, y cada cual llora según como es y se siente. Antonio es y se siente lancero del cuadro de Velázquez, pero de los del fondo. De los que sólo se ve la lanza. Antonio le mira las tetas a Lola entre tiento y tiento a las cañas.

Las tetas de Lola, dicho sea de paso, son espléndidas, y según los escotes de sus blusas, morenas y sabias. Todos se las miramos ya ella no le importa porque lo hacemos con respeto, de forma objetiva, igual que contemplas una hermosa puesta de solo a un crío jugando en un parque. El caso es que Antonio mira lo que mira, pide otras dos cañas, y me dice: fíjate, colega, el problema es que ni yo ni mis alrededores existimos en este puto país. Llevo currando desde los dieciséis como un cabrón. He leído encuestas, estudios demográficos y otras murgas, y la verdad es que no sé de qué país de Walt Disney hablan cuando nos hablan. Cada vez que llego a casa reventado y pongo la tele, me salen niñatos guapos, listos, con buen rollito, o sea, unos pijos de diseño que te cagas. Y al loro cantimploro, tío, nunca se les ve trabajar –mucho menos como yo, con mono-, porque eso sí, estudian siempre aunque tengan treinta tacos, y con unos problemas trascendentales que te descojonas de risa. Y la gente va y se lo cree y encima termina pareciéndose a ellos, fíjate. Se lo tragan todo con patatas y España va bien, y somos europeos y la pera limonera, porque luego te encuentras a sus clones como ovejas Dolly, guapitos de cara que salen en las encuestas y en los telediarios, todos super-realizados, con curros súper-súper, que resulta que ahora todos los que veo en el metro a las siete de la mañana con cara de zombis, camino del andamio o del taller, son alucinaciones mías. Así que cuéntame qué coño pasa, tú que tienes estudios.

Porque o la gente no es gente y son marcianos, o yo soy gilipollas, o el marciano y gilipollas soy yo, y lo que veo todos los días es mentira. Lola nos ha puesto otras dos cervezas, y por un momento he pensado en pedirle que ponga también algo de lñaki Askunze, que me gusta tenerlo de fondo cuando me las tomo con los amigos; pero al fin medito y decido que Antonio no está para músicas. Así que me calzo media caña, asintiendo de vez en cuando porque comprendo que mi amigo no busca respuestas sino desahogo. Y así lo sigo oyendo decir, colega, que en este país tan europeo y que va tan de puta madre, hasta los principitos y las principitas tienen dieciséis carreras y la del galgo, y les gusta esquiar y montar a caballo e ir en yate de lujo, no te jode, y a mi mujer y a mí también -Antonio está casado con una morenita de pelo que le quita el sentido-; pero ella y yo tenemos la mala costumbre de comer todos los días y pagar el piso. Ya ves. De manera que, bueno, quizás lo mejor es manifestarse pacíficamente cuando hay ocasión, reclamar por los cauces legales y demás, ya sabes. Pero siempre te pegas con el muro de los golfos y los aprovechados y los mangantes, y lloras de rabia y de impotencia ante las perrerías que te hacen, y encima acojonado por si te echan del curro y te quedas mojama, mirándote la parienta. ¿Cómo lo ves?... Y yo, en lugar de decirle cómo lo veo, que maldito lo que necesita que lo diga, le pido a Lola otras dos cañas. Y Antonio termina así: «Hay días en que oyes eso de que España va bien, y te dan ganas de hacerte maquis, echarte al monte, y el que más chifle, capador». Eso es lo que me dice Antonio mientras tomamos cañas en el bar de Lola.

14 de enero de 2001

domingo, 7 de enero de 2001

Sobre ingleses y perros


Me escribe un lector inglés, con afecto y buen humor, tirándome de las orejas con mucha gracia -tanta que no parece inglés- mientras se interesa por mi afición a llamar perros ingleses a los hijos de la Gran Bretaña. Por qué, pregunta, no trago a los chuchos de sus compatriotas. Así que intentaré explicárselo: los perros ingleses son respetabilísimos. Me refiero a los que hacen guau, guau. Esos, sean ingleses o no, merecen todo mi respeto: como varias veces he tecleado en esta página, más respeto que los humanos. Que ya me gustaría tuvieran tuviéramos la misma lealtad y la misma inteligencia. En cuanto a los cánidos estrictamente ingleses, mi afecto por ellos lo abona el hecho de que mi perro pertenece a la raza labrador, que es una raza inglesa. Los mismos que posan acompañando al Orejas cuando se hace fotos.

En cuanto a los bípedos británicos, ése es otro cantar. Pero no quisiera que mi amigo inglés lo atribuyese a razones patrióticas o sentimentales. La patria, a estas alturas y tal como se ha puesto el kilo, me importa un huevo de pato. Al menos la patria tal y como la entienden los fanáticos, los soplapollas, los mercachifles y los asesinos. Lo que pasa es que uno tiene sus lecturas, y su criterio. Y hasta su personal sentido del humor. Y ahí es donde situamos el asunto. A fin de cuentas nací en una ciudad vinculada al mar y a la Historia, donde el inglés fue siempre la amenaza y el enemigo. En los libros, en los relatos de mi abuelo y de mi padre, aprendí a respetar a esos cabrones arrogantes como políticos, diplomáticos, guerreros y sobre todo marinos; y también a despreciar su hipocresía y su crueldad. A desconfiar sobre todo de su manera de reescribir la Historia a su conveniencia, y de su soberbia frente a los otros pueblos. En cada libro sobre la guerra de la Independencia española, la guerra en el mar o la piratería en América que me eché al cuerpo, toda mención a mis compatriotas se basó siempre en la descalificación y el insulto. Si uno lee las memorias de cualquier militar inglés en la campaña peninsular, concluye que Inglaterra venció a Bonaparte en España a pesar de los propios españoles, siempre sucios, perezosos, viles, cobardes, aún más fastidiosos y ruines como aliados que el enemigo francés. Cosa, por otra parte, que es perfectamente posible, porque quien conoce a mis paisanos conoce el paño. Pero de ahí a decir que Wellington liberó a España de Napoleón media un abismo. Luego está la perfidia histórica, real y documentada, que no fue moco de pavo: los golpes de mano contra posesiones españolas, siempre disfrazando con razones humanitarias lo que fue rivalidad colonial o simple piratería. La canallada de las cuatro fragatas atacadas sin declaración de guerra en 1804. Los asaltos contra Gibraltar, La Habana, Manila, Cartagena de Indias. El silencio sobre los fracasos y el trompeteo sobre las victorias. Recuerdo a un profesor inglés afirmando en clase que Nelson no había sido derrotado nunca. Pero yo sé desde niño que Nelson fue derrotado dos veces por españoles: en 1796, cuando con la Minerve y la Blanche tuvo que abandonar una presa y huir de dos fragatas y un navío de línea, y cuando un año después quiso desembarcar en Tenerife por las bravas y perdió un brazo y trescientos hombres.

No hablo, y espero que lo entienda el amigo inglés, de patrioterismo ni peras en vino tinto, sino de simple memoria. Conozco mi Historia tan bien como algunos conocen la suya, y sé que si España tuvo Trafalgares otros tuvieron Singapures. Del mismo modo puedo afirmar que honrados hispanistas británicos llamados Parker, Kamen o Elliot, me ayudaron a comprender mejor mi propia Historia. Gracias a todo eso, cuando miro atrás no tengo orejeras ni complejos, pero sí buenas referencias. Eso me permite, entre broma y broma, poner un par de puntos sobre las íes, cuando las íes me las escriben hijos de puta con letra bastardilla. Por supuesto que no me siento enemigo de los ingleses, que además leen mis novelas. Vivo en mi tiempo y a mi aire, y sé que la memoria es una cosa, y la guasa al teclear esta página, otra. En lo de la guasa, por cierto, el culpable es mi vecino el rey de Redonda -a quien agradezco la caballerosidad con que se condujo hace unas semanas, tras mi arrebato acuchillador y sanguinario-, que hace tiempo me regaló un grabado antiguo titulado Perros ingleses. Y como él si es anglófilo de pata negra, buena parte de nuestras murgas suelo arrimárselas por esa banda. También puntualizaré que la mentada referencia canina tiene solera: entre el XVI y el XIX era expresión habitual: simple toma y daca para quienes, como dije, dispensaron siempre motes despectivos a todo enemigo o vecino, reservándonos a los españoles lo de grasientos moros -Turner nos dibujó con turbantes en Trafalgar, quizás a mucha honra-, fanáticos papistas, demonios del Mediodía y cosas así. Algo que, con las obligadas actualizaciones, sigue haciendo la prensa amarilla de Su Majestad.

7 de enero de 2001

domingo, 31 de diciembre de 2000

El rezagado


Se acaban el siglo y el milenio. Ahora sí que se acaban de verdad, y no saben cuánto agradezco que todos los grandes almacenes, y todas las agencias de viajes, y todos los hoteles y restaurantes que doblaron los precios, y todos los soplapollas que hace justo un año montaron aquel grotesco numerito del festejo con doce meses de adelanto, lo hicieran entonces, y no ahora. Así han dejado la fecha bastante despejada, dentro de lo que cabe, y estarán calladitos y tranquilos, y no habrá que soportar está vez más estupideces que las imprescindibles. En cuanto a mis propias estupideces, tenía previsto hacer una especie de reflexión sobre cómo este siglo que acaba empezó con la esperanza de un mundo mejor, con hombres visionarios y valientes que pretendían cambiar la Historia, y cómo termina con banqueros, políticos, mercaderes y sinvergüenzas jugando al golf sobre los cementerios donde quedaron sepultadas tantas revoluciones fallidas y tantos sueños. Iba a comentar algo de eso, pero no voy a hacerlo porque hay una imagen que me acompaña estos días, coincidiendo —y no casualmente— con las fechas. La imagen es la de una historia real y breve, casi un cuentecito, que lleva mucho tiempo conmigo. Y tal vez hoy sea el día adecuado para escribirla.

Una gran bandada de pájaros se ha estado congregando durante días en un palmeral mediterráneo, antes de volar hacia el sur para buscar el invierno cálido de África. Ahora viaja sobre el mar, extendida tras los líderes que vuelan en cabeza, dejando atrás las nubes y la lluvia y los días grises, hacia un horizonte de cielo limpio y agua azul cobalto donde se perfila la línea parda de la costa lejana. Allí encontrarán aire templado y comida, construirán sus nidos, se amarán y tendrán pajarillos que en primavera retornarán con ellos otra vez hacia el norte, sobre ese mismo mar, repitiendo el rito inmutable y eterno, idéntico desde que el mundo existe. Muchos de los que viajan al sur no volverán, del mismo modo que muchos de los que hicieron a la inversa el último viaje quedaron atrás, en las tierras ahora frías del norte. Eso no es malo ni es bueno; simplemente es la vida con sus leyes, y el código de cada una de esas aves afirma en el silencio de su instinto que hay cosas que son como son, y nada puede hacerse para cambiarlas. Viven su tiempo y cumplen las reglas de ese dios impasible llamado vida y muerte, o Naturaleza. Lo que importa es que la bandada sigue ahí, viajando hacia el sur año tras año. Siempre distinta y sin embargo siempre la misma.

Una de las aves se retrasa. La bandada vuela delante, negra y prolongada, inmensa. Los machos y hembras jóvenes aletean tras el líder de líderes, el más fuerte y ágil de todos. Huelen la tierra prometida y tienen prisa por llegar. Tal vez el ave rezagada es demasiado vieja para el prolongado esfuerzo, está enferma o cansada. Salió al tiempo que todas, pero las demás la han ido adelantando, y se rezaga sin remedio. Ya hay un trecho entre su vuelo y los últimos de la bandada, los más jóvenes o débiles. Un espacio que se hace cada vez más grande, a medida que aquellos se distancian en su avance. Y ninguno mira atrás; están demasiado absortos en su propio esfuerzo. Tampoco podrían hacer otra cosa. Cada cual vuela para sí, aunque viaje entre otros. Son las reglas.

El rezagado bate las alas con angustia, sintiendo que las fuerzas lo abandonan, mientras lucha con la tentación de dejarse vencer sobre el agua azul que está cada vez más cerca. Pero el instinto lo obliga a seguir intentándolo: le dice que su obligación, inscrita en su memoria genética, consiste en hacer cuanto pueda por alcanzar aquella línea parda del horizonte, lejana e inaccesible. Durante un rato lo consoló la compañía de otra ave que también se retrasaba. Volaron en pareja durante un trecho, y pudo ver los esfuerzos del compañero por mantenerse en el aire, primero cerca de la bandada y al fin a su lado, antes de ir perdiendo altura y quedar atrás. Hace rato que el rezagado es el último y vuela solo. La bandada está demasiado lejos, y él ya sabe que no la alcanzará nunca. Aleteando casi a ras del agua, con las últimas fuerzas, el ave comprende que la inmensa bandada oscura volverá a pasar por ese mismo lugar hacia el norte, cuando llegue la primavera, y que la historia se repetirá año tras año, hasta el final de los tiempos. Habrá otras primaveras y otros veranos hermosos, idénticos a los que él conoció. Es la ley, se dice. Líderes y jóvenes vigorosos, arrogantes, que un día, como él ahora, aletearán desesperadamente por sus vidas. Y mientras recorre los últimos metros, resignado, exhausto, el rezagado sonríe, y recuerda.

(Lo vi llegar y posarse en el balcón de proa, junto al ancla. Estuve un rato largo inmóvil, por miedo a inquietarlo. Quédate, le dije sin palabras. No te haré daño. Pero al cabo tuve que moverme para reglar las velas, y el movimiento de la lona lo asustó. Observé cómo emprendía de nuevo el vuelo, siempre hacia el sur, a muy baja altura. Apenas podía remontarse, pero seguía intentándolo. Y así lo perdí de vista).

31 de diciembre de 2000

domingo, 24 de diciembre de 2000

Esto es lo que hay


Es curioso. Deben de ser los años, pero a medida que envejezco me siento cada vez más incómodo con la Navidad. Te llama tu anciana madre, los hermanos y los primos y los sobrinos y toda la parafernalia, y te dicen felices fiestas, y qué lástima que no estemos juntos, etcétera; y tú piensas que debes de haberte vuelto un perfecto cerdo asocial, porque en realidad te apetece menos el jolgorio familiar que ver Río Bravo en la tele. O puestos a comprobar cómo beben los peces en el río, prefieres verlos beber a veinte millas de la costa más próxima, con un libro de Conrad o Patrick O'Brian entre las manos y la oreja puesta en el canal 16, atento a si las putas isobaras invernales vienen apretaditas o llevan holgura, antes que andar haciendo el chorra frente al belén, con esa presunta alegría doméstica que, en realidad, no sé, en qué la justificas ni de dónde carajo la sacas, cuando acabas de llegar de la calle donde estuviste empujando a los semejantes en la cola de Carrefour o de Eroski —«no se cuele, señora, habráse visto la muy guarra»—, o dando bocinazos en los semáforos para llegar antes a casa y derretirte en gilipolleces de presunto amor universal que no comprometen a nada, con la suegra dando por saco con la pandereta, la sobrina que quiere ser top model zapeando en la tele en busca de un videoclip de Tamara —que manda huevos—, y ese cuñado borrachín que te cae fatal, pero lo tragas porque es el marido de tu hermana y un día es un día, y que al final, con cuatro copas encima, termina siempre contando chistes verdes y tocándole el culo a tu mujer. No sé. Tal vez resulta que los años te secan el corazón, o que pasaste demasiadas navidades en sitios donde el nacimiento de Cristo era lo de menos. O quizás lo que ocurre es que el tiempo cambia ciertas cosas, y también tú cambias con ellas. Y al final unas te importan mucho y otras te importan un testículo de pato. Llevas vivido medio siglo de éste que termina el 31 de diciembre —dónde están, te preguntas, los capullos que tanta barrila dieron el año pasado con lo del presunto cambio de milenio—; y cuando miras hacia atrás compruebas que sólo hubo una clase de navidades que de veras parecieran Navidad: las de tu infancia. Aquellas, tan lejanas, tenían la luz de los escaparates iluminados —entonces los escaparates sólo se iluminaban en esas fechas—, el color de los troncos crepitando en la chimenea, la textura del musgo que tapizaba el suelo del nacimiento, el olor del pavo asado y las voces de tus hermanos leyendo en voz alta los pasajes correspondientes del Nuevo Testamento: «Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en la posada»... Después, buena parte de las otras navidades que ocupan tu disco duro ya nada tienen que ver con eso: desde la de 1970, a bordo del petrolero Puertollano con temporal duro de levante frente al cabo Bon, a la de 1993, con Márquez en una trinchera de Mostar, hubo inocencias que se desvanecieron e imágenes que se superponen sin remedio a otras. Ahora no puedes ver un portal de Belén sin asociarlo con un tanque Merkava israelí, ni pensar en la nieve navideña sin recordar lo que cuesta cavar fosas en el suelo helado después de que haga su trabajo la policía de Ceaucescu. «Es oscura la casa donde ahora vives», oíste rezar un 25 de diciembre a una viuda junto a una de esas tumbas, en el cementerio de Bucarest. Y ya me dirás qué villancico sobrevive a eso.

Quedan, claro, los críos. Te los quedas mirando con sus gorros de lana y sus bufandas y te dices que bueno, al fin y al cabo son los que aún justifican el asunto. Criaturitas. La inocencia y todo lo demás. El problema es que, si observas mucho rato seguido a los zagales, terminas viendo cosas que maldito lo que te apetece ver. Y comprendes que en este tiempo de perra tele y de consumo desenfrenado y de superficialidad irresponsable, los niños se han convertido en absurdas caricaturas de ti mismo. Que la Navidad que les deparas es un timo hecho a tu medida: cajas vacías y envoltorios arrugados al pie de un abeto imbécilmente cortado en un país que apenas tiene árboles, y los que tiene los quema. O tal vez lo que ocurre sea que los malditos cabroncetes ya no aceptan otra cosa porque son hijos tuyos, imagen y semejanza de una sociedad con la Navidad que merece: egoísta, venal, demagógica, estúpida, insolidaria y más falsa que un papá Noel a la puerta del Corte Inglés. Y los adultos hemos perdido la capacidad de depararles a esos hijos hermosas navidades corno las que nuestros padres, más honrados o menos mierdecillas que nosotros, nos hicieron vivir con su amor y con su esfuerzo. Cuando no se arreglaba todo con la tarjeta de crédito, y el juguete se dejaba para la noche de reyes, y aquella noche entrañable no era cuestión de regalos o dinero, sino de calor, amistad y familia. Así que, impotente, derrotado, consciente de tu incapacidad para creer en esto o mejorarlo, incapaz de vivir sin despreciarla una fiesta de la que eres a la vez convidado de piedra y responsable, decides pasar mucho de pastorcillos y de zambombas. Y puesto a vivir falsedades —que al final son más auténticas que toda esa farfolla—, te sigues quedando esta noche con Jack Aubrey y el doctor Maturin a bordo de la fragata Surprise, o con la trompeta de los malos tocándole Degüello a John Wayne en Río Bravo.

24 de diciembre de 2000

domingo, 17 de diciembre de 2000

Sin rey ni amo


Hace unas semanas mencioné aquí al fraile Caracciolo y al capitán Misson, los piratas buenos del Índico. Y unos cuantos amigos se han interesado por los personajes, preguntándome quién diablos eran esos pájaros y a santo de qué viene ese epíteto de piratas buenos, cuando se supone que un pirata es un perfecto hijo de puta que saquea, y viola, y mata, y cosas así, y es notorio que se empieza con ese tipo de cosas y al final se termina vaya usted a saber cómo. Votando al Pepé o haciendo trampas al mus.

Así que voy a contarles la historia de ese par de interesantes sujetos, que vivieron entre los siglos XVII y XVIII. Caracciolo era un fraile dominico napolitano, un poco golfo, que había leído la Utopía de Tomás Moro y soñaba con una república ideal basada en la liberté, la egalité y la fraternité. Una noche que andaba de furcias y vino, el fraile topó en una taberna con un oficial de la marina francesa que se llamaba Misson: joven, bastante cultivado, que como muchos marinos de la época andaba provisto de cultura filosófica, lógica, retórica y otras disciplinas humanísticas que ahora a nadie le importan una mierda, pero que entonces tenían su cosita y su encanto. Se hicieron colegas en el curso de una recia intoxicación etílica, y se comieron el tarro el uno al otro: Caracciolo convenció al marino de que la utopía era posible, y Misson hizo que el fraile se embarcara en el Victoria, que era su barco. Viajaron bajo el mando de un capitán llamado Fourbin, hasta que estando en las Antillas, y después de un combate naval con los inevitables ingleses, Fourbin palmó y Caracciolo, que era un tipo visionario y convincente, propuso a la tripulación nombrar a su colega Misson capitán y dedicarse al filibusterismo, y que al rey de Francia y a la armada real les fuesen dando.

Y dicho y hecho, pero con una notable diferencia. En vez del Jolly Roger, la bandera negra de los piratas, Caracciolo y Misson izaron una de seda blanca con la leyenda: Por Dios y la Libertad. Y dispuestos a hacer realidad el sueño de una república de hombres iguales e independientes, pusieron proa al océano Índico para materializar allí su utopía. De camino escribieron un código de conducta para sus hombres que habría causado depresión traumática a cualquier rudo bucanero de Jamaica o Tortuga, pues se establecía el trato humanitario a los prisioneros, la prohibición de emborracharse o de blasfemar y el respeto a las mujeres. Y lo cierto es que aquellos insólitos piratas predicaron con el ejemplo, pues cada vez que abordaron un buque lo hicieron sólo para aprovisionarse de lo imprescindible en aquel tiempo, -el oro era lo más imprescindible- o para reclutar nuevos ciudadanos para su república, como los esclavos de un barco negrero holandés, a cuyo capitán afearon muy seriamente su conducta antes de darle unas cuantas collejas y dejarlo irse.

En el fondo eran unos primaveras, supongo. Pero con una suerte de cojón de pato. Porque siguieron viaje como si tal cosa, empleando Caracciolo la larga travesía en adoctrinar a sus piratas para que fuesen buenos y temerosos de Dios, y en educar en gramática y humanidades —eso tuvo que ser digno de verse— a los mandingas liberados. Durante una larga temporada el Victoria anduvo de aquí para allá, capturando lo mismo barcos ingleses que portugueses o árabes, aprovechando cada presa para aumentar la flotilla y el número de tripulantes. Y al final, capitaneando una tropa bastante marchosa, se establecieron primero en las Comores y luego en Madagascar, donde al fin fundaron Libertatia; que fue, que yo sepa, una de las primeras repúblicas comunistas de la Historia, con estatutos que abolían la propiedad privada y obligaban a sus ciudadanos al trabajo y a la defensa común, so pena de inflarlos a hostias. Libertatia se convirtió en un activo nido de piratas al que se fueron uniendo con el tiempo destacados fulanos del oficio, como el capitán inglés Thomas Tew y otros elementos de alivio, reclutados entre lo mejor de cada casa. Y hay que reconocer que, pese a que asolaron las costas y las rutas marítimas, reuniendo un tesoro considerable, aquellos piratas, vigilados por el ojo filantrópico del ideólogo Caracciolo, se comportaron, dentro de lo que cabe, de una manera bastante decente.

Aunque parezca imposible, la aventura duró veinte años. Y luego pasó lo que pasa siempre: Caracciolo Misson y Tew se hicieron viejos, hubo desavenencias, y los indígenas malgaches vecinos, que aquello no lo veían muy claro y estaban de Libertatia hasta el gorro, asaltaron un día la república. Caracciolo murió allí, y Misson y Tew huyeron en los barcos, acosados por todas las marinas del mundo. Ya no eran piratas poderosos y buenos, sino proscritos fugitivos y cabreados, cuya única patria era la cubierta del barco que pisaban. Destrozada la utopía, se hicieron sanguinarios. Misson lo perdió todo en una tormenta, incluido el pellejo; y el capitán Tew, el último superviviente de Libertatia, murió de un tiro en el estómago durante un abordaje desesperado en el mar Rojo.

Y ese fue, triste como el de todas las utopías, el final de los piratas buenos del Océano Índico.

17 de diciembre de 2000

lunes, 11 de diciembre de 2000

Un día monárquico lo tiene cualquiera


Hoy tengo el día monárquico. Eso no es normal en sujetos de mi catadura, cuya única devoción a la realeza consiste en un amor platónico por Ana de Austria —la de herretes de diamantes—, que me dura desde los nueve años, tierna edad en la que aullé de júbilo cuando el puritano Felton le dio las suyas y las de un bombero a Buckingham, ese perro inglés, y lo puso mirando para Triana a puñalada limpia. El amor menos platónico se lo sigo reservando a Milady de Winter. Y podríamos resumir la cosa diciendo que Ana de Austria estaba chachi para pasear a la luz de la luna, devolverle herretes y hablar de Bécquer y cosas así, y Milady para lo otro. Quiero decir exactamente para lo otro. Para lo que don Francisco de Quevedo resumió en dos soberbios versos: «Aquella hermosa fiera / en una reja dice que me espera». Etcétera.

Pero me desvío de la cuestión. Lo de hoy, estaba contándoles, se debe a que Fernando Rayón acaba de mandarme su libro sobre la reina de las Españas. Fernando —alias monsignor— es subdirector de este colorín semanal, pero lo que en realidad debería subdirigir, o dirigir, es L'Osservatore Romano; pues ya quisieran muchos de la peña tener su penetración y su finura florentinas, propias de un purpurado del Renacimiento. Además, Fernando es mi amigo y mi compadre; y encima, cuando saco un libro nuevo, me da mucho cuartelillo. Así que lo menos que puedo hacer hoy es contarles a ustedes que su tocho se llama Sofía, biografía de una reina, que lo edita Taller de Editores y que es una cosa decente, sin peloteo, en plan riguroso, con muchas fotos, sobre ese personaje que, según lo que cuenta Fernando, es una profesional y una señora, y corta mucho más bacalao en su cocina del que venden en la pescadería. El libro tiene otras cosas que me han hecho pasar un buen rato; y alguna inquietante, como averiguar que el nefasto conde Lequio —manda huevos— ocupa el lugar número treinta y tantos en la lista de sucesión al trono de España, para el caso de que una epidemia o algo por el estilo diezme a la familia real y su periferia. Reconozcan que esto de la sangre azul es para echarse a temblar. En semejante tragedia nacional, lo de menos sería la epidemia.

Por supuesto que me he ido derecho en el libro a buscar lo de Isabel Sartorius, hermosa mujer de la que lamento profundamente no sea mi Ana de Austria. Fernando y yo hablamos a menudo de esa todavía joven dama, con la que sólo mantuve una conversación en mi vida, hace años y en una mesa del café Gijón, y me pareció alta, guapa, encantadora e inteligente: lo que en otros tiempos se decía una señora estupenda. Fernando sostiene la idea de que habría sido una impecable reina de España, y estoy de acuerdo con él. A fin de cuentas, durante y después de todo aquel rifirrafe a que la sometió la prensa del corazón, Isabel Sartorius se condujo siempre con la discreción y el aplomo de una señora. Y en estos tiempos de chusma, después de que entre el Orejas y la Lady Di —que era más tonta que Forrest Gump saltándose semáforos— le hicieran más daño a las monarquías del que haría Fidel Castro como director del Hola, una reina como esa bellísima moza, que a Fernando y a mí nos pone dos docenas extra de latidos en los pulsos, le habría ido bien a la cosa monárquica nacional, o como se llame ahora. Una hembra como Dios manda, con clase y con hermosas caderas para parir zagales. Que es, a fin de cuentas, lo que se le pide a una futura reina que conozca su curro. O sea, una jaca de bandera que ponga a don Felipe de Borbón a cumplir con su obligación de procrear chicos sanos, altos, rubios y educados. Don Felipe, con quien también conversé sólo una vez en mi vida, me cae bien, sobre todo porque siempre sabe estar como se debe y parece de buena casta. Por eso le deseo como leal súbdito una profesional con maneras, que no eche pasto a la prensa basura y prepare a sus vástagos para cumplir con dignidad, y no le salgan luego tontos del haba como el león de Britania, o niñatos irresponsables como ése de Noruega, o golfas verbeneras como la menor de las dos pájaras de Mónaco, que en vez de desposarse sucesivamente con un playboy con mucho morro, con un tío con pasta aficionado a hacer el bobo en ancha y con un aristócrata tronado, a la manera de su hermana mayor que es la formal, salió aficionada a liarse con guardaespaldas cutres y chulos de discoteca que le dan estiba, y encima le gusta.

Porque la idea monárquica a estas alturas y en España no tiene otra justificación que considerar que, en este país de caines, paletos, fanáticos, analfabetos y navajeros, la única referencia colectiva, el único marco común que permanece razonablemente intacto, es el de la monarquía como símbolo del Estado, por encima y a salvo de toda la mierda en la que tan a gusto parece hallarse el personal. Si no, a ver de qué íbamos a pagarle por la patilla a la familia real el sueldo y el alquiler. Una monarquía es injustificable salvo por su utilidad práctica; y sólo será útil mientras siga haciéndose acreedora de respeto. Por eso es bueno recordar que aquí se trabaja en el alambre y sin red, que debajo acechan muchos bellacos y muchos cocodrilos con la boca abierta, y que cualquier patinazo puede ser mortal para todos. Así que ya es hora, digo yo, de que don Felipe se gane el jornal y se case de una puñetera vez.

10 de diciembre de 2000

domingo, 3 de diciembre de 2000

Paradogas de la vida


Supongo que ustedes se habrán dado cuenta de que cada vez hablamos y escribimos peor. Ayer, en el prospecto de un estreno teatral de esta temporada, me saltó a la cara la palabra paradógicamente, escrita así, con g de gilipollas. Y no se trata, como podría parecer a primera vista, de una g cualquiera, de esas que a menudo quedan disculpadas —todos metemos la gamba algún día en la prisa de un momento o en el tecleo del ordenador. Porque esa g infame bailaba con todo descaro en el prospecto, impreso por cuenta del Ministerio de Cultura, de una obra estrenada por la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y para más inri, en un texto firmado por una señora sobre cuyas anchas espaldas recaía la delicada tarea de adaptar —de la adaptación quizás hablemos otro día— ese monumento de la escena nacional que es el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Así que, con semejante prolegómeno, imaginen con qué ánimo vi levantarse el telón. Menos mal que estaba allí, en el escenario, ese magnífico actor que es Ginés García Millán, amigo mío y de Puerto Lumbreras: quizá la mejor presencia joven de la escena española, a quien recordaré siempre con el rostro y la voz del personaje El Peque de la película Gitano. Pero nos desviamos. Comentaba lo mal que escribimos y que hablamos en España. Y no se trata ya de las chocholocos analfabetas y los chuloputas agropecuarios vestidos de Hugo Boss que salen en Corazón corazón o en Tómbola, o llorando —alucina lo que les gusta llorar a esas pedorras— en El Bus cuando a Paco lo echan o Pepa tiene muy mal rollo, tía. Porque tampoco la clase política se va de rositas. Pase que los etarras amenacen a los jueces con faltas de ortografía —a fin de cuentas el castellano es una lengua vil, opresiva y represora, hablada, según los curas carlistas, por el demonio y los liberales de Madrid— y pase también que algunos sindicalistas, con eso de haberse pasado la vida en lucha por los compañeros y compañeras y los parias y parios de la tierra, no hayan tenido tiempo, por lo visto, de leer un libro en su puta vida, y hablen con el tono y la prosa de Jesús Gil cruzado con Marianico el Corto. Se hace más cuesta arriba, la verdad, lo de los presidentes de autonomías, y políticos de relumbre que farfullan lo que farfullan, y además creen que el autor del Poema del Cid y del Lazarillo de Tormes eran la misma persona —un tal Anónimo—; pero la gente los vota cada cuatro años, así que allá cada votante con sus actos y sus respectivas consecuencias. Lo que ya no tiene perdón de Dios es lo nuestro. Lo de columnistas, periodistas, tertulianos y otras especies. A veces uno abre los periódicos, pone el telediario, o la radio, y se pregunta qué lecturas y qué referencias culturales tendremos, o sobre todo no tendremos, para ser capaces de perpetrar semejantes atrocidades con la herramienta, en este caso la lengua, que nos da de comer. Me refiero a sujeto, verbo, predicado, ortografía y cosas así. Recuerdo que en mi juventud nos choteábamos de los periodistas deportivos que decían madridista y Torino. Ahora ciertos periodistas deportivos —el dignísimo Gaspar Rosetty es un ejemplo— son Castelar y Larra comparados con algunos de los que firman en páginas de Cultura; y eso por no hablar de secciones más prosaicas, como el redactor de Internacional que titulaba el otro día: Se repite el cuenteo en Florida. Imaginen eso en otro oficio. Imaginen a un delineante que ignore la línea recta, a un mecánico de la NASA que meta los tornillos a martillazos, a un músico tocando el violín con un serrucho, o a un atracador de bancos apuntándole al cajero con un plátano.

Antes, en las redacciones de los periódicos, y de las radios, y de los telediarios, había siempre un viejecito muy educado que se pasaba el tiempo leyendo las cosas de los demás. Ese señor se llamaba el corrector de estilo, y era simplemente un caballero con cultura, lecturas y conocimientos que lo capacitaban para ser juez supremo e inapelable de lo que los redactores tecleábamos en las viejas Olivetti, manteniendo un nivel mínimo de corrección y limpieza. Me acuerdo sobre todo de dos: uno en el diario Pueblo —lamento no retener su nombre— y otro en TVE: Jorge Cela Trulock, hermano del nobel Cela y más agradable que él de aquí a Lima. Conservo excelente recuerdo de ambos, de las tertulias improvisadas en torno a un verbo, un adjetivo, un acento o una palabra. Conversar sobre le mató o lo mató, en horas de poco trabajo, podía dar lugar a una larga charla, útil, interesantísima y grata. Ahora, sin embargo, ese venerable y necesario personaje ha desaparecido de casi todas las redacciones. Para ahorrarse un puesto de trabajo, las empresas miserables lo sustituyen por esos imperfectos y estúpidos autocorrectores del Wordperfect, y del Word, robots sin alma ni conciencia que convierten el estilo de quien los usa en algo tan limitado como el de quienes los crearon. O esas reglas de estilo de ahora —no sé qué es peor— a menudo cutres y de una pretendida modernidad, donde pone carné y sicología, redactadas por ovejas Dolly de la Logse, por fans de Marchesi, de Maravall y de Solana. Por soplapollas de diseño que conocen a Cervantes por traducciones al inglés.

3 de diciembre de 2000

domingo, 26 de noviembre de 2000

Pepe y los piratas


Llevo unos días riéndome a carcajadas cada vez que conecto con Internet. No soy navegante por ese tipo de aguas, entre otras cosas porque ya paso demasiado tiempo cada día frente al ordenata; pero a veces me doy una vuelta por esos mundos, imaginando que entro en el ordenador personal del Papa como en La piel del tambor, y le meto un virus pro legalización del aborto con música de Macarena (Bruner). En fin. Algunos de ustedes sabrán a qué me refiero.

Pero les contaba que a veces me asomo a la red, en especial estos días en que el capitán Alatriste se estuvo paseando por ella. La cuarta entrega de mi amigo el espadachín permaneció durante un mes disponible en una página de Internet que montó la editorial Alfaguara a través del portal Inicia. Estoy contento por ellos y por mí, pues eso hizo posible que la novela esté ahora disponible en muchísimos más sitios de los que habría conocido sólo en librerías. A ver qué novelista que no sea un demagogo o un cretino se resiste a que lo lean más, en lugares donde el libro de papel no llega por diversas razones. El caso es que mis condiciones para aceptar ese tinglado fueron que el precio en Internet fuera simbólico o lo más bajo posible, que no hubiera publicidad en las páginas, y que pasado un mes la novela desaparecería de la red para iniciar su vida normal en forma de libro. Y así ha sido, o está a punto de ser. Pero lo mejor de la experiencia fue el aspecto delincuente del asunto: cuando la presentación en Madrid, al preguntar un periodista por mis aspiraciones comerciales, respondí que mis aspiraciones comerciales eran que la mayor parte de los lectores se apropiasen de la novela por el morro. O sea, gratis. Lo que quiero es que me lean, dije. Así que recomendé públicamente el pirateo. Haced esto en memoria mía, dije. Por la pati. A qué pasar hambre, si es de noche y hay higueras.

En fin. Para redondear lo que quiero contarles, debo añadir que un tío estupendo —de Valencia, me parece— que se llama Enrique y honra El club Dumas usando gentilmente el nick de Corso, montó por su cuenta y con dos o tres amigos, hace un par de años, una página soberbia en la que se ocupa de mis libros, y tiene un correo del lector, y un foro libre de discusión; y el fulano ha conseguido montar una pajarraca extraoficial magnífica, donde amigos a los que no conozco, pero que tienen la gentileza de leer mis libros y mis cosas, como El Conde, Carlota, Celso, El Marino y muchos otros, envían colaboraciones, opinan y, en resumen, intercambian cromos. Y fíjense si será buena la página, que hasta mi editorial, a la hora de hacer la suya —estupenda, las cosas como son—, puso un enlace con ésta para aprovechar todo ese caudal de información. A esa página privada me asomo de vez en cuando a ver por dónde van los tiros, los que me dan leña y los que me defienden. Nunca intervengo, pero observo, me divierto, aprendo, me familiarizo con amigos y adversarios desconocidos. Y así fue durante todo este mes, en que al abrir la página de Enrique encontraba allí todo un foro de mensajes reclamando qué alguien piratease El oro del rey y lo pusiera a circular: algunos oponiendo reparos morales y otros diciendo qué carajo, las cosas en la red están para piratearlas, y no estoy dispuesto a soltar quinientas pelas, no ya por la pasta, sino por principios. Por estricta moral de internauta.

Y debo reconocerlo aquí públicamente: asistir a todo ese guirigay, propio de las tabernas de filibusteros de los viejos libros, me ha calentado el corazón. El día que alguien que usa el nick de Pepe dijo «ya lo tengo, aquí lo tenéis», y en el acto recibió una lluvia de peticiones y agradecimientos, sentí el éxito casi como propio. Porque uno cree que todo está ya dicho, escrito y reglamentado, y de pronto resulta que no; que ante cada nuevo desafío surgen en cualquier rincón espíritus libres que se pasan por el forro de los cojones los reglamentos y los copyrights y las estipulaciones de tres euros y letra pequeña. Corsarios resueltos a ir al abordaje de sus sueños. Y lo que es más importante: solidarios, dispuestos a compartir. A ir a la taberna de los Hermanos de la Costa, de los colegas, de los amigos cuyo nombre es sólo un alias en la red, y decirles: aquí está, aquí lo tengo. Aquí lo tenéis. Servíos, y que aproveche.

Por eso quiero dar hoy las gracias al pirata Pepe y a los otros: a quienes durante estas semanas habéis hecho saltar mecanismos de seguridad y saqueado las bodegas de esa página alatristesca, por amor a la aventura, por desafío y por generosidad con los camaradas. Los de mi editorial —y algunos
libreros— se ciscan en vuestros muertos. Por mi parte, os aseguro que el propio Diego Alatriste habría disfrutado tanto viéndoos hacerlo como he disfrutado yo.

26 de noviembre de 2000