domingo, 26 de junio de 2011

Casas cuartel y remordimientos

Es curioso lo de los remordimientos. El arrastrar la culpa con el tormento del recuerdo. Y es muy poca la gente que conozco que los tenga de verdad. Sin embargo, todo el que vive y camina deja muertos a la espalda. Cadáveres en la cuneta. Todo ser humano causa daños colaterales a otros, deliberada o accidentalmente. Por azar, por inexperiencia, por las simples y terribles reglas de la vida. Carga con fantasmas de los que tal vez ni siquiera es consciente, pero a los que el tiempo y la lucidez permiten identificar, tarde o temprano. O suponer. 

Sin embargo, el ser humano también es un superviviente natural. Necesita vivir tranquilo, olvidar, no volver la vista hacia ciertas zonas oscuras de sí mismo. Acolchar en la memoria los malos ratos, los sufrimientos, el horror. Sólo así se explica, supongo, que quienes sufren pérdidas familiares terribles se adapten, a veces, a la vida normal. Que las víctimas procuren olvidar, o lo intenten. Que incluso perdonen a sus verdugos, o sean capaces de convivir con ellos sin recurrir al viejo expediente del ojo por ojo. Al inmenso alivio de la venganza. 

Le di unas cuantas vueltas a este asunto hace unos días, cuando se juntaron varias cosas. Una fue la detención del cerdo carnicero al que en otro tiempo, en los Balcanes, conocí como general Mladic. Los canallas de ese calibre no tienen remordimientos, por supuesto; pero uno habría esperado que sus cómplices por defecto, toda aquella diplomacia europea y de Naciones Unidas, con nombres y apellidos -tengo uno, español, en la punta de la lengua-, que durante tres cochinos años le estuvo dando palmaditas en la espalda y besos en la boca a Mladic y a sus jefes de la Gran Serbia con pretexto de apaciguarlos, mostrase a estas alturas alguna contrición por el infame papel que hicieron en aquello. Por las innumerables fosas comunes con que tres años de infame pasividad, cobardía e impotencia alfombraron la antigua Yugoslavia. Pero resulta que no. Que ahora esos perfectos mierdas se congratulan de que al fin se haga justicia. La que ellos no tuvieron las agallas de hacer, cuando podían. 

Otro asunto que me hizo pensar en remordimientos, o en la ausencia de ellos, fue el vigésimo aniversario de la matanza terrorista en la casa cuartel de la Guardia Civil, en la localidad catalana de Vic. Y no hablo de los siempre heroicos gudaris de ETA, analfabetos hasta para deletrear la palabra, sino de la gente respetable, o que se dice tal. A fin de recordar a las diez víctimas, simbolizadas en aquella foto del guardia civil ensangrentado llevando en brazos a una niña a la que le faltaba un pie, allí se congregaron hace pocas semanas cuatro gatos: representantes de los cuerpos policiales, y punto; con clamorosa ausencia del consejero de Interior y del presidente de la Generalidad. La población de Vic tampoco estuvo presente ni se esperaba que estuviera, porque un asunto de guardias civiles, obviamente, no iba con la honrada y laboriosa Cataluña. Ya lo habían dejado claro los vecinos a los dos años justos del atentado -que en su momento acogieron con lógico desagrado, pero también con indiferente silencio-, cuando, esa vez sí, salieron a la calle para protestar porque la nueva casa cuartel iba a construirse cerca de una escuela. Al mismo tiempo que un imbécil apellidado Carod Rovira, que ni sé a qué se dedica ahora ni me importa un carajo, pero que durante algún tiempo salió mucho en la tele gracias a unos cuantos miles de honrados y laboriosos ciudadanos catalanes con derecho a voto -incluidos, supongo, varios de Vic-, escribía a ETA una carta memorable y por supuesto ya olvidada: «Cuando queráis atentar contra España, situaos previamente en el mapa». 

Tienen suerte todos ésos. Los que así funcionan. Quienes lo mismo bostezan sobre una fosa bosnia que sobre los escombros de una casa cuartel donde fueron asesinadas diez personas. Otros no tienen tanta suerte, pues sobrevivir no siempre es confortable. Asombraría conocer la cantidad de espectros que arrastran algunos: cadáveres propios y ajenos, remordimientos por aquéllos a quienes mataron o ayudaron a matar, real o figuradamente. Por cientos de causas. Vivían pendientes de la hora del telediario o el cierre del periódico, miraban en otra dirección, estaban absortos caminando, viviendo, durmiendo. Ya lo dije: sobreviviendo. Algunos, los más afortunados, escriben novelas con eso. 

O quizá artículos como éste. Otros con menos recursos o menos suerte se limitan a estar con los ojos abiertos de noche, dando vueltas por habitaciones a oscuras. Pagando el sucio peaje de la vida. Pero esto, naturalmente, es lo raro. El insomnio. Basta un vistazo alrededor para confirmar que, en materia de remordimientos, la mayor parte de nosotros duerme a pierna suelta. Son pocos los que juegan al ajedrez con sus fantasmas. 

26 de junio de 2011

domingo, 19 de junio de 2011

Siempre las mismas ratas

En este planeta azul, o del color que tenga ahora, hay gente aficionada a la ornitología, la ictiología y a cosas así. Fulanos que siguen paso a paso la vida social de las mofetas, las costumbres predatorias de la trucha de vivero o el apareamiento de la hiena del Kalahari. Como le dijo el torero al filósofo, hay gente para todo. Yo mismo, sin ir más lejos, también soy aficionado a la zoología. Me gusta observar, y sobre todo confirmar, el comportamiento de las ratas. Consideren si esta afición viene de antiguo, pues ya en 2004, en esta misma página, publiqué un artículo titulado Las ratas cambian de barco. Que lo mismo les interesa. Y les suena:

«En los últimos ocho años, cada vez que abríamos un diario o encendíamos la radio estaban allí, ellos y ellas, empleados en minuciosas tareas de palmeo fino y succión, peones de brega dispuestos a dar unos oportunos capotazos para ayudar al señorito. Lean algunas columnas de periódico, oigan ciertas tertulias radiofónicas y decidan ustedes. Lo chusco es que uno, que fue puta antes que monja, ya conocía a varios de la etapa anterior. Tenía las fotos de esos mismos jetas peloteando con idéntico entusiasmo a los anteriores amos del cotarro. Incombustibles, inasequibles al desaliento y sin cortarse un pelo, en plan muy bueno lo tuyo, ministro, o hay que ver, presidente, está feo que te lo diga, pero eres un hombre providencial. Y encima, guapo. Siempre dije que tú esto y que tú lo otro. A unos cuantos de esos lameculos tuve ocasión de tratarlos un poco durante mi época de reportero, cuando a veces me tocaba la cobertura informativa de un viaje oficial a alguna zona africana o latinoamericana de mi competencia, primero con la Ucedé y luego con el Pesoe. Pasmaba el compadreo, oigan. Las mamadas. 

Luego ganó el Pepé -es un decir, porque en esta puta España nunca gana la oposición; pierden los gobiernos-, y todos los sicarios que llevaban acumulados cuatro trienios ganándose el jornal como finos analistas orgánicos decidieron que, con la coartada moral de contribuir al pluralismo democrático del nuevo tinglado, no había problema en integrarse en las tertulias de radio y en los medios informativos copados por los vencedores. Cobrando, claro. Todo lo contrario: allí podrían aportar su granito de arena, su experiencia y su hombría de bien. Y oigan. Tanta dedicación echaron a lo de templar, que ponías la radio o la tele y siempre salían los mismos, con sus lugares comunes, su demagogia inculta y todoterreno, su osadía a la hora de enjuiciar cualquier tema situado en el cielo o la tierra. Y sobre todo, su descarada adulación al poder que les llenaba el pesebre. 

La verdad -las cosas como son- es que en momentos como lo del Prestige y la guerra de Iraq todos esos mierdas se ganaron el jornal, adaptándose con pasmosa flexibilidad a cada coyuntura: virtuosos de la contradicción propia sin consecuencias, especialistas en afirmar lo contrario de lo que afirmaban semanas atrás, maestros en echar cortinas de humo con la coletilla: yo siempre sostuve que. Y ojo: no hablo de quienes, por convicción ideológica o por los garbanzos, justifican su salario de honrados mercenarios trabajando para quien les da de comer. Eso lo hace hasta el que aprieta tornillos en la Renault. No. Hablo de los otros. De ciertos impúdicos polivalentes, útiles lo mismo para un cocido que para un estofado. De los trincones golfos que, entre lametones y lametones, viajes en aviones presidenciales y comidas en La Ancha -donde nunca pagan ellos la cuenta- ensañándose con el débil y adulando al poderoso, tienen los santos huevos de manipular y mentir como ratas, mientras se proclaman sin ningún rubor ecuánimes, equilibrados, vírgenes y honorables. 

Y claro. Ahí los tienen de nuevo, cogidos a contrapelo e intentando recobrar el paso perdido. Yo no quería, me obligaron, sólo pasaba por allí. Como para echar la pota, oigan. El espectáculo. Pese a lo mucho que llevamos visto en este desgraciado país, todavía asombra el cinismo, la demagogia, el oportunismo con el que esa gentuza se cambia de bando -mi apuesta clara siempre fue Zapatero, la arrogancia del Pepé no podía terminar bien, etcétera- y se dispone a trincar, a costa de sus perspicaces análisis, también durante los próximos cuatro años. ¿Y saben qué les digo? Que ahí estarán: en las mismas tertulias, en las mismas radios, en las mismas teles y en las mismas columnas de los diarios. Diciendo sin despeinarse lo contrario de lo que decían hace un mes, como si los lectores y los oyentes y los teleespectadores fuésemos gilipollas. Que lo somos. A fin de cuentas, mande quien mande, quienes detentan el poder siempre necesitan a los mismos». 

Lo mismo les suena la historia, como digo. Así que para qué voy a escribirla otra vez. Si ya lo hice hace siete años. 

19 de junio de 2011 

domingo, 12 de junio de 2011

El sonido de aquellas teclas

La semana pasada mencioné las viejas máquinas de escribir. Dije que conservaba dos en casa, aunque en realidad son tres. La tercera es una antigua Underwood con la que no escribí nunca, aunque se encuentra en perfecto estado; y las otras, dos recias y fieles Olivetti: la Línea 98 y la portátil Lettera 32. A éstas les tengo especial afecto por razones distintas. Con una escribí, tachando con las letras x y w y corrigiendo a mano cada folio, mis tres primeras novelas. La otra conserva su funda original, en la que hay dos viejas pegatinas: una con el nombre del diario Pueblo y otra con la frase I love Beirut, confesión pintoresca si consideramos que la pegué allí durante la batalla de los hoteles de 1976. Y esa abollada carcasa, que protegió la máquina en viajes y sobresaltos diversos, tiene en la parte interior, escrita a bolígrafo, una frase que resume los veintiún años que anduve como reportero dicharachero de Barrio Sésamo: Todos los días puede conmemorarse el aniversario de alguna barbaridad. 

 Acabo de enterarme de que la empresa Godrej & Boyce, de Bombay, última fabricante de máquinas de escribir, ha cerrado porque hasta los parias de la tierra teclean ya con ordenata. Lo siento por mi hermano de tinta Javier Marías, único escritor entre los que conozco que permanece fiel a su vieja Olivetti, Olympia o la que sea -no recuerdo la marca ni puedo telefonear para preguntarle por ella, porque el rey de Redonda es poco madrugador y a estas horas está frito-. El caso, como digo, es que el tañido funeral de esa campana deja a Javier en desamparo técnico ante su vicio solitario. Si antes le costaba encontrar quién reparase el viejo cacharro o conseguir recambios de cinta, a partir de ahora le resultará imposible, o casi. De manera que esta página me sirve para acompañarlo en el sentimiento. 

También sirve para recordar, con un punto de melancolía, rostros y situaciones unidos al tableteo de las máquinas de escribir. Redacciones de diarios de cuando un periodista todavía se ciscaba en lo políticamente correcto, los redactores jefes no eran robots mingafrías sino interesantes cruces genéticos entre perro de presa, padre confesor, tahúr cínico y madame de burdel; y los periodistas, desde el curtido veterano al osado cachorrillo que heredaba su olfato y maneras, éramos una banda de piratas descreídos, puteros, burlangas, rápidos de ojo y de tecla: desalmados capaces de prostituir a nuestras hermanas o novias con tal de firmar en primera página, siempre a caballo entre el mundo de afuera y aquellas fascinantes redacciones llenas de humo de tabaco, con tazas de café manchando las mesas y botellas de whisky en los cajones, junto al repiqueteo constante de los télex y el tacatatatactac de docenas de dedos febriles golpeando recias máquinas de escribir; duros artefactos sonoros en los que se tecleaba con furia, pasión, rencor, ilusión, ansia de revancha, de aventura, fama, gloria o dinero, en redacciones frecuentadas por los mejores periodistas del mundo: fascinantes escuelas de oficio y de vida donde, cuando repicaba un teléfono a las dos de la madrugada, en plena timba donde algunos se jugaban la nómina cobrada esa misma tarde, cuando ya sólo se oía el tecleo de la máquina de escribir del crítico teatral -Alfredo Marquerie era el nuestro- que acababa de llegar del café Gijón tras cubrir un estreno, asomaba la cabeza por la puerta de su mampara un redactor jefe para decir: «No cojáis el teléfono, cabrones, que puede ser una noticia». 

Todo acaba, o cambia. Es natural. El sonido suave y monótono de las teclas de ordenador simboliza lo que es ahora el mundo de escritores y periodistas. Más cómodo, sin duda. Escribes, corriges, imprimes. Ganas tiempo y eficacia. Pero oigan: fui furcia antes que monja, y les aseguro que ningún teclado moderno transmitirá nunca la sensación perfecta del ruido de una máquina de escribir en sintonía con tu estado de ánimo, las ideas fluyendo violentas de la cabeza a los dedos, la pasión de contar una historia, real o imaginada, en el tableteo casi musical de un artefacto que vibraba con mecánica perfecta, lo mismo en redacciones ruidosas que en solitarias habitaciones de hotel, en el resguardo de una trinchera o una casa en ruinas, bajo el neón de un techo o a la luz de una linterna. Con aquellos timbrazos del carro al acabar cada línea y el sonido de los tipos metálicos al golpear cinta y papel, formando palabras, frases, historias del mundo que en otro tiempo pateamos y conocimos, escritas en treinta líneas y sesenta y cuatro espacios el folio. 

12 de junio de 2011 

domingo, 5 de junio de 2011

El iceberg del Titanic

Ayer entré en un bar y no pude tomarme un vermut porque la máquina registradora no funcionaba. Era un chisme con pantalla táctil y casillas determinadas para cada consumición, y se había estropeado. Le dije al camarero que me dijese cuánto debía, y punto. Como toda la vida. Pero respondió que imposible. Tenía que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la máquina funcionase, no podía servir nada. Así que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simpática: un sitio como Dios manda, con moscas, albañiles y borracho de plantilla. La dueña hablaba español con acento entre chino y de Lavapiés. Tomé mi vermut, pagué y dejé propina. Cuando salí a la calle me acordaba del Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en él con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a mí. Cielos. No estaba previsto. 

Mientras me alejaba, pensé más cosas. En cómo nos gusta apretar un botón y tener la vida resuelta. En los peligrosos atajos suicidas por donde nos deslizamos sin vuelta atrás, por la cuerda floja. En cómo hacemos el mundo cada vez más vulnerable, sujeto al chispazo más tonto, al fallo inevitable, al iceberg puesto por el Destino en el rumbo del frágil barco en el que navegamos a toda máquina, a ciegas en la noche. En los millones de cuentas bancarias y tarjetas de crédito, por ejemplo, que unos piratas informáticos destriparon hace unos días, al meterse en unas plataformas de juegos electrónicos. O en el amigo contándome hace poco que, durante un viaje a Nueva York, perdió su teléfono móvil y con él toda su agenda; y cuando le pregunté por qué no tenía una libreta de teléfonos anotados, como yo, me dijo: «Hala, antiguo», como si yo fuera el abuelo Cebolleta. 

Recordé también cuando fui a echar una carta a Correos y se había ido la luz, y el de la ventanilla me dijo que verdes las iban a segar, porque la máquina de franquear era eléctrica. Y cuando pedí un sello de siempre, de aquellos con el careto del rey, se tronchó de risa y dijo que de eso no tenían ya. Que probara suerte en un estanco. También recordé cuando en un restaurante no funcionó el chisme de las tarjetas y el camarero dijo que esperase a que volviera la línea, y yo respondí que me hicieran una copia manual de la tarjeta o me iba a esperar a la calle, y entonces me hicieron la copia. Aunque la culpa fue mía; porque también, como todos, llevo la cartera llena de plástico con claves, chips y cosas así, y me la rifo aceptando las reglas de esta ruleta rusa en la que, en nombre del confort y el mínimo esfuerzo, nos zambullimos todos de cabeza. Entre otras cosas -lo diré a modo de descargo-, porque a quien no acepta lo dejan fuera. Hace tiempo, por ejemplo, que es imposible sacar un billete de avión normal en una oficina de Iberia de Madrid, y cualquier día las agencias dejan de emitirlos. Entonces sólo podrán sacarse por Internet; y el que no sepa manejarse allí, o no le apetezca, o sea un carcamal opuesto a teclas y pantallas de ordenador, que se fastidie. Que trague, o que no viaje. 

Y así, unos sinvergüenzas ahorran personal y sueldos, y otros idiotas nos vamos al diablo. Resolver cualquier problema nos cuesta horas de teléfono frente a voces enlatadas, marcando tal para esto o cual para lo otro. Todo cristo se ha puesto contestador automático en el móvil, en vez de la antigua señal de comunicando sale un buzón de voz, y ahora llamamos cinco veces a quien antes llamábamos una. Coches que antes se reparaban con una llave inglesa quedan bloqueados y ni gira el volante al menor fallo electrónico. O nos vemos sin teléfono, sin ordenador portátil, sin tableta electrónica o sin lo que sea, porque se escachifolla el cargador y la tienda de repuestos no abre hasta mañana. O no hay tienda. Yo mismo, el idiota al que mejor conozco, dependo cada día de que haya electricidad para que funcionen el teclado y la pantalla con que me gano la vida. De nada me sirve haber tenido la precaución de conservar dos viejas Olivetti, por si acaso, si ya no venden en ningún sitio las cintas de máquina de escribir que las alimentan. 

Hay un consuelo: así lo hemos querido. Nadie nos obligaba. Pero hasta los más renuentes hemos aceptado las reglas de este disparate. De esta espiral imbécil. Nunca fuimos tan vulnerables como hoy. Hemos olvidado, porque nos conviene, que cada invento confortable tiene su accidente específico, cada Titanic su iceberg y cada playa paradisíaca su ola asesina. Por eso nos van a dar, pero bien. A todos. Ya nos están dando. Y déjenme que les diga algo: a veces, incluso cuando palmo yo, me alegro. O casi. Hay siglos en que simpatizo con el profesor Moriarty. 

5 de junio de 2011 

domingo, 29 de mayo de 2011

Los dos coches de la ministra

Pues eso. Que son las once y media de la mañana y voy dando un paseo por el centro de Madrid. Acabo de calzarme un vermut con pincho de tortilla en la barra del Schotis, en la Cava Baja, justo enfrente de la Taberna del Capitán Alatriste, y ahora camino despacio, mirando librerías y escaparates, aprovechando que hoy me tocaba bajar a Madrid porque tengo Academia, y no me pego las habituales ocho horas de madrugar y darle a la tecla que me calzo cada día. Porque, según para qué cosas, no hay más irritante esclavitud laboral que ser tu propio jefe. Contigo mismo resulta imposible escaquearse. O casi. 

El caso es que voy dando una vuelta tranquila por el viejo Madrid, que en mañanas soleadas como ésta suele estar para comérselo, mientras pienso que hay capitales europeas más limpias -cualquiera de ellas, me temo-, más elegantes, monumentales y cultas; pero muy pocas, o ninguna, tienen el hormigueo de vida natural que bulle en ésta, el carácter peculiar que imprimen los miles de bares, terrazas y restaurantes, la animación de sus calles, el mestizaje magnífico de razas y acentos diversos. Hasta los turistas, que en otras ciudades europeas son núcleos humanos móviles que no se integran en el paisaje urbano, en Madrid se imbrican en el gentío general con toda naturalidad, formando parte de él; como si aquí se borrasen recelos y líneas divisorias y en las calles de esta ciudad se volviesen, por el hecho de pisarlas, tan madrileños como el que más. En esta especie de legión extranjera cuya identidad se basa, precisamente, en la ausencia de identidad; o tal vez en la suma indiscriminada, bastarda y fascinante, de infinitas identidades. 

Voy pensando en eso, como digo, esperando que sea la hora del segundo vermut, esta vez con patatas a lo pobre como tapa, en el bar Andaluz de la Plaza Mayor, cuando, al pasar ante una tienda donde está el dueño en la puerta -nos saludamos desde hace años-, éste señala hacia dos coches negros detenidos enfrente, en torno a los que hay siete u ocho pavos con traje oscuro y pinganillo en la oreja. «Tiene narices -me espeta-. Llevo aquí desde las nueve de la mañana, como cada día, en esta tienda que no he cerrado todavía porque hay ocho familias que desde hace treinta años dependen de que siga abierta, y ahí los tiene usted. Las once y media, y esperando a que baje la ministra.» 

Me paro a mirar, sorprendido. Nunca había coincidido con esos dos coches en esta calle. No sabía, comento, que viviese ahí una ilustre rectora de nuestras vidas y costumbres. Pero el dueño de la tienda me informa de que sí, desde hace tiempo. Antes ya de ser ministra o de lo que sea ahora. «Y oiga -añade con amargura-. Cada día la veo salir de su casa desde mi tienda, y raro es cuando lo hace antes de las diez o las once de la mañana. Pero lo mejor es el tinglado que se monta cada vez: los dos coches oficiales, los chóferes, los escoltas y todo el barullo. Hay que joderse, ¿no? Cualquiera diría que están esperando a Barack Obama.» 

Buscando aliviarle la pesadumbre, respondo que es lógico. Que un ministro arrastra su inevitable parafernalia, y que vea el lado positivo: lo ejemplar de que la pava, pese al cargo oficial, los coches y los guardaespaldas con pinganillo, siga viviendo en un barrio céntrico y castizo como éste. Sin renunciar, añado con retranca, a sus esencias naturales. Pero el tendero se chotea. «¿Naturales? -responde-. ¿Se imagina usted a una ministra yendo a las rebajas del Corte Inglés?... Además, no diga que no es para encabronarse. Todos con el agua al cuello, sobreviviendo como podemos mientras se cierra una tienda tras otra, y esa señora moviliza dos coches oficiales y a seis tíos cada mañana para ir al curro, como hoy, pasadas las once y media. Eche cuentas: multiplíquelo por el número de ministros y sume los altos cargos que quiera. El circo y el derroche que cada día nos restriegan por las narices.» 

«Igual éstos que los que vendrán luego -pronostico lúgubre, para darle ánimos-. Y con las mismas ganas de coche.» Luego me despido y sigo unos metros calle abajo, hasta una librería que está muy cerca. Y mientras compruebo cómo disminuye cada día la pila de ejemplares de Los enamoramientos de Javier Marías en la mesa de novedades, comento lo de la vecina ministra. No sabía, le comento al librero, que ese notable ornato de la política nacional vivía por aquí. Y el librero, al que también conozco hace años, encoge los hombros y responde: «Eso dicen, pero no la he visto nunca. No ha puesto los pies en la librería en la puta vida». 

29 de mayo de 2011 

domingo, 22 de mayo de 2011

Así habría sido aquí

Despacho oval de la Moncloa. Reunión de urgencia. Están presentes el presidente del Gobierno -Zapatero, Rajoy, el que le toque-, la ministra o ministro del ramo, los asesores y un par de generales habituales del telediario. Enfrente, una pantalla de imágenes por satélite y otra de Google Earth para que los presentes sepan, al menos, por dónde van los tiros. También hay línea directa de audio con el equipo operativo que en este momento hace rappel de un helicóptero Blackhawk Down en la casa de Osama ben Laden. La emoción es casi tanta como en una final Madrid-Barça. El presidente se come las uñas y la ministra o ministro van continuamente al servicio. O al revés. Se masca la tragedia. 

Suena el audio. Hay comunicación con el CPA -Comando Paritario de Ataque- compuesto por los soldados y soldadas españoles y españolas Atahualpa Chiapas, Mamadú Bongo, Vanesa Pérez y Fátima Mansur, que van armados y armadas con fusiles HK G36E con visores holográficos, infrarrojos y otra parafernalia. Los fusiles son consecuencia de una discusión previa sobre si es éticamente aceptable que un soldado lleve armas en una democracia ejemplar como la española. Como no daba tiempo a consultarlo con el Tribunal Constitucional, se decidió votar. El ministro o ministra de Defensa y sus espadones de plantilla votaron en contra. «No se vaya a escapar un tiro -apuntó un general, el encargado de llevar el botijo- y la liemos parda.» Pese a tan prudente opinión, el resultado fue que el comando fuese armado, por cuatro votos contra tres. 

Empieza la acción. Suena el audio. «Estamos en la puerta -informa la legionaria Vanesa, jefa del comando- y solicitamos permiso para entrar.» Rajoy, Zapatero o el que sea, miran a sus asesores. La tensión puede cortarse con un cuchillo. La señora de la limpieza -se llama Menchu y es ecuatoriana- que en ese momento barre el despacho, le guiña un ojo al presidente y levanta el dedo pulgar. «Permiso concedido», dice el presidente con voz ronca. El general Romerales, que es del Opus Dei, se santigua furtivo. El titular o titulara de Defensa lo apuñala con la vista. «Ya está el gafe dando por saco», murmura alguien por lo bajini. 

Más audio. «Estamos frente al objetivo», informa la lejía Vanesa. «Descríbalo», ordena el presidente. «Pijama, barba, legañas. Lo normal, porque estaba durmiendo», es la respuesta. «¿Algún otro objetivo a la vista?» Carraspea el audio y suena la voz de Vanesa: «Hay también una mujer en camisón, y se la ve cabreada. Solicito instrucciones». Los del gabinete de crisis cuchichean en voz baja. Al fin asienten, y el presidente se acerca al micro. «Procedan con exquisito respeto a la ley de Igualdad y Fraternidad», ordena. Un breve silencio al otro lado de la línea. Luego se oye a la jefa del comando: «Me lo expliquen», solicita. «Actúen sin menoscabo de la dignidad e integridad física de los objetivos», aclara el ministro o ministra. «Lo veo difícil -es la respuesta- porque tras arañar al soldado Bongo, la presunta señora Laden le está mordiendo un huevo al soldado Chiapas después de quitarle el Hacheká y metérselo por el ojete. Los gritos que escuchan ustedes son del compañero Chiapas.» De nuevo hacen corro los del gabinete, cuchicheando. «Intímenla a que deponga su actitud -ordena el presidente-. Pero que la intime la soldado Fátima para que no haya violencia de género ni de génera.» Respuesta: «La intimamos, pero pasa mucho de nosotros y nosotras»

«Bueno, vale -responde el presidente tras pensarlo un poco-. Olviden a la señora Laden y céntrense en el objetivo principal. Intímenlo a él.» Acto seguido, durante unos angustiosos segundos, se escucha la voz de la soldado Fátima hablando en morube, seguida por la voz de Ben Laden. «¿Qué le han dicho?», inquiere tenso el presidente. «Que se rinda o...», responde la legionaria Vanesa. «¿O qué?», pregunta el presidente, y Vanesa responde: «Eso es precisamente lo que ha contestado él: ¿O qué?». Transcurren unos segundos de indecisión. «Solicito -dice Vanesa- permiso para afearle al objetivo su conducta.» Esta vez, el presidente no cuchichea con los asesores. «Aféesela», decide enérgico. «Demasiado tarde -informa la jefa del comando-. Se ha ido...» «¿Cómo que se ha ido?...» «Pues eso. Que ha cogido la puerta y se ha ido. Con su mujer detrás. Lo que oyen ustedes es al soldado Chiapas, que tiene un huevo menos.» 

«Aborten, aborten», ordena el presidente. Y por su pinganillo, antes de cortarse la comunicación, los del comando oyen protestar airado al general Romerales. El del Opus. Por el aborto. 

22 de mayo de 2011

domingo, 15 de mayo de 2011

Hace 200 años, La Albuera

Hace tiempo que no cuento una de esas historias de navegaciones y batallitas que me gusta recordar de vez en cuando. También llevo años sin mentarle la madre a la pérfida Albión; que, como saben los veteranos de esta página, siempre fue mi enemiga histórica favorita. Si como lector disfruto con los libros que cuentan episodios navales o terrestres, disfruto mucho más cuando quienes palman son ingleses. Como español -cada cual nace donde puede, no donde quiere- estoy harto de que todos los historiadores y novelistas británicos, barriendo para casa, describan a los marinos y soldados de aquí como chusma incompetente y cobarde que olía a ajo. Por eso, cuando tengo ocasión de recordar algún lance donde a los súbditos de Su Graciosa les rompieran los cuernos, disfruto como gorrino en bancal de zanahorias. A otros les gusta el fútbol. 

Esta semana, lo de La Albuera me lo pone fácil. El lunes 16 de mayo se cumple el bicentenario exacto de cuando, en plena guerra de la Independencia, 34.000 españoles, ingleses y portugueses se batieron allí durante cinco horas con 23.000 franceses que iban a socorrer Badajoz, rechazándolos. Dos brigadas británicas fueron casi aniquiladas; las tropas españolas, registrando incluso las cartucheras de los muertos, mantuvieron la línea frente a los asaltos franceses, y en el campo quedó muerto o herido uno de cada cinco combatientes. La Albuera fue una de las más sangrientas batallas de la guerra de España. Y por supuesto, desde los historiadores ingleses de la época -Napier, Londonderry, Oman- hasta los de ahora, todos coinciden en atribuir a sus tropas el peso de la batalla, dejando a los españoles, como también ocurrió con la batalla de Chiclana, en un modesto y aseadito segundo término. Esos pobres chicos spaniards, ya saben. Simples colaboradores y tal. 

Sin embargo, la realidad fue otra. Cartas y relatos de testigos, ingleses incluidos, permiten hoy establecer lo que realmente ocurrió en La Albuera. Y fue que, correspondiendo el flanco derecho a las tropas españolas, situadas sobre una colina y en un frente de sólo 600 metros de anchura, hacia allí se dirigió el principal ataque francés. Manteniendo sus posiciones bajo un fuego horroroso -los reclutas del 4º batallón de Guardias cayeron en el mismo lugar donde se encontraban, sin romper la formación-, los españoles rechazaron dos ataques gabachos. Al hallarse ya sin munición cuando se iniciaba el tercero, la brigada británica Colborne hizo un paso de línea para situarse delante y soportar el tercer asalto. Pero, en vez de quedarse en la colina, los ingleses, deseosos de demostrar que para chulitos ellos -y realmente siempre combatieron muy bien en la guerra de España-, avanzaron hacia las tropas enemigas sin advertir que había caballería imperial apostada cerca. La brigada inglesa fue destrozada, además de otra que andaba por allí. Asumir un error táctico de ese calibre, dos brigadas de Su Majestad pasadas por la cuchilla de picar carne, era duro de tragar para Wellington. Y cuando leyó el parte donde el general Beresford contaba lo ocurrido, exigió otro donde se omitiera la desastrosa maniobra, así como el hecho de que los españoles resistieron a solas los dos primeros asaltos. Quería algo que sonase más a tenaz y heroica resistencia inglesa. Y esa segunda versión, adecuada al orgullo nacional británico, fue la publicada por la prensa y adoptada oficialmente en los libros de Historia. 

Uno de los más minuciosos historiadores militares españoles actuales, José Manuel Guerrero Acosta, se ha tomado en los últimos años el trabajo de desempolvar todos esos partes de guerra, probando cuanto acabo de contar. Con mucha irritación, por cierto, de colegas ingleses como el ilustre Charles Esdaile; que durante un congreso reciente en Varsovia se levantó, airado, para decir que esa revisión de lo ocurrido en La Albuera «ofende la memoria de las tropas británicas que lucharon en España». Curiosa afirmación, por cierto, de un historiador al que no parecen ofenderle la memoria los centenares de mujeres españolas violadas cuando las tropas británicas entraron en Badajoz, Ciudad Rodrigo y San Sebastián, ni sus compatriotas historiadores y novelistas que llevan doscientos años asegurando que, en la guerra peninsular, las tropas de Napoleón fueron derrotadas sólo por Wellington; a veces, eso sí, con la colaboración -a regañadientes, por supuesto- de la miserable chusma española que, en las siempre gloriosas y heroicas batallas inglesas, se limitaba a llevarle el botijo. 

15 de mayo de 2011

domingo, 8 de mayo de 2011

La botella de Vranac

No conservo muchos recuerdos materiales de los veintiún años que estuve como reportero dicharachero en Barrio Sésamo: el casco de un soldado serbio muerto en Vukovar, el de un iraquí que palmó en Kuwait, el mío de kevlar de Bosnia, un Kalashnikov inutilizado, un par de casquillos vacíos, algún fragmento de metralla especialmente saltarina y un cartel de madera donde pone Peligro minas, de cuando el Sáhara. Y junto a eso, situado en un rincón oscuro de casa por donde nunca pasan las visitas, hay una botella de vino vacía. La botella de Vranac. 

Descubrí ese vino en el hotel Esplanade de Zagreb durante la guerra de Croacia, merced a Paco Eguiagaray, maestro de maestros. Paco, que ya cría malvas como tantos buenos colegas de entonces -parece mentira cuántos se fueron ya-, era un gran señor del periodismo y de la vida. Baste decir que en Viena, para demostrar que ya había currado con él y por tanto era de confianza, un taxista se presentó así: «Yo trabajar con don Francisco. Champán, chicas, facturas. No problema». El caso, como digo, es que los regresos del frente croata con Márquez, la intérprete Jadranka, la productora Maite Lizundia y otros colegas de entonces, solíamos remojarlos con ese estupendo tinto de Montenegro, embotellado junto al lago Skadar. Nos quedó la costumbre, por así decirlo; y durante los tres años siguientes, mientras duró la guerra de los Balcanes, el Vranac -Crnogorsko Vrhunsko Crno Vino- se convirtió en nuestro vino de cabecera. Todavía hoy, cuando recuerdo aquellos regresos al hotel, agotados, llenos de polvo y mierda, cargados con el equipo y con la cabeza llena de imágenes que ansiábamos olvidar, los asocio con una ducha caliente, una buena comida y el sabor de aquel excelente vino en la boca. 

Durante el largo asedio de Sarajevo, los reporteros nos alojábamos en el hotel Holiday Inn, muy agujereado por la artillería serbia. Allí el Vranac siguió siendo grata costumbre, con el inconveniente de que estábamos cercados, Montenegro quedaba en el bando enemigo, y las provisiones de ese vino mermaban día a día. Si algo aprendí pronto en mi antiguo oficio es que los subalternos mandan más que los jefes. Así que toda la vida procuré -todavía lo hago- establecer relaciones de amistad, no con los figurones que posan en las fotos, sino con quienes de verdad resuelven tus problemas: camareros veteranos, secretarias, proxenetas, putas bien informadas, conserjes, porteros de hotel, suboficiales, policías, traficantes, taxistas espabilados, jefes de talleres, telefonistas y gente así. Tan útiles y complejas relaciones no se improvisan, claro; se establecen con tiempo, sentido común, cortesía, y algo personal que no está en los libros ni se logra con dinero: una naturalidad de trato, resumible en el gesto amistoso de ponerle al otro una mano en el hombro -en realidad las propinas son sólo un pretexto-, en ademán equivalente a decir: hoy por mí, mañana por ti, y en todo caso te la debo. Amigo mío. 

Mustafá, el maître del restaurante del Holiday Inn de Sarajevo, era de ésos. Compartíamos cigarrillos, humor negro, lengua francesa e interés por las piernas de una guapa camarera subordinada suya. Acabamos siendo íntimos, y recuerdo que ni siquiera los aparatosos sobornos de los productores gringos de la CNN, que compraban con dólares cuanto se movía, lograron interponerse. Nuestro equipo -se turnaban de cámaras Márquez, Miguel de la Fuente y Paco Custodio- siempre fue su ojito derecho. El Vranac resultaba solicitadísimo por la escasez; pero Mustafá, fiel a las reglas no escritas, mantuvo mi suministro hasta el final. Bromeábamos sobre las últimas botellas, y él decía que era mejor que me las calzara yo que los serbios cuando tomaran la ciudad. Por fin, un día, me llamó aparte y me entregó un paquete. «Es la última botella de Vranac de Sarajevo -dijo-, y no se la beberá el invasor.» 

No me la bebí. La guardé como un tesoro, a pesar de los sobresaltos de la guerra, y regresé a Madrid con ella en mi mochila. Un día, hace cuatro o cinco años, Márquez vino a casa y nos pusimos a hablar de aquello; de Miguel Gil, de Julio Fuentes y de los otros compañeros que ya no beben vino ni beben nada. Así que fui al armario, la descorché, y brindando por sus fantasmas entrañables cayó entera, al fin. Pero no tiré la botella. La guardo todavía, como dije, en ese rincón oscuro de mi casa que nadie ve. Y ahora, mientras cuento su historia, la tengo puesta delante, sobre la mesa. En su etiqueta, escrito a bolígrafo con letras desvaídas por el tiempo, aún puedo leer: «Vin de l´invasseur pour Arturo. Saraievo 92». 

8 de mayo de 2011 

domingo, 1 de mayo de 2011

Cediendo el paso. O no

Una de las cosas que estamos logrando entre todos es el desconcierto absoluto en materia de corrección política. El bombardeo de estupidez mezclada con causas nobles y la contaminación de éstas, los cómplices que se apuntan por el qué dirán, la gente de buena voluntad desorientada por los golfos -y golfas, seamos paritarios- que lo convierten todo en negocio subvencionado, la falta de formación que permita sobrevivir al maremoto de imbéciles que nos inunda, arrasa y asfixia, ha conseguido que la peña vague por ahí sin saber ya a qué atenerse. Sin osar dar un paso con naturalidad, expresar una opinión, incluso hacer determinados gestos o movimientos, por miedo a que consecuencias inesperadas, críticas furiosas, sanciones sociales, incluso multas y expedientes administrativos, se vuelvan de pronto contra uno y lo hagan filetes. 

Voy a poner dos ejemplos calentitos. Uno es el del amigo que hace una semana, al ceder el paso a una mujer -aquí sería inexacto decir a una señora- en la entrada a un edificio, encontró, para su sorpresa, que la individua no sólo se detuvo en seco, negándose a pasar primero, sino que además, airada, le escupió al rostro la palabra «machista». Así que imaginen la estupefacción de mi amigo, su cara de pardillo manteniendo la puerta abierta, sin saber qué hacer. Preguntándose si, en caso de tratarse de un hombre, a los que también cede el paso por simple reflejo de buena educación, lo llamarían «feminista». Con el agravante de que, ante la posibilidad de que el supuesto varón fuese homosexual -en tal caso, quizá debería pasar delante-, o la señora fuese lesbiana -quizá debería sostenerle ella la puerta a él-, habría debido adivinarlo, intuirlo o suponerlo antes de establecer si lo correcto era pasar primero o no. O de saber si en todo caso, con apresurarse para ir primero y cerrar la puerta en las narices del otro, fuera quien fuese, quedaría resuelto el dilema, trilema o tetralema, de modo satisfactorio para todos. 

Pero mi drama no acaba ahí, comentaba mi amigo. Porque desde ese día, añadió, no paro de darle vueltas. ¿Qué pasa si me encuentro en una puerta con un indio maya, un moro de la morería o un africano subsahariano de piel oscura, antes llamado sintéticamente negro? ¿Le cedo el paso o no se lo cedo? Si paso delante, ¿me llamará racista? Si le sostengo la puerta para que pase, ¿no parecerá un gesto paternalista y neocolonial? ¿Contravengo con ello la ley de Igualdad de Trato o Truco? ¿Y si es mujer, feminista y, además, afrosaharianasubnegra? ¿Cómo me organizo? ¿Debo procurar que pasemos los dos a la vez, aunque la puerta sea estrecha y no quepamos?... Pero aún puede ser peor. ¿Y si se trata de un disminuido o disminuida físico o física? ¿Cederle el paso o la pasa no será, a ojos suyos o de terceros, evidenciar de modo humillante una presunta desigualdad, vulnerando así la exquisita igualdad a que me obliga la dura lex sed lex, duralex? ¿Debo echar una carrerilla y pasar con tiempo suficiente para que la puerta se haya cerrado de nuevo cuando llegue el otro, y maricón, perdón, elegetebé el último?... Por otra parte, si de pronto me pongo a correr, ¿se interpretará como una provocación paralímpica fascista? ¿Debo hacer como que no veo la silla de ruedas?... O sea, ¿hay alguien capaz de atarme esas moscas por el rabo? 

Y bueno. Si a tales insomnios nos enfrentamos los adultos, que supuestamente disponemos de referencias y de sentido común para buscarnos la vida, calculen lo que está pasando con los niños, sometidos por una parte al estúpido lavado de cerebro de los adultos y enfrentados a éste con la implacable y honrada lógica, todavía no contaminada de gilipollez, de sus pocos años. El penúltimo caso me lo refirió una maestra. Un niño de cuatro años había hecho una travesura en clase, molestando a sus compañeros; y al verse reprendido ante los demás, un poco mosca, preguntó quién lo había delatado. «Fulanita, por ejemplo -dijo la maestra señalando a una niña rubia y de ojos azules-, dice que eres muy travieso y no la dejas trabajar tranquila.» Entonces la criatura -cuatro años, insisto- se volvió despacio a mirar a la niña y dijo en voz baja, pero audible: «Pues le voy a partir la boca, por chivata». Escandalizada, la maestra le afeó la intención al niño, diciendo entre otras cosas que a las niñas no hay que pegarles nunca, etcétera. Que eso es lo peor del mundo, lo más vil, cobarde y malvado. Y entonces el enano cabrón, tras meditarlo un momento, muy sereno y muy lógico, respondió: «¿Por qué? ¿Es que no son iguales que los niños?». 

1 de mayo de 2011 

domingo, 24 de abril de 2011

El desayuno del ajedrecista

Lo veo entrar en uno de los comedores del hotel de Montecarlo donde asisto al legendario torneo Amber Chess, que por una elevada suma de dinero enfrenta a los doce mejores jugadores de ajedrez del mundo. Es un individuo de aspecto tosco, desgarbado de maneras, vestido con chándal azul, que camina entre las jarras de zumo de naranja, las pilas de croissants, la fruta y las bandejas calientes con huevos, salchichas y tocino. Viene despeinado, sin afeitar, y lo observo con asombro porque tardo en reconocerlo. Se mueve con mucha torpeza, como si no terminase de despertar del todo, o como si, recién dejada la cama, sus miembros no acabaran de habituarse a los movimientos usuales. Hasta su forma de apoyar los pies en el suelo es peculiar: arrastra las zapatillas de deporte volviendo los pies hacia adentro, igual que quienes tienen algún defecto físico que les impide andar con soltura. A eso hay que añadir la expresión absorta del rostro: sus ojos azules bajo las cejas espesas parecen perdidos en la nada, vacíos de contenido, dándole un aire de extrema estupidez. Y todo ello, el aspecto rústico y vulgar, la expresión, la manera fatigada de moverse, lo hacen parecer fuera de lugar en el comedor del lujoso hotel monegasco; cual si un campesino de maneras burdas y chata inteligencia acabara de colarse, de manera inexplicable, entre los árabes vestidos de Hugo Boss y las rubias de acento eslavo, falda corta y piernas largas, que acompañan a hombres de negocios con camisa de seda, teléfono móvil y macizo Rolex de oro en la muñeca. 

Lo sigo con la vista, interesado, mientras coge un huevo pasado por agua. Con éste en la mano, dudando como si no supiera exactamente qué hacer, acaba por dirigirse a una mesa donde aguarda una mujer joven y corpulenta que parece su esposa. Sentándose al lado, el hombre de la expresión estúpida emplea un tiempo increíblemente largo en estudiar el huevo como si pretendiera averiguar por dónde entrarle. Al fin, torpe y lento, lo golpea un poco en el borde de la mesa y le quita la cáscara a la mitad superior antes de llevárselo directamente a la boca y comerlo despacio, con la mirada perdida de antes. Cuando acaba, deja la cáscara vacía sobre la mesa y se la queda mirando largo rato, absorto, con la misma expresión de estupidez absoluta. De gañán fuera de lugar y de momento. Y apenas se mueve cuando la mujer, con el ademán solícito que tendría si atendiese a un impedido, se inclina hacia él y, con una servilleta, le limpia restos de yema de huevo que han quedado en los pelos del mentón sin afeitar. 

Seis horas más tarde, sentado en una sala en la que reina un silencio absoluto, reverencial, me encuentro de nuevo a tres metros de ese mismo hombre. Ahora lo veo afeitado, bien peinado y limpio, vestido con un traje oscuro. Está de codos ante un tablero de ajedrez y ya no parece un campesino desaliñado y estúpido. Se llama Vasili Ivanchuk, es ucraniano, y también es el quinto mejor jugador del mundo en el ranking actual de grandes maestros. Hace dos días lo vi en esta misma sala jugar contra el noruego Magnus Carlsen, ayer lo vi enfrentado a Viswanathan Anand, actual número uno mundial, en una partida memorable, y hace cinco minutos, jugando con blancas contra el búlgaro Veselin Topalov, lo he visto sacrificar deliberadamente una torre, en el curso de un ataque audaz por el flanco de dama, preciso como un golpe de bisturí, que ha transformado la partida en un espectáculo de belleza perfecta. Y mientras sigo asombrado la progresión de su juego impecable, compruebo que la expresión absorta de los ojos azules de Vasili Ivanchuk es idéntica a la de esta mañana en el desayuno, mientras le quitaba laboriosamente la cáscara al huevo: alienada y vacía. Y así, mientras concluyo que nunca es posible estar seguro de lo que oculta la mirada estúpida, inteligente, bondadosa o malvada de un ser humano, recuerdo lo que el hombre al que tengo delante le dijo a mi amigo el periodista y gran maestro de ajedrez Leontxo García, cuando éste le preguntó, hace tiempo, si para él era concebible levantarse una mañana sin tener una partida que jugar. El ucraniano estuvo pensativo quince segundos, igual que si calculase un movimiento, y al fin respondió con un escueto «no». 

Inmóvil en mi silla, entre el reducido público, sonrío sin apartar los ojos de Ivanchuk, que sigue inclinado sobre su tablero. Ahora sé que es perfectamente posible, a las ocho y media de la mañana, jugar una partida de ajedrez contra un huevo pasado por agua. 

24 de abril de 2011

domingo, 17 de abril de 2011

La tarde en la que acabó el mundo

La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás. 

Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban. 

El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos los pisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día. 

Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilos mientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos. 

Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz. 

17 de abril de 2011

domingo, 10 de abril de 2011

Los que no salen en la foto

También están ellos. Y ellas, como diría algún ministro imbécil. Los que no fueron a buscar nuevos campos de batalla para sus empresas. La pobre y maltrecha infantería que no es fiel sino a sí misma; y eso sólo cuando puede. Los mercenarios en busca de un amo que les dé de comer, sea quien sea: cualquiera que asegure dos mil euros al mes y un futuro a corto o medio plazo. Los que no se van con ademán heroico sino por la puerta pequeña, discretamente, dejando atrás a padres, madres y novios que los echan de menos. Alejándose para mucho tiempo de la gente querida, a la que, muy de vez en cuando, visitan en vacaciones cada vez más cortas, sabiendo que no podrán estar con ellos cuando vayan al hospital, o mueran; y a los que, si alguien avisa con tiempo, quizá lleguen a acompañar en su entierro. Aunque también puede ocurrir que haya suerte, y los padres, o el perro que acompañó su vida durante diez o doce años, esperen a morirse cuando están en casa, de vacaciones. 

Se llaman María, Noemí, Héctor, Manolo. Tienen cerca de cuarenta años, se fueron de España hace tres o cuatro, y no salen en los dominicales de los diarios: en esos patéticos reportajes dedicados a convencernos de lo orgullosos que debemos sentirnos de que el mundo esté salpicado de jóvenes españoles que se buscan la vida fuera. A su edad no son tan fotogénicos. No lucen posando con bata de laboratorio en Oslo, con gorro de cocinero en Berlín, con camiseta de baloncesto en Nueva York. Ni siquiera valen para la foto en EPS o XLSemanal de camarero guapo y veinteañero que friega platos, sólo de momento, en un local de moda de Londres o Nueva York; entre otras cosas porque ni son veinteañeros ni guapos, y cuando friegan platos o sirven mesas, a su edad, puede ser para toda la vida. Son seres vencidos sin segunda oportunidad, que saben lo seguirán siendo, sin remisión. Sin otro anhelo que no ir a peor. No ir a menos. 

Por ahí afuera andan, a miles. Su generación ni siquiera es la de los aeropuertos, el ordenador portátil y el hotel barato, a la caza de mercados aunque sean modestos. La suya es la del billete de ida, de las hipotecas imposibles de pagar. La generación engañada por el espejismo y la irresponsabilidad de quienes pudieron hacer un país culto, trabajador y decente, y no lo hicieron. De quienes, respaldados en las urnas por ilusiones y sueños de futuro, tenían la obligación de encauzar esto y no supieron, o les importó una mierda; y ahora siguen ahí, impasibles, cobrando el sueldo del partido, trincando los favores hechos a compadres. Sin que nadie les diga fue por tu culpa, cabrón. Sin que nadie, al cruzárselos cuando salen del restaurante de lujo o de dar conferencias, con esa cara de cerdos que les han puesto los años, la pasta, el estatus y el coche con chófer que nunca perdieron, les parta la cara. 

Sus víctimas se fueron, eso es todo. Sin hacer ruido, como digo. Fueron cuarenta en clase del instituto y doscientos en el aula de la facultad, y todo para conseguir un título universitario que a nadie importa un carajo. Que nadie les dijo que no sacaran. Los sentenciaron a la cola del paro y les preguntaron mil veces, cuando eran mujeres, si estaban embarazadas o tenían hijos, en grotescos simulacros de entrevistas de trabajo. Por su edad les habría correspondido agachar la cabeza, aceptar mil euros al mes, cerrar la boca, poner el culo -o el coño- y desangrarse con la hipoteca del piso y las letras del coche, como todo cristo. Tragar y sobrevivir once meses soñando con el duodécimo de vacaciones baratas en Cancún. Se trataba de eso, o de tener el coraje, la desesperación, de organizarse con sus iguales para incendiar esta España de mierda. Para conseguir, al menos, que los culpables tuviesen miedo o lo pagasen caro. Pero eso resulta más fácil escribirlo que hacerlo; así que optaron por lo razonable: largarse de aquí. Alejarse, sacudiendo de los zapatos el polvo de este paraje ingrato, envidioso y miserable, históricamente enfermo. De esta ruin madrastra y sus turbios, desvergonzados, impunes secuaces. Por eso están fuera, y no volverán si pueden evitarlo. Hicieron lo más difícil, que fue saltar al vacío, echarse el macuto al hombro, internarse en territorio hostil, desconocido. Se buscaron la vida lo mejor que supieron, y así sobreviven, comen caliente, rehacen como pueden sus maltrechas vidas. Ni siquiera pretenden ya reconciliarse con esta triste España que los echó a patadas. Si van a morirse lejos, tan solos como viven, por ellos puede pudrirse esta mala perra. 

10 de abril de 2011

domingo, 3 de abril de 2011

Ese monumento de papel

Pues resulta que voy a la librería de Antonio Méndez, en la calle Mayor, y le digo oye, compañero, ¿tienes la Biblia nueva que acaba de sacar la Conferencia Episcopal? Y Antonio, que es amigo hace veinte años, me mira de reojo y dice te veo chungo, maestro, una Biblia a tus años. De qué vas, Tomás. ¿Has visto la luz, o qué? Y yo le respondo que menos choteo, chaval, o la compro en el Corte Inglés. Grandes superficies, que se dice ahora. Y además quiero dos, una para regalar. Pues la tengo que pedir porque no la tengo, redunda Antonio. Y yo le digo: debería darte vergüenza. Un librero sin Biblia nueva en el escaparate. Ya sé que no vas a misa ni yo tampoco, y que monseñor Rouco y sus mariachis te caen, como a mí, igual que una patada en el duodeno. Pero no estamos hablando de opio del pueblo, ni de tocapelotas nietos de Trento, ni de estragos históricos y sociales, sino de cultura, chaval, que para ser librero no te enteras. De uno de los caudales de sabiduría que nos hizo lo que somos, cóscate, Viejo y Nuevo Testamento, cultura judeocristana que, combinada con el Islam mediterráneo, Grecia, Roma y toda la parafernalia, hizo lo que llamamos Europa y de rebote Occidente: sitio que lo mismo también te suena, Antoñete; aunque a esa vieja Europa, en tiempos referente moral del mundo, cuna de derechos humanos y crisol de cultura, ya no la reconozca ni la madre que la parió. Dicho en lenguaje de librero, para entendernos, te hablo del mayor bestseller de la Historia, necesario para quien pretenda estar al tanto de lo que es y lo que hace. Para tenerlo tan a mano como a Cervantes, Shakespeare y Montaigne: cuatro patas de la mesa donde algunos apoyamos los codos cuando estamos cansados. No sé si me explico. 

Concluida la guasa entre Antonio y yo, una semana después tengo al fin esa nueva Biblia en casa; y, aparte el pequeño inconveniente de maldecir en arameo el tacto áspero de su encuadernación en tela bajo las guardas -la tela en los libros siempre me dio dentera-, disfruto con sus páginas de papel sutil y agradable al tacto, la limpia tipografía y el peso reconfortante del volumen en las manos. Es un hermoso ejemplar con la nueva traducción canónica de los textos sagrados al castellano, que será utilizada en todos los actos litúrgicos y catequéticos, o como se diga, de la Iglesia Católica de aquí. El canon, para entendernos, de la Biblia oficial en lengua de Cervantes. Esto lo convierte en libro de extraordinaria importancia; pues, aparte la lectura íntima que haga cada cual, su texto, leído en misa y utilizado a partir de ahora en las actividades relacionadas con el asunto, influirá directamente, en la lengua que hablan y escriben varios millones de católicos de habla hispana. Que se dice pronto. 

Pero ésa, la de la peña practicante, sólo es una parte. Al fin y al cabo, la Biblia es también, y sobre todo, un magnífico caudal de diversión, reflexión y conocimiento. Un monumento indispensable para comprender sobre qué cañamazo se tejió lo que algunos cabrones reaccionarios y gruñones como el arriba firmante todavía llamamos, con una mezcla de melancolía y de guasa escéptica, cultura occidental; dicho sea sin ánimo -o con ánimo, qué puñetas- de ofender. En ese contexto, la Biblia es una fuente extraordinaria de relatos, aventuras, batallas, traiciones, amores, emociones y simbolismos; materia de la que hace tres mil años viene nutriéndose el mundo civilizado y que inspiró a los más grandes filósofos y artistas de todas las épocas; literatura, música, pintura y cine incluidos. Nadie que busque lucidez e inteligencia, que quiera interpretar el mundo donde vive y morirá, puede pasar por alto la lectura, al menos una vez en la vida, del libro más famoso e influyente -para lo bueno y lo malo- de todos los tiempos. El Antiguo y el Nuevo Testamento, para unos historia sacra y revelación divina, y para otros llave maestra de cultura e ilustración, son imprescindibles para comprender cómo llegamos aquí, lo que fuimos y lo que somos. Compadezco a quien no tenga un Quijote y una Biblia en casa, aunque sólo sea para decorar un mueble y leer cuatro líneas de vez en cuando. Y quien sí sea lector, que calcule. Sólo la Biblia, releída una y otra vez, bastaría para colmar una vida entera. Y ojo. Insisto en que no se trata de religión, sino de cultura. La de verdad; no esa papilla desnatada, presuntamente educativa, impuesta por quienes legislan desde su cateta mediocridad. Oponer prejuicios a la Biblia es como oponerlos a una catedral: no hace falta creer en Dios para visitarla y admirar su belleza. Para sentir lo majestuoso de la memoria que atesoran sus viejas piedras. 

3 de abril de 2011

domingo, 27 de marzo de 2011

Echando pan a los patos

Me pregunto a qué están esperando en España, con lo aficionados que somos a correr delante de la locomotora, y al que no quiera correr, obligarlo por decreto. A más de un político aficionado a la psicopedagogía de laboratorio y a la lengua hablada y escrita controlada por ley, debería gotearle el colmillo: hay más humo con el que marear la perdiz. Más posibilidades de que la peña, propensa a desviarse de pitones cuando le agitan un capote desde la barrera, no piense en lo que debe pensar, la que está cayendo y va a caer. Buenos ratos echando pan a los patos. 

Hace un par de meses, una editorial gringa publicó ediciones políticamente correctas del Huckleberry Finn y el Tom Sawyer de Mark Twain en las que, además de retocar crudezas propias del habla de la época, se elimina la palabra nigger, que significa negro. Los alumnos se escandalizaban, arguyó el responsable: un profesor de Alabama que, en vez de explicar a sus escandalizables alumnos que los personajes de Twain usan un lenguaje propio de su época y carácter -Joseph Conrad tituló una novela The nigger of the Narcissus-, prefiere falsear el texto original, infiltrando anacronismos que encajen en las mojigatas maneras de hoy. Convirtiendo el ácido natural, propio de aquellos tiempos, en empalagosa mermelada para tontos del ciruelo y la ciruela. 

Coincide la cosa con que el ministerio de Cultura francés, confundiendo la palabra conmemorar con la de celebrar, excluya a Louis-Ferdinand Céline de las conmemoraciones de este año, cuando se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Que fue pésima persona, antisemita y colaborador de la Gestapo -como, por otra parte, miles de compatriotas suyos-, y autor de un sucio panfleto antijudío titulado Bagatelle pour un massacre; pero que también es uno de los grandes novelistas del siglo XX, el más importante en Francia junto a Proust, y cuyo Viaje al fin de la noche transforma, con inmenso talento narrativo, una muy turbia sordidez en asombrosa belleza literaria. Eso demuestra, entre otras cosas, que un retorcido miserable puede ser escritor extraordinario; y que un artista no está obligado a ser socialmente correcto, sino que puede, y debe, situarnos en los puntos de vista oscuros. En el pozo negro de la condición humana y sus variadas infamias. 

Así que, españoles todos, oído al parche. Suponiendo -tal vez sea mucho suponer- que quienes vigilan a golpe de ley nuestra salud física y moral sepan quiénes son Twain o Céline, imaginen las posibilidades que esto les ofrece para tocarnos un poquito más los cojones... ¿Qué son bagatelas como prohibir el tabaco o convertir en delito el uso correcto de la lengua española, comparadas con reescribir, obligando por decreto, tres mil años de literatura, historia y filosofía éticamente dudosas?... ¿A qué esperan para que en los colegios españoles se revise o prohíba cuanto no encaje en el bosquecito de Bambi?... ¿Qué pasa con esas traducciones fascistas de Moby Dick donde se matan ballenas pese a los convenios internacionales de ahora?... ¿Y con Phileas Fogg, tratando a su criado Passepartout como si desde Julio Verne acá no hubiera habido lucha de clases?... ¿Vamos a dejar que se vaya de rositas el marqués de Sade con sus menores de edad desfloradas y sodomizadas antes de la existencia del telediario?... ¿Y qué pasa con la historia y la literatura españolas?... ¿Hasta cuándo seguirá en las librerías la vida repugnante de un asesino de hombres y animales llamado Pascual Duarte?... ¿Cómo es posible que al genocida de indios Bernal Díaz del Castillo lo estudien en las escuelas?... Y ahora que todos somos iguales ante la ley y el orden, ¿por qué no puede Sancho Panza ser hidalgo como don Quijote; o, mejor todavía, éste plebeyo como Sancho?... ¿A qué esperamos para convertir lo de Fernán González y la batalla de Covarrubias en el tributo de las Cien doncellas y doncellos?... ¿Cómo un machista homófobo y antisemita como Quevedo, que se choteaba de los jorobados y escribió una grosería llamada Gracias y desgracias del ojo del culo, no ha sido apeado todavía de los libros escolares?... En cuanto a la infame frase Viva España, que como todo el mundo sabe fue inventada por Franco en 1936, ¿por qué no se elimina en boca de numerosos personajes de los Episodios nacionales de Galdós, donde afrenta a las múltiples y diversas naciones que, ellas sí, nos conforman y enriquecen?... ¿Y cómo no se ha expurgado todavía El cantar del Cid de las 118 veces que utiliza la palabra moro, sustituyéndola por hispano-magrebí de religión islámica, y buscándole de paso, para no estropear el verso, la rima adecuada? 

Por fortuna no leen, ni creo que en el futuro lo hagan. Tranquilos. El peligro es mínimo. Menos mal que esos pretenciosos analfabetos, dueños del Boletín Oficial, no han abierto un libro en su puta vida. 

27 de marzo de 2011 

domingo, 20 de marzo de 2011

Trileros en las Ramblas

Doy un paseo cerca del mercado de la Boquería de Barcelona, entre esas estatuas vivientes a las que han prohibido, o van a prohibir, que posen con armas simuladas aunque sean vaqueros, indios, soldados o marcianos, para que no den ejemplos belicistas a la tierna infancia, dicen, y también por seguridad pública, imagino; no vaya a ser que a un indio se le dispare una flecha, o algún niño quede traumatizado ante un vaquero verde fosforito con un Colt en la mano. El caso es que paseo, como digo; y en ésas me topo con una cuadrilla en torno a una mesa de camping, currándose la calle: están el que dirige el juego, los ganchos y también algún pringao palmando o a punto de. Así que saco el móvil y telefoneo a mi colega Ángel Ejarque, retirado del delito hace veinte años, pero que en su tiempo fue leyenda viva, rey del trile y de otros lances callejeros, y le digo oye, plas, se me cae la cara de vergüenza, años sin ver una cuadrilla de trileros currándose la calle, y la primera que encuentro, al arrimarme con toda ilusión, es de guiris, te lo juro, del Este por el acento. Y curran chungo, por lo que veo y oigo. Muy descarado y sin finura. Casi atracando a la gente, mira lo que te digo. Aprietan tanto que sólo les falta sacudir a los batos, que por cierto son tres japos con mochilas, para que aflojen la viruta. Y oyes. Ya sé que tú te saliste de la calle; pero, ¿y los colegas? ¿Cómo es que tus antiguos consortes dejan que les quiten de esa manera el pan de la boca? Si vieran esto, los huesos de los palmaos, aquéllos a los que se llevaron los años o el prive, se removerían en sus tumbas. No te digo ya el Muelas, que era maestro de maestros. Hasta el más primavera de los soguillas que teníais entonces para dar el agua sería un virtuoso comparado con estos chapuzas de importación. ¿Qué pasa? ¿Ya no quedan trileros nacionales como Dios manda? ¿Dónde están aquellos artistas de morro y labia? ¿Qué ha sido del Patillas, el Catarecha, el Rasca, el Chino o el Ladrillo? ¿No hicieron escuela? ¿El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos? 

Eso largo por el móvil. Tal cual. Y Ángel, avergonzado, responde es que nos hemos vuelto algo mariquitas, colega, y también nos hicimos viejos, o taxistas, o empleados de algo, y dejamos el juego, el alcohol y las tordas donde se nos iba el jurdós, y en los últimos tiempos a los jóvenes les fue más cómodo hacerse camareros o albañiles. No hubo escuela fina, así que se perdió el arte. Mírame a mí, que cuando nos conocimos manejaba cuadrillas de siete u ocho virtuosos que se comían el mundo -yo hasta les sacaba a mis niños el dinero de la hucha- y hubo días que levanté hasta un cuarto de kilo, y aquí me tienes ahora, reformado y limpio que te rilas, de currito en una empresa de seguridad. Llevo veintidós años sin sobar un catecismo, y no entro en un bar ni para ir al tigre. Pero oye lo que te digo -en este punto le advierto un puntito de curiosidad profesional- ¿esos jambos están burlando con pastos o con triles? 

Le respondo que con pastos, que los ganchos cantan la Traviata con acento eslavo, y que el de la mesa es tan burdo con los tapones y la borrega, que hace falta ser de Osaka para no coscarse. Y Ángel responde es natural, colega, porque los pastos los manejas más fácil, son de estocada en plan aquí te pillo aquí te mato, y todo consiste en esconder la bolita; mientras que los triles necesitan arte, son lentos de ejecutar y hay que currárselos doblando una esquina de un naipe y luego otra, con buena mano. Y es que ya no hay estilo, añade. Ni filigranas de caballeros. Y si el pringao muerde el pastel y se rebota, encima van y lo hostian. Es otro estilo, ¿me sigues? Además, saben que aquí hay pajera abierta y se les da cuartel, y que si no se pasan de violentos, pues tranquis. Van a la calle en bola según entran, por la misma puerta, y por lo que yo me comía tres meses ahora les sale gratis. Así que esto es vente a Alemania, Pepe: cada día verás más, haciéndose los amos del trile, de las lumis y de todo. Pero cosas buenas también tienen, no creas. Nosotros éramos individualistas, a ver si me entiendes. Después de un buen palo astillábamos y cada uno se iba por su cuenta, a su vicio: la priva, las tías o la ludopatía de cada cual. ¿Te acuerdas? A pulírnoslo. Éstos, sin embargo, son solidarios entre ellos. Vinieron a trabajar: curran y viven juntos, en grupo, ahorran, se organizan en plan serio, tienen abogados. Cuando les va bonito invierten en usura, en puticlubs, en tráficos de armas y cosas así. Son peña emprendedora, con ganas de montárselo. Se hacen un futuro. No acabarán, como algunos que tú y yo conocimos, durmiendo en la calle con tres cartones: el de abajo, el de arriba y el de Don Simón. Pasa como con todo lo demás: se lo van a llevar crudo porque lo curran, vinieron con hambre y ambiciones y juegan para meter goles. Y ya lo ves. Hasta burlando en la calle, colega, nos mojan la oreja. 

20 de marzo de 2011 

domingo, 13 de marzo de 2011

El ecologista ecologizado

Hace tiempo hablé aquí de mi amigo neoyorkino Daniel Sherr, que aparte ser un magnífico intérprete profesional que habla todas las lenguas de Babel, es judío, alérgico, vegetariano y una de las mejores personas que conozco. Su única pega es ser uno de esos ecologistas pelmazos que, según los días, llegan a romperte los huevos. Por la calle dirige miradas furiosas no ya a los fumadores, sino a quienes sospecha puedan serlo; y cuando viaja mete en la maleta cuanta botella se cruza en su camino, para reciclarlas al regreso, pues no se fía del personal de los hoteles. Carga con bolsas con arroz hervido, como los vietcong, y fruta para consumo propio; y se niega a pasar los plátanos por el control de viajeros en los aeropuertos porque, afirma, los detectores los contaminan con sus rayos radioactivos y malignos. Imagínense el cuadro, e imagínenme caminando lo más lejos posible de él, poniendo cara de que a ese tipo estrafalario al que cachean los guardias, o se llevan aparte para interrogarlo en privado, ni lo conozco ni lo he visto en mi puta vida. 

Ése es mi amigo Dani, al que quiero muchísimo. Por eso vivo informado de sus peripecias. La última es tan deliciosa que no me resisto a contarla. Más que nada porque, aunque parece delirante, es un augurio siniestro de lo que nos espera en España. De lo que traerá, de forma irremediable, tanta peligrosa combinación de mansedumbre ciudadana y prepotente imbecilidad oficial. El caso, absolutamente real, es ejemplo de hasta qué punto esos Estados Unidos que para nuestra babeante Europa son referencia ideal de lo socialmente correcto, nos llevarán al absoluto disparate. De hasta dónde puede llegar la descarada injerencia estatal en lo más íntimo de nuestras palabras, nuestras casas y nuestras vidas. 

Dani tiene un piso en Nueva York, en un edificio de seis plantas donde viven unos cuarenta inquilinos. Fiel a sus principios ecologistas, llevaba años dando la murga para que la comunidad de vecinos aceptase una auditoría energética, a fin de evitar derroche, contaminación y cosas así. El trámite, le dijeron, pasaba por una visita previa del administrador de la finca. Se presentó éste en casa de Dani, y dijo que lo de la auditoría energética estaba divino de la muerte y era una propuesta interesante a más no poder. Que estaba entusiasmado con la idea hasta el punto de aplaudir, plas, plas, plas. Pero antes había un requisito: comprobar que el apartamento del reclamante se ajustaba a las ordenanzas de Nueva York sobre viviendas libres de toda sospecha. Luego señaló con dedo acusador los libros, periódicos y documentos profesionales que mi amigo tenía en su casa por todas partes. Según la disposición cuarenta y siete barra ochenta, indicó, o una de ésas, los libros apilados en el suelo podían obstaculizar el paso de los bomberos en caso de incendio. Sin contar con el peligro de tener tanto papel -material inflamable- en un edificio de apartamentos. Y mientras Dani, boquiabierto, intentaba deglutir aquello, el otro se asomó a la cocina y dijo literalmente: ajá, qué es lo que veo, tres granos de arroz integral sueltos sobre una mesa. Eso puede atraer cucarachas, e incumple la disposición sanitaria treinta y cuatro barra seis. O algo así. Dani, que viajaba a España dos días más tarde, dijo que sí a todo, acojonado, creyendo que poner tierra de por medio bastaría para que se olvidara el asunto. Pero al regreso encontró una carta preguntándole si había «abordado» lo de subsanar las deficiencias señaladas. Respondió que sí -abordar, pensó con lógica, no significa eliminar ni resolver- y consultó mientras tanto con un abogado la manera de que se olvidaran de él, de la auditoría energética y de la madre que lo parió. Pero el asesor legal dijo que verdes las había segado. Que, según las ordenanzas neoyorkinas, podía ser denunciado por violar los códigos de vivienda, de incendios y de salud. El consejo era que tragara. 

El siguiente paso de Dani, que a esas alturas ya era presa del pánico y renegaba hasta de las energías alternativas, fue tirar cuantos papeles pudo, y esconder otros. Tuvo a una señora de la limpieza tres días en casa, buscando hasta el último grano de arroz escondido. Al cabo, el administrador regresó con sonrisa de zorro entrando en gallinero. Mucho mejor, dijo. Casi al noventa y nueve por ciento. Aunque lo ideal según las ordenanzas municipales, añadió con recochineo, es que no queden a la vista papeles en absoluto. En todo caso, no debe haber ni un solo papel ni libro en el suelo, ni tampoco sobresalir de las mesas ni estantes. Los bomberos, ya sabe. La normativa y todo eso. Haré otra inspección en tres meses; y por supuesto, espero que sea la última. En cuanto a lo de la auditoría energética que usted reclamaba para el edificio, desde luego, no hay ningún problema. Aquí somos tan ecológicos como el que más. ¿No le parece? Así que cuando quiera me llama, oiga. Y discutimos el asunto. 

13 de marzo de 2011 

domingo, 6 de marzo de 2011

Borrascas perfectas

He leído con atención tu carta. Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida. Deduzco que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte sobre eso. Yo tengo 59 años y amo el mar, pero ya sólo navego por el Mediterráneo. Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas. Con canas en la barba y arrugas en la cara acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de velas blancas y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me educaron con rumor de resaca, en playas donde, al fuego hecho con madera de deriva, hombres de manos encallecidas por remos y redes, piel curtida y ojos quemados de sal, fumaban tabaco negro, hervían calderos de arroz y asaban sardinas. Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol. Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor. 

En realidad, ningún mar es mala gente. Es el viento el que lo hace peligroso y mortal. Pero, a diferencia del Atlántico, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola suele ser larga y tendida, más gobernable, el Mediterráneo desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan. Viví entre marinos desde niño, y me crié con relatos de buques y mar. Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, hablaban de la mar terrible que los temporales del norte levantan en el golfo de León. Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de comprobar en persona cómo es capaz de golpear el azul Mediterráneo cuando se torna malhumorado y cabrón. Cuando se pone barbas grises. 

De una de esas situaciones hablé aquí alguna vez: fue a bordo del petrolero Puertollano, navidad de 1970, y tuvimos una mar horrorosa doblando el cabo Bon, frente a la costa de Túnez, con olas de diez metros y viento que en la escala Beaufort se conoce como temporal duro, de fuerza 10. En otras ocasiones tampoco escapé a los temibles mistrales del golfo de León o a las noroestadas duras del canal de Cerdeña; con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, y que éste sea un velero con tripulantes de cuyas vidas eres responsable. Y te aseguro que un mistral de fuerza 8 pegando en la amura de estribor durante horas, con sólo una trinquetilla arriba, la mayor reducida al último rizo y el barco -valiente, fiel y marinero, bendito sea- navegando a ocho nudos escorado hasta el trancanil, dando pantocazos, macheteando entre rociones y rachas la maldita ola corta mediterránea, es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él, de los barcos y de la madre que te parió. 

Sin embargo, hay algo bueno en eso. Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba. Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a ti mismo. Eres marino. Hiciste las cosas como debías, y ahora estás a salvo. Librado a tus propias fuerzas, con los dientes apretados, sin aspavientos, estuviste allá lejos, donde nadie puede decir basta, oigan, paren esto que me bajo. Y, por mucho título de capitán de yate que tengas en casa, posees el mejor certificado náutico del mundo: saliste vivo, con tu barco. Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, acaba matando a cualquiera, incluso al mejor marino, también es cierto que primero liquida a los torpes, a los arrogantes y a los imbéciles; a quienes carecen de la suficiente experiencia o la humildad -que allí son sinónimos- para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas imprevistas y sus arrecifes acechando en alguna parte, es lugar peligroso. Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en territorio enemigo, ayuda a mantenerse vivo. 

Y, bueno. Eso es todo, o casi. Sólo quería decirte que, lo mismo que el mar, espejo de la vida, también la tierra firme -engañosamente firme- tiene borrascas perfectas que discurren por el corazón del ser humano, probándolo, tanteando su resistencia y su coraje. Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas, aparte una saludable incertidumbre, que la lucidez, la tenacidad y la cultura. Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales de fuerza 8. Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perderte con tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino. Con el consuelo de que lo hiciste todo lo mejor posible. 

6 de marzo de 2011 

domingo, 27 de febrero de 2011

Otra vez ganan los malos

Al principio creí que era simple estupidez; pero rectifico. Es prepotencia, vileza y mala leche. Es la imbecilidad de unos pocos visionarios analfabetos, aceptada con entusiasmo formal por los clientes y en silencio cómplice por los cobardes. Como se veía venir, aquel artículo 22 bis de la ley 56/2003, creado a partir del artículo 5 de la ley de Igualdad, ha conseguido el sueño perfecto de todo gobernante totalitario: reprimir hasta el uso de la lengua hablada y escrita cuando no se ajusta a su concepción del mundo, por muy limitada, inculta o cantamañanas que ésta sea. Rebajar por decreto, imponiendo el uso irracional de la fuerza del Estado, la libertad y dignidad del idioma español hasta el triste nivel de su propia estupidez. De su mezquino oportunismo político. 

Ya no es anécdota suelta, como la que les contaba aquí el año pasado -«Chantaje en Vigo»-. Ya es violencia sistemática, de Estado, contra el uso correcto de la lengua española. Penúltimo caso: una empresa de Sevilla que, recurriendo con naturalidad al uso genérico del masculino -consagrado por el uso, el sentido común y la Gramática-, puso un anuncio para cubrir «una plaza de programador» en vez de «una plaza de programador o programadora», fue obligada por la Inspección de Trabajo a modificar el texto, bajo amenaza de una multa de 6.250 euros. El argumento diabólico es que, según la ley, «se considerarán discriminatorias las ofertas referidas a uno de los sexos». La pregunta es: ¿se considerarán, por parte de quién? Y también, ¿qué entendemos por «uno de los sexos»? Porque ahí está el truco infernal. Establecer si el uso del masculino genérico discrimina en un anuncio al sexo femenino, es algo que la ley no deja a los lingüistas, que saben de eso. Ni siquiera a los jueces y su presunta ecuánime sabiduría. Quien decide es cada inspector de Trabajo, según su particular criterio. Como le salga. Y aunque no dudo que entre los inspectores de ambos sexos -que a su vez tienen órdenes que vienen de arriba- haya dignos y cultos funcionarios capaces de distinguir entre incorrección gramatical, uso machista de la lengua, abuso de poder y simple gilipollez, nadie discutirá, supongo, que de ahí a convertirlos en policías e inquisidores de la lengua española, usada por 450 millones de personas en todo el mundo, dista un buen trecho. 

Es aquí donde entramos en la parte diabólica del negocio. Son varios los empresarios que se han dirigido a la Real Academia Española denunciando situaciones parecidas, en demanda de argumentos o amparo. Y la RAE, que en tales cosas está obligada a mantener una exquisita prudencia oficial, responde siempre lo mismo: el uso genérico del masculino es correcto y aconsejable, la lengua pertenece a quienes la hablan, no se puede forzar por decreto, y no hay ley de Igualdad que pueda imponerse sobre la autoridad de la Gramática ni violentar el uso correcto del castellano. Incluso algunos académicos, a título particular, nos hemos ofrecido a dar dictámenes técnicos en favor de los empresarios acosados, e incluso a acudir a los tribunales en defensa de quien nos pida consejo para defenderse de la desmesura y el chantaje lingüístico de que es víctima. Pero claro. Ahí está la trampa ineludible. Eso habría que solventarlo ante un juez, y a ver qué empresario amenazado por una inspección de Trabajo se atreve a litigar contra quien puede convertir su vida y su empresa en un infierno. Sólo de imaginar un juicio, largo y de resultado incierto, les dan sudores fríos. Y más con la que está cayendo. De manera que el respaldo de autoridad que la Academia puede dar frente a tales abusos no sirve para nada, pues el empresario indefenso nunca llegará a exponer su caso ante un juez: se resigna, modifica lo que le piden, y traga. Qué remedio. Y así, inevitablemente, la Inspección de Trabajo y los analfabetos -incluidas analfabetas con nombre y apellidos- que redactaron el artículo 22 bis de la ley de Igualdad, se apuntan muescas en su infame navaja, mientras la imbecilidad que tanta risa nos daba hace tiempo en boca del lendakari Ibarretxe -aquel ridículo «vascos y vascas»- se convierte, al fin, en chantaje impune, sueño anhelado de feminazis talibanes y sus mariachis. En arrogante norma inquisitorial contraria a la lengua, la razón y la justicia. 

Así que vamos listos, me temo. Imaginen qué ocurrirá cuando, por ejemplo, un empresario publique un anuncio pidiendo un cantante, y al inspector/a de Trabajo de su pueblo se le ocurra ley en mano, porque le da la gana y para chulo él, que el anuncio debe añadir «o cantanta»; y, si hay disponible una plaza de taxista, se especificará también «o taxisto», so pena de inspección laboral y multa. Por la cara. A veces me pregunto si de verdad nos damos cuenta de lo que nos están haciendo. De lo que, borregos resignados y sumisos, permitimos que nos hagan. 

27 de febrero de 2011