domingo, 25 de enero de 2015

Esas jóvenes hijas de puta

Supongo que a muchos se les habrá olvidado ya, si es que se enteraron. Por eso voy a hacer de aguafiestas, y recordarlo. Entre otras cosas, y más a menudo que muchas, el ser humano es cruel y es cobarde. Pero, por razones de conveniencia, tiene memoria flaca y sólo se acuerda de su propia crueldad y su cobardía cuando le interesa. Quizá debido a eso, la palabra remordimiento es de las menos complacientes que el hombre conoce, cuando la conoce. De las menos compatibles con su egoísmo y su bajeza moral. Por eso es la que menos consulta en el diccionario. La que menos utiliza. La que menos pronuncia. 

Hace dos años, Carla Díaz Magnien, una adolescente desesperada, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, se suicidó tirándose por un acantilado en Gijón. Y hace ahora unas semanas, un juez condenó a las dos acosadoras a la estúpida pena -no por estupidez del juez, que ahí no me meto, sino de las leyes vigentes en este disparatado país- de cuatro meses de trabajos socioeducativos. Ésas son todas las plumas que ambas pájaras dejan en este episodio. Detrás, una chica muerta, una familia destrozada, una madre enloquecida por el dolor y la injusticia, y unos vecinos, colegio y sociedad que, como de costumbre, tras las condolencias de oficio, dejan atrás el asunto y siguen tranquilos su vida. 

Pero hagan el favor. Vuelvan ustedes atrás y piensen. Imaginen. Una chiquilla de catorce años, antipática para algunas compañeras, a la que insultaban a diario utilizando su estrabismo -«Carla, topacio, un ojo para acá y otro para el espacio»-, a la que alguna vez obligaron a refugiarse en los baños para escapar de agresiones, a la que llamaban bollera, a la que amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta, a la espera de madurar en esplendorosos adultos, desarrollan ya desde bien jovencitos. Desde niños. Que se lo pregunten, si no, a los miles de homosexuales que todavía, pese al buen rollo que todos tenemos ahora, o decimos tener, aún sufren desprecio y acoso en el colegio. O a los gorditos, a los torpes, a los tímidos, a los cuatro ojos que no tienen los medios o la entereza de hacerse respetar a hostia limpia. Y a eso, claro, a la crueldad de las que oficiaron de verdugos, añadamos la actitud miserable del resto: la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejando -anuncio de los muy miserables ciudadanos que serán en el futuro- que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos. Y el colegio, claro. Esos dignos profesores, resultado directo de la sociedad disparatada en la que vivimos, cuya escarmentada vocación consiste en pasar inadvertidos, no meterse en problemas con los padres y cobrar a fin de mes. Los que vieron lo que ocurría y miraron a otro lado, argumentando lo de siempre: «Son cosas de crías». Líos de niñas. Y mientras, Carla, pidiendo a su hermana mayor que la acompañara a la puerta del colegio. La pobre. Para protegerla. 

Faltaba, claro, el Gólgota de las redes sociales. El territorio donde toda vileza, toda ruindad, tiene su asiento impune. Allí, la crucifixión de Carla fue completa. Insultos, calumnias, coro de divertidos tuiteros que, como tiburones, acudieron al olor de la sangre. Más bromas, más mofas. Más ojos bizcos, más bollera. Y los que sabían, y los que no saben, que son la mayor parte, pero se lo pasan de cine con la masacre, riendo a costa del asunto. La habitual risa de las ratas. Hasta que, incapaz de soportarlo, con el mundo encima, tal como puede caerte cuando tienes catorce años, Carla no pudo más, caminó hasta el borde de un acantilado y se arrojó por él. 

Ignoro cómo fue la reacción posterior en su colegio. Imagino, como siempre, a las compis de clase abrazadas entre lágrimas como en las series de televisión, cosa que les encanta, haciéndose fotos con los móviles mientras pondrían mensajitos en plan Carla no te olvidamos, y muñequitos de peluche, y velas encendidas y flores, y todas esas gilipolleces con las que despedimos, barato, a los infelices a quienes suelen despachar nuestra cobardía, envidia, incompetencia, crueldad, desidia o estupidez. Pero, en fin. Ya que hay sentencia de por medio, espero que, con ella en la mano, la madre de Carla le saque ahora, por vía judicial, los tuétanos a ese colegio miserable que fue cómplice pasivo de la canallada cometida con su hija. Porque al final, ni escozores ni arrepentimientos ni gaitas en vinagre. En este mundo de mierda, lo único que de verdad duele, de verdad castiga, de verdad remuerde, es que te saquen la pasta. 

25 de enero de 2015 

domingo, 18 de enero de 2015

El hombre que amó a Sharon Stone

Algunos de ustedes lo conocieron. Era pequeñito y leal, con patillas que se le juntaban con el bigote. Y pintor. Y narrador. Y un poeta magnífico, tan generoso que dejaba de lado su propia obra para estudiar y dar a conocer la de otros. Durante muchos años, con Juan Eslava Galán y conmigo, se estuvo sentando ante una botella de algo para hablar de literatura, de amistad o de mujeres, su tema favorito. De joven era capaz de levantarle un ligue a un colega en tres minutos con su labia simpática y su simpatía arrolladora. Y de mayor coqueteaba hasta con mi hija, el canalla. Con todo cuanto se movía. No en vano había estado casado o emparejado siete veces, siempre con extranjeras soberbias, que se le enamoraban como perras, hasta que al fin una española, Natalia, y una hija preciosa e inteligente le pusieron los puntos sobre las íes. Se llamaba Rafael de Cózar Sievert, Fito para los compadres, y murió en Bormujos, Sevilla, cuando se le pegó fuego a la casa, intentando salvar su biblioteca. Borgianamente fiel a sí mismo, hasta el final. 

Era catedrático de Literatura, pero no se le notaba. Nacido en Tetuán, recastado en Cádiz, cuajado en Sevilla, estaba santificado con el don de la guasa permanente, el humor rápido, el disparate surrealista. En veinticinco años de amistad jamás lo vi malhumorado, ni lo oí hablar mal de nadie. Nunca tuvo un enemigo. No conocía la maldad, ni la envidia, ni la deslealtad. Tampoco conocía la vergüenza. Una vez, estando con Juan Eslava ante un millar de personas en el Teatro Español de Madrid, cuando comenté que yo había cumplido cincuenta y cinco, bebió un sorbo de su copa, me miró con cachondeo y dijo, en voz alta y clara: «Pues en el culo te la hinco». Era una autoridad en el estudio de la experimentación barroca, las vanguardias del siglo XX y el postismo español de la postguerra, sobre lo que trabajaba con un rigor y una seriedad prusianas; pero eso parecía importarle un carajo cuando estaba, que era casi siempre, con un pitillo en la boca, una copa en la mano y unos amigos alrededor. Cuando nos hizo la faena de palmar, lo lloramos un millar de hermanos y cinco mil camareros de bar. 

Su entierro fue digno de él. Surrealista como si el propio Fito hubiera escrito el guión. Estábamos todos en el tanatorio donde no cabía un alma, con gente amontonada hasta en la calle para despedirlo, y por alguna razón que ignoro le hicieron un oficio religioso, a él, que siempre se proclamó «ateo por la gracia de Dios». Lo interpreté como el último chiste que nos brindaba a los compadres. Jesús Vigorra, el cuarto mosquetero, leyó unos versos de Fito que parecían anunciar su muerte en aquel diciembre: un hermoso balance de su vida. Y el páter estuvo magnífico, recordando sus charlas con el difunto en el bar de Bormujos. De vez en cuando, en mitad del responso, el cura no podía aguantar la risa. «Perdonen -decía- pero es que me estoy acordando de cuando me dijo...». Y así todo el rato. La familia alternaba las carcajadas con las lágrimas. Fito Cózar parecía estar allí sentado entre nosotros, con su copa y su cigarrito en la mano, cachondeándose de todo. Y el momento cumbre llegó cuando el páter, en mitad de un gorigori, inclinó el rostro hacia el altar, partiéndose otra vez de risa. «Perdónenme -dijo-, pero acabo de darme cuenta de que he traicionado a Rafael... Me hizo jurar un día de copas que cuando muriera, en vez de agua bendita en el hisopo, le pondría vino». 

Se fue como un señor. Tras habérselo bebido, habérselo fumado, habérselo fumigado todo, haberse reído de todo, con mujeres guapas y amigos fieles llorando por él. En un momento determinado, entre la gente, en una mujer vestida de negro y con pamela, me pareció reconocer de lejos a Sharon Stone. No puedo afirmarlo, claro. Pero no me habría sorprendido que fuera ella, porque «Charon», como Fito la llamaba con mucha familiaridad, era su mujer fetiche. En aquellas noches interminables de humo y alcohol, en las que podía pasarse horas contando chistes, solía mencionarla mucho. Y siempre nos contaba el día glorioso, inolvidable, en que la conoció: «Yo, aquí donde me veis, estuve con Sharon Stone, y esa mujer marcó mi vida. Nunca pude olvidarla. La vi en Nueva York, en una fiesta, hablando con gente, y conseguí que me la presentaran. Yo iba que me temblaban las piernas de emoción. Me acercó a ella un amigo y dijo: 'Éste es el profesor Cózar'. Ella se volvió a mirarme durante tres segundos, dijo «Nice to meet you» -encantada de saludarlo-, pasó de mí y siguió hablando con los otros. Y como os digo, esos tres segundos con Charon marcaron mi vida». 

18 de enero de 2015 

domingo, 11 de enero de 2015

El pato maketo

Juro a ustedes por el cetro de Ottokar que lo que voy a contar es cierto. Aunque comprendería que dudasen; en un país normal, algo así sería imposible. Pero recuerden que éste no es un país normal, sino España: un lugar donde, como ya escribí aquí mismo alguna vez, todo disparate, por gordo que sea, tiene su asiento, y donde, por poner un ejemplo clásico, una ardilla podría cruzar la Península saltando de gilipollas en gilipollas sin tocar el suelo. 

Momento, el pasado verano. Escenario, Orozko, pueblo de Vizcaya, en el cauce del río Altube. Protagonista, un ánade vulgar. Un pato, vamos. Un palmípedo de los de toda la vida. Y resulta que el tal pato está en el río, a lo suyo, pero con una brida de plástico muy apretada que le lesiona una pata. Unos vecinos dan aviso al Ayuntamiento: oigan, ahí hay un pato cojo, etcétera. Hasta ahí, nada raro. En otro sitio, habría ido alguien del Ayuntamiento a quitarle la brida al pato, y santas pascuas. Pero, como dije, esto es España. De momento. Las cosas no son tan fáciles. Aquí tocas un pato sin permiso por triplicado y vete a saber. Así que el alcalde decide que la administración local carece de recursos para coger patos y pasa el asunto a Base Gorria; que, como su propio nombre indica, es el servicio forestal, dependiente del Departamento de Agricultura de la Diputación Foral de Vizcaya. 

Ahí, claro, ya se lía la cosa. Porque la Diputación (Peneuve) responde al alcalde de Orozko (Bildu) con una pregunta crucial: el pato, ¿es salvaje o es doméstico? Porque si es salvaje, no hay problema: su gente va, lo recoge y tan amigos. Pero si es doméstico, o sea, un pato de andar por casa, el asunto queda fuera de su jurisdicción, y compete al Ayuntamiento quitarle la brida de la pata. En ese punto, el alcalde convoca a sus expertos municipales, les pide la filiación del pato, y éstos responden que los palmípedos no tienen Deneí, ni carnet de conducir, ni libro de familia, ni nada que se le parezca, y que ellos de patos no tienen ni zorra idea. El pato, por supuesto, no suelta prenda. Es más: cuando alguien se acerca a mirar si su pinta es doméstica o salvaje, grazna cabreado -la brida le duele, sin duda-, jiñándose en sus muertos. Al cabo, tras darle muchas vueltas, alguien concluye que es «un pato mixto». Y el alcalde -Josu San Pedro, se llama-, desbordado por los acontecimientos, convoca un gabinete de crisis. 

La idea, literal, según lenguaje consagrado allí por el uso, es «desbloquear el enfrentamiento». Para ello se convoca una reunión entre el Ayuntamiento y la Diputación, a la que asisten miembros de ambos organismos. Al fin, después de muchos dimes y diretes, se decide que los del Servicio Forestal se hagan cargo del operativo, con el apoyo táctico de miembros de la brigada municipal de Orozko. Sin embargo, nadie ha contado con el pato, que se resiste como gato panza arriba y no se deja atrapar. Se pide entonces el refuerzo de una patrulla de la Ertzaintza, pero ni flores. El pato, que a esas alturas y con tanto trajín ya tiene un cabreo de veinte pares de cojones, corre, nada, revolotea y se les escapa todo el tiempo. Así que, tras una nueva reunión operativa, los expertos de la Diputación deciden irse a su casa y volver cuando el pato esté dormido, y poder pillarlo a traición. Pero ni así, oigan. El pato ya no se fía ni de su madre, y duerme con un ojo abierto. Sabe latín. Al fin, tras muchas idas y venidas, unos empleados del Ayuntamiento logran pillarlo descuidado, lo trincan y se lo llevan al centro de Recuperación de Fauna Silvestre, donde lo curan y donde evoluciona, dicen, de forma adecuada. 

¿Final feliz para el pato? No todavía, porque la cosa no termina ahí. Por su condición de bicho mixto, no del todo doméstico ni salvaje, el pato, según la Diputación, debe ser devuelto a Orozko y el río Altube. O sea, a donde estaba. Con su pata, sus patitos, su pato gay o lo que se trajine. Pero el Ayuntamiento se niega a recibirlo, argumentando que la especie de ese pato concreto no es autóctona -no es un pato vasco, vamos-, y que el animalejo, con otra media docena más que anda suelta por allí, es un pato ilegal, con menos papeles que un conejo de monte: patos maketos que ni migran ni vuelan, ajenos a la fauna local, y que pueden resultar perjudiciales porque, según el alcalde, «se están comiendo el entorno del río y alteran el ecosistema». Con un par. Los putos patos. 

No he podido averiguar cómo acabó la cosa ni qué fue del bicho, pero a estas alturas da igual. Y es que ya lo decía, elocuente, aquella vieja y sabia coplilla que tanto me gusta recordar: «Pasamos muy buenos ratos / echando pan a los patos. / Y cuanto más pan echamos, / mejores ratos pasamos». 

11 de enero de 2015 

domingo, 4 de enero de 2015

Una historia de España (XXXVII)

El peor enemigo exterior que España tuvo en el siglo XVIII -y hubo unos cuantos- fue Inglaterra. Al afán británico porque nunca hubiese buenos gobiernos en Europa hubo que añadir su rivalidad con el imperio español, que tuvo por principal escenario el mar. Las posesiones españolas en América eran pastel codiciado, y el flujo de riquezas a través del Atlántico resultaba demasiado tentador como para no darle mordiscos. Pese a muchas señales de recuperación, España no tenía industria, apenas fabricaba nada propio y vivía de comprarlo todo con el oro y la plata que, desde las minas donde trabajaban los indios esclavizados, seguían llegando a espuertas. Y ahí estaba el punto. Muchas fortunas en la City de Londres se hicieron con lo que se le quitaba a España y sus colonias: acabamos convirtiéndonos en la bisectriz de la Bernarda, porque todos se acercaban a rapiñar. El monopolio comercial español con sus posesiones americanas era mal visto por las compañías mercantiles inglesas, que nos echaron encima a sus corsarios (ladrones autorizados por la corona), sus piratas (ladrones por cuenta propia) y sus contrabandistas. Había bofetadas para ponerse a la cola depredadora, en plan aquí quién roba el último, hasta el punto de que faltó arroz para tanto pollo. Eso, claro, engordaba a las colonias británicas en Norteamérica, cuya próspera burguesía, forrándose con lo suyo y con lo nuestro entre exterminio y exterminio de indios, empezaba a pensar ya en separarse de Inglaterra. España, aunque con los Borbones se había recuperado mucho -obras públicas, avances científicos, correos, comunicaciones- del desastre con el que se despidieron los Austrias, seguía sin levantar cabeza, pese a los intentos ilustrados por conducirla al futuro. Y ahí tuvieron su papel ministros y hombres interesantes como el marqués de la Ensenada, que, dispuesto a plantar cara a Inglaterra en el mar, reformó la Real Armada, dotándola de buenos barcos y excelentes oficiales. Aunque era tarde para devolver a España al rango de primera potencia mundial, esa política permitió que siguiéramos siendo respetables en materia naval durante lo que quedaba de siglo. Prueba de lo bien encaminado que iba Ensenada es que los ingleses no pararon de ponerle zancadillas, conspirando y sobornando hasta que lograron que el rey se lo fumigara (esto seguía siendo España, a fin de cuentas, y en Londres nos conocían hasta de lejos); y nada dice tanto a favor de ese ministro, ni es tan vergonzoso para nosotros, como la carta enviada por el embajador inglés a Londres, celebrando su caída: «Los grandes proyectos para el fomento de la Real Armada han quedado suspendidos. Ya no se construirán más buques en España». De cualquier manera, con Ensenada o sin él, nuestro XVIII fue el siglo por excelencia de la Marina española, y lo seguiría siendo hasta que todo se fue a tomar por saco en Trafalgar. El problema era que teníamos unos barcos potentes, bien construidos, y unos oficiales de élite con excelente formación científica y marina, pero escaseaban las buenas tripulaciones. El sistema de reclutamiento era infame, las pagas eran pésimas, y a los que volvían enfermos o mutilados se les condenaba a la miseria (lo mismo eso les suena). A diferencia de los marinos ingleses, que tenían primas por botines y otros beneficios, las tripulaciones españolas no veían un puto duro, y todo marinero con experiencia procuraba evitar los barcos de la Real Armada, prefiriendo la marina mercante, la pesca e incluso (igual también les suena esto) las marinas extranjeras. Lo que pasa es que, como ocurre siempre, en todo momento hubo gente con patriotismo y con agallas; y, pese a que la Administración era desastrosa y corrupta hasta echar la pota, algunos marinos notables y algunas heroicas tripulaciones protagonizaron hechos magníficos en el mar y en la tierra, sobándoles el morro a los ingleses en muchas ocasiones. Lo que, considerando el paisanaje, la bandera bajo la que servían y el poco agradecimiento de sus compatriotas, tiene doble mérito. El férreo Blas de Lezo le dio por saco al comodoro Vernon en Cartagena, Velasco se batió como un tigre en la Habana, Gálvez -héroe en Estados Unidos, desconocido en España- se inmortalizó en la toma de Pensacola, y navíos como el Glorioso supieron hacérselo pagar muy caro a los ingleses antes de arriar bandera. Hasta el gran Horacio Nelson (detalle que los historiadores británicos callan pudorosamente), se quedó manco cuando quiso tomar Tenerife por la cara, y los de allí, que aún no estaban acostumbrados al turismo, le dieron las suyas y las del pulpo. 

[Continuará] 

4 de enero de 2015 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Regreso al Tenampa

He regresado al Deefe, México. Esta vez tardé un poco más, porque hubo dos novelas seguidas, y compromisos que me llevaron por otros lugares. Pero he vuelto por fin al corazón de esta ciudad fascinante, peligrosa, hormiguero de ternura y de violencia, en la que, si yo fuera novelista mejicano, nunca tendría problemas de hojas en blanco, pues abunda en historias por contar para varias vidas. 

He vuelto a caminar por el Deefe, como digo, echando precavidos vistazos sobre el hombro gracias al instinto que te dejan viejos territorios comanches. Procurando, por ejemplo, que el director de la Real Academia Española no acabara recibiendo un paquetito con una oreja mía dentro y una petición de rescate que allí les iba a dar mucha risa; porque, entre otras cosas, el gobierno del presidente Rajoy tiene a la RAE reducida a una miseria no vista desde tiempos del franquismo. El caso es que allí he estado, insisto, de caza por las librerías de viejo de la calle Donceles, comiendo en el querido y elegante Belinghausen o yéndome al otro extremo, a mi también querida y cutre cantina Salón Madrid; aunque esta última me dejó la punzada amarga de que los dos viejitos que la llevaban se retiraran hace un año, y ahora hay unos jóvenes muy agradables que -cosas inevitables de la vida- han retapizado los viejos asientos rajados a navajazos y puesto una rockola de música moderna, con Shakira y gente así, donde antes estaba la que yo hacía sonar con monedas de diez pesos, bebiendo Herradura Reposado en compañía de Vicente Fernández, Pedro Infante o los Tigres del Norte. 

He vuelto también, de noche, a la plaza Garibaldi: esa frontera peligrosa que me sabe a juventud de adrenalina y bronca tequilera. Regresé al Tropicana y al Tenampa, templo de la noche mejicana, donde los viejos mariachis que me acompañan desde hace veinte años -se mueren los viejos y llegan los jóvenes-, volvieron a rodear mi mesa para que cantásemos Mujeres divinas, El Siete Leguas y Gabino Barrera. César el tlaxcalteca, antiguo y querido amigo, tiene cada vez menos voz, pero ahí sigue. Y platicando con él, entre Nos estorbó la ropa y La que se fue, volví a disfrutar de su charla y afecto, y también, una vez más, a admirar el magnífico uso de la lengua española que se hace en América en general y en México en particular. Cuando, al hablarme de su mujer difunta y su nueva pareja, César dijo: «La quise mucho, con devoción, y la extraño, pero ¿quién puede frenar la naturaleza?», me pregunté, admirado, cuántos españoles seríamos capaces de construir una frase semejante, tan bella y tan perfecta, con esa naturalidad con la que hasta un campesino mejicano analfabeto podría hacer sonrojarse, no digo ya a un español de infantería, sino a un universitario, un profesor o un político. Por no decir a un presidente del Gobierno. 

Ésa es una de las razones por las que me gusta volver a Hispanoamérica en general y a México en particular. Porque aquí renuevo el respeto por el idioma que hablo. Cada vez que oigo decir a un humilde vendedor de periódicos «Que lo trate bien el día», o a una camarera de cantina «Saliendo de casa surge una realidad básica: todas somos solteras», me reafirmo en la idea de que existe una patria de 500 millones de compatriotas, la lengua española, y que a menudo olvidamos que sólo 50 millones vivimos en España; y que mientras en la vieja, cobarde y caduca Europa agonizamos despacio, allí en América están vivos, y son jóvenes con ansia de saber y pelear. Y que esa juventud y ese vigor, unidos al respeto que conservan por la lengua y la palabra, les da una osadía magnífica a la hora de manejar el idioma, crear palabras nuevas, adaptar y españolizar las extranjeras, hacer más potente y viva la lengua que con toda justicia llaman español, igual que los gringos llaman inglés a la suya. Entérense, pues, quienes critican el Diccionario de la RAE por registrar las palabras nuevas, atrevidas, fascinantes, que aquí se recomponen, adaptan o inventan: todo es lengua española, desde la Patagonia a los Estados Unidos, del Pacífico al Mediterráneo. Y el Diccionario no será auténtico, no será un acto notarial de justicia lingüística, hasta que elimine la absurda marca de americanismo con la que algunos puristas, ciegos ante la evidencia de la lengua, discriminan miles de palabras de este habla común, viva, imparable, panhispánica y formidable. Yo escribí una novela, La Reina del Sur, en mejicano, y parte de otra, El tango de la Guardia Vieja, en argentino. Es decir, en español. Es decir, en la lengua de esa extensa y noble patria -la única que a estas alturas me conmueve- cuya bandera es El Quijote. 

28 de diciembre de 2014 

domingo, 21 de diciembre de 2014

El hombre de la esquina

Llueve un poco y hace frío. La escena tiene lugar en el centro de Madrid, aunque la habrán visto mil veces en otras ciudades. Abrigado con un gorro y una bufanda, un hombre joven reparte folletos publicitarios. Está de pie en la esquina, situado entre un paso de peatones y una boca de metro. Tiene la ropa mojada y se le ve cansado, todavía con un grueso fajo de papeles en la mano, que alarga uno a uno a los transeúntes que pasan cerca. Seguramente lleva ahí un largo rato, y aún debe de quedarle otro rato más, pues cuando te fijas compruebas que, en la mochila que tiene abierta a los pies, hay más folletos como el que reparte. 

Lo singular es la actitud de la gente. Los folletos no tienen nada de especial -son reclamos de una tienda de electrónica barata-, pero el personal los rechaza como si transmitieran el virus del ébola. Por cada transeúnte que acepta uno, hay una docena que pasa de largo como si no viera la mano extendida, o que niega con la cabeza, rechazándolo. La mayor parte camina vista al frente, indiferente al folleto, a la mano y al que la extiende; e incluso hay quien hace un rápido quiebro semicircular para eludir al individuo. Pocos son quienes actúan de modo natural: aceptan el folleto, dicen gracias -éstos son todavía menos-, caminan un trecho mirándolo o indiferentes a lo que contiene, y lo guardan o lo depositan en la papelera más próxima. Que es lo normal. Lo esperable en estos casos. 

Observando el episodio, me pregunto cuántos de esos transeúntes que en situaciones parecidas rechazan el folleto, o que pasan de largo sin mirar a quien lo ofrece, advierten la esencia del asunto, que nada tiene que ver con el folleto en sí, lo que anuncia o el interés que puedan sentir por ello; cuántos caerán en la cuenta de que están ante un individuo, hombre o mujer, posiblemente en paro y disfrutando -eso, por decirlo de algún modo- de un pequeño empleo precario, ínfimo, mal pagado, que gana con el reparto de folletos un mísero jornal que quizá le permita hoy comer caliente. Que esa mínima incomodidad para quien pasa por su lado, lo inoportuno de la oferta del papelito, supone para quien lo ofrece justificar una dura jornada laboral en plena calle, frío en invierno y calor en verano, mirado con recelo por gente que lo evita, repartiendo una publicidad que, personalmente, le importa un carajo; pues lo que en este momento más desea en el mundo es acabar de repartir el último folleto, decirle a sus empleadores que misión cumplida, cobrar su mezquino salario e irse a su casa. Eso, claro, si no lo espera, al acabar lo que lleva en la mochila, otro buen fajo de papeles para repartir en otro sitio. 

Ocurre, concluyo mirando al hombre de la esquina, lo que con esos muchachos que te abordan en nombre de una oenegé o para informarte de tal o cual oferta. Alguna vez me detengo a hablar con ellos, y en buena parte son jóvenes estudiantes o licenciados recientes y en paro, que a menudo no militan como voluntarios, sino que han sido contratados para hacer esas fatigosas gestiones callejeras, y para los que llevar a sus empleadores una lista de contactos supone justificar, también en este caso, el corto salario de un miniempleo miserable. A menudo, la gente pasa junto a esos chicos sin dirigirles siquiera una mirada, sin apenas una sonrisa y un no, gracias. Y son pocos los que se detienen un momento a escuchar. No siempre son oportunos, es cierto. No siempre está uno para charlas callejeras; pero la amabilidad mínima, el rechazo cortés, la sonrisa de disculpa, suavizarían mucho cualquier negativa. Sobre todo si consideramos que, en este país basura donde todo es posible, amigos o familiares, incluso nosotros mismos, podríamos vernos un día en su lugar. 

Es, por otra parte, simple cuestión de educación: esa manera de comportarse que hace más soportable nuestra vida y la de los demás. Los que olvidan esto, quienes pasan indiferentes junto al hombre de la esquina, se parecen a quienes a bordo de un avión, mientras el auxiliar de vuelo explica las instrucciones de seguridad, leen el periódico o miran por la ventanilla en plan «eso ya me lo sé», ignorando groseramente a un trabajador que en ese momento, con la mayor eficacia de que es capaz, cumple su obligación profesional; y a quien, seguro, maldita la gracia que le hace componer posturitas y soplar por el canuto del chaleco para facilitar, en caso de accidente, la salvación de media docena de idiotas arrogantes cuyo derecho a salvarse es más que discutible. 

21 de diciembre de 2014 

domingo, 14 de diciembre de 2014

Deconstruyendo pinchos de tortilla

De vez en cuando uno se pasa de listo y cree haberlo visto todo, pero lo cierto es que en España siempre nos queda algo por ver. Dicho de modo más prosaico, y suavizándolo con un toque marinero, éramos pocos tontos a bordo y parió la abuela del contramaestre. O del capitán. Porque ahora se trata del brunch. Tal cual. Estoy viendo la tele, y me froto los ojos. Minuto y medio de telediario, planos cortos de los platos, cinco cocineros de ilustre categoría mediática explicándonos el invento. Que en esencia es como sigue: en los últimos tiempos, desayunar normal es una horterada y comer a mediodía resulta muy poco trendy. Algo al alcance de cualquier tiñalpa. Así que lo que se ha puesto de moda, según el texto que sazona el asunto, lo que se lleva, lo que lo sitúa a uno y a una automáticamente en la lista Forbes de la gente puesta al día en materia de buen rollo, es el tal brunch. Que no es desayuno, ni es comida, sino algo situado a medias, aunque con un toque de distinción y diseño. Como el bocata de media mañana de toda la vida, pero en bonito y elegante. En plan megasuperpijo, oyes. 

Tenían ustedes que haberlo visto. Aunque supongo que muchos lo vieron: aquellos cinco paladines del fogón nacional con luz y taquígrafos, con estrellas Michelin hasta en el cielo de la boca, contándonos cómo conseguir que la pausa bocatera de media mañana se convierta en un acto cultural equiparable a visitar el museo del Prado o leer unas páginas de El Quijote. Todo consiste, naturalmente, en no caer en la vulgaridad de llenar la tripa con productos indignos de figurar, por lo menos, en las páginas de tendencias chipiripitifláuticas de Architectural Digest. El asunto consiste en hacer, entre once y doce de la mañana, o por ahí, una colación más substanciosa que el desayuno y menos potente que la comida, pero no en plan aquí te pillo y aquí te mato, o sea, cerveza, pincho de tortilla y qué te debo, Pepe, sino con toda la parafernalia gastronómica de rigor, en locales ad hoc, a ser posible ambientados por decoradores exclusivos y exquisitos. 

Por supuesto, nada de croquetas de cocido de las Piletas, ni bacalao rebozado del bar Revuelta, ni pepito de ternera de casa Manolo. Eso son groserías impropias de este tiempo y este país. Ordinarieces, todas, que el doctor Pedro Recio de Tirteafuera apartaría, desdeñoso, de la mesa de cualquier Sancho de barbas mal rapadas. La palabra clave del invento, del brunch recomendado, es deconstrucción. Todo debe estar debida y gastronómicamente deconstruido. Con reducción de algo, además. Por ejemplo, deconstrucción de migas de bacalao a la vizcaína con reducción de salsa de jenjibre chino. O uno de los platos fuertes que el otro día sugería en la tele uno de los artistas, y que consistía, creo recordar, en media vieira cocida al vapor de eneldo sobre un lecho de algas caramelizadas. Y cosas así. Todo ello, mucho ojo, mezclando sabores; porque quien no mezcla sabores, dulce y salado, fresa con fabada asturiana -deconstruida, por supuesto-, queso de cabra con delicias milanesas de callo madrileño, cebiche peruano con mermelada de cebolla poché, no sabe lo que se pierde. La textura de sabores que se va a tomar por saco. Y servido, claro, en platos inmensos de los que sólo se usa un rinconcete, a fin de adornar el resto con bonitos motivos decorativos a base de chorritos artísticos de salsa, de crema, de caramelo, de soja, de salsa de butifarra a la miel y otras deliciosas mariconadas. Todo eso, a las once de la mañana. 

Y así, entérense, es como podemos cumplir el doble objetivo de estar a la moda más de ahora mismo y llenar la tripa a media jornada matutina. Con un par de huevos. Salir, o sea, de casposos de una vez. Porque ya está bien de esa imagen agropecuaria que damos a la hora de la caña, el pincho y el bocata, con esos bares llenos de pavos y tordas vulgares que pinchan boquerones en palillos o mascan magro con tomate. España seguirá siendo el tren que nunca cogemos mientras un albañil, una barrendera, una cajera de súper o un pastor de ovejas, por ejemplo, sigan prefiriendo un bocadillo de longaniza frita a sentarse tranquilos en una mesa elegante, a las once de la mañana, y degustar sin prisas, muy atentos a la textura de sabores, un brunch a base de rollito thailandés con sushi de berenjena deconstruida al perejil salvaje. Sin olvidar luego, de vuelta a la obra, al taller o al tractor, pasarse por el pijocafé más próximo, hacer cola para servirse uno mismo, y luego volver al tajo con la bebida caliente en la mano, sintiéndote como en el dominical de El País mientras das sorbitos al envase de plástico donde la cajera ha escrito Manolo. 

14 de diciembre de 2014 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Recordando a Sócrates

Lo hermoso de las bibliotecas, de los libros, es que éstos son como las cerezas. Tiras de uno, y éste arrastra a otros, a los que acaba por llevarte de modo inevitable. Se tejen así maravillosas relaciones, a veces en apariencia imposibles; vínculos entre situaciones o cosas cuyo principal hilo conductor eres tú mismo. A veces, sin embargo, esa asociación es fácil. Lógica. De las que saltan a la vista y de pronto te abruman porque, pese a ser evidentes, no habías sido capaz de verlas hasta ese momento. Eso me ocurrió el otro día, cuando pasaba las páginas de los Recuerdos de Sócrates de Jenofonte, el que también contó -porque estuvo en ella- la retirada de los 10.000 mercenarios griegos de Persia cuya epopeya conocemos por Anábasis. Desde que lo traduje en el cole vuelvo a Jenofonte de vez en cuando, pues la historia que aquellos hombres avanzando por territorio hostil, buscando el mar para volver a casa, rodeados de enemigos y sabiendo que la palabra derrota significaba exterminio, la he tenido presente muchas veces, y creo que es un estupendo símbolo, o útil vademécum, para muchos de los territorios inciertos por los que transita el hombre moderno. 

Pero me desvío. Estaba con el amigo Jenofonte, como digo, y hojeándolo me fui a unas líneas que, a su vez, me hicieron levantarme y buscar en los estantes otro libro, y otro al fin, y al cabo terminé con cuatro o cinco de ellos abiertos alrededor, comparando citas y usando como llave maestra para todos ellos Una profesión peligrosa, de mi querido amigo el profesor Luciano Canfora. Y sucedió que al rato encendí la tele para ver un rato el telediario, y allí -son los azares maravillosos de la vida- salió un político de ésos con los que no terminas de tener claro si son unos sinvergüenzas o unos cantamañanas, aunque sospechas que navegan a remo y a vela, diciendo literalmente: «En una verdadera democracia, la voz del pueblo está por encima de cualquier ley». Y oyéndolo, fui y me dije anda tú, lo bien que suena y lo redondo que me lo habría tragado, a lo mejor, de no haberme pasado tres horas antes con Sócrates, Jenofonte, Canfora y alguno más, leyendo callado y con mucho respeto, no fueran a decir ellos de mí lo que Sócrates dijo que diría Eutidemo: «Nunca me preocupé de tener un maestro sabio, sino que me he pasado la vida procurando no sólo no aprender nada de nadie, sino también alardeando de ello». 

Y es que eso es lo bueno de leer cosas. De saber por dónde te andas, o al menos intentarlo. Que cuando vives en una verdadera democracia y te llega un político sinvergüenza o un cantamañanas, o un híbrido de ambos, y te dice que la voz del pueblo -llámese Eutidemo o llámese como se llame- está por encima de la ley, te acuerdas de Sócrates. Y de pronto, lo que sonaba tan bien resulta que ya no suena tanto. Y te da la risa; o a lo mejor, si eres español y a estas alturas te quedan pocas ganas de reír, detalle comprensible, vas y te ciscas en su pastelera madre. Porque te acuerdas, por ejemplo, de la batalla de las islas Arginusas (año 406 a.C.), tras la que unos generales atenienses fueron juzgados y condenados por una asamblea popular que se pasó las formalidades legales por el forro de las túnicas. «Es intolerable que se impida al pueblo hacer su voluntad», argumentaron, proclamando la superioridad de esa voluntad del pueblo frente a la ley que, aplicada con rigor, habría exculpado a los generales. Y lo que es más significativo, amenazaron a los jueces, si se oponían al deseo del pueblo soberano, con ser declarados culpables junto a los generales. Por supuesto, los jueces se curaron en salud y se plegaron a la voluntad popular. Y los generales fueron ejecutados. Sólo Sócrates, que era uno de los jueces, se negó. Con un par. Ni voluntad popular ni pepinillos en vinagre, dijo. Él no reconocía otra autoridad que la ley. Y fue el único. 

El pueblo ateniense nunca olvidó aquello. La opinión pública no perdonó que Sócrates se negara a aprobar que la vulneración de la ley, cuando se hace en nombre de una real o supuesta voluntad popular, pueda tolerarse por un Estado sólido, adulto, seguro de sí mismo y de sus instituciones. Y eso influyó más tarde en su proceso, cuando fue sentenciado a suicidarse bebiendo veneno. También allí, llegado el caso, Sócrates fue fiel a sí mismo. En vez de huir, como habría podido hacerlo, permaneció en Atenas, acató la ley que lo condenaba, y pagó con su vida aquella digna coherencia. 

Ahora, por simple curiosidad, pregúntense ustedes cuántos políticos españoles saben quién fue Sócrates. Y lo que les importa. 

7 de diciembre de 2014 

domingo, 30 de noviembre de 2014

Una historia de España (XXXVI)

Estábamos allí, en pleno siglo XVIII, con Fernando VI y de camino a Carlos III, en un contexto europeo de ilustración y modernidad, mientras España sacaba poco a poco la cabeza del agujero, se creaban sociedades económicas de amigos del país y la ciencia, la cultura y el progreso se ponían de moda. Esto del progreso, sin embargo, tropezaba con los sectores ultraconservadores de la iglesia católica, que no estaba dispuesta a soltar el mango de la sartén con la que nos había rehogado en agua bendita durante siglos. Así que, desde púlpitos y confesonarios, los sectores radicales de la institución procuraban desacreditar la impía modernidad reservándole todas las penas del infierno. Por suerte, entre la propia clase eclesiástica había gente docta y leída, con ideas avanzadas, novatores que compensaban el asunto. Y esto cambiaba poco a poco. El problema era que la ciencia, el nuevo Dios del siglo, le desmontaba a la religión no pocos palos del sombrajo, y teólogos e inquisidores, reacios a perder su influencia, seguían defendiéndose como gatos panza arriba. Así, mientras en otros países como Inglaterra y Francia los hombres de ciencia gozaban de atención y respeto, aquí no se atrevían a levantar la voz ni meterse en honduras, pues la Inquisición podía caerles encima si pretendían basarse en la experiencia científica antes que en los dogmas de fe. Esto acabó imponiendo a los doctos un silencio prudente, en plan mejor no complicarse la vida, colega, dándose incluso la aberración de que, por ejemplo, Jorge Juan y Ulloa, los dos marinos científicos más brillantes de su tiempo, a la vuelta de medir el grado del meridiano en América tuvieron que autocensurarse en algunas conclusiones para no contradecir a los teólogos. Y así llegó a darse la circunstancia siniestra de que en algunos libros de ciencia figurase la pintoresca advertencia: «Pese a que esto parece demostrado, no debe creerse por oponerse a la doctrina católica». Ésa, entre otras, fue la razón por la que, mientras otros países tuvieron a Locke, Newton, Leibnitz, Voltaire, Rousseau o d´Alembert, y en Francia tuvieron la Encyclopédie, aquí lo más que tuvimos fue el Diccionario crítico universal del padre Feijoo, y gracias, o poco más, porque todo cristo andaba acojonado por si lo señalaban con el dedo los pensadores, teólogos y moralistas aferrados al rancio aristotelismo y escolasticismo que dominaba las universidades y los púlpitos -aterra considerar la de talento, ilusiones y futuro sofocados en esa trampa infame, de la que no había forma de salir-. Y de ese modo, como escribiría Jovellanos, mientras en el extranjero progresaban la física, la anatomía, la botánica, la geografía y la historia natural, «nosotros nos quebramos la cabeza y hundimos con gritos las aulas sobre si el Ente es unívoco o análogo». Este marear la perdiz nos apartó del progreso práctico y dificultó mucho los pasos que, pese a todo, hombres doctos y a menudo valientes -es justo reconocer que algunos fueron dignos eclesiásticos- dieron en la correcta dirección pese a las trabas y peligros; como cuando el Gobierno decidió implantar la física newtoniana en las universidades y la mayor parte de los rectores y catedráticos se opusieron a esa iniciativa, o cuando el Consejo de Castilla encargó al capuchino Villalpando que incorporase las novedades científicas a la Universidad, y los nuevos textos fueron rechazados por los docentes. Así, ese camino inevitable hacia el progreso y la modernidad lo fue recorriendo España más despacio que otros, renqueante, maltratada y a menudo de mala gana. Casi todos los textos capitales de ese tiempo figuraban en el Índice de libros prohibidos, y sólo había dos caminos para los que pretendían sacarnos del pozo y mirar de frente el futuro. Uno era participar en la red de correspondencia y libros que circulaban entre las élites cultas europeas, y cuando era posible traer a España a obreros especializados, inventores, ingenieros, profesores y sabios de reconocido prestigio. La otra era irse a estudiar o de viaje al extranjero, recorrer las principales capitales de Europa donde cuajaban las ciencias y el progreso, y regresar con ideas frescas y ganas de aplicarlas. Pero eso se hallaba al alcance de pocos. La gran masa de españoles, el pueblo llano, seguía siendo inculta, apática, cerril, ajena a las dos élites, o ideologías, que en ese siglo XVIII empezaban a perfilarse, y que pronto marcarían para siempre el futuro de nuestra desgarrada historia: la España conservadora, castiza, apegada de modo radical a la tradición del trono, el altar y las esencias patrias, y la otra: la ilustrada que pretendía abrir las puertas a la razón, la cultura y el progreso. 

[Continuará]. 

30 de noviembre de 2014

domingo, 23 de noviembre de 2014

Armando a Javier Marías

Tengo una vieja relación de amistad con Javier Marías. Data de hace diecisiete años, siendo vecinos de página en XLSemanal, cuando empezamos a hacernos mutuas alusiones humorísticas que eran seguidas con regocijo por los lectores, y que se convirtieron en habituales después de un texto mío titulado Odio a Javier Marías, motivado por mi indignación cuando uno de mis artículos apareció junto a una página de publicidad que mostraba a un apuesto moro con turbante, mientras que el suyo salía junto a uno de sujetadores de señora, encarnado en un abundante y atractivo escote. Él respondió con otro artículo titulado No aguanto a Pérez-Reverte, y a partir de entonces aquella guasa nos fue acercando cada vez más, y los que antes eran simples lectores uno del otro se convirtieron en amigos. 

Después, Javier pasó a escribir sus artículos semanales en el dominical de El País, y allí sigue. Pero la amistad, cuajada en largas charlas sobre películas y libros que amamos, desde John Ford a Joseph Conrad -con incursiones laterales en Senta Berger, Grace Kelly y Ava Gardner-, fue en aumento. Coincidimos después en la Real Academia Española, donde nos sentamos juntos los jueves; y de vez en cuando, al salir, nos vamos a cenar a casa Lucio, en la mesa de siempre. Casi nunca hablamos de literatura; y, desde luego, nunca de literatura actual. A veces dejamos asomarse al otro a la novela que escribe cada cual, aunque para eso él es mucho más hermético que yo. Lo que a menudo sale a relucir son esos libros que ambos leemos y releemos desde que éramos niños, que son realmente el territorio donde, tan distintos como somos, Javier y yo nos reconocemos. Quizá por eso dije alguna vez que nuestra diferencia y afinidad provienen de lo mismo: vimos de pequeños las mismas películas, leímos los mismos tebeos y los mismos libros, pero él quiso escribirlos, y yo vivirlos. Y es ahora cuando nos encontramos de nuevo, cada uno con la mochila bien llena, de vuelta de la isla de sus propios piratas. 

El jueves pasado hablamos de la Italia que nos gusta, de Christopher Lee y Billy Wilder, del amor y el trabajo en la madurez, de lo sereno y feliz que lo veo en los últimos tiempos, de la indigencia cultural del presidente Rajoy, de Un escándalo en Bohemia e Irene Adler -la mujer que derrotó a Sherlock Holmes- y de las encarnaduras cinematográficas del detective de Baker Street, del que somos antiguos y cálidos seguidores. «Holmes es el personaje literario que me habría gustado ser», concluyó Javier, brillantes sus ojos al decirlo. Y le conozco ese brillo. 

También hablamos sobre la pistola ametralladora británica Sten. Esto último requiere explicaciones complejas, basadas en películas vistas de jovencitos, en libros de guerra y aventuras, en la familiaridad de Javier con lo británico y en su asombroso desconocimiento de las armas y su uso, pues él es un tipo cortés y civilizado, que un día tendrá el Nobel de literatura, y cuya agenda está llena de ex novias y profesores de Oxford -ésa es mi tomadura de pelo habitual-, a diferencia de la mía, donde entre traficantes, mercenarios, proxenetas y criminales figura lo mejor de cada casa. Pero al niño y lector de aventuras que fue Javier se le ve el plumero, entre otras cosas en la magnífica colección de soldaditos de plomo que tiene en su estudio. Así que hace tiempo decidí equipar más a fondo esa zona de su vida, regalándole primero una bayoneta de Kalashnikov, luego el cuchillo de comando del SAS británico, y después el Bowie de los marines en la guerra del Pacífico. Los recibió formal y flemáticamente escandalizado, pero la satisfacción se traslucía en sus ojos y sonrisa. Así que pasé a mayores, regalándole el Colt Peacemaker que usaba John Wayne, luego el revólver Webley de las tropas coloniales británicas, y al cabo la pistola alemana Luger, que motivó una memorable escena en los pasillos de la Real Academia, con Javier montándola y desmontándola, clic, clac, y varios respetables académicos alrededor, mirando acojonados. 

Lo último ha sido la Sten inglesa: el arma de los comandos, los paracaidistas y los maquis, con la que me presenté en su casa, llevándola bajo la gabardina. «Estás loco», me dijo riendo. Pero ayer, mientras despachaba su filete empanado, comentó: «He comprobado que para un zurdo la Sten no es difícil de manejar». Lo imaginé en su despacho, después de irme yo, rodeado de primeras ediciones de Sterne y Conrad, corriendo el cerrojo de la metralleta que de pequeño había visto en el cine. Recordando al niño que fue y que en el fondo, por suerte para él y sus lectores, y sobre todo para sus amigos, nunca dejó de ser del todo. Y entonces fui yo quien sonrió, enternecido. 

23 de noviembre de 2014 

lunes, 17 de noviembre de 2014

El último romano

Cada mañana desde hace diez o doce años, poco antes de las nueve, un hombre solitario se detiene ante la barandilla al pie del obelisco egipcio, frente al palacio de Montecitorio, en Roma, a cincuenta pasos de la entrada principal del edificio que alberga el Parlamento italiano. Es un individuo de pelo gris que ya escasea un poco, al que he visto envejecer, pues con frecuencia paso por ahí a esa hora cuando me encuentro en esta ciudad, camino del bar donde desayuno en la plaza del Panteón. Da lo mismo que sea invierno o verano, que haga sol o que llueva: apenas hay día en que no aparezca. Siempre va razonablemente vestido, con aspecto de empleado, o de funcionario. Más bien informal. Y lleva siempre una pequeña mochila, o una cartera colgada del hombro. En eso ha ido cambiando, porque ahora lo veo más con la cartera. El procedimiento es rutinario, idéntico cada día. Se detiene ante la barandilla, frente a la fachada del palacio -supongo que camino del trabajo-, saca un papel doblado que despliega con parsimonia, y con una voz sonora y educada utiliza el papel como guión o referencia de citas para el discurso que viene a continuación, diez o doce minutos de oratoria impecable, bien hilada. Un breve discurso diario, allí solo, bajo el obelisco, ante la fachada muda del Parlamento. 

A veces me detengo a cierta distancia, por no molestarlo, y escucho atento. El discurso no suele ser gran cosa, y a menudo repite conceptos. No insulta, no es agresivo. Por lo general se trata de una especie de reprensión moral en la que menciona artículos de la Constitución o critica, casi siempre de modo general, situaciones concretas de la política italiana. Cosas del tipo «Todo gobernante debe asegurar el derecho al trabajo de los ciudadanos», o «La corrupción política no es sino el reflejo de la corrupción moral de una sociedad enferma y a menudo cómplice». De vez en cuando desliza asuntos personales, injusticias de las que es o ha sido objeto, aunque sin alejarse nunca del interés común, del enfoque amplio. Siempre es educado, coherente y sensato. No parece el suyo discurso de un loco, ni expresión patológica desaforada de una obsesión. Parece sólo un ciudadano que lleva diez o doce años dolido por lo que ocurre ante sus ojos, y que cada mañana acude ante el lugar que considera eje principal de esos males, a denunciarlo en voz alta, con palabras mesuradas y sensatas. 

Lo que cada día convierte la escena en conmovedora es que ese hombre está solo. El lugar, frente a Montecitorio, es escenario habitual de protestas ciudadanas, y a menudo hay carteles reivindicativos; o algo más tarde, a la hora de entrada de los diputados, se reúnen cámaras de televisión y ruidosos grupos de manifestantes que abuchean o vocean consignas. Sin embargo, a la hora en que nuestro hombre se presenta no hay nadie. Sólo un par de carabinieri que pasean aburridos por la plaza desierta y algún turista que se asoma, curioso, por la ventana de un hotel próximo. Y es allí, en aquella soledad, ante la puerta vacía del Parlamento, donde se alza esa voz serena y desafiante, pronunciando palabras que suenan clásicas y hermosas: reprensiones morales, llamados a la conciencia, sentencias que todo ciudadano honrado, todo político decente, deberían tener por su evangelio. Y después, cada vez, acabado el discurso, nuestro hombre dobla despacio el papel, lo guarda en la cartera y se va dignamente, en silencio. Mesurado como un ciudadano de la antigua Roma. 

Cada vez, viéndolo marcharse con tan admirable continente, no puedo evitar pensar en los otros: sus ilustres antecesores. Pensar en los Gracos, en Cicerón pronunciando ante el Senado su inmortal «Quousque tandem abutere, Catilina, patienta nostra». En Bruto, Casio y los que ensangrentaron la túnica de César. En los hombres flacos de sueño inquieto de los que hablaba Shakespeare, cuyos ojos abiertos los hacen incómodos para los tiranos y los canallas. En los hombres justos de aquella Roma republicana, embellecida por la Historia, pero cuyos ejemplos formales tanto influyeron en el mundo, en los derechos y libertades de los hombres que supieron regirse a sí mismos. En la conciencia moral, superior hasta en las actitudes -y quizá superior, precisamente, a causa de ellas-, que tanto sigue necesitando esta Europa miserable y analfabeta, este compadreo de golfos oportunistas que nos desgobierna y del que también somos responsables, pues de entre nosotros mismos, de nuestra desidia e incultura, han nacido. En el consuelo casi analgésico de escuchar cada mañana, todavía, la voz serena de un último romano. 

16 de noviembre de 2014 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Una historia de España (XXXV)

Con Felipe V, el primer Borbón, tampoco es que nos tocara una joya. Acabó medio majareta, abdicó en su hijo Luis I, que nos salió golfo y putero pero por suerte murió pronto, a los 18 años, y Felipe V volvió a reinar de modo más bien nominal, pues la que se hizo cargo del cotarro fue su esposa, la reina Isabel de Farnesio, que gobernó a su aire, apoyada en dos favoritos que fueron, sucesivamente, el cardenal Alberoni y el barón de Riperdá. Todo podía haberse ido otra vez con mucha facilidad al carajo, pero esta vez hubo suerte porque los tiempos habían cambiado. Europa se movía despacio hacia la razón y el futuro, y la puerta que la nueva dinastía había abierto con Francia dejó entrar cosas interesantes. Como decía mi libro de texto de segundo de Bachillerato (1950, nihil obstat del censor, canónigo don Vicente Tena), «el extranjerismo y las malsanas doctrinas se infiltraron en nuestra patria». Lo cierto es que no se infiltraron todo lo que debían, que ojalá hubiera sido más; pero algo hubo, y no fue poco. La resistencia de los sectores más cerriles de la Iglesia y la aristocracia española no podía poner diques eternos al curso de la Historia. Había nuevas ideas galopando por Europa, así como hombres ilustrados, perspicaces e inteligentes, más interesados en estudiar los Principia Matematica de Newton que en discutir si el Purgatorio era sólido, líquido o gaseoso: gente que pretendía utilizar las ciencias y el progreso para modernizar, al fin, este oscuro patio de Monipodio situado al sur de los Pirineos. Poco a poco, eso fue creando el ambiente adecuado para un cierto progreso, que a medida que avanzó el siglo se hizo patente. Durante los dos reinados de Felipe V, vinculado a Francia por los pactos de familia, España se vio envuelta en varios conflictos europeos de los que no sacó, como era de esperar, sino los pies fríos y la cabeza caliente; pero en el interior las cosas acabaron mejorando mucho, o empezaron a hacerlo, en aquella primera mitad del siglo XVIII donde por primera vez en España se separaron religión y justicia, y se diferenció entre pecado y delito. O al menos, se intentó. Fue llegando así al poder una interesante sucesión de funcionarios, ministros y hasta militares ilustrados, que leían libros, que estudiaban ciencias, que escuchaban más a los hombres sabios y a los filósofos que a los confesores, y se preocupaban más por la salvación del hombre en este mundo que en el otro. Y aquel país reducido a seis millones de habitantes, con una quinta parte de mendigos y otra de frailes, monjas, hidalgos, rentistas y holgazanes, la hacienda en bancarrota y el prestigio internacional por los suelos, empezó despacio a levantar la cabeza. La cosa se afianzó más a partir de 1746 con el nuevo rey, Fernando VI, hijo de Felipe, que dijo nones a las guerras y siguió con la costumbre de nombrar ministros competentes, gente capaz, ilustrada, con ganas de trabajar y visión de futuro, que pese a las contradicciones y vaivenes del poder y la política hizo de nuestro siglo XVIII, posiblemente, el más esperanzador de la dolorosa historia de España. En aquella primera media centuria se favorecieron las ciencias y las artes, se creó una marina moderna y competente, y bajo protección real y estatal -tome nota, mísero señor Rajoy- se fundaron las academias de la Lengua, de la Historia, de Medicina y la Biblioteca Nacional. Por ahí nos fueron llegando funcionarios eficaces y ministros brillantes como Patiño o el marqués de la Ensenada. Este último, por cierto, resultó un fuera de serie: fulano culto, competente, activo, prototipo del ministro ilustrado, que mantuvo contacto con los más destacados científicos y filósofos europeos, fomentó la agricultura nacional, abrió canales de riego, perfeccionó los transportes y comunicaciones, restauró la Real Armada y protegió cuanto tenía que ver con las artes y las ciencias: uno de esos grandes hombres, resumiendo, con los que España y los españoles tenemos una deuda inmensa y del que, por supuesto, para no faltar a la costumbre, ningún escolar español conoce hoy el nombre. Pero todos esos avances y modernidades, por supuesto, no se llevaron a cabo sin resistencia. Dos elementos, uno interior y otro exterior, se opusieron encarnizadamente a que la España del progreso y el futuro levantara la cabeza. Uno, exterior, fue Inglaterra: el peor y más vil enemigo que tuvimos durante todo el siglo XVIII. El otro, interior y no menos activo en vileza y maneras, fue el sector más extremo y reaccionario de la Iglesia católica, que veía la Ilustración como feudo de Satanás. Pero eso lo contaremos en el próximo capítulo.

[Continuará].

9 de noviembre de 2014

domingo, 2 de noviembre de 2014

La pizzera de Nápoles

He leído estos días Ieri, oggi e domani, la autobiografía de Sophia Loren: un libro bien escrito -ignoro quién habrá sido el negro, o anónimo autor material del asunto- que pasa revista a la vida y las películas de esta bellísima octogenaria napolitana que, durante medio siglo, encarnó en las pantallas el prototipo de la mujer italiana, con ese matiz espléndido que la generación de mi abuelo, y la de mi padre en su juventud, aún definían como una mujer de bandera. Y debo decir que la lectura de ese libro sereno y agradable me ha proporcionado momentos de intenso placer. De sonrisa cómplice y agradecida. 

Tengo una antigua y entrañable deuda con Sophia Loren -la Venus latina, en buena definición de mi amigo Ignacio Camacho-, y a menudo esa deuda sale a relucir en casa Lucio, cuando Javier Marías y yo, durante alguna cena, mientras él despacha con parsimonia su habitual filete empanado, pasamos revista a las mujeres que marcaron nuestra infancia y nuestros primeros recuerdos cinematográficos. Y por encima de casi todas -Kim Novak, Grace Kelly, Lauren Bacall, Maureen OHara, Silvana Mangano, principalmente Ava Gardner- figura siempre Sophia Scicolone, de nombre artístico Lazzaro, primero, y Loren, al fin. Supongo que eso no resulta fácil de comprender para cinéfilos de reciente generación, más a tono con señoras plastificadas y pasteurizadas tipo Angelina Jolie o Nicole Kidman; pero quien de niño o jovencito haya visto a Sophia Loren salir del mar con la blusa mojada en La sirena y el delfín o bajar de un autobús por la ventanilla en Matrimonio a la italiana, sabrá perfectamente a qué me refiero. El matiz de pisar fuerte y de poderío. La muy abrumadora diferencia. 

Me ha gustado mucho que, en su autobiografía, Sophia Loren haya dedicado un largo párrafo a la película que, de la mano de Vittorio de Sica, supuso su lanzamiento como estrella del cine italiano. Se trata de El Oro de Nápoles, que siempre consideré una obra maestra, donde protagoniza el episodio de la bellísima donna Sofia la Pizzaiola -«Venite, venite a fa´marenna! Donna Sofia ha preparato e briosce!»-, que hace creer a su marido que ha perdido en la masa de la pizza el anillo que realmente olvidó en casa del amante. No es de extrañar que aquella interpretación espléndida, llena de humor, erotismo y picardía, cautivara a los espectadores y los dejase atornillados a aquella mujer durante medio centenar de películas más. Descubrí a la Pizzaiola mucho más tarde, junto con Peccato che sia una canaglia, que aquí se tradujo como La ladrona, su padre y el taxista -esa extraordinaria secuencia de Vittorio de Sica haciéndose amo de la comisaría y pidiendo café para todos-; y el niño y el jovencito boquiabiertos ante la pescadora griega de esponjas de La sirena y el delfín, la amante sin esperanza de La llave o la guerrillera española de Orgullo y Pasión comprendieron, de ese modo, que aquella hembra espléndida de 1,74 m. de estatura sin tacones, que desbordaba la pantalla con sus ojos almendrados y su contundente anatomía, era también una actriz formidable, con un sentido del humor y unas cualidades interpretativas fuera de serie; que le fueron reconocidas, en la cima de su carrera, por el Oscar con que la Academia de Cine norteamericana premió su soberbia interpretación en La Ciociara, que en España, como ustedes saben, se tituló Dos mujeres. 

Por todo eso, leyendo con sumo placer el libro de que les hablo, he recordado, y también me he recordado a través de sus páginas y las películas que en ellas se mencionan, incluida Pane, amore e...: aquel film delicioso donde el brigada de carabineros Antonio Carotenutto -otra vez un formidable Vittorio de Sica- baila el mambo con donna Sofia la Pescadera en una de las escenas más graciosas e inolvidables del cine de humor italiano. Y, puestos a recordar, he rememorado también mi mejor recuerdo personal relacionado con Sophia Loren: cuando en cierta ocasión, al ir a subir a mi habitación del hotel Vesuvio de Nápoles, ella apareció en el ascensor, vestida de rojo, bellísima a sus entonces setenta y cinco años, dejándome estupefacto y paralizado como un imbécil, obstaculizándole el paso, hasta que me sonrió, y entonces reaccioné al fin apartándome a un lado con una excusa; y entonces ella pasó por mi lado, muy cerca, para alejarse por el vestíbulo del hotel, espléndida, gloriosa, eterna como en sus películas. Y por un instante sentí deseos de aullar a la luna como un coyote. Como hacía Marcelo Mastroianni mientras Mara, la chica de la piazza Navona, se quitaba las medias en Ayer, hoy y mañana. 

2 de noviembre de 2014 

domingo, 26 de octubre de 2014

Baile agarrado e ira de Dios

Me ha discutido algún que otro lector la veracidad de algo que afirmé aquí hace unas semanas, cuando comparaba a nuestros curas fanáticos de antaño, o de no hace tanto, con los imanes fanáticos de hoy. En concreto, mencionaba yo el todavía reciente deseo -hace sólo setenta años- de algunos obispos españoles de meter en la cárcel a quienes bailasen agarrados, porque eso era fuente de pecado y semilla de todo mal. Y en este punto debo admitir algo: cuando lo escribí me goteaba el colmillo, clup, clup, clup, porque conozco a mis clásicos y sabía que más de uno iba a entrar a por uvas. Así que, si les parece bien, hoy vamos con ello. 

Tomemos, para el caso, un libro que tienen ustedes a su disposición en mi biblioteca: ¿Grave inmoralidad del baile agarrado?, se titula. Tiene 166 páginas y fue impreso en Bilbao en 1949, décimo Año Triunfal. Hace, por tanto, 65 tacos de almanaque. Con el nihil obstat de Fernando Lipuzcoa, censor, y el imprimatur de Pablo Gúrpide, vicario general de Pamplona. Y que lleva, a modo de epígrafe, una bonita cita del papa Pío Nono -«La ligereza de las señoras y señoritas ha traspasado los límites del pudor en lo que atañe a vestidos y bailes»- y otra del también papa Pío XII -«Trabajad contra la inmoralidad que agosta a la juventud»-. En cuanto al texto, un simple vistazo al índice resulta ya de lo más prometedor: Escándalo público del baile agarrado, Víctimas culpables, Insensibilidad femenina, Restauremos la conciencia del pueblo y algunos etcéteras más. Texto, por cierto, que abunda en conclusiones contundentes como ésta: «Baile agarrado, parejeo solitario, la corrupción en la aldea es más intensa que en la ciudad», o como ésta: «La mujer, hasta ayer cáliz del hogar, padece un relajamiento alarmante de criterio y de modales». Para concluir con estas dos perlas «Así saborean los pueblos corrompidos la lujuria provocando la ira de Dios» y «Los pueblos corrompidos son incapaces de comprender otro lenguaje que el del látigo». 

Pero no crean que el autor del libro -padre Jeremías de las Sagradas Espinas, firma el tío, con dos cojones- se queda en lo superficial. Al contrario, nuestro autor baja la arena del argumento científico y afirma «Con frecuencia existen conmociones venéreas sin llegar a la plena saciedad de la naturaleza», estima que «los jóvenes pierden el pudor en los tocamientos mutuos prolongados del baile agarrado, en los brazos, espalda, pecho y cintura», considera que «los pechos en la mujer son las partes del cuerpo en las que recibe máximas conmociones carnales» o describe, lúcido, a «esas parejas de hombres y mujeres cosidas de pecho y vientre, con la conciencia hecha jirones, embriagándose de lujuria», para rematar: «El baile agarrado debe ser totalmente eliminado de las costumbres del pueblo. Es precisa, a toda costa y cuanto antes, una reacción violenta y eficaz». Todo eso, ojo, diez años después del término de esa otra reacción violenta y eficaz que el padre Jeremías de las Sagradas Espinas, supongo, también llamó Cruzada de Liberación. 

Dirán ustedes que para qué remover viejos textos que ya no nos afectan. La respuesta es simple: no son tan viejos, y nos afectan. En primer lugar, para dejar claro que el Islam radical y su hipócrita consideración de la moralidad pública no nos caen tan lejos como creemos; y que un sacerdote con poder, un intermediario arrogante de cualquier Dios verdadero o no, imaginado o por imaginar, siempre será un peligro, use tonsura, turbante o micrófono de telediario. Por otra parte, lo admito, en todo esto hay también un asunto personal: cierta cuenta pendiente. Una cosa es la religión que, en privado y para su conciencia, practique cada cual. ¿Quién puede criticar eso? Pero hablamos de otra cosa: de imposición. Fulanos como el padre Jeremías de las Sagradas Espinas controlaron durante siglos a España desde púlpitos y los confesonarios, como los imanes controlan ahora lo suyo desde las mezquitas. El padre Jeremías, el censor, el vicario y el resto de la tropa dirigieron, o intentaron hacerlo, la vida de mi familia, de mi madre, de mi abuela, de mis antepasados, la mía propia, inmiscuyéndose en nuestra intimidad y libertad, cerrando puertas a la razón, a la cultura, a la verdadera educación. Ellos, y el agua bendita con que santificaron a quienes cebaban cárceles y paredones, nos tuvieron durante siglos en una mazmorra negra de la que todavía hoy pretenden, algunos, conservar la llave. Por eso es bueno recordar que, hace sólo 65 años, un hijo de puta con balcones a la calle exigía acabar con el baile agarrado «donde los jóvenes, unidos pecho con pecho, arden en la hoguera de la lujuria». Y tener presente que, si lo tolerásemos, seguiría exigiéndolo. No les quepa duda. 

26 de octubre de 2014 

domingo, 19 de octubre de 2014

Una historia de España (XXXIV)

Murió Carlos II en 1700, como contábamos, y se lió otra. Antes de palmar sin hijos, con todo cristo comiéndole la oreja sobre a quién dejar el trono, si a los borbones de Francia o a los Austrias del otro sitio, firmó que se lo dejaba a los borbones y estiró la pata. El agraciado al que le tocó el trono de España -es una forma de decirlo, porque menudo regalo tuvo la criatura- fue un chico llamado Felipe V, nieto de Luis XIV, que vino de mala gana porque se olía el marrón que le iban a colocar. Por su parte, el candidato rechazado, que era el archiduque Carlos, se lo tomó fatal; y aun peor su familia, los reyes de Austria. Inglaterra no había entrado en el sorteo; pero, fiel a su eterna política de no consentir una potencia poderosa ni un buen gobierno en Europa -para eso se metieron luego en la UE, para reventarla desde dentro-, se alió con Austria para impedir que Francia, con España y la América hispana como pariente y aliada, se volviera demasiado fuerte. Así empezó la Guerra de Sucesión, que duró doce años y al final fue una guerra europea de órdago, pues la peña tomó partido por unos o por otros; y aunque todos mojaron en la salsa, al final, como de costumbre, la factura la pagamos nosotros: austríacos, ingleses y holandeses se lanzaron como buitres a ver qué podían rapiñar, invadieron nuestras posesiones en Italia, saquearon las costas andaluzas, atacaron las flotas de América y desembarcaron en Lisboa para conquistar la Península y poner en el trono al chaval austríaco. La escabechina fue larga, costosa y cruel, pues en gran parte se libró en suelo español, y además la gente se dividió aquí en cuanto a lealtades, como suele ocurrir, según el lado en el que tenían o creían tener la billetera. Castilla, Navarra y el País Vasco se apuntaron al bando francés de Felipe V, mientras que Valencia y el reino de Aragón, que incluía a Cataluña, se pronunciaron por el archiduque austríaco. Las tropas austracistas llegaron a ocupar Barcelona y Madrid, y hubo unas cuantas batallas como las de Almansa, Brihuega y Villaviciosa. Al final, la España borbónica y su aliada Francia ganaron la guerra; pero éramos ya tal piltrafa militar y diplomática que hasta los vencidos ganaron más que nosotros, y la victoria de Felipe V nos costó un huevo de la cara. Con la paz de Utrech, todos se beneficiaron menos el interesado. Francia mantuvo su influencia mundial, pero España perdió todas las posesiones europeas que le quedaban: Bélgica, Luxemburgo, Cerdeña, Nápoles y Milán; y de postre, Gibraltar y Menorca, retenidas por los ingleses como bases navales para su escuadra del Mediterráneo. Y además nos quedaron graves flecos internos, resumibles en la cuestión catalana. Durante la guerra, los de allí se habían declarado a favor del archiduque Carlos, entre otras cosas porque la invasión francesa de medio siglo atrás, cuando la guerra de Cataluña bajo Felipe IV, había hecho aborrecibles a los libertadores gabachos, y ya se sabía de sobra por dónde se pasaba Luis XIV los fueros catalanes y los otros. Y ahora, encima, decidido a convertir esta ancestral casa de putas en una monarquía moderna y centralizada, Felipe V había decretado eso de: «He juzgado conveniente (por mi deseo de reducir todos mis reinos de España a la uniformidad de unas mismas leyes, usos, costumbres y tribunales, gobernándose igualmente todos por las leyes de Castilla), abolir y derogar enteramente todos los fueros». Así que lo que al principio fue una toma de postura catalana entre rey Borbón o rey austríaco, apostando -que ya es mala suerte- por el perdedor, acabó siendo una guerra civil local, otra para nuestro nutrido archivo de imbecilidades domésticas, cuando Aragón volvió a la obediencia nacional y toda España reconoció a Felipe V, excepto Cataluña y Baleares. Confiando en una ayuda inglesa que no llegó -al contrario, sus antiguos aliados contribuían ahora al bloqueo por mar de la ciudad- Barcelona, abandonada por todos, bombardeada, se enrocó en una defensa heroica y sentimental. Perdió, claro. Ahora hace justo trescientos de aquello. Y cuando uno pierde, toca fastidiarse: Felipe V, como castigo, quitó a los catalanes todos los fueros y privilegios -los conservaron, por su lealtad al borbón, vascos y navarros-, que no se recobrarían hasta la Segunda República. Sin embargo, envidiablemente fieles a sí mismos, al día siguiente de la derrota los vencidos ya estaban trabajando de nuevo, iniciándose (gracias al decreto que anulaba los fueros pero proveía otras ventajas, como la de comerciar con América), tres siglos de pujanza económica, en los que se afirmó la Cataluña laboriosa y próspera que hoy conocemos. 

[Continuará]. 

19 de octubre de 2014 

domingo, 12 de octubre de 2014

Libros a bordo

Hace exactamente veinte años que navego con una biblioteca a bordo. Porque una biblioteca personal, como saben ustedes, no es un lugar donde se colocan libros, sino un territorio en el que uno vive rodeado de inmediatez y de posibilidades. Hay libros que están ahí, sin leerse todavía, aguardando pacientes su momento, y otros que ya leíste y a cuyas páginas conocidas retornas en busca de memoria, de utilidad, incluso de consuelo. A medida que envejeces, el número de esa segunda clase de libros, los viejos amigos y conocidos, aumenta respecto a los que aguardan turno; aunque siempre existe la melancólica certeza de que, por mucho que vivas, nunca acabarás de leerlos todos; que la vida tiene límites, que siempre habrá libros de los que te acompañan que apenas abrirás nunca, y que un día, tanto ellos como los ya leídos caerán en manos de otros lectores: amueblarán otras vidas. Parece algo triste, pero en realidad no lo es. Porque tales son las reglas. En cierto modo, más que una vida de lecturas, una biblioteca es un proyecto de vida que nunca llegará a culminarse del todo. Eso es lo triste, y lo fascinante. 

Un velero no siempre deja tiempo para la lectura. A menudo estás atento a la maniobra, al estado de la mar, a la recha en el horizonte, al tráfico de los malditos mercantes que te vienen encima. Pero siempre hay ratos de calma: días tranquilos con marejadilla y quince nudos de viento, con todo el trapo arriba, o fondeos apacibles en lugares sin algas, donde cuarenta metros de cadena permiten dormir algo más tranquilo. Ahí es donde los libros se vuelven compañía perfecta, al sol o a la sombra en verano, abajo en la camareta en invierno, a veces de noche, a la luz de una lámpara, mientras arriba, en la bañera, alguien te releva cuatro horas en la guardia y oyes el vago rumor del canal 16 en la radio. 

Durante mucho tiempo, a bordo sólo llevé libros sobre el mar. Es una vieja costumbre. Quizá porque he leído demasiados de ellos, hace un par de años empecé a admitir polizones terrícolas en la biblioteca marinera, donde antes estaban proscritos. Aun así, éstos siguen siendo pocos, y por lo general se relacionan con la novela que estoy escribiendo en cada momento. Lo seguro es que vuelvo una y otra vez a los de siempre, los marinos, releyéndolos a menudo. Hace poco dediqué una temporada a calzarme por enésima vez todas las novelas de Joseph Conrad que tienen el mar y a los marinos por protagonistas, empezando por la Línea de sombra y acabando por el ejemplar de El espejo de mar traducido por Javier Marías que siempre llevo a bordo. En realidad, la biblioteca del barco se reparte en tres zonas. Bajo la mesa de la camareta llevo los derroteros y los libros de señales, faros y mareas, y en las estanterías sobre la entrada al motor van los libros técnicos e históricos, incluidos los dos derroteros de Tofiño -es asombroso cómo aún son útiles para un velero, dos siglos y medio después- y también, lleno de subrayados y notas, el sobado e imprescindible Navegación con mal tiempo, de Adlard Coles. Con ellos, entre otros, el Diccionario marítimo de O'Scanlan, dos obras de Fernández de Navarrete en las que me sumerjo gozoso de vez en cuando (Historia de la Náutica y los cinco magníficos volúmenes de Viajes y descubrimientos de los españoles) y varios clásicos lomos amarillos de Editorial Juventud, entre ellos mis dos favoritos, que también lo fueron de mi padre: Corsarios alemanes en la Primera Guerra Mundial y Corsarios alemanes en la Segunda Guerra Mundial. 

Los libros que más se renuevan a bordo son los de la tercera zona, correspondiente a novelas y otros libros de ficción que ocupan estantes y armarios en la camareta. Por ahí han pasado, y regresan de vez en cuando, los 20 volúmenes de la serie Capitán de mar y guerra, de Patrick O'Brian, así como los de Alexander Kent y C. S. Forester -los de la serie Ramage de Dudley Pope, sólo disfrutables por anglosajones cretinos aficionados al tópico, los arrojé hace años por la borda-. También, por supuesto, con amarre fijo en un estante, Moby Dick, de Melville, y la trilogía de Nordhoff y Hall sobre la Bounty. A eso hay que añadir la soberbia novela El cazador de barcos, de Justin Scott, La Cacería, del gran Alejandro Paternain, El enigma de las arenas, de R. E. Childers -una de las más hermosas novelas sobre mar y espionaje que leí nunca-, y la obra maestra sobre la batalla del Atlántico: Mar Cruel, de Nicholas Monsarrat. Cuya magnífica película, aunque sólo puede encontrarse en inglés, regalo a mis amigos cada vez que me la tropiezo. 

Libros y mar, en resumen. Memoria, aventura, navegación. Y la tierra, bien lejos. Les aseguro que no puedo imaginar combinación más feliz. Situación más perfecta. 

12 de octubre de 2014 

domingo, 5 de octubre de 2014

Una historia de España (XXXIII)

Y llegó Carlos II. Dicho en corto, España por el puto suelo. Nunca, hasta su tatarabuelo Carlos V, país ninguno -quizá a excepción de Roma- había llegado tan alto, ni nunca, hasta el mísero Carlitos, tan bajo. La monarquía de dos hemisferios, en vez de un conjunto de reinos hispanos armónico, próspero y bien gobernado, era la descojonación de Espronceda: una Castilla agotada, una periferia que se apañaba a su aire y unas posesiones ultramarinas que a todos aquí importaban un pito excepto para la llegada periódica del oro y la plata con la que iba tirando quien podía tirar. Aun así, la crisis económica hizo que se construyeran menos barcos, el poderío naval se redujo mucho, y las comunicaciones americanas estaban machacadas por los piratas ingleses, franceses y holandeses. Ahora España ya no declaraba guerras, sino que se las declaraban a ella. En tierra, fuera de lo ultramarino, la península Ibérica -ya sin Portugal, por supuesto-, las posesiones de Italia, la actual Bélgica y algún detallito más, lo habíamos perdido casi todo. Tampoco es que España desapareciera del concierto internacional, claro; pero ante unas potencias europeas que habían alcanzado su pleno desarrollo, o estaban en ello, con gobiernos centralizados y fuertes, el viejo y cansado imperio hispánico se convirtió en potencia de segunda y hasta de tercera categoría. Pero es que tampoco había con qué: tres epidemias en un siglo, las guerras y el hambre habían reducido la población en millón y medio de almas, los daños causados por la expulsión de trescientos mil moriscos se notaban más que nunca, y media España procuraba hacerse fraile o monja para no dar golpe y comer caliente. Porque la Iglesia Católica era la única fuerza que no había mermado aquí, sino al contrario. Su peso en la vida diaria era enorme, todavía churruscaba herejes de vez en cuando, el rey Carlitos dormía con un confesor y dos curas en la alcoba para que lo protegieran del diablo, y el amago de auge intelectual que se registró más o menos hacia 1680 fue asfixiado por las mismas manos que cada noche rociaban de agua bendita y latines el lecho del monarca, a ver si por fin se animaba a procurarse descendencia. Porque el gran asunto que ocupó a los españoles de finales del XVII no fue que todo se fuera al carajo, como se iba, sino si la reina -las reinas, pues con Carlos II hubo dos- paría o no paría. El rey era enclenque, enfermizo y estaba medio majara, lo que no es de extrañar si consideramos que era hijo de tío y sobrina, y que cinco de sus ocho bisabuelos procedían por línea directa de Juana la Loca. Así que imagínense el cuadro clínico. Además, era feo que te rilas. Aun así, como era rey y era todo lo que teníamos, le buscaron legítima. La primera fue la gabacha María Luisa de Orleáns, que murió joven y sin parir, posiblemente de asco y aburrimiento al cincuenta por ciento. La segunda fue la alemana Mariana de Neoburgo, reclutada en una familia de mujeres fértiles como conejas, a la que mi compadre Juan Eslava Galán, con su habitual finura psicológica, definió magistralmente como: «Ambiciosa, calculadora, altanera, desabrida e insatisfecha sexual, que hoy hubiera sido la gobernanta ideal de un local sado-maso». Nada queda por añadir a tan perfecta definición, excepto que la tudesca, pese a sus esfuerzos -espanto da imaginárselos- tampoco se quedó preñada, pese a tener a un jesuita por favorito y consejero, y Carlos II se fue muriendo sin vástago. España, como dijimos, era ya potencia secundaria, pero aún tenía peso, y lo de América prometía futuro si caía en buenas manos, como demostraban los ingleses en las colonias del norte, a la anglosajona, no dejando indio vivo y montando tinglados muy productivos. Así que los últimos años del piltrafilla Carlos se vieron amenizados por intrigas y conspiraciones de todas clases, protagonizadas por la reina y sus acólitos, por la Iglesia -siempre dispuesta a mojar bizcocho en el chocolate-, por los embajadores francés y austríaco, que aspiraban a suministrar nuevo monarca, y por la corrupta clase dirigente hispana, que se pasó el reinado de Carlos II trincando cuanto podía y dejándose sobornar, encantada de la vida, por unos y otros. Y así, en noviembre de 1700, último año de un siglo que los españoles habíamos empezado como amos del universo, como si aquello fuera una copla de Jorge Manrique -aquel famoso cantante de Operación Triunfo-, el último de los Austrias bajó a la tumba fría, el trono quedó vacante y España se vio de nuevo, para no perder la costumbre, en vísperas de otra bonita guerra civil. Que ya nos la estaba pidiendo el cuerpo. 

[Continuará]. 

5 de octubre de 2014

domingo, 28 de septiembre de 2014

Sobre idiotas, velos e imanes

Vaya por Dios. Compruebo que hay algunos idiotas -a ellos iba dedicado aquel artículo- a los que no gustó que dijera, hace cuatro semanas, que lo del Islam radical es la tercera guerra mundial: una guerra que a los europeos no nos resulta ajena, aunque parezca que pilla lejos, y que estamos perdiendo precisamente por idiotas; por los complejos que impiden considerar el problema y oponerle cuanto legítima y democráticamente sirve para oponerse en esta clase de cosas. 

La principal idiotez es creer que hablaba de una guerra de cristianos contra musulmanes. Porque se trata también de proteger al Islam normal, moderado, pacífico. De ayudar a quienes están lejos del fanatismo sincero de un yihadista majara o del fanatismo fingido de un oportunista. Porque, como todas las religiones extremas trajinadas por curas, sacerdotes, hechiceros, imanes o lo que se tercie, el Islam se nutre del chantaje social. De un complicado sistema de vigilancia, miedo, delaciones y acoso a cuantos se aparten de la ortodoxia. En ese sentido, no hay diferencia entre el obispo español que hace setenta años proponía meter en la cárcel a las mujeres y hombres que bailasen agarrados, y el imán radical que, desde su mezquita, exige las penas sociales o físicas correspondientes para quien transgreda la ley musulmana. Para quien no viva como un creyente. 

Por eso es importante no transigir en ciertos detalles, que tienen apariencia banal pero que son importantes. La forma en que el Islam radical impone su ley es la coacción: qué dirán de uno en la calle, el barrio, la mezquita donde el cura señala y ordena mano dura para la mujer, recato en las hijas, desprecio hacia el homosexual, etcétera. Detalles menores unos, más graves otros, que constituyen el conjunto de comportamientos por los que un ciudadano será aprobado por la comunidad que ese cura controla. En busca de beneplácito social, la mayor parte de los ciudadanos transigen, se pliegan, aceptan someterse a actitudes y ritos en los que no creen, pero que permiten sobrevivir en un entorno que de otro modo sería hostil. Y así, en torno a las mezquitas proliferan las barbas, los velos, las hipócritas pasas -ese morado en la frente, de golpear fuerte el suelo al rezar-, como en la España de la Inquisición proliferaban las costumbres pías, el rezo del rosario en público, la delación del hereje y las comuniones semanales o diarias. 

El más siniestro símbolo de ese Islam opresor es el velo de la mujer, el hiyab, por no hablar ya del niqab que cubre el rostro, o el burka que cubre el cuerpo. Por lo que significa de desprecio y coacción social: si una mujer no acepta los códigos, ella y toda su familia quedan marcados por el oprobio. No son buenos musulmanes. Y ese contagio perverso y oportunista -fanatismos sinceros aparte, que siempre los hay- extiende como una mancha de aceite el uso del velo y de lo que haga falta, con el resultado de que, en Europa, barrios enteros de población musulmana donde eran normales la cara maquillada y los vaqueros se ven ahora llenos de hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el Estado, en vez de arbitrar medidas inteligentes para proteger a esa población musulmana del fanatismo y la coacción, lo que hace es ser cómplice, condenándola a la sumisión sin alternativa. Tolerando usos que denigran la condición femenina y ofenden la razón, como el disparate de que una mujer pueda entrar con el rostro oculto en hospitales, escuelas y edificios oficiales -en Francia, Holanda e Italia ya está prohibido-, que un hospital acceda a que sea una mujer doctor y no un hombre quien atienda a una musulmana, o que un imán radical aconseje maltratos a las mujeres o predique la yihad sin que en el acto sea puesto en un avión y devuelto a su país de origen. Por lo menos. 

Y así van las cosas. Demasiada transigencia social, demasiados paños calientes, demasiados complejos, demasiado miedo a que te llamen xenófobo. Con lo fácil que sería decir desde el principio: sea bien venido porque lo necesitamos a usted y a su familia, con su trabajo y su fuerza demográfica. Todos somos futuro juntos. Pero escuche: aquí pasamos siglos luchando por la dignidad del ser humano, pagándolo muy caro. Y eso significa que usted juega según nuestras reglas, vive de modo compatible con nuestros usos, o se atiene a las consecuencias. Y las consecuencias son la ley en todo su rigor o la sala de embarque del aeropuerto. En ese sentido, no estaría de más recordar lo que aquel gobernador británico en la India dijo a quienes querían seguir quemando viudas en la pira del marido difunto: «Háganlo, puesto que son sus costumbres. Yo levantaré un patíbulo junto a cada pira, y en él ahorcaré a quienes quemen a esas mujeres. Así ustedes conservarán sus costumbres y nosotros las nuestras». 

28 de septiembre de 2014