Recopilación de los artículos publicados por Arturo Pérez-Reverte en El Semanal.
domingo, 28 de noviembre de 2021
Teoría del sombrero
domingo, 21 de noviembre de 2021
Una historia de Europa (XVI)
domingo, 14 de noviembre de 2021
Una historia de Europa (XV)
domingo, 7 de noviembre de 2021
El regreso del héroe
domingo, 31 de octubre de 2021
Aquella chica que fumaba
Con esas palabras en la cabeza, vuelvo a casa, pongo el deuvedé y me siento a confirmar de nuevo lo que Garci ha dicho; a regresar por decimoquinta o enésima vez a La Martinica en plena guerra mundial, al capitán Harry-Steve Morgan y a su amigo Eddie, al hotel de Frenchie, a la caja de fósforos que vuela de una mano a otra. A la mirada socarrona y magnética de la jovencísima actriz que, en la primera película de su vida, fue –o sigue siendo, porque el gran cine no envejece nunca– capaz de decir en tono irónico, tan duro y hastiado como si por ella hubiesen pasado todas las mujeres del mundo: «¿Sabes que no tienes que actuar conmigo, Steve?… No tienes que decir nada y no tienes que hacer nada. Sólo, silbar… ¿Sabes cómo silbar, verdad? Simplemente junta tus labios y sopla».
Y tiene razón el viejo y sabio Garci. Desde que Bogart y Bacall se encuentran en el pasillo del hotel, trama cinematográfica aparte, escenarios de cartón piedra aparte, guión desordenado e imperfecto aparte, Tener y no tener, la película entera con sus cien minutos de metraje, es un prodigio rodado en vivo sobre un curtido actor de 44 años y una jovencita de 19 que, ambos en estado de gracia, se enamoran sin remedio escena tras escena. Un hombre resabiado, hecho en la pantalla y fuera de ella, que va siendo seducido plano a plano, incapaz de volver atrás, envuelto en el denso voltaje erótico de una muchacha que mira oblicuo, habla ronco y se conduce como una mujer a la que el mar que la arrojó a la playa de los náufragos no logró nunca arrebatar el humor ácido, la dignidad y la belleza. «No se meta con ella –aconseja Bogart, divertido y admirado a la vez–. Es capaz de devolver los golpes».
Más que una película convencional, Tener y no tener es, en efecto, un documental hecho de miradas, diálogos, insinuaciones y silencios. Una fórmula espontánea de física y química que nunca había ocurrido antes y nunca se repitió en la historia del cine. No es la actriz Lauren Bacall, sino Betty, la mujer real, quien dice: «Podría ser para siempre, ¿o te da miedo eso?… Soy difícil de conseguir, Steve. Sólo tienes que pedírmelo». Y así fue: Bogart se lo pidió. Primero fue un beso robado en un camerino y después una cajita de fósforos donde ella escribió su número de teléfono. Algo que lo llevaría a él a divorciarse de su esposa y a casarse con la joven actriz, junto a la que permanecería hasta su muerte por cáncer de esófago –demasiados cigarrillos dentro y fuera de la pantalla– en 1957. «Quizá sólo estemos juntos cinco años», había dicho él. «Cinco es mejor que nada», había respondido ella. Al final fueron doce.
Resulta evidente al ver despacio la película, primera de las cuatro que rodarían juntos. Los gestos, las miradas, el tono de las palabras, la corriente eléctrica que parece recorrer el espacio vacío que hay entre actor y actriz, el movimiento de caderas final, la mirada de Slim cuando se despide del pianista Cricket y se deja coger del brazo por Steve… Todo eso va mucho más allá de lo que dos impecables actuaciones cinematográficas harían posible. La atracción, el humor áspero, alegre y deliciosamente escéptico que se advierte entre ellos («No podíamos estar en una habitación sin la necesidad de acercarnos uno al otro», dirían más tarde), la complicidad erótica, no entre Steve y Slim, sino entre Bogart y Bacall, llegan allí donde ningún director, ningún guionista, ningún actor o actriz convencional podrían llegar por sí solos. Howard Hawks, que era un realizador inmenso –después dirigió nada menos que Río Bravo, entre otras–, se dio cuenta de eso y, en vez de inmiscuirse, les permitió dejar de actuar e interpretarse a sí mismos. El resto es historia del cine. También de la vida real, y José Luis Garci tiene razón, como siempre la tiene: lo asombroso de Tener y no tener es que, siendo como es una mediocre historia original del cínico Hemingway, un deficiente guión de los cínicos Furthman y Faulkner, una película del no menos cínico Hawks, nos convierta en testigos de la más perfecta historia de un enamoramiento real jamás rodada.
31 de octubre de 2021
domingo, 24 de octubre de 2021
Una historia de Europa (XIV)
domingo, 17 de octubre de 2021
El perro de la guerra
domingo, 10 de octubre de 2021
Una historia de Europa (XIII)
domingo, 3 de octubre de 2021
Los hombres del cuarto de luna
domingo, 26 de septiembre de 2021
Una historia de Europa (XII)
domingo, 19 de septiembre de 2021
Fabricando misóginos
domingo, 12 de septiembre de 2021
Una historia de Europa (XI)
domingo, 5 de septiembre de 2021
Llamando al lobo como idiotas
domingo, 29 de agosto de 2021
Una historia de Europa (X)
domingo, 22 de agosto de 2021
Abuelos bajo el sol
domingo, 15 de agosto de 2021
Una historia de Europa (IX)
domingo, 8 de agosto de 2021
Sobornando, que es gerundio
Al quedarme solo estuve pensando en sobornos y cosas así. En ese aspecto de mi turbio pasado. Porque es verdad. En mis tiempos de reportero dicharachero, cuando iba por el mundo con una mochila al hombro, soborné a docenas de fulanos de ambos sexos, en cinco continentes y en varios idiomas. Por esa ventanilla pasó de todo: militares con y sin escopeta, aduaneros, azafatas, pilotos de avión, policías, funcionarios, capitanes de barco, taxistas, putas, directores de hotel y un largo etcétera. Unos dólares a tiempo, o cualquier moneda o material susceptible de cambiar de manos, me abrieron infinidad de puertas, caminos y corazones que en otro caso habrían permanecido cerrados. Justificarlo después con el gerente o administrador del periódico o la tele resultaba más complicado, pero siempre supe arreglármelas. En alguna ocasión, sobornándolos a ellos. Cualquier reportero que haya estado en Sudamérica, África, Próximo Oriente o Asia sabe a qué me refiero. Y eso también ocurre –tampoco nos echemos flores– en muchos lugares de Europa. El mecanismo es universal y sólo cambian las maneras, el estilo. Hacerlo con arte o meter la gamba y que te inflen a hostias. Para quien hacía y aún hace el trabajo que yo hice, un billete soltado a tiempo, de modo preventivo o disuasorio, siempre fue una reconocida herramienta del oficio. A ver cómo convences, sin viruta de por medio, a un aduanero libio celoso de su deber patriótico, a un narco mexicano para que te cuente su vida, a un francotirador para que te permita verlo trabajar, a seis serbios con Kalashnikov que tienen cortada la carretera, a un gendarme congoleño borracho y con el casco puesto al revés que mira codicioso el reloj que llevas en la muñeca y a la fotógrafa rubia que te acompaña.
Pensando en todo eso me puse a recordar, y aún lo hago mientras le doy a la tecla. Algunas anécdotas son dramáticas y otras, divertidas. Pero si me pusiera a recopilarlas en un libro, saldría un manual que podía titularse El soborno y la madre que lo parió. Si alguna vez dejan ustedes de leer mis novelas, podría ganarme la vida dando clases de soborno en la universidad. Contar a los jóvenes que empiezan a patear el mundo lo del patrullero mexicano con la cremallera de la chamarra subida para tapar el número de la placa, que cuando le dejé caer: «Usted dirá», respondió: «No, amigo, diga usted primero». O el recepcionista del hotel Aletti de Argel que me tuvo tres horas esperando sin habitación –yo era novato y pardillo– hasta que caí en la cuenta, fui al mostrador y le abaniqué el careto con la efigie de Bumedian. O Mustafá, el maître del Holiday Inn de Sarajevo, que me reservaba las escasas botellas de montenegrino Vranac. O el militar sirio que dejó de preocuparse por el visado cuando abrió mi pasaporte y vio la página extra de color verde que yo acababa de incorporarle. O el coronel nicaragüense que, previo pago de su importe, sacó a un soldado de un helicóptero para que subiera yo. O el cabo Salomón, jefe de policía del aeropuerto de Malabo –a ése ya sólo me faltó ponerle un piso–, que una vez hasta me dejó ver cómo le pegaba una paliza a un ministro del gobierno que no era pamue como él, sino de la tribu bubi.
Dos de mis mejores y más logrados endiñes tácticos me hacen sonreír todavía. Uno, cumbre de mi carrera de sobornador profesional, fue cuando en un hotel lleno de periodistas durante la primera guerra del Golfo conseguí habitación para los siete miembros del equipo de TVE –un apartamento para la tropa y una suite que me quedé yo– poniéndole sobre la mesa diez billetes de cien dólares al director del establecimiento, un simpático fulano que cinco minutos antes me había jurado por sus hijos que no tenía nada libre. El otro episodio es delicioso, e imaginen la escena: carretera de Matanzas, Cuba. Policía que me para por supuesto exceso de velocidad. Y cuando abro la puerta, señalo el suelo y le digo: «Se le ha caído a usted un billete de diez dólares», me mira con tranquila sorna y responde: «No, mi hermano, se me ha caído de veinte».
8 de agosto de 2021
















