domingo, 28 de agosto de 2022

La mirada del cazador

Cada vez que termino de escribir una novela hago dos cosas. La primera es vaciar algunos estantes de mi biblioteca, próximos a la mesa de trabajo, donde fui situando los libros nuevos o viejos que sirvieron para documentar y preparar lo que me ocupó el último o los últimos años. Hay una mezcla de alivio y tristeza en eso: alivio porque al fin me libro de un trabajo duro que determinó mis días y mis noches, y tristeza por alejarme para siempre de unos personajes y un ambiente por los que anduve feliz cierto tiempo. Durante un par de días devuelvo cada libro a su lugar en la biblioteca, meto en cajas la documentación escrita o impresa, pongo a salvo el primer borrador de la novela, y todo eso. Cierro, en fin, un mundo que al alejarse de mi cabeza y mi vida me deja indeciso, o tal vez vacío. Con una intensa sensación de pérdida y soledad. 

Es entonces, para superar eso, cuando hago lo segundo a que me refería antes: elegir inmediatamente, entre las historias posibles que a un novelista profesional le rondan la cabeza, la que considero apropiada para mi talante, mi edad, mis lectores y el momento en que vivo. Y tengo mucho cuidado con eso. Lo de las historias a elegir o descartar no es ninguna tontería, porque con las novelas ocurre a veces como en el juego de las siete y media: o no llegas, o te pasas. Hay algunas para las que todavía no estás preparado y otras cuyo momento de escritura dejaste atrás. A tu instinto corresponde identificarlas. En ambos casos, cuando te das cuenta, lo prudente es interrumpirlas: tal vez algún día llegue su momento, o tal vez no las escribas nunca. Y decidirlo no es agradable: días, semanas o meses de trabajo pueden perderse para siempre. Al fin y al cabo, nadie obliga a ser novelista. Son reglas duras, pero son las que hay. O al menos son las mías. 

Entro entonces, durante días o semanas, en lo que llamo la temporada de caza. Emerjo de la bodega –la de por qué llamo así al lugar donde trabajo es una vieja historia– y deslumbrado por la luz del sol camino mirando alrededor con el zurrón dispuesto, como un cazador ávido, para irlo llenando con aquello que puede serme útil en la nueva novela. Y es asombrosa la mirada selectiva con la que uno acaba trabajando. Como ya hay una trama, o al menos un esquema básico en tu cabeza, y después de treinta y cinco años escribiendo novelas tienes afiladas las herramientas, ves sólo aquello que te interesa ver. Te lo apropias con rapidez y dejas fuera lo inútil, que en realidad ni siquiera adviertes. Y así, viajando a los lugares adecuados, observando a las personas idóneas, pendiente del azar que depara hallazgos insospechados, te mueves de nuevo tenso y lúcido por un paisaje complejo que en realidad es la propia mente. Tu imaginación. La mirada de novelista que se proyecta en el mundo por el que caminas. 

Así me sentía hace pocos días, paseando por Madrid con otra historia a punto en mi cabeza. Caminaba despacio y miraba con avidez, dispuesto el zurrón, acechando rasgos, gestos, voces útiles para la trama que ocupará los próximos meses y tal vez años de mi vida, si duro lo suficiente para contarla. Lo mejor de escribir historias, o al menos las mías, es que obligan a fijarse mucho en la gente, lo que no siempre ocurre en otra clase de oficios. Como un Sherlock Holmes bien adiestrado, buscas indicios, pistas que desvelen detalles útiles, que permitan conocer mejor el mundo y la gente que lo habita, y así mantenerte vivo como narrador. Quien deja de mirar fuera de sí mismo se convierte en un novelista muerto. Y de ésos conozco –y ustedes también, supongo– a unos cuantos. 

Eso es, más o menos, lo que bullía en mi cabeza el otro día mientras paseaba por esa ciudad abigarrada y extraordinaria que es Madrid, entre la cuesta Moyano y el Museo del Prado. Y confieso que había un punto agridulce en mi manera de mirar. Tengo setenta años, compréndanlo, y hay cosas muy lejanas, quizá ya inalcanzables o imposibles. Bajo ese pensamiento me cruzaba con jóvenes vigorosos, chicas guapas, hombres y mujeres que pisaban fuerte en la vida, niños a los que nadie arrebató aún la ilusión de los ojos. Los veía alrededor, llenos de vida y futuro, transparentes y enigmáticos al mismo tiempo, y me sentía un poco fatigado, comparándome. Fatigado y melancólico. Nunca volveré a ser como vosotros, pensé resignado. Lo fui, pero ya no lo seré jamás. Sin embargo, gracias a que escribo novelas, todo sigue en cierto modo a mi alcance. Puedo apropiármelo porque tengo algo que la mayor parte de vosotros no tiene: el poder de convertiros a todos en literatura. 

28 de agosto de 2022

domingo, 21 de agosto de 2022

Una historia de Europa (XXXV)

Fue tan rápida la expansión del Islam, tan asombroso el reguero de conversiones y entusiasmo suscitado por la doctrina de Mahoma, que sólo puede explicarse con la certeza de que la peña estaba hasta los mismísimos huevos de los monarcas y religiones que los habían gobernado hasta la fecha. No puede explicarse de otra forma que, con el posterior descubrimiento de América y poco más, la expansión musulmana del siglo VII fuese uno de los hechos más trascendentales en la historia del Mediterráneo, de Europa y del mundo. En sólo setenta años llegó de las costas de China al océano Atlántico, pasándose por el filo del alfanje al imperio persa, parte del bizantino, Siria, Egipto, el norte de África y la Hispania visigoda. Y eso lo consiguió, a pulso y por la cara, un pueblo de árabes nómadas analfabetos y muertos de hambre pero con una idea fija: Alá ilah-lah, ua Muhamad rasul Alá. O sea, y dicho en cristiano: No hay otro dios que Dios y Mahoma es su profeta. Partiendo de esa idea básica, fanatizados y con ganas de comerse el mundo, los mahometanos emprendieron la Yihad o guerra santa, que se basaba en tres o cuatro ideas más elementales que el mecanismo de unas maracas del Caribe, aunque precisamente por eso, muy eficaces: los infieles debían convertirse o morir, el guerrero musulmán que palmaba en combate iba derecho al Paraíso, a ponerse hasta las trancas de dátiles y señoras guapas, etcétera. El éxito fue espectacular y la conquista imparable, y hacia el primer tercio del siglo VIII, más o menos, tres cuartas partes de las orillas del viejo Mare Nostrum (disculpen el chiste malo pero inevitable) ya no eran nostrum, sino suyum. Y se habrían zampado también la otra cuarta parte, sin despeinarse el turbante, de no haberse interpuesto dos percances serios. Uno fue Constantinopla, la capital de Bizancio, que resistió como gato panza arriba, deteniendo así el avance musulmán por Oriente. El otro percance tuvo lugar al otro extremo, en la actual Francia, cuando tras pasar los Pirineos los invasores islámicos fueron derrotados por Carlos Martel (un destacado noble y guerrero del reino franco) en la batalla de Poitiers, el año 732. Aquello estableció las fronteras entre el mundo cristiano y el musulmán, y situó a Europa en la verdadera Edad Media. Eso tuvo aspectos negativos y positivos, claro. Porque si es cierto que el Islam se adueñó del Mediterráneo, cuna del mundo grecolatino y luego cristiano, desplazando éste a la orilla norte, el viejo mar se convirtió también en lugar mestizo, escenario de sucesos bélicos, económicos y culturales que con el tiempo enriquecieron a ambas civilizaciones. Los nuevos amos se pasaron por el forro del asunto el derecho romano y las lenguas griega y latina, sustituyéndolos por la lengua árabe y la ley islámica, o sea, la religión pura y dura como norma social. Las mujeres quedaron sometidas y con el correspondiente velo (y ahí siguen ellas, catorce siglos después) y toda disidencia religiosa era castigada con la muerte. Pero también hubo aspectos muy positivos. Como señala el historiador Henri Pirenne, los pueblos vencidos estaban más civilizados que sus vencedores (había ocurrido lo mismo con los bárbaros y el imperio romano), y a éstos les vino eso de perlas, porque las influencias culturales persa, egipcia, siria y grecolatina enriquecieron la civilización árabe-musulmana, refinándola y dándole el calado que no tenía: arquitectura, pensamiento, ciencia, industria, comercio, se beneficiaron del mestizaje. Hay historiadores que, como el propio Pirenne, niegan una excesiva influencia del Islam en Europa, asegurando que ésta le debe poco; pero es que Pirenne era belga, y no nació junto a la mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada o la Aljafería de Zaragoza. Y, bueno. Lo que importa señalar es que ese desplazamiento del mundo cristiano hacia el centro y norte europeos dejó para varios siglos casi todo el Mediterráneo en manos islámicas; pero también contribuyó, por eso mismo, a que los reinos cristianos, aislados del resto del mundo, cuajaran en una personalidad orientada más allá del Rhin y hacia el mar del Norte, rebasando el antiguo limes, las fronteras del desaparecido imperio romano. Empezó así a formarse, aunque todavía en pañales, una nueva Europa cuya civilización (la que hoy todavía llamamos civilización occidental) llegaría a ser la más influyente del mundo. Todo eso iba a moverse en el siglo VIII en torno a un reino, el de los francos, donde el vencedor de Poitiers, ese Carlos Martel que en el año 732 dio a los musulmanes las suyas y las del pulpo, se había convertido en amo del cotarro. Y su nieto, llamado Carlomagno (introduzcan aquí sonar de trompetas medievales y galope de caballos), iba a dar mucho de qué hablar en el futuro. 

[Continuará]

21 de agosto de 2022

domingo, 14 de agosto de 2022

Ahora somos un país de genios

He dicho y escrito varias veces, en los treinta años que llevo firmando esta página, que si en España hubiese un juicio de Nuremberg sobre crímenes contra la Educación, o sea, un ajuste de cuentas con los responsables del disparate en que se han convertido nuestros colegios y universidades, faltarían sogas para ahorcar a tantos presidentes de gobierno, ministros y consejeros autonómicos del ramo que serían declarados culpables. Aunque echaran al asunto horas extras, los verdugos no iban a dar abasto. Y no me importaría aguantarles el cubata. 
 
Escribo hoy con extrema indignación, así que no intento ser ecuánime. Estoy encolerizado; y como la reparación es imposible –demasiado tarde para arreglar nada–, me gustaría al menos conseguir venganza: ver a esos golfos y analfabetos de distintas ideologías sentados ante un tribunal, con pinganillos en las orejas para traducción simultánea en todas las lenguas de España, incluidas el bable, la fabla y el panocho. Quisiera oír a un fiscal enumerar sus desmanes y describir el triste paisaje que dejan detrás, el futuro que aún pretenden volver más chato y mediocre, la sucia contumacia con que se empeñan, no en elevar el nivel de los alumnos hasta la excelencia, sino en rebajar el nivel de la excelencia hasta la mediocridad. En ponerlo a la misma altura que tienen sus pobres, venales, corruptas inteligencias. 
 
Resulta que ahora, según ellos –ese ellos incluye a muchas ellas– y gracias a su esfuerzo acumulativo de décadas psicopedagógicas, nos hemos convertido en un país de maravillosos genios. Los alumnos que dejan el bachillerato lo hacen ya con una nota media de 8 en toda España. Nadie suspende, el notable es fácil de alcanzar y el sobresaliente se ha hecho tan común que apenas llama la atención. Uno de cada cuatro chicos deja el cole con esa media. Sólo tres de cada cien acaban con una nota de 5 o 6 puntos: la mayor parte de los que se presentan a EBAU, antes Selectividad, llega con una media de notable o sobresaliente. En Andalucía, por ejemplo, noventa y nueve de cada cien alumnos; lo que convierte a los jóvenes andaluces –y también a los murcianos, asturianos, canarios y aragoneses– en los más brillantes de Europa, o casi. 
 
Para prolongar tan fascinante milagro en Bachillerato, la Selectividad ya no selecciona una puñetera mierda. Mientras que hace tres décadas aprobaban siete de cada diez alumnos, hoy ninguna autonomía española baja de nueve (País Vasco 98%, Castilla y León 97%, Aragón 96%…). Cosa lógica si consideramos que la idea repetida de nuestra chusma gobernante era y sigue siendo que nadie se quede atrás. Que todos los chicos, dicen, tengan las mismas oportunidades. ¿Quién puede oponerse a eso? Pero en vez de estimular al alumno que lo merece para que se mida con los mejores, dándole todas las oportunidades, lo que incentivan esos imbéciles es la indiferencia y el mínimo esfuerzo, penalizando a los que de verdad estudian y luchan por conseguir la excelencia; reventando a los mejores y premiando a los vagos y los mediocres. Y como, además, los criterios cambian según cada autonomía y no existe un patrón común, sino diecisiete que se hacen la competencia, cada vez es más complicado seleccionar a los buenos alumnos para los estudios más duros y competitivos, y muchos jóvenes brillantes se quedan fuera, asfixiados por el desmadre común. Con lo que el mérito del esfuerzo unido a la inteligencia, único ascensor social que permite a los chicos alcanzar con justicia lugares de excelencia, desaparece en favor de quienes poseen medios económicos para estudiar en el extranjero o en universidades privadas, o pagar másteres carísimos que los llevarán a los mejores puestos de trabajo en España y, si tienen suerte, fuera de ella. Élites, en fin, a las que otros jóvenes desilusionados, frustrados, en posesión de títulos y diplomas que no valen ni la tinta de quien los firma, quedan condenados a no acceder jamás. 
 
¿Cómo no encolerizarse ante un panorama que no tiene arreglo ni vuelta atrás? ¿Cómo no maldecir la ineptitud y cinismo de los gobernantes, la sumisión cobarde de centros escolares y universidades, la complicidad idiota de tantos padres, la hiperprotección que dejará a los chicos indefensos cuando la vida real llame a la puerta? ¿Cómo no desear que pague sus desmanes, aunque sólo sea con bofetadas dadas con la mano abierta, esa gentuza incompetente que, no satisfecha con vaciar de contenidos la educación escolar y universitaria, juega al aprendiz de brujo financiando su golfería y disparates con el dinero de nuestros impuestos? ¿Cómo tener hijos y no ciscarse cada día en la puta que parió a quienes los condenan a la mediocridad y el desengaño? 
 
14 de agosto de 2022

domingo, 7 de agosto de 2022

Una historia de Europa (XXXIV)

Desde el principio del cristianismo oficial, cuando aún se extendía éste por el imperio romano, hubo un detalle que acabó teniendo importantes consecuencias: peña que aspiraba a la salvación manteniéndose lejos de las tentaciones se retiraba a lugares aislados para vivir en soledad, meditación y oración. A esos margis se les llamó con el término griego monakos monos, o sea, monjes de toda la vida. Con el tiempo, muchos solitarios se fueron juntando en grupos y surgió la idea del monasterium (eso ya es latín), o lugar de convivencia donde un jefe electo, el abad, regía la comunidad. La primera idea de organizarse así la tuvo un fulano llamado Pacomio en el siglo IV, pero quien patentó en serio el asunto fue el abad Benito de Nursia, san Benito para los amigos, que fundó en Montecassino (Italia, año 543) el primer monasterio chachi de verdad. Nacía así un clero monástico sometido a los votos de pobreza, castidad y obediencia, dispuesto a realizar para sí y para el prójimo su ideal de existencia cristiana. Ora et labora, o sea. Reza y trabaja. Y fue un papa genial, Gregorio I el Grande, quien entre los siglos VI y VII supo ver el enorme potencial de una red de órdenes monásticas y monasterios puestos bajo su protección y sometidos a su autoridad: una franquicia de clérigos repartidos por una Europa donde se afirmaban nuevas monarquías a las que la Iglesia toreaba por los dos pitones en asuntos de influencia y poder. Todavía reciente el desparrame de las invasiones bárbaras, aquellos eran malos tiempos para todos; pero los papas estaban bien situados, pues los nuevos amos del cotarro habían respetado la mayor parte de sus posesiones. Ellos eran los únicos que tenían organización y recursos. Además, su clientela crecía con la evangelización de Irlanda, Inglaterra y las tierras más allá del Rhin. Y así, los tiempos oscuros del gran colapso acabaron alumbrando una Iglesia convertida en reina del mambo: principal fuerza política, social y económica de aquella nueva Europa, y también fuerza cultural, pues los restos de la tradición grecorromana que sobrevivieron al colapso imperial encontraron asilo y continuidad en la Iglesia y sus monasterios (lean el libro o vean la película El nombre de la rosa y se harán idea del ambiente). El caso es que aquellos papas, obispos y monjes se vieron en posesión, casi de chiripa y sin haberlo buscado, del monopolio de las ciencias. Como escribiría mil cuatrocientos años después el historiador Pirenne, sus escuelas, salvo raras excepciones, fueron las únicas escuelas; y sus libros, los únicos libros. De ese modo, los monasterios medievales salvaron lo que pudieron de la quema; y lo paradójico es que muchos de aquellos monjes ni siquiera eran cultos, o no demasiado. Tras la ducha fría del desastre, no todos en la Iglesia tenían la potencia intelectual de Isidoro de Sevilla (comienzos del siglo VII, más conocido por san Isidoro), cuyas Etimologías leemos hoy con placer y asombro. Su coetáneo el papa Gregorio I, por ejemplo, considerado uno de los mejor preparados de su época, escribía un latín cutre en sintaxis, gramática y vocabulario. Y se dio el caso de escribas de monasterio, amanuenses que copiaban textos antiguos (a la imprenta le quedaba un rato para ser inventada), que eran analfabetos de buena mano y se limitaban a reproducir con mucho arte y bonita caligrafía textos que eran incapaces de leer. Aun así, a pesar de que no siempre el alto y el bajo clero llevaban una vida ejemplar, fueron los monjes medievales quienes perpetuaron la tradición romana e impidieron, con su callado y admirable trabajo, que la Europa occidental (la oriental estaba de momento a salvo con el imperio bizantino) recayese en la barbarie. Y claro, fue a la Iglesia a quien las nuevas monarquías europeas, aún con el pelo bárbaro de la dehesa, recurrieron en busca de escribas, educadores, consejeros, cancilleres y otros altos cargos donde la cultura resultaba imprescindible. Uno de esos monarcas, decisivo para su tiempo, sería un rey de los francos llamado Carlos, más conocido por Carlomagno. De él hablaremos en su momento, pero antes registremos la aparición de alguien que, aunque no nació en Europa, iba a sacudirla como nadie desde las invasiones bárbaras: un camellero que en el siglo VII vivía en una ciudad de Arabia llamada La Meca, casado con una señora rica que le permitía tumbarse a la bartola y retirarse al desierto a meditar sus cosas. Y allí, por lo visto, se le apareció en sueños el arcángel Gabriel y le dijo que Dios le encargaba predicar una nueva religión. El caso es que, hacia el año 622, aquel elemento se puso en serio a la faena. Y ya ven ustedes. En el siglo XXI, o sea ahora mismo, aún sigue la cosa. El nombre lo habrán adivinado, claro. Se llamaba Muhammad y lo conocemos por Mahoma. 
 
[Continuará]. 
 
7 de agosto de 2022

domingo, 31 de julio de 2022

La noche en la que volvió a fumar

El médico era un viejo amigo y no le anduvo con paños calientes. Te quedan seis meses, dijo. Sé que no enciendes un cigarrillo desde hace veinticinco años y que has procurado llevar una existencia sana, pero te ha tocado. De todas formas, quien no se consuela es porque no quiere: la tuya no ha sido una mala vida, cumpliste los setenta, tus hijos se ganan la vida y a tu perrita Penélope tuviste que sacrificarla por vieja hace diez meses. No dejas nada detrás, así que puedes liar el petate sin dramatismos. Ordena tus asuntos y tómalo con calma. Los cuidados paliativos ayudan mucho. 

Decidió, en efecto, tomárselo con calma. Regaló libros a los amigos más queridos, llevó flores a la tumba de su mujer, pasó un fin de semana con sus hijos, nueras y nietos. De lo otro no dijo nada a nadie. En cuanto al futuro inmediato, hizo averiguaciones. Conservaba contactos de su antiguo trabajo, así que fue fácil reunir información: lugar, día, hora y circunstancias. En determinados ambientes, ciertas cosas eran secretos a voces. Por fin obtuvo los detalles necesarios. Sonreía al anotarlo y planearlo todo: una sonrisa de lobo cansado, dispuesto a morder no por hambre, sino por placer. Por darse el gusto. Durante esos días comprendió muchas cosas, incluida la verdadera libertad, que es la de quien nada espera. Un recuerdo escolar acabó por llevarlo a la vieja Eneida que conservaba desde que la tradujo de jovencito. Abrió el libro y allí estaba el párrafo subrayado cincuenta y cinco años atrás: Una salus victis nullam sperare salutem. La única salvación de los vencidos es no esperar salvación alguna. Arrancó la página y se la metió en un bolsillo. 

El día señalado, temprano, fue a la armería y compró cuatro cajas de cartuchos de postas del calibre 12. De vuelta a casa estuvo aceitando las dos escopetas y cambiándoles el cargador convencional por otro más largo –no era cazador y odiaba matar animales, pero vivía en un chalet de las afueras y siempre le pareció oportuno tomar precauciones–. Cuando estuvieron listas, cargó las escopetas, que eran una Remington y una Mossberg, ambas de corredera: seis cartuchos en cada cargador y uno en las recámaras. Después sacó del armario, envuelta en trapos aceitados, la pistola Astra del 9 largo que su padre había usado en la Guerra Civil, con el cargador largo de 16 balas, a las que añadió una en la recámara. Lo metió todo en una bolsa, hizo una comida ligera y durmió dos horas y media de siesta. 

Condujo al anochecer hasta el lugar señalado, que era un almacén casi en ruinas en una barriada marginal. Detuvo el coche, apagó las luces y aguardó con un termo de café. La información era exacta y los vio llegar poco a poco. Casi todos eran hombres, y sólo dos o tres mujeres. Varios tenían aspecto peligroso y se había informado bien sobre ellos: posiblemente alguno fuera armado. Aguardó en la oscuridad hasta que consideró llegado el momento, y entonces se metió la pistola en el cinturón, se colgó una escopeta al hombro, empuñó la otra después de quitarle el seguro a las tres armas y con paso tranquilo se dirigió al almacén. 

Disparó primero a los que estaban de guardia en la puerta. Un sólo taponazo de postas a bocajarro los reventó a los dos. Cruzó el umbral y vio, en el interior, a una treintena de personas en torno al círculo de arena donde dos perros se mataban a dentelladas entre gritos de entusiasmo e intercambio de apuestas por parte de los espectadores. Había una mujer con un manojo de billetes arrugados en alto, animando el espectáculo. Le disparó primero a ella y a los que estaban cerca –el desparrame de la andanada de postas resultó devastador–, y luego, accionando la corredera, disparó los otros cuatro cartuchos a mansalva, moviendo el arma en semicírculo. Tiró la escopeta vacía, se descolgó la otra y repitió la operación sobre los que huían despavoridos: con seis disparos alcanzó a muchos por la espalda, y el último cartucho lo empleó en arrancarle media cabeza a un fulano que había sacado una pistola. Luego dejó caer la segunda y ya inútil escopeta, empuñó la Astra y se paseó por la escabechina rematando a los heridos que gemían y se arrastraban en charcos de sangre. También, entristecido, tuvo que sacrificar a los dos perros, que habían sido alcanzados en el tiroteo. Con una última mirada hizo balance: dieciséis muertos no era una mala cifra. Se habría dado por satisfecho con menos. 

Salió a respirar el aire de la noche. Nunca en su vida se había sentido tan aliviado, tan bien. Tan en orden con la vida y la muerte. Estuvo un momento inmóvil ante la puerta del almacén, disfrutando de la sensación. Al cabo sacó un paquete de tabaco, encendió un cigarrillo, el primero en veinticinco años, y aspiró el humo con deleite mientras escuchaba acercarse las sirenas de la policía. 

 31 de julio de 2022

domingo, 24 de julio de 2022

Una historia de Europa (XXXIII)

No hagamos caso a los manipuladores, a los ignorantes ni a los simples. Da igual ser creyente o no serlo: sin el cristianismo, primero, y la Iglesia católica, después, resulta imposible comprender la Edad Media y el nacimiento de la futura Europa. Se trata de un hecho histórico que los europeos del siglo XXI debemos asumir con naturalidad, tanto en lo bueno, que fue mucho, como en lo malo, que no fue poco. Ya entre los siglos V y VI después de Cristo, el proceso estaba siendo complejo y azaroso, aunque imparable. El derrumbe del imperio romano apenas perjudicó a la Iglesia, que además de adaptarse a lo nuevo supo beneficiarse de ello. Fin del imperium político, comienzo de la auctoritas religiosa: había nacido una estrella, y estaba allí para quedarse. Empezó con una crucifixión en Palestina, siguió con persecuciones y catacumbas, se hizo oficial bajo Constantino el Grande y estuvo a punto de caramelo con la conversión de los jefes bárbaros y sus respectivas tribus. Y ahora, en el desmadre general, crecían el prestigio social y la influencia de los obispos de Roma. De una parte, por dos veces habían evitado, con arte y mojarra, el saqueo de la ciudad, tanto por parte de los hunos de Atila (año 452) como por los vándalos de Genserico (455), y eso les daba una imagen popular extraordinaria: la gente se los comía a besos por la calle. Además, los obispatas romanos tenían una carta en la manga que les daba ventaja sobre el resto de colegas de otros lugares: allí estaba la tumba del apóstol y mártir San Pedro, a quien el propio Jesucristo, en plan compadre pescador de Galilea, había llamado piedra fundacional de su Iglesia (Tu es Petrus, etcétera). Por eso, pese a la competencia de fulanos de postín como Ambrosio, obispo de Milán, y otros rivales de Alejandría, Jerusalén, Antioquía y Constantinopla (muy mimados éstos por los emperadores bizantinos), los de Roma fueron haciéndose los gallos del corral y acabaron llamándose papas. Su mejor baza fue que, a medida que la extensión del cristianismo suscitaba disidencias y herejías entre los ideólogos del gremio, convirtiendo el asunto en una jaula de grillos donde opinaba todo hijo de vecino (y menos mal que aún no existía Twitter), los obispos romanos tuvieron el detalle de convertir la ciudad en sede de reuniones de una especie de comités de expertos que analizaban las disputas teológicas. Esas reuniones se llamaron concilia, o sea, concilios. Y como Jesucristo había dicho sed hermanos pero no había dicho sed primos, sus organizadores (que eran los que soltaban la viruta, dietas incluidas) procuraban barrer para casa. Y así, tacita a tacita, el prestigio y la influencia de Roma crecieron hasta convertir al papa de turno en pontifex maximus. O sea, en árbitro de la cristiandad. Pero es que, para completar la jugada, las familias con posibles, o sea, la nueva aristocracia romano-bárbara o como queramos llamarla, empezó a meter a sus criaturas en la carrera eclesiástica, que ofrecía seguridad, influencia y futuro. Eso ocurrió en toda Europa, favorecido por la cristianización no sólo de las élites, sino de la sociedad en general. Los esclavos seguían siendo esclavos y los pobres seguían siendo pobres a pesar del buen rollito de la igualdad fraterna y otros camelos; y ahí se introdujo una jugada maestra de las clases superiores, al patentar éstas un invento que iba a dar juego durante los doce o catorce siglos siguientes: lo que podríamos llamar caridad aristocrática. Una nueva forma de dominio social que relacionaba de arriba abajo las clases dominantes civiles y religiosas, bien avenidas entre ellas, con las masas de creyentes a los que se imponía, a cambio de la vida eterna y otros premios espirituales y materiales, la sumisión al poder político y religioso, así como la renuncia a los placeres sexuales (idea recuperada de algunos filósofos griegos) como nueva moral. Pero cuidado: tampoco es que las autoridades políticas y las religiosas anduvieran dándose besos con lengua. Las tensiones eran muchas, pues cada cual iba a lo suyo. Ahí se pusieron al tajo mentes brillantes para ver quién se llevaba el gato al agua, pero la Iglesia estaba mejor dotada y metía goles hasta de chilena: San Agustín, San Ambrosio, los papas Gelasio I y Gregorio el Grande, así como otros secundarios de tronío, pulieron la óptica para enfocar el asunto. Y el resultado fue la famosa teoría de las dos espadas, resumible en que había en la tierra dos grandes poderes, uno espiritual y otro temporal: los reyes y los papas, vale, de acuerdo. Pero, por designio de Dios, los reyes debían estar sometidos a los papas. O sea, que donde había patrón no mandaba marinero. Y aunque ahora parezca absurdo, en aquel momento no fue ninguna tontería, sino todo lo contrario. Durante muchísimo tiempo, la historia de Europa iba a decidirse en torno a eso. 
 
[Continuará]. 
 
24 de julio de 2022

domingo, 17 de julio de 2022

Un gazapo de Joseph Conrad

Si ustedes escriben novelas, o lo que sea, les habrá pasado alguna vez. A mí me pasa. Revisas cien veces un texto, corriges, lo entregas, y cuando te lo echas impreso a la cara, en la primera página que abres salta el gazapo. No digo erratas, que también (los editores certifican que este texto no contiene ninguna errita), sino metidas de gamba: planchazos que a veces te hacen decir tierra trágame o mátame camión, como se dice ahora. Lo sé desde mi primera novela, cuando planté eucaliptos en España casi un siglo antes de que los hubiera, y desde entonces colecciono, como cualquiera que le dé a la tecla. Además, siempre hay lectores que saben más, y nunca falta el cabroncete que te da con el codo y dice: en ésta lo he pillado, amigo. Y tú te lo zampas, estoico, y das las gracias aunque te cisques por dentro en sus muertos. Y lo corriges en la segunda edición. 
 
Por suerte hay consuelos que alivian, y acabo de encontrar uno. Estaba el otro día leyendo El pirata de Joseph Conrad, que en inglés se titula The Rover, y por cuestión de trabajo, buscando un efecto útil para algo en lo que trabajaba, advertí que en las primeras líneas, refiriéndose al acto de fondear un barco, la edición española hablaba de el cable del ancla mientras que la inglesa –la primera edición de ese libro, una de las que tengo– mencionaba the chain, la cadena. Me sorprendió, porque una cosa es la maroma o cabo grueso (cable en español y cable en inglés) con el que antiguamente se sujetaba el ancla, y otra es la cadena (chain) que los barcos modernos utilizan desde mediados del siglo XIX. 
 
Ahí había un pequeño misterio literario, y me picó la curiosidad. Por fortuna, la sección conradiana de mi biblioteca es razonable –cada cual tiene sus amores, y Conrad es uno de los míos–, así que acudí a una edición francesa (El pirata se tituló allí Le frère-de-la-Côte, o sea, El hermano de la Costa) y comprobé que estaba traducido como cable, término marino idéntico en español, inglés y francés. También vi que en la traducción italiana (L’avventuriero) figuraba càvo, cable. Pero es que luego, comprobando otra edición española, lo vi traducido por cadena. Y para aumentar mi perplejidad, en el volumen correspondiente a la segunda edición de las obras completas en inglés, la de Gresham Publishing, el chain de la primera edición también se había convertido en cable
 
A esas alturas yo tenía la cadena y el cable hechos un lío. Así que me puse a buscar y rebuscar, no en novelas de Conrad, sino en libros sobre él: biografías, companions y otros etcéteras. Y al fin, con un chute de entusiasmo, lo encontré en su Correspondencia y lo confirmé en las notas a la edición francesa de la Pléiade. En una carta a su amigo Arnold Bennett fechada un año antes de su muerte, en 1923, el autor confesó un terrible anacronismo en las veinte primeras líneas de El pirata. Y el anacronismo consistió en que en la época donde transcurre el relato, 1796, las anclas todavía llevaban cable, no cadena. El propio Conrad lo contó así: Dos semanas después de la publicación abrí el libro. Y no puede usted imaginar el estremecimiento que ese ruido de cadena me produjo. ¡Me habría arrancado los cabellos! Y ahora debo resignarme a llevar esa cadena al cuello hasta el fin de mis días
 
Quedaba así resuelto el misterio. A Joseph Conrad, que fue marino profesional antes de convertirse en novelista y había oído centenares de veces el estruendo de la cadena del ancla al correr durante el fondeo, se le había colado la costumbre en forma de gazapo en la escritura. Por eso figuraba en la primera edición y no en las posteriores, donde ya fue corregida; y por eso, también, figuró cadena en las ediciones españolas que fueron traducidas directamente de la primera edición inglesa. Fin del asunto. 
 
Y, bueno. Ignoro si les habrá interesado esta historia, pero a quien practique el oficio de teclear historias sí interesará y consolará. Es mucha, por supuesto, la distancia que va de Conrad a lo que algunos hacemos; pero cualquiera que escriba de modo profesional se habrá visto en una de ésas, o en varias, y sabe a qué me refiero. En lo que a mí respecta, después de 35 años escribiendo novelas acumulo tantos gazapos como cualquiera. Por eso, enterarme de que el mismísimo Conrad estuvo a punto de arrancarse los cabellos a causa de uno, me tranquiliza mucho. Cada Titanic tiene su iceberg. Y en materia de meter la pata, todos los escritores, grandes o pequeños, somos verdaderos hermanos de la Costa. 
 
17 de julio de 2022

domingo, 10 de julio de 2022

Una historia de Europa (XXXII)

Había empezado la edad de las tinieblas, o eso se diría de la primera Edad Media durante mucho tiempo. Aunque, vista desde dentro, esas tinieblas no eran tantas. A principios del siglo V después de Cristo, quienes vivían en Europa despertaban cada día bajo la luz del sol y conocían bien su mundo. Lo que pasa es que la destrucción del imperio romano arrastró con él, entre otras cosas, las grandes fuentes escritas y los testimonios que daban fe de la época. Simplificando la cosa (que la detallen los historiadores serios, que para eso están), a los fulanos semianalfabetos o analfabetos del todo, vestidos con pieles y ropas rústicas, con ganas de comerse cuanto los romanos habían disfrutado durante siglos, les importaba un plátano frito una escultura del viejo Fidias, un poema de Horacio o que sus hijos aprendieran Historia en el cole. Lo urgente era comer, calentarse en invierno y procrear. No estaba el tiempo para tonterías. Los nuevos dueños del cotarro dedicaron su escaso tiempo (solían vivir poco, porque eran muy brutos y se descuartizaban entre ellos) a cosas prácticas como obtener poder, riqueza, esclavos, señoras o señores guapos y territorios que dominar. Las antiguas familias romanas que pudieron hacerlo conservaron la memoria gatopardesca del ilustre pasado (la Iglesia católica fue decisiva en el asunto, y de eso hablaremos cuando toque); pero aquellos que habían soportado en sus vidas y posesiones los excesos y estragos del imperio extinguido, o simplemente quienes necesitaban buscarse los garbanzos, daban palmas con las orejas y se apuntaban en masa a lo nuevo, como suele ocurrir, dejándose el pelo largo y usando calzones en vez de túnicas, cosa que antes no se permitía ni a los esclavos. Yo soy bárbaro de toda la vida, decían los hijoputas. Pero, bueno. Indumentaria aparte, lo importante es que los recién llegados traían ideas, costumbres y maneras que cambiaron mucho el paisaje, con el valor añadido de que hubo una fragmentación administrativa que hizo florecer infinidad de núcleos urbanos independientes que fueron creciendo con el tiempo. O sea, que eso de que las invasiones bárbaras ocasionaron una crisis general de la inteligencia es un cuento chino. Lo que ocurrió fue que la inteligencia, que siempre la hubo, se aplicó a otros menesteres prácticos. Y mientras la parte oriental del antiguo imperio, la griega o bizantina, se convertía (con grandes emperadores como Justiniano) en depositaria de la tradición cultural clásica, en la parte occidental empezó a dibujarse, aunque todavía despacito, un panorama diferente. Ocurrió en Italia, en Hispania, en Britania y en la Galia, que son los sitios que ahora nos interesan. Los britanos, ya por entonces a su rollo, recuperaron las antiguas culturas locales que habían sido arrinconadas por los romanos más allá del muro de Adriano. En Italia, un godo llamado Teodorico, aunque destruyó casi todo el sistema administrativo antiguo, mantuvo lo suficiente para una especie de reino local que, al menos, salvó los muebles. En la vieja Hispania se asentaron los todavía brutales visigodos, refinándose lo justo (reyes y nobles se escabechaban entre sí para no perder sus simpáticas costumbres), y el rey Leovigildo estaba cerca de dictar, o recopilar de los antecesores, romanos incluidos, trescientas y pico leyes que más tarde se agruparían en el importante Liber judiciorum. Pero lo más decisivo de ese momento resultó ser el reino germano de los francos, instalado en la antigua Galia romana. El rey de entonces se llamaba Clodoveo, pertenecía a la dinastía merovingia, vivió en la bisagra entre el siglo V y el VI, y le gustaba más la guerra y el poder que a un político salir en el telediario. Y además, era listo de cojones. Aunque pagano de los de Thor, Odín, las valkirias y todo eso (andaba todavía en los errores de su idolatría, dicen las Crónicas de San Denís), estaba casado con una chica llamada Clotilde, cristiana devota. Y ella, que como suele ocurrir era más lista que él, le comió el tarro con las ventajas de olvidar chorradas teutónicas e ir a lo práctico. Lo práctico se llamaba obispo de Tours (intelectual de la época, dentro de lo que cabe), capaz de presentar a Clodoveo ante sus feligreses no como invasor bárbaro, sino como rey aprobado por Dios y heredero de la parte salvable de las tradiciones romanas. De manera que, como el emperador Constantino (el de In hoc signo vinces) dos siglos atrás, el rey de los francos vio con claridad las ventajas del asunto. El día de Navidad del año 508, Clodoveo (Clovis para su señora y los amigos) se bautizó e instaló la residencia oficial en el París de la futura Francia. Poquito a poco, la Europa que hoy conocemos empezaba a tomar forma, que ya iba siendo hora. Así que no se pierdan ustedes los próximos episodios de tan apasionante historia. 
 
[Continuará]
 
10 de julio de 2022

domingo, 3 de julio de 2022

Miccionando, que es gerundio

Estoy hasta la bisectriz de que en todas las campañas a favor de los abueletes –entre los que, a mis 70 tacos de almanaque, sin duda me cuento– para facilitar su vida en el mundo moderno, o sea, cajeros electrónicos, atención personalizada, viajes del Imserso y otros etcéteras, nadie mencione los urinarios públicos. Me refiero a los de bares, restaurantes, aparcamientos y demás. Cierto es que las señoras, por razones evidentes, lo tienen todavía peor. Pruebe usted si no, caballero, a tener que usar los servicios como ellas, o sea: a hacer pipí entre juegos de contorsionismo en lugares que no siempre son los chorros del oro, encaramadas como pueden con el abrigo en una mano, el bolso en la otra, y allá a su frente, Estambul. Los varones lo tenemos más fácil; aunque, como digo, en los últimos tiempos las cosas se ponen cuesta arriba. Y no sólo para los de edad provecta como el arriba firmante, sino también para los bajitos. Y los niños. Y si me lo permiten los talibanes y talibanas de la lengua y el lenguo, para los enanos. 
 
Vamos a los antecedentes. Yo mido 1,78 –o medía, pues con la edad encoges como la ropa lavada con agua caliente– y nunca tuve problemas a la hora de manipular mi bragueta en lugares así. Llegabas, te ponías en posición de combate ante el recipiente de porcelana adosado a la pared, y en menos de un minuto quedaba todo resuelto. Es cierto que a estas alturas de la edad, con las cosas de la próstata y demás, un pavo de mi quinta, e incluso más joven, debe andarse con cuidado, porque la potencia del chorrito ya no es la que era. 
 
Aquellos tiempos en que al salir del cole competías con los amigos a ver quién alcanzaba más quedan demasiado lejos. Ahora la potencia impulsora se reduce mucho, las últimas gotitas pueden jugar malas pasadas, y si no eres cauto puedes acabar con llamativas humedades en el pantalón. Que, no importa a qué edad, quedan feas. Pero es que, además, a ese molesto inconveniente hay que añadir la altura monstruosa a que algunos sádicos arquitectos, diseñadores cachondos o fontaneros hijos de la gran puta sitúan los urinarios masculinos. Es cierto que las jóvenes generaciones tienen estaturas más elevadas que las precedentes, y para ellos casi no hay problema. Pero, por favor, un poquito de consideración. Los veteranos de las precedentes seguimos vivos todavía. Y coleando. 
 
El caso es que, como en los últimos tiempos y por inevitables razones de edad soy más asiduo visitante de tales lugares, he tenido ocasión de fijarme y acumular fascinantes experiencias. En lo personal, con ponerme de puntillas suelo apañar el asunto, aunque cada vez me lo ponen más arriba y más difícil. Pero les juro por el mingitorio de R. Mutt que en esos lugares he visto arder naves más allá de Orión: fulanos de corta estatura que tras inútiles intentos acaban, resignados, dirigiendo el chorro hacia el suelo bajo el recipiente, incapaces de encestar como es debido; ciudadanos desesperados al comprobar que les salpica en los zapatos; padres abnegados que, sosteniendo al niño en brazos con una mano, intentan con la otra dirigirle el pitorro en la dirección adecuada… Incluso, no hace mucho, vi a un caballero de corta estatura y bien vestido que, tras intentarlo varias veces mientras blasfemaba entre dientes, acabó aliviándose en el cubo de fregar del personal de la limpieza, que estaba cerca. «Que se jodan», dijo al irse, dejando algo confusa la identidad del destinatario. 
 
Pero es que encima de todo eso, y para mayor recochineo, hace tiempo que se eliminan aquellos paneles que, antes, separaban un mingitorio de otro preservando la intimidad y el decoro del actuante. Ya no los ponen, supongo que para ahorrar. Ahora nos colocan sin nada de por medio; de modo que cuando estás en plena operación puedes atisbar de reojo cómo tus compañeros de infortunio, pegados a ti hombro con hombro, hacen virguerías para dirigir el cauce como es debido. La parte positiva es que eso crea complicidades solidarias y hasta lazos afectivos: una vez cumplidos los 60, nada une tanto a dos tíos como intercambiar miradas de comprensión desolada mientras asisten a los esfuerzos de cada cual por situar el asunto a la altura necesaria. Hasta puede ocurrirles lo que a mí, cuando un vecino de epopeya se volvió a mirarme, exclamó: «coño, si es Pérez-Reverte» y extendió la diestra que tenía libre para estrechar la mía. Y, bueno. A ver qué podía yo hacer. Así que allí nos dimos los dos la mano, de puntillas, hermanados en la desdicha. 
 
3 de julio de 2022

domingo, 26 de junio de 2022

Una historia de Europa (XXXI)

A mediados del siglo V, Roma terminó yéndose al carajo. Primero en su forma monárquica, luego en la republicana y finalmente en la imperial, la otrora dueña del mundo europeo y mediterráneo había estado muchas veces al borde del abismo; pero siempre tuvo hombres excepcionales (César, Augusto, Vespasiano, Diocleciano y varios más) que la habían salvado o impulsado de algún modo. Ahora, sin embargo, el tiempo de los grandes personajes ya era pretérito pluscuamperfecto. Incluso a un emperador, Valente, lo habían matado los godos al destrozar su ejército en la batalla de Adrianópolis (escabechina ocurrida finales del siglo IV). El caso es que cuando la noche del 31 de diciembre del año 406 (bonita fecha) contingentes de guerreros suevos, vándalos y alanos cruzaron el Rhin para desparramarse por el oeste de Europa y llegar a Hispania, los emperadores y generales romanos estaban más ocupados en asegurar sus parcelas de poder que en defender las fronteras; y el imperio, despoblado y arruinado, era un caos. Los mismos ciudadanos habrían terminado liquidando aquello por hambre y desesperación; pero no les dio tiempo, pues fueron los bárbaros (recordemos que eso sólo significaba al principio extranjero), en su mayor parte tribus germánicas, quienes hicieron el trabajo guarro. Además, unos empujaban a otros. Llegaban los hunos, por ejemplo, que eran más bien asiáticos, a dar por saco a los godos. Y éstos, para alejarse de la amenaza, se movían hacia el oeste, que era la parte floja. Y así, obligados o con ganas, avanzaban los bárbaros dentro del Imperio Romano, aprovechando en muchas ocasiones que ellos mismos ya formaban parte de él en plan mercenario, pues Roma les confiaba la custodia de las fronteras (Bella gerant alii, había escrito el poeta Ovidio: en traducción libre, que la guerra la haga su puta madre). De ese modo, el panorama europeo fue cambiando con relativa rapidez. Dos de aquellas tribus germánicas, los anglos y los sajones, acabaron por invadir Bretaña y los romanos se largaron de allí ciscando virutas. Mientras tanto, los vándalos se habían metido en la Galia y pasado los Pirineos para saquear Hispania antes de irse al norte de África, que ya era llegar lejos; pero es que tras ellos llegaba repartiendo estopa la tribu de los francos, que al establecerse en la Galia dio a ésta el nombre con que la conocemos hoy. En cuanto a los godos de los que antes hablamos (los que se habían cargado a Valente en Adrianópolis), inventaron el turismo de masas invadiendo el norte de Italia, que saquearon e incendiaron más a gusto que un arbusto. De este desparrame sólo quedó a salvo la parte oriental del imperio, que tenía su capital en Constantinopla (antes llamada Bizancio) y se convirtió en depositaria del legado cultural y político de lo que habían sido Grecia y Roma, mientras los invasores hacían picadillo Europa occidental. Uno de ellos, visigodo y cristiano por más señas, era un antiguo militar romano, o bárbaro romanizado, que respondía al simpático nombre de Alarico, al que podríamos considerar primer rey godo digno de ese nombre, o precursor de los más tarde monarcas medievales. Harto de que un emperador llamado Honorio incumpliera promesas y le diera largas, el tal Alarico empleó sus conocimientos profesionales para dirigirse a Roma con un ejército de los suyos, reforzado por antiguos esclavos y romanos cabreados que se le juntaban. Y así, por la cara, entró en Roma el año 410 después de Cristo. Sus tropas saquearon buenamente lo que pudieron, pero ojo al dato: como Alarico era cristiano bautizado, las basílicas de San Pedro y San Pablo y los principales bienes de la Iglesia fueron respetados, dentro de lo que cabe. En aquel desmadre, el poder de los obispos de Roma, ya conocidos como papas, era lo único sólido en lo que iba quedando del imperio; así que la cristianización de los invasores, iniciada en el siglo IV, puso relativamente a salvo a la Iglesia, sentando el fundamento religioso de monarquías romano-germanas que con el tiempo se convertirían en los reinos medievales europeos. A la Italia imperial le quedaban dos telediarios; pero, más que una invasión en regla, lo que ocurrió allí fue que los contingentes bárbaros al servicio de Roma acabaron adueñándose del poder. En el año 476, el último emperador, un niño de 14 primaveras irónicamente llamado (con poca vista o mala leche por parte de sus papás) Rómulo Augústulo, fue destituido por un señor de la guerra llamado Odoacro. Día más o día menos, desde su fundación (Ab urbe condita, Tito Livio) en el siglo V antes de Cristo, Roma había durado la friolera de 1229 años. Y lo que fue o fuimos, pues éramos parte de ella, condiciona todavía hoy nuestra cultura, nuestra inteligencia y nuestras vidas. 

[Continuará]

26 de junio de 2022

domingo, 19 de junio de 2022

El hombre que se burlaba de sí mismo

No era guapo ni apuesto, y tenía el rostro tan devastado como un paisaje lunar. Tampoco se creía los personajes que interpretaba en la pantalla, siempre en películas cutres, o sea, de escaso presupuesto; de las que ahora llamamos serie B. Lo vi muchas veces en el cine, de jovencito, en aquellos tiempos felices de programa doble en los que uno se lo tragaba todo. Me era simpático ese fulano que daba puñetazos sonriendo y siempre parecía burlarse de su propio personaje. Y ahora, con el tiempo, comprendo por qué. Eran películas tan malas que eso mismo acabó convirtiéndolas en obras de arte. Sólo recuerdo haberlo pasado tan bien viendo las pelis mexicanas del luchador Santo, el Enmascarado de Plata. O con aquella obra maestra de lo cutre –Charros contra gángsters, creo recordar que se llamaba– en la que una banda de mariachis vestidos como tales se enfrentaba a otra banda estilo Chicago, y se mataban con ametralladoras mientras por las calles caminaban transeúntes y circulaban los automóviles con toda normalidad, y al apoyarse en una pared ésta se movía porque era un decorado de cartón. 

En las películas de Eddie Constantine no se llegaba a tanto, pero casi. Encarnaba a tipos duros, agentes secretos y detectives de novela negra, y para mí su imagen está vinculada en especial a uno de ellos, el agente del FBI Lemmy Caution, basado en las novelas de Peter Cheyney. El amigo Constantine –si no lo conocen, busquen su imagen en internet y vean la cara que tenía– encarnó a Lemmy Caution en varias películas. Todas eran infames; pero una de ellas, Lemmy contra Alphaville, fue dirigida por Jean-Luc Godard. Como narración cinematográfica, la de Godard es un coñazo futurista insufrible; pero tiene virtudes que la convirtieron en obra de culto de su época, con un éxito extraordinario y una notable influencia posterior, hasta el punto de que pueden rastrearse sus huellas incluso en la magnífica Blade Runner, de Ridley Scott. 

De cualquier modo, dejando aparte Alphaville, las otras películas en las que Eddie Constantine encarnó a Lemmy Caution son, como digo, deliciosamente malas. No es ya que rocen el disparate, sino que incurren gozosamente en él. Y el puntito reside justo en eso, porque no se trata de parodias tipo Superagente 86 de un género que entonces apenas existía –en realidad, los cinematográficos James Bond, OSS 117, Harry Palmer, Derek Flint y Matt Helm, entre otros, se inspiraron en cierto modo en él–, sino de películas rodadas en serio, interpretadas en serio, pero en las que todo el rato intuimos al protagonista, que nunca deja de ser Lemmy Constantine o Eddie Caution, choteándose de sí mismo mientras actúa casi guiñándole un ojo al espectador. Es como una precuela de parodia antes de que se produjeran las parodias, o la exposición de un personaje que en su propia esencia lleva un mentís sobre sí mismo: una suerte de no os creáis lo que estáis viendo, y disfrutad con ello. Por eso, cómplice, se lo perdonas todo: que sonría mientras da y recibe puñetazos, que se comporte como un canalla, que se emborrache con chulería o que en casi todas las películas abofetee a una mujer, o a más de una, tras decirles como respuesta a si tiene fuego para encenderles el cigarrillo: «He viajado nueve mil kilómetros para dártelo». 

Tengo casi todas las novelas de Lemmy Caution, heredadas de la biblioteca de una abuela que era lectora voraz de esa literatura policíaca que ahora a los cursis les ha dado por llamar noir. A veces las releo, disfrutándolas como si fuese la primera vez, y suelo combinar su lectura con alguna de las películas. Lamentablemente las tengo casi todas en francés, pues creo que, salvo Alphaville, ninguna de las otras se encuentran con facilidad dobladas o subtituladas. Sé que en YouTube puede verse Pasaporte falso doblada al italiano (Lemmy pour les dames), y en Netflix Agente federal en Roma (Vous pigez?) e Incógnito, subtituladas en español. Quizá buscando mejor se encuentren más. El caso es que, aunque sólo sea por ver su careto, recomiendo a quien no lo conozca que eche un vistazo a alguno de los fascinantes disparates que Eddie Constantine rodó encarnando a Lemmy Caution. Al menos una vez, si pueden, óiganlo decir, con su gesto de tipo duro marcado por cicatrices, serio pero con un brillo de guasa incrédula en los ojos, cosas como «Siempre es así, nunca entiendes nada. Y una noche, mueres sin entender nada». O aquella otra frase, mi favorita de él, que sólo se disfruta de verdad viendo la cara con que la dice: «Tengo miedo a la muerte. Pero para un humilde agente secreto, la muerte es algo tan habitual como el whisky. Y llevo bebiendo toda mi vida». 

19 de junio de 2022

domingo, 12 de junio de 2022

Una historia de Europa (XXX)

El único emperador romano del siglo IV en el que todavía vale la pena detenerse se llamó Constantino, y fue importante por varios motivos. El principal es que, sin ser cristiano (no se convirtió oficialmente hasta que estuvo en el lecho de muerte), fue el primero que vio las ventajas de unir aquella nueva religión a su política. Andaba el hombre en plena guerra civil con otros emperadores (recordemos que Roma era para entonces un desmadre imperial) cuando tuvo la inspiración, que él atribuyó a un sueño donde se le apareció Jesús, de combatir bajo el signo cristiano y ganar así la batalla de Puente Milvio a su enemigo Majencio. Hay quien atribuye el asunto a la influencia de su madre, que se llamaba Helena y era cristiana y bastante beata; pero la razón real fue que los cristianos habían crecido (ya eran seis millones y medio en esa época) hasta convertirse en un verdadero poder, y podían ser un pegamento adecuado para unir el imperio, que a esas alturas estaba fragmentado entre la zona de oriente y la de occidente. Así que Constantino empezó a comerse el pico con los papas y los obispos de entonces: a Silvestre I le regaló un palacio donde hoy está San Juan de Letrán y construyó una basílica en la colina del Vaticano, donde habían crucificado a San Pedro. Pero el verdadero golpe de efecto fue el llamado Edicto de Milán, que dio libertad de culto a todas las religiones pero benefició en especial a la que estaba de moda, que era la cristiana; a la que además se devolvieron todos los bienes confiscados por los anteriores emperadores, lo que no era ninguna tontería. Aún tardó el cristianismo medio siglo, ya con el emperador Teodosio, en convertirse en religión del imperio (año 380, Edicto de Tesalónica), pero el nuevo rumbo estaba claro. Desde entonces, cercanos al poder oficial y crecidos en el suyo propio, los jefes cristianos, o sea, los papas y obispos, a cambio de garantizar la lealtad de sus feligreses y controlarlos como Dios mandaba, influyeron cada vez más en la política general, con una íntima relación iglesia-estado que habría de tener toda clase de consecuencias para Europa y el mundo (una relación, o injerencia, que se prolongaría durante dieciséis siglos y que todavía hoy colea de vez en cuando). De cualquier modo, como prueba de lo que es la hijoputez humana (cristiana y no cristiana) es que, apenas instaurada oficialmente la nueva religión, sus dirigentes empezaron a machacar a la competencia azuzando a sus fieles contra los paganos, destruyendo templos, derribando estatuas y asesinando a sacerdotes rivales. Y ya en la temprana fecha de 324, sólo diez años después de su puesta de largo, los obispos ordenaron la destrucción del Logoi katá kristianón (Discursos contra los cristianos) del filósofo neoplatónico Porfirio y de cuantas obras de éste y otros autores consideraron heréticas. El hecho de que el tal Porfirio fuese un cabrón venenoso que había alentado las persecuciones en tiempos de Diocleciano, aunque explica el asunto, es lo de menos: lo interesante es que se consagró así la molesta costumbre de prohibir y quemar libros adversos (y a ser posible, también a los autores) que durante muchos siglos la iglesia cristiana, en sus diversas derivaciones católicas y no católicas, practicaría con leña, cerillas e ígneo entusiasmo. Por lo demás, mientras el cristianismo crecía y se enfrentaba ya a las primeras disidencias internas (arrianos y otras heterodoxias), Constantino hacía méritos para pasar (como en efecto pasó) a la historia como Constantino el Grande. Fundó lo que podríamos llamar monarquía europea hereditaria, hizo una importante reforma administrativa, mantuvo a raya a los invasores francos, germanos y sármatas dándoles las suyas y las del pulpo, y recuperó alguna provincia perdida por anteriores emperadores. También creó un protocolo cortesano a la manera oriental (el monarca como figura sagrada, súbditos que debían arrodillarse y otros etcéteras) que luego sería imitado hasta la exageración por las monarquías medievales europeas. Pero lo que iba a tener mayores consecuencias fue el desplazamiento del centro de poder desde la península itálica, prácticamente abandonada por los emperadores, al oriente griego. Eso dejó la antigua capital del imperio en manos de los representantes de la iglesia cristiana: papas y obispos que desarrollaron a fondo el ritual de la Iglesia y sus mecanismos de influencia política, convirtiéndose a partir de entonces en los dueños de Roma. Pero es que, además, al cambiar de sitio la capital imperial, Constantino la trasladó a la ciudad de Bizancio, refundada en el año 330 con el nombre de Nueva Roma y que acabaría llamándose Constantinópolis. La Constantinopla que hoy todos conocemos como Estambul. 

[Continuará]. 

12 de junio de 2022

domingo, 5 de junio de 2022

Una historia de amor

Creo que la de Manolo y Pepa es una de las más bonitas historias de amor que conocí nunca. Ocurrió hace tanto tiempo que no estoy seguro de que ella se llamara de verdad Pepa. Del nombre de él sí me acuerdo, pues es al que más frecuenté. Los conocí a mediados de los 70. Tenían un restaurante diminuto entre la carretera de La Coruña y el puente de los Franceses: una pequeña venta que siempre estaba llena. Quizá algunos de quienes lean esto los recuerden, sobre todo a Manolo. Era sesentón, flaco, agitanado de aspecto. Todavía un hombre guapo. Atendía las mesas y de noche, al terminar, tocaba la guitarra. Ella era regordeta, más rubia que morena, con bonitos ojos claros. Y poco a poco fui enterándome de su historia. 

Todo había empezado veinte años atrás, durante una montería a la que asistían ministros, jefes provinciales del Movimiento y autoridades varias, acompañados de sus esposas: escopetazos, cena campera y cuadro flamenco con bailaoras, cantaores y guitarristas. Uno de esos guitarristas era Manolo: moreno, chuletilla, gitano. A Pepa, por entonces mujer de uno de los ministros, le cayó simpático. Tanto, que al regreso a Madrid, acompañada por amigas de confianza, empezó a visitar el lugar donde Manolo actuaba, un conocido tablao que estaba en la plaza de Santa Ana. Él la veía entre el público de turistas, actores de cine americano, señoritos noctámbulos y gente de diverso pelaje, y tocaba mirándola a los ojos con su espléndida sonrisa. Acariciando la guitarra como si la acariciara a ella. 

Acabó pasando lo que tenía que pasar. Arropada por las íntimas amigas, Pepa faltó al sagrado deber del matrimonio, como se decía entonces. Se enamoró hasta las trancas; y a Manolo, que al principio sólo se dejaba querer, le pasó lo mismo. Él era soltero y ella no tenía hijos. Más que simple amor, por ambas partes fue un acto de valor en toda regla, porque la época no estaba para adulterios, y mucho menos con señoras de ese nivel y poderío. Hablamos de los primeros años 50 en la España de Franco, o sea. Quien lo vivió, lo sabe. La estricta moral del régimen, al menos en lo público, lo ponía realmente difícil. Al fin ocurrió lo más temible: el marido, el ministro, se enteró. Y empezó la pesadilla. 

Hubo varias fases. La primera, con intervención de parientes, amigos de la familia, obispos y hasta policías. Ante todo eso, Pepa se portó como se portan las mujeres de casta cuando se enamoran: irreductible, orgullosa y valiente. Y como ella no cedía, el ministro hizo que fueran a por Manolo. Primero fueron detenciones arbitrarias, días de calabozo y palizas. Después, usando su influencia, consiguió que lo echaran del tablao y que nadie le diera trabajo. Lo dejó sin un duro y en la calle, pero no contaba con la casta de Pepa. Al enterarse, dejó al marido y se fue con Manolo. 

Siempre perseguidos por el marido-ministro, vivieron un tiempo con los ahorros de ella y lo que el guitarrista ganaba malviviendo por ahí. Y entonces a Pepa se le ocurrió la idea. Tú tocas de maravilla y yo cocino como los ángeles, dijo. Montemos un restaurante. Con sus últimos recursos se pusieron a eso, alquilaron un local y ella pidió ayuda a sus amigas de la buena sociedad, que clandestinamente, encantadas con la romántica historia, la alentaban todo el tiempo. La comida era simple, de cuchara: lentejas, fabada, estofados, cocido. Todo muy bueno, pero nada más. El truco clave fue poner unos precios desproporcionados, carísimos, como si ahora por unos huevos fritos con patatas te clavaran cincuenta euros. Y el día de la inauguración, las amigas se portaron: aquello se llenó de señoras de ministros y altos cargos, de amigos con pasta, de gente bien. Pepa cocinaba, la hermana de Manolo servía y él tocaba la guitarra. El éxito fue enorme, y lo siguió siendo durante años. Y aunque empezaba a decaer cuando yo empecé a ir por allí, los fines de semana era imposible encontrar una mesa libre. 

Fue así como, una noche de copas y conversación hasta las tantas, Manolo me confirmó los detalles de la historia que yo había ido conociendo a retales. Ya tocaba él la guitarra raras noches, aunque ésa lo hizo. Estábamos allí algunos amigos del diario Pueblo –Paco Cercadillo, Pepe Molleda y no recuerdo quién más– y conversamos hasta muy tarde, dándole al alcohol y al tabaco sin ganas de irnos. Y al fin, como aquello se prolongaba, Pepa se asomó desde la cocina para decir que ya estaba bien, que era hora de cerrar. Y Manolo, sonriendo resignado, dio la última calada al pitillo, puso a un lado la guitarra, apuró el gintonic y dijo: «Ahí la tenéis. Si hubiera sido ternera, habría parido toros bravos». 

5 de junio de 2022

domingo, 29 de mayo de 2022

Una historia de Europa (XXIX)

Más o menos desde mediados del siglo III después de que naciera Jesucristo, el Imperio Romano se iba al carajo. El siglo IV ya sería luego la pera limonera, pero todavía estábamos en el otro, cuando el cadáver aún se descomponía despacio. Lo bueno (o lo malo) que tienen los imperios es que tardan en caer del todo, y mientras caen ocurren muchas cosas. En cualquier caso, para la antes omnipotente Roma todo el pescado estaba vendido, o casi. El imperio era la descojonación de Espronceda: se fragmentaba en parcelas locales medio autónomas y cada cual iba a su bola. La ciudad de Roma, teóricamente caput mundi, era cabeza nominal de un mundo cada vez menos romano. Los emperadores, que ni siquiera vivían todos en ella, compartían poder con otros emperadores, repartiéndose las zonas hasta el punto de que hubo varios al mismo tiempo. De esa época data un hecho importante: la creación en el año 285 de un mando doble sobre la zona occidental y la oriental del imperio, con dos emperadores (augustos) y dos ayudantes (césares). A eso se llamó tetrarquía, o gobierno de cuatro (si Octavio Augusto o Tiberio hubieran levantado la cabeza y visto eso, les habría dado un derrame cerebral). El caso es que entre el siglo III y el IV, además de dividirse administrativamente en dos, el imperio ya era una confederación de ciudades autónomas y amuralladas, cada una por su cuenta, mientras los bárbaros apretaban en el limes. Y tal era la presión de germanos, sármatas y otros inmigrantes por las bravas, que se cambió la táctica defensiva rígida y atrincherada por otra elástica, con legiones retiradas de las fronteras y situadas en el interior, dispuestas a intervenir donde se las requería. De aquellos legionarios y sus jefes, pocos nacían en la península itálica y muchos eran reclutados entre los mismos bárbaros. Para tenerlos contentos, pues eran el auténtico poder, a los soldados se les permitía dormir fuera del cuartel y organizarse como en sindicatos, con lo que la disciplina se relajaba mucho. Los emperadores eran militares profesionales de oscuro origen que ni siquiera tenían que hacer política en la capital: salían elegidos por la cara, directamente de la tropa. Nombrados por sus legiones, se enfrentaban a otros emperadores y algunos duraron tan poco que la Historia apenas retuvo sus nombres. Los hubo que reinaron tres semanas, y uno (escándalo para la época) era hijo de un esclavo liberto. Por lo demás, el imperio se tambaleaba tanto por la presión exterior como por la anarquía interior. Con el derrumbe de las estructuras estatales, todo era un sindiós difícil de administrar y la economía iba al desastre (El tiempo se nos escapa sin remedio, habría escrito otra vez Virgilio, de ver aquello). Exhausta la plata de las minas hispanas, sin riquezas que saquear mediante nuevas conquistas, con una feroz competencia de los imperios que en Oriente crecían ajenos al romano (Persia, la India), la forma de ingresar viruta eran los impuestos, abusivos y con multas escalofriantes a quien el Estado trincaba en sus fauces; hasta el punto de que bajo el dálmata Diocleciano (uno de los pocos emperadores competentes de esa época, quien retrasó veinte años la decadencia) se dieron los primeros casos documentados de evasión fiscal: ciudadanos romanos, tanto millonetis como gente modesta, cruzaron la frontera para instalarse en tierras bárbaras. La clase media fue machacada y el campo se despobló entre campesinos arruinados, desertores, bandoleros y recaudadores de impuestos más malos que el sheriff de Nottingham. La palabra democracia era ya pretérito pluscuamperfecto. La distancia social entre los emperatas y el pueblo fue tan enorme que empezó a darse un curioso fenómeno de igualdad por abajo, entre gentes hermanadas en la pobreza. Junto a la falta de confianza en la vida terrenal, eso favoreció la extensión del cristianismo, que aparte de perdonar culpas y dar de comer, que no era ninguna tontería (las comunidades cristianas practicaban la asistencia social), prometía una feliz vida eterna (lo que tampoco era moco de pavo). Y así, entre pitos y flautas, llegaron un momento y un personaje decisivos. El momento fue a comienzos del siglo IV, cuando el imperio tenía siete emperadores que andaban puteándose y asesinándose entre sí. Y uno de ellos, proclamado emperador en Britania y la Galia, iba a dar un toque decisivo a la historia de Roma y la futura Europa. El fulano se llamaba Flavio Valerio Constantino (Constantino para los amigos). Y el 28 de octubre de 312 derrotó a su rival más poderoso, un tal Majencio, con tropas que llevaban la cruz cristiana y la consigna In hoc signo vinces (con esta señal vencerás) en los estandartes. Pero eso, señoras y señores, requiere un capítulo aparte. 
 
[Continuará]. 
 
29 de mayo de 2022

domingo, 22 de mayo de 2022

‘Manca rispetto’

El fulano me vigila desde que compré una pizza frita en el vico della Tofa. Sus objetivos son, deduzco, mi reloj y mi cartera. Viene siguiéndome paciente, a la espera de darme el sartenazo ante vecinos que jurarán a la policía, por la memoria de sus queridos difuntos, que no han visto ni oído nada. Son las reglas, y no puedo tomarlo a mal. Veterano del barrio y la ciudad, hace cuarenta años que asumo los usos y costumbres locales. Sin ellos, Nápoles no sería Nápoles. Es una de las razones por las que, por encima de todas las ciudades, amo ésta y cuanto contiene: sus calles, su gente, su peligro. El palimpsesto fascinante de Oriente y Occidente mediterráneos donde es posible encontrar comerciantes que se llaman, por ejemplo, Arístide Pitagórico; o taxistas que con orgullo se dicen a sí mismos il conte Renato, porque su abuelo, conocido truffatóre local, estafaba a la gente bajo ese falso título nobiliario. La vieja Parténope nunca fue ciudad para bobos despistados, sino para gente que sepa moverse, escuchar y mirar. Amantes de la pasta al dente y las películas de Totò y Vittorio de Sica. Viajeros atentos, con ojos en la espalda. 

Así, vigilando flancos y retaguardia, voy por el antiguo Barrio Español camino de via Pignaseca, dispuesto a beber una cerveza Peroni a la salud de Gennaro Squarzialupo –cuya imaginaria trattoria Il Palombaro situé cerca de este lugar– y sus camaradas del grupo Orsa Maggiore, que hace ochenta años atacaban naves británicas en Gibraltar. Camino entre puestos callejeros, olor a carne, verdura, pescado y pizza caliente, sin descuidar mi espalda; y a veces me aparto del vico Gelso o la via Speranzella en busca de calles situadas más arriba, menos transitadas: las de ropa tendida en los balcones, altarcitos con santos y esquelas mortuorias en los muros –Marinella Esposito, ditta Nenella–, buscando el eco de mis pasos en calles por las que transitaron, hace cuatro siglos, las sombras de Íñigo Balboa y el capitán Alatriste. Y en una de las que suben a Montecalvario –qué nombres, cazzo, tan extraordinarios hay aquí– compruebo que el pavo que me seguía cambió de objetivo y se aleja tras una pareja de turistas rubios, anglosajones colorados de sol, que pasean de la mano, cámaras al cuello, teléfonos y bolsos descuidados y tentadores, con la inocencia de quien no tiene puñetera idea de dónde se mete. 

Manca rispetto, pienso desolado. Falta respeto. La escena es cada vez más frecuente. Antes, los pocos turistas en Nápoles se limitaban a la via Toledo, y los atrevidos llegaban dos calles más arriba. Via Speranzella era el límite impuesto por la prudencia. Para evitar guías banderita en alto y oír graznar inglés o japonés bastaba con mantenerse por encima de esa línea. Así podías recorrer el barrio sin ver más que napolitanos, incluidos niños de doce años conduciendo motocicletas en las que se agrupaban, detrás, hasta cuatro hermanos pequeños. Te metías allí asumiendo los riesgos de un atropello, un tirón o un navajazo, dispuesto a pagar el precio de la experiencia. Ibas sin amparo, disfrutando del oro y el barro de la Nápoles profunda, mirando y aprendiendo lecciones de historia y vida. Ahora, sin embargo, con monstruosos cruceros que vomitan miles de turistas sobre la ciudad, el Nápoles de abajo gana terreno al de arriba. Cada vez hay más restaurancitos, bares, tiendas. Ves turistas con camisetas del Manchester hasta en Trinità degli Spagnoli. Eso es bueno para el barrio: trabajo, dinero y posibilidades. Me alegro por ellos, claro; por esos napolitanos de rostros patibularios y esas mujeres de belleza densa y espesa. Pero no puedo evitar cierta melancolía. Sé que esa nueva vida –lo he visto en Madrid, en Lisboa y en muchas ciudades– significa la muerte de otra, o de los rasgos propios que la hacían especial. Cada vez todo se parece más a todo; y eso, bueno para unas cosas, es malo para otras. Que Nápoles, uno de los pocos reductos que parecían imbatibles, acabe invadida también por el turismo de masas es revelador. Nada queda a salvo. Nenella Esposito y Arístide Pitagórico, con cuanto simbolizan, están sentenciados a muerte. El mundo les ha perdido el respeto, y cualquier pringado se cree seguro paseando ante la mirada, antaño peligrosa y hoy servil, de sus hijos y nietos. Por eso, aunque sólo sea porque retrasa un poquito un destino inevitable, me consuela que el fulano que antes pisaba mis talones siga ahora el rastro de la nueva presa, con andares de lobo goteándole el colmillo. Con algo de suerte, pienso, salvará el honor del viejo Barrio Español, devolviéndole por un instante el respeto que cada vez más pagafantas ignoran. Y así, la parejita anglosajona cogida de la mano tendrá algo que contar a los otros tres o cuatro mil pasajeros cuando vuelva al Costa Smeralda, o al Empress of the Sea, o al Titanic II, o como carajo se llame su puto barco. 

22 de mayo de 2022

domingo, 15 de mayo de 2022

Una historia de Europa (XXVIII)

Es precisamente ahí, cuando el imperio romano alcanza la cima y empieza un lento declive que iba a prolongarse un par de siglos, cuando conviene considerar el auge de una religión originalmente judía, la de los cristianos, que iba a influir de modo asombroso en la historia de Roma, de Europa y del mundo conocido y por conocer. Al principio eran cuatro gatos que se reunían de forma clandestina; luego fueron objeto de persecuciones y matanzas, y al final acabaron siendo más audaces y predicando abiertamente sus creencias. El mensaje, revolucionario para la época, sostenía la igualdad y el amor entre los seres humanos, el perdón de los pecados cometidos y la compensación, mediante una vida futura y eterna, de los sufrimientos terrenales. Aquello atrajo al principio a los más pobres y desgraciados, pero poco a poco fue ampliándose la concurrencia. El hecho de ponerse a menudo chulitos frente a la autoridad de los emperadores contribuyó a darles publicidad y prestigio, y hasta en el ejército empezaron a infiltrarse. Frente a una administración imperial cada vez más rígida y elitista, ellos ofrecían ayuda mutua para el presente, esperanza para el futuro y consuelo en la muerte. Además, los pobres iban a ser dueños del Reino de los Cielos, así que no vean cómo se apuntaba la peña y cómo se mosqueaban las clases dirigentes, porque eso era ácido sulfúrico para las jerarquías y valores tradicionales. A finales del siglo II, las asambleas o ecclesiae de los cristianos tenían ya mucha fuerza social, y que en el siglo siguiente se desataran duras persecuciones contra ellos (Decio, Valeriano y Diocleciano les dieron hasta en el carnet de identidad) indica que el poder empezaba a acojonarse de verdad. El éxito acabó requiriendo una organización; y se pasó así, como siempre ocurre en estos casos, de una estructura horizontal anárquica a otra vertical, jerarquizada en jefes llamados obispos, en plan tranquilos, hermanos, que yo os represento (supongo que les suena a ustedes el mecanismo). Así entró el cristianismo en la vida social y las iglesias se convirtieron en lugares importantes. Eso hizo que las relaciones entre esa comunidad y el Estado, aunque cambiantes según las épocas, se fueran ajustando en plan vamos a llevarnos bien y entre bomberos no nos pisemos la manguera. Llegado a este punto, el cristianismo era ya una fuerza poderosa, y no sólo espiritual (un bonito ejemplo es el obispo Calixto, la quiebra de cuya banca en Roma, con fondos de viudas y huérfanos, lo había mandado una temporada a picar azufre en las minas de Cerdeña). Lo interesante de este proceso es cómo un movimiento que por impulso natural tendía hacia una especie de anarquismo (igualdad, fraternidad, rechazo de bienes terrenales, insumisión al orden establecido y otros etcéteras) acabó transformándose no sólo en fuerza política, sino también en poderosa herramienta del Estado. El truco del almendruco hay que apuntárselo al más brillante intelectual cristiano de la época, un judío y ciudadano romano llamado Saulo, hoy conocido como San Pablo. Con una visión genial de la jugada, en sus famosas cartas (epistulae) a las congregaciones cristianas, aquel fulano frenó la tendencia al desmadre de sus correligionarios, llamó a la paz social, pidió respeto a la propiedad privada e insistió –punto clave– en que el deber para con Dios era perfectamente compatible con los deberes sociales dentro del imperio. Hasta a los esclavos les dijo obedeced en todo a vuestros amos según la carne. Pero todavía fue más allá, y el paso fue decisivo: Toda alma se someta a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no sea instituida por Dios, escribió el tío. Y eso tiene tela marinera, porque significaba un nuevo y original enfoque de los Evangelios. Nulla potestas nisi a Deo: todo poder constituido viene de Dios, y éste participa en el poder político del mundo. Eso era, literalmente, una bomba. Nada menos que pasar de mi Reino no es de este mundo a un revolucionario (o más bien contrarrevolucionario) todos los reinos del mundo son de Dios. Tan hábil juego de manos iba a abrir un debate de casi veinte siglos; pero de momento permitiría a emperadores, reyes medievales, monarcas cristianísimos y cuantos dirigentes vinieron luego, declararse con legitimación divina (por la gracia de Dios) en el ejercicio del poder. Y también, de paso, a los jerarcas de la Iglesia cristiana convertirse en intermediarios, cómplices y hasta propietarios del poder terrenal. Así que, imagino, allá en el Cielo, sentado a la derecha del padre, a Jesucristo tenían que estársele poniendo unos ojos como platos. Para esto –pensaría, desilusionado– baja uno a la tierra y permite que lo crucifiquen esos cabrones. 
 
[Continuará]
 
15 de mayo de 2022

domingo, 8 de mayo de 2022

El Batman Güemes

Era uno de esos hombres heridos y trágicos que parecen sacados de una canción mexicana de José Alfredo. De hecho, nos conocimos en una cantina; o allí nos hicimos amigos cuando me entrevistó sobre mis primeras novelas, a principios de los 90. En aquel tiempo César Güemes era periodista cultural y especialista en cierta clase de música de su tierra: corridos populares y sobre todo, género que entonces tenía un éxito enorme, narcocorridos: relatos cantados sobre traficantes de droga, en un tiempo en que ese contrabando, basado todavía en la marihuana, era una actividad comprensible en un país sumido en la injusticia y la pobreza, y no el sangriento disparate, la atrocidad salvaje en que se ha convertido ahora. Uno de los narcos de Culiacán con quienes conversé me resumiría aquel momento en una frase que nunca olvidé: «Prefiero vivir cinco años como un rey a cincuenta como un buey». 
 
Gracias a César Güemes conocí ese mundo asombroso, familiarizándome con sus personajes y episodios. En cada viaje a México me descubría canciones; rolas, las llamaba él. Íbamos a cantinas cutres y peligrosas a conversar sobre ellas entre humo de cigarrillos, vaciando botellas de nuestro tequila favorito, Herradura reposado. Así escuché hasta aprenderme de memoria Contrabando y traición, Pacas de a kilo, Lamberto Quintero, La banda del coche rojo y tantas otras, en la voz de Los Tigres del Norte –que también acabarían siendo amigos míos– y Los Tucanes de Tijuana. Me fascinaban los asuntos y el lenguaje, y así conocí y comprendí un México distinto al que endulzan los mariachis para los turistas. Un México duro y violento; pero que, a diferencia del de hoy, aún mantenía reglas no escritas pero rigurosas: honor a la palabra dada, respeto por las mujeres y los niños. Cosas así. Todo lo que desde hace demasiado tiempo se ha ido allí al carajo. 
 
Cuando decidí escribir La Reina del Sur, César guió mis pasos. Me acompañó a Culiacán, Sinaloa, presentándome a dos amigos que se quedaron para siempre en mi vida: el entrañable Julio Bernal y mi hermano culichi –mi carnal, dicen allí– Élmer Mendoza, hoy respetado escritor y patriarca indiscutible de la literatura norteña. Ellos me dieron acceso a las claves y personas necesarias, y a ellos iba a deber el éxito de la novela y sus adaptaciones televisivas. En agradecimiento los convertí en personajes del relato, reservándole a César el papel de narcotraficante. Y fue en ese punto cuando, una noche de muchas copas en el Don Quijote de Culiacán, le oí decir algo que no olvidé: «Toda mi vida, de niño, soñé con ser Batman». Así que, para complacerlo, introduje en la novela el personaje de César Batman Güemes que luego, en la serie protagonizada por Kate del Castillo, interpretaría el estupendo actor Alejandro Calva. Eso hizo a César, el auténtico, absolutamente feliz. Lo recuerdo serio y vestido de negro, a mi lado, muy en su papel cuando presentamos la novela en Sinaloa, con gente hasta en la calle y la primera fila ocupada por los narcos locales y sus señoras esposas, o lo que fueran. Sus morras, en lenguaje de allí. Fue una noche gloriosa, en la que un policía me amenazó de muerte y mis amigos lo amenazaron a él. Pero ésa es otra historia. 
 
Volvamos a César. Dije que llevaba heridas propias de una canción de José Alfredo, y es cierto. Una mujer sinaloense, su primera esposa, le había destrozado el corazón. Ignoro los motivos, pero era una historia clásica de traiciones, alcohol y cantinas que me contó, nunca del todo, entre copas y canciones. Tenía otra esposa dulce e inteligente a la que hacía muy desgraciada: demasiado alcohol, demasiados recuerdos amargos, demasiado rencor. Quiso César distanciarse del periodismo y hacer novelas, pues era un magnífico escritor, pero no consiguió la serenidad necesaria. Se hundió en el alcohol y el fracaso, perdió a la segunda mujer y arrastró su mala salud hasta que, hace unos días, un amigo común telefoneó para decirme que había muerto en un hospital de México. Esa noche le quité el precinto a la última botella de Herradura reposado que César me regaló, puse la canción Tu recuerdo y yo y me senté a beber en un lugar oscuro de mi casa, en silencio, brindando por su memoria. El sabor del tequila en la boca evocaba lo que me contó una vez en La Ballena de Culiacán, rodeados de fulanos peligrosos que mojaban el bigote en botellines de cerveza Pacífico: «Siempre que vengo a Culiacán me paro en la calle mirando a las mujeres, y cada una que pasa espero que sea ella, la que se fue. Pero nunca es ella, hermano». 
 
Y, bueno. A tu salud, querido Batman. Ahí nos vemos. 
 
8 de mayo de 2022