domingo, 14 de abril de 1996

En territorio comanche


Cómo pasa el tiempo. Hacía dos años que el arriba firmante no se daba una vuelta por Bosnia: desde que decidí cambiar la profesión de mercenario de la tele por el ejercicio independiente de la tecla. Ahora acabo de estar allí un par de semanas, porque a Gerardo Herrero, que además de productor y director de cine es amigo mío, se le ha metido entre ceja y ceja hacer en septiembre una película basada en Territorio comanche. De modo que terminó liándome, y al final nos fuimos con todo el equipo de producción y dirección, incluyendo a Imanol Arias, que hará de reportero plumilla, y a Carmelo Gómez, elegido para encarnar a José Luis Márquez, el cámara protagonista del relato.

Aquello fue una especie de viaje de estudios surrealista, imagínense, puentes volados y pueblos hechos polvo, a la derecha los cañones serbios y a la izquierda Sarajevo, señoras y señores, cuidado con pisar las cunetas porque hay minas. Rescatamos a Jadranka, mi curtida intérprete local, y nos acompañó Gerva Sánchez, fotógrafo de guerra, excelente y viejo amigo, cuya presencia y conversación -habla hasta por los codos, el tío- me ayudaron a sobrellevar el gusanillo inevitable de las nostalgias. Debo decir en honor del equipo cinematográfico que trabajó duro y bien en la localización de exteriores. Incluso corrieron riesgos, sin rechistar siquiera cuando los condujimos por zonas todavía bajo control serbio o viejos frentes de batalla aún calientes. No es común que la gente se tome tan a pecho un rodaje. Será, creo, una digna película.

No conocía personalmente a Imanol ni a Carmelo, y en este viaje tuve ocasión de tratarlos a fondo. Ambos me cayeron muy bien: profesional y resabiado veterano Imanol; vigoroso, vital y humanísimo Carmelo. Resultaba apasionante observar el modo en que, como esponjas, absorbían cuanto en el camino encontraban que pudiera serles útil para encarnar después sus personajes en la pantalla. Era divertido, en mitad de una conversación o un paseo entre las ruinas de tal o cual barrio, verlos tomar disimuladamente notas en cualquier sitio. Todo les valía: una actitud, un paisaje, un comentario, una broma de humor negro. Al final, tras los primeros días de desconcierto o estupor, asumido el horror que nos rodeaba, eran ellos los que hablaban en la jerga de los reporteros que cubren guerras, con ese característico humor retorcido, lúcido, algo cínico, que es seña de identidad de la profesión. Hubo momentos en que parecían realmente periodistas, un equipo auténtico, e incluso yo mismo, a veces, me encontraba haciendo hacia ellos los viejos gestos familiares del oficio: hasta ese punto la ficción encarnada por gente de talento puede llegar a imbricarse con lo real. Estuvimos en la morgue del hospital, en el cementerio, en las líneas del frente. Dicen que aprendieron mucho en esas dos semanas, pero les aseguro a ustedes que, observándolos, yo aprendí de ellos todavía mucho más.

Una noche, en Sarajevo, en compañía de mi amigo Miguel Gil Moreno que un día se fue en moto a la guerra, lleva tres años en Bosnia y ahora curra de cámara para la Associated Press, decidimos llevar a Carmelo e Imanol de shopping a Grbabica, cuando los serbios aún estaban allí pegándoles fuego a las casas. Aquello todavía era la guerra de verdad, calles negras como boca de lobo o sólo iluminadas por los incendios, patrullas de IFOR y de las milicias serbias, barricadas y toda la parafernalia. Los dos aguantaron el tipo sin pestañear, bajándose del coche blindado para acompañar a Miguel cuando éste se movía cámara al hombro entre los edificios ardiendo. Para mí, aquella noche supuso recobrar, por unas horas, el ambiente del viejo oficio. Para Imanol y Carmelo, sentir en carne propia un territorio comanche en estado puro. Y cuando pasada la medianoche estábamos filmando una casa, solos ante las llamas, y llegó una patrulla serbia con muy mala leche y peores intenciones, y yo les dije a Imanol y Carmelo que si las cosas se ponían mal corrieran hacia la esquina y doblaran a la derecha en busca de una patrulla de IFOR, lo encajaron todo con la calma resignada de dos veteranos que no hubieran hecho otra cosa en toda su vida.

Después, aquella misma noche, vaciamos una botella de algo en el mal iluminado bar del hotel, mientras Gerva contaba historias de otros compañeros y otras guerras, y Miguel, siempre flaco, melancólico, jugueteaba con su viejo y abollado Zippo, en silencio. Yo miraba a Carmelo e Imanol con la satisfacción de quien ha llegado a la meta. Ya no parecían turistas, sino colegas. Tenían esos ojos cansados que se te quedan cuando miras el horror y la mierda.

14 de abril de 1996

1 comentario:

Dña. Urraca dijo...

Gracias por publicarlo, estaba buscando información sobre la película y he llegado a tu post, me ha sido realmente útil. Gracias de nuevo.