domingo, 24 de marzo de 2019

Regreso a Tánger

Escribir novelas tiene efectos secundarios. O puede tenerlos. En mi caso, durante cierto tiempo –suele ser de uno a dos años– vivo inmerso en un mundo complejo, ficticio, paralelo al real, hecho de libros que leo, de documentación diversa, de conversaciones con gente útil, de paseos con libreta de notas o cámara fotográfica por los lugares adecuados para utilizar como escenarios. Mientras la historia toma forma en mi cabeza y las páginas se amontonan despacio en el ordenador y en la mesa de trabajo –siempre imprimo, corrijo en papel con pluma estilográfica y vuelvo a teclear–, observo el mundo y mi propia vida en ese estado de continuo acecho, de tensión permanente de cazador con el zurrón dispuesto. Procuro mirar el mundo como lo hacen mis personajes. Nutrirlos con lo que me nutre. Y así, cuanto en ese tiempo hago, observo, imagino, alcanza a ser útil, o puede serlo, para la historia que tengo entre manos. 

Como sabe cualquiera de mis lectores, la topografía literaria es muy importante para mí. Los escenarios a los que antes aludía. Hay un placer singular en moverse con rigor por donde van a hacerlo tus personajes, mirar lo que ellos miran, caminar por donde ellos caminan. De cada novela escrita, ésos son mis momentos favoritos, incluso antes de escribir una línea: cuando los imagino sentados donde yo lo estoy, asomados al balcón de la misma habitación de hotel, mirando tal o cual paisaje. Cuando siento como suyo el ruido de mis pasos por una calle desierta de Culiacán, París, Buenos Aires, Beirut o Venecia. En realidad escribo novelas para eso: para multiplicar mi vida por otras vidas, otros lugares, otras aventuras que no cabrían en mi simple existencia. Por eso soy un novelista feliz que mira, imagina y escribe. 

Pienso en eso estos días, en Tánger. No había vuelto aquí desde que escribí Eva, segunda parte de la trilogía de mi espía Lorenzo Falcó. Mientras trabajaba en la novela vine a menudo, explorando todo cuanto podía serme útil para contar bien la historia: calles, restaurantes, cafés, lugares apropiados. Recuerdo mi caminata por el bulevar Pasteur en busca de una casa idónea para una peligrosa emboscada –la encontré en el número 28–, o cómo, en una terraza del Zoco Chico, procuraba imaginar a los marinos franquistas y republicanos sentados en los cafés Fuentes y Central. Y también mi larga búsqueda por la parte alta de la Kasbah, hasta que di con ella, de la casa adecuada para Moira Nikolaos; o cómo, desde la terraza del hotel Continental, con un plano antiguo y otro moderno sobre la mesa y con ayuda de fotos de la época, intentaba imaginar aquel mismo lugar en 1936. 

Y es extraño. O ya sólo es curioso. Conocía bien Tánger antes de escribir la novela; pero desde que lo hice, la ciudad es distinta en mi cabeza. Ahora soy incapaz de verla como antes, pues todo en ella se me aparece transformado por cuanto imaginé y escribí. Hay calles y edificios a los que, sin darme cuenta, aludo no por su nombre actual, sino por el que tenían hace ochenta y tres años. Y a menudo, cuando me detengo a mirar una casa, una plaza, una vista panorámica, no puedo evitar que lo imaginado o lo reconstruido se superponga al presente. Hay detalles modernos que borro automáticamente de mi visión, como si no existieran. Cual si fueran molestos, sin derecho a estar allí, porque perturban la imagen intensa que tengo de ese lugar. Lo que escribí. Lo que de verdad recuerdo. 

He caminado, en fin y de nuevo, por Tánger en compañía de mi ya viejo amigo Falcó, y del sicario Paquito Araña, y de los marinos del Martín Álvarez y el Mount Castle. He fumado cigarrillos y hachís, he bebido absenta, he matado, torturado y corrido peligro, mirando a mi espalda en callejas estrechas donde acechan un disparo o un navajazo. Me he emborrachado con un legionario francés en el cabaret de la Hamruch, y tras golpear sin compasión a un hombre he aliviado mi dolor de cabeza tomando cafiaspirinas en el bar del hotel Cecil. También he recibido a media noche la sigilosa visita de Eva Neretva en la habitación 108 del hotel Continental, he peleado con ella a vida o muerte al pie de la muralla, junto al mar, y he visto barcos zarpar entre la niebla al amanecer, rumbo a su último viaje. Y con todo eso, situaciones, personajes, fantasmas familiares que me acompañarán durante el resto de mi vida, sumándose a los de otros personajes en otros lugares y otros relatos, he deambulado satisfecho, feliz, con una sonrisa absorta y agradecida, por esta ciudad que ya siempre será para mí la de la novela que escribí sobre ella, y ninguna otra. 

24 de marzo de 2019 

domingo, 17 de marzo de 2019

En compañía de héroes

Decía el filósofo Diógenes, el del farol y el barril, que para caminar seguro un ser humano debe contar o bien con el estímulo de unos buenos amigos o bien con unos enemigos pertinaces en su odio. Y todo el que se haya movido por los inciertos paisajes de la vida sabe que eso es cierto. A cualquiera con un poco de lucidez aprovechan tanto unos como otros, amigos y enemigos, pues de ambos es capaz de obtener utilidad. 

Los enemigos, buscados o espontáneos –los que brotan como setas tras la lluvia, sin razón aparente, suelen ser numerosos–, ayudan a mantenerse vivo. Son como el mar, que cuando navegas te obliga a vivir vigilante, atento al barómetro, la sonda y el horizonte, pues ahí los descuidos matan. Nadie que tenga camino hecho, que haya tomado decisiones, puede jactarse de no dejar cadáveres en la cuneta, o de no haberlo sido él mismo a manos de otros. Vivir cierto tiempo y que todos te quieran no es imposible, pero sí infrecuente. Por eso desconfío tanto del que dice no tener enemigos como de quien afirma tener infinitos amigos. O mienten o son idiotas. Puestos a citar clásicos, Plutarco lo resumió bien: quien se envanece de no tener enemigos, probablemente no tuvo nunca un verdadero amigo. 

En cuanto a los amigos de verdad –algunos traen de regalo a sus enemigos para sumarlos a los tuyos–, creo que son el verdadero balance de una vida. El fruto de combates, victorias y derrotas. Una forma de calibrar a alguien es considerar quiénes son sus amigos. Decía Gracián –hoy vengo asquerosamente erudito– que singular grandeza es servirse de sabios, y que una de las mejores cartas a jugar es hacer de los amigos maestros; arrimarse a los sabios, prudentes y valientes que tarde o temprano topan con la ventura: «Prenda de héroe es combinar con héroes». 

Entre las escasas certezas que te deja una vida razonablemente larga y agitada, poseo una irrebatible: los amigos abrigan casi tanto como el amor. Amar y ser amado por alguien digno, superior, te engrandece como nada en el mundo; pero también la conciencia de la lealtad, imaginar que algo bueno tendrás para que gente valiosa –buena o mala, porque también hay malvados útiles y fieles en la amistad– te estime y se comprometa por ti, o contigo, es uno de los grandes premios que puede alcanzar el ser humano. Pienso mucho en eso ahora que envejezco, la vida me despoja cada vez de más cosas, y miro al futuro sin ver apenas algo más que el pasado. Lo meditaba el otro día, cenando con algunos amigos, periodistas todos. También en cierto modo ellos son el balance de mi vida, me dije. La prueba de que algo habré hecho bien, después de todo. 

Reflexioné mucho sobre eso mientras los escuchaba. Por lo general no soy muy conversador en esas cenas; prefiero que ellos cuenten cosas. Estaban allí el veterano y entrañable Raúl del Pozo, a quien conocí en el diario Pueblo hace casi medio siglo, y también Ignacio Camacho –quizá el mejor y más lúcido analista político actual– y los jóvenes Antonio Lucas, David Gistau, Manuel Jabois y Edu Galán. Nos reunimos de vez en cuando a cenar en Casa Lucio, en el Madrid viejo (a veces invitamos a alguien especial como Calamaro, Eslava Galán, Álex de la Iglesia o Juan Soto Ivars), o a conceder el ya prestigioso Premio de Periodismo de Opinión que creamos hace cuatro años con el nombre de Raúl –se nos ocurrió una noche algo pasados de copas, en Lucio–, que consiste en una cena con el ganador en Casa Paco, Puerta Cerrada, y que hasta ahora hemos otorgado a Enric González, Sol Gallego-Díaz, Pedro Cuartango y Carlos Alsina. Y les aseguro que raras veces me he visto reunido con tanto talento profesional y tanta inteligencia. Lo interesante es que, siendo como son de los periodistas más brillantes que conozco, cada cual es de su padre y su madre. Trabajan en medios distintos y tienen ideas diversas: Camacho escribe en ABC, Edu trajina la muy salvaje Mongolia, Gistau y Lucas curran en El Mundo y Jabois en El País. Pero rara vez vi tanta admiración y respeto mutuos, tanta necesidad de aprender unos de otros. Tanta lealtad y tanta nobleza, aun más insólitas en los sectarios y sucios tiempos políticos que corren. 

Por eso la otra noche, escuchándolos en torno a unos solomillos con vino tinto, pensé de nuevo en cuanto acabo de escribir más arriba. En lo orgulloso que estoy de que esos fulanos sean mis amigos, como del resto de nombres que llena mi vieja mochila. En los vivos y en los que ya están muertos. Y también en Diógenes, Plutarco, Gracián y tantos otros cuyas palabras y libros me ayudaron a buscarlos, reconocerlos y apropiarme de ellos como botín de vida. 

17 de marzo de 2019 

domingo, 10 de marzo de 2019

Villanos de película

Me ha costado seleccionarlos, pero son ellos. Y no era fácil, porque la lista es larga. Surgió la otra noche, cenando con Javier Marías. Acabamos hablando de cine, como suele ocurrir, y seguimos haciéndolo mientras paseábamos hacia la Plaza Mayor y él fumaba su habitual par de cigarrillos. Villanos de cine clásico: los malos de película que en nuestra infancia fueron la primera visión del rostro del mal, y eso los convirtió en inolvidables. A medio paseo dije que iba a escribir sobre eso, y Javier se echó a reír y dijo que me mandaría una lista con los suyos, cosa que hizo al día siguiente. Setenta, juntamos entre uno y otro. Y aquí me tienen ustedes, cumpliendo. No caben todos, pero sí mis favoritos, que coinciden casi todos con los de él. Tal vez a alguno de ustedes no le suenen ciertos nombres, pero si teclea en un buscador de Internet verá sus fotos y los reconocerá al momento. 

Mientras barajaba nombres los dividí en grupos. Eso no quita que muchos de esos actores puedan situarse también en otros. Incluso hicieron de buenos, como John Ireland, que era chachi en Espartaco y malo en Duelo de titanes. El primer grupo es el del western. Ahí hay villanos habituales indiscutibles, aunque mi grupo salvaje favorito lo constituyen Lee van Cleef (El bueno, el feo y el malo), Jack Elam (el tuerto de Encubridora o El hombre de Laramie) y Robert Wilke, la mirada más fría del Oeste en el estupendo blanco y negro de Solo ante el peligro. A ellos pueden sumarse con todos los honores Rodolfo Acosta, que se infló a hacer de mexicano malo y de indio todavía peor en películas de John Ford, y también Ted de Corsia, Leo Gordon y sobre todo Henry Brandon, inolvidable en sus papeles de Quanah Parker en Dos cabalgan juntos y jefe Cicatriz en Centauros del desierto

Del Oeste, mediante un malo todo terreno como Dan Duryea (Winchester 73, La última bala) que también sobresalió interpretando a malvados de cine negro (La mujer del cuadro, El ministerio del miedo), podemos pasar a eso, al cine policíaco y criminal, recordando el brutal rostro de Neville Brand en la estupenda Con las horas contadas, al malevo y regordete Robert Middleton, a George Macready y su magnífica cicatriz en la cara (inolvidable en Gilda), a Gert Fröbe, que tras ser supervillano en El cebo y Goldfinger rizó el rizo haciendo de malo en Chitty Chitty Bang Bang, y a Michael Madsen, cuya escena de tortura a un policía en Reservoir dogs lo sitúa en el Olimpo maloso cinematográfico, casi a la altura del gran Christopher Lee, uno de los más conspicuos villanos que en el cine han sido. Y entre los que sería injusto olvidar al formidable Erich Von Stroheim (Esposas frívolas me parece una obra maestra), a Sydney Greenstreet, estupendo gordo en El halcón maltés y Casablanca, y a uno de mis grandes favoritos, Peter Lorre, presente en esas dos películas y capaz de hacer de malísimo en El vampiro de Dusseldorf y de bueno en la extraordinaria La máscara de Dimitrios

Por supuesto, como el cine es el cine, hay malos del género negro que repiten sin complejos villanía en el histórico o en el western. Ocurre con Jack Palance («Un rostro que sólo una madre podría amar», dijo Elia Kazan), que con ese careto suyo casi siempre tenía que ser malo, desde Raíces profundas hasta Barrabás; o Henry Daniell, que lo mismo hizo de profesor Moriarty en tres películas de Sherlock Holmes que protagonizó uno de los mejores duelos a espada del cine (contra Errol Flynn en El halcón del mar), casi tan buenos como los que el enorme Basil Rathbone (el mejor Holmes de todos los tiempos y mi malo predilecto cuando hace de malo) ejecuta muy villanamente en El signo del Zorro, Robín de los bosques y El capitán Blood

En fin. Se acaba la página y no caben muchos más, pero no puedo obviar a los villanos reciclados. Aquellos que tras hacer mucho de malvados acabaron interpretando papeles de buenos o se especializaron en personajes ambiguos, con un pie a cada lado de la justicia. De estos últimos, mi favorito es Arthur Kennedy (Murieron con las botas puestas, El hombre de Laramie). Y de los primeros, reverencio dos nombres fundamentales: Richard Widmark (de El beso de la muerte a Vencedores o vencidos) y ese extraordinario actor que fue Lee Marvin, capaz de hacerse matar por John Wayne siendo el perverso Liberty Valance, o de matar él a John Cassavetes en Código del hampa («Ahora sé por qué no se defendió: ya estaba muerto») con la misma naturalidad que empleó para hacer de protagonista bueno en Los profesionales o Doce del patíbulo

Y bueno, eso. De villanas y mujeres malas, si quieren, hablamos otro día. 

10 de marzo de 2019

domingo, 3 de marzo de 2019

El santuario de los guardias valientes

Una advertencia previa a los sectarios y los tontos: eviten este artículo. Hoy hablo de héroes, y eso tiene mala acogida entre cierta gente. Sin embargo, para los ecuánimes, capaces de reconocer la virtud en sus adversarios, los héroes no tienen etiqueta. Aquí hablé varias veces de ellos sin distinción de bando: guerras antiguas, divisionarios en Rusia, maquis antifranquistas, republicanos liberadores de París. Y hoy le toca a Picolandia, con una historia de hace ochenta y dos años. Un episodio admirable por el que todos pasan de puntillas: el santuario de Santa María de la Cabeza. 

Intentaré resumir: sublevación contra la República, guardias civiles que en Jaén se unen a los rebeldes. Unos cruzan las líneas y otros quedan en zona roja, con sus familias. El capitán Santiago Cortés, que se hace con el mando –duro, decidido, implacable–, se atrinchera en el cerro de Santa María de la Cabeza, santuario donde no quedan frailes porque los milicianos los han fusilado a todos. Con trescientos veintidós combatientes (230 guardias y 92 voluntarios) armados con fusiles y novecientos no combatientes –mujeres, ancianos y niños– refugiados en el santuario, Cortés decide pelear y resistir, esperando una ayuda que no llegará nunca. El 14 de septiembre de 1936, un primer intento de las milicias republicanas por hacerse con el cerro es rechazado. Y así empieza el asedio. 

Raras veces en la historia de España se dieron casos de tan extrema tenacidad. La noticia de lo que ocurre en el santuario se extiende por todas partes, y eso lo convierte en serio problema de imagen para la República. Hay que acabar con aquello, y sobre el cerro se lanza de todo: intensos bombardeos, ataques ladera arriba con carros blindados, oleadas de infantería que incluyen tropas de las brigadas internacionales y efectivos españoles bien armados y disciplinados, muy diferentes a los torpes milicianos de los primeros días. La ofensiva republicana es lenta, metódica, brutal. Se producen algunas deserciones; pero la mayor parte de los guardias, gente hecha al oficio, profesionales bajo el mando de otro profesional, vende cara su piel. En los sótanos, sin radio, sin apenas alimentos, sin medicinas, se amontonan heridos y civiles aterrados mientras los muros tiemblan bajo las bombas. Transcurren así ocho meses de combates y agonía. Ocho meses de desesperado coraje en los que se va estrechando el cerco. 

Poco a poco, con muchas bajas, los republicanos avanzan ladera arriba. Desbordados, aprovechando la noche y la lluvia, los guardias que no han muerto en la posición avanzada de Lugar Nuevo se retiran con sus familias al santuario, donde siguen combatiendo. Al amanecer del 1 de mayo, apoyados por ocho carros de combate, 10.000 atacantes dan el asalto definitivo, peleando y muriendo por cada palmo de terreno que les disputa el centenar escaso de hombres que, entre las ruinas, aún está en condiciones de luchar. Algunos hijos de guardias, niños de 12 a 14 años fogueados por el asedio, toman las armas de los caídos, y cinco de ellos defienden durante horas una de las últimas posiciones. No hay rendición, pues nadie la pide. Cuando los republicanos llegan al cerro, cada cual pelea como puede a tiros y culatazos, cuerpo a cuerpo, ya sin mando ni orden ninguno, pues Cortés ha sido herido por una esquirla de metralla. A las cuatro de la tarde, cuando no queda nadie a quien disparar, 46 defensores son hechos prisioneros, ninguno ileso o en condiciones de luchar. Los demás están muertos o heridos. 

Lo que sigue es un ejemplo de humanidad muy raro en esa guerra. Hay fotos e incluso una filmación: los vencedores republicanos, admirados, respetuosos, dejan con vida a los prisioneros y ayudan a salir del sótano a mujeres, niños y ancianos. Algunas mujeres de los muertos visten las guerreras de sus maridos, y se registra la conmovedora imagen de un guardia enflaquecido, agotado, que camina ladera abajo con un hijo pequeño en brazos y otro de la mano. También hay una foto del capitán Cortés, agonizante, puesto en una camilla por los republicanos que no han querido rematarlo: barbudo, flaco, mirando al fotógrafo con ojos febriles y los puños apretados, como diciendo «Volvería a hacerlo otra vez». Aunque el mejor elogio a él y a sus hombres lo hizo el comandante Martínez Cartón, uno de los que tomaron el santuario, a uno de los guardias supervivientes: «Con doscientos como vosotros llegaba yo a Burgos». 

España, a fin de cuentas y otra vez. Ya saben. La pobre, trágica y dura España. 

3 de marzo de 2019

domingo, 24 de febrero de 2019

El inspector y el pescadero

De todas las ciudades de Europa, Nápoles es mi favorita, mucho más que París, Sevilla o Venecia. Conozco las orillas del Mediterráneo y nunca vi un lugar tan espléndida y ferozmente mestizo, al mismo tiempo oriental y occidental, turco y cristiano, arcaico y moderno, noble y pícaro, virtuoso e infame, hormigueante de vida, caótico hasta el disparate, incluso peligroso para quien no conoce el territorio o ignora las reglas. Jamás me niego a viajar allí, y a menudo lo busco yo mismo; y cada vez lo hago sumergiéndome en esa ciudad formidable llena de nombres, palabras y resonancias españolas; paseándola desde el Lungomare y el puerto hasta las librerías de Port’Alba, desde la Feltrinelli de Chiaia hasta Porta Nolana. 

En ninguna ciudad me han intentado estafar, mentir y robar tanto como en Nápoles. En ninguna parte del mundo que no estuviera en guerra anduve nunca con tantas precauciones, mirando atrás tantas veces, como al internarme en la añeja topografía del Barrio Español. Sin embargo, nunca fui tan feliz paseando como lo soy allí, dispuesto a pagar, con lo que el azar me imponga, el privilegio de sentirme napolitano un viernes o un sábado por la noche, por ejemplo, cuando aquello es un laberinto de motos a toda velocidad entre las que te juegas la vida mientras el Nápoles secular se echa a la calle. Cuando debes hacerte a un lado a toda prisa para evitar que te atropelle una Vespino conducida por un crío de doce años que lleva a su hermano pequeño de pie entre el asiento y el manillar y, sentada detrás, a su hermana mayor con otros dos mocosos, casi bebés, sobre las rodillas. 

Esta mañana camino por otro de mis lugares favoritos: la via Pignasecca hasta Porta Medina, bulliciosa de gente al pie de Montecalvario. Lo hago parándome a leer admirado, como siempre, las esquelas funerarias pegadas en las paredes junto a los altarcitos con vírgenes y flores de plástico –Serenamente si é spenta la cara existenza di Bruno Palermo, detto Mastroianni–, o disfrutando con los magníficos, irrepetibles nombres que rotulan los comercios: Pasticceria Armando Scartuchio, Salumeria Tagliacozzi, o una tiendecita cuyo nombre –apellido de su propietario– sería imposible en otro lugar del mundo: Pizzeria Vitto Pitagórico. 

Estoy en via Pignasecca, como digo, oliendo a carne, verdura, pescado y pizza caliente; sumergido en la multitud que compra, habla, discute, se abronca o ríe: matronas con su carrito, abuelos a los que envuelven doscientos gramos de mortadela o que fuman mientras ven pasar a la gente, fulanos tatuados y con rapados imposibles a los que no querrías encontrar en un callejón oscuro, mujeres de belleza densa y espesa, desgarradas, agresivas, típicas de los barrios populares. El rumor de colmena mezclado con bocinas de motos y automóviles, y toda esa luz mediterránea que se cuela entre decrépitos palacios de hace tres o cuatro siglos en los que, mezclados sin complejos en salones antiguos convertidos en humildes apartamentos, conviven decadentes apellidos aristocráticos con el pueblo más llano imaginable, como si todo Nápoles siguiera siendo un bucle sin final. Una película continua de Vittorio de Sica. 

Y para corroborar todo eso, o parte de ello, veo que entre la multitud que llena la calle intenta avanzar una furgoneta; y que el conductor, un hombre joven, va muy despacio porque delante de él camina un viejecito que no se da cuenta y no se aparta. Y en vez de darle un bocinazo o gritarle por la ventanilla, como harían en tantos otros lugares, el conductor sigue detrás un largo trecho, paciente, esperando a que el abuelete se aparte. Y apenas dejo atrás la furgoneta me encuentro delante del mostrador fascinante de una pescadería, admirando la frescura de lo allí expuesto pese a lo cargado del gentío y del ambiente, e intento imaginar a un inspector de sanidad de los que vigilan las normas comunitarias europeas, enfrentándose a aquello. Y mientras hago eso, imaginarme parado al inspector con su libreta y su boli, el pescadero coge un cubo de agua de dudosa procedencia y, sin cortarse un pelo, lo arroja por encima de cuanto tiene en el mostrador; dándole, en efecto, ese aspecto de frescura y recién pescado que tanto me atrajo antes. E imagino entonces al inspector de sanidad, que tal vez estaría a punto de preguntar algo al pescadero, de pedirle un certificado o algo así, quedarse a medio decirlo, con la libreta y el bolígrafo en alto, y luego cerrar la boca, guardar la libreta y largarse discretamente, casi de puntillas. Pensando que los del consejo de sanidad de Bruselas, o como se llame lo que hay allí, no tienen ni puta idea del mundo y de la vida real. De Nápoles, como digo. De mi Nápoles. 

24 de febrero de 2019 

domingo, 17 de febrero de 2019

No me toquen a Sócrates

Reconozco que esta vez me han pateado la bisectriz. Después de muchos años comentando lo que estaba por venir en Cataluña –menester para el que tampoco era necesario el don de la profecía– y encajando el escepticismo de cantamañanas que me llamaban exagerado y pesimista, decidí no volver a tocar el asunto en esta página. Tras permitir entre todos que se desbordara el asunto mediante las adecuadas dosis de pasividad, oportunismo y cobardía, ahora nos toca disfrutarlo, me dije. Así que desde ahora, por mi parte, punto en boca y a otra cosa, mariposa. 

Tal era la idea, como digo. Mantenerme lejos de toda esa basura. Al fin y al cabo no soy un periodista con obligaciones informativas o de opinión, sino un fulano que escribe novelas y utiliza esta página para hablar de lo que le apetece. Y en cuanto a opiniones, ahora que quienes antes callaban como putas cantan en plan orfeón –lanzada a moro muerto, se llama la figura–, mi aporte es innecesario. Sin embargo, como digo, acaban de tocarme el asunto. Lo ha hecho Oriol Junqueras, protomártir del Procés, que ha mencionado a Sócrates, Séneca y Cicerón para decir que, como ellos, él tuvo la oportunidad de huir y no lo hizo, afrontando con coraje su destino. Y, bueno. Como esta página la escribo con dos semanas de antelación, no sé qué más habrá dicho en ese juicio que, cuando esto se publique, estará en todo lo suyo. Pero en cualquier caso no tengo más remedio que negarle las referencias. 

Dejando aparte a Séneca y un error histórico sobre Cicerón –que sí huyó, pero lo pillaron y le dieron matarile–, me molesta mucho, incluso me ofende, que Junqueras haya puesto sus manos, sucias o limpias, sobre Sócrates, cuyo busto de palmo y medio ocupa lugar de honor en mi biblioteca. El filósofo griego tuvo oportunidad de huir, es verdad. Pudo incluso pedir clemencia, pasteleando con el tribunal que lo sentenció a muerte. Pero Sócrates bebió la cicuta precisamente por obedecer las leyes. Para demostrar que, cuando la ley es justa y democrática, en toda circunstancia está por encima del individuo; e incluso, y ahí está el detalle importante, por encima de la voluntad de cualquier masa vociferante de individuos que dice hablar o actuar en nombre del pueblo. 

Para entender en su profundidad moral el proceso de Sócrates y su acatamiento de la sentencia hay que remontarse a la batalla naval de las islas Arginusas, cuando los generales griegos se vieron enfrentados a un proceso, tras un temporal en el que murió gran parte de su gente. Fue un juicio muy contaminado por la política, y Sócrates, miembro de la asamblea, habló en defensa de los acusados. Pero cuando, con las leyes vigentes en la mano, todo parecía favorable a la absolución de éstos, sus enemigos políticos agitaron a la asamblea y al pueblo contra ellos. Menudearon manifestaciones, escraches, testigos falsos, llorosas familias de los náufragos pidiendo justicia y otros recursos. No faltaron sino tuiteros y tertulianos de televisión. Era nada menos que el demos, el supuesto pueblo que allí se manifestaba, poniéndose por encima de la legalidad. Exigiendo estarlo. Pero Sócrates, que era un tío de una pieza, se negó a tragar. Denunció aquello, dijo que la ley estaba por encima del populismo oportunista y, por supuesto, se quedó solo. Acojonados, los miembros de la asamblea votaron lo que el pueblo pedía, y los generales fueron ejecutados. Sócrates jamás lo olvidó, y Atenas, por supuesto, no se lo perdonó nunca: los demagogos, porque se había opuesto defendiendo la ley; los cobardes, porque los había puesto en evidencia. 

Y ahí está la explicación de lo que ocurrió más tarde. Porque cuando Sócrates se enfrentó a su propio proceso y fue sentenciado a muerte, pese al ofrecimiento de sus amigos de facilitarle la fuga, él se negó a salvar su vida huyendo. Al contrario: consciente de que –incluso quienes lo habían condenado– toda Atenas esperaba su fuga con alivio, resolvió quedarse en la cárcel y beber la cicuta, aceptando sin protestar la muerte que el Estado, en el uso de sus leyes, le infligía. Dando ejemplo, él sí, de ciudadanía y de coraje, y pagando con la muerte esa coherencia. 

Así que no me toquen a Sócrates, por favor. Murió precisamente por respetar las leyes, no por pasárselas por el forro de los huevos, como hicieron, y siguen haciendo, Oriol Junqueras y el resto de la peña. No se escuden en él para salpicarlo también con la podredumbre política, social y moral propia de este país inculto, insolidario, infame, desorientado y en demolición. Que por sus propios tristes méritos, como la Atenas de Sócrates, tiene a menudo, o casi siempre, lo que merece tener. 

17 de febrero de 2019 

domingo, 10 de febrero de 2019

Sobre libros y paisajes

Alguna vez les habré comentado que leer libros modifica el paisaje. Al menos, la visión que uno tiene de ese paisaje. Cuando una lectura previa afina la mirada, los lugares relacionados con lo que leíste adquieren dimensiones diferentes, pues lectura y vida se combinan de modo agradable. Con el cine también ocurre, pero menos; aunque también, como digo. Hay lugares a los que las películas vistas antes de visitarlos, como Monument Valley, el Village de Nueva York, el Pont des Arts o la plaza del Kremlin, dan un encanto especial. Que pueden emocionar, incluso, cuando te sitúas ante ellos. Pero en mi caso –tal vez porque lo que soy es un lector que accidentalmente hace otras cosas–, películas aparte, lo que de verdad me calienta son los lugares sobre los que antes leí. Buscar en ellos el rastro, aunque sea remoto o casi imperceptible, de los libros amados. De los que dejan marca profunda o intenso recuerdo.Pensaba en eso hace poco, sentado en la terraza del hotel Bauer de Venecia, quizás uno de los restaurantes con la vista más bonita del mundo. Estaba comiendo cuando llegó una pareja, de cuyo comportamiento y comentarios deduje que era la primera vez que estaban allí. Admiraron con un wonderful y un so nice el panorama de la boca del Gran Canal, hicieron las fotos de rigor y luego se pasaron la comida en silencio, sin levantar la vista, absorto cada uno en su teléfono móvil. Habían cumplido con el lugar y sus ritos, y podían regresar a Internet –no me digan ustedes que tal vez para consultar sobre lo que estaban viendo, que me parto–. Y eso fue todo. No tenían nada que conversar ni decirse sobre el hotel, ni sobre Thomas Mann, ni sobre Peggy Guggenheim, que vivió enfrente, ni eran capaces de acechar en los gondoleros que con guasa veneciana pasaban cantando Ciao, Venezia a los que antaño remaban –y a veces no sólo remaban– para el barón Corvo o Lord Byron. Ya tenían la foto y se limitaban a pasar por allí. 

Me acordé entonces de don Francisco de Quevedo, hombre leído y viajado, y de aquel soneto suyo que empieza: Buscas a Roma en Roma, ¡oh peregrino! / y en Roma misma a Roma no la hallas. Y concluí que era cierto y lo sigue siendo; si a Roma no vas con Roma ya hecha tuya, hay poco que rascar. Viajar a Londres sin Dickens, a Madrid sin Galdós, a Buenos Aires sin Borges, e incluso –metamos también el cine en esto– a Nueva York sin Woody Allen o a Nápoles sin Vittorio de Sica, es pasear de la forma más tonta; seguir la rutina de la foto obligatoria sin mirar hacia atrás antes o después de que te la hagan. Sin puñetera idea de lo que convierte esa foto en necesaria, o importante. Ser, en fin, como aquel fulano al que hace años, en los foros imperiales romanos, vi volverse hacia sus acompañantes muy serio, muy doctoral, muy informado, y decirles con todo su cuajo: «Se nota que es una ciudad devastada por el tiempo». 

Son los libros –y las películas, vale, pero sobre todo los libros– los que nos dan ese valor añadido. Esa dimensión. Ir a cualquier lugar del mundo, o de la vida, con lecturas previas sobre lo que uno va a encontrar, permite encararlo todo con más inteligencia, con más placer o aprovechamiento. Sin lecturas que preparen la aventura del conocimiento unido al placer –o al dolor– de la experiencia, somos incapaces de interpretar el paisaje y hacerlo de verdad nuestro. Huérfanos de referencias, nos pasearemos por él pisoteándolo torpemente, ensuciándolo, llenándolo con estólidos rebaños que sólo buscan la foto para poder decir «estuve allí», sin que ese allí tenga otro sentido que el prescrito por la agencia de viajes. Haciéndolo, además, imposible para otros que sí lo merecen. 

Porque, por suerte, los que sí lo merecen también existen. El mismo día en Venecia, paseando al atardecer por los Zattere junto al canal de la Giudecca, vi a una pareja de chicos sentados en el suelo, cerca de la punta de la Aduana. Ella era morena y él rubio. Tenían esa belleza al mismo tiempo fresca y tibia de la juventud, y había dos mochilas en el suelo –una llevaba cosida una bandera canadiense–. Estaban hombro con hombro, apoyados el uno en el otro, y cada cual leía un libro. Aún había luz. El libro de la chica no pude verlo bien. El del chico tenía una portada azul con letras grandes, y me pareció que era The Golden Fleece, de Robert Graves. El vellocino de oro. Y estaban allí los dos, ensimismados en el mejor de los mundos, nutriéndose la vida. Ajenos a la nave inmensa, al monstruoso crucero que lentamente pasaba en ese momento por el canal, con una multitud asomada a las cubiertas donde centelleaban centenares de flashes de teléfonos móviles y cámaras fotográficas. 

10 de febrero de 2019 

domingo, 3 de febrero de 2019

‘Civis romanus sum’

Como los españoles solemos exigir etiquetas simples y necesitamos, además, que éstas sean negras o blancas con ausencia de grises, a veces alguien me pregunta si soy de derechas o izquierdas, o si monárquico o republicano. Lo sueltan así, tal cual, esperando que quieras más a tu papá que a tu mamá, o al contrario. Hay días en los que te pillan cansado, y entonces me limito a responder que no tengo ideología, sino biblioteca. O que soy de derechas o izquierdas según el pie que me pisan. Otras veces, cuando escucho la radio o miro los periódicos y lo que anhelo es que llueva napalm y se vaya todo a tomar por saco, lo que digo es que me gustaría ser jacobino con guillotina incorporada. Chas, chas, chas. Pero la mayor parte de las veces suelo decir la verdad. Que soy republicano, pero con un matiz importante: republicano de la república romana. No confundamos las cosas. 

El matiz importa mucho, porque me temo que lo que algunos entienden por república peca de irreal en este país donde la historia no sirve como aprendizaje para el futuro sino como arma arrojadiza para envenenarlo. Ese paraíso idílico del que un pueblo noble y feliz fue arrancado dos veces por cuatro curas, banqueros y generales tiene poco que ver con lo que uno ha escuchado, ha leído e incluso, a cierta edad, ha visto. Además, ¿imaginan ustedes una república cuya autoridad máxima pasara cada cuatro años de mano en mano entre individuos como Aznar, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Casado, Abascal, Rivera, Torra, Echenique o Iglesias?… Busquen ustedes entre nuestra clase política, por favor, un presidente de república sereno, culto, prestigioso, honrado, ecuánime y decente. ¿A que no salen nombres? Por eso, como he dicho alguna vez, soy republicano de razón y monárquico por necesidad. Felipe VI me parece una buena persona, muy bien formada e inteligente, que conoce perfectamente su papel y lo ejecuta de modo impecable. Y además, habla idiomas. Puedo equivocarme, naturalmente; pero con él no espero sorpresas ni ambiciones más allá de lo que hay. Está sometido a escrutinio y controlado por leyes que no puede manipular. Si da un resbalón, se cae con todo el equipo. Lo tenemos controlado hasta para saber qué marca de pasta de dientes utiliza. 

Todo lo cual me lleva, como les decía, a ese republicanismo romano del que antes hablaba. A esa república del siglo II antes de Cristo, también ideal para mí –cada cual tiene sus irrealidades en la mollera–, que tanto admiré desde que empecé a declinar rosa, rosae, y que lamento haya sido borrada de los planes escolares, pues tal vez con su conocimiento estrecho, con su referencia aunque fuese lejana, nuestra clase política sería menos analfabeta, menos estúpida y más honorable en actitudes y discurso. Me refiero a mi período favorito de la república romana, la época de los Escipiones –con su toque hermanos Graco para darle sal y pimienta popular–, antes de que todo se sumiera en la podredumbre y el caos de las guerras civiles que terminaron con ella: la humanitas de Cicerón como visión del Estado, y la virtus alabada por Salustio –capaz incluso de reconocerla en el criminal Catilina– como regla moral y ciudadana. 

Qué ejemplar, por citar sólo ésa, la vida de uno de mis personajes más admirados de entonces, Lucio Emilio Paulo, que tras vencer en la batalla de Pidnia, cuyo botín fue tan enorme que los ciudadanos romanos dejaron de pagar impuestos, sólo se reservó para sí, como trofeo, la biblioteca del derrotado rey Perseo, para que sus hijos tuvieran mejor ilustración. El Lucio Paulo que en vísperas de una batalla hizo explicar qué era un eclipse de luna a sus legionarios para que éstos no se aterrorizaran con el fenómeno que iba a ocurrir en mitad de la lucha. El hombre que, al recibir Italia a un millar de griegos como rehenes, escogió entre ellos, como preceptor para sus hijos, a un culto joven llamado Polibio, que fascinado por el poder mundial de Roma escribiría la primera gran historia de ésta. Lucio Emilio Paulo, en fin: el exitoso militar y político que, tras una vida de triunfos, virtud, dignidad y honor, murió tan pobre como había vivido, y lo que dejó fue tan poco que apenas sirvió para pagar la dote de su segunda esposa. 

Qué nutritivas lecciones podrían extraer nuestros analfabetos políticos actuales si mirasen hacia aquel tiempo. Si tuvieran decencia y leyeran, o si adquiriesen alguna decencia leyendo. Cuánto podrían aprender de aquellos personajes y de aquel mundo; cuando Roma aún prefería la libertad, con sus consecuencias, a la tranquilidad y seguridad personal que iban a darle los emperadores y las tiranías que venían de camino. 

3 de febrero de 2019 

domingo, 27 de enero de 2019

El hombre del pijama

El hombre del pijama La semana pasada, los compañeros de XLSemanal me hicieron el honor de publicar algunas viejas fotos de guerra que hice en mis años mozos. Fue un amable repaso a mi juventud, que agradezco mucho. Sin embargo, al verlas publicadas no pude evitar pensar en las fotos que jamás llegaron a serlo porque no las tomé, o incluso en imágenes que tengo nítidas en la memoria, perfectamente registradas, pero que no estuvieron dentro de mis cámaras. Fotografías que nunca hice. 

Una de esas fotos no hechas es uno de mis recuerdos profesionales más antiguos. Ocurrió en 1976. Regresaba de la batalla de Tal Zaatar, un lugar del norte de Beirut donde las tropas palestinas y las cristianas libanesas se habían enfrentado con mucha dureza, en lo que fue una cruel pesadilla para la población civil atrapada en los combates. La batalla acababa de terminar, y cuatro soldados cristianos del grupo Tanzim con los que yo había estado me llevaban de vuelta a mi hotel en el barrio de Acherafieh, que era el Alexandre. Ya había luz, aunque el sol no asomaba aún; y en una esquina cerca de la plaza Sassine, junto a una casa en ruinas, descubrimos un pequeño puesto donde vendían maanuch, esa especie de pizza libanesa con tomillo y aceite, típica para el desayuno. Así que nos detuvimos a comer algo.

Estábamos en ello cuando, al extremo de la calle, oímos gritos y observamos movimiento. Había milicianos armados, así que nos acercamos a mirar. Debo precisar que eran muy malos días: la guerra civil estaba en todo lo suyo, había matanzas y ejecuciones por todas partes, y a las masacres perpetradas por izquierdistas y palestinos se añadían las del bando contrario. Allí todos ajustaban cuentas. Unos habían asesinado en la Quarantina y otros en Damour, y todavía quedaba mucho por venir. Como en todas las guerras civiles, mientras unos luchaban y morían en combate, otros se dedicaban a robar y matar en la retaguardia. Y los que alborotaban aquel amanecer eran de esa clase. Criminales emboscados, cobardes y carroñeros.

Fuimos a ver lo que pasaba, como digo. Había tres mujeres gritando y llorando en una ventana, y abajo, en la calle, los milicianos rodeaban a un hombre en torno a los cincuenta años, al que era evidente acababan de sacar de la cama: tenía el pelo revuelto, la piel grasienta, los ojos aún adormilados, y vestía un arrugado pijama de rayas marrones y blancas. Lo hacían caminar a empujones hacia un callejón lleno de basura, apuntándole con fusiles de asalto M-16. Me fijé en un detalle –a veces uno se fija en cosas absurdas que al final no lo son tanto– que todavía hoy recuerdo bien: llevaba un pie calzado con una babucha y la otra la sostenía en una mano; sin duda se le había salido con los empujones y no le dejaban ponérsela. Los milicianos eran una docena y tenían una expresión nueva para mí, pero que luego vería en muchos lugares distintos: el gesto sombrío, inexpresivo, despiadado, de quien se dispone a asesinar sin alardes ni complejos. Como un frío acto mecánico.

Por mero instinto profesional, sin pensarlo siquiera, busqué una cámara en mi bolsa. Y entonces César Karame, el jefe de mi grupo, me puso una mano en un brazo. Ni se te ocurra, susurró. Si intentas sacar una foto, te matan a ti también. Así que me quedé paralizado, justo en el momento en que los milicianos y su prisionero pasaban por delante. Fue entonces cuando su jefe se fijó en mí y le preguntó a César quién era yo. «Sahafi aspani», dijo éste. Periodista español. El otro repitió «aspani», como pensándolo, me miró de nuevo y siguió adelante sin más comentarios.

Fue entonces cuando también el hombre del pijama me miró, y cuando yo no le hice la foto que, sin embargo, está nítida en mi memoria. Clavó en mí sus ojos, y no había en ellos, les doy mi palabra, miedo ni inquietud ante lo que le esperaba. Lo que leí allí fue una especie de asombrada indignación. De educada cólera. No era horror ante su destino –vi esa mirada en otros, más tarde, y aprendí a reconocerla–, sino dignidad ofendida. Algo así como si me dijera: oiga, usted que es de afuera de esta locura, fíjese cómo se comportan estos salvajes. Fíjese qué clase de gentuza me va a matar.

Y así es como lo recuerdo. Alejándose empujado por los milicianos, con su pijama arrugado, un pie descalzo y la babucha en una mano, mientras me tomaban del brazo para alejarme de allí. Tampoco olvido los disparos que escuchamos mientras subíamos a nuestra abollada camioneta, ni a César y sus compañeros que evitaban mirarme, avergonzados. 

27 de enero de 2019

domingo, 20 de enero de 2019

Policías, detectives, asesinos

Una biblioteca personal no es una acumulación de libros leídos, sino compañía, refugio y proyecto de futuro. Cuenta menos en ella lo ya leído que lo que falta por leer: libros en espera del momento en que cada uno encuentra al lector idóneo en las circunstancias apropiadas. Creo que no hay libros realmente malos o equivocados, o que son pocos. Cervantes dijo que no hay uno tan malo que no tenga dentro algo bueno. Quienes solemos equivocarnos somos los lectores, eligiendo el libro inadecuado o el momento inoportuno para leerlo. Una novelita banal, que leída ayer o mañana nos sería por completo indiferente, puede hoy, tal vez, cambiar nuestra forma de mirar o el rumbo de nuestra vida. 

Pensaba en esto ayer por la tarde, mientras reordenaba la parte de mi biblioteca donde están las novelas policíacas. Ese apartado contiene medio millar de títulos y autores que van de los albores del género, con Edgar Allan Poe —todos los policías y detectives son hijos o nietos de Los asesinatos de la calle Morgue—, o el Rocambole de Ponson du Terrail hasta algunos de los más recientes, como Dennis Lehane, Fred Vargas, Volker Kutscher, Camilleri o Banville. Y entre esos títulos, a modo de tatarabuelo de todos, tengo el Ayante de Sófocles, en cuyo primer acto, Ulises, con su olfato de perra laconia, estudia las huellas dejadas en la arena por el loco que, durante la noche, degolló a todas las reses capturadas a los troyanos. 

El caso es que, mientras reordenaba esos volúmenes —acomodar cada nuevo libro obliga a mover los demás—, pasé un buen rato hojeando viejas ediciones, alguna de las cuales poseo desde hace más de cincuenta años. Y ésos sí están todos leídos. Cuando era jovencito tuve la suerte de que una de mis abuelas fuese lectora de bestsellers de la época —Slaughter, Yerby, Colette, Vicki Baum, Anita Loos, Saint Laurent— y también de novelas policíacas. En su casa leí a Eric Ambler, Hammett, Chandler, Stout, Charteris (El Santo) y Stanley Gardner (Perry Mason). Tenía un armario lleno con títulos del género, y me dejaba llevarme cuanto quería. De ese paraíso lector conservo medio centenar de títulos de la colección Oro de la editorial Molino, y también de aquella magnífica GP Policíaca de los años 50-60: Harmon Coxe, Peter Cheyney, E. Phillips Oppenheim y tantos otros. 

De toda la literatura negra o criminal, la que más disfruto desde niño es la analítica: el detective, hombre o mujer, enfrentado a un enigma cuya resolución exige menos disparos que cerebro. En ese club selecto del crimen figuran en mi biblioteca, con todos los honores, los primeros grandes maestros y sus criaturas: el malvado Fantomas, el detective Lecoq, el elegante ladrón de guante blanco Raffles, Arsenio Lupin, Rouletabille y el maligno villano Fu-Manchú. A nivel más sofisticado se avecindan, naturalmente, Chesterton con su padre Brown y S. S. Van Dine con Philo Vance. También el inspector Maigret anda cerca, aunque debo confesar que a Simenon nunca le cogí del todo el punto, y prefiero las películas interpretadas por el formidable Jean Gabin; igual que prefiero Un maledetto imbroglio de Pietro Germi —obra maestra del cine negro— a la novela original de Carlo Emilio Gadda, que leí con desgana y deseando acabarla pronto. 

En cualquier caso, llegando al nudo del asunto, a la parte noble de mi sección criminal, puede decirse que ésta descansa, Hammett y Chandler aparte, en cuatro pilares básicos: las novelas de Edgar Wallace, las de Ellery Queen, las de Conan Doyle sobre Sherlock Holmes y las de Agatha Christie. A Wallace lo considero —en exacta definición de Patrick Thompson— el Alejandro Dumas de los bajos fondos (Hay crímenes para los que la ley no basta como adecuado castigo, subrayé hace más de medio siglo en una de sus novelas). Al detective privado Ellery Queen –cuyo autor firma con ese mismo nombre– le debo fascinantes enigmas por resolver, cercanos al juego de rol, hasta el punto de que me distraían de mis deberes escolares. En cuanto a Agatha Christie, la más extensa y fértil de todos ellos, miss Marple y Hércules Poirot bastarían para hacerla inmortal; pero es que además escribió la mejor novela criminal de todos los tiempos: El asesinato de Rogelio Ackroyd. Sobre Sherlock Holmes y Watson, a los que considero sin reservas los personajes detectivescos más grandes, fascinantes y originales de la literatura universal, poco más puedo decir a estas alturas, aparte de que ocupan, entre novelas, tratados y ensayos, dos largos estantes en mi biblioteca, y que uno de mis perros se llama Sherlock. Además, Irene Adler —la mujer que derrotó a Holmes—, con la Milady de Los Tres Mosqueteros, marcó para siempre mi vida. Pero ésa ya es otra historia. 

20 de enero de 2019

domingo, 13 de enero de 2019

Esos niños a caballo

Creo que me estoy ablandando con la edad. Lo confieso. Seguramente porque hace un par de meses cumplí los sesenta y siete tacos de almanaque —aunque ya apenas existen los almanaques de taco, que ésa es otra—, hay ciertas cosas en las que empiezo a sentirme más blandiblub que de costumbre. Es una situación incómoda, háganse cargo, para los que durante toda la vida hemos ido de tipos duros, en plan de comernos las balas sin pelar. Cierto es que nadie resulta perfecto, claro. Por mucho que lo procure. Los perros, los niños y los ancianos siempre me produjeron humedades sensibles, aunque con matices. Los ancianos, por ejemplo —ya estoy cerca de serlo—, me causan ternura por su indefensión. En momentos complicados de mi vida vi a ancianos abrumados por la tragedia y la violencia, y no es un recuerdo grato. Pero siempre quedó y queda el vago consuelo de pensar que ellos mismos fueron jóvenes en otro tiempo, quizá alguno tan malvado como los responsables hoy de su desgracia, y tal vez culpable, también, del mundo y las gentes que ahora lo maltratan. 

Sobre los perros hablo con frecuencia en esta página. Si me gustan poco los gatos porque se nos parecen demasiado a los seres humanos, lo que me gusta precisamente de los perros es lo poco que se nos parecen. Lo diferentes que son. Valor, dignidad y lealtad, sus principales virtudes, es justo lo que me gustaría encontrar en los humanos, incluido yo mismo. Y podríamos resumir la cosa señalando que, si en rarísimas ocasiones estaría dispuesto a matar a un ser humano —decir nunca es no tener idea de los recovecos de la vida—, sé con plena certeza que sería, o que soy, capaz de matar con mis propias manos a quien abandona o maltrata a un perro. Pumba, pumba. Cabrón. Cartuchos de posta lobera, y punto. Y dormir después a pierna suelta, sin complejos ni remordimientos. 

Los niños ya son otra cosa. Los he visto sufrir de verdad. Y alguno, como aquel del barrio de Dobrinja, Sarajevo 1993, reventado por un cañonazo serbio, se me desangró entre los brazos porque no llegamos a tiempo al hospital, que estaba en la otra punta de Sniper Alley, y anduve luego tres días sin poder lavarme y con la camisa y las uñas manchadas de su sangre. Quiero decir con eso que tengo un montón de fotos de niños en la memoria, de las que no se olvidan. Y tales fotos se parecen mucho al dolor, la impotencia e incluso —ahí sí— el remordimiento, pues cuando tienes que transmitir una crónica a tal hora hay muchas cosas que sacrificas para hacer bien tu trabajo, aunque luego esas cosas te remuevan la memoria durante el resto de tu puta vida. 

Dicho en corto: los niños me tocan la fibra. Viví dos décadas largas en la parte mala del mundo, y sé que esa parte no está tan lejos de ellos como creemos. Los veo pasar camino del colegio, o en fila cuando van por la calle cogidos de la mano, o sentados en un museo —igual que prisioneros de guerra iraquíes— mientras las profesoras se lo explican, y me gusta observarlos, acechar sus gestos y palabras. Su inocencia y primeras exploraciones del mundo y la vida. Intentar adivinar en ellos lo que, bueno o malo, brillante o mediocre, tal vez serán de mayores. 

Esto me lleva a lo que afirmaba en la primera línea. Siento que me estoy ablandando, y puede que sea la edad. La semana pasada estaba en la Plaza Mayor de Madrid, mirando a los niños montados en los caballitos del tiovivo que ponen allí por Navidad y Reyes, con sus gorros de lana, sus bufandas y sus padres vigilándolos de cerca. Se movía el artilugio, las monturas subían y bajaban, sonaba la música, y los críos se agarraban a los barrotes saludando a sus familiares cada vez que pasaban ante ellos. Cabalgaban serios, íntegros, formales, creyéndoselo de verdad. Consecuentes como sólo ellos pueden serlo. Con esa inocente honradez que sólo un niño pequeño posee y que luego la vida le arrebata poco a poco. Los veía pasar y pensaba que eran afortunados por ser todavía lo que eran, asomados apenas a los complejos lugares por donde la vida acabaría llevándolos. Y al observar sus rostros extasiados y felices, la confianza con que miraban a padres y abuelos mientras sus manitas se agarraban a los barrotes de los caballitos pintados, vi en ellos los rostros de otros niños en otros lugares; y también vi el mío hace sesenta largos años, cuando desde la rueda móvil de un tiovivo miraba el mundo girar en torno, con idéntica inocencia. Entonces me toqué la cara y comprobé que estaba llorando como un perfecto gilipollas. 

13 de enero de 2019

domingo, 6 de enero de 2019

El aviador ruso

Irina y Evguenia Fominá, nieta y bisnieta, sabían que su abuelo había muerto en España durante la Guerra Civil, pero ignoraban dónde. Eso es lo que cuenta Yuri Korchagin, embajador de Rusia, ante un solomillo poco hecho y una botella de rioja, mientras cenamos en Lucio. El embajador –que habla un español extraordinario– es un buen amigo con quien me une, entre otras cosas, una admiración sin límites por Augusto Ferrer-Dalmau, el formidable pintor de batallas español, que acaba de estar con las tropas rusas en Siria, trayéndose una veintena de bocetos para un cuadro que presentará en mayo en Moscú. Augusto es el tercero en la mesa, y hablamos de cuadros, batallas y héroes olvidados. 

El abuelo de Irinia y Evguenia, sigue contando Yuri, se llamaba Fiódor Dombrovsky y era piloto de combate, teniente de la 7.ª escuadrilla de la Unión Soviética, enviada en 1936 para ayudar a la República. El aviador había venido a España dejando allá a un hijo de un año, que al hacerse mayor empezó a indagar sobre el paradero de su padre. Buscó sin éxito, y a su muerte sólo había podido establecer que murió en un combate aéreo. Su hija y su nieta continuaron la búsqueda hasta averiguar que la escuadrilla soviética a la que había pertenecido el teniente Dombrovsky operó desde un pueblo toledano llamado Santa Cruz de la Zarza. Allí estaban su base y el aeródromo. Durante dos años, veinte rusos convivieron con los habitantes del pueblo, que los recuerdan bien. Sobre todo, porque prohibieron cualquier fusilamiento mientras estuvieran allí. Incluso se conservan las casas donde habitaban, algunas fotos –dos se casaron con muchachas del pueblo– y, en el cementerio, la tumba de siete que murieron en diversos combates y cuyos cuerpos pudieron ser rescatados. Uno de ellos era Dombrovsky. 

Irina y Evguenia se pusieron en contacto con la embajada de Rusia en Madrid, pues querían visitar la tumba del abuelo. Con la de los otros seis pilotos rusos, ésta se encuentra bajo una lápida memorial colocada allí después de que la embajada conociera el lugar gracias a un coronel español, cuya madre fue enfermera en el hospital local durante la guerra y que vio enterrar a los pilotos: En memoria de los aviadores soviéticos caídos en España durante la guerra civil de 1936-1939 y enterrados en este cementerio, dice la inscripción. Fiódor Dombrovsky, se confirmó al fin, había sido herido el 6 de diciembre de 1936 en un combate aéreo sobre Talavera de la Reina; y aunque logró regresar a la base, murió de sus heridas al día siguiente. 

Con ayuda de la embajada rusa y de la asociación española que recuerda y cuida las tumbas de los soldados de la División Azul muertos en Rusia, nos sigue contando Yuri, las dos mujeres viajaron a España, hasta el cementerio donde reposa el abuelo, y allí se celebró un modesto acto de homenaje que cobra especial significado en un pueblo como Santa Cruz de la Zarza, donde, en una lección de cordura y tolerancia –esto no lo dice Yuri, pero lo pienso yo–, coexisten con naturalidad el memorial de los pilotos rusos, el de los habitantes del pueblo que fueron asesinados por los franquistas y el de los que lo fueron por los republicanos. Testimonios ecuánimes, en fin, del dolor y del horror, muy adecuados para los desmemoriados tiempos que corren. 

Después de contarnos todo eso, Yuri se queda pensativo un momento. Hay otra historia, comenta al fin, quizá más emotiva todavía. Por casualidad, la embajada se enteró hace poco de la existencia de la tumba de otro piloto soviético, éste sin identificar: un aviador anónimo, uno de los 99 que murieron combatiendo en los cielos de España. Lo habían enterrado en un pequeño campo cerca de Escalonilla, también en Toledo, sin nada que señalase el sitio; pero los lugareños lo conocían bien. Así que al saberlo, unos cuantos rusos fueron allí, y con permiso del ayuntamiento pusieron un pequeño trípode de hierro con una estrella roja. 

Dicho todo eso, Yuri Korchagin, embajador de Rusia, diplomático de carrera, duro tiburón curtido en su oficio, roza con los dedos su copa de vino, aún pensativo, y compruebo, asombrado, que una humedad insólita acaba de asomarle a los ojos. «¿Y queréis saber lo mejor? –comenta de pronto–. ¿Os digo por qué todos conocían el lugar aunque nada lo señalaba?… Porque, durante más de ochenta años, los campesinos que cultivaban el campo, sabiendo que allí estaba enterrado el aviador, cuidaron el contorno de la tumba sin arar nunca sobre ella, dejando intacto el pequeño rectángulo. Respetando el pequeño trocito de tierra española donde yacía un piloto ruso desconocido». 

6 de enero de 2019