domingo, 14 de julio de 2019

El lugar que vende nostalgias

Silencio, El tapado de armiño, La cumparsita, Chorra, Mano a mano, Tomo y obligo, y sobre todo una obra maestra entre todos los tangos que en el mundo han sido, Yira, yira, con esa frase perfecta, precisa y genial: Cuando estén secas las pilas / de todos los timbres / que vos apretás.
Viajar a Buenos Aires tiene para mí algo de peregrinaje: una especie de trayecto a cierta memoria imaginada que, como todo en la vida, tiene sus razones. Mi padre, que en su juventud era delgado y elegante, peinado hacia atrás y con fino bigote al estilo de la época –se parecía muchísimo al actor David Niven–, era un excelente bailarín de tangos, pericia necesaria en aquel tiempo para comerse una buena rosca, o dos. Y es el caso que Gardel y esta ciudad estuvieron muy presentes en la parte frívola de su vida, y siguieron estándolo años después. Cuando yo era niño lo oía canturrear tangos al afeitarse o cuando estaba de buen humor; y si hoy conozco la letra y música de una veintena es por habérselos escuchado docenas de veces a él:

Paseo por Buenos Aires con esas sensaciones en la cabeza, que vienen a fundirse con otras recientes, libros escritos y recuerdos vividos; con esa doble memoria, real e imaginada, que a menudo se mezcla hasta que es difícil distinguir una y otra. Deambulo así, evitando el barrio de La Boca –intransitable ya de turistas en chanclas y calzoncillos–, por Barracas, más duro y en absoluto visitado, miro el Riachuelo y como en El Puentecito como Mecha Inzunza y Max Costa, mi propio bailarín de tangos. Otras veces frecuento los alrededores de la plaza Dorrego, con sus hermosos balcones de hierro forjado y piedra, porque me gusta mucho este lugar los días de mercadillo viejo, cuando sus puestos callejeros exponen la resaca de tantos años y tantas vidas, aunque estoy más a gusto los días entre semana, que viene menos gente. Entonces puedo entrar con calma en las tiendas de anticuarios y visitar mis dos sitios predilectos: uno es el pasaje de la Defensa, con su suelo de baldosas blancas y negras, tiendecitas y oscuros rincones, en uno de los cuales –y esto lo juro por el cetro de Ottokar– vi hace años al fantasma de Borges, o tal vez era él mismo, jugando al ajedrez contra un espejo; el otro es el mercado cubierto que desde 1890 está entre las calles Estados Unidos, Carlos Calvo y Bolívar.

Visitar el mercado de San Telmo me suscita siempre un estado de ánimo cercano a la felicidad. Los puestos de carne, verduras y comida ocupan su lugar habitual; y aunque las tiendecitas de anticuarios que los rodean son cada vez menos, quedan suficientes para mantener el carácter del lugar. Paseo entre ellas mirando de nuevo las vitrinas polvorientas, los objetos de venta imposible que reconozco tras cuarenta años viéndolos allí, a la espera del comprador que nunca llega: viejos juguetes, gramófonos, frascos vacíos de perfume, plata antigua, figurillas de porcelana, oxidados facones gauchos, relojes parados en tiempos de Eva Perón. Y compruebo, satisfecho, que al fondo del corredor de la izquierda sigue abierto uno de mis lugares más queridos, el de postales, sellos, fotografías añejas, estampas, libros, impresos con letras de tangos y cosas así. Fue aquí donde una vez compré el mejor retrato que conozco de Carlos Gardel: el morocho del Abasto en blanco y negro, en foto de verdad, con corbata y sonrisa devastadora bajo el ala de un impecable Borsalino.

El caso es que me detengo, como de costumbre, a bichear un rato en la tiendecita: Dolly Dimple, Tango Bar, manoseados ejemplares de Gente y Playboy, números casi deshechos de El descamisado, fotos del viejo Buenos Aires, emigrantes bajando de un barco en Puerto Madero, el Parque Japonés, Serenata para Violeta, una primera edición de La razón de mi vida con foto de La Señora en la portada, postales cursis escritas con tinta desvaída y juramentos de amor eterno, docenas de instantáneas de novios que fueron jóvenes y guapos, centenares de retratos de familias de apariencia feliz a las que ya nadie recuerda; y, entre un cartel publicitario del analgésico Geniol y un gallardo militar que mira a la cámara soñando con gloriosas campañas, una jovencísima y linda rubia vestida de primera comunión, que sabe Dios en qué cementerio descansará ahora.

Estoy entre todo eso, como digo, tocando aquí y allá, cuando al levantar la vista encuentro la mirada del dueño de la tienda: un viejo conocido de pelo gris, que encoge los hombros como para justificarse y sonríe, melancólico. «Vendo nostalgias», me dice. Y pienso que es una frase perfecta para este lugar y este día.

14 de julio de 2019

domingo, 7 de julio de 2019

De muy frío a muy caliente

La semana pasada, al contarles cómo y por qué entran ciertas palabras en el diccionario de la Real Academia Española, me dejé algunas cosas en el tintero, o en el teclado del ordenador. Folio y medio no da mucho de sí, de modo que he pensado rematar hoy la faena. La cosa venía, como quizá recuerden ustedes, de que a menudo una palabra incorrecta y a veces incluso opuesta a su sentido real, acaba haciendo fortuna, pasa al habla común y termina incorporada al diccionario, pues todo el mundo la utiliza y el diccionario está, precisamente, para comprender el significado que damos a las palabras, sean éstas y aquél los que sean.

Un buen ejemplo de lo que digo es la palabra álgido. Proviene del latín algidus, que significa frío o muy frío. Con ese significado aparece en el diccionario Petit Robert francés, que es el mejor de aquella lengua, y en el Zingarelli italiano, que es el mejor de esa otra. Y cold, frío, es la única traducción que le da el Oxford Latin Dictionary apoyándose en Catulo, Catón y Horacio, entre otros autores clásicos que utilizaron esa palabra. Nada hay de caliente en ella, por tanto, excepto cuando se utiliza en España, donde hace mucho que el calor ha sustituido al frío. Es el único lugar donde esto ocurre, desde que a algún analfabeto con voz pública se le ocurrió echarlo a rodar con sentido incorrecto a mediados del pasado siglo. La transformación se oficializó en 1984, año en que la vigésima edición del diccionario de la RAE no tuvo más remedio que añadir a muy frío una segunda acepción (momento o período crítico o culminante de algunos procesos orgánicos, físicos, políticos, sociales, etc.) que terminó desplazando la original a un segundo lugar en posteriores ediciones. Y que todavía no ha incorporado la de muy caliente pero está a punto de hacerlo, debido a que en la actualidad todo el mundo cree que álgido significa eso y lo utiliza en tal sentido: punto álgido, punto máximo de calentura.

Les calzo toda esta murga lingüística para que se hagan idea de lo complejas que son las palabras y su evolución, y de cómo ciertos errores o usos incorrectos, a fuerza de ser usados por masas de hablantes poco cultos, acaban imponiéndose incluso en sentido opuesto al que tienen. Otra cosa son los bulos que algunos indocumentados hacen correr sobre palabras supuestamente incorrectas incluidas en el diccionario como almóndiga, toballa y demás, ignorando que no se trata de vulgarismos modernos que la RAE admite, sino de palabras antiguas que figuran en textos clásicos y a las que, precisamente para marcar su antigüedad, se les pone la marca desus, que significa desusado. Lo mismo ocurre con términos ajenos al habla cisatlántica –amigovio, bluyín– pero frecuentes en la América hispana, que a un hablante de aquí le suenan raros pero allí son habituales, y por tanto deben figurar en un diccionario panhispánico dirigido a 570 millones de personas de las que sólo una pequeña parte vivimos a este lado del Atlántico.

Dirán algunos de ustedes, y es natural, que tanto la Academia Española como sus hermanas de América deberían salir al paso de los errores, señalándolos para evitar que se extiendan. Y a mi juicio tienen razón, pero el asunto es delicado. En la RAE llevamos mucho tiempo discutiendo sobre eso, pues hay dos posturas enfrentadas. Una es la de quienes creemos –casi todos, escritores y gente con actividad pública– que la Academia debe señalar errores y fijar normas de uso, del mismo modo que lo hace en su Gramática y su Ortografía. Algunos de nosotros llevamos diez o quince años pidiendo, sin conseguirlo, que la RAE tenga una política eficaz de comunicación activa, incluido un acto público anual para hacer balance del estado de la lengua española y llamar la atención sobre incidencias de esa clase. Otros, sin embargo –y en esta postura se atrincheran varios académicos filólogos–, opinan que la lengua debe dejarse en completa libertad, y que la RAE sólo debe registrar los usos sin advertir de nada a nadie. Que la vida siga su curso, y nosotros, a mirar. Esa tensión entre dos posturas, la activa y la pasiva ante los errores y transformaciones de las palabras que usamos, sobre los límites o señales de peligro que deben o no ponerse junto a ellas, da lugar a interesantes y a veces ásperas discusiones académicas, y sigue sin resolverse. Sin embargo, no debería ser sólo asunto nuestro. También ustedes, usuarios de esa formidable herramienta común que es la lengua española, deberían interesarse más. Y cuidarla. La RAE es una institución importante y necesaria, pero el habla pertenece a todos. Nada de cuanto en ella ocurra nos es ajeno. Al fin y al cabo, las palabras que usamos son las que conforman nuestra vida. Las que definen el mundo.

7 de julio de 2019

domingo, 30 de junio de 2019

Botas, gotas y diccionarios

Se planteó hace unas semanas en nuestra comisión –de ciencias humanas, se llama– de la Real Academia Española. Cada jueves, antes del pleno que se celebra desde hace trescientos años, los académicos nos reunimos en comisiones más pequeñas para actualizar definiciones anticuadas del Diccionario o discutir las nuevas. Somos pocos y es labor ardua y prolija, pero agradable. Y necesaria. A veces algún experto nos echa una mano. No hace mucho, precisamente, y gracias a la eficaz colaboración del maestro Jesús Esperanza, que tiene su galería de esgrima a pocos pasos de nuestro edificio, nuestra comisión revisó y puso al día todos los términos del noble arte, o deporte, del florete, el sable y la espada. Y ahí seguimos. 

Hace unos jueves, como digo, se trató sobre algo que ahora se utiliza mucho para expresar tormento; o más que tormento, tortura psicológica por insistencia: la acción de alguien que machaca hasta la extenuación, figurada o casi real, de sus semejantes. Gota malaya, suele decirse. Lo que, traducido en hechos, equivaldría a un lento goteo de agua sobre la cabeza o la frente de una víctima inmovilizada, hasta volverla más o menos majara. Con tal sentido se usa habitualmente y cada vez más; sin embargo, la expresión es incorrecta. La gota malaya sencillamente no existe. Los malayos no gotean, que yo sepa. Lo que sí existe es la bota malaya. Y también la gota china

El caso es interesante, porque demuestra hasta qué punto el habla popular, el uso de una palabra equivocada o incorrecta, puede llegar a extenderse en detrimento de la expresión correcta. Así es como, unas veces para bien y otras para mal, evolucionan las lenguas. Y así es como la RAE, cuyo Diccionario es una especie de registro notarial del castellano o español, se ve obligada a incorporar todos esos usos, le gusten o no. Lo que no significa aprobación ni norma, sino constancia de que los hispanohablantes hablamos así. De cuáles son las palabras que utilizamos y con qué significado exacto lo hacemos, aunque éste cambie a través del tiempo. 

Para los aficionados al cine clásico, lo de bota malaya no plantea dudas. En la estupenda película de aventuras Mares de China, protagonizada en 1935 por Clark Gable y Jean Harlow, al apuesto capitán del barco los piratas malayos lo someten a ese tormento, que consiste en una bota de madera que mediante un sistema de palancas comprime el pie hasta triturarlo –«Calzo un 42», desafía Gable a los malos con mucha chulería–. Lo curioso es que siendo bota malaya la expresión correcta, lo que todos dicen ahora es gota malaya; hasta el punto de que el rastreo que Silvia, la eficaz filóloga de nuestra comisión, hizo en Google, Bing y Yahoo cuando tratamos el asunto, dio como resultado sólo 2.084 usos de bota malaya, que es la expresión correcta, frente a 40.780 de la incorrecta gota malaya. Por lo que, con gran dolor de corazón, no tuvimos otra que incorporar también la incorrecta al diccionario. Su frecuencia de uso es una realidad lingüística, y el diccionario está para definir realidades, nos gusten o no, haciendo posible que cuando alguien escuche o lea una palabra en Cervantes o en un periódico actual sepa qué significa, independientemente de que sea peyorativa, malsonante o equivocada. Así que sirva este episodio como ejemplo de cómo evolucionan las lenguas, y también de cómo se hacen los diccionarios y para qué sirven. 

De todas formas, ni siquiera la RAE puede averiguar siempre cuándo y por qué se produce una transformación o un error cuyo uso se extiende luego. En este caso sí es posible, y el responsable tiene nombre y apellidos, e incluso fecha. En 1982, el entonces presidente Felipe González se lió entre bota y gota cuando dijo que el político Pasqual Maragall, entonces alcalde de Barcelona que no paraba de pedir dinero para los Juegos Olímpicos, era una gota malaya: un pelmazo hasta el martirio. El lapsus presidencial hizo fortuna, nadie lo corrigió públicamente, periodistas que no tenían ni idea de gotas y botas lo repitieron hasta la saciedad, y de ahí pasó al uso general, hasta el punto de que incluso escritores presuntamente cultos lo utilizan hoy con naturalidad. Eso ya no hay quien lo pare, y no será este artículo el que lo consiga. Porque además, y para que vean ustedes la singular dinámica en la evolución de una lengua –y eso ocurre con todas las del mundo–, se da la paradoja de que, en la actualidad, a quienes utilizan bota malaya en su expresión correcta hay quien les llama la atención y afea el término. Gota, hombre, les dicen en Twitter o Facebook. Se dice gota malaya, inculto. Y es que así se escribe la historia. Y los diccionarios. 

30 de junio de 2019 

domingo, 23 de junio de 2019

La mujer que lloraba en un Ferrari

Hace un par de meses, cuando escribí un artículo sobre mujeres malas y chicas duras en películas de toda la vida, omití un nombre: María Félix. Y lo hice deliberadamente, porque le reservaba un artículo aparte. Algunos jóvenes lectores y otros menos jóvenes, poco familiarizados con la historia del cine, se preguntarán quién fue esa señora –como decía Quevedo, el tiempo todo lo masca–. Así que hoy me propongo contárselo a ustedes, empezando con una de aquellas formidables frases suyas que tanto contribuyeron a forjar la leyenda: A un hombre hay que llorarlo tres días. Al cuarto, te pones tacones y un vestido nuevo. 

Se llamaba María de los Ángeles Félix, era mexicana y también lo más parecido a lo que en el cine clásico se consideró una diosa: bella, fría, morena, elegante, altiva, dura, cruel, sarcástica. La mujer que dijo Soy más cabrona que bonita o No te sientas mal si alguien te rechaza; la gente rechaza lo caro cuando no puede pagarlo, supo construirse desde la nada y crear un fascinante personaje público, un mito hecho a medias entre su verdadera personalidad y las que interpretaba en la pantalla. No basta con ser bonita, hay que saberlo ser, sostuvo siempre. Tuvo muchos hombres, muchos amores, mucho cine, mucha vida, y murió a los 88 años siendo un monumento a sí misma. La pintaron Diego Rivera, Orozco, Leonora Carrington, Remedios Varo y Antoine Tzapoff. La dirigieron el Indio Fernández y Luis Buñuel. La amaron los hombres con más talento y con más dinero del mundo. Nunca quiso trabajar en Hollywood; dijo no a papeles que interpretarían luego Jennifer Jones y Ava Gardner, y proclamó, orgullosa como solía: Me quieren dar papeles de india, y a mí no me da la gana. Los papeles de india los hago en mi país y los de reina en el extranjero

Si quieren ustedes descubrirla o enamorarse de ella hasta las cachas, basta con ver una de sus películas, Enamorada, en la que tiene de coprotagonista al enorme Pedro Arméndariz, su pareja ideal en el cine. Pero ésa es sólo una de las cuarenta y siete que rodó, y muchas fueron verdaderamente buenas. Todo cinéfilo como Dios manda asentirá sin dudarlo ante El peñón de las ánimas, Doña Bárbara–de ahí retuvo para siempre su apelativo La Doña–, La mujer sin alma, Río Escondido, Maclovia–donde logró algo casi imposible en ella, parecer humilde–, La cucaracha, Los ambiciosos, Doña Diabla, La mujer de todos y tantas otras. De sus películas y entrevistas de prensa proceden las famosas frases a las que antes aludí, tan vinculadas a ella que es imposible establecer si eran sus personajes los que se encarnaban en María Félix o era ella la que inyectaba su fascinante encarnadura en los personajes: Las flores son un mal negocio, duran un día y hay que agradecerlas toda la vida… Ningún hombre se mata por una mujer, se mata por cobarde… Vale más dar envidia que dar lástima… Y quizá la más cínica entre las suyas: El dinero no da la felicidad, pero siempre es mejor llorar en un Ferrari

En materia de hombres y dinero sabía muy bien de qué hablaba. Tuvo una vida de lujo y glamour con varios esposos y amantes que incluyeron al torero Luis Miguel Dominguín, Jorge Negrete –el cantante que fue ídolo del cine musical en España y América con famosas películas de rancheros, cantinas y tequila– y Agustín Lara, mi favorito entre sus hombres: el flaco elegante con una cicatriz canalla junto a la boca –una cicatriz que ella confesó la ponía de lo más caliente–; el compositor genial que, antes de que María Félix lo dejara por otro hombre, tuvo tiempo de componer para su amada algunas de sus mejores creaciones: Humo en los ojos, el chotis Madrid, Cuando vuelvas y, sobre todo, esa canción maravillosa que a su destinataria, incluso cuando ya era mayor y entraba en algún local de moda, la orquesta tocaba para saludarla y rendirle homenaje: Acuérdate de Acapulco / de aquella noche / María bonita

Vean sus películas, si no las conocen. Observen su rostro en Internet. Busquen la película Enamorada, compárenla con Doña Bárbara y hagan una fascinante relectura en clave feminista del cine de la época y los personajes que María Félix protagonizaba. Sigan el rastro de esa actriz singular, hembra prodigiosa y señora de rompe y rasga, y deléitense con sus inolvidables frases míticas: La vida sin ti no vale nada, pero contigo vale menos… No des una segunda oportunidad a quien no aprovechó la primera… Y la que sin duda es mi favorita: Una mujer será tan niña como la consientas, tan señora como la trates, tan inteligente como la desafíes y tan sensual como la provoques

23 de junio de 2019 

domingo, 16 de junio de 2019

Sobre papeleras y campanarios

Leí tus dos relatos y lo hice con interés, aunque tardara un poco. Ya no tengo tiempo para esa clase de cosas, pero tanto insististe que no quiero que lo tomes por indiferencia. Sólo ocurre que estoy mayor y el tiempo de que dispongo prefiero reservarlo, en plan egoísta, para asuntos que me importen mucho: mi trabajo y mis lecturas, por ejemplo. O escaparme un rato al Mediterráneo. Pero como digo, me pusiste difícil esquivarlo. Un lector es un amigo, y con un amigo se cumple. Así que aquí me tienes, cumpliendo, con la esperanza de que también sirva para alguien más. De que ese alguien comprenda y no me enfrente otra vez a estos dilemas. 

Salvo un exceso de adjetivos, el primer relato me pareció bien y el segundo, aburrido e innecesario. Ya que pides mi opinión, te diré que el mayor peligro en la escritura temprana, gramática y ortografía aparte, es mezclar los estados de ánimo personales y lo limitado de una biografía juvenil –no limitada por falta de talento, sino por juvenil– con un proyecto literario serio. De ahí a la redacción escolar va poca diferencia. Fatiga la abundancia de jóvenes de ambos sexos para quienes escribir consiste en contar sus peripecias personales como si fueran el ombligo del mundo, ignorando que vida y literatura son mucho más largas, dilatadas y ricas, que hay tiempo para todo, y que el punto de vista cambia con los años, aunque a los veinte uno se crea al cabo de la literatura y la vida. El peligro, si no salen de ahí, es que esos incautos suelen terminar escribiendo lo mismo a los cincuenta; y eso ya sí es grave, porque en adelante, si llegan a publicar –y ahora publica todo el mundo– llenarán las mesas de novedades de aburrimiento y mediocridad. 

Dicho lo anterior, puedo añadir que me interesa tu mala leche, y que hay momentos en tus relatos, incluso en el malo, que hacen creer que algún día tendrás mucho que decir. Lo que pasa es que lo que tengas que decir se construirá viviendo, leyendo y escribiendo mucho; esto último no para publicar, sino con destino a la papelera. Que es la mejor amiga del escritor que empieza, del que termina y, en general, de cualquier escritor en todo momento de su vida. Y si uno, papelera aparte, no ha leído y vivido lo suficiente, no sé qué diablos pretende contar. Saber que la vida es una puñetera mierda –lo que puede descubrirse fácilmente a los siete u ocho años de edad– no significa saber o intuir por qué es una puñetera mierda. Sólo cuando alguien está en esa segunda fase, la de saber o intuir, lo que teclea puede interesar a otros. Incluso conseguir que esos otros paguen por leerlo. Hasta entonces, la escritura es más útil para uno mismo que para los demás. Así que, vanidades aparte, y te lo digo en crudo para que te enteres, por ahora no hay ninguna utilidad pública en que publiquen tu rollito personal. De momento no importas un carajo, colega. Hay un tiempo para cada cosa. 

Casi nunca doy consejos; pero ya que insistes, diré que tienes talento y sabes mirar. Por eso es probable que un día escribas algo que merezca la pena para otros, además de para ti mismo. Aunque si eso no ocurre, tampoco será grave. Escribir novelas, ensayos o lo que sea no es obligatorio en la vida. Puedes palmar sin hacerlo y no habrá pasado nada; ni en tu caso, ni en el mío. Que te conviertas en escritor de verdad depende de complejos factores: suerte, trabajo, pareja, hijos a los que hay que dar de comer. Cosas así. Pero hasta entonces, si de verdad quieres dedicarte al asunto, sólo cuenta el método que antes mencioné: vivir mucho, leer mucho, mirar alrededor y no sólo hacia ti mismo; educarte para el oficio como si estudiaras una asignatura difícil, que lo es, y apasionante, que también lo es. No tener prisa ni pedir consejo sino a los buenos libros que debes leer: un escritor es responsable de sus errores y sus aciertos, y debe detectarlos solo. Y recuerda que la novela que no se explica por sí misma y necesita cháchara adicional del autor, nunca es una buena novela. 

Y un último consejo, puesto que los pides. Si quieres ser alguien viajado, leído y fértil, no te manosees la flor con los nacionalismos paletos y las murgas en vinagre. Una cosa es la tierra y la memoria, legítimas y necesarias, y otra limitar tu obra a lo que se ve desde el campanario de tu pueblo, excepto si lo que anhelas es que sólo te lean los de tu puto pueblo. El mundo de un buen novelista es amplio y rico, capaz de alimentar la obra durante toda su vida y hacerla evolucionar con él. De ahí mi último consejo: para un verdadero escritor, la única patria que merece la pena está en las páginas de los buenos libros. Es lo único que abriga del frío que hace afuera. 

16 de junio de 2019 

domingo, 9 de junio de 2019

Hembras preñadas que paren

Señalar que el disparate en que vivimos afecta a las palabras que utilizamos, o a las que evitamos utilizar, no es novedad a estas alturas de la verbena. Hay gente con tiempo libre y pocas necesidades expresivas que se afana por establecer listas de palabras correctas e incorrectas, incluso de permitidas y prohibidas, que luego pretende imponer con la energía de un inquisidor celoso. Si hace medio siglo aún había expresiones malsonantes que escandalizaban a las autoridades civiles y eclesiásticas, y eran objeto de sanción social y consecuencias penales, no es que las cosas estén hoy ocurriendo de nuevo, sino que empeoran respecto a las últimas décadas. Nunca, ni siquiera en mi juventud –y eso que viví los últimos tiempos del franquismo–, hubo menos libertad a la hora de abrir la boca para decir algo. Más peligro de que te cayeran encima con el fruncir de cejas y con la estaca. 

El fenómeno es internacional, pero voy a referirme a España, que es donde vivo y en cuya lengua castellana, el español hablado por 570 millones de personas, escribo y me gano el jornal. Esto del jornal es importante, porque las palabras son mi herramienta de trabajo. Con ellas cuento historias, y necesito por tanto que sean limpias, variadas y eficaces. Por eso tengo ahí la misma sensibilidad, en defensa propia, que tendría un albañil con sus ladrillos y su paleta, un fontanero con la llave inglesa o un médico con su estetoscopio. Por supuesto, el lenguaje debe evolucionar con la sociedad que lo utiliza. De no ser así, seguiríamos hablando como Julio César o Almanzor. Pero una cosa es evolucionar, y otra encogerse y desaparecer. Son cada vez más las palabras sometidas a censura social, y eso reduce los confines del idioma. Limita el vocabulario, achata la capacidad de expresión y empobrece los formidables registros y matices de nuestra lengua. 

Les coloco este rollo macabeo porque hay tres hermosas palabras españolas –entre muchas otras– que pocos se atreven ya a utilizar con naturalidad, pues las creen peyorativas: hembra, parir y preñar. Y no es que no las utilice quien las rechaza, lo que es legítimo; sino que aumentan los inquisidores contrarios a que otros las usen cuando lo estimen oportuno. Yo mismo me los tropiezo a menudo: te caen encima como abejas enfurecidas. Supongo que eso tiene que ver con la injerencia de tanto analfabeto de ambos sexos en los ámbitos del feminismo serio y responsable; pero determinarlo no es asunto mío. Me limito a señalar que utilizarlas acarrea una inmediata sanción social, e incluso personas cultas empiezan a contagiarse del rechazo. Son palabras que suenan mal, para entendernos. Y no hay mayor equivocación ni injusticia que ésa. Las tres son hermosas, nobles, respetables y perfectas. Desterrarlas de nuestro vocabulario sería, o lo está siendo ya, una torpeza y una desgracia.

Hembra, por ejemplo, es una palabra preciosa. Significa mujer y también animal del sexo femenino. Y aplicada en su contexto a las personas adecuadas, a menudo es un elogio. Proviene del latín femina y ya fue usada en el siglo XIII por Gonzalo de Berceo en sus formas femma y fembra, que evolucionaron hasta la actual. Tiene, por tanto, una nobilísima solera que sería una lástima confinar en el siniestro calabozo de las palabras condenadas. Y lo mismo ocurre con parir, que viene del latín parere: utilizada por Séneca y Apuleyo entre muchos otros, fue de uso general en todas las épocas y significa alumbrar o dar a luz; una de las palabras favoritas, por cierto, de mi profesor de Latín don Antonio Gil, quien enseñó a sus afortunados alumnos a utilizarla con propiedad y orgullo. Como también el hermoso verbo preñar, que viene de praegnare –llenar, fecundar o hacer concebir–, que da lugar a la bellísima palabra preñada: hembra que tiene una criatura en el vientre. Término usado en la lengua latina por Plauto, Terencio y Cicerón, y aplicable desde entonces a muchas cosas que no tienen que ver con la mujer, pero sí con su noble sentido etimológico. Y que, por cierto, resulta clave en uno de mis pasajes favoritos de la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, cuando, al narrarse la entrada en Tenochtitlán de los españoles y las mujeres indias que los acompañan, el mestizaje de España y América aparece mencionado por primera vez en la historia y la literatura con esa hermosa palabra, cuando escribe el cronista –y fíjense en el importante adverbio ya– que «algunas de ellas estaban ya preñadas».

Resumiendo: vayan a corregirle el vocabulario a su Torquemada madre. Dicho sea sin ánimo de ofender. O tal vez con un poquito de ánimo. 

9 de junio de 2019 

domingo, 2 de junio de 2019

Pintores de batallas rusos

Leer Un caballero en Moscú, de Amor Towles, en una habitación del hotel Metropol cuya ventana da al Kremlin no es de las peores experiencias que recuerdo. Y más en estos días en los que los ruskis conmemoran el aniversario de su Gran Guerra Patria; cuando le partieron, a un costo terrible, el espinazo a los ejércitos de Hitler. Para completar el asunto hace buen tiempo, los cócteles del bar son formidables, el cangrejo del restaurante Bolshoi es insuperable, y las calles moscovitas tienen ambiente festivo, con niños y señoras tocados con la pilotka, ese gorro del soldado ruso con la estrella roja que usaba la infantería soviética en la Segunda Guerra Mundial, y que hoy es tradición recuperar, luciéndolo con orgullo por las calles; lo que da a los críos una simpática pinta de soldadito Iván y a las señoras, con sus trenzas rubias y sus ojos claros, un aspecto estupendo de partisanas entre abedules con el subfusil PPSh41 colgado del cuello. 

Coincido aquí con Augusto Ferrer-Dalmau, el pintor de batallas español, que ha venido a presentar un cuadro suyo en el museo militar de Moscú; allí donde, como pieza magna, está el águila de piedra del Reichstag berlinés, rota en pedazos y rodeada de grandes urnas de cristal con seis mil cruces de hierro capturadas a las tropas nazis durante la guerra, formando un conjunto de una justificadísima chulería patriótica orquestada con tan mala leche que, si yo fuera alemán y viera eso, me pegaba un tiro de pura vergüenza. Detalle que, desde luego, resulta útil recordatorio de que no siempre la raza aria tuvo el simpático rostro de abuelita Paz que hoy muestra frau Angela Merkel en los telediarios. 

El caso es que, gracias a Augusto y sus contactos bolcheviques, o lo que sean ahora, conseguí visitar hace unos días el legendario taller Grekov. Y digo legendario porque, a ochenta y cinco años de su fundación, el Grekov sigue siendo un lugar impresionante, catedral de la pintura histórica de este viejo y sufrido país. La idea original, y para eso nació el taller, era crear un espacio donde los mejores pintores rusos, soviéticos entonces, pudieran trabajar en obras que representasen momentos importantes; no sólo soldados y batallas, sino también ciudades, puertos, paisajes donde la historia hubiese dejado huella a través de los siglos. 

Recorrer las salas y talleres del Grekov es inolvidable. Allí trabajan los mejores escultores y pintores de asuntos históricos, tanto para museos y ministerios como para empresas privadas y particulares que desean un cuadro o una escultura. También para ayuntamientos y corporaciones que destinan las obras a dependencias oficiales o a decorar parques y carreteras. Así, cada cliente pide lo que desea, y cada artista lo aborda con plena libertad. Eso produce ingresos nada despreciables que, unidos a la ayuda del ministerio de Defensa, mantiene vivo y activo el taller, convertido en formidable escuela donde los jóvenes pintores interesados en la historia de Rusia aprenden de los grandes maestros vivos y también de quienes los precedieron. Hasta cuadros e iconos se restauran allí. 

Insisto: visitar el Grekov es toda una experiencia. Lleno de maquetas, proyectos y obras en ejecución, el recinto huele a pintura fresca, yeso, mármol a medio trabajar, bronce recién fundido. Huele a la historia que los escolares visitarán en excursiones colegiales, aprendiendo más sobre sus abuelos y tatarabuelos: batallas napoleónicas, revolución rusa, guerras mundiales y conflictos modernos alternan con paisajes y retratos de todas clases. Y no se trata sólo de gloria y fanfarria nacional. Hay obras que exaltan lo patriótico, por supuesto. La vieja Unión Soviética tuvo mucha tradición en eso. Pero abundan también las realistas y críticas que muestran el dolor, el desastre, la muerte, el sufrimiento y el sacrificio. La secular tragedia, las luces y sombras de la larga y compleja memoria histórica rusa. 

Si viajan a Moscú, búsquense la vida e intenten visitarlo. Sobre todo porque en España es imposible un sitio como ése. Hace poco, cuando Augusto Ferrer-Dalmau, uno de los autores de pintura militar más reconocidos del mundo, se ofreció gratis al ministerio de Defensa español para crear un taller como el Grekov, con objeto de formar a jóvenes artistas de temas históricos, la respuesta fue que no, gracias. Ya tenemos mucha pintura de esa clase, dijeron. Y si permiten que me tire el pegote, diré que yo mismo le había pronosticado a Augusto exactamente eso, aunque imaginarlo no tuviera ningún mérito. Estamos en España, ya saben. La de la memoria histórica según y cómo. Para prever semejante respuesta no hacía falta ser adivino. 

 2 de junio de 2019

domingo, 26 de mayo de 2019

Una foto en La Biela

Cuando pasas buena parte de tu vida entre viaje y viaje, acabas desarrollando costumbres y manías que ya no puedes quitarte de encima. Una de las mías es que detesto desayunar o comer en los hoteles donde me alojo, sean éstos de la clase que sean; así que, cuando dispongo de tiempo, busco un café o un restaurante cercanos donde resolver el asunto. En Buenos Aires me las estuve arreglando durante varias décadas con el café La Biela, para el desayuno, y con el restaurante Múnich para comidas y cenas. El problema es que hace un par de años cerraron el restaurante, y próxima a mi hotel habitual ya sólo queda La Biela, que es una cafetería clásica, con veteranos y eficientes camareros al estilo del café Gijón de Madrid. Hasta ella paseo cada mañana, cuando estoy en esa ciudad, para sentarme junto a una ventana, pedir un par de medias lunas con un vaso de leche, hojear los periódicos y ver pasar a los perros más o menos felices que, atraillados en grupo, sacan sus cuidadores a pasear por La Recoleta. 

La Biela está próxima a la casa donde vivía Adolfo Bioy Casares, y era frecuentada por éste y por su amigo Jorge Luis Borges. Para homenajearlos, una de las mesas está ocupada por sus efigies de cartón piedra a tamaño natural, sentados como si estuvieran de tertulia. Entre ellos hay una silla libre, que ocupan los visitantes para fotografiarse con los dos maestros. Eso tiene un éxito razonable, y son muchos quienes lo hacen cada día; aunque ignoro –y por algunos comentarios deduzco que no– si todos los que posan saben con quiénes se hacen la foto. De cualquier modo, cuando hace buen tiempo el mayor éxito fotográfico está fuera del café, en la puerta. Durante muchos años, las figuras de dos legendarios corredores automovilísticos argentinos, Juan Gálvez y Oscar Alfredo Gálvez El Aguilucho, han venido siendo un reclamo para turistas y buscadores de recuerdos; pero el añadido reciente del futbolista Messi, con la camiseta argentina y un pie sobre un balón, ha disparado las visitas. Raro es mirar por la ventana, hacia el jugador, y no ver a alguien posando o esperando turno para hacerlo. Como dice Daniel, uno de los viejos camareros, cada cual baila el tango a su manera. 

El caso es que esta mañana me encuentro en La Biela, en una de mis mesas habituales, leyendo en La Nación el artículo de mi compadre Jorge Fernández Díaz, cuando veo entrar a un hombre cuarentón, bien vestido y de buen aspecto –La Recoleta es un barrio elegante–, llevando de la mano a su hija de cuatro o cinco años. Es domingo, y el aspecto de padre separado con derecho a fin de semana canta La Traviata. Y ocurre que los dos vienen a sentarse en una mesa contigua a la mía, hablando de sus cosas, y al rato la niña mira curiosa a Borges y Bioy Casares, se acerca, los toca con cautela y vuelve corriendo con su papi. Eso parece darle a éste una idea. «Voy a hacerte una foto con los muñecos», dice. Así que la pequeña se sienta complacida entre las dos figuras y el padre le toma un par de fotos con el teléfono móvil. «Son dos escritores muy importantes –le dice éste–. Dos señores que ya se murieron, los pobres, pero escribían cuentos muy bonitos, como los que te leemos mamá y yo. Cuando seas mayor podrás leerlos tú también, y te gustarán mucho». 

Al rato, acabado el desayuno, padre e hija se levantan. En ese momento, la niña mira por mi ventana y ve al otro lado la figura balompédica de Messi, con su camiseta blanquiazul de la selección nacional argentina. «Hazme una foto con ese otro muñeco», dice. Y entonces, muy despacio, impasible el rostro, el padre se inclina un poco para mirar por la ventana, acaricia el pelo de su hija y pronuncia unas palabras gloriosas que, a mi juicio y tal vez al de algunos de ustedes, lo hacen merecedor a los títulos de Argentino Ejemplar, Ciudadano Ilustre y Padre del Año: «No, ésa no hace falta. Nosotros ya tenemos la foto que queremos». 

Y eso es todo, o casi. Porque al salir, mientras el padre se detiene junto a mi ventana para atender el teléfono teniendo de la mano a la hija, ésta mira de reojo a Messi y después se vuelve hacia mí, inquisitiva, como si esperase una confirmación a lo afirmado antes por su papi. Entonces pongo mi mano abierta en la ventana, apoyada en el cristal; y la niña, tras dudar un momento, alza muy seria su manita y la acerca hasta tocar la mía por el otro lado. Entonces siento detrás las miradas satisfechas de Borges y Bioy Casares, y tengo la certeza de que en efecto, como dijo su padre, esa niña los leerá cuando sea mayor. Y le gustarán mucho. 

26 de mayo de 2019

domingo, 19 de mayo de 2019

Morir matando

Esta que voy a contarles no es una historia ejemplar, pero es una buena historia. Habla de venganza y de muerte. Poco recomendable, como ven. Sin embargo, debo confesar que me gusta mucho. Ignoro la razón exacta de que sea así. Tal vez porque también está hecha de tenacidad y de coraje. Incluso de amistad, o lealtad, o como quieran ustedes llamar a lo que allí hubo. Y a lo mejor, después de todo, en ese aspecto sí resulta ejemplar. O no. Eso decídanlo ustedes. Conozco el episodio gracias a un libro de mi amigo Diego Navarro Bonilla, quizá el mejor investigador sobre asuntos de espionaje que hay en España. Y aquí lo tienen. 

A principios de mayo de 1939, un mes después de terminada la Guerra Civil, un pequeño grupo de guerrilleros anarquistas, capturados por las tropas nacionales en el puerto de Alicante, se fugó del campo de concentración de Los Almendros. Habían militado durante la República y peleado en la guerra. Todos eran jóvenes y resueltos, con mucha experiencia, curtidos por tres años de combates. Y escondiéndose de día y caminando de noche, ayudándose unos a otros, cruzaron media España decididos a alcanzar los Pirineos y llegar a Francia. Querían seguir luchando. 

Al llegar a la provincia de Huesca, cerca de Gurrea de Gállego, varios se separaron del grupo. Antes de ir a Francia, dijeron, tenían asuntos que arreglar. Todos eran de ese pueblo, donde tres años antes se habían enfrentado a falangistas y soldados sublevados contra la República, haciéndoles catorce muertos. Ninguno de aquellos jóvenes cenetistas era un niño de coro. En julio del 36, antes de retirarse ante el avance nacional y para no dejar cabos sueltos, le habían pegado un tiro al cura del pueblo, el párroco Félix Ferrer, y otro al aristócrata local, conde del Villar. También habían intentado completar el clásico terceto de esos días con el terrateniente del vecino pueblo de La Paul, un hacendado llamado Brun; pero éste se les había escapado por los pelos. Así que durante el resto de la guerra, en la que participaron activamente como guerrilleros tras las líneas enemigas, tuvieron esa espina clavada: no haber podido mochar parejo y completar la cosa. Y el escozor se agravó cuando supieron que Brun iba señalando con el dedo y los nacionales habían fusilado a la madre y la tía de uno de ellos. 

Ahora imagínenselos, que no es difícil: unos pocos anarquistas duros como piedras, criados en el mismo pueblo y compartiendo los mismos ideales; reforzada su amistad por los lazos que se establecen entre quienes pasan juntos penalidades y peligros en combate. Aquéllos, pese a la derrota, no se daban por vencidos. Eran recios, sufridos, tenaces y testarudos como buenos aragoneses. Se conocen algunos de sus apellidos: Navarro, Arbués, Dieste, Domeque –eran dos hermanos– y Martínez. Podían haberse puesto a salvo en Francia, pero se quedaron en aquel paraje infestado de falangistas y guardias civiles que todavía celebraban la victoria. «Buenos mozos» y «gente brava», los definirían tiempo más tarde vecinos del pueblo que los conocían. Además, con la idea amarga de que el terrateniente seguía vivo disfrutando de sus pesetas y ellos se iban a Francia sin darle candela. Así que tras larga caminata, sucios, desharrapados y hambrientos, se acercaron con muchas precauciones, desenterraron armas que habían escondido tres años atrás, y fueron en busca del terrateniente para rematar la faena. 

No les salió bien: Dieste y Arbués fueron capturados por la Guardia Civil, y poco después cogieron a Martínez y uno de los Domeque. Pero sus compañeros, tenaces, siguieron adelante. Entraron en La Paul e incluso llegaron a cruzarse con el tal Brun, el terrateniente; pero estaba oscuro y no lo reconocieron, aunque él sí a ellos. Se metieron en su casa a esperarlo mientras el cacique corría a avisar a la Guardia Civil. Y llegó el infierno. Acorralados, los últimos del grupo lucharon a tiro limpio. Al final salieron disparando, enloquecidos como animales. Alguno logró escapar, otros fueron apresados, dos cayeron acribillados. El último en morir se llamaba Jesús Navarro Aralda, y antes de caer se llevó por delante al cabo de la Guardia Civil Lucio Marco Urrunzaga. 

Y, bueno. Hace veinticinco años, a una de mis novelas le puse como epígrafe una cita de Tim O’Brian: Si una historia de guerra parece moral, no la creáis. Pero ya no estoy seguro de eso. Hace mucho tiempo que no. A ustedes corresponde decidir si la que acabo de contar es una historia moral o inmoral. Yo tengo mi propia idea, naturalmente. Pero ése es asunto mío. 

19 de mayo de 2019

domingo, 12 de mayo de 2019

A teclazo limpio

Hace unos días, nonagenario y honrado por sus colegas, murió el periodista Manuel Alcántara: una de esas leyendas del oficio a quien, cuando pisé mi primera redacción, los jóvenes llamábamos ya maestro. El día que don Manuel dijo ahí os quedáis había escrito más de veinte mil artículos; y mi compadre Ignacio Camacho le dedicó el epitafio que toda mi generación envidiaría para ella misma: Llevaba tinta en las venas y la pasión de escribir grabada a fuego en el alma. Pertenecía a la estirpe del periodismo de raza, el de flexo, nicotina y alcohol, el de la gabardina colgada, el de la dinastía de los cronistas de ring y de las tertulias literarias. Un oficio de otra época acaso idealizada y desde luego romántica, en la que la calle era una escuela, el lenguaje una patria y la voluntad de estilo un rasgo de aristocracia. 

Después de ese párrafo, poco puedo añadir yo. El cabroncete de Ignacio me acaba de pisar la firma en primera. Andaba hoy dándole vueltas a eso, pues no quería que faltase el nombre de don Manuel en esta página, cuando al mirar el teclado del ordenador en el que escribo comprendí de golpe que el simple acto de utilizarlo, como estoy haciendo ahora, constituye mi propio homenaje al veterano desaparecido, a los que se fueron antes que él y a los supervivientes de aquel tiempo, casi chiquillos entonces, que nos criamos en esas viejas redacciones de flexo, nicotina y alcohol bajo la sombra protectora de tipos formidables como él. 

Me explico. A la mayor parte de ustedes les parecerá raro a estas alturas de la modernidad y la vida; pero mientras releía lo escrito por Ignacio estaba oyendo, con absoluta claridad, el teclear de una máquina de escribir. No esas mariconadas silenciosas de los teclados modernos, plic, plic, plic, que ni las oyes ni las sientes bajo los dedos, sino el tableteo auténtico de las palabras que fluyen de tu cabeza al papel, o en este caso a la pantalla del ordenador: el de las viejas Olivetti en las que mi generación se dejó las uñas. Un clac, clac, clac sonoro y recio, apasionado, furioso a veces, que era el sonido de las antiguas redacciones; ese crepitar inconfundible de docenas de máquinas de escribir ametralladas a la vez, del ruido de las campanillas al llegar a final de línea, de la palanca del punto y aparte, del rodillo al tirar del papel para sacarlo. Y todo eso, punteado por el ring-ring de los teléfonos y el tableteo incesante de los teletipos que escupían noticias que, en cualquier momento, podían arrojarte a la calle en compañía de un fotógrafo. 

Daría media vida de la que he vivido, que no fue mala ni aburrida, por estar todavía junto a periodistas como Manuel Alcántara y tantos otros que hace tiempo dejaron de fumar o les quedan —nos van quedando— dos paquetes: Pepe Monerri, Paco Cercadillo, Chema Pérez Castro, Alfredo Marquerie, Pilar Narvión, Raúl del Pozo, Gurri, Tico Medina, Rosa Villacastín, Manolo Marlasca y los demás. Los vivos y los muertos. Entrar con apenas veinte años por primera vez en la redacción del diario Pueblo y encontrar, recién cruzado el umbral, a José María García y Raúl Cancio dándose fuego al pitillo mientras uno preguntaba: «¿Ya conociste a tu padre?» y el otro respondía: «Sí, lo encontré en la cama con tu madre». Ése era el tono. Y todo aquel mundo bronco y fascinante, aquellos hombres y mujeres duros de verdad, legendarios en mi recuerdo, vivían, trabajaban, jugaban a las cartas e incluso dormían allí cuando estaban tras una buena historia, entre el fragor casi heroico de aquellas máquinas de escribir y aquellos teclazos. 

Y ahora, dejen que acabe de explicarme. Porque mi homenaje a esa gente, y a ese mundo en el que tan feliz llegué a ser, lo hago ahora al escribir estas mismas líneas. O por el modo en que las escribo. Cuando tecleo sigue sonando clac, clac, clac, porque por culpa de aquellas viejas redacciones y de recorrer el mundo durante dos décadas con una Lettera 32 a cuestas, nunca logré adaptarme a los nuevos teclados electrónicos. No conozco a nadie que cometa tantas erratas como yo al escribir en ellos. Lo juro. Por eso, tras muchas pesquisas, acabé descubriendo un teclado mecánico estupendo que incluso en su apariencia física reproduce exactamente, con carrito y todo, una de aquellas antiguas Olivetti. En él escribo en este momento, con fuertes pulsaciones que resuenan en el lugar donde trabajo. Y cada uno de esos teclazos es un homenaje a los viejos caimanes del oficio. A quienes, entornados los ojos por el humo del cigarrillo a medio fumar que tenían en la boca, aporreando máquinas de escribir que sonaban a periodismo de verdad, me enseñaron a amar el que en otro tiempo fue el oficio más hermoso del mundo. 

12 de mayo de 2019

domingo, 5 de mayo de 2019

La niña que ama a Aquiles

La historia de hoy es una historia de resistencia y de gloria. Una historia de gente que no se rinde. De padres y niños dispuestos a vender cara su piel. Y no se trata de buscar en el pasado: ocurrió hace sólo unos días en un colegio argentino; pero si imaginan ustedes otro lugar, personajes y asunto, podría ocurrir en cualquier sitio. Especialmente –y por eso me detengo en ello– también en España. En estos tiempos grises en que cualquier independencia intelectual es aplastada desde la escuela, cuando lo que se busca es igualar a todos los críos en la mediocridad penalizando la brillantez y la inteligencia, la de la niña que ama a Aquiles me parece una historia ejemplar. Me enteré de ella hace poco, por casualidad, y busqué ponerme en contacto con el padre. Lo conseguí ayer mismo. Y como me lo contó, lo cuento.

Tiene casi cinco años y la llamaremos Helena. Con hache. Sus padres son muy aficionados a la historia antigua de Grecia, y la niña ha crecido familiarizada con los mitos clásicos. Por supuesto, se trata de una criatura normal: juega con otros niños, ve dibujos animados en la tele y cosas así. Lo que pasa es que, además, sus padres le leen cuentos mitológicos y homéricos antes de dormir, ve fotos de paisajes helénicos, conoce palabras del griego antiguo y los nombres de los dioses del Olimpo, y está familiarizada con los héroes de la guerra de Troya, Teseo y el Minotauro, los trabajos de Hércules, Ulises, los Argonautas y todo el formidable repertorio, fascinante para un niño, que ofrece la cultura clásica. Por otra parte, Helena tiene unos padres responsables que cuando le cuentan esas historias procuran suavizarlas, volviéndolas adecuadas para una niña de su edad. Y en esos días de fiesta en que los críos se disfrazan, he visto fotos suyas orgullosamente vestida de hoplita griego, con casco, escudo y lanza fabricados con cartón y papel dorado. 

El primer problema surgió en el colegio, cuando los niños empezaron las clases de inglés con números y nombres de animales. A Helena no se le daba bien contar en inglés, pero conocía los números del uno al siete en griego clásico. Y como todos los críos ansiosos de expresar en clase lo que saben, cuando se le preguntaba respondía con palabras griegas que la maestra no entendía. El asunto empeoró en clase de expresión, cuando al preguntar a los niños qué dibujo animado les gustaba más o qué personaje de Marvel era su favorito, Helena dijo que su héroe preferido era Aquiles. «¿Un personaje de dibujos que no conozco?», preguntó la maestra. «No, señora –respondió Helena–. Aquiles, el que luchó en Troya». Quiso saber la docente cómo una niña de cuatro años conocía a Aquiles, y ella respondió que se lo había contado su papá. La maestra fue a decírselo a la directora del centro, concluyendo ambas que seguramente la niña había visto la película Troya, ésa de Brad Pitt, con escenas sangrientas y de sexo que los menores no debían ver. De modo que citaron a sus padres con urgencia. 

La reunión con la directora, que en otros tiempos habría sido aclaratoria, fue la previsible en esta época de gilipollez y de cogérsela con papel de fumar. El padre lo explicó todo con naturalidad y ahí debió quedar el asunto, pero la directora tenía ideas propias sobre la formación humanística a los cuatro años. Demasiado pronto para eso, sostenía. Además, «su hija no debe consumir mitología griega porque cuenta historias violentas que jamás existieron y pueden confundir a la niña». Dijo eso y algunas cosas más, como «los mitos no dejan enseñanzas prácticas», «el griego clásico es una lengua muerta y no le servirá a su hija en el futuro» y acabó señalando el peligro de convertir a Helena en una marginal entre sus compañeras «normales», más familiarizadas con La Patrulla Canina y Mi Pequeño Pony. 

El padre de Helena escuchó todo aquello en silencio. Y cuando hubo acabado la directora, dijo en lenguaje rigurosamente laconio: «Se necesitan dos años para aprender a hablar, pero sesenta para aprender a callar». Después se puso en pie y añadió: «Si vuelve a citarme por estas cosas, saco a mi hija del colegio y le pongo una demanda de proporciones homéricas». Y regresó a su casa, donde aquella misma noche le contó a Helena la historia de los trescientos espartanos que murieron en las Termópilas, peleando frente a un ejército inmenso, por defender la civilización occidental. Y a la mañana siguiente, como de costumbre, la llevó al colegio, saludó a la maestra y se fue al trabajo como cualquier otro día.

5 de mayo de 2019

domingo, 28 de abril de 2019

Degollando a Milady

No recuerdo quién dijo que el siglo XXI va a ser el siglo de los imbéciles. A lo mejor fui quien lo dijo, o lo escribió. No me acuerdo. Pero lo dijera quien lo dijese, asombra la cantidad de gente empeñada en confirmarlo personalmente. Tecleas imbécil en Google, pulsas la tecla intro y sale su foto. Sonriendo, encima. Felices de haberse conocido. Es como una carrera desaforada hacia el disparate; una búsqueda constante del más difícil todavía donde hemos perdido cualquier freno de sentido común. Pero es lo que corresponde, oigan. Por activa o pasiva, por no complicarnos la vida y que nos llamen fascista o nos pinten el portal, atrincherados en silencios cobardes, contribuimos de un modo u otro a que así sea. Idiotas y oportunistas aparte, el mérito es nuestro. Somos cómplices necesarios. De manera que ahora lo que toca es disfrutarlo. Otra más, y seguimos para bingo. 

La última imbecilidad –la penúltima, supongo, a estas alturas– es la de esos colegios, cada vez más, en los que se retiran cuentos infantiles de las bibliotecas: Caperucita Roja, La Cenicienta, Blancanieves, Los tres cerditos –imaginen, aun peor, que se llamara Las tres cerditas–, El soldadito de plomo –no es bueno que los niños mitifiquen a un soldado– y otros títulos conocidos. Pues resulta, según análisis de quienes viven de eso, que tres de cada diez son tóxicos y transmisores de patrones sexistas, y sólo uno entre diez está escrito con perspectiva de género. Incluso, yendo aún más al nudo del problema, en algunos colegios de Cataluña se intenta cambiar el relato de San Jorge, patrón de allí, por el de Santa Georgina; para hacer justicia, al fin, a las numerosas mujeres que, como es bien sabido, en la Edad Media cabalgaban como caballeras andantas, guerreando y tal. Por supuesto, en esa nueva y más realista versión el dragón es un bicho bueno y entrañable. El dragoncito Tonet, o algo así. Como para llevárselo a casa de mascota. 

Y claro. De ahí a los otros, a los libros para adultos, sólo hay un paso. La nueva Inquisición se propone achicharrar cuanto no encaja en sus nuevas reglas narrativas e incluso imaginativas. Calculen el extenso campo de que disponen. La cantidad de material para la guillotina del porcentaje. Tres mil años de literatura a los que aplicar la perspectiva de género: desde las mujeres reducidas a la condición de diosas, esposas y esclavas en La Ilíada hasta la inexplicable ausencia de señoras junto a Cervantes en la batalla de Lepanto, la misoginia de don Francisco de Quevedo –hay profesores que ya no se atreven a mencionarlo–, el desafecto de Sherlock Holmes hacia las mujeres, la escasa paridad entre los legionarios de Beau Geste o la pederastia explícita en la Lolita de Nabokov, entre otros muchos títulos. Los rastreadores de agravios se van a poner las botas. 

Dirán ustedes que por qué me meto en este jardín. Qué necesidad tengo de que luego alguna talibán de género y génera y quienes intentan congraciarse con ella me llamen machista y fascista. Y la respuesta es sencilla: lo hago en defensa propia. Desde hace treinta años escribo novelas que se leen en algunos lugares del mundo, y no me apetece que un coro de cantamañanas demagogos me diga cómo debo hacer mi trabajo. Y supongo que a mis lectores no les apetece tampoco. 

Por cierto. Ya que hablo de novelas, dejen que les cuente algo. Cuando era muy jovencito leí Los tres mosqueteros: peleas, amistad masculina y otros etcéteras. Y para completar el cuadro, explícita violencia de género: a Milady de Winter, de soltera Ana de Breuil, la ahorca Athos siendo su marido; ella sobrevive, se vuelve malísima, liquida al duque de Buckhingam, D’Artagnan se la lleva al catre con engaños, y luego él y sus colegas la asesinan por la cara. Ahí tienen ustedes, en cuatrocientas páginas, todos los ingredientes para que, según el nuevo canon inquisitorial, esa novela formidable sea desterrada de las aulas, librerías y bibliotecas. Y sin embargo, les doy mi palabra de que su lectura, y en especial el personaje de Milady, me hicieron intuir muy temprano el mundo de las mujeres, su dura lucha, su soledad, su valor, su tragedia, su desesperación, su lógica crueldad cuando llega el momento de la venganza. Me lo señalaron mejor que ninguna de las muchas idioteces con que hoy se nos bombardea cada día. De Milady, o de lo que ella dejó en aquel lector de ocho o nueve años, saldrían con el tiempo personajes como Adela de Otero, Tánger Soto, Teresa Mendoza, Macarena Bruner, Lolita Palma, Angélica de Alquézar, Mecha Inzunza y todas las otras. A Los tres mosqueteros debo lo que luego completé con mi experiencia y mi escritura. Si alguien me hubiera prohibido ese libro, mis novelas y mi vida serían hoy diferentes. Y les aseguro que no para mejor. 

28 de abril de 2019

domingo, 21 de abril de 2019

La aventura es la aventura

Siempre sostuve, y no porque se me ocurriese a mí, que hay una especie de determinismo literario. Que los primeros años como lector, los primeros libros leídos, definen con bastante exactitud el territorio vital de cada uno: ese lugar donde el tiempo y la experiencia, con los libros que se leen después, acabarán por encajarlo todo. Una especie de plantilla sobre la que se sitúa cuanto de lecturas y vida viene más tarde. Quiero decir con esto que, al menos quienes leemos desde muy temprana edad, somos lo que somos porque leímos lo que leímos. Porque los primeros pasos realmente lúcidos, la primera mirada intensa que dirigimos a lo real del mundo, la hicimos a través de las páginas de los libros. 

Ahora los tiempos han cambiado, por supuesto. Para muchos ya no es así. Hay otras puertas interesantes por las que asomarse a la vida, y allá cada cual con las que elige para él o sus hijos. Pero tengo la certeza de que los libros siguen siendo, pese a todo, herramientas insustituibles para establecer ese punto de partida al que antes aludía. Los cuentos, los tebeos y los libros. Creo que un joven que crezca sin ese territorio básico caminará siempre desorientado, con una especie de orfandad intelectual que tarde o temprano, de una u otra forma, acabará pasándole factura. Y más, en los tiempos que corren. Dejándolo a merced de fuerzas que no podrá identificar ni combatir. Haciéndolo menos sólido y más vulnerable. 

Pienso en eso estos días, pues tengo en mis manos El diamante de Moonfleet, primer título de la serie de novelas de aventuras que Zenda (esa cooperativa digital creada con un grupo de amigos escritores hace tres años y que, con más de un millón de lectores, se ha convertido en el más influyente medio literario de lengua española en las redes sociales) ha empezado a publicar en formato clásico de libro, a modo de homenaje a la aventura literaria y a los maestros del género. Y es que la novela de John Meade Falkner es precisamente una de esas novelas que establecen territorios y orientan vidas: elogiada por Joseph Conrad, reconocida por Hergé como referencia de sus personajes Tintín y el capitán Haddock, basta una frase de Robert Louis Stevenson para situarla donde corresponde: «El diamante de Moonfleet es la novela que siempre quise escribir, pero lo único que pude hacer fue La isla del tesoro». 

Alguna vez conté en esta página que fui un chico afortunado, pues crecí en una casa con biblioteca grande: con muchas puertas por donde asomarme a la vida antes de empezar a vivirla. Y también hubo quienes me ayudaron a abrir esas puertas o me las pusieron delante; como cuando, con motivo de mi primera comunión, mi madre pidió a familiares y amigos que sólo me regalasen libros. Así fue como a los ocho o nueve años me encontré con una pequeña biblioteca propia: tres docenas de títulos de Mateu, Bruguera, Molino y otras editoriales, en su mayor parte adaptaciones ilustradas para niños y jóvenes, que leídas una y otra vez con más libros de la biblioteca familiar, con tebeos e historietas diversas y sin olvidar el cine visto entonces, acotaron el territorio por el que, más de medio siglo después, sigo moviéndome. Porque cuanto viví, cuanto escribo y tal vez cuanto pienso, quedó marcado de origen por aquellos años lectores y aquellos primeros libros. 

Por eso El diamante de Moonfleet me conmueve especialmente. Augusto Ferrer-Dalmau, el pintor de batallas, ha ilustrado de un modo espléndido la portada, y en ella resume varias cosas para mí importantes: el viejo truhán llamado Elzevir, el joven John Trenchard y el mar como fondo; el viento silbando en la jarcia para llevar al lector a través de peripecias contrabandistas, de secretos ocultos en cuevas, de amores adolescentes, de fantasmas que ocultan riquezas en sus arcanos. Por haber leído esa clase de libros a la edad en que leer ciertas cosas es muy importante, yo mismo anduve luego tras ellos y sus personajes, y así viajé a la cueva de los contrabandistas, a la isla de los piratas, a las tabernas donde beben silenciosos hombres con viejas cicatrices en el cuerpo y en la memoria. Por libros como ése fui en busca de mi propio libro para confirmar si el mundo real se parecía al que intuía en aquellas otras páginas, y lo hice en demanda de amigos leales, de jóvenes hermosas de las que enamorarme, de sabios de los que aprender, de enemigos con quienes pelear. Y cuando al fin los tuve delante, pude reconocerlos gracias a esas historias que me adiestraron para la aventura de la vida. 

21 de abril de 2019 

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domingo, 14 de abril de 2019

La foto que no me hice

Esta página es hoy una excusa, o una petición de disculpas. Un asunto más personal que otra cosa. Escribirla desde hace 25 años me otorga, supongo, ciertos privilegios. Y en ello estoy. Todo viene de una foto que no me hice. Ocurrió en Tánger. Y si me lo permiten ustedes, se lo voy a contar. 

Vaya por delante que desde hace años, y les aseguro que no siempre es cómodo, me hago fotos con todo el mundo. Con todo el que me lo solicita, quiero decir. No es ninguna molestia, sino un placer. Y también una obligación personal y profesional. Soy un escritor que se gana la vida gracias a sus lectores, y nunca olvido la deuda que tengo con ellos. Procuro corresponder contestando sus cartas o acusando recibo cuando me es posible, e interactuando en las redes sociales cuando tengo un rato libre. También he posado para miles de fotos sin un mal gesto ni una mala palabra, nunca, sonriendo siempre. Lo hacía antes, cuando eran cámaras fotográficas, y lo hago ahora que cada cual lleva su teléfono móvil y no te deja escapatoria. Son gajes de mi oficio. 

Quiero decir con todo eso que, parafraseando al maestro de esgrima Jaime Astarloa, no creo haber sido grosero nunca, ni con los más inoportunos. Ni siquiera con pelmazos, que también los hay. Quienes de ustedes me han abordado por la calle, en restaurantes, en cines, en aeropuertos –incluso estrechándome la mano en urinarios públicos, que tiene huevos– pueden dar fe de ello. En las firmas de libros lo hago siempre de pie, igual que quienes esperan en la cola, pues no soy un funcionario de la literatura. Converso, me fotografío y lo que se tercie. Y procuro, siempre que me dejan, no retirarme hasta haber firmado el libro de la última persona que espera. Hasta quienes no tienen ni remota idea de quién soy y sólo les suena mi cara son recibidos con cortesía. He firmado sin rechistar autógrafos con el nombre de Fernando Aramburu, Javier Marías y Eduardo Mendoza. Me he fotografiado con personas que me llamaban Javier, o Alfredo. 

Que yo recuerde, solo seis o siete veces en mi vida me negué a fotografiarme con lectores. Y tal vez fueron menos. Una, en un paso de peatones con el semáforo a punto de cambiar a rojo. Otra fue con una señora que me abordó al grito de «Tú eres un famoso, ¿verdad?». Otra, en un restaurante donde alguien se acercó con cierta impertinencia cuando me estaba llevando el tenedor a la boca. Y otra, la que motiva este artículo, en Tánger hace unas semanas. Paseaba por el Zoco Chico cuando un señor de un grupo de españoles con el que me crucé me pidió una foto. Sólo dijo eso: «¿Podemos hacer una foto?». Respondí que prefería no hacerlo, explicando brevemente el motivo: acababa de llegar a la ciudad por asuntos profesionales y quería evitar que amigos y otras personas supieran que ya estaba allí, pues era fácilmente localizable en mi hotel habitual y me vería enfrentado a compromisos incómodos. No añadí, pues me pareció obvio, que esas fotos suelen colgarse en las redes sociales y que ya me había ocurrido muchas veces. 

Y ahora vamos al remordimiento. Al motivo de mi petición de disculpas. Porque he recibido carta de una lectora –Cristina, se llama–. Me refiero a una lectora de verdad, de las antiguas y fieles, que ha leído todos mis libros y lo demuestra en pocas líneas. Y esa lectora me cuenta que viajó a Tánger con unos amigos precisamente porque había leído mi novela Eva, y que estaban recorriendo los escenarios de esa historia cuando el azar los hizo cruzarse conmigo. Y que ella iba en el grupo, y que quien me abordó pidiendo una foto era su marido. «La excusa que puso no es digna de un escritor como usted –me dice–. ¿Sabe cuántos querrían que les pasara eso? Debería ser más agradecido»

Y, bueno. Eso es lo que me escribe Cristina, y como no hay remite en la carta no puedo responder en privado, así que lo hago en público para decirle que tiene razón. Que ese día en Tánger metí la pata hasta el corvejón. Que la cosa fue de tierra, trágame. Que el mundo es un lugar complejo, y de haber sabido lo que ahora me cuenta no sólo me habría hecho la foto sino que habría dado efusivamente las gracias, como hago casi siempre. Que mi única excusa es cuanto acabo de exponer más arriba. Que soy, como todos, alguien sometido a errores, momentos y estados de ánimo. Y que, aunque hago cuanto puedo por estar a la altura de mis lectores y amigos, pues sé que la libertad de la que gozo se la debo a ellos, no siempre soy capaz de acertar, aunque lo intente. Que aliquando dormitat Homerus. Y que veré de hacerlo mejor la próxima vez, si nos cruzamos de nuevo. En Tánger o en donde sea. 

14 de abril de 2019

domingo, 7 de abril de 2019

Su mejor enemigo

Aunque en invierno hace dentro un frío de mil diablos, el museo naval de Venecia es un lugar agradable. Está situado al final de la Riva degli Schiavoni, cerca de la entrada del Arsenal, y su colección de maquetas y objetos navales es magnífica. No llega a la espléndida categoría del museo naval de Madrid –uno de los mejores de Europa–, pero merece una visita detenida. Suelo dejarme caer por allí cuando estoy en esa ciudad, y siempre me detengo ante la pieza de su colección que más admiro: un SLC Maiale o siluro a lenta corsa: ese torpedo tripulado por dos hombres, que habrán visto en alguna película, con el que los buceadores de combate italianos atacaban a los navíos ingleses durante la Segunda Guerra Mundial. Un aparato cuya contemplación, imaginando lo que era cabalgarlo en condiciones reales de noche y mar, basta para desmentir que los italianos, como sostiene algún indocumentado, sean poco valerosos. Al contrario: lo son cuando tienen motivos para serlo. Aunque ésa, la de los motivos, ya sea otra historia. 

Estuve hace poco allí otra vez, tocando con los dedos el metal frío del maiale. Y como siempre, pensé en su inventor, Teseo Tesei, que murió en combate atacando el puerto de Malta; y en Lucio Visintini, Giovanni Magro y los que murieron tras cruzar de noche la bahía de Algeciras para atacar los buques fondeados en Gibraltar; y en mi personaje favorito entre todos los oficiales y tropa de la Décima Flotilla MAS, el teniente de navío Luigi de la Penne, que al atacar la base británica de Alejandría se encontró solo y de noche junto al casco del acorazado Valiant; y como había perdido en la oscuridad del mar a su compañero Emilio Bianchi y el maiale estaba averiado y clavado en el fondo a 14 metros de profundidad, lejos del buque, soltó la pesada cabeza explosiva y la fue arrastrando palmo a palmo durante cuarenta minutos, a ciegas, envuelto en una nube de fango, orientándose por el rumor de las máquinas del acorazado, hasta situarla debajo de la proa y activar el mecanismo de explosión retardada para las 06,05 horas. 



Lo que vino a continuación situó a Luigi de la Penne en el cuadro de honor de las leyendas del mar y los marinos. Al emerger agotado, quitarse el equipo respirador e intentar llegar nadando a la costa, fue descubierto y apresado por los ingleses. Conducido a bordo del mismo buque que había minado, comprobó que también su compañero Bianchi estaba prisionero. Interrogado De la Penne por el capitán de navío Charles Morgan, comandante del acorazado, se limitó a dar su nombre y graduación, negándose a confesar nada sobre su misión. El inglés ordenó que lo encerraran en un pañol, y la casualidad lo situó a proa del buque, en un calabozo situado exactamente sobre la carga que había activado un rato antes. 

Diez minutos antes de la explosión, De la Penne pidió hablar con el comandante y le dijo que iba a estallar una carga y que pusiera a la tripulación del Valiant a salvo. Como se negó a añadir nada más, el capitán Morgan ordenó que lo encerraran en el mismo calabozo de antes. Después llamó con urgencia a todos los hombres a cubierta. Cuando estalló la potente carga explosiva, el prisionero italiano era el único que quedaba dentro del casco; pero tuvo suerte: los daños reventaron la puerta del calabozo y pudo escapar mientras el acorazado se hundía. Salió a cubierta entre el humo y la confusión, y una vez allí tuvo la satisfacción de ver cómo un segundo acorazado, el Queen Elizabeth, y el petrolero Sagona, minados por otros dos equipos de buceadores, también saltaban por los aires. Aquella noche, seis italianos con tres maiales hundieron 80.000 toneladas de buques enemigos.

Pero la hazaña de Luigi de la Penne y sus compañeros aún tendría un epílogo. Acabada la guerra, los hombres que atacaron Alejandría fueron llamados a la base naval de Tarento para recibir la medalla de oro al valor militar, sin importar –grandezas de Italia– que su hecho de armas hubiera tenido lugar bajo el fascismo. Y cuando el príncipe Umberto II, presidente del acto, se disponía a condecorar a Luigi de la Penne, del público se adelantó espontáneamente un inglés uniformado: el almirante sir Charles Morgan, antiguo comandante del Valiant, ahora jefe de la base naval de Tarento. Y hay una foto del momento en que éste pide a Umberto II el privilegio de imponerle él mismo la medalla a De la Penne «por el valeroso ataque que hizo contra mi barco hace tres años y tres meses». Esas fueron sus palabras, y así ocurrió: el príncipe se hizo a un lado y fue el almirante Morgan quien colgó la medalla en el pecho de su antiguo enemigo. De su mejor enemigo. El almirante Morgan pidiendo al príncipe Umberto que le permita condecorar él a Luigi de la Penne. El almirante Morgan pidiendo al príncipe Umberto que le permita condecorar él a Luigi de la Penne. 

7 de abril de 2019

domingo, 31 de marzo de 2019

Mujeres malas

Hace dos o tres semanas les contaba quiénes eran mis villanos de película favoritos, repasando una lista que hice a medias con Javier Marías. También prometí otro artículo sobre ellas, las chicas perversas del cine. Y aquí me tienen, cumpliendo. Esta vez la lista la hago solo, porque Javier está de viaje y no hemos hablado del asunto. Me salen veintiocho, aunque no todas caben en esta página. Pero sé que Javier y yo coincidimos en casi todas. A fin de cuentas tenemos la misma edad, y de jovencitos nos calzamos los mismos tebeos, libros y películas. 

Una precisión previa: lo de chicas malas, sobre todo en el cine de antes, resulta relativo. En otras pelis las mismas actrices hacían de buenas. Incluso cuando encarnaban a personajes oscuros o inmorales, solían redimirse al final. Que nunca dejaran de ser unas irreductibles arpías era privilegio de muy pocas. Además, había matices. Una estupenda Angie Dickinson, por ejemplo, lo mismo podía ser una jugadora de cartas de moral ambigua que al final se enamoraba de John Wayne en Río Bravo, que la mala pécora a la que en Código del hampa le espeta Lee Marvin: «Ya sé por qué no se defendió. Era un hombre muerto. Lo habías matado tú». 

En algunos nombres de mi lista personal de malas requetemalas y villanas de verdad no admito discusión: ahí están Mary Astor en El halcón maltés, Glenn Close en Atracción fatal, Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?, Judith Anderson en Rebeca, Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo o Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces o Los tres mosqueteros. Dejando, claro, un merecidísimo puesto de honor a Barbara Stanwyck, perversa y manipuladora de verdad en esa soberbia película titulada Perdición, que es una de las obras maestras del cine negro, con Fred MacMurray diciéndole al final a Edward G. Robinson: «Maté por dinero y por una mujer. No conseguí el dinero ni tampoco la mujer». 

Las que menciono son chicas malas sin redención posible, de las que cuando al final las meten en la cárcel o alguien les pega un tiro te quedas muy a gusto, dándote igual que sean mujeres, hombres o ministros de Hacienda. Pero hay otras categorías más sutiles. Grupo aparte lo forman las que en el fondo son buenas, o no tan malas como parecen cuando las ves cantando en un cabaret, de novias de un gánster, o de ambas cosas a la vez. Es el caso, naturalmente, de Rita Hayworth en Gilda–esa bofetada de Glenn Ford que hoy nadie se atrevería a meter en una película–, pero también de Lauren Bacall en Tener o no tener, de Ava Gardner en Forajidos, de Gloria Grahame en Los sobornados, de Sharon Stone, de la que es ineludible Instinto básicoNo pienso confesar mis secretos porque haya tenido un orgasmo») pero a la que hay que echar un vistazo serio en El especialista, de la deliciosa Brigitte Bardot cuando aún no se dedicaba a salvar focas y bailaba sobre una mesa en Y Dios creó a la mujer o seducía a Jean Gabin en En caso de desgracia

De todas formas, las chicas malas cinematográficas que más me gustan son las que, dicho en elegante, fueron arrastradas por el río de la vida: la Jean Harlow que hace estupendo trío con Clark Gable y Wallace Beery en Mares de China, la Joan Crawford que todos recordamos en Johnny Guitarcon el magnífico Sterling Hayden, pero que yo disfruto más en Lluvia, y también la Greta Garbo de Mata Hari,por citar sólo algunas. Aunque mis amores malvados en este ámbito se centran sobre todo en dos señoras, o más bien en tres. Una es Mae West (No soy ningún ángel), cuyo físico nunca me estimuló nada, pero cuyo sentido del humor, personajes interpretados y diálogos («¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme?», «El sexo es como una partida de póker: si no tienes una buena pareja, más vale que tengas una buena mano») la hacen admirable. Y la otra, mi verdadero mito cinematográfico de toda la vida, es Marlene Dietrich, la mujer mítica que besó a Lorenzo Falcó en un cabaret de París. Adoro sus películas, hasta el punto de que he visto Fatalidad, Siete pecadores y El expreso de Shanghai quince o veinte veces: «Se necesitó más de un hombre para cambiar mi nombre por el de Shanghai Lily»

Dirán ustedes que hablé de tres amores y falta uno. Pero es que me reservaba el mejor: la mujer que dijo eso de «No es que yo sea mala, es que me dibujaron así»: la sin igual, soberbia, espectacular, inmensa Jessica Rabbit. La única mujer del mundo capaz de susurrar: «Quiero que sepas que te quiero más de lo que mujer alguna ha querido a un conejo» y ponerte caliente. Una de esas señoras, da lo mismo malas o buenas, por las que cualquier hombre sería capaz de ir al infierno a buscar fuego para encenderle un cigarrillo. O dos. 

31 de marzo de 2019

domingo, 24 de marzo de 2019

Regreso a Tánger

Escribir novelas tiene efectos secundarios. O puede tenerlos. En mi caso, durante cierto tiempo –suele ser de uno a dos años– vivo inmerso en un mundo complejo, ficticio, paralelo al real, hecho de libros que leo, de documentación diversa, de conversaciones con gente útil, de paseos con libreta de notas o cámara fotográfica por los lugares adecuados para utilizar como escenarios. Mientras la historia toma forma en mi cabeza y las páginas se amontonan despacio en el ordenador y en la mesa de trabajo –siempre imprimo, corrijo en papel con pluma estilográfica y vuelvo a teclear–, observo el mundo y mi propia vida en ese estado de continuo acecho, de tensión permanente de cazador con el zurrón dispuesto. Procuro mirar el mundo como lo hacen mis personajes. Nutrirlos con lo que me nutre. Y así, cuanto en ese tiempo hago, observo, imagino, alcanza a ser útil, o puede serlo, para la historia que tengo entre manos. 

Como sabe cualquiera de mis lectores, la topografía literaria es muy importante para mí. Los escenarios a los que antes aludía. Hay un placer singular en moverse con rigor por donde van a hacerlo tus personajes, mirar lo que ellos miran, caminar por donde ellos caminan. De cada novela escrita, ésos son mis momentos favoritos, incluso antes de escribir una línea: cuando los imagino sentados donde yo lo estoy, asomados al balcón de la misma habitación de hotel, mirando tal o cual paisaje. Cuando siento como suyo el ruido de mis pasos por una calle desierta de Culiacán, París, Buenos Aires, Beirut o Venecia. En realidad escribo novelas para eso: para multiplicar mi vida por otras vidas, otros lugares, otras aventuras que no cabrían en mi simple existencia. Por eso soy un novelista feliz que mira, imagina y escribe. 

Pienso en eso estos días, en Tánger. No había vuelto aquí desde que escribí Eva, segunda parte de la trilogía de mi espía Lorenzo Falcó. Mientras trabajaba en la novela vine a menudo, explorando todo cuanto podía serme útil para contar bien la historia: calles, restaurantes, cafés, lugares apropiados. Recuerdo mi caminata por el bulevar Pasteur en busca de una casa idónea para una peligrosa emboscada –la encontré en el número 28–, o cómo, en una terraza del Zoco Chico, procuraba imaginar a los marinos franquistas y republicanos sentados en los cafés Fuentes y Central. Y también mi larga búsqueda por la parte alta de la Kasbah, hasta que di con ella, de la casa adecuada para Moira Nikolaos; o cómo, desde la terraza del hotel Continental, con un plano antiguo y otro moderno sobre la mesa y con ayuda de fotos de la época, intentaba imaginar aquel mismo lugar en 1936. 

Y es extraño. O ya sólo es curioso. Conocía bien Tánger antes de escribir la novela; pero desde que lo hice, la ciudad es distinta en mi cabeza. Ahora soy incapaz de verla como antes, pues todo en ella se me aparece transformado por cuanto imaginé y escribí. Hay calles y edificios a los que, sin darme cuenta, aludo no por su nombre actual, sino por el que tenían hace ochenta y tres años. Y a menudo, cuando me detengo a mirar una casa, una plaza, una vista panorámica, no puedo evitar que lo imaginado o lo reconstruido se superponga al presente. Hay detalles modernos que borro automáticamente de mi visión, como si no existieran. Cual si fueran molestos, sin derecho a estar allí, porque perturban la imagen intensa que tengo de ese lugar. Lo que escribí. Lo que de verdad recuerdo. 

He caminado, en fin y de nuevo, por Tánger en compañía de mi ya viejo amigo Falcó, y del sicario Paquito Araña, y de los marinos del Martín Álvarez y el Mount Castle. He fumado cigarrillos y hachís, he bebido absenta, he matado, torturado y corrido peligro, mirando a mi espalda en callejas estrechas donde acechan un disparo o un navajazo. Me he emborrachado con un legionario francés en el cabaret de la Hamruch, y tras golpear sin compasión a un hombre he aliviado mi dolor de cabeza tomando cafiaspirinas en el bar del hotel Cecil. También he recibido a media noche la sigilosa visita de Eva Neretva en la habitación 108 del hotel Continental, he peleado con ella a vida o muerte al pie de la muralla, junto al mar, y he visto barcos zarpar entre la niebla al amanecer, rumbo a su último viaje. Y con todo eso, situaciones, personajes, fantasmas familiares que me acompañarán durante el resto de mi vida, sumándose a los de otros personajes en otros lugares y otros relatos, he deambulado satisfecho, feliz, con una sonrisa absorta y agradecida, por esta ciudad que ya siempre será para mí la de la novela que escribí sobre ella, y ninguna otra. 

24 de marzo de 2019 

domingo, 17 de marzo de 2019

En compañía de héroes

Decía el filósofo Diógenes, el del farol y el barril, que para caminar seguro un ser humano debe contar o bien con el estímulo de unos buenos amigos o bien con unos enemigos pertinaces en su odio. Y todo el que se haya movido por los inciertos paisajes de la vida sabe que eso es cierto. A cualquiera con un poco de lucidez aprovechan tanto unos como otros, amigos y enemigos, pues de ambos es capaz de obtener utilidad. 

Los enemigos, buscados o espontáneos –los que brotan como setas tras la lluvia, sin razón aparente, suelen ser numerosos–, ayudan a mantenerse vivo. Son como el mar, que cuando navegas te obliga a vivir vigilante, atento al barómetro, la sonda y el horizonte, pues ahí los descuidos matan. Nadie que tenga camino hecho, que haya tomado decisiones, puede jactarse de no dejar cadáveres en la cuneta, o de no haberlo sido él mismo a manos de otros. Vivir cierto tiempo y que todos te quieran no es imposible, pero sí infrecuente. Por eso desconfío tanto del que dice no tener enemigos como de quien afirma tener infinitos amigos. O mienten o son idiotas. Puestos a citar clásicos, Plutarco lo resumió bien: quien se envanece de no tener enemigos, probablemente no tuvo nunca un verdadero amigo. 

En cuanto a los amigos de verdad –algunos traen de regalo a sus enemigos para sumarlos a los tuyos–, creo que son el verdadero balance de una vida. El fruto de combates, victorias y derrotas. Una forma de calibrar a alguien es considerar quiénes son sus amigos. Decía Gracián –hoy vengo asquerosamente erudito– que singular grandeza es servirse de sabios, y que una de las mejores cartas a jugar es hacer de los amigos maestros; arrimarse a los sabios, prudentes y valientes que tarde o temprano topan con la ventura: «Prenda de héroe es combinar con héroes». 

Entre las escasas certezas que te deja una vida razonablemente larga y agitada, poseo una irrebatible: los amigos abrigan casi tanto como el amor. Amar y ser amado por alguien digno, superior, te engrandece como nada en el mundo; pero también la conciencia de la lealtad, imaginar que algo bueno tendrás para que gente valiosa –buena o mala, porque también hay malvados útiles y fieles en la amistad– te estime y se comprometa por ti, o contigo, es uno de los grandes premios que puede alcanzar el ser humano. Pienso mucho en eso ahora que envejezco, la vida me despoja cada vez de más cosas, y miro al futuro sin ver apenas algo más que el pasado. Lo meditaba el otro día, cenando con algunos amigos, periodistas todos. También en cierto modo ellos son el balance de mi vida, me dije. La prueba de que algo habré hecho bien, después de todo. 

Reflexioné mucho sobre eso mientras los escuchaba. Por lo general no soy muy conversador en esas cenas; prefiero que ellos cuenten cosas. Estaban allí el veterano y entrañable Raúl del Pozo, a quien conocí en el diario Pueblo hace casi medio siglo, y también Ignacio Camacho –quizá el mejor y más lúcido analista político actual– y los jóvenes Antonio Lucas, David Gistau, Manuel Jabois y Edu Galán. Nos reunimos de vez en cuando a cenar en Casa Lucio, en el Madrid viejo (a veces invitamos a alguien especial como Calamaro, Eslava Galán, Álex de la Iglesia o Juan Soto Ivars), o a conceder el ya prestigioso Premio de Periodismo de Opinión que creamos hace cuatro años con el nombre de Raúl –se nos ocurrió una noche algo pasados de copas, en Lucio–, que consiste en una cena con el ganador en Casa Paco, Puerta Cerrada, y que hasta ahora hemos otorgado a Enric González, Sol Gallego-Díaz, Pedro Cuartango y Carlos Alsina. Y les aseguro que raras veces me he visto reunido con tanto talento profesional y tanta inteligencia. Lo interesante es que, siendo como son de los periodistas más brillantes que conozco, cada cual es de su padre y su madre. Trabajan en medios distintos y tienen ideas diversas: Camacho escribe en ABC, Edu trajina la muy salvaje Mongolia, Gistau y Lucas curran en El Mundo y Jabois en El País. Pero rara vez vi tanta admiración y respeto mutuos, tanta necesidad de aprender unos de otros. Tanta lealtad y tanta nobleza, aun más insólitas en los sectarios y sucios tiempos políticos que corren. 

Por eso la otra noche, escuchándolos en torno a unos solomillos con vino tinto, pensé de nuevo en cuanto acabo de escribir más arriba. En lo orgulloso que estoy de que esos fulanos sean mis amigos, como del resto de nombres que llena mi vieja mochila. En los vivos y en los que ya están muertos. Y también en Diógenes, Plutarco, Gracián y tantos otros cuyas palabras y libros me ayudaron a buscarlos, reconocerlos y apropiarme de ellos como botín de vida. 

17 de marzo de 2019