domingo, 25 de octubre de 2020

Uno de los nuestros

Hace muchos años que Guillermo Brown desapareció de las librerías y de las habitaciones de los chicos. Quedó atrás, relevado por otros libros y personajes como fueron Los cinco, y más tarde el arrasador Harry Potter. Sin embargo, hubo un tiempo en que su mundo, el de las aventuras de Guillermo, era tan familiar a un chiquillo lector –y entonces casi todos lo éramos– como los tebeos, las muñecas, la cocinilla, el fuerte con indios y vaqueros y los soldaditos de juguete. 
 
Conocí al personaje en 1959, cuando, con motivo de la primera comunión, mi madre pidió a familiares y amigos que sólo me regalasen libros. Entre ellos estaban Los apuros de Guillermo, Travesuras de Guillermo y Guillermo el proscrito. Todavía los conservo con los que vinieron después, hechos polvo los lomos y sobados de tanto leerlos. Y esas noches raras en que oigo el rumor lejano del País de Nunca Jamás y veo navíos piratas surcando el contraluz de la luna, leo algún episodio suelto y admiro, otra vez, las formidables ilustraciones de Thomas Henry, vuelvo a enamorarme de su hermana Ethel, simpatizo con su hermano Roberto y pongo patas arriba el ordenado mundo de los adultos con la complicidad de los fieles Pelirrojo, Douglas y Enrique: mirándome, naturalmente, en los ojos azules de la pequeña Joan, llamada Juana en las traducciones españolas de la época. 
 
En mi opinión y la de algunos otros, su autora, Richmal Crompton, creó con aquel niño de 11 años, y con los 37 libros escritos sobre él, uno de los grandes personajes de la literatura universal. Sin embargo, Guillermo llegó con dificultad hasta los años 70, ya moribundo, pues la actualidad de su momento narrativo había pasado. Para los lectores que buscaban mundos y caracteres más actuales, tan singular chiquillo se extinguió con su época. Sin embargo, el retrato perfecto, ácido, lleno de humor e ironía, de la clase media rural inglesa en la primera mitad del siglo XX que pervive en sus páginas no ha sido superado por nadie. En tal sentido, es una indiscutible obra maestra. 
 
Parte de su ocaso en España se debió, también, a ciertos críticos literarios que, ya en tiempos de la Transición, vieron en esos libros dos pecados imperdonables: no era literatura seria y, lo que aún resultaba peor, retrataba a una clase media acomodada que jugaba al tenis y al golf; y eso, más que instruir a los jóvenes, los alienaba. Sin embargo, esos miopes cantamañanas –a alguno recuerdo con nombres y apellidos– fueron incapaces de comprender, seguramente porque ni siquiera lo leían de verdad, que el personaje de Guillermo, incrustado como un corrosivo caballo de Troya en mitad de ese mundo rural burgués y apacible de clérigos biempensantes, jóvenes educados, correctos vecinos y señoras que tomaban el té, era en realidad el de un peligroso destructor del orden establecido: un niño inquieto, imaginativo, incomprendido, rebelde, enemigo declarado de la autoridad, cuya imaginación y osadía, mezcladas con la ingenuidad y la insobornable lógica infantil de sus pocos años, lo empujan a trastocar cuanto hay alrededor. Un subversivo contumaz al que sólo se le puede sobornar con caramelos, con desafíos audaces o con el pestañeo de unos lindos ojos azules. Un marginal cuya íntima independencia lo hace insolente e ingobernable, aunque él mismo no se dé cuenta de ello; y que sólo en sus fieles camaradas, los proscritos, encuentra el calor y la lealtad que tanto anhela y que los mayores le niegan. Un anarquista formidable lleno de firmeza moral, capaz de levantar un muro infranqueable entre su honesto mundo infantil y el de esos adultos que ni lo comprenden ni lo respetan. Ni lo quieren. 
 
«Nunca vacila, esa es su magia», escribió de él Fernando Savater; y Lluís Bonet señaló «su afán vengador ante la incomprensión de los mayores». Y es muy cierto. Asombraría a los lectores jóvenes de hoy, que juegan en otra liga, comprobar hasta qué punto Guillermo y su forma audaz y estoica de afrontar la vida que imponían los adultos ayudó a numerosos críos de entonces a librar sus propios combates infantiles. Cuánto apoyo moral y compañía encontramos algunos en sus páginas; cuánto alivio al saber que no estábamos solos en un mundo que, como a cualquier niño en ese momento de la vida, nos acosaba con normas ajenas a nuestra entonces honrada lógica. A muchos de nosotros, aquel personaje nos daba consuelo y nos reivindicaba. Y cuando miro esos libros y recuerdo los días de lluvia en que no había colegio y nos quedábamos en casa leyendo sus aventuras, creo que todavía lo hace. Guillermo Brown era, y lo sigue siendo, uno de los nuestros. 
 
25 de octubre de 2020

domingo, 18 de octubre de 2020

Esa saludable incertidumbre

Si se entra y sale de las redes sociales sin tomárselas muy en serio, adoptando precauciones profilácticas, éstas son un medio estupendo para tomar el pulso al paisaje y al paisanaje. Un magnífico termómetro de la temperatura y del mundo. En mi caso, cada vez que me asomo a ellas aprendo algo. También me liberan de algunas o de muchas cosas. De cierta clase de compasión, por ejemplo, ante los efectos de la estupidez humana, que Twitter, Facebook y sitios así ayudan a detestar y temer más que la maldad. Pero ése no es el objeto de este artículo. Creo. 
 
Hace unos días, en una foto que colgué en Twitter se veía la mesa de cartas del velero en el que navego cuando puedo hacerlo; y en ella, una carta náutica tradicional y un cuaderno de bitácora con la singladura anotada hora a hora. Muchos seguidores, navegantes o no, lo acogieron con comentarios simpáticos: viejas maneras, tradiciones del mar, etcétera. Sin embargo, aparte el placer de comunicarme con amigos y gente afín –algunos colgaron sus propias fotos, y fue un rato divertido–, aquello tuvo una variante curiosa: los mensajes de quienes no comprendían esa imagen e incluso se choteaban de ella. Vaya forma rancia de navegar, señalaban. Eso es postureo, don Arturo. Entre en el siglo XXI y entérese de que existen el GPS, el plotter y el móvil. Que parece usted un abuelo Picapiedra. 
 
Fue interesante por varias razones. Como puede suponer quien sepa de barcos, a bordo llevo todos esos instrumentos, y los uso cuando salgo al mar. Lo que no es obstáculo para que, de forma paralela, mantenga ciertos usos o precauciones, como fiarme más de una carta de papel que de una electrónica, o trazar con lápiz, regla y compás los rumbos a seguir y el camino hecho en viajes largos, así como situarme cada hora (con el GPS, naturalmente, aunque de vez en cuando sucumbo al placer de tomar enfilaciones a tierra o hacerlo en la carta mediante la sonda) y registrar posición e incidencias en un cuaderno de bitácora. Es más: a riesgo de horrorizar a la peña, confieso que llevo en la camareta un sextante, porque a mi generación de capitanes de yate del Pleistoceno Inferior nos lo exigían para el examen, y todavía sé tomar la meridiana, aunque maldita la falta que haga ahora. Sin embargo, nunca se sabe. Y ahí está el punto. En que nunca se sabe. 
 
Una de las ventajas de ciertas biografías es que adiestran para la percepción del desastre. Y no hace falta trabajar veintiún años en países en guerra: cualquier médico, soldado, bombero, abogado, policía, sabe a qué me refiero. El mundo es un lugar peligroso y todo puede irse a tomar por saco con mucha naturalidad. Lo que pasa es que estamos convencidos de que la tecnología, simbolizada en el teléfono que llevamos en el bolsillo, es infalible y nos pone a salvo. Y ahí está el error, pues cada avance técnico incluye un fallo específico: cada Titanic tiene su propio iceberg. Y esa confianza y ese olvido nos hacen vulnerables, pues renunciamos, cada vez más, a medios de supervivencia alternativos. 
 
Dirán ustedes que soy un pesimista y un cenizo; pero igual que a bordo llevo cartas de papel y sextante, en casa conservo una vieja Olivetti que no uso, pero ahí está por si acaso. Y puesto a tener móvil, llevo un Nokia que sólo sirve para hablar, pero que no pasa nada si lo pierdo, y que no puede piratear ni la madre que me parió. Y los números, direcciones, documentos, billetes de tren o avión, novelas en que trabajo, también los doblo en papel. Y cada día me muevo por la vida procurando adaptarme al mundo electrónico y frágil en el que una panda de hijos de puta que pretenden ahorrarse empleados, y millones de borregos acomodaticios, me obligan a vivir; pero lo hago con la saludable incertidumbre de quien sabe que la electricidad se corta o acaba, que la tecnología falla, que el mundo está gobernado y habitado por un exceso de irresponsables. He visto demasiadas ciudades a oscuras, grifos sin agua, bombillas sin luz, bancos con la gente llorando en la puerta, inviernos sin calefacción y veranos sin ventilador. También a pasajeros quedarse en tierra porque la tarjeta de embarque del móvil se les había ido a hacer puñetas. Y en dos ocasiones, una navegando entre Baleares y Cerdeña y otra doblando el cabo de Gata entre mercantes, por apagones de conflictos bélicos o averías, estuve sin posición GPS durante casi una hora. Porque, como dijo no recuerdo quién, que seas un poquito paranoico no significa que realmente no vayan a por ti. 
 
Así que háganse cargo. Cómo no voy a llevar una carta náutica de toda la vida a bordo, oigan. Y una brújula. Cómo no las voy a llevar. 
 
18 de octubre de 2020

domingo, 11 de octubre de 2020

Por qué esa guerra y por qué ahora

Hay una pregunta que me hacen mucho en los últimos días: por qué tardé treinta años en escribir una novela sobre la Guerra Civil. Por qué esa guerra, y por qué ahora. Y es cierto. Excepto un libro para uso escolar publicado hace años con ilustraciones de Fernando Vicente, La Guerra Civil contada a los jóvenes, y las novelas del espía Falcó que tienen ese momento como telón de fondo, siempre evité abordar el asunto. Incluso me desagradaba la idea. 
 
Hay una explicación que hizo que me sumergiera en la biblioteca durante diez meses tomando notas, viendo fotografías, reconstruyendo tragedias, imaginando personajes y situaciones que se combinaban con recuerdos familiares y experiencias personales, inspirado todo ello por una certeza: respecto a la guerra que nos destrozó entre 1936 y 1939 y nos marcó para el siglo siguiente, los españoles perdemos la memoria. Me refiero a la real y directa de cuanto ocurrió, pues quienes sabían lo que fue, quienes de verdad participaron en la contienda –hablo de frentes de batalla, no de las complejas retaguardias, que no hubo dos, sino muchas–, han desaparecido. Los más jóvenes, que fueron a luchar con diecisiete o dieciocho años, mi padre, mi tío, los padres, abuelos y bisabuelos de muchos de ustedes, nacieron hace un siglo. Apenas queda alguno vivo y con memoria. 
 
Esa certeza, cuando fui consciente de ella, valía una novela. Muertos los hombres y mujeres de entonces, olvidados los hechos, sólo quedan las ideas. Pero sin el testimonio de la realidad las ideas son peligrosas, pues pueden ser usurpadas y manipuladas por cualquiera, sobre todo en estos tiempos de redes sociales y argumentos simples. La generación que hizo la guerra quiso poner a salvo a hijos y nietos procurando no hablar de lo que vivió, manteniéndolos lejos del rencor y la tristeza que ese tiempo trajo consigo. Pero el silencio tuvo un efecto a la larga negativo, pues al desaparecer los testigos se perdió la memoria personal de quienes de verdad lucharon y quedó sólo la memoria ideológica, muy necesaria, pero basada más en discursos y argumentos que en realidades y recuerdos. 
 
Todo eso es malo, pues no puede haber comprensión sin conocer la historia de quienes combatieron como soldados en tan siniestro desastre. El principal núcleo de memoria de esa guerra, el más conocido, lo constituyen los hechos políticos y sociales, así como los terribles crímenes de retaguardia; pero lo que en mi opinión define con más exactitud la tragedia, lo que ofrece lecciones muy duras y a veces admirables –todo drama humano tiene contenidos morales–, son los hombres y mujeres que pelearon en los frentes de batalla. Fue allí, en las trincheras, donde más víctimas hubo de tan sangriento disparate. Por esa razón escribí Línea de fuego, título que resume la intención: dar voz a quienes, en ambos bandos y fusil en mano, pasaron hambre, frío y miedo, resultaron heridos o perdieron la vida, quemaron su juventud y luego fueron olvidados. Quise acompañarlos y que los acompañen los lectores; no escribir otra novela sobre la Guerra Civil, sino la novela de quienes, de grado o a la fuerza, lucharon de verdad. Y lo hice para que no se los confunda con los miserables y los asesinos que vivían de dar discursos y alzar la voz en mítines, cafés y burdeles lejos de los tiros, o paseaban pistola al cinto, camisa azul de falangista o mono de miliciano, ajustando cuentas, robando y asesinando sin riesgo y sin decencia. Es útil identificar a unos y otros para diferenciarlos bien, pues de los segundos siempre hubo y habrá: basta echar un vistazo a algunos personajes que hoy adornan la política española para imaginarlos en circunstancias favorables, con el poder adecuado. En toda su impune y criminal salsa. 
 
Resumiendo: fascistas y rojos, como entre ellos se llamaban entonces, hubo muchos, pero ni siquiera en un mismo bando eran todos iguales. Por eso pretendo que los lectores reconozcan en estas páginas, haciéndoles justicia, a su abuelo, a su padre, a su tío, a su vecino. Que puedan recobrar lo olvidado sobre ellos, o conocer lo mucho que ya se ignora. Que hijos y nietos se sientan estremecidos, y quizás en algún momento orgullosos, de inscribir su propia memoria en la memoria familiar. Y ojalá logre, también, estimularlos para conocer la verdadera historia de una guerra lejana que no fue tan simple como hoy nos cuentan. Una tragedia que tal vez se resuma bien en la cita del escritor republicano Arturo Barea que incluyo entre los epígrafes de la novela: «Qué brutos, dios mío. Pero qué hombres». 
 
11 de octubre de 2020

domingo, 4 de octubre de 2020

Aquella vida olvidada

Está postrada en la cama, tan guapa a los 96 años como siempre lo fue. Guapísima y también serena, pues la enfermedad que la consume despacio, que no es otra que la vejez natural que nos espera a todos si vivimos lo suficiente, es piadosa con ella. No sufre y está bien atendida: se la ve conmovedoramente flaquita y consumida, pero limpia, aseada, tan pulcra como de costumbre. Vestida con un elegante camisón, apoya en el almohadón de la cama la cabeza ya frágil, el cabello cano y corto, bien peinado, que siempre tuvo muy abundante y hermoso. Es la apacible imagen de una vida que se extingue despacio, mansamente, y que un amanecer cualquiera, cuando sus hijos acudan a verla, se habrá dormido para siempre, al fin, ojalá con la misma sonrisa dulce que ahora tiene en los labios. 
 
Sentado a su lado, el hijo mayor le tiene cogida una mano. Ella la mantiene así desde hace rato, asida a la suya, mirándolo con curiosidad. Su memoria se hundió en las brumas del tiempo y no sabe quién es ese sexagenario con canas en la barba que antes la besó en la frente y permanece inmóvil junto a ella. No lo reconoce, aunque a veces una palabra, un gesto, un recuerdo que logra abrirse paso, le hagan abrir más los ojos con un relámpago de reconocimiento, o de vaga memoria. A veces, incluso, hasta trae a su boca una palabra que evoca un nombre hallado de pronto, un apelativo familiar, una antigua escena. No rememora del todo, pero quiere hacerlo. Y cuando se produce el milagro y se asoma un instante al pasado, asiente y sonríe con dulzura y un brillo feliz en la mirada. 
 
El hijo habla desde hace rato. Conversa despacio, paciente, contando con mucho detalle. Como sabe que ella no recuerda, que cuanto él diga será tan nuevo para la anciana como si no hubiera ocurrido nunca, está contándole su propia historia. La de ella misma. Por fortuna es casi toda una historia feliz, que apenas es necesario alterar para que suene bonita: sólo algunas omisiones lejanas, años de infancia desgraciada, viajes a lugares extranjeros y tiempos de guerra. Dejando eso aparte, el hijo-narrador se centra en la parte dichosa de esa vida: la juventud, el trabajo, el amor, la casa familiar, el mar cercano, los hijos y los nietos. Le cuenta todo eso desde el principio mientras ella escucha con atención, pendiente de las palabras, entreabierta la boca, oyente fascinada por un relato que ignora es el suyo propio. Y cuando los otros familiares que están cerca hablan entre ellos de otras cosas, los mira molesta y los reconviene. «Callaos, bobos –les dice suavemente–. ¿No veis qué cosas más interesantes me están contando?». 
 
Y así, el hijo mayor le narra a la anciana la historia de una joven de dieciocho años que trabajaba en una agencia de viajes y cada día pasaba ante la casa de otro joven que se enamoró de ella; y de cómo éste consiguió que se la presentaran unos amigos; y cómo, cuando ella conoció a aquel chico alto, serio y educado, decidió casarse con él; y cómo fueron el noviazgo de cuatro años y el primer beso robado a costa de un bofetón junto a la cortina de un cine, y los paseos por el mar, y la boda, el viaje de novios y el mes entero durante el que el pobre marido, un perfecto caballero, tuvo la delicadeza de respetar la intimidad de la joven esposa hasta que ella –eran otros y absurdos tiempos– venció los escrúpulos y complejos con los que una educación rigurosa de las de antes la tenía bloqueada. Etcétera. 
 
Y mientras la anciana de pelo blanco escucha con mucha atención la historia de aquella joven a la que desconoce, y murmura «menuda tonta era ésa», su hijo sigue cogiéndole la mano y le cuenta también cómo nacieron él mismo y sus hermanos, y relata la existencia de la mujer que vivió en un hermoso lugar entre montañas y junto al mar, y cómo iba de noche a esperar al marido cuando regresaba de trabajar, a la luz de una antorcha que iluminaba de rojo el camino. Y de qué manera fue siguiendo la vida su curso, y los hijos crecieron y marcharon a lugares lejanos, pero siempre regresaron a verla. Y cómo tuvo también muchos nietos, envejeció apaciblemente y leyó libros bonitos, escribió poemas cursis y cocinó calderos levantinos que concitaban en casa a todos los vecinos, y sus veranos fueron una sucesión de hermosos ponientes rojos sobre un mar en calma, que ella pintó bellamente sobre lienzos y países de abanicos. Y así, mientras escucha la relación ya desconocida de su propia vida, la mirada de la anciana reluce de interés y goce, y sin soltar la mano del hombre que ignora que es hijo suyo, dice: «Es una historia verdaderamente bonita». Y añade: «Debió de ser una mujer muy feliz ésa de la que usted me habla». 
 
4 de octubre de 2020