domingo, 16 de agosto de 2020

Para qué necesito un rey

Hace tiempo que se levantó la veda, y con motivo. El rey Juan Carlos I, que pilotó la Transición y frustró el golpe de Estado que pretendía liquidarla, a quien debemos un reconocimiento político indudable, se había ido hundiendo en un cenagal paralelo de impunidad y poca vergüenza, de trinque oculto y bragueta abierta, hasta el punto de acabar convirtiéndose en principal amenaza contra su propio legado. Para quienes pretenden liquidar la monarquía, el personaje lo estaba poniendo fácil, pues los sueños húmedos de no pocos protagonistas de la actual política acarician la imagen de un monarca compareciente, no ante un juez, sino ante un parlamento, con ellos en la tribuna y señalando con el dedo. Ejerciendo de acusadores públicos en plan Fouquier-Tinville con una guillotina simbólica al fondo, mientras sus papás y familiares los ven en directo por la tele y comentan: «Hay que ver lo alto que ha llegado mi Manolín, o mi Conchita, que le ponen la cara colorada a todo un rey». 
 
Si he de ser sincero, dudo que la joven Leonor llegue a reinar algún día. Queda feo decirlo, pero es lo que pienso. Supongo que habré dejado de fumar para entonces, así que tampoco me afecta gran cosa. Pero el presente sí me afecta. Vivo en España y espero seguir haciéndolo unos años más; por eso necesito que éste sea un lugar habitable. No digo perfecto, sino habitable. Pero cuando oigo la radio o pongo la tele y escucho a la infame chusma que desde el Gobierno o la oposición maneja los resortes de mi vida, no me gusta lo que hay, ni lo que viene. Hay muchas cosas que ignoro; pero durante un tercio de mi vida viví en lugares peligrosos, y me precio de reconocer a un hijo de puta en cuanto lo veo. 
 
Cuando me preguntan si soy monárquico o republicano suelo responder que lo que a mí me pone es una república romana con sus Cincinatos, sus Escipiones y sus Gracos, que tenía un nivel; o en su defecto, una república como la francesa, resultado de la que en 1789 cambió el mundo, hizo iguales a los ciudadanos, abolió privilegios gremiales, provinciales y de clase, e hizo posible que la bandera francesa ondee hoy en todas las escuelas y que, después de un atentado terrorista, en los estadios de fútbol se cante La Marsellesa. Soy republicano, en fin, de la rama dura, jacobina cuando haga falta: ciudadanos libres, pero leña al mono cuando ponen en peligro la libertad. Y lo de monarquías hereditarias, pues como que no. Cuando pienso en Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII, se me quitan las ganas. Pero estamos hablando de España, de ahora mismo. Y eso ya es otra cosa. 
 
A ver si consigo explicarme. Una república necesita un presidente culto, sabio, respetado por todos. Un árbitro supremo cuya serenidad y talante lo sitúen por encima de luchas políticas, intereses y mezquindades humanas. Pero díganme ustedes un político, hombre o mujer, que en España encaje en esa descripción. Es más, ¿imaginan a ese árbitro supremo, esa autoridad absoluta, encarnados en Pedro Sánchez? ¿En Pablo Iglesias y su república plurinacional de la señorita Pepis? ¿En Mariano Rajoy y su obtusa y pasiva estupidez? ¿En ese payaso irresponsable y transatlántico llamado Rodríguez Zapatero, que desenterró una nueva guerra civil? ¿En la ridícula y embustera arrogancia de Aznar? ¿En un Felipe González al que ahora no se le cae de la boca la palabra España que mientras estuvo en el poder evitó siempre pronunciar? ¿En Rufián? ¿En Torra? ¿En Casado? ¿En Abascal? ¿En Irene Montero? 
 
No sé ustedes; pero yo, que me hago viejo, necesito alguien por encima de todo eso. Un cemento común, mecanismo unitario que mantenga el concierto de tierras y gentes tan complejas y peligrosas que llamamos España. Sobre todo, porque los ataques actuales a la monarquía no responden a una reflexión intelectual de pensadores serios, sino al viejo afán centrífugo de demoler un Estado a cambio de golferías particulares, chanchullos locales, demagogias idiotas y argumentos de asamblea de facultad. ¿Imaginan una Constitución redactada por Echenique, Otegui o Puigdemont?… Pendiente de liberarse de la nefasta sombra de su padre, Felipe VI es un hombre sereno y formado, irreprochable hasta hoy, mucho más Grecia que Borbón. Estoy convencido de que es una buena persona y un sujeto honrado, y nada hay hasta ahora que me induzca a pensar lo contrario. Creo que es un buen tío, como solemos decir; y nadie que haya cambiado con él dos palabras afirmará lo contrario. Ama a España y cree de verdad ser útil para preservarla en tiempos de tormenta. Hace lo que puede y lo que le dejan hacer. Y en mi opinión es el único dique que nos queda frente al disparate y el putiferio en que puede convertirse esto si nos descuidamos un poco más. Se lo dije una vez: es usted un asunto de simple utilidad pública, señor. Que no es poco, tratándose de España. La delgada línea roja. Dije eso y sonrió como suele hacerlo, bondadoso y prudente. Y todavía lo quise más por esa sonrisa. 
 
16 de agosto de 2020 
 

domingo, 9 de agosto de 2020

Quiero ser un genio del mal

Tiene huevos la cosa. Te pasas la vida con un álbum de fotos desagradables en la memoria, resuelto a no regresar allí donde estuviste, intentando convencerte de que, a pesar de cuanto recuerdas, el ser humano no es tan malo como parece cuando lo parece. Te pasas treinta o cuarenta años depurando los archivos, poniendo delante los buenos ratos, las historias nobles, los gestos solidarios y los momentos dignos y honrados de los que fuiste testigo, y relegando al fondo, para apenas verlos, aquellos de primera mano que nadie te contó y a los que basta echar un vistazo para que salten a la cara la estupidez, la barbarie, la maldad, la infame naturaleza que el hombre y la mujer –seamos paritarios también en la hijoputez– llevan en su esencia y suelen aflorar al menor descuido. 
 
Dicho en corto, intentas amar a la humanidad, o como se llame esto que somos; pero no te dejan. Y cada vez que necesitas consuelo en tal sentido, héroes a los que admirar, gestos que te conmuevan, hechos que te devuelvan lo que años y lucidez te quitan poco a poco, letras mayúsculas a palabras necesarias que parecen a punto de perderlas –Dignidad, Honor, Lealtad, Amor, Honradez, Sentido Común, Solidaridad, Cultura, Educación, Inteligencia–, resulta que la infame condición humana, ésa que durante buena parte de tu vida viste en su fúnebre esplendor, aparece de nuevo para contaminarlo. Para sacar de nuevo, del fondo del archivo, la realidad de lo que somos y también, tan a menudo, nos gusta ser. 
 
Pienso en eso estos días, cuando basta medio telediario para que el respeto adquirido en los últimos meses por lo mejor del ser humano se vaya al carajo en minutos: fiestas coronavíricas, playas sin un grano de arena libre, discotecas a tope, terrazas amontonadas, sanfermines sí o sí, mascarillas inexistentes, llevadas en el codo o colgadas de los cojones. Como uno lee libros y posee recuerdos propios sabe que si algo no nos distingue es la memoria constructiva: la que sirve para prever el futuro y no tropezar en la misma piedra. Es la del agravio y el rencor la única que de verdad nos interesa. Uno sabe eso porque es viejo y ha viajado, pero lo sorprendente es la rapidez con que ahora se produce el olvido, y hasta la necesidad de olvidar. Las lecciones ni siquiera son ya efectivas durante generaciones. Se olvidan en pocos meses. En unas semanas. 
 
El problema de todo esto es que termina atenuando la compasión; y eso es peligroso porque lleva a lugares oscuros, o hace que te asomes peligrosamente a ellos. Y voy a serles sincero: hay días en los que ronda la tentación. Oyes la radio, sales a dar una vuelta, y de pronto crees comprender a ciertos personajes malvados de ficción, o no tan de ficción, cuyo desprecio por el género humano los lleva a convertirse en genios del mal. En Napoleones del crimen. Intuyes, aunque te repugne hacerlo, algunas razones del capitán Nemo, del doctor Moreau, del profesor Moriarty, del doctor No, de Fumanchú, de tantos y tantos malos de ficción –o no tanta, en realidad– que en el mundo han sido. Y entonces, durante un siniestro instante, sonríes maléfico y te das miedo a ti mismo, imaginando. 
 
Millonetis, o sea. Imaginas, por ejemplo, ser millonetis a tope. Estar forrado de pasta y poder comprar cualquier cosa: una isla como base secreta, un ejército de sicarios o sicarias, una pandilla de hackers de élite, unos laboratorios fabricantes de virus sin vacuna, una flotilla de submarinos con misiles nucleares o gas de la risa… Cualquier cosa que haga la puñeta muy en serio. Y entonces, tatatachán, desde un búnker en esa isla, bien provisto de una biblioteca con primeras ediciones del Quijote, Conrad y Tintín, con las paredes cubiertas de cuadros de Velázquez, Paolo Uccello y Ferrer-Dalmau, dedicar el resto de tu vengativa vida a darle por saco a la Humanidad. A sacudir el mundo con crímenes y conspiraciones; no chapuzas guarras sin sentido fomentadas por idiotas, como ocurre ahora, sino tramas siniestras planificadas y ejecutadas con brillantez y precisión quirúrgica. Imaginen qué pasada, oigan, contratar a un profesor Bacterio para que invente un virus selectivo y mortífero que extermine a los irresponsables y los imbéciles. O a los políticos. O a los que entran en los restaurantes en chanclas y calzoncillos. Cómo se despejarían las discotecas y las fiestas del tomate. Y mientras acaricias a tu perro o a tu gato según los gustos, y mientras Monica Bellucci o Brad Pitt –también según los gustos– te dan masajes en la espalda o donde proceda el masaje, observar el mundo en pleno desparrame mediante pantallas panorámicas mientras emites, juás, juás, juás, escalofriantes carcajadas. 
 
9 de agosto de 2020 
 

domingo, 2 de agosto de 2020

‘Élite, naturalmente’

Las redes sociales son un lugar interesante, incluso educativo, si no las tomas demasiado en serio. Si eres capaz de entrar y salir con naturalidad, hacer incursiones rápidas y largarte sin estar mucho tiempo dentro. Es la permanencia la que pudre las cosas. Por lo demás, no encuentro mejor escaparate para acercarse fácilmente, con un par de teclazos –yo sólo lo hago a través de un ordenador–, a la no siempre simpática condición humana. A menudo, como digo, se aprende algo. Y obtienes nuevos enfoques de las cosas. Me ocurrió el otro día, tras la publicación de un artículo en defensa de la utilidad del Griego y el Latín en la enseñanza de los tiempos actuales, precisamente a causa de lo actuales que son los tiempos. Y algunas reacciones de lectores –pocas, pero algunas– me dejaron pensando. Y éstas podrían resumirse en breves palabras: usted defiende a las élites culturales. La existencia de una aristocracia humanista escolar. 
 
Me quedé pensando, como digo –prueba de que Twitter y Facebook también hacen pensar–, y después de hacerlo concluí que sí. Que la defiendo. No, como parecen creer algunos simples, una élite de privilegiados que por familia, dinero, medios e incluso inteligencia puedan permitirse entrar en determinado club; pero sí el derecho de cualquiera, si es su interés o vocación, o deseo de los padres que su formación vigilan, a ser dotado de las herramientas culturales que podrían mejorarlo como ser humano. A que su educación no sea, como está siendo y cada vez más va a ser, un divorcio irreparable entre ciencias y letras, sino una fértil combinación de ambas. Creo que para interpretar el mundo y la vida en sus grandezas y desastres, las humanidades siguen siendo imprescindibles; y que buena parte de los males que nos aquejan, y eso incluye a la gentuza analfabeta que desde hace mucho tiempo detenta los mecanismos del poder en España y en el antes llamado Occidente, se explican por su creciente ausencia. 
 
En cuanto a élites, permítanme contarles algo. Durante tres años de vida escolar pertenecí a una élite –tranquilícense, no fue por dinero ni privilegios–, y a eso debo una de las mayores felicidades de mi juventud; hasta el punto de que, aunque no puedo quejarme de la vida que he llevado, no me importaría en absoluto estar todavía allí, en el aula de Letras del Instituto Isaac Peral de Cartagena donde hice Quinto, Sexto y Preu después de que me expulsaran de los Maristas por calentar a un profesor que tenía la mano larga. Aquellos tres cursos finales de Bachillerato los hicimos once alumnos que habíamos elegido estudiar Griego, Latín, Literatura, Historia, Arte y Filosofía: un grupo de jovencitos inquietos, de esos que, decía Julio César, duermen mal, unidos por el ansia de estudiar humanidades; y para quienes tan importantes eran Homero, Platón, Virgilio y Dante como Newton o Darwin. Aquellos muchachos se sabían distintos, o deseaban serlo. Eso les daba orgullo de casta, reforzaba su decisión y su esfuerzo, conscientes todos de que en el mundo al que se dirigían iban a tenerlo más difícil que otros; pero también poseerían armas defensivas y ofensivas de las que otros sin su formación carecerían. 
 
Todavía sonrío agradecido al recordar. En aquel grupo de élite conocí a algunas de las cabezas más brillantes que traté en mi vida: de origen humilde unos, más acomodado otros, eran todos chicos inteligentes, críticos, sabiamente cínicos, lo bastante lúcidos para intuir –y adiestrarse bien para ello– que los éxitos no son sino fracasos fallidos. Y por fortuna, porque hay geometrías formidables, esos once muchachos coincidimos con un grupo de jóvenes profesores de ambos sexos, apasionados de su profesión, que encontraron en tales alumnos a unos ávidos receptores de lo que con tanta excelencia ellos dominaban. Y me atrevo a decir que fueron tan felices como nosotros, pues no tuvimos sólo tres años de clases escolares, sino de conversaciones y debates, libros recomendados, reuniones en bares hasta las tantas, viajes al corazón de la antigüedad clásica, muchas copas, cigarrillos e incluso flirteos inocentes –casi inocentes– con alguna profesora de Griego o de Historia del Arte, que además eran muy guapas. Y de ese modo, esos magníficos profesores convertidos en amigos –Gloria, Amparo Ibáñez, Antonio Gil, Juan Ros– educaron con esmero a los once chicos para que hicieran suya aquella formidable cita del Retrato de Kant de Boleslaw Micinski: «Familiarízate con los secretos de las preposiciones temporales (ubi, ut, ubi primum, ut primum, simul, simulque, dum quod, antequam, priusquam, cum…) y, sobre todo, aprende la estructura de las oraciones condicionales para que no quepan en ellas el engaño, el chantaje y la mentira». 
 
Élite, naturalmente. Y a mucha honra. 
 
2 de agosto de 2020