domingo, 18 de abril de 2021

El capitán de Köpenick

A veces, sólo a veces, la suerte guiña un ojo a los desgraciados y éstos tumban el patito de la feria, en ocasiones para toda la vida y otras para sólo un rato. Sin embargo, acabe como acabe el episodio, el momento de triunfo y de gloria ya no lo borra nadie. Pensaba en eso hace unos días, cuando al hilo de unas lecturas di otra vez, al cabo de medio siglo, con el nombre de Wilhelm Voigt: un pobre infeliz que acabó pasando a la historia como el capitán de Köpenick y cuya estatua se encuentra ahora, con todos los honores, en la entrada del ayuntamiento de esa ciudad. Conocí el asunto y me deslumbró siendo casi un niño, a principios de los años 60, cuando vi en el cine una película sobre su aventura, protagonizada por Heinz Rühmann. No la olvidé nunca, y ahora me la tropiezo de nuevo. Una historia, ésa, que contiene interesantes lecciones sobre la desesperación, la audacia, el militarismo irracional y también la gregaria estupidez que a menudo demuestra el ser humano. 
 
Ocurrió en 1906. Voigt, un desgraciado de 57 años al que el sistema social y judicial alemán había machacado hasta la miseria, desesperado y sin empleo, compró en un ropavejero un uniforme de capitán del ejército y se fue en metro hasta Köpenick, un pueblecito cercano a Berlín. Por el camino se cruzó con un grupo de diez soldados que iban camino del cuartel y tuvo el cuajo de ordenarles que se pusieran a sus órdenes. Misión especial, dijo. Síganme. Convencidos por el uniforme y por el marcial bigotazo prusiano del capitán chungo, los soldados lo secundaron sin rechistar; y con ellos, siempre en metro, se presentó en el pueblo. El primer acto oficial fue invitar a su fiel tropa a unas cervezas. Después entró por la cara en la oficina de correos y telégrafos y prohibió las comunicaciones con Berlín mientras los empleados –como buenos alemanes de toda la vida, al ver un uniforme y recibir órdenes se les hizo el ojete agua de limón–, se ponían dando taconazos a su servicio sin pedirle ni siquiera un documento de identidad. Luego fue a la gendarmería y puso a todos los gendarmes a marcar el paso de la oca –más taconazos y más jawohl, herr hauptmann–. Y al fin, dispuesto a rematar la hazaña, el supuesto capitán se dirigió al ayuntamiento seguido por su fiel tropa, que a esas alturas estaba entusiasmada con el nuevo jefe. 
 
La verdad es que en el ayuntamiento también lo bordó, el tío. Con todo cristo impresionado por el uniforme, suscitando nuevos taconazos a su paso, el impostor Voigt arrestó al desconcertado alcalde, acusándolo de deslealtad –no tendría la conciencia tranquila cuando se dejó convencer tan fácilmente– y se apoderó de 3.600 marcos, unos 20.000 euros de ahora, que un diligente cajero le ayudó a contar y guardar en un talego a cambio de un recibo que Voigt firmó con el apellido de su último director de prisión. Y después, tras exigir al acojonado alcalde la palabra de honor de que no iba a darse a la fuga, lo metió en el metro con los soldados y con su esposa, que no quiso abandonarlo en el trance, y lo mandó a presentarse a la policía de Berlín, donde fue recibido con el natural estupor. La última vez que se vio al supuesto capitán fue sentado a solas en la estación de ferrocarril, tomándose tranquilamente una cerveza, antes de desaparecer con el dinero sin dejar rastro. 
 
El escándalo ocupó durante semanas los periódicos, suscitando la simpatía general. La opinión pública convirtió en un héroe al impostor que había burlado a la implacable maquinaria del Estado. Se alabó su audacia, ingenio y sangre fría, y cuando al fin fue apresado –naturalmente, en un burdel– por denuncia de un amigo, pues ofrecían una cuantiosa recompensa, la ola de opiniones en su favor hizo que sólo fuera condenado a cuatro años de cárcel; cuando antes, por dos delitos menores y casi insignificantes, le había caído un total de 27 años de presidio. Y aun así, fue tal el entusiasmo popular por el personaje que el Káiser se vio obligado a indultarlo tras pasar sólo 22 meses en la cárcel. Lárgate de aquí, le dijeron. Y no vuelvas. 
 
El resto de su vida, si no de fortuna, Voigt disfrutó de la gloria. Recibido en todas partes como héroe popular, convertido en símbolo antimonárquico y republicano, hizo giras por Alemania, Francia y Holanda, y acabó estableciéndose en Luxemburgo, donde trabajó como camarero y zapatero. Murió en 1922, y sobre su hazaña se escribió una exitosa obra de teatro y se rodaron varias películas. Hoy, su bronce vestido de uniforme se encuentra junto a los peldaños de la entrada al ayuntamiento que lo hizo inmortal. La tumba está en el cementerio de Luxemburgo, y rara vez faltan flores. En ella está inscrito algo que arrancaría una sonrisa irónica al viejo truhán, si pudiera leerlo: Wilhelm Voigt, el Capitán de Köpenick
 
18 de abril de 2021 
 

domingo, 11 de abril de 2021

Forenses de las palabras

Me van ustedes a perdonar, pero cada vez que leo algo como «Todas las lenguas contarían con una operación binaria del tipo SX+SY-SZ en la que cualquier unidad sintáctica no-simple es descomponible en dos partes» me cisco en los muertos más frescos de los ministros de Educación de las últimas dos o tres décadas. Y tengo motivos. A mi generación escolar y a otras que vinieron luego, que yo recuerde, no nos fue tan mal en afilar la herramienta de hablar con corrección y escribir de modo razonable. Estudiar lengua y literatura en el colegio era conocer la ortografía y la gramática en lo imprescindible de ambas; comprender sus reglas básicas y ejercitarnos en su aplicación práctica. Un poquito de latín, incluso, ayudaba: traducir a César o a Cicerón durante un par de cursos aproximaba mejor a los mecanismos de la lengua española. Ordenaba y serenaba la cabeza. 
 
El otro aspecto eran las lecturas. Tengo en la mesa el libro de Lengua Española de 2º de Bachillerato, 1962, editorial Edelvives: 224 páginas concisas, claras, que explican morfología, sintaxis y prosodia. Desde la oración hasta los períodos gramaticales, todo está contado de forma sencilla. Como complemento, a cada lección la acompañan fragmentos literarios escogidos, situados de modo que cualquier alumno terminaba leyéndolos aunque fuese por puro aburrimiento. Y así, aparte de escribir y hablar bien, obtenías una aproximación clara a los mecanismos de la lengua y a los autores destacados. Pero no sólo Cervantes, Galdós o Quevedo; hasta al más torpe le acababan sonando Pedro Antonio de Alarcón, Garcilaso, Machado, Zorrilla, el duque de Rivas o los Álvarez Quintero. Y, bueno. Vayan a la puerta de un colegio y averigüen lo que a los chicos de esa edad les suena ahora. 
 
Muchos de ustedes tienen hijos, así que no hace falta que les caliente la oreja. Una cosa son las intenciones generales, la teoría de la ley educativa de turno, y otra la realidad cruda. Hay libros escolares excelentes, pero un repaso a otros produce indignación. Más que a escribir, a leer, a disfrutar de la lectura y comprenderla, lo que a veces se busca es convertir a chicos de 14 y 15 años en analistas estériles de la lengua; transformada, a su vez, en cadáver sobre una mesa de disección. De ahí a leer un texto y comprenderlo media un abismo que la estupidez de las autoridades educativas, abducidas por ciertos filólogos de minga fría, talibanes teóricos ajenos al pálpito real de las palabras –conozco a un par de ellos–, no hace sino agrandar. Y si creen que exagero, échenle valor y hojeen esos manuales. 
 
Según ciertos cantamañanas, y tengo un libro de texto delante, a la hora de leer, e incluso aunque ni siquiera lea, lo importante es que un alumno adolescente sepa que el sujeto gramatical y el semántico no deben coincidir sino limitarse a coexistir. Pero mucho ojo: eso ocurre sólo en las oraciones activas, porque en las pasivas la cosa cambia al entrar en juego el complemento agente, que es una función sintáctica u oracional fácil de reconocer –la lengua aprieta, pero no ahoga–, pues suele ser un sintagma preposicional introducido por una preposición o por una locución propositiva. Más claro, imposible. Aunque, cuidadín, no todo el monte es orégano: la cosa lingüística y lectora se nos irá al carajo si el alumno ignora que el sintagma nominal funciona como sujeto o complemento directo, y si a su vez el sintagma aloja en su interior otro sintagma, el muy diablillo, o si eso sólo pasa en el predicado, donde los sintagmas preposicional y adverbial –pero también, que no cunda el pánico, en el sintagma nominal– pueden desempeñar la función de complemento circunstancial, directo, indirecto o mediopensionista. Eso, por supuesto, siempre y cuando el complemento predicativo no se confunda con el atributo, porque entonces la habremos fastidiado. Ambos pueden funcionar, ahí donde los ven, como sintagma nominal y sintagma adjetival, siendo un buen modo de despejar la incógnita acudir a los verbos predicativos. Con dos cojones. 
 
Y así, nuestros chicos, futuros políticos, periodistas, youtubers o presentadores de televisión y por tanto novelistas en potencia, atrapados en ese mar de los sargazos lingüísticos, no reirán jamás con una ocurrencia del arcipreste de Hita, no se conmoverán con la noble melancolía del Quijote ni se reconocerán en un soneto de Quevedo, ni sabrán que sus vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Queriendo convertirlos en forenses de la sintaxis les escamoteamos el corazón vivo, caliente, de la lengua y la literatura. Sólo alcanzamos a ponerles delante, sobre una fría mesa de disección escolar, el cadáver desmembrado de una lengua que a menudo ni aman, ni conocen ni entienden. Ni son capaces de interpretar. 
 
11 de abril de 2021 
 

domingo, 4 de abril de 2021

Conversación en un burdel

Ocurrió hace tanto tiempo que a veces pienso que fue en otra vida, o le ocurrió a otro que no era yo. Quiero decir que el joven de veintipocos años que vivió aquella conversación no era el mismo que casi medio siglo después teclea estas líneas. Nadie vive impunemente. Si miro alguna vieja foto de entonces, a quien veo es a un muchacho de ojos ingenuos que miraba el mundo por el que se movía, la violenta topografía que dibuja el ser humano, con el interés casi escolar de quien pretendía confirmar lo aprendido, o lo intuido, en los muchos libros que junto a un mar viejo y sabio amueblaron su infancia y su todavía reciente juventud. 
 
Había aterrizado en una ciudad oriental buscando lo que yo buscaba entonces. Y algo que aprendí pronto fue que, por seguro que uno crea estar de sí mismo, en determinados lugares es necesaria la humildad profesional. Sobre todo, allí donde ir de listo puede costar el pellejo. Así que mi procedimiento habitual era acercarme a quien controlaba el asunto, decirle acabo de llegar y no tengo ni puta idea, y cuéntame de qué va esto. El método de hacerse adoptar siempre me dio resultado hasta que, con el paso del tiempo, un día comprendí que quien adoptaba era yo, y que de Tintín había pasado a capitán Haddock. Pero ésa es otra historia. El caso es que en aquellos primeros tiempos, gracias al método mencionado, aprendí mucho e hice amigos de ambos sexos que conservé para siempre. 
 
El de aquella ciudad era un viejo corresponsal de un importante diario español. Para mí era un mito vivo, y a él acudí. Había pasado en el extranjero toda su vida, y en ese lugar exótico y turbulento encarnaba todas las virtudes y vicios propios de tal época y clase de personajes. No eran tiempos de correcciones políticas, ni mucho menos. Era, simplemente, el mundo real. Lo acompañé de antro en antro: yo aguantaba bien la bebida, pagaba copas sin que me doliera quedarme sin un dólar y, sobre todo, era callado respecto a mí y eficaz escuchando. Además, lo admiraba; así que le caí bien a ese viejo periodista cínico, drogadicto, alcohólico y putero. De su mano comprendí muchas cosas sobre mi oficio. Nos hicimos muy amigos. Y una noche, en un burdel del que era asiduo, rodeados de chicas de a diez dólares que lo llamaban por su nombre de pila, me dijo algo que cambió mi vida para siempre. 
 
Estábamos apoyados en la barra y él miraba las botellas alineadas enfrente como pensando cuál vaciar a continuación. Yo acababa de preguntarle qué iba a hacer cuando se jubilara –era un hombre mayor– y si podría adaptarse a una vida normal en Barcelona o Madrid. Se volvió despacio a mirarme y movió la cabeza. «Esta es la vida normal», dijo. «O al menos es la mía». Era realmente bueno haciendo frases. Pensé en su casa, su soledad, su desarraigo, vi el cansancio de las ojeras en su rostro fatigado. «No es un sitio para envejecer», aventuré. Y entonces me miró sorprendido, cual si hasta ese momento me hubiera tomado por un chico listo y de pronto descubriese que podía ser tan estúpido como cualquiera. «¿Y a dónde quieres que vaya?», respondió. «Salí hace treinta años de una ciudad en la que ya no conozco a nadie. De un país que detestaba y ahora no me importa. No tengo nada en ninguna parte, ningún otro lugar a donde ir». Encendió otro cigarrillo, señaló al camarero y a las chicas y añadió: «Prefiero estar aquí cuando me reviente el hígado, entre gente que me respetará mientras le pague». Después me pasó un brazo por los hombros y me atrajo hacia él, amistoso. «Piénsatelo, chaval, para cuando te llegue el turno. De ciertos lugares nunca se vuelve». 
 
Pienso en él a menudo, pues lo he estado recordando durante toda mi vida. En realidad, si ahora vivo como lo hago, si tengo una casa y una biblioteca, escribo artículos y novelas, poseo una retaguardia hacia la que empecé a replegarme cuando intuí que la barra de un triste burdel también podía acabar siendo mi hogar y que tal vez fuese yo quien un día contara allí mi historia a un jovencito que empezase el oficio, es seguramente porque aquel viejo reportero me alertó sobre ello. No tengo, fue lo que dijo esa noche, otro lugar a donde ir. Ya he dicho que era muy diestro haciendo frases, y no hay más exacto resumen que ése. En cuanto a él, murió unos años después, alcoholizado, cirrótico, deshecho, en un hospital español. Lo supe por una noticia de veinte líneas en un rincón de su propio periódico. Devuelto, a su pesar, a una tierra donde al final fue más extranjero que en la otra. Y, bueno. Como digo, a él debo esto de ahora. Me hizo asomar sobrecogido, de su mano, a esos lugares de los que nunca se vuelve. Y gracias a él nunca me quedé allí del todo. 
 
4 de abril de 2021