domingo, 5 de septiembre de 2021

Llamando al lobo como idiotas

Salieron de la casa por la ventana, con una calma increíble. Serenos, sin prisa, primero uno y luego otro, alejándose luego a paso lento, incluso cuando empezaba a oírse en la distancia la sirena de un coche de la policía. El primero llevaba una bolsa con los objetos robados y el segundo tuvo cuajo para caminar despacio ante los vecinos que lo miraban con asombro e indignación, arrojar el cuchillo a un contenedor de basura y alejarse como si estuviera dando —y en realidad es lo que hacía, dárselo— un tranquilo paseo. Impotente, en la esquina misma, la dueña de la casa, que había escapado al verlos entrar, los miraba alejarse. 
 
Si teclean en Internet verán la escena, que tuvo lugar en Valencia hace un par de semanas. Desesperación de los vecinos e impunidad de los delincuentes, lo que no es novedad. Conscientes los primeros de que, si intervenían, además de llevarse una puñalada podían meterse en un lío cuando la absurda Justicia española pidiera cuentas de cualquier daño causado a los del cuchillo, argumentando que tal vez la actuación no era necesaria, actual ni proporcionada. Y conscientes por su parte, los malos, de que si la policía les echaba el guante, por muchos antecedentes que tuvieran, el asunto acabaría con un máximo de setenta y dos horas de calabozo y la citación de un comprensivo juez para que se presentaran en un juzgado dentro de un año, o nunca, o vaya usted a buscarme para entonces, señoría. 
 
Todo eso que acabo de contarles ocurre a diario en una España —la que hemos hecho entre todos, votando a quienes legislan— donde a un ciudadano honrado le embargan la cuenta bancaria por no pagar una multa o debe seguir costeando el agua y la luz si lo dejan sin casa los okupas. Donde lo que importa a los políticos y a los jueces es a qué hora abren o cierran las terrazas. Donde no se encarcela a quien lo merece porque las prisiones, dicen, están saturadas de delincuentes nacionales y extranjeros, pero no se deporta a nadie por peligroso que sea. Donde cuando se habla de castigar las peleas clandestinas de perros ninguna autoridad sabe ni contesta. Donde a un cabronazo de diecisiete años, malo, resabiado y grande como un castillo, los medios de comunicación y las redes sociales se refieren a él como un menor, un chaval, una desvalida criatura. Donde toda injusticia tiene fundamento legal y todo absurdo encuentra su aplauso. Un país, en fin, donde, por escribir este artículo, quienes hacen de la demagogia su negocio, o sea, numerosos sinvergüenzas y también innumerables idiotas, me llamarán simpatizante de la ultraderecha. Pero miren cómo me tiembla la tecla. 
 
Tengo cierta experiencia en eso de que te jodan los malos. Dos veces entraron en mi casa a robar, con una sangre fría que deja de pasta de boniato. Y las dos veces tuve que dejar que esos hijos de puta se fueran tan panchos, convencido de que si les soltaba un taponazo iba a comerme más talego que el conde de Montecristo. Una de las veces, gracias a las cámaras, identifiqué a dos fulanos con nombre, apellidos y domicilio. Seguro de que por vía judicial nada podía hacer, llegué a considerar la oferta que me hizo un amigo para hacerles una visita privada; pero al final no tuve huevos. Imaginaba los titulares, si la cosa trascendía. El fascista de Reverte se toma la justicia por su mano. Etcétera. 
 
Hay algo de lo que no sé si somos conscientes, y si lo somos me pregunto por qué nos importa un carajo. Desde hace siglos, la convivencia social se basa en que el ciudadano confía al Estado su protección y, llegado el caso, su satisfacción o justicia. Y también la venganza, impulso tan natural en el ser humano como el amor o la supervivencia. Pero esa palabra tiene mala fama; la sustituyen otras a cuya sombra se cobija mucha golfería y mucho disparate. Y el resultado es que el ciudadano se ve indefenso ante la maldad. Ante la impunidad y arrogancia de quien vulnera las leyes o se aprovecha de ellas porque perjudican al honrado y benefician a quien delinque. Cuando tal cosa ocurre, hartos, tendemos a volvernos hacia quien promete —prometer es fácil— garantizar la seguridad, la propiedad y la vida. La Historia demuestra que eso acaba alumbrando movimientos totalitarios, redentores siniestros, peligrosos salvapatrias que recortando libertades y derechos conducen a callejones oscuros, cuando no a cementerios. Por eso temo que la irresponsabilidad de tantos políticos demagogos, jueces que no se complican la vida, oportunistas sin escrúpulos y cantamañanas con una estúpida percepción del mundo y la vida, acabe deparándonos a los españoles gobiernos de ultraderecha para varias legislaturas. Tengo casi setenta tacos de almanaque y quizá no esté aquí para verlo, pero ustedes prepárense. Lo van a pasar de miedo. 
 
5 de septiembre de 2021

domingo, 29 de agosto de 2021

Una historia de Europa (X)

Unos nueve siglos antes de que naciera Cristo, un hombre llamado Licurgo vivió en Esparta. El nombre, Licurgo, suena seco y recio; pero más seco y recio fue lo que hizo con sus conciudadanos. Esparta y Atenas eran los dos estados griegos más importantes de la época; sin embargo, mientras los atenienses se regían por mecanismos democráticos muy avanzados (al fin y al cabo los inventaron ellos) y en su polis florecían el pensamiento filosófico y la cultura en general (o sea, lo que hoy llamaríamos humanismo), Esparta era todo lo contrario. Se regía ésta por un código de leyes creadas por el tal Licurgo, cuyo objetivo era convertir al personal en gente guerrera y sobria, militarizada, resistente, dura como la madre que la parió. Los flojos no tenían lugar allí. Los que nacían débiles o enfermos eran abandonados en el monte. Los otros, a partir de los siete años, eran arrebatados a sus padres y llevados a escuelas-cuarteles sin libros, escritura o ciencia, de los que salían convertidos en los mejores soldados de su tiempo. Su único objeto era combatir; y su obligación, servir en el ejército hasta que cumplían sesenta tacos. Dedican la mayor atención a los niños y se la dedican oficialmente, señalaba con admiración Aristóteles en la Política, donde parece envidiarlos tanto como otros pensadores griegos, entre ellos Jenofonte en su interesante República de los lacedemonios (tal vez porque cuando escribían eso ya estaba la democracia de Atenas en decadencia). De todas formas, como digo, esa atención hacia las criaturas era más atlética y militar que otra cosa, porque durante su formación los pobres espartanitos sufrían un entrenamiento tan duro que, a su lado, los marines y los comandos de las películas (señor, sí, señor, y todo eso) parecen florecillas silvestres. Eran continuamente golpeados para acostumbrarlos a sufrir sin quejarse y obligados a soportar hasta la muerte el frío, el calor, el sueño, y se les hacía robar alimentos para que aprendieran a buscarse la vida. El caso es que, niños o adultos, los espartanos comían poco y mal, vivían en casas sencillas y también, como detalle curioso, se habituaban desde enanos a ser parcos en palabras: poco había entre ellos que no pudiera resolverse con un sí o un no. Y como la región donde estaba Esparta se llamaba Lacedemonia o Laconia, a ese lenguaje breve, tan duro y seco como sus habitantes, se le llamó laconikós, o de estilo espartano. Lacónico, o sea; palabra que todavía hoy usamos para referirnos a lo breve y definitivo. Incluso a la hora de partirse el pecho, degollar y otros etcéteras, la idea era tomárselo todo con sobriedad y calma: las falanges de hoplitas espartanos no corrían jamás, sino que avanzaban despacio, impasibles, lo que acojonaba mucho a sus enemigos (actitud que más tarde iban a adoptar los tercios de infantería española que en los siglos XVI y XVII combatirían en Europa). El caso es que mientras Atenas acabó siendo la democracia más auténtica y radical que ha conocido la Historia, Esparta, con su sociedad militarizada, se convirtió en un pueblo guerrero cuyas leyes y costumbres, o parte de ellas, han sido imitadas después de modo siniestro por regímenes autoritarios como el fascismo, el nazismo y el comunismo, y con diversa fortuna por otros sistemas políticos decentes. Pero ojo: no mezclemos churras con merinas ni siglos con siglos, ni en lo bueno ni en lo malo. Aunque en algunos aspectos la sociedad espartana era un modelo de igualdad, la que se daba en las falanges de hoplitas o en los cuarteles militares no se extendía a toda la sociedad, o tardó tiempo en hacerlo. Durante un largo período, Esparta siguió siendo, por la cara, una oligarquía donde un pequeño consejo de familias destacadas detentaba un poder notable, donde (a diferencia de la vecina Atenas) los cargos públicos no rendían cuentas ante el pueblo, y donde, aparte de los ciudadanos oficiales, a los que se prohibían el trabajo manual y el comercio, estaban los perioicós o periecos (los vecinos, traducido), que carecían de ciudadanía pero comerciaban y poseían sus propias tierras, y los eilotes o ilotas, mayoría sometida a esclavitud y víctima de un trato despiadado (si los espartanos eran duros consigo mismos, imaginen cómo las gastaban con los de abajo). Sin embargo, recios y cabroncetes como eran en casi todo, asombra el estatus singular de sus mujeres. A diferencia de otros lugares donde las señoras eran recluidas en casa por si repetían la jugada de Elena de Troya (Homero dejó a todos los padres y maridos de entonces con la mosca tras la oreja), las espartanas de tronío pisaban fuerte. Eran, literalmente, hembras de armas tomar. Decían a sus hijos vuelve con tu escudo o sobre él (lo que significaba vencedor o fiambre), participaban en los ejercicios gimnásticos, tenían acceso a la educación y una libertad considerable para la época. Tanta, que dejaban como marujas de telenovela al resto de mujeres griegas. 
 
[Continuará] 
 
29 de agosto de 2021

domingo, 22 de agosto de 2021

Abuelos bajo el sol

Abuelos bajo el sol Bajo un sol que cae como plomo derretido, la fila de personas se mueve despacio. Una espera de veinte minutos como mínimo, calculas observándolos. En su mayor parte son gente mayor. Abuelos hechos polvo. Están allí a la solanera, sin sombra ni lugar donde sentarse, ante la única terminal de cajero automático de esa sucursal. De ese banco. Es agosto, la oficina está cerrada y la escena se sucede por todas partes. En toda España, o como se llame esto ahora. Personas que esperan para hacer un trámite bancario. 
 
No es algo exclusivo de agosto, pues se repite todo el año aunque en estas fechas sea más frecuente; más desvergonzadamente habitual por parte de esos bancos que, cuando el pelotazo inmobiliario engordaba dividendos, sembraron las ciudades de oficinas que embaulaban sueldos y pensiones –colocando productos financieros que acabaron en auténticas estafas– y que ahora, con las vacas flacas, desaparecen y dejan tirada a la clientela. Tres mil de esas sucursales cerraron el año pasado y supongo que éste irá cerca. En cuanto a cajeros automáticos, 2020 liquidó un millar de terminales y veremos cómo acaba 2021. De momento, según el Banco de España, ya son 1.300.000 los españoles que viven sin bancos ni cajeros cerca. Y hay pueblos con muchos vecinos mayores de 60 tacos donde la distancia a la oficina bancaria más próxima es de 10 kilómetros. 
 
Si sólo fuera eso, sería malo. Pero es que, para más vil recochineo, al hablar de oficinas bancarias imaginamos empleados que atienden, una persona que actúa como cajero –aunque sólo sea hasta las 11 de la mañana, que ya es disparate–, otra que resuelve dudas, y detalles así. Lo normal. Pero no. Entras en tu banco de toda la vida, y a veces lo único que hay es uno o dos cajeros automáticos, un jefe y único indio con una cola de gente esperando, y donde antes estaba la ventanilla, donde Manolo o Paco hasta le rellenaban al abuelo el impreso, ahora hay un cartel publicitario donde el BZGP (Banco Zutano y la Guarra que lo Parió) anima a los octogenarios a descargarse en el móvil una aplicación que, asegura, permite moverse con rapidez y eficacia por el simpático espacio de la banca cibernética. Eso, en un mundo en el que todos sabemos lo que es depender de Internet. Y en una España donde en algunas zonas rurales ni siquiera hay cobertura para el teléfono móvil. 
 
Los defensores de todo este pasmo de cabronadas, que son muchos y no todos banqueros –no habría tanto verdugo sin víctimas sumisas–, argumentan que los tiempos cambian, que lo antiguo da paso a lo moderno, que el crecimiento de la banca online está en sintonía con las normas europeas –Bruselas es excusa perfecta para toda clase de tropelías– y hace innecesaria la atención cara al público. También dirán que el futuro pasa por Correos Cash, por el Nickel de BNP, por los estancos y administraciones de loterías o el lucero del alba. Yo qué coño sé. A lo mejor hasta es cierto, pero me da igual. Porque el cochino presente, por donde pasa es por miles de abuelos y no tan abuelos haciendo cola al sol, aturdidos e impotentes a la hora de cobrar sus pensiones, llevar dinero en el bolsillo, resolver problemas. Vivir con normalidad en vez de perder mañanas, días enteros, en gestiones absurdas e injustificables. 
 
Pero es lo que hay, y lo que va a haber. Como en los casinos, la banca siempre gana. Pierden, y con ellos perdemos todos, esos abuelos al sol, desconcertados ante la gentuza infame que amparada por el Estado y sus instituciones, arrogante, impune, sin que nadie mueva un dedo para frenar sus abusos, acosa y desampara cada vez más a sus clientes desvalidos y humildes. Entre ellos, a esos jubilados a quienes no sólo no se permite retirar sus ingresos cuando y como quieran para dárselos al hijo o nieto que les apetezca; a quienes se fiscaliza cada euro como si fueran delincuentes pero tampoco se les deja tener dinero en casa sin que les caiga encima el Estado, sino que, además, los obligan a sufrir perplejos ante un teléfono móvil de última generación, descifrando aplicaciones y códigos endiablados que ni conocen ni comprenden. Obligándolos a buscar en su familia –quienes la tienen–, en los más jóvenes y acostumbrados a moverse por esos ámbitos incomprensibles, lo que los canallas que durante toda la vida se aprovecharon de sus modestos ahorros los obligan a encarar ahora con el cínico embuste de que así facilitan su vida. Los hijos de puta, ellos y quienes lo consienten. No me canso de repetirlo, oigan. Y seamos paritarios: los hijos e hijas de la grandísima puta. 
 
22 de agosto de 2021

domingo, 15 de agosto de 2021

Una historia de Europa (IX)

Cosa de unos setecientos años antes de que naciera Jesucristo, siglo más o menos, Grecia seguía sin ser un país ni un estado propiamente dichos. Eran varias ciudades autónomas llamadas poleis, cada una a su aire, independientes unas de otras, que a veces se hacían la puñeta entre sí. La economía de cada una funcionaba razonablemente bien, la peña viajaba y negociaba por mar y por tierra, trincaba dinero, descubría nuevos modos de hacer las cosas. Fue entonces cuando las clases dirigentes aristocráticas de toda la vida empezaron a perder aceite, siendo sustituidas las monarquías locales por otras formas de gobierno más adecuadas a tales tiempos y situaciones. Los ciudadanos, además, participaban activamente en la defensa de su ciudad sirviendo en el ejército, lo que les daba una serie de privilegios. Fueron imponiéndose así formas de gobierno más o menos populares, como las figuras del legislador y el tirano (esta última es una palabra que ahora tiene mala prensa, pero entonces incluía tanto a malvados de película como a gente muy decente). Hubo, en fin, de todo. Pero lo importante, lo decisivo, es que en esas ciudades-estado, y sobre todo en la llamada Atenas, acabó por instalarse un sistema político nuevo en la historia de la humanidad: la democratia, o gobierno del pueblo. Simplificando mucho, el truco del almendruco consistía en que todos los ciudadanos tenían obligación de prestar servicio, en caso de guerra, en las llamadas falanges de hoplitas, que eran soldados equipados con armadura y escudo (el hoplon que les daba nombre). En esa infantería de élite no había privilegios, y servían por igual los ciudadanos ordinarios y los de las clases altas que podían costearse una armadura (Sirva al bien general, al estado y al pueblo, el hombre que, de pie en la vanguardia, pelea tenaz, olvida la huída infamante y arriesga la vida, escribía en el siglo VII antes de Cristo el poeta Tirteo). Y dato fundamental: para ser ciudadano como los dioses mandaban no era suficiente tener viruta y propiedades. Podías ser un millonetis total, podrido de pasta, pero no tener derecho al voto y no comerte una rosca. Era la función militar, la disposición a servir en caso de guerra (ahí donde lo ven, el filósofo Sócrates combatió en tres batallas como hoplita ateniense, el tío), la que daba al ciudadano un prestigio y un estatus especial, convirtiéndolo en parte de una fuerza política con voz y voto en la asamblea de la ciudad. Ser hoplita en caso de zafarrancho y tener una propiedad rural era ya la pera limonera: acceder a lo máximo en derechos y libertades, hasta el punto de que perder la ciudadanía (a perderla se le llamaba atimía) se consideraba una deshonra (atimía y estar deshonrado eran sinónimos). Vista desde el siglo XXI, claro, aquella democracia, limitada a unos fulanos con derechos mientras otros más tiesos carecían de ellos, parece imperfecta. Lo de gobierno del pueblo no era del todo exacto: se beneficiaba sólo una parte de la ciudadanía; y el resto, esclavos incluidos, quedaba fuera. Sólo en los momentos de democracia radical de Atenas (que todo iba a llegar con el tiempo) se dio cuartelillo ciudadano a los que no tenían donde caerse muertos. Pero lo que importa, pues no conviene juzgar el pasado con criterios del presente, es que nunca hasta entonces en el mundo antiguo se había logrado que la gente manejase su propio destino. O sea, en la puta vida. Para hacernos idea, fíjense, mientras hacia el siglo VI antes de Cristo en Atenas o Tebas se debatía ya en asambleas ciudadanas, en la Europa oscura del oeste y el norte se consolidaban, todavía para un rato largo, groseros sistemas aristocráticos basados en la riqueza y la fuerza bruta, dirigidos por verdaderos animales analfabetos (y algunos todavía lo siguen siendo). Lugares éstos, futuros países y naciones europeos, la mayor parte de los cuales, ojo al dato, no conocería la democracia hasta dos mil seiscientos años después. El caso es que esas modestas ciudades griegas empezaron de ese modo, tacita a tacita, casi sin proponérselo, a construir un mundo que hoy llamamos clásico y que generó la política, la filosofía, la ciencia, la literatura y el arte que acabarían definiendo la Europa de los siglos posteriores. Su alma, vaya. Nuestra riqueza cultural y nuestra inteligencia política. Pero no fue fácil, por supuesto. Costó muchos sobresaltos, muchas discordias y mucha sangre. No todo lo arreglaba la democracia. Aquellas ciudades griegas se aliaban o enfrentaban entre sí, y en ese juego de fuerzas del que Atenas acabaría saliendo vencedora moral, dando base ideológica a lo que hoy llamamos Grecia clásica, otra ciudad llamada Esparta tuvo un papel decisivo. Y de ella y sus ciudadanos (los tipos y tipas más duros de la antigüedad clásica, ríanse ustedes de Clint Eastwood y Chuck Norris), hablaremos en el próximo capítulo. [Continuará]. 
 
15 de agosto de 2021

domingo, 8 de agosto de 2021

Sobornando, que es gerundio

Hace poco di una propina excesiva. Se me fue la mano agradeciendo un trabajo bien hecho. Aun así, el receptor se quedó confuso. «Es demasiado», dijo. Hizo ademán de rechazarla, pero lo atajé con una sonrisa y una mano puesta en su hombro. «Soy yo quien está en deuda –apunté–. Podía haber sido al contrario: que usted me la diera a mí. E igual ocurre eso un día. La vida da muchas vueltas, y nunca se sabe». El caso es que lo convencí y nos despedimos tan amigos. Antes de irse, pareció excusarse. «Me sentía como si aceptara un soborno», dijo. Y ahí me eché a reír. «El soborno es otra cosa –respondí–. Si yo le contara…». 

Al quedarme solo estuve pensando en sobornos y cosas así. En ese aspecto de mi turbio pasado. Porque es verdad. En mis tiempos de reportero dicharachero, cuando iba por el mundo con una mochila al hombro, soborné a docenas de fulanos de ambos sexos, en cinco continentes y en varios idiomas. Por esa ventanilla pasó de todo: militares con y sin escopeta, aduaneros, azafatas, pilotos de avión, policías, funcionarios, capitanes de barco, taxistas, putas, directores de hotel y un largo etcétera. Unos dólares a tiempo, o cualquier moneda o material susceptible de cambiar de manos, me abrieron infinidad de puertas, caminos y corazones que en otro caso habrían permanecido cerrados. Justificarlo después con el gerente o administrador del periódico o la tele resultaba más complicado, pero siempre supe arreglármelas. En alguna ocasión, sobornándolos a ellos. Cualquier reportero que haya estado en Sudamérica, África, Próximo Oriente o Asia sabe a qué me refiero. Y eso también ocurre –tampoco nos echemos flores– en muchos lugares de Europa. El mecanismo es universal y sólo cambian las maneras, el estilo. Hacerlo con arte o meter la gamba y que te inflen a hostias. Para quien hacía y aún hace el trabajo que yo hice, un billete soltado a tiempo, de modo preventivo o disuasorio, siempre fue una reconocida herramienta del oficio. A ver cómo convences, sin viruta de por medio, a un aduanero libio celoso de su deber patriótico, a un narco mexicano para que te cuente su vida, a un francotirador para que te permita verlo trabajar, a seis serbios con Kalashnikov que tienen cortada la carretera, a un gendarme congoleño borracho y con el casco puesto al revés que mira codicioso el reloj que llevas en la muñeca y a la fotógrafa rubia que te acompaña. 

Pensando en todo eso me puse a recordar, y aún lo hago mientras le doy a la tecla. Algunas anécdotas son dramáticas y otras, divertidas. Pero si me pusiera a recopilarlas en un libro, saldría un manual que podía titularse El soborno y la madre que lo parió. Si alguna vez dejan ustedes de leer mis novelas, podría ganarme la vida dando clases de soborno en la universidad. Contar a los jóvenes que empiezan a patear el mundo lo del patrullero mexicano con la cremallera de la chamarra subida para tapar el número de la placa, que cuando le dejé caer: «Usted dirá», respondió: «No, amigo, diga usted primero». O el recepcionista del hotel Aletti de Argel que me tuvo tres horas esperando sin habitación –yo era novato y pardillo– hasta que caí en la cuenta, fui al mostrador y le abaniqué el careto con la efigie de Bumedian. O Mustafá, el maître del Holiday Inn de Sarajevo, que me reservaba las escasas botellas de montenegrino Vranac. O el militar sirio que dejó de preocuparse por el visado cuando abrió mi pasaporte y vio la página extra de color verde que yo acababa de incorporarle. O el coronel nicaragüense que, previo pago de su importe, sacó a un soldado de un helicóptero para que subiera yo. O el cabo Salomón, jefe de policía del aeropuerto de Malabo –a ése ya sólo me faltó ponerle un piso–, que una vez hasta me dejó ver cómo le pegaba una paliza a un ministro del gobierno que no era pamue como él, sino de la tribu bubi. 

Dos de mis mejores y más logrados endiñes tácticos me hacen sonreír todavía. Uno, cumbre de mi carrera de sobornador profesional, fue cuando en un hotel lleno de periodistas durante la primera guerra del Golfo conseguí habitación para los siete miembros del equipo de TVE –un apartamento para la tropa y una suite que me quedé yo– poniéndole sobre la mesa diez billetes de cien dólares al director del establecimiento, un simpático fulano que cinco minutos antes me había jurado por sus hijos que no tenía nada libre. El otro episodio es delicioso, e imaginen la escena: carretera de Matanzas, Cuba. Policía que me para por supuesto exceso de velocidad. Y cuando abro la puerta, señalo el suelo y le digo: «Se le ha caído a usted un billete de diez dólares», me mira con tranquila sorna y responde: «No, mi hermano, se me ha caído de veinte». 

 8 de agosto de 2021

domingo, 1 de agosto de 2021

Una historia de Europa (VIII)

Entra ahora en escena un pueblo que dejó su impronta en las orillas del Mediterráneo y configuró buena parte del escenario de la Europa antigua: marinos, viajeros, comerciantes más listos que los ratones colorados, con una cultura puesta al servicio de lo práctico, esos hombres fueron llamados phoínikes por los griegos y de ahí se les quedó el nombre de fenicios con que los conocemos hoy, aunque ignoremos el origen de esa palabra (que significaba rojos, tal vez por el color cobrizo de su piel o las telas púrpura con que comerciaban) e incluso cómo se llamaban a sí mismos. Encajonados entre el mar y las montañas del actual Líbano, eligieron el mar como camino; y en torno al siglo XI antes de Cristo empezaron a expandirse a partir de dos ciudades, Tiro y Sidón. Lo hicieron desarrollando técnicas de navegación muy avanzadas para la época y siguiendo el camino de los antiguos Pueblos del Mar. Intermediarios entre Oriente y las poblaciones mediterráneas, los fenicios conocían las rutas comerciales como la palma de su mano. Primero negociaron con Mesopotamia, Egipto y las islas y costas del Egeo y luego fueron aventurándose al Oeste para traficar entre otras cosas con cerámica, tejidos, esclavos y metales (importantísimos entonces, incluida la plata de lo que más tarde se llamaría Iberia), pero su intención de colonizar era mínima. Lo que al principio les importaba eran puertos abrigados donde fondear sus naves y estar en contacto con las poblaciones del interior para calzársela doblada a los indígenas, sacándoles cuanto podían. Eran más asentamientos costeros y factorías comerciales que otra cosa. Sólo en una última etapa, a partir del siglo VIII antes de Cristo, estos lugares se fueron convirtiendo en ciudades como Dios manda; en colonización propiamente dicha. Y ahí podemos señalar una curiosidad: mientras las ciudades griegas, las apoikíai o polis que por entonces también se iban formando muy desparramadas, iban cada una a su propio rollo, de forma independiente unas de otras, las colonias fenicias, sobre todo al principio, mantuvieron lazos con sus metrópolis originales. No se conserva memoria de ningún rey de colonia fenicia, pero sí de gobernadores y pago de tributos, lo que prueba que esos lugares no rompieron los vínculos políticos ni afectivos con la lejana patria. De todos ellos, el más famoso y que más cola iba a traer para la historia de Europa fue uno situado en el actual golfo de Túnez; un lugar cuyo nombre se escribía Krt’hdst porque el alfabeto fenicio no tenía vocales, que siglos más tarde tendría una importancia decisiva bajo el nombre de Cartago (Aníbal, los romanos y todo eso). Pero de tal asunto, que iba a dar mucho que hablar y que matar, hablaremos cuando toque. También se calcula el primer asentamiento en Cádiz, que ellos llamaron Gd’r, hacia el siglo XI o el X. El caso es que ocho siglos antes de que naciera Jesucristo los fenicios competían con los griegos paseando sus velas por las costas de España, Sicilia y Cerdeña, asomándose incluso, aunque tímidamente, a las Columnas de Hércules y el Atlántico (se dice que llegaron hasta las Azores, que ya es echarle huevos marineros en aquella época de mares incógnitos). En esa trama de puertos y colonias jugaron un papel importante los templos religiosos, que eran también una especie de depósitos o bibliotecas donde los navegantes podían encontrar información disponible para su oficio: portulanos, derroteros y cosas así. Así que cuando los marineros fenicios llegaban a uno de esos puertos, lo primero que hacían después de irse de putas y agarrar una cogorza era acudir a los templos para informarse y preparar el siguiente viaje. Y otro detalle curioso: si con el tiempo la lengua de Homero acabó siendo el idioma culto de la antigüedad mediterránea, lo cierto es que Grecia siempre admitió el origen fenicio de su alfabeto. Aún lejos del uso literario de la escritura, pero necesitados de documentos comerciales y demás papeleo, los phoínikes habían recurrido al alfabeto mesopotámico para crear el suyo. Así que los griegos, al comprobar lo bien que con él se manejaban sus competidores comerciales, decidieron adaptarlo a su lengua, introdujeron vocales para aclararse un poco más y crearon su propio alfabeto, al que llamaron phoinikeia grammata. Es nada menos que Heródoto, el primer gran historiador de la Antigüedad, quien lo cuenta: Hay que destacar el alfabeto, porque hasta aquel momento los griegos no disponían de él. Griegos de origen jonio adoptaron las letras del alfabeto que los fenicios les habían enseñado, introduciendo en ellas pequeños cambios y conviniendo en darle, como es de justicia, el nombre de ‘caracteres fenicios’

[Continuará]. 

1 de agosto de 2021

domingo, 25 de julio de 2021

Nuestros lanceros bengalíes

Hace poco me di un buen atracón de cine bélico español en blanco y negro, de los años 30 y 40, incluso con algún extra italiano y francés rodado en esa época. Hacía mucho que no le metía mano a semejante registro, y lo pasé muy bien. Cayeron, una tras otra, Frente de Madrid, El Santuario no se rinde, Sin novedad en el Alcázar, La bandera, A mí la Legión, Raza, Harka y Rojo y negro. Sesiones cinematográficas muy interesantes para, como se decía antes, cualquier espectador razonablemente formado, que sepa situar lo que tiene delante y en qué momento se hizo. Para alguien capaz de contextualizar sin prejuicios ni orejeras. 

El caso es que viendo esas pelis confirmé varias cosas. Una es que Alfredo Mayo, aparte de buen actor incluso en malas películas como A mí la Legión, era un tipo con una planta y un carisma extraordinarios; así que no es extraño que los hombres de entonces lo admirasen y las señoras se lo comieran vivo. Otra es que La bandera, del francés Jean Duvivier –Jean Gabin de legionario, nada menos–, rodada antes de la Guerra Civil, es un film-documento magnífico. Y otra, que el falangista Carlos Arévalo, director de Rojo y negro, prohibida por las autoridades al día siguiente de su estreno en 1942, fue sin duda el más interesante de los cineastas españoles de la época. De esa película, obra de culto para cinéfilos de cualquier ideología entre los que me incluyo, opiné más de una vez en esta página. Pero de Harka, que también es de Arévalo, no he hablado nunca. Y es de justicia que lo haga. 

A pesar de la arcaica imperfección de su rodaje y del torpe hilván narrativo de un director en su primera película, y también pese a que algún cantamañanas cegado por los prejuicios la calificara de panfleto patriotero, militarista y franquista, e incluso de «sexualmente turbia», Harka es un documento extraordinario por varias razones. Una es el interés de la historia en sí: las harkas eran unidades irregulares de soldados indígenas mandadas por jefes españoles, que en la primera mitad del siglo pasado luchaban en Marruecos. La de la película se enfrenta a guerrillas rifeñas rebeldes, narrando una historia de combates y de amistad entre tres oficiales europeos: dos veteranos y uno que acaba de llegar. Al haberse rodado sobre el terreno en 1941 con una hueste de harqueños auténtica, la película nos asoma con extremo realismo a un mundo colonial hoy desaparecido, que muchos jóvenes y no tan jóvenes desconocen. No deja de tener su triste gracia que críticos cinematográficos españoles que con toda razón babean ante Tres lanceros bengalíes, estupenda película dirigida por Henry Hathaway, renieguen de la de Carlos Arévalo, que narra la misma clase de historia bélica y colonial. Lo hace con menos medios y menos brillantez hollywoodiense, es cierto; pero con mayor profundidad, realidad y dramatismo. Mostrando, además, mucho más respeto por las tropas y el enemigo indígenas del que muestran los lanceros de Bengala, su guionista, su director, sus actores y la anglosajona madre que los parió. 

Harka es nuestro cine de aventuras coloniales que pudo ser y no fue. Que nunca supo o pudo, o no lo dejaron, ir más allá. El capitán Sidi Balcázar, el capitán Peña y el teniente Herrera son de pleno derecho nuestros tres lanceros bengalíes; y Alfredo Mayo, Raúl Cancio y Luis Peña, actores salidos de una guerra civil que había terminado dos años antes del rodaje, encarnan con más credibilidad documental sus personajes en la dura tierra marroquí que el cine norteamericano o británico con sus estereotipados oficiales británicos a lo Kipling, sus decorados de cartón piedra y sus teñidos indígenas de La carga de la brigada ligera, Revuelta en la India, Gunga Din o Las cuatro plumas: películas estupendas pero más falsas que el ceño fruncido de Pablo Iglesias. Eso hace a Harka distinta, e incluso en algún aspecto superior a esas otras. No por su discutible calidad cinematográfica, sino por lo que de verdad y definitorio de una época hay en ella: heroísmo, amor a la patria, lealtad y sentido del deber. Incluso el final agridulce, la muerte de unos héroes y su relevo por otros que renuncian al amor por seguir la huella de quienes los precedieron, interesa y sugiere mucho. La de España en Marruecos fue una aventura colonial injusta y desastrosa –este año se cumplen cien del desastre de Annual–, pero conocerla de un modo tan directo es también comprenderla. Ochenta años después de su estreno, ver esa película supone vivir uno de aquellos episodios en que tan pródiga es la historia de España, y a los que escaso partido supo sacar, y sigue sin hacerlo, nuestro cine. Disfrutar de Harka es, y les doy mi palabra, sumergirse de modo asombroso en una aventura fascinante y olvidada. 

25 de julio de 2021

domingo, 18 de julio de 2021

Una historia de Europa (VII)

Cuando hablamos de la Grecia más antigua tendemos a pensar que era un país como los entendemos hoy, pero eso no se corresponde con la realidad. En aquellos tiempos oscuros, de veinte a diez siglos antes de que naciera Cristo, sería más propio hablar de un mundo griego que de una Grecia concreta. O sea, de lo que los historiadores serios (el que avisa no es traidor) llamarían Hélade. Los griegos de entonces no se denominaban a sí mismos griegos, palabra que es latina o romana, sino helenos, argivos, aqueos y nombres por el estilo, y estaban bastante desparramados, iban, venían y se invadían por el Mediterráneo oriental y sus costas. Sabemos poco de ellos, porque los historiadores de aquellas tierras empezaron a escribir mucho más tarde; pero gracias a arqueólogos espabilados como el alemán Schliemann (que descubrió Micenas y Troya confirmando que ésta había existido realmente), y el inglés Evans (que excavó Cnosos), y cruzando todo eso con los textos más antiguos, podemos hacernos una idea aproximada de por dónde iban los tiros en aquellos tiempos sombríos. Sabemos así de Micenas, cuyos habitantes (dominados por una élite guerrera, culta, que conocía la escritura), tal vez sean los primeros a los que podemos considerar griegos de pata negra. También sabemos de la civilización minoica, que debe su nombre a un rey llamado Minos, las ruinas de cuyo palacio pueden hoy visitar los turistas. Y por cierto: en esa época siglo arriba o abajo, en torno al XVI o XV antes de Cristo, hubo en la isla de Santorini, cerca de Creta, una explosión volcánica en plan Pompeya pero mucho más a lo bestia, que causó un cataclismo de veinte pares de narices, con el hundimiento en el mar de parte de la isla y de la gente que por allí andaba (no hace mucho se descubrió una población conservada bajo las cenizas, abandonada tras la erupción). Aquello fue un zambombazo espectacular, de traca; y es posible, dicen algunos, que la leyenda de la Atlántida, el mítico continente sumergido con ciudades y gentes mencionado por Platón, provenga de ahí. Pero cine de catástrofes aparte y volviendo a los hechos probados, el caso es que edificios, inscripciones y restos de escritura han permitido averiguar cosas interesantes sobre micénicos y minoicos, regidos por castas militares muy cabroncetas que controlaban territorios poblados con aldeas sometidas a la esclavitud; y que (al menos en el caso de los micénicos) ya eran expertos navegantes y comerciaban por el Mediterráneo oriental. Como suele ocurrir con el tiempo, que todo lo masca, eso acabó yéndose al carajo en un período que hoy conocemos con el bonito nombre de Edad Oscura: cuatrocientos años durante los que hubo violentas revoluciones internas (entonces la soberanía popular sólo podía ejercerse degollando a los que mandaban, o sea, mediante auténtico e inequívoco sufragio directo) e invasiones de pueblos empujados por otros pueblos, por el hambre o la ambición. Lo de siempre. Así que, entre unos y otros, cambiaron el panorama egeo. Eran tiempos en los que a la peña no le cabía un cañamón por el ojete: la inseguridad venía por tierra, pero también por mar en forma de incursiones, piratas y saqueos. Salías a dar un paseo y anochecías esclavo en el quinto carajo. A esos invasores poco claros pero peligrosos los conocemos, en lo que de conocible tienen, con el también sugerente nombre de Pueblos del Mar. Sus oleadas dieron la puntilla al mundo micénico, y en los siglos posteriores se dejaron caer por allí tres grandes grupos étnicos que marcarían la historia de la futura Grecia y, de rebote, la de Europa: los jonios, los dorios y los eolios (si nos suenan el mar Jónico o las columnas dóricas, por ejemplo, los nombres provienen de ahí). Estos invasores se establecieron en las costas e islas del Egeo, formaron el primer mundo helénico claramente identificable, y sus tres lenguas dieron lugar a los principales dialectos del griego arcaico y clásico. Empezó así la historia de una Grecia que a partir del siglo VIII a. C. ya podemos considerar como tal, y de la que somos herederos lo sepamos o no. Una Grecia, detalle clave, consciente de sí misma, segura de ser distinta al mundo no griego (representado por los barbaroi o bárbaros, extranjeros de lenguas y dioses diferentes) y en la que el pueblo empezó a nombrarse con el curioso nombre de damos, que más tarde se convirtió en demos, raíz de la hermosa palabra democracia. Pero antes de que esa palabra se asentase como realidad discutida o discutible (seguimos debatiéndola casi treinta siglos después) habían de pasar todavía muchas cosas interesantes. De modo que ya saben: si quieren conocerlas, permanezcan atentos a esta página. 
 
[Continuará]. 
 
18 de julio de 2021

domingo, 11 de julio de 2021

La foto del soldado Goran

Es frecuente que las novelas se inspiren en la vida real, o la imiten. A veces, sin embargo, es la vida la que imita a las novelas y lo hace hasta extremos asombrosos. Me ocurrió hace unos días, en el restaurante La Carboná de Jerez. Estaba comiendo en el salón grande, vacío, cuando llegó una familia. Había una veintena de mesas libres; pero, cumpliendo de modo inexorable la ley del barco fondeado, o sea, cuanto más cerca mejor, la camarera sentó a los recién llegados en la mesa más próxima a la mía. Aquello era absurdo, así que me levanté y, con toda la cortesía de que soy capaz, ofrecí mis disculpas a los recién llegados, que sonrieron comprensivos. Después fui a sentarme al otro extremo del salón y seguí comiendo. 
 
Al cabo de un rato se acercó el cabeza de familia, o como se diga ahora. Era un tipo fornido, muy amable y con acusado acento balcánico. «Me llamo Goran y vivo en España, aunque soy croata –dijo–. He leído sus libros y artículos, pero eso no es lo que me trae a hablarle, sino que en el otoño de 1991 estuvimos juntos en Vukovar». Dijo también su apellido, pero éste no viene al caso. Se mostraba conmovido, hasta un poco nervioso. Conversamos y resumió su historia. «Yo tenía dieciocho años y era uno de aquellos soldados a los que usted sacaba en el telediario combatiendo en la ciudad cercada», contó. Lo miré con sorpresa. Al caer Vukovar, los defensores croatas, heridos o ilesos, fueron asesinados por los serbios. Cuando a finales de octubre, Márquez y yo, el equipo de TVE, salimos de la ciudad con los últimos heridos, se cerró la ratonera y todos aquellos chicos se quedaron dentro. Los amigos, Grüber, Ivo, Rado, Sexymbol, murieron. Los últimos 260 prisioneros fueron masacrados en la granja de cerdos de Ovcara. 
 
– Me hirieron poco antes del final –aclaró Goran–. Una granada de tanque M-84 me alcanzó en el barrio de Borovo Naselje. 
 
Mientras lo decía mostraba el lado izquierdo de la cara, marcado por cicatrices, y se tocaba el costado, señalando impactos de metralla. Después de aquello, añadió, como aún seguía abierto el paso por los maizales, pudieron evacuarlo a Osijek, y de allí pasó a recuperarse en un hospital de Budapest. Eso lo salvó del destino de sus camaradas. 
 
– Mi mala suerte me trajo suerte –concluyó, sonriendo amargo. 
 
Era asombroso, dije. Su buena fortuna y nuestro encuentro, treinta años después. La coincidencia. Entonces el antiguo soldado asintió, pensativo. «No es la única coincidencia», apuntó. Sacó la cartera del bolsillo para mostrarme la foto de un viejo recorte de prensa: la portada de un periódico de octubre de 1991, con una fotografía sobre la defensa de Vukovar en la que seis soldados jóvenes caminaban por una trinchera. Señaló a uno y lo reconocí: era él, casi un niño, con uniforme y fusil. La foto, explicó, se había publicado poco antes de la caída de la ciudad y circuló como símbolo de la defensa croata. Pero también fue a parar a manos de los serbios, que pusieron precio a la cabeza de los soldados que aparecían en ella. 
 
– Mil dólares daban por la mía –puntualizó Goran–. Como en su novela. 
 
Nos quedamos mirando, sonriente él, estupefacto yo. Aunque estuvimos cerca uno del otro, en las mismas trincheras donde a él lo hirió el cañonazo serbio, no había tenido noticia suya hasta ese momento, en el restaurante de Jerez. Y sin embargo, en El pintor de batallas, escrita en el año 2005, yo mismo había contado la historia de un soldado croata, combatiente en Vukovar, a quien una fotografía de prensa situaba en el punto de mira del enemigo, que una vez capturado le destrozaba la vida. Era poco lo que, en tal sentido, separaba a mi imaginario Ivo Markovic del Goran auténtico. 
 
– Nunca intenté vengarme del fotógrafo, como su personaje –concluyó–. Pero son dos historias parecidas. 
 
Así acabó nuestra conversación. Fue un encuentro breve, de ésos que no necesitan de grandes palabras o gestos para ser importantes, o entrañables. Transcurrió con el afecto natural, también hecho de oportunos silencios, que dan ciertas experiencias vividas en común. Después, el antiguo soldado me dio su número de teléfono y volvió con su familia. Y hoy, cuando terminaba de escribir este artículo, lo he telefoneado para hacerle la pregunta que no hice: qué pasó con el resto de los chicos que lo acompañaban cuando le tomaron aquella foto. 
 
– Muchos murieron –ha respondido–. Demasiados. 
 
11 de julio de 2021

domingo, 4 de julio de 2021

Vampiros buenos y lobos simpáticos

Hace unos días ocurrió algo interesante. Un diario español anunció la publicación de Mi Primer, colección de cuentos infantiles escritos por autores de literatura para adultos. Se trata de una idea de hace diez o doce años, que en su momento fue bien, ilustrada por los grandes nombres de la ilustración para niños y continuada ahora con nuevos títulos: Mi primer Fernando Aramburu, Mi primer Gómez-Jurado, etc. Se enriquece así la colección sumándola a títulos anteriores de Vargas Llosa, Almudena Grandes y otros: pequeña biblioteca inspirada en la idea de que los niños muy pequeños tuvieran también a su alcance los nombres más importantes o leídos de la actual literatura en español. Reunir a esos autores, que publican en distintas editoriales, era difícil; pero se consiguió con llamadas telefónicas, correos y amistad. El resultado fue espléndido y todo siguió su curso. Y entonces, no podía ser de otro modo, asomó la oreja la eterna y negra España. 
 
Un escritor de cuentos infantiles, mediocre y poco conocido, vio ahí la oportunidad de sus cinco minutos de gloria. Así que escribió bajo seudónimo un artículo lleno de resentimiento, falsedad y tergiversación acusando al coordinador de la colección –o sea, a mí– de suplantar a los verdaderos escritores de cuentos infantiles. Que eso era intrusismo profesional, dijo, como si existiera un gremio cerrado de cuentistas para niños. Este Reverte asegura que viene a salvar la literatura infantil, llevamos años haciéndola y ahora vienen a darnos lecciones, etc. Para reforzar argumentos desempolvó un párrafo descontextualizado de unas declaraciones mías hechas cuando salió la primera hornada de Mi Primer, pero citadas como si fueran actuales, para afirmar así que menosprecio a los autores de cuentos infantiles y recomiendo que niños de cinco años lean la Ilíada o la Biblia en vez de Fray Perico y su borrico o El pirata Garrapata –que me parecen simpáticos y están muy bien, igual que muchos de los relatos para niños que se escriben ahora–. Como era de esperar, el coro de ofendidos de plantilla saltó en el acto secundando al fulano, y en Twitter me dijeron de todo menos guapo. Hasta un cantante –al que llamaré cantamañanas sin ánimo de ofender, porque tengo entendido que también canta por las mañanas– se sumó a la iniciativa. Pero, bueno. Veterano como soy de esos y otros zafarranchos, no entré al debate, miré al soslayo y no hubo nada. Quien me lee, me conoce. Y quien no me lee, tiene derecho a no leerme. Incluso a ciscarse en mi puta madre, como hizo alguno. A las redes sociales se viene llorado y duchado de casa. 
 
Lo significativo es el síntoma. En mis declaraciones originales –no en las sesgadas por el miserable que lanzó la campaña– yo lamentaba, y es cierto, que en los últimos tiempos la literatura más infantil tienda a contar a los niños un mundo color de rosa donde los piratas son buenos, los dragones tiernos animalitos de compañía, los tiburones amables sardinillas, las brujas bondadosas, y a los lobos, que son un pedazo de pan, no les cabe el corazón en el pecho. Hasta los vampiros y vampiras son chicos buenos. Los cuentos de toda la vida, obras maestras del género que sacudían al niño con un estremecimiento a causa de su potencia, su genialidad y su realismo, están sometidos a revisión ideológica y censura por no ajustarse al canon de la corrección política actual. Textos soberbios como Caperucita Roja, El soldadito de plomo, Los tres pelos del diablo, La Cenicienta, Blancanieves, La Bella Durmiente, son tachados de violentos, militaristas, machistas, y pocos se atreven a recomendarlos. También las adaptaciones de textos clásicos que están en el origen de la cultura occidental, como ciertas historias de la Biblia –David y Goliat, Sansón y Dalila, la huida hebrea de Egipto–, los relatos homéricos y tantas otras cosas, desaparecen del imaginario infantil o están a pique de hacerlo. Pongan a un niño ante el vídeo de La Odisea de los Lunnis, que está en YouTube, y quedará fascinado; pero resulta que, para muchos, Ulises tiene mala prensa: deja ciego a un cíclope, engaña a una mujer. Etcétera. El mal no hay sólo que rechazarlo, afirman, sino también ignorarlo. Todo debe ser blandito, entrañable, sonrosado. Esto es bueno que se dé como complemento de lo otro, naturalmente. De todo debe haber y hubo siempre. Pero como discurso infantil exclusivo y excluyente acabará convirtiendo a millares de niños en irrecuperables gilipollas ajenos al lado oscuro de la vida: al miedo, el dolor, la maldad y la muerte. El mundo es un lugar peligroso, regido por una naturaleza sin sentimientos y poblado por gente que a menudo es malvada. Ocultar a los niños que si pasean por el monte puede devorarlos un oso es ponerlos indefensos a merced del verdugo. Y nunca hubo tanto verdugo suelto e impune como ahora. 
 
4 de julio de 2021

sábado, 26 de junio de 2021

Una historia de Europa (VI)

No es casual que todo empezara con una guerra, como la historia de cualquier pueblo, imperio o nación. Y con un mito, naturalmente. Las fechas antiguas son confusas, así que ésta podríamos situarla unos mil doscientos años, siglo más o siglo menos, antes de que naciera Jesucristo. Cuenta la leyenda que estaban las diosas griegas de cotilleo, ya saben, a Artemisa le sienta fatal el peplo, Minerva va de lista por la vida y Juno se está poniendo como una foca, o sea, todo eso de lo que solían hablar y despellejar las diosas mientras veían Sálvame o lo que vieran entonces, y dieron en discutir sobre cuál de ellas era la más guapa. Se puso en juego una manzana de oro en plan Miss Olimpo (la famosa manzana de la discordia) y se recurrió a un joven y guapo pastor para que hiciera de juez. Cada una le prometió cosas al chaval si la elegía a ella (hacerlo rico, hacerlo sabio, hacerlo rey), pero Afrodita, o sea, la que después llamaron Venus los romanos, que conocía a los hombres como si los hubiera parido, le ofreció ligarse a la mujer más hermosa del mundo. El joven se puso como una moto, dijo trato hecho, y Afrodita ganó el concurso. El problema era que la mujer más hermosa del mundo estaba casada, se llamaba Helena y era legítima esposa de Menelao, rey de Esparta. Y para acabar de joder la marrana, o como se diga eso en griego (gamó joirós o algo así, creo), el pastor no era pastor sino hijo del rey de Troya y se llamaba Paris. El muy pirata iba de incógnito. Y la cosa se puso chunga, porque el tal Paris, pretextando una visita oficial a Esparta, se fugó con Helena y se la llevó por la cara a su ciudad, Troya, que tenía unas murallas impresionantes. Y aunque su padre, el rey Príamo, le dio una bronca de cojones llamándolo desaprensivo, niño mimado, golfo y otras lindezas (me vas a buscar la ruina, pijito de mierda, le decía), la madre, que se llamaba Hécuba, metió baza en plan un hijo es un hijo y todo eso; así que al pobre Príamo no le quedó otra que tragarse el sapo y tenerlos allí al niño y a la nuera, que realmente estaba, la gachí, no ya para ponerle un piso, sino para ponerle una ciudad. Que es justo lo que le pusieron. Pero el tal Menelao, el marido espartano burlado, tenía mal perder, estaba cabreado como un diablo de Tasmania y quería a su mujer y venganza, por ese orden; así que convocó a sus parientes y compadres los otros reyes griegos, por aquel tiempo llamados aqueos de hermosas grebas, se juntaron todos y declararon la guerra a Troya. El asedio de la ciudad duró diez años y en él participaron, en uno y otro bando, casi todos los reyes y héroes de la antigüedad helénica (Aquiles, Héctor, Ayax, Ulises, Eneas y los demás colegas), incluidos los dioses; que, cabroncetes como eran, tomaron partido por unos u otros según sus aficiones, como los hinchas de los equipos de fútbol. Al final, aburridos de tanto asedio y de no ganar el pulso a los troyanos, los aqueos construyeron un enorme caballo de madera, fingieron que se retiraban, y los troyanos, creyéndose vencedores, lo metieron como trofeo en la ciudad. Los muy gilipollas. Porque el caballo tenía truco, y dentro llevaba un comando de griegos que, saliendo por la noche en plan Rambo, abrieron las puertas de la ciudad y, dejando entrar a los compañeros, hicieron una escabechina de veinte pares de cojones. Lo más bonito ocurrió cuando Menelao fue en busca de su legítima dispuesto a ejercer injustificable violencia de género, pero al encontrársela en el palacio en llamas toda maquillada, guapa, arrepentida y sexy (Helena era un bellezón, pero no tenía un pelo de tonta sin depilar) se lo pensó mejor y se conformó con degollar a Paris. Luego echaron la adúltera y el rey burlado un polvo en todos los sentidos épico, y volvieron a Esparta más o menos como si nada. Lo del volver a casa, el retorno, el nostos de los griegos vencedores de Troya, trajo mucha cola y mucha literatura, e inspiró poemas y obras de teatro que durante los siglos posteriores y hasta hoy se ocuparon de los personajes. Tres de esos textos son fundamentales para conocer aquel episodio, imaginario sólo en parte: la Ilíada y la Odisea, escritas por un griego, y la Eneida, escrita después por un romano. Los dos primeros relatos, atribuidos al poeta o compilador griego Homero (siglo VIII a. C.), pueden considerarse el primer gran registro cultural, la base narrativa y literaria de lo que después iba a llamarse Europa y Occidente; y su influencia, multiplicada y enorme, llega viva hasta el presente. La guerra de Troya, que como demostraron arqueólogos e historiadores existió de verdad, fue nuestro fascinante paso del mito a la realidad: la bisagra que une la Europa de hoy con el mundo arcaico de las leyendas y los sueños. 
 
[Continuará]
 
27 de junio de 2021

domingo, 20 de junio de 2021

Aquella noche con Sara

No hay una sola vez que pase frente al teatro de La Latina de Madrid que no los recuerde, a los dos: a Sara Montiel y a mi padre. En ese antiguo local, que ahí sigue desde 1917, ocurrió a principios de los años 80 algo para mí mágico e inolvidable, medio minuto de elegancia y glamour, treinta fascinantes segundos sobre Tokio. Uno de esos instantes que, como diría cierta testa coronada, o ahora no tanto, lo llenan a uno de orgullo y satisfacción. 
 
Mi padre era de los que sabían cómo encender un cigarrillo, bailar el tango, remangarse una camisa y qué hacer con el sombrero cuando se lo quitaba. O sea, un señor. Nacido a tiempo para hacer la Guerra Civil –le tocó el lado republicano como podía haberle tocado cualquier otro–, tenía maneras de las que solíamos llamar de las de antes. Por lo demás, como a muchos jóvenes de su generación, lo habían formado las lecturas y el cine, que en ese tiempo tenía una influencia extraordinaria. Creció y llegó a su madurez con ciertos códigos y actitudes que no lo abandonaron hasta su muerte, y jamás olvidaré las palabras de uno de sus amigos durante su entierro, que bastan, supongo, para colmar el orgullo de cualquier hijo: «Era un hombre honrado y un caballero». 
 
La generación de mi padre, como todas, tenía sus mitos. Incluían éstos el cine y la música, las canciones que habían estado de moda en su juventud: tangos, boleros, copla. Y entre los mitos femeninos, el más destacado fue Sara Montiel. Cualquiera que haya visto las antiguas películas de aquella mujer bellísima y fascinante, quien la recuerde junto a Gary Cooper y Burt Lancaster en Veracruz o con Rod Steiger y Charles Bronson en Yuma, o en películas españolas como Varietés, El último cuplé o La violetera, sabrá de qué estamos hablando. Con canciones como Fumando espero, El relicario, Nena o Ven y ven, Sara Montiel dio la puntilla al tono atiplado de Raquel Meller, Imperio Argentina, Concha Piquer y otras estrellas de la canción nacional, imponiendo su tono susurrante y grave, de un erotismo profundo, tan denso y carnal como ella misma. Y de ese modo se convirtió en el gran icono erótico de los varones españoles de su tiempo. 
 
No recuerdo el año, ni tampoco el título del espectáculo. Saritísima, me parece, o Una noche con Sara. Algo así. Ella representaba su espectáculo de canciones en el teatro La Latina. Debía de tener ya cincuenta y tantos años, casi sesenta, pero conservaba la gracia, el desparpajo y la simpatía de siempre, la voz sugerente y grave y un físico más que razonable para su edad, que embutía para el espectáculo en ceñidos trajes de noche con generosos escotes. Yo estaba en Madrid entre dos viajes, mis padres vinieron a pasar unos días y los invité a ver el espectáculo. Sentado en una butaca contigua al pasillo, con mi madre y conmigo al lado, mi padre disfrutó en vivo de unas canciones que conocía de memoria. Era la primera vez que veía a Sara Montiel en persona, y mi madre y yo lo observábamos a hurtadillas, disfrutando ambos de la felicidad que mostraba, ante su antiguo ídolo femenino, aquel hombre de casi setenta años educado y tranquilo. 
 
Fue entonces cuando ocurrió. Ella había bajado del escenario, escotada, sexy, micrófono en mano, y cantaba caminando por el pasillo. Y cuando llegó a nuestra altura, al mirarme casualmente a media canción, yo le hice un gesto disimulado, señalando a mi padre, que la miraba arrobado. Y Sara Montiel, con aquella rápida inteligencia intuitiva, la gracia y el descaro que con toda justicia la habían hecho famosa, se lo quedó mirando y acto seguido, le pasó un brazo alrededor del cuello, se sentó en sus rodillas, y acercando la boca a su oído le cantó, bajito, grave y susurrante, aquello de Juró amarme un hombre / sin miedo a la muerte. Después le acarició la nuca, se puso en pie y siguió su camino mientras todos cuantos estábamos alrededor aplaudíamos entusiasmados. 
 
Mi padre no despegó los labios en toda la función. Tan impasible como solía, salió del teatro con mi madre cogida del brazo y paseamos hasta la cercana Plaza Mayor. Esperábamos algún comentario, pero no hizo ninguno. Caminaba en silencio. Era una noche agradable, nos sentamos a tomar algo en una terraza y yo mencioné al fin la escena del pasillo. «Sigue siendo una artista enorme», comenté, divertido. Entonces vi sonreír a mi padre, y aquella sonrisa parecía rejuvenecerle treinta años el rostro. «Sí, verdaderamente es mucha mujer», dijo. Y después, tras golpear suavemente un extremo en el cristal de su reloj, encendió despacio un cigarrillo. 
 
20 de junio de 2021

domingo, 13 de junio de 2021

Una historia de Europa (V)

Érase una vez una montaña alta y sagrada a la que llamaban Olimpo, que estaba en lo que hoy llamamos Grecia. En torno a esa montaña, por la época en que los judíos salían de Egipto en busca de la tierra prometida, unos trece o catorce siglos antes de que naciera Cristo y más o menos cuando los hombres empezaron a usar el hierro en lugar del bronce, se fue formando un país que todavía entonces eran muchos pueblos y ciudades, hechos (como casi todos se hicieron) de invadidos e invasores. En vez de un solo dios, aquellos fulanos tenían varios que vivían en plan familia Telerín en ese monte griego. La gente no les rezaba para que perdonasen sus pecados ni para ser mejores personas, sino para cosas prácticas como tener buenas cosechas, viajar seguros, degollar y esclavizar a los enemigos, disponer de pan para comer, agua para beber, fuego para calentarse y llegar a viejos en el mejor estado posible. Para eso ofrecían sacrificios derramando vino, matando animales (hecatombe significa sacrificar cien bueyes), les dedicaban bailes, cánticos y cosas así. La peña era también muy supersticiosa, y de que un ave volase a la derecha o la izquierda, de unos relámpagos o de cualquier chorrada así dependía librar batallas, viajar y toda clase de iniciativas. Incluso, en un lugar llamado Delfos, había un chiringuito de adivinación del futuro al que llamaban Oráculo, donde se formaban colas para preguntar; y como las respuestas siempre eran ambiguas, cada cual las interpretaba a su manera. Ibas y preguntabas si tu marido te engañaba con la esclava de casa, el oráculo respondía «Todo puede ser», y tú, como estabas de tu marido hasta la bisectriz, al volver a casa lo envenenabas haciéndole un salmorejo con cicuta. Todo eso, como digo, giraba en torno a una religión presidida por una docena de dioses principales y un montón de secundarios, que a su vez generaron infinidad de subcontratas gestionadas por semidioses, héroes y otros personajes hasta formar una multitud fascinante, que a su vez generaría unas leyendas y una literatura sin cuyo conocimiento es imposible comprender los símbolos y referencias de la Europa que venía de camino. En cuanto a los moradores del Olimpo, los dioses principales no eran buenos y virtuosos como imaginamos a los de ahora. Al contrario, eran adúlteros, lujuriosos, envidiosos, violadores, incestuosos, coléricos, tramposos e impresentables. Unos verdaderos hijos de puta. Además, cada uno tenía sus seres humanos preferidos, favoreciendo a unos y fastidiando a otros. Zeus, que después sería el Júpiter romano, era el padre y rey de todos, la máxima autoridad, aunque los otros, sobre todo las diosas, se choteaban de él y lo engañaban como a un chino de los de antes. Su legítima señora era Hera, la Juno romana, cuyo cuñado Poseidón (el Neptuno del tridente), hermano de Zeus, era rey del mar, capaz de generar tormentas y apaciguarlas por la cara. Hefesto o Vulcano, el dios del fuego, era cojo, feo, gruñón, curraba en una fragua, y en ella lo pintaría Velázquez muchos siglos después. Dionisio, más conocido hoy por Baco, era un borracho que te rilas; y Ares, o sea Marte, dios de la guerra, un psicópata militarista que sólo era feliz cuando había batallas y masacres de por medio. Hermes (el Mercurio de los romanos), mensajero de los dioses, había salido el listo de la familia, dotado para los negocios y las juntas de accionistas. Artemis, luego Diana, aficionada a cazar y pasear por los bosques con arco y flechas, no quería ver a los hombres ni de lejos y era la feminista de la familia. Atenea o Minerva, nacida de un martillazo que Hefesto le dio a Zeus en la cabeza, salió medio guerrera, tenía los ojos verdes y era diosa de la sensatez y la sabiduría (no es casual que la clave del conocimiento se atribuyese a una mujer y no a un hombre). Otros parientes eran Vesta, que presidía el hogar familiar, Ceres, diosa de la agricultura, y Plutón, que gobernaba el mundo subterráneo y vivía bajo tierra, en plan topo. Mención aparte merecen Apolo, que era el guaperas de la familia y conducía una especie de Ferrari celeste, y Afrodita, o sea, nada menos que Venus: la diosa de la belleza y del amor, la Marilyn Monroe del Olimpo. Una señora espectacular, de las que paraban la circulación de las cuadrigas cuando salía a darse una vuelta por el mundo. La guapa entre las guapas. Y que nos viene de perlas para cerrar este episodio, porque en el siguiente veremos cómo ese mismo bellezón, al aceptar una manzana de manos de un simpático chaval llamado Paris, lió un pifostio considerable que acabaría llamándose Guerra de Troya. Con la que nuestra vieja Europa, por así decirlo, iba a entrar ya en serio en la Historia. 
 
[Continuará] 
 
13 de junio de 2021

domingo, 6 de junio de 2021

La venganza de D’Artagnan

Me hizo pensar en ello una señora cuya conversación capté al paso. Me había levantado de una mesa en la Taberna del Capitán Alatriste, junto a la Cava Baja de Madrid, cuando oí decir: «Eso me recuerda a Dartacán y los siete mosqueperros». No supe a qué se refería en concreto, aunque era lo de menos. Seguí camino con una sonrisa, disfrutando de la frase. Luego me detuve en Puerta Cerrada, ante el kiosco de prensa que la tenacidad del dueño convirtió en pequeña librería callejera. Iba a comentar con él lo de los siete mosqueperros –es un tipo leído y con humor–, pero había ido a tomar un café, me informó el negro que mendiga cerca. Compré una revista, le pagué al negro –que vigila el kiosco cuando se ausenta el dueño– y seguí mi paseo hasta la Plaza Mayor. No se me iba Dartacán de la cabeza. Quizá dé para un artículo, pensé. Y aquí me tienen. Escribiéndolo. 
 
Hace treinta años, cuando publiqué El club Dumas, mi intención era reivindicar la novela entonces aún llamada popular frente al esnobismo elitista y estúpido de quienes trazaban líneas divisoras entre alta y baja literatura. Aquella historia de bibliófilos y cazadores de libros era y sigue siendo una especie de manifiesto contra quienes, autores y críticos enseñoreados de revistas literarias y otras Bobalias españolas, se empeñaban entonces en obligarnos a los novelistas a escribir como Faulkner y Benet, que no se les caían de la boca; en ensalzar el estilo –cuanto más aburrido, mejor– y despreciar la trama, glorificar inmensos peñazos que ellos catalogaban de alta literatura –un minimalista lapón, un birmano imprescindible– y despreciar cuanto narrase historias. Esa panda de gilipollas, los supervivientes o sus discípulos, sigue ahí, queriendo imponer su canon aunque ya nadie les haga ni puñetero caso. Pero en su momento causaron daño, haciendo desertar de las librerías a infinidad de lectores. Ahora suena raro, mas conviene recordar que por aquellas fechas, no tan lejanas, autores como Stefan Zweig, Jack London, Joseph Conrad, Somerset Maugham o Le Carré, por no hablar de Agatha Christie, Eric Ambler, Dumas o Conan Doyle, eran considerados menores, de viajes y aventuras, policíacos y tal. Morralla, vamos. O como se decía entonces despectivamente, literatura de kiosco. Y sí, ahí están las hemerotecas. He escrito Zweig y Conrad. Y muchos otros. 
 
Pero hay que ver, y a eso iba, cómo han cambiado las cosas. El canon. O los nuevos y variados cánones de Navarone. Los grandes autores y obras de toda la vida –Dostoievski, Tolstoi, Stendhal, Mann, Dickens, Galdós– siguen ahí, naturalmente, indiscutidos e indiscutibles; pero la novela que en los años 70 y 80 los suplementos culturales consideraban de moda y altamente recomendable ni está ni se la espera: falleció de muerte natural. Tampoco el público lector es el de antes, y ahí radica una de las claves del asunto. A base de leyes educativas infames, gobernantes analfabetos, editoriales oportunistas y novelistas de la tele, las grandes obras maestras se han convertido en materia exquisita, casi críptica para algunos. Eso, que no es bueno, tiene un lado positivo: al bajar el nivel de exigencia de muchos lectores, diversos autores y obras antes considerados de segunda categoría son aceptados ahora sin complejos por el gran público. Se han vuelto textos de primera línea e incluso de moda; y a eso ayudan las adaptaciones al cine y la televisión. Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Perry Mason, gozan de una afortunada segunda vida: se les hace al fin justicia, no sólo por los verdaderos lectores, sino por el público audiovisual de hoy, incluidos –detalle importante– quienes nunca abrieron un libro. Quizá pocos sepan ya qué personajes habitan Yoknapatawpha o Región; pero raro será que desconozcan a Arsenio Lupin, Philip Marlowe o James Bond. Es la venganza de D’Artagnan. Y si las viejas cofradías lectoras se reconocían entre sí con un Llevo mucho tiempo acostándome temprano o un Todas las familias dichosas se parecen, las nuevas generaciones tal vez intercambien hoy signos masónicos mediante ese Elemental, querido Watson que Conan Doyle nunca llegó a escribir, o un rotundo El fantasma de la Ópera existió. Quizá haya bajado el listón, pero las grandes novelas siguen ahí. Algo de ellas permanece y algo prometen. Tal vez vayan quedando pocos lectores capaces de descifrar las claves del Quijote de Cervantes, el Doctor Faustus de Thomas Mann, el V de Pynchon o el Adriano VII del Barón Corvo; pero aún hay quien, lector o no, recurre a Dartacán y los siete mosqueperros en la terraza de un bar, sin complejos, con el viejo Dumas sonriendo benévolo allá donde esté. Porque algo es algo, como dijo un calvo. Al encontrar un peine sin púas. 
 
6 de junio de 2021

domingo, 30 de mayo de 2021

Una historia de Europa (IV)

La tercera rama de tíos abuelos lejanos de lo que hoy llamamos Europa, aparte Mesopotamia y Egipto, fue Israel. Su historia inicial, novelada con una imaginación que ya habrían querido las historias de Harry Potter, está contada en la Biblia, y más concretamente en los libros del Génesis y el Éxodo, escritos quince siglos antes de Cristo. La cosa empezó con un fulano llamado Abraham, que vivía en Ur (ciudad que hoy situaríamos en Iraq). Por allí los dioses eran muchos, para cada necesidad, pero a Abraham empezó a aparecérsele uno que por lo visto era solo y único. El hombre se lo tomó en serio y se vino con la familia un poco más cerca, a Canaán. Allí tuvo un hijo llamado Isaac y otro llamado Ismael, unos nietos llamados Esaú y Jacob y un bisnieto, José, que tuvo malos rollos con la esposa de un egipcio llamado Putifar, cuyo nombre lo dice todo. Las peripecias de esos personajes son fascinantes pero no caben aquí, así que si dan ustedes un vistazo a la Biblia, mejor. Lo que importa es que los familiares y descendientes de todos ellos se llamaron hebreos, judíos o israelitas, y rendían culto a un dios llamado Yahvé, que según los textos antiguos (les juro que no es inquina mía), era un dios injusto, vengativo y con muy mala leche. Pero como era el de ellos, pues allá cada cual. Tú mismo con tu mecanismo. Por lo demás, el pueblo judío era, permítanme el chiste pascual, de los que comen sin sentarse. Los israelitas se pasaron la antigüedad de acá para allá, viajando más que la mochila de Frank de la Jungla. Tuvieron guerras, invasiones, emigraron y estuvieron cautivos primero en Egipto y luego en Babilonia. De Egipto los sacó un jefe llamado Moisés (como ustedes habrán visto la película Los Diez Mandamientos, les ahorro detalles) llevándolos de vuelta a su tierra. Allí pasaron la vida dándose de hostias con sus vecinos (siguen haciéndolo treinta y cinco siglos después) y con otros enemigos, en una serie de episodios donde hubo genocidios, adulterios, incestos, caspa, crímenes, sordidez, sexo guarro, batallas y demás sucesos que te dejan turulato cuando los lees. Entre mis personajes favoritos están Sansón, que era un pavo cachas en plan Schwarzenegger aficionado a irse de putas, y Dalila, más golfa que María Martillo, que le jugó la del chino cortándole el pelo para que los filisteos lo dejaran ciego como un topo. Otra que me encanta es Judith, una de las primeras feministas de la historia (como las hijas de Lot, que tras pirarse de Sodoma se lo montaron con su padre). La tal Judith era una hembra espectacular que se llevó al catre a un general asirio llamado Holofernes; y cuando éste iba a empezar la faena le cortó la cabeza y los judíos ganaron la guerra. Por la cara. Pero el que de verdad se infló a ganar batallas fue un pastor guaperas llamado David, que se cargó de un cantazo al gigante Goliat y luego subió al trono de Judea y fue el primer gran rey de allí, porque les dio las del pulpo a filisteos, moabitas, amonitas, edomitas, amalecitas y todos los acabados en -ita que andaban por aquellas tierras. Pero el que ya fue la repera limonera es su hijo Salomón, rey justo y sabio donde los haya (además de poeta erótico muy potable), que en el 996 a. C. construyó en Jerusalén el famoso templo que llevaría su nombre. Después la cosa israelita fue cuesta abajo, porque la Judea del norte fue machacada por las invasiones asirias en el siglo VIII a. C. y la del sur conquistada dos siglos más tarde por los babilonios, que se llevaron cautivos a los judíos donde los ríos de Babilonia y todo eso. A unos ese destierro les fue fatal, pero otros hicieron negocios y, listos como eran, destacaron como intelectuales en las bibliotecas y la cultura babilonia. El cautiverio acabó cuando Ciro el Grande, gobernante de la vecina Persia que era buen chaval, machacó Babilonia y dejó a los judíos volver a su tierra. El reino de Judea volvió a levantar cabeza hasta que en el año 334 a. C. Alejandro Magno se hizo cargo. Luego vendrían los romanos, Jesucristo y lo que contaremos cuando toque. Lo que importa es retener un detalle fundamental: ese concepto judío del Dios único, aportado por Abraham y consolidado por Charlton Heston, iba a influenciar mucho la historia de las religiones y la historia de Europa. Yo soy el que soy, dijo la zarza ardiente. Aquello resolvía de un plumazo (o un fogonazo) el viejo enigma de que cada dios debía haber sido engendrado por un dios anterior. Frente a eso, el nuevo Dios con mayúscula no tenía principio ni fin: quedaba fuera de la comprensión humana y sólo los elegidos, profetas, sacerdotes, podían acceder a él. Quien tuviera de su parte a esos intermediarios tenía garantizados la impunidad, el poder y la gloria: Dios lo ordena, Dios lo quiere, etcétera. Y en caso necesario, sin cargo de conciencia, los no creyentes podían ser pasados a cuchillo. 
 
[Continuará]
 
29 de mayo de 2021

domingo, 23 de mayo de 2021

En compañía de otros

Vaya por delante una confesión: hace mucho que no me sentía solidario. El paso de los años, la vejez, también ese vago autismo que el tiempo hace aflorar en quienes empiezan a vivir demasiado o son longevos por encima de posibilidades razonables, acaban haciendo su efecto. Se traduce éste en una escéptica lucidez final, como si todo se iluminase por última vez con una claridad diáfana antes de sumirse, o sumirte, en la cuesta abajo de la decadencia física e intelectual, del tiempo final y del olvido. Se te enfrían, poco a poco, el corazón y la cabeza. 
 
Pero no se alarmen. Semejante introducción no tiene por objeto que tras leer este artículo se corten ustedes las venas o se cisquen en mis muertos por amargarles el día. Al contrario. Pretendo llegar a un lugar agradable, aunque la cosa empiece con una asunción, más o menos estoica, del mundo y la vida tal y como son. O como creo que son. Y les estaba hablando de escepticismo. Cuando has dado un par de vueltas por el mundo y leído un par de libros, el amor a la humanidad que los buenos educadores procuran inspirarte de pequeño sufre estragos irreparables. Por lo menos, eso me ocurre a mí. Al final no acabas amando a los seres humanos en su conjunto, pues la experiencia dice que esa clasificación incluye un número incalculable de hijos de puta. Te vuelves prudente, y el amor acabas administrándolo de modo más selectivo, reservado a grupos e individuos concretos. Incluso, y eso es más importante de lo que parece, a cualquier clase de individuos, da igual que sean buenos o malos, cuando actúan en determinadas circunstancias. No por tratarse de seres humanos, que ésa no es ninguna garantía ni etiqueta de calidad, sino por sus hechos en momentos concretos. 
 
No creo, y discúlpenme, en lo sagrado del hombre y su existencia sobre la tierra. Somos la especie más afortunada entre las muchas que hay, pero estamos sometidos a las mismas despiadadas reglas naturales: nacer, procrear, morir. El resto es fruto del azar evolutivo. En la frialdad de un universo desprovisto de sentimientos, la desaparición de un millar de seres humanos no se diferencia de la de un millar de conejos, delfines o canguros. Incluso, en fríos términos prácticos, resulta a veces más conveniente. Quiero decir que la conciencia de todo eso, su percepción –equivocada o no, es la que tengo–, puede acabar convirtiéndote en observador más o menos ecuánime de la condición humana, incluida la propia. En un misántropo cualificado. Eso tiene ventajas analgésicas, pues atenúa la compasión global y te hace selectivo y cauto, ajeno a peligrosos entusiasmos, más inclinado a reservar afectos y sentimientos para los lectores, los familiares, los amigos y aquellos grupos sociales concretos con voz y rostro que, formados, deshechos y vueltos a formar por las circunstancias, remueven tus sentimientos y te inspiran simpatía. El resto como conjunto, la suerte global de la Humanidad, puede acabar importándote un carajo. 
 
Y de pronto, de vez en cuando, ocurre el milagro y la palabra solidaridad te borra la misantropía. Rompe las barreras, a veces necesarias, tras las que la vida te ha ido atrincherando poco a poco. La última vez que me ocurrió eso fue hace unos días. Siempre estuve seguro de que nunca llegaría mi aviso para vacunarme contra el Covid. Me pasará, decía resignado a mis amigos, como a Ana Frank, que murió dos meses antes de que liberasen su campo de concentración. Sin embargo, para mi sorpresa, llegó la cita y me presenté en un hospital de Madrid donde el personal sanitario atendía a todos con amable rapidez y eficacia. Me situé en la cola, donde predominaba la gente mayor. Todos aguardaban su turno pacientes, educados, en silencio. Había un ambiente de respeto mutuo y también de sereno estoicismo. Todos sabíamos que la vacuna podía salvar nuestra vida, pero también tener efectos adversos. Sin embargo, estábamos allí porque las ventajas generales eran mayores que los posibles inconvenientes, y el conjunto de todos nosotros, y también la gente que nos era próxima, se beneficiaría de aquello. Asumíamos un riesgo conscientes de hacerlo, aceptando con estoicismo las reglas del juego. Y mirando los rostros con mascarillas, los ojos de quienes me precedían y seguían en la fila, me sentí conmovido, solidario, hermano de todos ellos, feliz de pertenecer a un grupo que se desharía media hora más tarde, regresando cada cual a lo que podía ser o no ser, pero que en ese momento era concertado y admirable. Sentí orgullo por hallarme entre aquellos abuelos y jóvenes tranquilos, afrontando juntos una de las muchas zancadillas que la perra vida te pone al paso. Me sentí mejor persona y pensé que ellos lo eran. Y otra vez volví a amar al ser humano. 
 
23 de mayo de 2021

domingo, 16 de mayo de 2021

Una historia de Europa (III)

En esto de empezar mencionando las civilizaciones orientales que influyeron en lo que después llamaríamos Europa, tocamos en anteriores episodios los palos de Mesopotamia y Egipto, aunque sobre los egipcios queda algún detalle a tener en cuenta. Con su escritura jeroglífica endiablada y sus pirámides misteriosas y hoy turísticas, buena parte de ese fascinante mundo de constructores de tumbas habría permanecido oculta para nosotros de no mediar dos acontecimientos culturales de campanillas. Uno fue el hallazgo en 1799 de la Piedra de Roseta; que, como su nombre indica, es una piedra grabada en griego, demótico y jeroglífico que sirvió para descifrar la escritura de los antiguos egipcios. El otro gran momento, en 1922, fue el hallazgo de la cámara funeraria del faraón Tutankamon, que proyectó una extraordinaria luz sobre la historia del antiguo Egipto (prueba de la importancia que tuvo son las 18 páginas, nada menos, que siete años más tarde le dedicó la entonces fundamental enciclopedia Espasa). Aquel Egipto que hoy es menos misterioso de lo que fue, tuvo un papel importante en lo que poquito a poco, siglo a siglo, se convirtió en cultura del Mediterráneo y cuna de una civilización extensa y mestiza que a efectos de este relato podemos llamar europea; y por extensión, occidental. La primera Europa nació en realidad fuera de Europa: en ese Levante del que, entre muchas otras cosas, fueron viniendo la escritura, el comercio, los dioses, el aceite y el vino tinto. Y mientras en las brumas de los bosques continentales, poblados por hirsutos ceporros vestidos de pieles y brutos como la madre que los parió, se abrían paso muy despacio culturas locales menos refinadas y de horizontes técnicos, sociales e intelectuales más limitados (hasta los siglos VIII y VI antes de Cristo no empezó a utilizarse el hierro en el centro y norte de Europa), en aquel Mediterráneo Oriental, en el Egipto que estaba en contacto con los pueblos mesopotámicos y del Egeo, en torno al año 2100 a. C. ya podían leerse textos como Las amonestaciones, del que no se pierdan esto: «Los archivos han sido saqueados, los despachos públicos violados y las listas del censo destruidas. Los funcionarios son asesinados y sus documentos robados. Los pobres se han hecho dueños de cosas valiosas. Toda la ciudad dice: eliminemos a los poderosos. Las casas arden. Las joyas adornan los cuellos de los criados mientras las dueñas de las casas pasan hambre. Unos forajidos han despojado al país de la realeza. El rey ha sido secuestrado por el populacho». O sea que la modernidad, incluso revolucionaria, empezaba a aparecer de modo oficial, consignada por manos cultas y lúcidas en los primeros registros de la Historia. Aparecían las tempranas relaciones e incluso textos literarios que podemos considerar primeros best sellers, como El cuento del campesino, las Instrucciones a Merikare («Sé hábil en palabras. El poder del hombre está en el lenguaje. Un discurso es más poderoso que cualquier combate») y el extraordinario El misántropo: «¿A quién hablaré hoy? Nadie se acuerda del pasado. Nadie devuelve el bien a quien ha sido bueno con él. La muerte está ante mí como cuando anhelas una casa propia tras haber estado prisionero muchos años». Y lo que es todavía más importante, por el precedente que supuso: la religión establecida de modo oficial con sus arcanos y privilegios. La clase sacerdotal adquirió una enorme influencia, los dioses fueron ya palabras mayores y el culto a los muertos y al Más Allá impregnó la vida local. Allí surgió también una de las más notables, si no primera, herejías de la Antigüedad: la del faraón Amenofis IV, que decidió cepillarse el gallinero de dioses egipcios para imponer el culto a uno nuevo y único: Atón, rey del universo, de quien el faraón (que se cambió el nombre por Akenatón) era hijo y encarnación torera en la tierra. La idea no fue original, pero sí lo fue su puesta en práctica por las bravas. Duró, todo hay que decirlo, mientras vivió ese faraón, porque a su muerte lo borraron hasta de los monumentos funerarios (los sacerdotes no le perdonaron haberlos dejado sin empleo). Sin embargo, la idea de un dios único y un monarca como su representante en la tierra siguió dando vueltas por ahí, y tendría un gran futuro aquí. Aunque de momento, y todavía, iban a pasar otras cosas interesantes que acabaron influyendo mucho en la historia de Europa. Una de ellas, que todavía nos pillaba lejos pero no tanto como parece, fue la lucha de los faraones contra un pueblo que emigraba desde Asia Menor: los pelest, también llamados filisteos. Que, rechazados por Egipto, se instalaron en un lugar de la costa mediterránea al que dieron su nombre: Palestina. 
 
[Continuará] 
 
16 de mayo de 2021

domingo, 9 de mayo de 2021

No es tiempo de héroes

Hace poco me acompañaron ustedes en Twitter para comentar el disparate de unos libros escolares donde se introducía el doblete de judíos y judías, conversos y conversas, sospechosos y sospechosas, moriscos y moriscas. Para ser justos, consideremos que tales estupideces, aunque impresas por editoriales escolares, no son exclusiva responsabilidad de éstas. A fin de colocar libros en los colegios de las autonomías españolas, las editoriales aplican las exigencias de cada consejería. En aquel caso se trataba de Andalucía, donde los responsables y responsablas del anterior gobierno local intentaron imponer el lenguaje inclusivo más extremo. Pero los últimos textos publicados allí, según comprobé estos días, han vuelto a la normalidad. Que en España es relativa, cierto. Pero normalidad, al fin y al cabo. 
 
Con los libros de texto me quedé dándole vueltas a la cosa, incluido el peligroso intento de convertir las aulas en laboratorios de ingeniería social a disposición de cualquier profesor Bacterio que se haga con una migaja de poder: la Historia glorifica imperialismos, la ortografía y la gramática son machistas y elitistas. Todo eso. Así, lo que tacita a tacita se vierte en ciertos textos escolares acaba calando: tanteo, reacción, retroceso y vuelta de nuevo, dejando cada vez un poquito más de daño irreparable. Y de ese modo, de derrota en derrota, hasta la victoria final. 
 
Frente a eso hay sólo dos oposiciones posibles: los profesores y los padres. Entre los primeros los hay que, resignados, aceptan la barbaridad porque así figura en el libro que les colocan, y no se complican la vida. Otros creen en ello, coinciden con el espíritu del texto y enseñan en consecuencia. Y aquellos a quienes ideas o conocimiento sitúan en desacuerdo con el disparate, ponen de lado el texto o limitan con astucia y sentido común los estragos entre sus alumnos. En cuanto a los padres, repiten esos comportamientos: unos pasan por completo, a otros les parece bien que sus niños hablen como pequeños gilipollas y digan que Colón fue un genocida, y otros animan a los cachorros a ser ellos mismos y no tragar. Y es precisamente ahí donde surge el principal problema: en los que no tragan. 
 
Hace falta mucho amor por el intelecto de un hijo, mucha entereza y mucha confianza en su carácter para convertirlo en disidente. Cuando un padre muestra a un hijo la verdad de una biblioteca, está creando un insurgente: un rebelde ante un sistema que, precisamente, desprecia las bibliotecas. Y es curioso considerar cómo han cambiado las cosas en torno a la palabra disidente. Serlo antes era enfrentarse al sistema. Un disidente luchaba contra lo establecido, y por eso era un peligro para el ambiente social cuyas reglas no compartía. Una amenaza. Ahora es al revés: en esta falsa individualidad multiplicada por millones en las redes sociales, donde todo el mundo coincide en considerarse disidente de algo, quien de verdad destaca es el que discute los lugares comunes convertidos hoy en norma social universal, cada vez más sólida entre quienes creen jugar solos en su propio campo, que en realidad es asombrosamente idéntico al del vecino. 
 
Ésa es la paradoja. La sociedad actual, el sistema construido con la suma de millones de teóricas disidencias, asfixia al actual y verdadero disidente. Gracias a las redes sociales, esa represión se ejecuta masiva y en tiempo real. Y así, quien actúa fuera del grupo se ve reprimido e infectado por las analfabetas simplezas con que hoy se construyen las ideologías. Antes, un disidente era un héroe social: alguien a quien se admiraba e imitaba. El sistema establecido le tenía miedo, pues detectaba ahí el virus de la revolución. Hoy, un chico ajeno al sistema sólo es un apestado, un marginal sin futuro. Nadie lo teme, pues ya no hay victoria posible. Únicamente lo desprecian. En el colegio, profesores y compañeros lo aíslan porque si se cuestiona el discurso oficial, si razona, si discute, es en agraz un fascista, un machista, un maltratador, un xenófobo, un asocial. Su hijo o su hija, dicen a los padres, razona con excesiva insolencia, levanta mucho la mano, no se integra en el equipo. No piensa según las reglas impuestas por millones de idiotas que se consideran libres porque creen haber triturado las viejas reglas sin advertir que ellos mismos son la regla nueva. Cuando la disidencia se hace sistema, nadie admira al que todavía la practica. En un mundo donde hasta el más menguado cree disentir de algo, y eso es precisamente lo que iguala y masifica hoy a tanto borrego, el verdadero rebelde, el agitador, no tiene ya ninguna posibilidad. No le queda otra que, fiel a sí mismo, echarse al monte como aquellos antiguos bandoleros que acababan vendiendo cara la piel entre montes y breñas, acosados como lobos por la Guardia Civil. ¿Y qué padre desea eso para sus hijos? 
 
9 de mayo de 2021