domingo, 23 de mayo de 2021

En compañía de otros

Vaya por delante una confesión: hace mucho que no me sentía solidario. El paso de los años, la vejez, también ese vago autismo que el tiempo hace aflorar en quienes empiezan a vivir demasiado o son longevos por encima de posibilidades razonables, acaban haciendo su efecto. Se traduce éste en una escéptica lucidez final, como si todo se iluminase por última vez con una claridad diáfana antes de sumirse, o sumirte, en la cuesta abajo de la decadencia física e intelectual, del tiempo final y del olvido. Se te enfrían, poco a poco, el corazón y la cabeza. 
 
Pero no se alarmen. Semejante introducción no tiene por objeto que tras leer este artículo se corten ustedes las venas o se cisquen en mis muertos por amargarles el día. Al contrario. Pretendo llegar a un lugar agradable, aunque la cosa empiece con una asunción, más o menos estoica, del mundo y la vida tal y como son. O como creo que son. Y les estaba hablando de escepticismo. Cuando has dado un par de vueltas por el mundo y leído un par de libros, el amor a la humanidad que los buenos educadores procuran inspirarte de pequeño sufre estragos irreparables. Por lo menos, eso me ocurre a mí. Al final no acabas amando a los seres humanos en su conjunto, pues la experiencia dice que esa clasificación incluye un número incalculable de hijos de puta. Te vuelves prudente, y el amor acabas administrándolo de modo más selectivo, reservado a grupos e individuos concretos. Incluso, y eso es más importante de lo que parece, a cualquier clase de individuos, da igual que sean buenos o malos, cuando actúan en determinadas circunstancias. No por tratarse de seres humanos, que ésa no es ninguna garantía ni etiqueta de calidad, sino por sus hechos en momentos concretos. 
 
No creo, y discúlpenme, en lo sagrado del hombre y su existencia sobre la tierra. Somos la especie más afortunada entre las muchas que hay, pero estamos sometidos a las mismas despiadadas reglas naturales: nacer, procrear, morir. El resto es fruto del azar evolutivo. En la frialdad de un universo desprovisto de sentimientos, la desaparición de un millar de seres humanos no se diferencia de la de un millar de conejos, delfines o canguros. Incluso, en fríos términos prácticos, resulta a veces más conveniente. Quiero decir que la conciencia de todo eso, su percepción –equivocada o no, es la que tengo–, puede acabar convirtiéndote en observador más o menos ecuánime de la condición humana, incluida la propia. En un misántropo cualificado. Eso tiene ventajas analgésicas, pues atenúa la compasión global y te hace selectivo y cauto, ajeno a peligrosos entusiasmos, más inclinado a reservar afectos y sentimientos para los lectores, los familiares, los amigos y aquellos grupos sociales concretos con voz y rostro que, formados, deshechos y vueltos a formar por las circunstancias, remueven tus sentimientos y te inspiran simpatía. El resto como conjunto, la suerte global de la Humanidad, puede acabar importándote un carajo. 
 
Y de pronto, de vez en cuando, ocurre el milagro y la palabra solidaridad te borra la misantropía. Rompe las barreras, a veces necesarias, tras las que la vida te ha ido atrincherando poco a poco. La última vez que me ocurrió eso fue hace unos días. Siempre estuve seguro de que nunca llegaría mi aviso para vacunarme contra el Covid. Me pasará, decía resignado a mis amigos, como a Ana Frank, que murió dos meses antes de que liberasen su campo de concentración. Sin embargo, para mi sorpresa, llegó la cita y me presenté en un hospital de Madrid donde el personal sanitario atendía a todos con amable rapidez y eficacia. Me situé en la cola, donde predominaba la gente mayor. Todos aguardaban su turno pacientes, educados, en silencio. Había un ambiente de respeto mutuo y también de sereno estoicismo. Todos sabíamos que la vacuna podía salvar nuestra vida, pero también tener efectos adversos. Sin embargo, estábamos allí porque las ventajas generales eran mayores que los posibles inconvenientes, y el conjunto de todos nosotros, y también la gente que nos era próxima, se beneficiaría de aquello. Asumíamos un riesgo conscientes de hacerlo, aceptando con estoicismo las reglas del juego. Y mirando los rostros con mascarillas, los ojos de quienes me precedían y seguían en la fila, me sentí conmovido, solidario, hermano de todos ellos, feliz de pertenecer a un grupo que se desharía media hora más tarde, regresando cada cual a lo que podía ser o no ser, pero que en ese momento era concertado y admirable. Sentí orgullo por hallarme entre aquellos abuelos y jóvenes tranquilos, afrontando juntos una de las muchas zancadillas que la perra vida te pone al paso. Me sentí mejor persona y pensé que ellos lo eran. Y otra vez volví a amar al ser humano. 
 
23 de mayo de 2021

domingo, 16 de mayo de 2021

Una historia de Europa (III)

En esto de empezar mencionando las civilizaciones orientales que influyeron en lo que después llamaríamos Europa, tocamos en anteriores episodios los palos de Mesopotamia y Egipto, aunque sobre los egipcios queda algún detalle a tener en cuenta. Con su escritura jeroglífica endiablada y sus pirámides misteriosas y hoy turísticas, buena parte de ese fascinante mundo de constructores de tumbas habría permanecido oculta para nosotros de no mediar dos acontecimientos culturales de campanillas. Uno fue el hallazgo en 1799 de la Piedra de Roseta; que, como su nombre indica, es una piedra grabada en griego, demótico y jeroglífico que sirvió para descifrar la escritura de los antiguos egipcios. El otro gran momento, en 1922, fue el hallazgo de la cámara funeraria del faraón Tutankamon, que proyectó una extraordinaria luz sobre la historia del antiguo Egipto (prueba de la importancia que tuvo son las 18 páginas, nada menos, que siete años más tarde le dedicó la entonces fundamental enciclopedia Espasa). Aquel Egipto que hoy es menos misterioso de lo que fue, tuvo un papel importante en lo que poquito a poco, siglo a siglo, se convirtió en cultura del Mediterráneo y cuna de una civilización extensa y mestiza que a efectos de este relato podemos llamar europea; y por extensión, occidental. La primera Europa nació en realidad fuera de Europa: en ese Levante del que, entre muchas otras cosas, fueron viniendo la escritura, el comercio, los dioses, el aceite y el vino tinto. Y mientras en las brumas de los bosques continentales, poblados por hirsutos ceporros vestidos de pieles y brutos como la madre que los parió, se abrían paso muy despacio culturas locales menos refinadas y de horizontes técnicos, sociales e intelectuales más limitados (hasta los siglos VIII y VI antes de Cristo no empezó a utilizarse el hierro en el centro y norte de Europa), en aquel Mediterráneo Oriental, en el Egipto que estaba en contacto con los pueblos mesopotámicos y del Egeo, en torno al año 2100 a. C. ya podían leerse textos como Las amonestaciones, del que no se pierdan esto: «Los archivos han sido saqueados, los despachos públicos violados y las listas del censo destruidas. Los funcionarios son asesinados y sus documentos robados. Los pobres se han hecho dueños de cosas valiosas. Toda la ciudad dice: eliminemos a los poderosos. Las casas arden. Las joyas adornan los cuellos de los criados mientras las dueñas de las casas pasan hambre. Unos forajidos han despojado al país de la realeza. El rey ha sido secuestrado por el populacho». O sea que la modernidad, incluso revolucionaria, empezaba a aparecer de modo oficial, consignada por manos cultas y lúcidas en los primeros registros de la Historia. Aparecían las tempranas relaciones e incluso textos literarios que podemos considerar primeros best sellers, como El cuento del campesino, las Instrucciones a Merikare («Sé hábil en palabras. El poder del hombre está en el lenguaje. Un discurso es más poderoso que cualquier combate») y el extraordinario El misántropo: «¿A quién hablaré hoy? Nadie se acuerda del pasado. Nadie devuelve el bien a quien ha sido bueno con él. La muerte está ante mí como cuando anhelas una casa propia tras haber estado prisionero muchos años». Y lo que es todavía más importante, por el precedente que supuso: la religión establecida de modo oficial con sus arcanos y privilegios. La clase sacerdotal adquirió una enorme influencia, los dioses fueron ya palabras mayores y el culto a los muertos y al Más Allá impregnó la vida local. Allí surgió también una de las más notables, si no primera, herejías de la Antigüedad: la del faraón Amenofis IV, que decidió cepillarse el gallinero de dioses egipcios para imponer el culto a uno nuevo y único: Atón, rey del universo, de quien el faraón (que se cambió el nombre por Akenatón) era hijo y encarnación torera en la tierra. La idea no fue original, pero sí lo fue su puesta en práctica por las bravas. Duró, todo hay que decirlo, mientras vivió ese faraón, porque a su muerte lo borraron hasta de los monumentos funerarios (los sacerdotes no le perdonaron haberlos dejado sin empleo). Sin embargo, la idea de un dios único y un monarca como su representante en la tierra siguió dando vueltas por ahí, y tendría un gran futuro aquí. Aunque de momento, y todavía, iban a pasar otras cosas interesantes que acabaron influyendo mucho en la historia de Europa. Una de ellas, que todavía nos pillaba lejos pero no tanto como parece, fue la lucha de los faraones contra un pueblo que emigraba desde Asia Menor: los pelest, también llamados filisteos. Que, rechazados por Egipto, se instalaron en un lugar de la costa mediterránea al que dieron su nombre: Palestina. 
 
[Continuará] 
 
16 de mayo de 2021

domingo, 9 de mayo de 2021

No es tiempo de héroes

Hace poco me acompañaron ustedes en Twitter para comentar el disparate de unos libros escolares donde se introducía el doblete de judíos y judías, conversos y conversas, sospechosos y sospechosas, moriscos y moriscas. Para ser justos, consideremos que tales estupideces, aunque impresas por editoriales escolares, no son exclusiva responsabilidad de éstas. A fin de colocar libros en los colegios de las autonomías españolas, las editoriales aplican las exigencias de cada consejería. En aquel caso se trataba de Andalucía, donde los responsables y responsablas del anterior gobierno local intentaron imponer el lenguaje inclusivo más extremo. Pero los últimos textos publicados allí, según comprobé estos días, han vuelto a la normalidad. Que en España es relativa, cierto. Pero normalidad, al fin y al cabo. 
 
Con los libros de texto me quedé dándole vueltas a la cosa, incluido el peligroso intento de convertir las aulas en laboratorios de ingeniería social a disposición de cualquier profesor Bacterio que se haga con una migaja de poder: la Historia glorifica imperialismos, la ortografía y la gramática son machistas y elitistas. Todo eso. Así, lo que tacita a tacita se vierte en ciertos textos escolares acaba calando: tanteo, reacción, retroceso y vuelta de nuevo, dejando cada vez un poquito más de daño irreparable. Y de ese modo, de derrota en derrota, hasta la victoria final. 
 
Frente a eso hay sólo dos oposiciones posibles: los profesores y los padres. Entre los primeros los hay que, resignados, aceptan la barbaridad porque así figura en el libro que les colocan, y no se complican la vida. Otros creen en ello, coinciden con el espíritu del texto y enseñan en consecuencia. Y aquellos a quienes ideas o conocimiento sitúan en desacuerdo con el disparate, ponen de lado el texto o limitan con astucia y sentido común los estragos entre sus alumnos. En cuanto a los padres, repiten esos comportamientos: unos pasan por completo, a otros les parece bien que sus niños hablen como pequeños gilipollas y digan que Colón fue un genocida, y otros animan a los cachorros a ser ellos mismos y no tragar. Y es precisamente ahí donde surge el principal problema: en los que no tragan. 
 
Hace falta mucho amor por el intelecto de un hijo, mucha entereza y mucha confianza en su carácter para convertirlo en disidente. Cuando un padre muestra a un hijo la verdad de una biblioteca, está creando un insurgente: un rebelde ante un sistema que, precisamente, desprecia las bibliotecas. Y es curioso considerar cómo han cambiado las cosas en torno a la palabra disidente. Serlo antes era enfrentarse al sistema. Un disidente luchaba contra lo establecido, y por eso era un peligro para el ambiente social cuyas reglas no compartía. Una amenaza. Ahora es al revés: en esta falsa individualidad multiplicada por millones en las redes sociales, donde todo el mundo coincide en considerarse disidente de algo, quien de verdad destaca es el que discute los lugares comunes convertidos hoy en norma social universal, cada vez más sólida entre quienes creen jugar solos en su propio campo, que en realidad es asombrosamente idéntico al del vecino. 
 
Ésa es la paradoja. La sociedad actual, el sistema construido con la suma de millones de teóricas disidencias, asfixia al actual y verdadero disidente. Gracias a las redes sociales, esa represión se ejecuta masiva y en tiempo real. Y así, quien actúa fuera del grupo se ve reprimido e infectado por las analfabetas simplezas con que hoy se construyen las ideologías. Antes, un disidente era un héroe social: alguien a quien se admiraba e imitaba. El sistema establecido le tenía miedo, pues detectaba ahí el virus de la revolución. Hoy, un chico ajeno al sistema sólo es un apestado, un marginal sin futuro. Nadie lo teme, pues ya no hay victoria posible. Únicamente lo desprecian. En el colegio, profesores y compañeros lo aíslan porque si se cuestiona el discurso oficial, si razona, si discute, es en agraz un fascista, un machista, un maltratador, un xenófobo, un asocial. Su hijo o su hija, dicen a los padres, razona con excesiva insolencia, levanta mucho la mano, no se integra en el equipo. No piensa según las reglas impuestas por millones de idiotas que se consideran libres porque creen haber triturado las viejas reglas sin advertir que ellos mismos son la regla nueva. Cuando la disidencia se hace sistema, nadie admira al que todavía la practica. En un mundo donde hasta el más menguado cree disentir de algo, y eso es precisamente lo que iguala y masifica hoy a tanto borrego, el verdadero rebelde, el agitador, no tiene ya ninguna posibilidad. No le queda otra que, fiel a sí mismo, echarse al monte como aquellos antiguos bandoleros que acababan vendiendo cara la piel entre montes y breñas, acosados como lobos por la Guardia Civil. ¿Y qué padre desea eso para sus hijos? 
 
9 de mayo de 2021

domingo, 2 de mayo de 2021

Una historia de Europa (II)

Van a permitir que también hoy me tome la libertad. La intención de esta serie de artículos en los que ustedes y yo (si les parece bien y no me dicen que pare), iremos comentando poquito a poco los más o menos 30 siglos que, para bien y para mal, hicieron de los europeos lo que ahora somos, es largar un episodio de vez en cuando, alternándolo con los que se refieran a otros asuntos. Lo mismo que hice en otro tiempo con aquella Una historia de España que tuvieron la amabilidad de soportar. Lo que pasa es que, como la primera entrega de esta historia de Europa salió el domingo pasado, tal vez sea oportuno, antes de empezar con las alternancias, calentar un poquito más colocándoles otra seguida, para que la tercera, cuando se publique dentro de dos o tres semanas, aterrice ya con más ambiente. 

Les decía en el primer episodio, me parece, que dos o tres influencias previas, exteriores, no pueden ser pasadas por alto respecto a los primeros balbuceos de nuestra vieja historia. De su nacimiento, por decirlo de alguna manera. Una es la cultura o culturas mesopotámicas, que como vimos tuvieron su intríngulis; y otra, más conocida por nosotros, es el antiguo Egipto: las pirámides, los faraones y tal. Lo de los egipcios no es ninguna tontería porque, turismo y momias aparte, su peso en el Mediterráneo de la antigüedad fue decisivo. Si nuestros abuelos fueron, por decirlo de alguna manera, los pueblos del mar Egeo, a mesopotámicos y egipcios hay que reconocerles la condición de tíos abuelos e incluso, en algunas cosas, tatarabuelos de pata negra. También a los hebreos, pero cada cosa a su tiempo. 

En principio fue el Nilo, y ahí está la madre del cordero. Sin ese río larguísimo, Egipto sería un desierto. Pero sus crecidas, que aportaban agua y limo necesarios para la vida, la agricultura, la caza y la pesca (hasta el calendario egipcio era un calendario agrícola), a partir del momento en que pudieron controlarse dieron lugar a una civilización que fue la más refinada, poderosa e influyente de la antigüedad preclásica. El Egipto que conocemos como tal, el de los faraones, nació hacia el 3150 antes de Cristo, más o menos, con nombres legendarios a los que, dicho en cursi, velan las brumas del pasado: el Rey Escorpión, Menes (que fundó Menfis), el Rey Serpiente, e incluso una reina (la primera faraona antes de Lola Flores) que tuvo un nombre precioso: Meryt-Neit. Entre unos y otros, sucediéndose, asesinándose y casándose entre hermanos, que eran cosas típicas de los reyes de entonces, fueron fundando dinastía tras dinastía. Treinta y una de ellas hubo, nada menos, hasta que Alejandro Magno, como contaremos en su momento, se apoderó del país en el siglo IV antes de Cristo y se acabó la fiesta. 

La historia de ese lugar asombroso se mueve entre dos tendencias por las que pasaron todos los imperios que en el mundo han sido: poder absoluto muy centralizado, que se corresponde con tiempos de máximo esplendor, y anarquía y fragmentación en pequeños reinos y principados, o sea, ruina patatera. Pero entre pitos y flautas aquello duró mucho. Por su situación, el antiguo Egipto tenía todas las papeletas para convertirse en potencia y encrucijada de culturas. El valle del Nilo comunicaba por abajo con el Mediterráneo, lo que suponía intenso comercio con el Egeo, y por arriba con las riquezas del África negra. Además, hacia levante se relacionaba con Siria, Palestina, Mesopotamia y los pueblos orientales; así que, menos por la parte occidental de Libia (habitada por gente más bien desértica y bruta), de donde solían venir los enemigos, todo estaba bajo control. El comercio, los intercambios y la cultura circulaban en varios sentidos, había viruta y en qué gastarla. Aquello era Hollywood. Arquitectos a los que Calatrava sólo serviría para llevar un café, ejércitos entrenados, aliados útiles y una administración eficaz hicieron de Egipto lo que hoy fotografían los turistas: una civilización moderna, poderosa y apabullante. 

No hay mucha historia escrita de allí, y es una lástima. No conocemos historiadores egipcios como luego serían los griegos y los romanos. En templos y edificios oficiales hubo anales y cosas parecidas, pero casi todo se perdió, y lo más viejo que se conserva, del siglo XIII-XII antes de Cristo, son listas en piedra y papiro con nombres de faraones (alguno con nombre de película de Almodóvar, como un tal Pepi). Sin embargo, con el tiempo, sucesos que parecen sacados de una novela de aventuras y misterio iluminaron parte de ese mundo olvidado. Pero eso, para darle emoción al asunto, se lo contaré a ustedes en el siguiente episodio. 

 [Continuará]

 2 de mayo de 2021

domingo, 25 de abril de 2021

Una historia de Europa (I)

Ahí donde la vemos ahora, decrépita, insegura y llena de achaques, regida por incompetentes, mediocres y sinvergüenzas, tal vez podamos engañarnos sobre ella. Mirarla por encima del hombro, sobre todo cuando la memoria de lo mucho que fue ha sido borrada de los planes escolares por sucesivas generaciones de ministros de Educación y Cultura, de gobiernos y políticos analfabetos tanto en Bruselas como en Madrid. Eso despista, claro. Difumina la magia. Hace olvidar que hubo un tiempo en que Europa fue grande e iluminó la Historia. De ella salió casi todo lo importante que conformó el mundo: la cultura, el derecho, la filosofía, las libertades, las grandes paces y las grandes guerras. En sus aproximadamente tres mil años de historia más o menos documentada, Europa ha sido tan criminal y tan ilustre como todas las grandes civilizaciones; pero como conjunto y heredera de muchas de ellas, las superó a todas. Nació en el Mediterráneo, y la primera luz que iluminó ese Mediterráneo vino de su parte oriental, de Levante. Donde confluyeron, además, dos poderosas influencias. Una procedió de un lugar situado entre dos grandes ríos, el Tigris y el Éufrates, y otra de las orillas de un río largo y caudaloso: el Nilo. De Egipto y Mesopotamia. 
 
A Mesopotamia, que pese a su importancia nos pilla a los europeos un poco lejos, la despacharemos en primer lugar, y en corto. Los historiadores antiguos la consideraban un solo espacio geográfico y casi histórico, pero los investigadores modernos pusieron esa idea patas arriba. Sumerios, acadios, norte y sur, la Babilonia, la sanguinaria Asiria y el resto de la peña tocaban diferentes músicas, aunque desde aquí, simplificando, los veamos como un todo. Lo que importa es que entre unos y otros inventaron ciertas cosas que luego, vía intermediarios y en plan efecto dominó, tendrían enorme importancia en nuestro futuro de europeos. 
 
Puestos a hacer frases que sinteticen las cosas, podríamos decir que el urbanismo lo inventaron ellos. Entre el IV y el III milenio antes de que naciera Jesucristo, calculen la barbaridad de tiempo, los mesopotámicos construyeron templos y ciudades facilitando la vida en colectividad, vinculada allí a la agricultura y la ganadería. Ciudades modernas, por decirlo de alguna manera, aunque todavía sin semáforos. Cómo eran éstas tenemos que imaginarlo, porque allí no había piedra, hubo que construir con ladrillo y eso se conserva fatal: tierra y polvo. Y si llueve, para qué contarles: barro. Sin embargo, lo del barro dio lugar a grandes progresos en alfarería, entre ellos la invención del torno, que fue una revolución artesana y artística. De otras cosas tampoco anduvieron mal: trabajaron el hierro y otros metales, construyeron edificios altos, y una antigua leyenda les atribuye la famosa Torre de Babel, con la que pretendían alcanzar el cielo, y que hay quien afirma se les vino abajo en plan torres gemelas, por chulos y por fantasmas. Y además se les trabó la lengua y no se aclaraban entre ellos. O eso cuenta la Biblia. 
 
Ya en plan más serio, tres especialidades mesopotámicas tendrían influencia en el devenir de la futura Europa, que en términos históricos no era entonces más que un lugar de confusas sombras. Uno fue la astronomía. Como no había luz eléctrica, aquellos fulanos se pasaban las noches a oscuras mirando el cielo, y el sol y la luna señalaban las horas y los momentos. Así se hicieron expertos en la materia, y ellos construyeron, al parecer, los primeros observatorios astronómicos. Nada menos que 4500 años antes de que se rodara La guerra de las galaxias, allí eran capaces de predecir con tiempo un eclipse de sol. Que tiene su mérito. 
 
Los otros dos inventos, o sucesos, también darían mucho de sí. Uno, el de los códigos y las leyes, lo simboliza bien cierto rey babilonio llamado Hammurabi, que unos 1700 años antes de Cristo dejó grabado en piedra un famoso testimonio que figura entre los primeros textos legales de la Humanidad, y donde por primera vez se habla de proteger a viudas y huérfanos. Y eso fue posible gracias a otro invento que tendría trascendencia universal: la escritura, o intento de condensar en una pequeña superficie un pensamiento complejo, primero con fines burocráticos y religiosos y después literarios. Al principio eran dibujos –como la primera de las escrituras egipcias, de lo que hablaremos otro día–, pero al tener que hacerlos sobre tabletas de arcilla, que toleraban mal las líneas curvas, se acabó transformándolos en pequeñas incisiones en forma de cuña. Y así, tatatachán, señoras y señores, nació la escritura cuneiforme. Una especie de precursora, o tatarabuela muy lejana, de la nuestra. 
 
[Continuará] 
 
25 de abril de 2021

domingo, 18 de abril de 2021

El capitán de Köpenick

A veces, sólo a veces, la suerte guiña un ojo a los desgraciados y éstos tumban el patito de la feria, en ocasiones para toda la vida y otras para sólo un rato. Sin embargo, acabe como acabe el episodio, el momento de triunfo y de gloria ya no lo borra nadie. Pensaba en eso hace unos días, cuando al hilo de unas lecturas di otra vez, al cabo de medio siglo, con el nombre de Wilhelm Voigt: un pobre infeliz que acabó pasando a la historia como el capitán de Köpenick y cuya estatua se encuentra ahora, con todos los honores, en la entrada del ayuntamiento de esa ciudad. Conocí el asunto y me deslumbró siendo casi un niño, a principios de los años 60, cuando vi en el cine una película sobre su aventura, protagonizada por Heinz Rühmann. No la olvidé nunca, y ahora me la tropiezo de nuevo. Una historia, ésa, que contiene interesantes lecciones sobre la desesperación, la audacia, el militarismo irracional y también la gregaria estupidez que a menudo demuestra el ser humano. 
 
Ocurrió en 1906. Voigt, un desgraciado de 57 años al que el sistema social y judicial alemán había machacado hasta la miseria, desesperado y sin empleo, compró en un ropavejero un uniforme de capitán del ejército y se fue en metro hasta Köpenick, un pueblecito cercano a Berlín. Por el camino se cruzó con un grupo de diez soldados que iban camino del cuartel y tuvo el cuajo de ordenarles que se pusieran a sus órdenes. Misión especial, dijo. Síganme. Convencidos por el uniforme y por el marcial bigotazo prusiano del capitán chungo, los soldados lo secundaron sin rechistar; y con ellos, siempre en metro, se presentó en el pueblo. El primer acto oficial fue invitar a su fiel tropa a unas cervezas. Después entró por la cara en la oficina de correos y telégrafos y prohibió las comunicaciones con Berlín mientras los empleados –como buenos alemanes de toda la vida, al ver un uniforme y recibir órdenes se les hizo el ojete agua de limón–, se ponían dando taconazos a su servicio sin pedirle ni siquiera un documento de identidad. Luego fue a la gendarmería y puso a todos los gendarmes a marcar el paso de la oca –más taconazos y más jawohl, herr hauptmann–. Y al fin, dispuesto a rematar la hazaña, el supuesto capitán se dirigió al ayuntamiento seguido por su fiel tropa, que a esas alturas estaba entusiasmada con el nuevo jefe. 
 
La verdad es que en el ayuntamiento también lo bordó, el tío. Con todo cristo impresionado por el uniforme, suscitando nuevos taconazos a su paso, el impostor Voigt arrestó al desconcertado alcalde, acusándolo de deslealtad –no tendría la conciencia tranquila cuando se dejó convencer tan fácilmente– y se apoderó de 3.600 marcos, unos 20.000 euros de ahora, que un diligente cajero le ayudó a contar y guardar en un talego a cambio de un recibo que Voigt firmó con el apellido de su último director de prisión. Y después, tras exigir al acojonado alcalde la palabra de honor de que no iba a darse a la fuga, lo metió en el metro con los soldados y con su esposa, que no quiso abandonarlo en el trance, y lo mandó a presentarse a la policía de Berlín, donde fue recibido con el natural estupor. La última vez que se vio al supuesto capitán fue sentado a solas en la estación de ferrocarril, tomándose tranquilamente una cerveza, antes de desaparecer con el dinero sin dejar rastro. 
 
El escándalo ocupó durante semanas los periódicos, suscitando la simpatía general. La opinión pública convirtió en un héroe al impostor que había burlado a la implacable maquinaria del Estado. Se alabó su audacia, ingenio y sangre fría, y cuando al fin fue apresado –naturalmente, en un burdel– por denuncia de un amigo, pues ofrecían una cuantiosa recompensa, la ola de opiniones en su favor hizo que sólo fuera condenado a cuatro años de cárcel; cuando antes, por dos delitos menores y casi insignificantes, le había caído un total de 27 años de presidio. Y aun así, fue tal el entusiasmo popular por el personaje que el Káiser se vio obligado a indultarlo tras pasar sólo 22 meses en la cárcel. Lárgate de aquí, le dijeron. Y no vuelvas. 
 
El resto de su vida, si no de fortuna, Voigt disfrutó de la gloria. Recibido en todas partes como héroe popular, convertido en símbolo antimonárquico y republicano, hizo giras por Alemania, Francia y Holanda, y acabó estableciéndose en Luxemburgo, donde trabajó como camarero y zapatero. Murió en 1922, y sobre su hazaña se escribió una exitosa obra de teatro y se rodaron varias películas. Hoy, su bronce vestido de uniforme se encuentra junto a los peldaños de la entrada al ayuntamiento que lo hizo inmortal. La tumba está en el cementerio de Luxemburgo, y rara vez faltan flores. En ella está inscrito algo que arrancaría una sonrisa irónica al viejo truhán, si pudiera leerlo: Wilhelm Voigt, el Capitán de Köpenick
 
18 de abril de 2021 
 

domingo, 11 de abril de 2021

Forenses de las palabras

Me van ustedes a perdonar, pero cada vez que leo algo como «Todas las lenguas contarían con una operación binaria del tipo SX+SY-SZ en la que cualquier unidad sintáctica no-simple es descomponible en dos partes» me cisco en los muertos más frescos de los ministros de Educación de las últimas dos o tres décadas. Y tengo motivos. A mi generación escolar y a otras que vinieron luego, que yo recuerde, no nos fue tan mal en afilar la herramienta de hablar con corrección y escribir de modo razonable. Estudiar lengua y literatura en el colegio era conocer la ortografía y la gramática en lo imprescindible de ambas; comprender sus reglas básicas y ejercitarnos en su aplicación práctica. Un poquito de latín, incluso, ayudaba: traducir a César o a Cicerón durante un par de cursos aproximaba mejor a los mecanismos de la lengua española. Ordenaba y serenaba la cabeza. 
 
El otro aspecto eran las lecturas. Tengo en la mesa el libro de Lengua Española de 2º de Bachillerato, 1962, editorial Edelvives: 224 páginas concisas, claras, que explican morfología, sintaxis y prosodia. Desde la oración hasta los períodos gramaticales, todo está contado de forma sencilla. Como complemento, a cada lección la acompañan fragmentos literarios escogidos, situados de modo que cualquier alumno terminaba leyéndolos aunque fuese por puro aburrimiento. Y así, aparte de escribir y hablar bien, obtenías una aproximación clara a los mecanismos de la lengua y a los autores destacados. Pero no sólo Cervantes, Galdós o Quevedo; hasta al más torpe le acababan sonando Pedro Antonio de Alarcón, Garcilaso, Machado, Zorrilla, el duque de Rivas o los Álvarez Quintero. Y, bueno. Vayan a la puerta de un colegio y averigüen lo que a los chicos de esa edad les suena ahora. 
 
Muchos de ustedes tienen hijos, así que no hace falta que les caliente la oreja. Una cosa son las intenciones generales, la teoría de la ley educativa de turno, y otra la realidad cruda. Hay libros escolares excelentes, pero un repaso a otros produce indignación. Más que a escribir, a leer, a disfrutar de la lectura y comprenderla, lo que a veces se busca es convertir a chicos de 14 y 15 años en analistas estériles de la lengua; transformada, a su vez, en cadáver sobre una mesa de disección. De ahí a leer un texto y comprenderlo media un abismo que la estupidez de las autoridades educativas, abducidas por ciertos filólogos de minga fría, talibanes teóricos ajenos al pálpito real de las palabras –conozco a un par de ellos–, no hace sino agrandar. Y si creen que exagero, échenle valor y hojeen esos manuales. 
 
Según ciertos cantamañanas, y tengo un libro de texto delante, a la hora de leer, e incluso aunque ni siquiera lea, lo importante es que un alumno adolescente sepa que el sujeto gramatical y el semántico no deben coincidir sino limitarse a coexistir. Pero mucho ojo: eso ocurre sólo en las oraciones activas, porque en las pasivas la cosa cambia al entrar en juego el complemento agente, que es una función sintáctica u oracional fácil de reconocer –la lengua aprieta, pero no ahoga–, pues suele ser un sintagma preposicional introducido por una preposición o por una locución propositiva. Más claro, imposible. Aunque, cuidadín, no todo el monte es orégano: la cosa lingüística y lectora se nos irá al carajo si el alumno ignora que el sintagma nominal funciona como sujeto o complemento directo, y si a su vez el sintagma aloja en su interior otro sintagma, el muy diablillo, o si eso sólo pasa en el predicado, donde los sintagmas preposicional y adverbial –pero también, que no cunda el pánico, en el sintagma nominal– pueden desempeñar la función de complemento circunstancial, directo, indirecto o mediopensionista. Eso, por supuesto, siempre y cuando el complemento predicativo no se confunda con el atributo, porque entonces la habremos fastidiado. Ambos pueden funcionar, ahí donde los ven, como sintagma nominal y sintagma adjetival, siendo un buen modo de despejar la incógnita acudir a los verbos predicativos. Con dos cojones. 
 
Y así, nuestros chicos, futuros políticos, periodistas, youtubers o presentadores de televisión y por tanto novelistas en potencia, atrapados en ese mar de los sargazos lingüísticos, no reirán jamás con una ocurrencia del arcipreste de Hita, no se conmoverán con la noble melancolía del Quijote ni se reconocerán en un soneto de Quevedo, ni sabrán que sus vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. Queriendo convertirlos en forenses de la sintaxis les escamoteamos el corazón vivo, caliente, de la lengua y la literatura. Sólo alcanzamos a ponerles delante, sobre una fría mesa de disección escolar, el cadáver desmembrado de una lengua que a menudo ni aman, ni conocen ni entienden. Ni son capaces de interpretar. 
 
11 de abril de 2021 
 

domingo, 4 de abril de 2021

Conversación en un burdel

Ocurrió hace tanto tiempo que a veces pienso que fue en otra vida, o le ocurrió a otro que no era yo. Quiero decir que el joven de veintipocos años que vivió aquella conversación no era el mismo que casi medio siglo después teclea estas líneas. Nadie vive impunemente. Si miro alguna vieja foto de entonces, a quien veo es a un muchacho de ojos ingenuos que miraba el mundo por el que se movía, la violenta topografía que dibuja el ser humano, con el interés casi escolar de quien pretendía confirmar lo aprendido, o lo intuido, en los muchos libros que junto a un mar viejo y sabio amueblaron su infancia y su todavía reciente juventud. 
 
Había aterrizado en una ciudad oriental buscando lo que yo buscaba entonces. Y algo que aprendí pronto fue que, por seguro que uno crea estar de sí mismo, en determinados lugares es necesaria la humildad profesional. Sobre todo, allí donde ir de listo puede costar el pellejo. Así que mi procedimiento habitual era acercarme a quien controlaba el asunto, decirle acabo de llegar y no tengo ni puta idea, y cuéntame de qué va esto. El método de hacerse adoptar siempre me dio resultado hasta que, con el paso del tiempo, un día comprendí que quien adoptaba era yo, y que de Tintín había pasado a capitán Haddock. Pero ésa es otra historia. El caso es que en aquellos primeros tiempos, gracias al método mencionado, aprendí mucho e hice amigos de ambos sexos que conservé para siempre. 
 
El de aquella ciudad era un viejo corresponsal de un importante diario español. Para mí era un mito vivo, y a él acudí. Había pasado en el extranjero toda su vida, y en ese lugar exótico y turbulento encarnaba todas las virtudes y vicios propios de tal época y clase de personajes. No eran tiempos de correcciones políticas, ni mucho menos. Era, simplemente, el mundo real. Lo acompañé de antro en antro: yo aguantaba bien la bebida, pagaba copas sin que me doliera quedarme sin un dólar y, sobre todo, era callado respecto a mí y eficaz escuchando. Además, lo admiraba; así que le caí bien a ese viejo periodista cínico, drogadicto, alcohólico y putero. De su mano comprendí muchas cosas sobre mi oficio. Nos hicimos muy amigos. Y una noche, en un burdel del que era asiduo, rodeados de chicas de a diez dólares que lo llamaban por su nombre de pila, me dijo algo que cambió mi vida para siempre. 
 
Estábamos apoyados en la barra y él miraba las botellas alineadas enfrente como pensando cuál vaciar a continuación. Yo acababa de preguntarle qué iba a hacer cuando se jubilara –era un hombre mayor– y si podría adaptarse a una vida normal en Barcelona o Madrid. Se volvió despacio a mirarme y movió la cabeza. «Esta es la vida normal», dijo. «O al menos es la mía». Era realmente bueno haciendo frases. Pensé en su casa, su soledad, su desarraigo, vi el cansancio de las ojeras en su rostro fatigado. «No es un sitio para envejecer», aventuré. Y entonces me miró sorprendido, cual si hasta ese momento me hubiera tomado por un chico listo y de pronto descubriese que podía ser tan estúpido como cualquiera. «¿Y a dónde quieres que vaya?», respondió. «Salí hace treinta años de una ciudad en la que ya no conozco a nadie. De un país que detestaba y ahora no me importa. No tengo nada en ninguna parte, ningún otro lugar a donde ir». Encendió otro cigarrillo, señaló al camarero y a las chicas y añadió: «Prefiero estar aquí cuando me reviente el hígado, entre gente que me respetará mientras le pague». Después me pasó un brazo por los hombros y me atrajo hacia él, amistoso. «Piénsatelo, chaval, para cuando te llegue el turno. De ciertos lugares nunca se vuelve». 
 
Pienso en él a menudo, pues lo he estado recordando durante toda mi vida. En realidad, si ahora vivo como lo hago, si tengo una casa y una biblioteca, escribo artículos y novelas, poseo una retaguardia hacia la que empecé a replegarme cuando intuí que la barra de un triste burdel también podía acabar siendo mi hogar y que tal vez fuese yo quien un día contara allí mi historia a un jovencito que empezase el oficio, es seguramente porque aquel viejo reportero me alertó sobre ello. No tengo, fue lo que dijo esa noche, otro lugar a donde ir. Ya he dicho que era muy diestro haciendo frases, y no hay más exacto resumen que ése. En cuanto a él, murió unos años después, alcoholizado, cirrótico, deshecho, en un hospital español. Lo supe por una noticia de veinte líneas en un rincón de su propio periódico. Devuelto, a su pesar, a una tierra donde al final fue más extranjero que en la otra. Y, bueno. Como digo, a él debo esto de ahora. Me hizo asomar sobrecogido, de su mano, a esos lugares de los que nunca se vuelve. Y gracias a él nunca me quedé allí del todo. 
 
4 de abril de 2021

domingo, 28 de marzo de 2021

La colina de San Juan

Hace mucho que no les cuento ninguna batallita. Solía hacerlo antes, eligiendo aquéllas que encerraban lecciones morales resumibles en una: el contraste entre los reyes, políticos y gobernantes, y la admirable tenacidad, el valor y la entereza desesperados con que los infelices españolitos de turno se fueron dejando, durante siglos, la piel en cada episodio. Puestos a que se la arranquen a uno, concluían, al menos vendámosla cara. Hace poco publiqué una novela precisamente sobre eso, que alguno de ustedes habrá leído. Así que iré al grano. 
 
Hoy le toca a las lomas de San Juan, verano del 98, desastre de Cuba. En aquellas alturas, mientras los restos de la América española se iban al carajo para convertirse en América norteamericana, 500 compatriotas nuestros recibieron la orden de resistir a toda costa para cortar al enemigo el paso hacia Santiago, donde estaba bloqueada la escuadra. Los atacantes en ese lugar eran 8.000 norteamericanos: dos divisiones bien pertrechadas. Uno de sus oficiales fue el después presidente Theodore Roosevelt, que compartía con sus hombres el desprecio, anglosajón de toda la vida, hacia esos españoles bajitos, morenos, flacos y abandonados por la metrópoli, roídos por el hambre, la fiebre y las penurias, que llevaban once meses sin cobrar una paga. Así que los gringos se lanzaron al asalto con la chulería habitual, dispuestos a resolver rápido la penúltima papeleta de una guerra que ya tenían ganada. Cuestión de un rato, dijeron. Así que empezaron a subir. Ignorando –y se iban a enterar pronto– que no hay nada más peligroso que un español acorralado con una blasfemia en la boca y un arma en las manos. 
 
Y vaya si se enteraron. Apretando los dientes y dispuestos, ya que su mala suerte y los políticos de Madrid los habían puesto allí arriba, a no regalar a los gringos la merienda, los españoles hicieron de aquel lugar sus Termópilas y se defendieron como fieras, igual que en otro combate simultáneo que tuvo lugar en el cercano pueblo de El Caney; donde, luchando uno contra doce, el general Vara de Rey –eran otros tiempos, los del cuplé– murió combatiendo al frente de sus hombres. En favor de aquellos duros jefes y oficiales hay que reconocer que, forjados en las guerras carlistas y las campañas contra las insurgencias americanas, conocían su oficio. Eran templados y profesionales, o sea. Tenían su puntito y un par de huevos. Así que entre unos y otros, desde las 08:20 hasta las 12:00 del mediodía, dieron a los norteamericanos que atacaban las lomas de San Juan una primera somanta de hostias que los dejó temblando. A ellos, sí. A los que salen en las películas. 
 
Según confesaron los mismos gringos, fue un matadero. El propio Roosevelt, en unas memorias en las que se pintaba como un superhéroe que se comía las balas sin pelar, reconoció que «los españoles demostraron ser unos valientes enemigos, dignos de honor en su tenacidad». Y, bueno. Eso del honor, pretexto de tanta infamia en Cuba y fuera de ella, hace pensar en lo que dijo Unamuno: «Cuando en España se habla de cosas de honor, un hombre sencillamente honrado tiene que echarse a temblar». Pero teniendo en cuenta que lo otro lo escribió un fanfarrón del calibre de Roosevelt, aceptamos pulpo como animal de compañía. El caso es que los norteamericanos fueron frenados por un fuego infernal, con pérdidas enormes, negándose algunas unidades a avanzar. A las 13:00 se lanzó un nuevo asalto sobre la colina principal con dos regimientos apoyados por artillería y tres modernas ametralladoras que hicieron una carnicería en las trincheras españolas. Al fin, los defensores que aún podían caminar tuvieron que retirarse poco a poco, sin dejar de pelear, a la segunda línea de defensa. Y todavía, cuando tras alfombrar con cadáveres propios la subida a las lomas los norteamericanos ocuparon éstas, los españoles intentaron un contraataque para recuperarlas, mandado por el capitán de navío Bustamante, que murió al ser casi aniquilada su unidad. Aquel día en las lomas de San Juan nuestros compatriotas tuvieron 58 muertos y 170 heridos. Pero los norteamericanos lo pagaron caro: 216 muertos y 1.180 heridos. Más o menos, como la primera oleada de la playa Omaha de Normandía, el 6 de junio de 1944. 
 
Imaginen ahora que todo el valor, la tenacidad, la capacidad de sacrificio de aquellos pobres soldaditos españoles se hubiera puesto al servicio del trabajo, la cultura y el progreso de la patria indiferente que esos mismos días prestaba más atención al cartel de la corrida del domingo que a las noticias de Cuba, en vez de malgastarse, para nada, en una guerra que ya estaba perdida. En unas lomas lejanas que no importaban a nadie. En esa colina de San Juan que, como tantas otras cosas, hace mucho hemos olvidado. 
 
28 de marzo de 2021 
 

domingo, 21 de marzo de 2021

«Te va a matar», le dije

Cuántas veces me sacaron del Tenampa, borracho y con un nudo en la garganta. Eso dice la canción y eso podemos también decir algunos, o muchos de los que pasamos por allí. Lo que por cierto, y me refiero a moverse por las cercanías en estado más o menos etílico, no era en absoluto aconsejable –supongo que sigue sin serlo, aunque hace cuatro o cinco años que no voy–, porque podían robarte o matarte en la misma puerta o un par de calles más allá, en el contiguo Tepito. De cualquier modo, eso le daba un sabor especial al lugar y la plaza. Ésta era la Garibaldi de la ciudad de México; y el lugar, la famosa cantina Tenampa, corazón de la mitología musical de ese país fascinante y formidable, cuyas paredes y rincones, entre mariachis y tequila, habitan los fantasmas entrañables de José Alfredo, Chavela, Vicente Fernández, Juan Gabriel, Cornelio Reyna y tantos otros. 
 
Durante toda mi vida, cada vez que viajé a México –y lo hice al menos una vez al año durante más de treinta–, el Tenampa era noche obligada. Me ponía unos vaqueros y me remangaba la camisa, dejaba el reloj en la habitación, cogía unos pesos y tomaba un taxi desde mi hotel, que era el Camino Real, para instalarme en una de las mesas según se entra a la derecha, pegado a la pared, y allí mirar, beber Herradura Reposado y, cuando aún se podía, fumar unos cigarrillos. A ese lugar debo recuerdos maravillosos con mis amigos –Élmer Mendoza, Xavier Velasco, Germán Dehesa, el Batman Güemes– y otros a solas o no del todo, aparte las conversaciones con mi compadre el mariachi César, casado con española, que una noche me dijo: «Oiga, mi don Arturo, yo soy malinchista. Nací en Tlaxcala, como los indios que ayudaron a Cortés contra los aztecas –hizo entonces un ademán referido a los otros mariachis que escuchaban sonrientes–. Así que entre usted y yo chingamos bien a todos estos cabrones». 
 
Podría escribir un libro con recuerdos del Tenampa, mezclados con sabor de tequila y letras de canciones: Me caí de la nube, Un mundo raro, Nos estorbó la ropa, Mujeres divinas. Cuando estaba en las cantinas, decía José Alfredo, no sentía ningún dolor. Yo tampoco lo sentía allí, sino todo lo contrario. El Tenampa fue mi felicidad mexicana junto con la cantina salón Madrid de la plaza Santo Domingo, las librerías de viejo de la calle Donceles, los escamoles del San Ángel Inn y la mañana en que me enamoré del doctor Atl, y no sólo de él, en una sala desierta del Museo Nacional. Del Tenampa conservo también una anécdota precisa y peligrosa, vinculada a alguien que fue muy amigo mío y que ya no lo es. 
 
Mi amigo –hoy lo llamaré Miguel– era un editor mexicano. Inteligente, muy divertido, tenía un punto flaco: veía a una mujer hermosa y perdía los papeles. Le iba bien con ellas y eso lo tenía mal acostumbrado. Y una noche, estando los dos en el Tenampa, vi que ponía ojitos a una señora muy guapa que estaba acompañada. El hombre –camisa negra, sombrero tejano negro puesto– estaba de espaldas a nosotros y ella de frente. Miguel empezó a timarse con la mujer, y al final el otro se dio cuenta. Cuando se volvió a mirarnos vi un bigotazo norteño y unos ojos duros, y también vi –una vida como la que llevé de joven te deja un par de lecciones bien aprendidas– que el fulano era de los que cargan pistola. Y todo quedó más claro cuando éste se levantó, hizo cambiar de sitio a la mujer y quedó él frente a nosotros, mirándonos sombrío. «Te va a matar», le dije a Miguel. Pero éste llevaba extra de tequila en el cuerpo y se lo tomó a guasa. Y cuando se levantó para ir a los servicios, a la vuelta, le dedicó a ella una descarada sonrisa. 
 
Todavía no se había sentado mi amigo, cuando el del bigote hizo ademán de levantarse. Yo había visto esos ojos antes en otros lugares, Nicaragua, El Salvador, y conocía las consecuencias. Así que me adelanté, yendo derecho hacia él, y le corté amablemente el paso. «Le ruego que disculpe a mi amigo, señor –dije con mucha humildad–. Está borracho y tiene motivos. Está desesperado. Su mujer acaba de dejarlo y anda buscando que lo maten. Le juro que ahora mismo lo saco de aquí». El fulano se me quedó mirando –conservaba puesto el sombrero–, y sin decir nada volvió a sentarse. Yo fui hasta mi mesa, llamé al camarero, mandé dos tequilas a la del individuo, agarré por el brazo a Miguel y, pese a sus protestas, lo saqué a la calle. El muy hijoputa se reía. «Te he oído –dijo, divertido– y no sabía que hablaras tan bien el mexicano». Yo, enfadado, seguía empujándolo hacia el aparcamiento donde teníamos el coche. «El mexicano se pronuncia como el español –respondí– pero mucho más peligroso». 
 
21 de marzo de 2021 
 

domingo, 14 de marzo de 2021

Desayuno en Beirut

Hace un sol de invierno en Puerto Banús y estoy sentado en la terraza del Salduba, mirando los barcos. En una mesa cercana hay un hombre mayor que habla por teléfono, en árabe. Viste bien, con maneras europeas que se ven habituales; las de quien lleva muchos años aquí. En un momento determinado dice kus immak e ibn charmuta refiriéndose a alguien, y los dos viejos insultos levantinos, viejos como la vida, me hacen sonreír. El hombre advierte mi sonrisa y al terminar la conversación me pregunta en esa lengua si hablo árabe. Le respondo en español que no, que sólo conozco un centenar de frases y palabras, incluidos casi todos los buenos insultos. Se ríe, conversamos. Es libanés, de origen palestino. O para ser exactos, palestino nacido en el Líbano. En un lugar llamado Tal Zaatar. 
 
–La Colina del Tomillo –apunto. 
 
Se sorprende, me pregunta, le explico. Estuve allí en 1976, durante la batalla: norte de Beirut, treinta y cinco días de combates. Lo vi todo, o casi todo. 
 
–¿Con nosotros? 
 
–No. Esa vez me tocó estar con el otro bando. Pero vi los muertos y los fugitivos, mujeres y niños… A los hombres combatientes los mataron a todos. 
 
–Yo fui uno de aquellos niños. 
 
El Líbano, Beirut, los recuerdos comunes unen mucho, incluso tanto tiempo después. O precisamente a causa de todo el tiempo transcurrido. Durante un largo rato intercambiamos memoria, lugares, sensaciones. Y acabamos tuteándonos. 
 
–¿Sabes lo que realmente añoro de entonces? –le confieso–. Los desayunos con manouche
 
–¿En serio? 
 
–Completamente. Para mí es el aroma de Oriente Medio: el de mis primeros viajes y mi juventud. 
 
Hablamos otro buen rato sobre eso, recordando el maravilloso manouche con zaatar, tan popular allí: pan redondo y plano, con tomillo, orégano y aceite, que se come a mordiscos, enrollado y caliente. Le cuento a mi interlocutor que ése, la chawarma y el hummus eran la alimentación habitual –nutritiva y barata– del joven reportero que yo era entonces, pero que lo mejor llegaba con el desayuno. Según la zona de Beirut donde estuviese, el hotel Commodore en el lado musulmán o el Alexandre en la zona cristiana, salía cada amanecer a uno de los puestos callejeros donde hacían manouche, me ponía en la cola de la gente que aguardaba –a veces corría con ellos a buscar refugio cuando caían bombas demasiado cerca– y me sentaba a mordisquear mi desayuno con un café turco y un cigarrillo antes de empezar la jornada laboral. Y quizá porque aquel Líbano se quedó en mi piel como un tatuaje, marcando el resto de mi vida y mi trabajo, todavía hoy asocio el sabor y el aroma del manouche con los años de juventud, peligro y aventura. 
 
De todo eso y de algunas cosas más hablamos mi interlocutor, que se llama Jalil, y yo en la terraza de Puerto Banús. Y cuando nos despedimos, se me queda mirando. 
 
–¿Te gustaría desayunar manouche otra vez? 
 
Le respondo que sí, claro. Que conozco un par de sitios en París, uno en la rue Saint-André des Arts y otro junto a Les Halles, a los que voy temprano y espero paciente hasta que abren, calientan la plancha y me hacen uno. Cuando escucha todo eso, Jalil sonríe y me da una tarjeta. 
 
–Tengo un restaurante cerca de la playa –dice–. Ésta es la dirección. Si vas mañana a las nueve, te harán uno. Voy a telefonear para que te lo preparen… Yo no estaré, porque me levanto tarde. Pero será un honor si aceptas. 
 
El honor es mío, respondo. Claro que acepto. Y al día siguiente, a las nueve menos un minuto, estoy en la puerta del restaurante, situado entre Banús y Marbella. Lo encuentro cerrado por estar fuera de temporada y pienso que he venido en vano, cuando se abre la puerta y sale un individuo sin afeitar, con cara de sueño, delantal de cocinero y cara de traficante de blancas de los años treinta. Sin decir una palabra me hace entrar, y en una mesa cubierta con un mantel veo una cafetera de café turco y un manouche perfectamente enrollado y caliente en su envoltorio de papel. Entonces me siento, rompo la parte superior del papel, aspiro el aroma del tomillo, el orégano y el aceite, y regreso a Beirut y a mi juventud, cuarenta y cinco años después. 
 
14 de marzo de 2021 
 

domingo, 7 de marzo de 2021

Aquí, mojándome

Llevo unos años asomado a Twitter, y sigo en ello porque me parece una poderosa herramienta de comunicación para lo bueno, que es mucho, y para lo malo, que tal vez sea más. En pocos lugares como ése se advierte lo mejor y lo más despreciable de la condición humana. Por eso permanezco atento a la pantalla. Lo hice al principio de forma combativa y lo hago ahora de modo más contemplativo. No debato con nadie: planteo asuntos, miro y aprendo pese a mis años. También me hago viejo y me canso. Eso hace que algunos seguidores me lo reprochen. Mójese, don Arturo. No escurra el bulto, juzgue, opine. Olvidan, quienes eso plantean, que Twitter, o por lo menos el mío, no es un servicio público, sino un rincón propio y libre. La barra del bar donde tomo copas con los amigos. Y que a nada obliga. Pero hay algo más, y de eso quiero hablarles hoy. 
 
En lo de mojarse, llevo haciéndolo casi 30 años, desde que dejé de ser reportero. Los viejos lectores de esta página y los tuiteros más veteranos lo saben: lamenté que Felipe González nos arrebatase la fe en las cosas hermosas, que la arrogante ambición de Aznar nos llevase al desastre, que la imbecilidad de Zapatero iniciase la demolición del Estado, que la desvergüenza de Rajoy y sus cuarenta ladrones dejase a España hecha una piltrafa, que la cínica chulería de Sánchez nos lleve al borde del abismo y que la siniestra catadura de Pablo Iglesias –el único que, paradójicamente, no pretende engañar a nadie– no haya disparado ya todas las alarmas democráticas entre quienes todavía lo aplauden. 
 
Todo eso lo dije por escrito y de viva voz, nunca por defender a los míos frente a los otros, pues los míos están en mi biblioteca y nada tienen que ver con tanta basura. Por decirlo he pagado los precios correspondientes, algunos muy altos e incómodos. No fui el único, por supuesto, pero sí de los pocos. Ahora decirlo suena raro, pero apelo a la memoria de ustedes para recordar que durante muchos años quienes se la jugaron en público fuimos cuatro gatos. Otros opinadores y/o novelistas, algunos de ellos mostrando una admirable capacidad de succionar lo que hiciera falta, navegaban entre dos aguas, barrían para casa, hablaban muy bajito para su pandilla e incluso afeaban el desgarro de quienes dábamos la cara. Ahora es diferente, claro. En el descojone general están más arropados y cacarean. Pero esos humos podían haberlos soltado en Despeñaperros. 
 
Este año cumpliré los setenta y estoy cansado. España no se respeta a sí misma y ha conseguido que nadie la respete fuera, convirtiéndose en el pitorreo de Europa y América. Pese a los repetidos toques de alerta de quienes lo vimos venir, este patio de Monipodio es al fin un disparate en manos de demagogos, oportunistas e irresponsables de todos los colores y parlas. Que, no lo olvidemos, son elegidos por aquellos millones de españoles a los que sin duda representan. Por eso quiero que esta página sirva hoy de manifiesto personal. Me borro de debates y otras mierdas. Me aparto del debate político, de la pandemia, del feminismo ultrarradical que tanto perjudica al de verdad, de las palabras con tilde o sin tilde. Me niego a comentar la actualidad, a puntuar el día a día de nuestra estupidez y nuestra vileza. No excluyo que si alguna vez se me sube la pólvora al campanario alce la voz para ciscarme en los muertos de alguien; pero quiero envejecer tranquilo, y gracias a ustedes puedo hacerlo. Seguiré tecleando artículos semanales, tuiteando y escribiendo novelas, mientras las lean. Y cuando quiera aludir al presente, ya que mis propias palabras me aburren de tanto repetirlas, buscaré hacerlo como hago últimamente en Twitter, con voces tomadas de esa biblioteca que es a la vez consuelo y analgésico. Demostrando que somos tan estúpidos que creemos nuevo lo que, simplemente, ignoramos o hemos olvidado. 
 
Así que ya saben. Quienes quieran buscarme, aquí me encontrarán mientras la salud y la vida lo permitan, imaginando y contando historias, que es mi oficio. En cuanto a largarme a Andorra o a Groenlandia, que también podría, no entra en mis planes. Ésta es mi tierra y ésta mi gente. Amo a España por desgraciada, como a esas huerfanitas de las radionovelas antiguas: por lo mucho que sufre y ha llorado, y todavía va a llorar. No quiero mirarla cobarde y a salvo, desde lejos. Y no estoy dispuesto a que una pandilla de hijos e hijas de puta –seamos paritarios en eso– a los que financio cada año con la mitad de mis ingresos, logre echarme de mi patria. Aunque como español ya sólo tenga fe en el jamón ibérico, en Miguel de Cervantes y en la Guardia Civil. 
 
7 de marzo de 2021

domingo, 28 de febrero de 2021

El amigo del cole

Lo vi parado junto a un semáforo, al otro lado de la calle. Pude reconocerlo en el acto pese a los 54 años transcurridos desde la última vez. Miraba a uno y otro lado esperando cruzar, sin darse cuenta de mi presencia. Me sorprendió su fragilidad; en mi recuerdo era más alto. Lo habían expulsado de nuestro colegio, los Maristas de Cartagena, un año antes que a mí. Y que no nos hubiesen echado juntos no era más que una casualidad. Tuvo menos suerte y dio motivo antes, aunque en realidad los dos habíamos dado motivos de sobra los años que compartimos aula. Era verdaderamente un tipo duro, y lo llamaré Rafael. Indisciplinado, cimarrón, poco amigo de obedecer e hincar el codo, fue el niño más independiente e irreductible que conocí en mi vida. Aguantaba las bofetadas de los profesores –eran otros tiempos– con una sonrisa que yo procuraba imitar. 
 
Tampoco yo era el Enrique de Corazón de Edmundo de Amicis. El respeto a la autoridad docente no era una de mis virtudes. Acumulaba suspensos y repetí cursos, como Rafael. Compartimos pupitre desde los nueve años bajo la férula de un hermano marista apodado el Cuellotoro, y contra él, en compañía de otro salvaje alumno conocido como Manolico el Nabo, hicimos las primeras y gloriosas armas. Los golpes y los castigos –«Usted y usted, hasta las ocho»– nos unieron como en una cárcel se unen dos presos peligrosos. Nosotros lo éramos, y no poco. 
 
Esa solidaridad de proscritos se reforzó en los cursos siguientes, ante la Ballena Alegre –se dormía fumando y se le quemaban los papeles, o se los quemábamos nosotros–, el Severiano, el Tomate, el Poteras. Éramos imaginativos e insolentes, sin respeto a los dioses ni a los hombres. Rafael más audaz y yo más creativo. Él era capaz de acercarse al Tomate, que era sordo como una tapia, decirle entre dientes «hijoputa» y obtener como respuesta: «Sí, sí, pásenlo a limpio con tinta y a pluma». Lo mío era algo más trabajado. El Poteras –ése fue mi Richelieu, mi Moriarty, el primer enemigo malvado que tuve en la vida– nos encargaba una redacción sobre la muerte de un amigo, y yo contaba con detalle, sin una sola falta de ortografía y obligándolo a ponerme como mínimo un aprobado, la atroz muerte de mi amigo el gato Poteras, al caerse de un tejado cuando estaba tonteando con una gata. 
 
Los profesores nos odiaban y ese odio era mutuo. En mi caso hubo dos excepciones: el hermano Luis, de Latín, y el hermano José Luis Vallejo, de Literatura. Pero Rafael no conocía excepciones: iba contra todos por igual. Yo lo admiraba tanto que lo secundé incluso en empresas suicidas como robarle cigarrillos al Paco Farolas, traficar con tizas ante el temible hermano Severiano, leer tebeos de Hazañas Bélicas en clase o presentarnos ante el hermano Rebollo, un abuelete al que habían encarcelado en la Guerra Civil y era un fascista de tomo y lomo, cuadrándonos en la puerta con el saludo falangista, un taconazo y el grito «Arriba España», porque así nos subía la nota. A la hora del recreo nos largábamos al puerto a ver los barcos y ya no volvíamos, nos colábamos en los cines de sesión continua o íbamos a la puerta de San Miguel y las Carmelitas a ver salir a las niñas que nos gustaban. En las peleas a la salida de clase, cuando los alumnos ajustaban cuentas en un ring improvisado con las carteras de los compañeros, peleábamos juntos contra los otros, apoyándonos espalda contra espalda. Nos profesábamos esa lealtad ciega de la que sólo los niños valientes son capaces. No sé lo que yo era para él; pero en mi caso, Rafael era un héroe. Tal vez el primer héroe de carne y hueso que conocí en mi vida. 
 
Y allí estaba Rafael, medio siglo después, al otro lado de la calle. Cambió el paso de peatones a verde y lo vi avanzar mientras yo también lo hacía. Al acercarnos uno al otro sentí una incómoda desazón. Lo vi pequeño, ajado, viejo, nada que ver con el homérico luchador que yo recordaba. Cuando llegamos al centro de la calzada me quité el sombrero y me reconoció. Nos quedamos allí parados, mirándonos. «Arturo», dijo. «Rafael», respondí. Imagino que también me vio como yo lo veía: viejo, lejano, desconocido. La gente pasaba por nuestro lado y los coches aguardaban la luz roja. Nos estrechamos la mano, titubeantes. De pronto encogió los hombros. «Te sigo», comentó. «Y yo me alegro de verte», repuse. El semáforo estaba a punto de cambiar. Sonrió muy despacio, melancólico, y no reconocí esa sonrisa. Ni siquiera sus ojos eran los mismos, y leí en ellos que tampoco los míos. «Tenemos que vernos», dijo. «Claro», asentí. Nos dimos otra vez la mano y cada cual siguió su camino. 
 
28 de febrero de 2021 
 

domingo, 21 de febrero de 2021

No hay café, gilipollas

A ver si soy capaz de explicártelo, pedazo de gilipollas. Lee bien lo que te digo por si te sirve de algo, y de paso me sirve a mí. Uno de los efectos secundarios de la infinita capacidad de estupidez del ser humano es que reduce la compasión de cualquier observador lúcido. De esa estupidez nadie es inocente; todos somos responsables y víctimas. Pero sus manifestaciones extremas encierran un daño colateral: que cuando llega la nueva desgracia pronosticada en la lotería de la vida, ésa que las despiadadas reglas naturales imponen periódicamente –geometría del caos lo llamaba Faulques, un fulano que sale en una de mis novelas–, algunos observadores lúcidos miren la cosa con menos horror que curiosidad científica. Incluso con un amargo «pero ¿qué esperabais, idiotas?». Y ojo al dato, oye. Porque lo de idiotas va por ti. 
 
La compasión, te digo. Busca la palabra en el diccionario y me ahorras texto. Me preocupa que ahora la pongamos tan difícil. Tú y yo, claro; pero –perdona que aquí pluralice menos– sobre todo tú. En otros tiempos tenías justificaciones, atenuantes; pero hace mucho que casi todos llevamos en el bolsillo un aparato donde basta pulsar una tecla para acceder a tres mil años de cultura, ciencia y memoria. Así que la excusa de la ignorancia no vale un carajo. Y esa certeza es peligrosa, porque de las pocas palabras que cuando todo se derrumba nos mantienen erguidos –dignidad, lealtad, amor, honradez y alguna otra– la compasión es básica. Si se pierde, es difícil recuperarla. Y sin ella, el ser humano se convierte un poco más en el peligroso animal que siempre fue, aunque la idiotez de nuestro siglo lo camufle con frases de Paulo Coelho. Sin compasión, estamos fritos. Nos volvemos gruñones, misántropos, egoístas, vitriólicos, francotiradores. Sin compasión me acabaré ciscando en tu puta madre, y eso no es bueno. No me quites la capacidad de compasión, por la cuenta que nos trae. Por lo menos, a mí. 
 
Esa compasión me la pusiste de nuevo en peligro hace unos días, viéndote en la tele. Eras tú, el de siempre. Salías hablando de los terremotos que han sacudido Granada porque ese día eras de allí, aunque te he reconocido en otros lugares. Y oyéndote hablar, me enganchaste de nuevo. Tu comentario era estupendo, y lo apunté para que no se me fuera: «Tienen sismógrafos para prevenir estas cosas, pero nadie nos ha avisado. Es una vergüenza». Eso fue lo que soltaste. Y no me digas que recordada en frío no es una frase cojonuda. Resume de forma admirable un montón de cosas que no detallaré porque sonarían a insulto, pero sí te digo una: estás mal acostumbrado, ciudadano. O, seamos compasivos, te acostumbraron mal. Pasó igual cuando Filomena taponó España con nieve, las carreteras se llenaron de automóviles bloqueados pese a que se había advertido de lo que venía, y saliste en el telediario a quinientos metros de Carrefour –ese día eras mujer, pero te reconocí– indignado porque tenías niños en el coche, llevabais allí doce horas «y no ha venido nadie a ver cómo estamos, y ni siquiera nos han traído un café». 
 
Podría seguir poniéndote ejemplos. Los hay a millares, pero con ésos te harás idea, a menos de que seas muy imbécil, de por qué te llamo imbécil. Primero, por tu incapacidad de asumir que el mundo es un lugar hostil donde pasan cosas malas, donde normalidad y seguridad son relativas, y donde puedes horrorizarte, pero no sorprenderte. Y en segundo lugar, porque crees que el Estado, sea el que sea y lo maneje quien lo maneje, tiene la capacidad y la obligación de llevarte ese café o avisar por teléfono de que en tu casa se van a resquebrajar las paredes dentro de media hora. Pretendes, cretino implume, que el mundo sea una oenegé dispuesta a atenderte en el acto; y en caso contrario buscas automáticamente un responsable, una autoridad, un policía, un bombero; alguien en quien descargar el resultado de tu imprevisión, o a quien atribuir responsabilidades que nada tienen que ver con la voluntad humana. Eres tan infantil que no comprendes que no todo es previsible, y que nadie es inmune al caos periódico, al zarpazo de una Naturaleza desprovista de sentimientos. Se cae el avión, pillas el bicho, se estrella el coche, y lo primero que haces es buscar a quien se zampe el marrón. Necesitas culpables, y tal vez ésos a los que acusas lo sean; pero no por los motivos que esgrimes. Llevan demasiado tiempo haciéndote vivir en un cuento de hadas que acaba cuando pasas la página o tecleas en Google las palabras Boko Haram, Afganistán o mujeres de Ciudad Juárez. Te han hecho creer que el mundo es por fin un lugar seguro y que papá Estado se ocupa de todo. Te han engañado como a un chino, suponiendo que a los chinos de ahora los engañe alguien. 
 
21 de febrero de 2021

domingo, 14 de febrero de 2021

El amor de una noche

Había sido muy guapa, y a los 82 años todavía lo era. Después he visto una foto de su juventud, con un vestido rojo que no hace sino confirmarlo. Fue realmente un trueno de mujer, de las que pisan fuerte. Nacida en la Martinica, enviada por sus padres a estudiar a Francia siendo quinceañera, entró precozmente en el mundo cultural parisién. Atractiva, audaz, lectora voraz, conoció en persona o entabló correspondencia con los nombres más importantes del momento: Anouilh, Camus, Sartre, Cocteau, el actor Jean Marais… Incluso llegó a tiempo de tratar a Colette antes de que la famosa novelista desapareciese. Adoraba a Alejandro Dumas en particular y la literatura en general, pero su libro favorito siempre fue el Quijote. Eso la llevó a vivir en Madrid, a enamorarse de España. A convertirse en la gran señora del hispanismo francés que fue toda su vida. 
 
La conocí en Tolón, sur de Francia, hace poco más de un año. Se celebraba un congreso sobre la presencia del Mediterráneo en mis novelas, y allí se habían reunido catedráticos, profesores y amigos franceses, italianos, ingleses y españoles. Marie-Stéphane Bourjac, especialista en mi trabajo, era la moderadora de unas charlas que yo agradecía pero procuraba evitar o asumía con resignación, pues a todo novelista –al menos a mí me pasa– le avergüenza escuchar a quienes, aunque sea para bien y no para mal, desguazan y analizan sus libros. Aquella noche fuimos todos a cenar a Le Gros Ventre, y ella y yo nos sentamos juntos. Era una gran conversadora, entusiasta de muchas cosas que compartíamos. Hablamos de todo en varios tonos distintos, desde Juan Valera y Felipe Trigo hasta la pesca del atún rojo en el Mediterráneo. Del mar, que ambos necesitábamos. De la vejez, de la juventud y de los amores. 
 
Para mi asombro, y seguramente el suyo, terminamos coqueteando. O algo parecido. La situación era agradable y Marie-Stéphane recobraba o recordaba, supongo, antiguos y gratos reflejos. Ecos de lo que fue y que, en aquel momento casi mágico, todavía era. Nos rozábamos las manos al conversar. Sus 82 años se desvanecían, diluidos en sus palabras y su sonrisa. Hablaba como si el tiempo no hubiera pasado en la vida de aquella jovencita que llegó a París, en la mujer que llegó a Madrid. Le brillaban los ojos, aniñándole el rostro. De pronto me hacía confidencias sobre su juventud, sobre su gato Mazarin y su nueva gata Tessa, adoptada, que si hubiera sido gato, aseguró, se habría llamado Sidi. Sobre su pasión infinita por el mar, en el que se bañaba incluso en invierno porque, decía, podía aguantar el frío tan bien como una ballena. Y también sobre un español cuyo nombre no pronunció, al que había amado durante toda su vida, pero junto al que no pudo envejecer. 
 
No me habló de su cáncer hasta que salimos del restaurante. Caminábamos por la orilla del mar, muy por detrás del grupo. El cielo estaba cuajado de estrellas, destellaba un faro a lo lejos, y la penumbra de la noche difuminaba la frontera de nuestra edad. Se cogió de mi brazo y anduvimos despacio. Estaba muy enferma, confesó. Su vida dependía, sin remedio, de una operación de las que son decisivas, a cara o cruz. A vida o muerte. El quirófano estaba previsto para esas fechas, pero había conseguido aplazarlo para participar en el congreso. Eran aquéllos unos días felices que no quería perderse, dijo. Y añadió: «Estos días son para mí como una última luz antes de entrar en la oscuridad». Fue exactamente lo que dijo: entrar en la oscuridad. En cuanto a mí, soy mejor escuchando que hablando, así que atendía en silencio. Se apretó un poco más contra mi brazo y apuntó de improviso, pensativa: «Por un tiempo fui una joven más bien disoluta». Rió un poco al decirlo, y aún más cuando apunté: «Me habría gustado mucho conocerte cuando lo eras». Seguía riendo cuando hizo un ademán hacia la noche y dijo: «Quizá en otro tiempo nos habríamos besado». Asentí a eso, convencido. «No te quepa la menor duda», repuse. Entonces se inclinó hacia mí y nos besamos en la mejilla el uno al otro. 
 
Hace una semana me contactó desde Tolón una común y querida amiga, Marie-Thérèse García, para decirme que Marie-Stéphane se veía al borde de la oscuridad final, de la última certeza. La operación no había salido bien y se hallaba en cuidados paliativos, estoica como siempre, consciente de la situación; pero me enviaba sus recuerdos. «Cuando vayas a verla –respondí– dale un beso por mí, y dile que quiero que el último beso que reciba de un hombre sea mío». Ayer, nuestra amiga me envió un correo electrónico para decirme que Marie-Stéphane había muerto. Que llegó a tiempo de darle mi encargo. Y que sonreía. 
 
14 de febrero de 2021

domingo, 7 de febrero de 2021

Una orgía en Roma

Fue una noche de comedia perfecta, aunque todo se improvisara sobre la marcha. Ocurrió en Roma a principios de los años 80. Yo estaba allí volviendo de un viaje al Líbano y mi periódico me pidió que cubriese una visita del presidente del gobierno español. Lo acompañaban varios periodistas, y esa noche fuimos seis o siete a cenar a l’Antica Pesa con Fernando Puig de la Bellacasa, alto funcionario de Presidencia y buen amigo mío. Uno de los periodistas era un joven tímido y muy católico al que llamaré Pedro, que trabajaba para una agencia de noticias del Opus Dei. Y al final de la cena, ya con cierto nivel de alcohol en el cuerpo, me levanté y, como si lo hubiésemos acordado antes, dije: «Dadme las cinco mil pesetas cada uno y vamos a lo otro». Sin saber de qué iba la cosa, pero siguiéndome la corriente –todos éramos viejos zorros y nos conocíamos de sobra– Pepe Oneto, Amalia Sampedro, Fernando Puig y los otros me dieron el dinero, o fingieron dármelo. También Pedro lo hizo sin saber para qué. Conté la pasta, pasé revista al grupo y dije: «Vale, voy a telefonear. Una puta para cada uno y un tío guapo para Amalia». 
 
Pedro se levantó como impulsado por un resorte. «¿De qué va esto?», preguntó alarmado. «Es la costumbre», respondí; y todos incluida Amalia, como una coordinada panda de cabrones, asintieron muy formales. «¿Nunca oíste hablar de las orgías romanas?», añadí. Pegó Pedro un respingo, se levantó de la mesa y se fue del restaurante sin reclamar siquiera las cinco mil pesetas, con las que pagamos las copas. Nos reímos mucho y allí acabó todo por el momento. Pero al regreso al hotel, ya muy tarde –estábamos en el Plaza de la vía del Corso–, se nos ocurrió prolongar la broma. Así que nos agrupamos en torno a un teléfono del vestíbulo mientras Fernando Puig, que hablaba un italiano excelente, telefoneaba a Pedro a su habitación haciéndose pasar por el recepcionista: «Señor, aquí hay una señorita llamada Paola que quiere subir a su habitación. ¿La autoriza?». Aterrado, Pedro dijo que no, que no la conocía, y colgó el teléfono. Diez minutos después, Fernando volvió a llamar. «Mire, señor, éste es un hotel serio. La señorita Paola insiste. Dice que usted la ha citado, que ha venido desde lejos y que quiere verlo inmediatamente». Colgó Pedro, y a la tercera llamada ya no cogió el teléfono. Todo iba a acabar ahí, pero entonces –audacem forsque venusque iuvant– un golpe de suerte vino en nuestro auxilio. Apareció Antxón Sarasqueta, otro periodista español que no había estado en la cena. Y le contamos la historia. 
 
Cinco minutos más tarde, el recién llegado llamaba a la puerta de la víctima: «Abre, que soy Antxón». Se entreabrió la puerta y asomó la nariz la angustiada víctima. «Tío, la que has liado abajo. Hay una puta montando un escándalo en recepción, y dicen que van a llamar a la policía». Pedro, blanco como el papel, tartamudeaba: «No sé nada de eso, te lo aseguro. Te juro que no conozco a esa Paola». Antxón, perfecto en su papel, repuso inspiradísimo: «¿Y cómo sabes que se llama Paola?». Y cuando el otro, al borde de la lipotimia, se agarraba a la puerta para no caerse al suelo, remató implacable: «Pues dicen en recepción que mañana van a mandar un fax a tu agencia para protestar por tu comportamiento. Que no se puede citar a una profesional de la noche y dejarla tirada en un hotel como éste». 
 
Así acabó todo. Al menos, para nosotros. Una borrachera de risas y una historia por contar, de las muchas que el lado gamberro de aquel oficio nos deparaba. Sin embargo, como luego supimos, la historia no terminó allí. Porque aterrado Pedro, tras pasar la noche en blanco, por la mañana telefoneó a su agencia –del Opus Dei, insisto– para asegurarles que con la historia de la mujer en el hotel de Roma él no había tenido nada que ver. Y como ésa fue la primera noticia que del asunto tuvieron en la agencia, telefonearon al ministerio de Exteriores para averiguar qué había pasado. Y los de Exteriores telefonearon a Fernando Puig de la Bellacasa; que, por supuesto, aseguró ignorarlo todo, liquidándolo con un mundano –era un chico guapo, elegante, con mucha clase– «Una noche equívoca puede tenerla cualquiera». En cuanto a la víctima, en adelante se negó siempre a hablar del asunto. No hubo para él ninguna consecuencia, claro. Pero todavía un par de años después, cada vez que uno de nosotros se encontraba con algún periodista de su agencia, éste nos guiñaba un ojo preguntando por la famosa aventura de Pedro con una puta en Roma. Que yo recuerde, no la desmentimos nunca. Al contrario, fue creciendo en detalles con el tiempo. Y de ese modo, Pedro, Paola y el recepcionista del hotel Plaza pasaron a la iconografía de los reporteros españoles. Así es como se forjan las leyendas. 
 
7 de febrero de 2021

domingo, 31 de enero de 2021

Mil millones de rayos

Acaba de cumplir 80 años fiel a sí mismo y leal a sus amigos, que es más de lo que podría decirse de muchos de nosotros. El 9 de enero de 1941, a bordo del buque Karaboudjan, el capitán Haddock entró en la vida del reportero Tintín y en la de sus lectores, exactamente en la página 14, novena viñeta, de El cangrejo de las pinzas de oro. Dos décadas más tarde lo hizo en la mía, y ahí permanece tras haber influido mucho en ella, pues Haddock fue uno de mis primeros grandes compañeros de infancia y lecturas. Él me impulsó a echarme al hombro una mochila para salir luego a buscarlo en la vida real; y como escribí hace tiempo, tuve la fortuna de encontrarlo y reconocerlo en muchas ocasiones, «cada vez que alguien estuvo junto a mí, hombro con hombro, cuando un avión Mosquito del Jemed viraba sobre la popa de un sambuk para ametrallarnos en el Mar Rojo»
 
Siempre deseé envejecer junto a él cuando al fin todo terminase, recordando peripecias, conversando sobre viejos enemigos que, con el tiempo y la costumbre, llegan a ser tan entrañables como los amigos. Y casi lo he conseguido, mil millones de rayos. Muchas tardes me siento con Haddock en la biblioteca, le sirvo un whisky Loch Lomond, y envueltos en el humo de su pipa acariciamos el lomo de tela de las veintitrés antiguas ediciones antes de abrir juntos una u otra, al azar, recordando: Allan, Muller, el coronel Sponz, el millonario Rastapopoulos y tantos otros. Para cada uno tiene el veterano capitán un gesto de memoria, una palabra adecuada: filibustero, ectoplasma, bachibuzuk, coloquinto, zuavo, mequetrefe, especie de logaritmo, rocambole, giróscopo, fátima de baratillo, nictálope, megaciclo, pirómano… El insulto como una de las bellas artes. También los amigos desfilan por el álbum de la memoria: Tornasol, Abdallah, Oliveira da Figueira, Chester, Zorrino, Serafín Latón, Piotr Pst («ametrallador con babero») y todos los demás. Y Tintín, claro, siempre inmutable, virginal en su papel de boy scout frío y cerebral, de una sola pieza, a diferencia de la humanidad torrencial del viejo marino barbudo que, él sí, evoluciona, crece, muestra el desgarro humano, los errores, las sombras y los destellos de luz, con la contradictoria grandeza de un personaje de Shakespeare. 
 
Se equivocan mucho quienes consideran al capitán Haddock simple personaje cómico de las historias tintinescas. No tienen ni remota idea. A la altura respecto a Tintín de un Long John Silver, un Elzevir de Moonfleet o un Falstaff, dos momentos de su biografía bastan para consagrarlo en lo que a lealtad y heroísmo se refiere. Uno es cuando en el Tíbet, colgando de una cuerda a punto de arrastrar a Tintín al abismo, se dispone a cortarla para caer solo y, sacrificándose, salvar la vida de su amigo. Otro, cuando actuando como un experimentado marino dirige tenaz, desde el puente del Ramona, las maniobras evasivas para escapar a los torpedos de un submarino pirata en el Mar Rojo y salvar a los hombres indefensos que están a bordo («Nosotros no zuavos, nosotros buenos negros que ir a La Meca»). Esos dos momentos de heroísmo enternecedor, coraje y pericia marinera, bastan para situarlo entre los grandes héroes de la aventura. 
 
Conozco al capitán Haddock tan bien como a mí mismo, o más. Hasta en sus intimidades penetro. Estoy al tanto de que, aunque moderó su afición al whisky –veintiún borracheras en quince aventuras–, la cirrosis le ronda el hígado; y que todo el tabaco fumado –quince veces se quema la barba o los dedos al encender la pipa– dejó huella en sus pulmones. Sé también que no visitó más que tres veces a un médico y sólo se vio hospitalizado en dos ocasiones, y que alardea de ello; pero también sé que sufrió ciento nueve golpes diversos en la cabeza y perdió el conocimiento trece veces. Eso, claro, sin contar los efectos de la gravedad y falta de ella durante los viajes a la luna. También estoy al corriente de que, por mucho que reniegue de Bianca Castafiore, el ruiseñor milanés es el verdadero amor de su vida, como queda de manifiesto en Tintín y los Pícaros, donde se la juega para ir a salvarla; y que, pese a sus gruñidos y reniegos, Haddock se derrite cuando ella lo llama Karbock o Harrock («Harrock’n Roll, señora»). Y que todo lo suyo empezó, como gracias a una indiscreción de Tornasol desveló oportunamente París Flash, un día en Gante, entre las flores. 
 
Por todo eso y por otras cosas que no caben en esta página, celebro el 80 cumpleaños de Archibald Haddock, capitán de la marina mercante más cierto y real que muchos de los seres humanos que conozco. Y mientras escribo esto, caigo en la cuenta de que el viejo marino sólo es diez años mayor que yo. Entonces pienso en el Tintín que tal vez fui y en el Haddock que tal vez soy, y sonrío. 
 
31 de enero de 2021

domingo, 24 de enero de 2021

La T.I.A. y yo

Diciéndoles que a los euros aún los llamo mortadelos, lo digo todo. Soy contumaz admirador del gran Francisco Ibáñez, de Mortadelo, Filemón y el resto de personajes por los que la Fundación Princesa de Asturias debería, antes de que sea demasiado tarde, apearse de su esnobismo internacional para reconocer como es debido la impresionante trayectoria del hombre que, desde Cervantes, más hizo por la lectura en España. El mayor creador de jóvenes lectores que nunca tuvimos, con ese humor iconoclasta, gamberro y salvaje que campea sobre setenta años de historia de la historieta nacional. 
 
En orden jerárquico de amores personales, no dudo: Tintín, Mortadelo, Astérix. Pero como español que soy, asumo episodios mortadelianos que lo superan todo, incluso en mis recuerdos. Nunca tuve con la agencia de inteligencia inventada por Ibáñez, la T.I.A., otra relación que la de los tebeos; pero en mis tiempos de reportero anduve tocándola de refilón. En aquel tiempo, la T.I.A. de los españoles era el CESID, servicio dirigido por un general llamado Manglano. Aún no era la organización que conocemos ahora, el CNI, que incluso ha pagado duros tributos de sangre en misiones internacionales. En aquel tiempo, y hablo de final de los 70 y principio de los 80, el CESID dedicaba parte de su actividad a la fontanería interior con métodos bastante sucios, al estilo de quienes lo dirigían y de la complicada España donde operaba. A veces, con chapuzas dignas de Ibáñez. 
 
Los azares de la vida profesional cruzaron mi camino con algunos de sus agentes. Uno de ellos, Charlie, llegó a ser amigo mío. Él sí era un espía estupendo. Nuestros intereses profesionales coincidieron a veces: necesitábamos información, él para sus jefes y yo para los míos. Así que, en plan compadres, montamos algunas operaciones bonitas. Una en Guinea Ecuatorial, conmigo y una guapa camerunesa vigilando en un pasillo mientras él fotografiaba documentos secretos. Otra, en Libia y con palestinos incluidos –de ésa obtuve una radio Sony que me regaló Gaddafi después de una entrevista–. El caso es que Charlie triunfó con sus informes, yo con mis reportajes, y los dos nos reímos hasta saltársenos las lágrimas. El problema fue cuando mi amigo se largó del CESID y sus colegas me pincharon el teléfono. Los mordí de casualidad, porque el chapuzas de turno pulsó la tecla de reproducción en vez de la de grabación, y me oí a mí mismo al descolgar. Así que acudí a Picolandia y pude darme el lujo, en presencia de un teniente coronel de la Guardia Civil, de ciscarme en la puta madre de un comandante del CESID en un hotel de Madrid, que tiene su morbo. Pero ésa es otra historia. 
 
La última cosa que hice con Charlie antes de que se largara le habría encantado a Ibáñez y sus lectores. Un agente marroquí amigo mío, que operaba en España bajo la cobertura de periodista, me había soplado la visita clandestina a Madrid de Ben Bella, un político muy importante de la oposición argelina. Me trajiné conseguir una entrevista para TVE en un lugar secreto, y cuando concerté la cita le intercambié a Charlie la información por otra que me interesaba mucho sobre los negocios africanos de un famoso empresario español. Llegamos a un acuerdo, obtuve lo que quería, y Charlie y sus jefes montaron el dispositivo de seguimiento para que los condujese hasta Ben Bella. Y ahí fue donde la T.I.A. entró en acción. 
 
No he visto en mi vida una chapuza semejante. Cuando acudí a la cita con el contacto en la cafetería Nebraska, nada más entrar vi que había más espías que clientes. Bastaba con observar los caretos y las actitudes. Mientras conversaba en la barra con el contacto, que era un marroquí muy nervioso, Charlie pasó por mi lado y me dio un codazo cómplice en los riñones que me hizo derramar el café. Luego –lo juro por mi madre–, a una espía morena que estaba dos taburetes más allá se le cayó al suelo un magnetófono; y cuando el contacto y yo salimos a la calle, se nos amontonaron detrás seis o siete Filemones empujándose unos a otros. Subimos a un coche con conductor, enfilamos la carretera de La Coruña, y al volverme con disimulo a mirar vi pegados a nuestro parachoques dos coches y una moto con la misma peña de la cafetería, morena del magnetófono incluida. Y cuando mi conductor se vio obligado a dar un frenazo, la moto nos pasó por la derecha y se cayó en el arcén, uno de los coches nos esquivó con un volantazo desesperado y el segundo coche frenó con un chirrido de neumáticos, y casi se nos estampa detrás. 
 
Lo dicho: Ibáñez, premio Princesa de Asturias. Ya mismo. No son sólo ingeniosas historietas cómicas. Porque Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el botones Sacarino, Rompetechos, también fuimos, y quizá todavía somos, nosotros. 
 
24 de enero de 2021