domingo, 31 de enero de 2021

Mil millones de rayos

Acaba de cumplir 80 años fiel a sí mismo y leal a sus amigos, que es más de lo que podría decirse de muchos de nosotros. El 9 de enero de 1941, a bordo del buque Karaboudjan, el capitán Haddock entró en la vida del reportero Tintín y en la de sus lectores, exactamente en la página 14, novena viñeta, de El cangrejo de las pinzas de oro. Dos décadas más tarde lo hizo en la mía, y ahí permanece tras haber influido mucho en ella, pues Haddock fue uno de mis primeros grandes compañeros de infancia y lecturas. Él me impulsó a echarme al hombro una mochila para salir luego a buscarlo en la vida real; y como escribí hace tiempo, tuve la fortuna de encontrarlo y reconocerlo en muchas ocasiones, «cada vez que alguien estuvo junto a mí, hombro con hombro, cuando un avión Mosquito del Jemed viraba sobre la popa de un sambuk para ametrallarnos en el Mar Rojo»
 
Siempre deseé envejecer junto a él cuando al fin todo terminase, recordando peripecias, conversando sobre viejos enemigos que, con el tiempo y la costumbre, llegan a ser tan entrañables como los amigos. Y casi lo he conseguido, mil millones de rayos. Muchas tardes me siento con Haddock en la biblioteca, le sirvo un whisky Loch Lomond, y envueltos en el humo de su pipa acariciamos el lomo de tela de las veintitrés antiguas ediciones antes de abrir juntos una u otra, al azar, recordando: Allan, Muller, el coronel Sponz, el millonario Rastapopoulos y tantos otros. Para cada uno tiene el veterano capitán un gesto de memoria, una palabra adecuada: filibustero, ectoplasma, bachibuzuk, coloquinto, zuavo, mequetrefe, especie de logaritmo, rocambole, giróscopo, fátima de baratillo, nictálope, megaciclo, pirómano… El insulto como una de las bellas artes. También los amigos desfilan por el álbum de la memoria: Tornasol, Abdallah, Oliveira da Figueira, Chester, Zorrino, Serafín Latón, Piotr Pst («ametrallador con babero») y todos los demás. Y Tintín, claro, siempre inmutable, virginal en su papel de boy scout frío y cerebral, de una sola pieza, a diferencia de la humanidad torrencial del viejo marino barbudo que, él sí, evoluciona, crece, muestra el desgarro humano, los errores, las sombras y los destellos de luz, con la contradictoria grandeza de un personaje de Shakespeare. 
 
Se equivocan mucho quienes consideran al capitán Haddock simple personaje cómico de las historias tintinescas. No tienen ni remota idea. A la altura respecto a Tintín de un Long John Silver, un Elzevir de Moonfleet o un Falstaff, dos momentos de su biografía bastan para consagrarlo en lo que a lealtad y heroísmo se refiere. Uno es cuando en el Tíbet, colgando de una cuerda a punto de arrastrar a Tintín al abismo, se dispone a cortarla para caer solo y, sacrificándose, salvar la vida de su amigo. Otro, cuando actuando como un experimentado marino dirige tenaz, desde el puente del Ramona, las maniobras evasivas para escapar a los torpedos de un submarino pirata en el Mar Rojo y salvar a los hombres indefensos que están a bordo («Nosotros no zuavos, nosotros buenos negros que ir a La Meca»). Esos dos momentos de heroísmo enternecedor, coraje y pericia marinera, bastan para situarlo entre los grandes héroes de la aventura. 
 
Conozco al capitán Haddock tan bien como a mí mismo, o más. Hasta en sus intimidades penetro. Estoy al tanto de que, aunque moderó su afición al whisky –veintiún borracheras en quince aventuras–, la cirrosis le ronda el hígado; y que todo el tabaco fumado –quince veces se quema la barba o los dedos al encender la pipa– dejó huella en sus pulmones. Sé también que no visitó más que tres veces a un médico y sólo se vio hospitalizado en dos ocasiones, y que alardea de ello; pero también sé que sufrió ciento nueve golpes diversos en la cabeza y perdió el conocimiento trece veces. Eso, claro, sin contar los efectos de la gravedad y falta de ella durante los viajes a la luna. También estoy al corriente de que, por mucho que reniegue de Bianca Castafiore, el ruiseñor milanés es el verdadero amor de su vida, como queda de manifiesto en Tintín y los Pícaros, donde se la juega para ir a salvarla; y que, pese a sus gruñidos y reniegos, Haddock se derrite cuando ella lo llama Karbock o Harrock («Harrock’n Roll, señora»). Y que todo lo suyo empezó, como gracias a una indiscreción de Tornasol desveló oportunamente París Flash, un día en Gante, entre las flores. 
 
Por todo eso y por otras cosas que no caben en esta página, celebro el 80 cumpleaños de Archibald Haddock, capitán de la marina mercante más cierto y real que muchos de los seres humanos que conozco. Y mientras escribo esto, caigo en la cuenta de que el viejo marino sólo es diez años mayor que yo. Entonces pienso en el Tintín que tal vez fui y en el Haddock que tal vez soy, y sonrío. 
 
31 de enero de 2021

domingo, 24 de enero de 2021

La T.I.A. y yo

Diciéndoles que a los euros aún los llamo mortadelos, lo digo todo. Soy contumaz admirador del gran Francisco Ibáñez, de Mortadelo, Filemón y el resto de personajes por los que la Fundación Princesa de Asturias debería, antes de que sea demasiado tarde, apearse de su esnobismo internacional para reconocer como es debido la impresionante trayectoria del hombre que, desde Cervantes, más hizo por la lectura en España. El mayor creador de jóvenes lectores que nunca tuvimos, con ese humor iconoclasta, gamberro y salvaje que campea sobre setenta años de historia de la historieta nacional. 
 
En orden jerárquico de amores personales, no dudo: Tintín, Mortadelo, Astérix. Pero como español que soy, asumo episodios mortadelianos que lo superan todo, incluso en mis recuerdos. Nunca tuve con la agencia de inteligencia inventada por Ibáñez, la T.I.A., otra relación que la de los tebeos; pero en mis tiempos de reportero anduve tocándola de refilón. En aquel tiempo, la T.I.A. de los españoles era el CESID, servicio dirigido por un general llamado Manglano. Aún no era la organización que conocemos ahora, el CNI, que incluso ha pagado duros tributos de sangre en misiones internacionales. En aquel tiempo, y hablo de final de los 70 y principio de los 80, el CESID dedicaba parte de su actividad a la fontanería interior con métodos bastante sucios, al estilo de quienes lo dirigían y de la complicada España donde operaba. A veces, con chapuzas dignas de Ibáñez. 
 
Los azares de la vida profesional cruzaron mi camino con algunos de sus agentes. Uno de ellos, Charlie, llegó a ser amigo mío. Él sí era un espía estupendo. Nuestros intereses profesionales coincidieron a veces: necesitábamos información, él para sus jefes y yo para los míos. Así que, en plan compadres, montamos algunas operaciones bonitas. Una en Guinea Ecuatorial, conmigo y una guapa camerunesa vigilando en un pasillo mientras él fotografiaba documentos secretos. Otra, en Libia y con palestinos incluidos –de ésa obtuve una radio Sony que me regaló Gaddafi después de una entrevista–. El caso es que Charlie triunfó con sus informes, yo con mis reportajes, y los dos nos reímos hasta saltársenos las lágrimas. El problema fue cuando mi amigo se largó del CESID y sus colegas me pincharon el teléfono. Los mordí de casualidad, porque el chapuzas de turno pulsó la tecla de reproducción en vez de la de grabación, y me oí a mí mismo al descolgar. Así que acudí a Picolandia y pude darme el lujo, en presencia de un teniente coronel de la Guardia Civil, de ciscarme en la puta madre de un comandante del CESID en un hotel de Madrid, que tiene su morbo. Pero ésa es otra historia. 
 
La última cosa que hice con Charlie antes de que se largara le habría encantado a Ibáñez y sus lectores. Un agente marroquí amigo mío, que operaba en España bajo la cobertura de periodista, me había soplado la visita clandestina a Madrid de Ben Bella, un político muy importante de la oposición argelina. Me trajiné conseguir una entrevista para TVE en un lugar secreto, y cuando concerté la cita le intercambié a Charlie la información por otra que me interesaba mucho sobre los negocios africanos de un famoso empresario español. Llegamos a un acuerdo, obtuve lo que quería, y Charlie y sus jefes montaron el dispositivo de seguimiento para que los condujese hasta Ben Bella. Y ahí fue donde la T.I.A. entró en acción. 
 
No he visto en mi vida una chapuza semejante. Cuando acudí a la cita con el contacto en la cafetería Nebraska, nada más entrar vi que había más espías que clientes. Bastaba con observar los caretos y las actitudes. Mientras conversaba en la barra con el contacto, que era un marroquí muy nervioso, Charlie pasó por mi lado y me dio un codazo cómplice en los riñones que me hizo derramar el café. Luego –lo juro por mi madre–, a una espía morena que estaba dos taburetes más allá se le cayó al suelo un magnetófono; y cuando el contacto y yo salimos a la calle, se nos amontonaron detrás seis o siete Filemones empujándose unos a otros. Subimos a un coche con conductor, enfilamos la carretera de La Coruña, y al volverme con disimulo a mirar vi pegados a nuestro parachoques dos coches y una moto con la misma peña de la cafetería, morena del magnetófono incluida. Y cuando mi conductor se vio obligado a dar un frenazo, la moto nos pasó por la derecha y se cayó en el arcén, uno de los coches nos esquivó con un volantazo desesperado y el segundo coche frenó con un chirrido de neumáticos, y casi se nos estampa detrás. 
 
Lo dicho: Ibáñez, premio Princesa de Asturias. Ya mismo. No son sólo ingeniosas historietas cómicas. Porque Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el botones Sacarino, Rompetechos, también fuimos, y quizá todavía somos, nosotros. 
 
24 de enero de 2021

domingo, 17 de enero de 2021

El final de la obra maestra

La vejez es que todo lo interesante que recuerdas haya ocurrido al menos hace veinte años, e incluso cuarenta. Pero, al menos, lo recuerdas. Pensaba en eso ayer, viendo de nuevo La dolce vita, de Federico Fellini, que tuvo un enorme impacto entre la gente de mi generación; pero que, cuando la mencionas fuera de círculos cinéfilos o razonablemente cultos, suscita extrañeza o estupor. ¿La Dolchequé?, preguntan. Entonces dices que se trata de una obra maestra, y en las caras próximas comprendes que por la expresión obra maestra se entiende ahora otra cosa, efímera y con fecha de caducidad. Ocurre, sobre todo, con el cine y la literatura. Hoy se llama obra maestra a algo que llega, deslumbra, es comentadísimo en las redes sociales, y al poco tiempo, meses e incluso semanas, se hunde en el olvido. Se diluye con rapidez y queda como referente para unos pocos. Sin ser maestro de casi nadie. 
 
Hay, naturalmente, novelas y películas que llegan en el momento adecuado pero envejecen mal, y es lógico que se queden a la deriva. Pero con otras cuyo valor sigue intacto ocurre lo mismo, pues se les niega la oportunidad de seguir vivas. Las obras maestras del cine y la televisión actuales las exigimos de usar y tirar, sin tiempo para que sedimenten y fragüen en nuestra inteligencia. Todo va tan rápido como el mundo dislocado en que vivimos. Si un espectador o un lector no están al día, si se mantienen ajenos a los cauces por donde todo circula a enorme velocidad, las grandes obras pierden el compás, desaparecen de su vista. Y si pasado su momento alguien llega a conocerlas y se entusiasma con ellas, puede ocurrir que ya no tenga a nadie con quien compartirlas. 
 
Es así, volviendo a La dolce vita, como lo que en el cine y la televisión llamamos clásico se aleja de nuestras vidas. Vivimos inmersos en una ultramodernidad acelerada y patológica, sometida al mínimo esfuerzo; y eso reduce nuestra memoria y nos dificulta interpretar el futuro. Reduce la facultad de reconocer y disfrutar muchas obras maestras que están por llegar, o las hace imposibles. Si la cultura reposada y sólida sirve para interpretar y generar más cultura, es evidente que la desmemoria o la ignorancia limitan esa facultad. Achatan y empobrecen. 
 
Vemos así como las obras maestras del pasado se olvidan o desconocen, y las actuales pasan veloces, sin que las estudiemos lo suficiente para que nos nutran. Debido a la actual facilidad de acceso, pasamos de unas a otras a toda prisa, sin espacio para analizarlas y reflexionar; eso queda para aficionados y especialistas que poco tienen que ver con el gran público. Consideren, por ejemplo, cuánto tiempo se mantuvieron El Padrino, El señor de los anillos, E.T. o Tiburón con la consideración de obras maestras, y comparen con lo que el impacto de una buena historia audiovisual permanece ahora. Y no hablo de quien menciona o recuerda Twin Peaks, Los Soprano, Lost, Master & Commander o Mad Men, sino de obras de casi hoy mismo. A poco que se descuide, un espectador corre el riesgo de descubrir Juego de tronos, Día de lluvia en Nueva York, True detective, Justified o Sherlock, entusiasmarse con ellos, mirar alrededor y no encontrar a nadie con quien comentarlo. 
 
Es éste un siglo que en memoria audiovisual da pocas oportunidades. El paso del tiempo y la moda, el bombardeo de nuevos productos, incluye continuas sentencias al olvido. Y combatirlo no es fácil. Sentar a un adolescente ante una pantalla para que conozca una obra maestra clásica parece empresa de titanes; pero a veces el resultado es sorprendente, y películas como Blade Runner, El gran azul o Los duelistas, series televisivas como The Wire, Deadwood o Hermanos de sangre, son acogidas con entusiasmo por cualquier chico medianamente culto a los diez minutos de visionado. Sin embargo, pocas veces damos a un joven esa oportunidad. Sobre todo, porque padres y educadores pertenecen, también ellos, a esas generaciones por las que todo pasa ya sin tiempo a asentarse, camino de ser rancio pasado. Del mismo modo que muchos museos tienen ya más carteles, vídeos y colorines que piezas expuestas, a fin de facilitar recorridos superficiales y rápidos, hasta Netflix y YouTube permiten ahora al espectador acelerar la velocidad de visionado para que se consuma con más prisa y pasemos a lo siguiente. No son ya las películas ni la televisión, sino el mundo donde deseamos estar; viviendo, mirando, consumiendo con enloquecida rapidez. Nos hemos vuelto tan superficiales y voraces que las obras maestras apenas generan discípulos, porque no les damos tiempo de tenerlos. Las olvidamos apenas empiezan a vivir. 
 
17 de enero de 2021

domingo, 10 de enero de 2021

En compañía de asesinos

Comí hace unos días con Raúl del Pozo, amigo y viejo camarada de aquel lugar legendario que fue Pueblo en los años 70; y como de costumbre, acabamos hablando del periódico, recordando lances y peripecias de esa redacción bohemia, irrepetible, donde se daban cita los mejores periodistas de España, los más brillantes y con menos escrúpulos que conocí en mi vida, capaces de sobornar, robar, mentir y vender a su madre a cambio de un gran reportaje, una exclusiva o una firma en primera página. Allí me hice y allí nos hicimos muchos: Raúl, Julia Navarro, Tico Medina, José María García, Hermida y muchos otros. Siempre que Raúl y yo nos juntamos, sale Pueblo a relucir, y también la eterna discusión sobre si la novela surrealista, cómica, disparatada, que por fin narre aquel lugar increíble debe hacerla él o debo hacerla yo; con lo que al cabo, y como siempre, la novela se queda sin escribir, pero pasamos un buen rato removiendo recuerdos fascinantes y maravillosas nostalgias. Algunos de los cuales, por cierto, figuran en el estupendo libro No le des más whisky a la perrita, escrito por Jesús Úbeda y Julio Valdeón sobre la vida asombrosa del querido Raúl. 
 
Esta vez hablamos de asesinos. No de fuera, que también conocimos a unos cuantos, sino de dentro. Del periódico mismo. Como digo, Pueblo era un patio de Monipodio que bullía de vida y personajes extravagantes; y algunos habrían dejado pálida la más atrevida película de José Luis Cuerda. Teníamos de todo: chicas guapas, chicas listas, chicas que a la vez eran listas y guapas, sabios, estafadores, putas, pistoleros, genios, lesbianas, poetas, taurinos corruptos y sin corromper, homosexuales, filósofos, golfos, tahúres, proxenetas, borrachos, delincuentes habituales e incluso a dos asesinos. Y no es una metáfora. Hablo de un par de fulanos que se habían cargado a gente y se habían comido los correspondientes años de cárcel. Esto se explica porque Pueblo era una legión extranjera donde cualquiera con talento era bien venido; y también porque nuestro compañero Julio Camarero había pasado una temporada de talego tras un consejo de guerra de los de entonces, y al salir trajo a un par de amigos hechos dentro. Selectos. Lo mejor de cada casa. 
 
Los recuerdo como si los viera. A los asesinos, digo. Uno, al que llamaré Alberto, era un chico de buena familia muy pulcro y educado, siempre bien vestido, de los más amables que conocí nunca, que había estado traficando con armas para la OAS francesa y que, delatado a la policía por su novia, se lo agradeció con catorce puñaladas y tirándola por un barranco en un coche incendiado: una mala noche la tiene cualquiera. Lo habían condenado a muerte; pero al ser hijo de un alto cargo franquista la condena quedó en treinta años, y a los ocho o diez se benefició de un indulto. Tenía un hablar dulce, fumaba caros cigarrillos ingleses y parecía incapaz de matar una mosca. Era muy culto, porque en la cárcel se había inflado a leer. Y cuando los compañeros, que éramos todos unos hijos de puta, le preguntábamos qué opinaba de Crimen y castigo, hacía un aro de humo con el cigarrillo y nos respondía con mucha calma: «Contexto, chicos. A Dostoievsky le faltaba contexto». 
 
El otro asesino, al que llamaré Pepe, era un tipo maravilloso: feo, tartamudo, con el pelo cano y rizado y un bigote de traidor de película muda. En los doce años que estuvimos juntos en la redacción nunca supe qué hacía allí, pues nunca firmó ni una necrológica. Pero era un narrador cojonudo tomando copas en el bar de enfrente. Y además, sin complejos. «Cuéntanos cómo te cargaste a tu mujer y a tu hermano», le pedíamos cuando íbamos de alcohol hasta la línea de Plimsoll. Y él, complaciente, muy serio, nos contaba. Su hermano era paralítico y vivía en su casa; pero un día, al llegar, lo encontró en la silla de ruedas con los pantalones por las rodillas y la cuñada sentada encima. Como su mujer sí podía andar, Pepe la llevó de la mano hasta la ventana y la tiró desde el cuarto piso. Chof, hizo al llegar abajo. Luego se situó detrás de la silla del hermano, como cuando los domingos lo paseaba por el Retiro, y lo condujo despacio hasta la puerta de la calle. «Te lo puedo explicar todo», decía el hermano. «No hace falta, está clarísimo», respondía él. «Pero déjame que te lo explique, hombre», insistía el hermano. «Que no, tranquilo. Te digo que no hace falta, de verdad», replicaba él. Llegados al rellano, el hermano seguía argumentando: «Es un malentendido, Pepe. Que soy paralítico, coño». Y Pepe, asintiendo amable, fraternal, lo dejó caer por las escaleras: veinticuatro peldaños con silla y todo. Le salió a un año por peldaño, con el atenuante de arrebato pasional, y luego se vino a Pueblo. Eran otros tiempos, claro. Y otros periódicos. 
 
10 de enero de 2021

domingo, 3 de enero de 2021

Cada vez más indefensos, cada vez más solos

Cada vez más indefensos, cada vez más solos Entro en mi sucursal bancaria de toda la vida, que es una oficina pequeña situada en un barrio de Madrid –cada cual tiene sus lealtades– y veo a Manolo, el cajero, atendiendo en la ventanilla a una señora embarazada, a Pepe, el director, recibiendo en su minúsculo despacho a un matrimonio de cierta edad, y a Paco, el único empleado, explicándole a una abuela cómo recuperar un fondo de pensiones. Me quedo de pie, pues no hay dónde sentarse, esperando turno mientras observo la paciencia con que los tres encargados de la oficina –en treinta años los han reducido de una docena a los tres de ahora– atienden a los vecinos; y cómo éstos, muchos de avanzada edad, se dirigen a ellos como si fueran de la familia, con una confianza enternecedora, seguros de que están recibiendo las mejores explicaciones y consejos posibles de aquellos a quienes confían sus ahorros, inquietudes y esperanzas. Su humilde presente y su incierto futuro. 
 
Miro alrededor y me pregunto cuánto va a durar. Durante cuánto tiempo los vecinos del barrio, la gente trabajadora y de condición modesta, y sobre todo los de más edad, podrán todavía situarse ante esos tres rostros amables, conocidos, en los que confían para gestionar sus cuentas. La rapacidad y codicia de las grandes firmas bancarias, su despiadada búsqueda ciega de beneficios a toda costa, lleva tiempo liquidando estas pequeñas sucursales, esos reductos donde la humanidad todavía es factor decisivo. Donde el cliente encuentra un rostro, una conversación, un consejero y a veces un amigo. 
 
Cada vez que se saluda con trompetazos la fusión de dos grandes entidades bancarias, la experiencia hace que te preguntes cuántas sucursales sacrificadas significa eso, cuántos empleados van a ir a la calle, cuántos abuelos se quedarán sin su Pepe, sin su Paco, sin su Manolo. Cuántos clientes serán condenados a peregrinar a otra oficina lejana hasta que también ésa sea clausurada, al servicio de caja que ya cierra ¡a las 11,30 de la mañana! y pronto será inexistente, al frío cajero automático, a la comunicación bancaria que te informa de que en adelante no habrá más comunicaciones por correo, y avisa al pobre abuelete de que si no aprende a manejar claves, contraseñas y aplicaciones de un teléfono móvil de última generación, o si no tiene un nieto o un hijo que sepan moverse por Internet y se ocupen de eso, en adelante lo va a atender el banco de Rita la Cantaora. 
 
Es asombroso el silencio cómplice de los medios informativos, incluso la sumisión de los clientes, ante la impunidad con que los bancos reducen gastos y procuran mantener intactos sus beneficios. Siempre fue así, por supuesto; nunca una entidad bancaria buscó el bien de la humanidad. Tales son las reglas, y se aceptan. Pero la actual falta de pudor, el modo infame con que, pretextando facilitar el servicio, acorralan a quienes no tienen más remedio que confiarles su dinero, tiene cada vez menos límites. En esta España donde el expolio sistemático por parte de Hacienda impide a un trabajador guardar en su casa el dinero que gana y pagar con él lo que desee, donde hasta sacar dinero de la propia cuenta bancaria y dárselo a un hijo se ve penalizado con impuestos, donde no sólo no cobra intereses el depositante, sino que pronto deberá pagarlos para que le ingresen la nómina, donde se obliga a usar tarjetas de crédito y operar vía Internet con el riesgo y la vulnerabilidad que eso implica, donde ningún banco se compromete a reembolsar el total de una cuenta corriente cuando todo se vaya al carajo, la indefensión de los usuarios es total y la impunidad de las entidades, absoluta. Nadie les pone límites, nadie les para los pies, nadie los obliga a garantizar servicios elementales, atención razonablemente humana, seguridad operativa para quienes, privados de otra opción, se ven obligados a confiarles sus ahorros. 
 
Tal es el triste presente, y todo indica que irá a más. A peor. Atados a una madeja de contraseñas, toques en móviles, aplicaciones que convierten en un calvario lo que antes se solventaba en una sucursal mediante un rato de espera, un papel y una firma, obligados a moverse por un mundo virtual que ni conocen ni les interesa conocer, millones de abuelos, y no tan abuelos, miran hoy desconcertados la pantalla de un teléfono móvil con las siglas de un banco a cuyos accionistas, gerentes y técnicos, ajenos a la realidad inmediata de la vida, les importan literalmente un carajo. Y que, para más recochineo, te tutean en sus comunicaciones en plan compadre y oye, chaval, como si alguna vez hubieseis tomado copas juntos. Los hijos de la grandísima puta. 
 
3 de enero de 2021

domingo, 27 de diciembre de 2020

«Sois la hostia, la hostia»

Llama a la puerta un mensajero, deja su paquete y se marcha. Y mientras cierra la puerta, Conchi, la señora que trabaja en casa desde hace veintisiete años, me comenta: «Hay que ver qué educados son estos muchachos americanos, ¿verdad? Y lo bien que hablan». Luego vuelve a sus asuntos y yo me quedo pensando que sí, en efecto. Que en su mayor parte son muy corteses y hablan un español excelente, mejor que el de los nacidos a este lado del Atlántico. Aunque luego, al vivir aquí, ya en contacto con la zafia idiosincrasia nacional, se les vaya pasando. 
 
Alguna vez comenté mi admiración por las palabras que un campesino peruano o ecuatoriano dijo en la tele tras un terremoto: «Pues verá, señor, hubo un temblor de tierra espantoso, el techo oscilaba, y agarré a mi familia para ponerlos a salvo y salvar nuestras vidas». Una situación que, no me cabe duda –y a ustedes tampoco–, un español medio habría resuelto seguramente con: «Joder, se lió parda, hubo un terremoto del copón y salimos cagando leches». Y no digan que exagero. Hace unos días, una española responsable de no sé qué departamento de sanidad expresaba así su admiración por el trabajo de sus colegas durante la pandemia: «Sois la hostia, la hostia. Flipo, flipo, flipo». 
 
Lo comento con mi amiga y editora Pilar Reyes, nacida en Colombia, y dice algo que me deja pensativo: «Hay una parte de tradición, de la antigua cortesía y habla de las clases dominantes españolas, que ha sido referencia social durante siglos. Pero es que, además, en España se es posmoderno, pero en América se es todavía moderno. La cortesía, el buen hablar, son herramientas prácticas. Allí, donde hay lugares de una pobreza extrema, aún se cree en ellas para la vida diaria, para mejorar el futuro. Van en un mismo paquete llamado educación». 
 
Ésa es la palabra que me queda bailando en la cabeza: educación. Y poco tiene que ver con la posición social. La educación y sus consecuencias visibles, como la cortesía o el buen hablar, se manifiestan de muchas maneras en Hispanoamérica. Incluso entre gente humilde, incluso en la violencia. Y doy fe de ello: en Colombia me quisieron robar hablándome todo el rato de usted; en El Salvador me encañonaron diciéndome hijoputa con extraordinaria cortesía, y en Nicaragua un militar formuló la más extraordinaria amenaza de muerte que me han hecho jamás: «Amigo, no perdamos la dulzura del carácter». 
 
En mi opinión, ese respeto por el lenguaje, y en especial su culto entre las clases humildes de allí, tiene mucho que ver con la esperanza de un futuro mejor. En lugares donde la pobreza es tan intensa que la movilidad social resulta difícil o casi imposible, la educación en su sentido amplio ha sido, durante siglos, la única posibilidad. Ahora el narcotráfico ofrece una siniestra vía alternativa, pero subsiste el reflejo de la antigua honrada esperanza: soy pobre y estoy condenado a una vida mísera, pero si mi hijo aprende, habla bien, tal vez su vida sea mejor que la mía. Así se explica que familias de una indigencia extrema se sacrifiquen para que uno de ellos estudie, salga adelante y ayude a toda la familia a mejorar. Por eso gente atrozmente pobre se las arregla para que al menos un hijo o una hija vayan al colegio, donde heroicos maestros hacen lo que pueden. Para que un día los chicos tengan un trabajo digno, o viajen a Estados Unidos, o a España, y vivan mejor de cómo vivieron sus padres y sus abuelos. 
 
Deberíamos recordar eso cada vez que un mensajero con cara de maya o azteca llama a la puerta para dejar un paquete. Cuando oímos su «buenos días, señor» al entrar en un taxi, un bar o un restaurante. Cuando una chica con pelo negro y rostro de Malinche dice «¿me regala su pin?» al acercarle la tarjeta de crédito. No es servilismo ni humildad, sino una visión del mundo más sufrida y noble que la nuestra: la huella del esfuerzo y sacrificio de quienes los educaron para que su futuro fuese diferente. Ojalá conservaran esa nobleza de maneras en vez de perderla al vivir aquí. Son muchas las lecciones de dignidad y coraje que pueden darnos esos tipos bajitos de hablar suave, que cuando los ofendes, orgullosos como indios y españoles que son, te miran con ojos oscuros y peligrosos; o esas mujeres de voz dulce y cabello negro, que tanto saben de sufrimiento y de vida. Aprendieron de la vieja España, cuya sangre llevan y cuya lengua hablan, cuando todavía éramos alguien de quien se podía aprender; y ahora están aquí porque tienen derecho a estar. Son tan nuestros como nosotros suyos. No los hagamos avergonzarse de lo que somos. No les defraudemos la memoria. 
 
27 de diciembre de 2020 
 

domingo, 20 de diciembre de 2020

El profesor vencido

Me gustaría, dice el profesor cuando se quita la mascarilla y se lleva la cerveza a los labios, hacer eso que tú dices, Reverte: vivir en España como si fueras un inglés en Marruecos. Te juro que lo intento cada día, añade, pero no lo consigo. Me duele demasiado, como a ti, y el dolor se filtra por los resquicios de la coraza. Sufro por mis chicos, compréndelo. Sé que no es su culpa, aunque pronto también ellos serán culpables de sus vidas chatas y miserables. Al final, como tú mismo dices, casi cada cual termina mereciendo lo que es, aunque sean otros quienes lo hayan convertido en eso. Incluso acaba teniendo la cara y el aspecto que le corresponde. 
 
Estoy cansado de luchar, ¿comprendes? La nueva reforma educativa es la puntilla final, el descabello. Es ya el colmo del cinismo pseudopedagógico y de la palabrería vana del mismo equipo ideológico que vomitó la LOGSE y empezó el desguace de la educación en España. Transversales, dicen estos hijos de puta. Los conocimientos han de ser transversales. Por supuesto, la cultura clásica sí aparece, o aparenta hacerlo; pero diluida en una larguísima lista de optativas nacidas en la entrepierna de las consejerías correspondientes. Que mira tú quién las maneja. 
 
Escucha lo que te digo. En mi centro de 1.200 alumnos, ni uno sólo estudia griego. Son analfabetos sensu stricto. En cuanto al latín, apenas hay 25 en bachillerato y 40 en la ESO. En mi ciudad, capital autonómica, llevamos doce años sin oposiciones para profesores de latín o griego, y los que seguimos en la brecha pasamos de los 50. A medida que nos jubilamos, las plazas no se cubren. La nación que dio tres emperadores a Roma, que alumbró a Séneca, Lucano, Marcial, Quintiliano e Isidoro de Sevilla desdeña el latín hasta amenazar su continuidad. En la patria que alumbró la Escuela de Traductores de Toledo y ayudó a difundir por la Europa culta los textos llegados de Alejandría, el griego deja de existir. Muy pronto, en esta España embrutecida nadie sabrá ver las reminiscencias virgilianas en Cervantes, la huella de Horacio en Manrique o Neruda, ni los referentes clásicos que, por instinto y formación, unos pocos escritores aún utilizáis de modo suicida en vuestras obras. Como tú mismo has recordado y escrito, nox atra cava circumvolat umbra. Arde Troya a nuestra espalda y ni siquiera sabemos ya qué significa eso. 
 
Pídeme otra cerveza, por favor, que tengo la boca y el alma secas. Llevo 30 años en la enseñanza y con amargura compruebo que me equivoqué de ilusiones y oficio. A mis alumnos les importa un carajo quiénes fueron Ovidio, Homero y Sófocles. Y no los culpo. Mientras les llega el momento de convertirse también en verdugos, sólo son víctimas. Les hemos robado la educación. Y lo que es peor, les hemos robado incluso la necesidad de tenerla. El sentimiento de echarla de menos. 
 
Escucha: en mi centro escolar, un alumno de 2.º de bachillerato –el antiguo Preu o Cou– dijo que el Quijote lo había parido don Juan Manuel, y otro sostuvo en un examen que Jorge Manrique era autor del Cervantes. El curso pasado, por imperativo legal de estos mierdagogos que nos gobiernan, tuvimos que titular a un crío que en la primera evaluación tenía ¡sesenta y siete! faltas de ortografía en un solo examen. Hace una semana, el profesor de arte dijo que antes de empezar con el gótico iban a ver imágenes de la abadía de Cluny, y un alumno se asombró de que George Clooney sea tan famoso que le dediquen iglesias. Pregúntales sin embargo por Chochita, Kiko, Yoni o cualquiera de las pedorras y pedorros de la Isla de las Felaciones o Sálvame Boniato, y recitarán sus biografías con pelos y señales. 
 
Soy de izquierdas, amigo mío. Muy de izquierdas, y lo sabes. Pero esto no hay forma de salvarlo, te pongas donde te pongas. Tan analfabetos son unos como otros. Además, arrogantes y sin complejos. Hay necrosis irreversible del tejido cultural. En mi colegio tuvimos dos amagos recientes de denuncia: un padre nos acusó de enseñar pornografía a su hijo por decirle lo que era un sátiro, y otro de fomentar la zoofilia al explicar a los chicos el rapto de Europa. Y cuando los profesores de lenguas clásicas nos quejamos con cartas y tuits de la actual situación, todavía hay idiotas pseudoprogresistas que nos responden, en textos llenos de faltas de ortografía, que el griego es una pérdida de tiempo y el latín cosa de curas y de élites con pasta, y que bien muertos están. 
 
Así que dime cómo se hace, Reverte. Cuéntame, te lo ruego, cómo se consigue ser un inglés en Marruecos, y te juro que me apunto ahora mismo. Te compro la fórmula. Dime cómo conseguir que no duela tanto como duele. Sentirse ajeno, indiferente, a tanta desolación, tanta estupidez y tanta infamia. 
 
20 de diciembre de 2020 
 

domingo, 13 de diciembre de 2020

El amigo italiano

Aquel Madrid de los años 70 era joven, atrevido y libre. La España del viejo régimen daba el postrer coletazo y el futuro se asentaba, inevitable. Coincidían dos realidades: una agonizante y en retroceso, representada por tribunales de orden público, grises que cargaban porra en mano y guardias que aún vigilaban los parques a la caza de parejas, y otra realidad ya victoriosa, ebria de vida, que estallaba de júbilo y modernidad en lo que tres o cuatro años después se acabó llamando La Movida: bares, discotecas, salas de música y cafés teatro estaban llenos, y Argüelles, Santa Ana, las cavas Alta y Baja o el barrio de Malasaña bullían de juventud, olían a maría y a ketama recién liadas, hablaban la jerga marginal del extrarradio y la delincuencia, bebían, bailaban y se abrazaban desafiantes. El sexo era la asignatura pendiente que todos queríamos poner al día, y eran el momento y lugar perfectos. Tener veinte años en Madrid, liberarse de la España timorata y meapilas que dejábamos atrás, era tocar el cielo. 
 
Mi amigo se llamaba Alesio. Era de Turín y músico: tocaba la flauta travesera. Ser músico en aquella época era tener la mitad del camino hecho; y como además era delgado, moreno y extraordinariamente guapo, las chicas goteaban agua de limón cuando se llevaba la flauta a los labios o las miraba con sus ojos de cervato. Alesio y yo cazábamos juntos, o nos cazaban –también ellas, arrojado el sujetador por la ventana, protagonizaban deslumbrantes osadías–. Solíamos faenar en los garitos de música sudamericana, los mesones cercanos a la Plaza Mayor, los bares de Santa Ana y también el museo del Prado, donde mi amigo, por prurito patriótico, se encargaba de explicarles Tiziano a las turistas mientras yo me ocupaba de Goya y Velázquez. Después íbamos a bailar al Camarote, a cenar en el Schotis, a tomar copas en la Vía Láctea, a oír al Príncipe Gitano en La Trompeta, a Paco España en el Gay Club y a Sabina y Krahe en la Mandrágora, frente a ese Mesón del Segoviano que en pocos meses iba a llamarse Lucio. O las invitábamos a casa de Inge. 
 
La casa de Inge estaba en la plaza de Santa Ana. Era una alemana muy grande, estilo valkiria, con un cuerpo asombroso y una absoluta carencia de inhibiciones. Vivía en un ático grande y luminoso, sin otros muebles que alfombras, cojines y el colchón de una cama enorme puestos en el suelo. Era hospitalaria, promiscua y muy atrevida. Frecuentaban la casa otras amigas y algún amigo más, y muchas de las situaciones resultantes habrían afilado el colmillo a cualquier director de cine transgresor. A la hora de organizar coreografías de grupo, comparado con Inge, Pasolini habría parecido un tímido monaguillo. En aquella casa, por cuya ventana podía verse la fachada del hotel Victoria, fumé la mayor parte de los ocho o diez canutos que he fumado en mi vida, vi a mi amigo Alesio combatiendo tenaz en varios frentes a la vez y aprendí ciertas cosas interesantes –o empecé a aprenderlas– sobre cómo funciona la cabeza de las mujeres cuando te arrastran a su lado más deliciosamente oscuro. 
 
De todos los episodios con Alesio recuerdo uno muy divertido. Bajábamos por el arco de Cuchilleros, y al ver a dos turistas que parecían norteamericanas, mi amigo confió demasiado en sus propios encantos y currículum, tocando suavemente a una en el hombro. Y entonces, la rubia, revolviéndose de un salto mientras profería un escalofriante grito de pelea, le pegó a Alesio un golpe de kárate con el canto de la mano, en el cuello, que lo hizo derrumbarse como un saco de patatas pochas. Y mientras las dos guiris seguían su camino tan tranquilas, yo tuve que arrastrar a mi compadre, desvanecido, hasta las Cuevas de Luis Candelas, donde el bandolero de la puerta y los camareros, tronchados de risa, le echaron agua por la cara, dándole una copita de coñac cuando al fin abrió los ojos. «Es que la he asustado», balbucía el pobre, con su acento italiano. Claro que sí, lo consolábamos. La has asustado de cojones. 
 
Varios meses después, mi amigo desapareció. Desconectaron su teléfono y dejó su casa. Nadie volvió a saber de él, pues seguramente regresó a Italia. Hace poco, recordándolo con afecto, busqué en Internet sin resultado: sólo di con una guapa italiana con su apellido, y por la foto pensé que tenía con él cierto parecido. Podría tratarse de una hija suya, pero no quise ir más allá. Si todavía vive, Alesio tendrá hoy setenta años. Y es que las buenas historias no siempre terminan; a veces quedan inacabadas, evitándonos conocer el final. Eso, precisamente, las convierte en buenas historias. 
 
13 de diciembre de 2020

domingo, 6 de diciembre de 2020

Ganar al fútbol es de fascistas

Lo escucho en la radio. Un entrevistado asegura, con ese aplomo peculiar de los fanáticos y los idiotas, que en los partidos de fútbol infantil no debería haber vencedores y vencidos. Que los goles no deben contar, pues eso crea frustraciones y destruye la autoestima. Que al proclamarse unos niños ganadores, dejan a otros atrás. Que no importa cuánto marque uno u otro equipo, el resultado final debe ser equilibrado solidario, igualitario. Y yo me quedo esperando que el fulano remate diciendo que vencer en el fútbol también es de fascistas. Al final no lo dice, pero pienso que todo se andará. Démosle un poco más de tiempo a su Twitter, a su Facebook. Hagámoslo diputado, como a esos otros intelectuales que nos adornan la vida desde el Parlamento. Y de aquí a nada, la sociedad occidental entera clamará por niños jugando al fútbol sin goles, sin penaltis, sin expulsiones, sin trofeos, sin nada. Construyamos el futuro. Convirtamos los patios de recreo y los campos de fútbol infantil, incluso los estadios para mayores, en una amable Disneylandia. 
 
Pocas veces he visto, pese a que soy contumaz lector de Historia, fabricar borregos con el entusiasmo de la última década. Y no hablo sólo de borregos manipulables, sino de carne dócil para el matadero. De voluntades dispuestas a subirse al tren cuya última y única parada es un lugar donde humean chimeneas simbólicas, o no tan simbólicas. Donde se queman la inteligencia y el sentido común. Donde analfabetos borrachos de poder mediático o político liquidan tres mil años de cultura y razón. Donde, esperando turno, languidecen famélicos, esperando crematorio, Homero, Virgilio, Platón, Sócrates, Kant, Cervantes, Voltaire, Dante, Montaigne, Shakespeare y los demás. Los que convirtieron Europa en foco de luz, derechos y libertades que iluminaron el mundo. Esa Europa hoy estéril, caricatura de sí misma, contaminada del estúpido buenismo que arraigó en los campus universitarios norteamericanos hace medio siglo y que ahora, retorcido hasta el disparate, lo contamina todo y nos envenena a todos. 
 
La ventaja de llegar a mi edad, de tener lectores y de que no haya mucho que ganar o perder, es que puedes ponerte apocalíptico sin que pase nada. Decir lo que piensas sin que importe a quién gusta y a quién no. Y lo que pienso es que esto se ha terminado. No ahora mismo, por supuesto. Las épocas tardan en pasar, y los imperios, siglos en caer. Pero la Europa en cuyo respeto fui educado, el mundo cultural e intelectual del que se nutren mi vida y mi trabajo, está sentenciado a muerte. Este lugar que fue luz del mundo, cuna de ideas, humanismo y cultura, es hoy una payasada grotesca, remedo de lo que él mismo generó y que, devuelto tras la manipulación del tiempo y la estupidez, lo enfrenta a su propia caricatura. 
 
Hay un futuro, naturalmente. Siempre lo hay. Un futuro inevitable, resultado de la dinámica de la historia. Pero aquella Europa no tiene sitio en ese futuro. Vendrá otra mejor o peor, regida por nuevas reglas cuando los corderos, que hoy criamos incapaces de defenderse física e intelectualmente, sean comidos a dentelladas por lobos totalitarios de todo signo. Cuando nuestros hijos y nietos, convertidos por nosotros en víctimas vocacionales, aplaudan e incluso comprendan a sus verdugos y sus nuevos amos. Sobre ese caos mestizo fraguará un futuro imperio en el que a Europa le corresponderá hacer de amo o de siervo: ignoro si mejor o peor, aunque no me importa gran cosa, pues no estaré aquí para disfrutar sus ventajas ni sufrir sus inconvenientes. Yo me extingo despacio con el mundo del que procedo, como debe ser. Los imperios pasan y la Historia enseña a aceptarlo con naturalidad, sin aspavientos; con la estoica certeza de que, una vez más, ocurre lo que ocurrió siempre. Como el príncipe Salina cuando, al final de El Gatopardo, deja atrás las luces y la música sabiendo que no volverá a bailar con Angélica porque ésta y su espléndida juventud corresponden al guapo y prometedor sobrino Tancredi. 
 
Y, bueno. Equivocado o no, es lo que pienso. En esa grisura triste que ensombrece el horizonte, los libros, la ciencia lúcida, la cultura, los pequeños núcleos de resistencia que puntean la batalla perdida, serán –lo son ya para muchos– como los antiguos monasterios que pusieron a salvo parte del mundo que desaparecía, preservándolo así para el futuro. En ellos, conscientes de la imposible victoria, se refugiarán unos pocos mientras afuera cabalgan y vociferan los bárbaros. Y ahí se reconocerán entre ellos con sonrisa cómplice, como monjes medievales, dándose calor unos a otros en el duro invierno que se avecina. 
 
6 de diciembre de 2020

domingo, 29 de noviembre de 2020

Viento antes del amanecer

La meta son las islas Privilov. El premio, una de las dos goletas: la que pierda la carrera mientras navegan ciñendo a rabiar con todo el trapo arriba. La Peregrina y la Santa Isabel, una dando caza a la otra, adelantándola por barlovento para desventar sus velas. Las proas dando machetazos en la marejada, la música y la piel que se eriza cuando ves de nuevo esa secuencia, igual que se te erizó cuando sentado en un cine la viste por primera vez hace sesenta años y también cada una de las muchas veces que desde entonces has vuelto a verla: Gregory Peck mirando arriba mientras considera si debe izar la vela escandalosa, Anthony Quinn inquieto, atento a lo que hace su perseguidor. Y el grito desafiante de los cazadores: «¡Allá vamos, Portugués!». Raoul Walsh, o sea, El mundo en sus manos. Lágrimas en la cara y felicidad absoluta del espectador. 
 
El cine ha rodado muchas escenas hermosas en el mar, pero ninguna, nunca, como ésa. 
 
Y no es porque no haya películas magníficas sobre barcos y marinos. A veces, algún lector o amigo pide que recomiende alguna. Y hoy, con esas goletas todavía en la mirada y el nordeste silbando en las velas –«Si antes del amanecer refresca el viento, el mundo será nuestro»–, parece buen día para eso. Naturalmente, todo es relativo. Películas sobre el mar hay muchas; y una lista de las que considero mejores entre las mejores no incluiría menos de cuarenta títulos. Pero sólo tengo una página, así que me limitaré a las que más me gustan. Las que influyeron en mi vida, y a veces llegaron a cambiarla. 
 
Al mismo tiempo que El mundo en sus manos descubrí El capitán Blood. La de Rafael Sabatini era una de las novelas favoritas de mi padre, que me llevó a ver la película; y a su lado, atento a la pantalla, asistí al inolvidable duelo entre Errol Flynn y Basil Rathbone encarnando al capitán Levasseur. Por esa época, además de La isla del tesoro –la versión que más me gusta es la de Victor Fleming– y Rebelión a bordo, con Charles Laughton y Clark Gable –sin desdeñar la protagonizada por Marlon Brando y Trevor Howard–, me extasié con Jasón y los argonautas, con Los vikingos y también con una película que todavía hizo sentir su influjo cuando, cuatro décadas después, escribí La carta esférica: la enigmática El misterio del barco perdido, con Gary Cooper y Charlton Heston. 
 
Casi todas las mejores películas del mar incluyen la guerra. De ese género hay una poco lograda pero recomendable, porque John Wayne –que hace de John Wayne junto a una Lana Turner que hace de Lana Turner– interpreta nada menos que a un marino mercante alemán: El zorro de los océanos. Y yéndonos a lo serio y de calidad, mencionaré dos obras maestras: Das Boot, de Wolfgang Petersen, y Master and Commander, de Peter Weir –esta última, posiblemente la mejor película del mar de todos los tiempos–. También hay una veintena de grandes películas de guerra entre las que sería injusto no destacar Hundid el Bismark, La batalla del Río de la Plata, Bajo diez banderas –el corsario Atlantis, otro favorito de mi padre–, Torpedo, El último torpedo, Mar cruel, Sangre, sudor y lágrimas y la extraordinaria Duelo en el Atlántico, con Robert Mitchum, comandante de un destructor, enfrentado a Curd Jürgens, comandante de un submarino. Sin olvidar tres grandes títulos de John Ford: Mar de fondo, Hombres intrépidos y No eran imprescindibles. Y uno de Hitchcock: la intensa Náufragos
 
Se acaba la página y lo siento, porque se queda mucho cine en las teclas del ordenador. Por ejemplo, Estación Polar Zebra, El final de la cuenta atrás y también una película que suele pasar inadvertida en las antologías, pero que me impresionó mucho: a los ocho o nueve años, La sirena y el delfín me desveló temprana y simultáneamente los misterios de la arqueología naval y los encantos húmedos de Sophia Loren. Por su parte, El motín del Caine permite asomarse a la condición humana –esos oficiales agobiados, indecisos– y La última noche del Titanic, la mejor de cuantas películas se han hecho sobre aquel naufragio, al heroísmo, la cobardía, la dignidad, el egoísmo y la solidaridad humana en pleno desastre. Tampoco Moby Dick podía faltar en esta apretada lista, quizá para rematarla; sobre todo porque supuso un verdadero choque cultural, o generacional, verla de nuevo con mi hija; cuando, ante el enorme cetáceo blanco que en la novela y la película, como en mi propia imaginación, siempre fue encarnación del Mal, mi hija, que entonces tenía ocho años, comentó con mucha naturalidad: «Pobre ballena. ¿Verdad, papi?». 
 
29 de noviembre de 2020

domingo, 22 de noviembre de 2020

Maestros de tinta y papel

Ya se van llenando otra vez, poco a poco. Ahora sólo hay en ellos una docena de libros; pero en los próximos meses esos estantes casi vacíos de mi biblioteca, situados a la izquierda de la mesa donde trabajo, contendrán volúmenes con puntos de lectura, marcas en las páginas y párrafos subrayados a lápiz. Son cuatro filas de 1,98 metros cada una, lo que supone ocho metros de libros; doscientos cincuenta, más o menos: historia, ensayo, viajes, memorias… El material de consulta que durante el tiempo que empleo en escribir una novela me documenta, me informa, me acompaña. Después, una vez terminado ese trabajo, vuelven a sus lugares de origen en la biblioteca. Y empiezan a llegar otros. 
 
Pero no son sólo ésos. Algo más allá –ésos sí tienen lugar fijo– se encuentran el Espasa, la Enciclopedia Británica, el Summa Artis y los 50 tomos del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. Y a mi espalda, en otros siete estantes apretados, los libros de consulta inmediata, diccionarios, ortografías y gramáticas: Autoridades, RAE, Seco, Moliner, Casares, Corominas, Oxford Classical Dictionary, Oxford Latin Dictionary, Greek English Lexicon, viejos diccionarios clásicos de Vox, Petit Robert, Zingarelli, Langenscheidt y algunos más. 
 
Son mi compañía diaria. Maestros y amigos. Y no se trata sólo del consuelo de alzar la vista y verlos mientras trabajo, ni de la satisfacción de recurrir a ellos para conocer o comprobar una fecha, un dato, la exactitud de una palabra. Es que los necesito para mi trabajo, a todos ellos. A veces para una consulta rápida, a veces para búsquedas complejas y nutritivas. También me son imprescindibles, porque el lugar de la casa donde escribo no tiene teléfono ni Internet. Tecleo de cinco a siete horas diarias en un ordenador desconectado del mundo, ajeno a Wikipedia, a Google y a todo eso. Y cuando necesito conexión, subo a donde hay otro PC abierto al mundo, más vulnerable, y lo utilizo. Pero el trabajo lo hago en esa parte aislada de la biblioteca. El lugar al que llamo, y es una vieja historia, La Bodega. 
 
Sin embargo, tampoco tales compañeros, amigos y maestros, bastan para todo. A veces, cuando llego a un lugar complicado, uno de esos momentos en que todo se atranca y miras las teclas y la pantalla con desconcierto y desamparo, sin alcanzar con las palabras adecuadas la imagen, la situación o el diálogo que tienes o crees tener en la cabeza, no queda otra que buscar socorro. Y entonces, esperanzado, te levantas, subes a la parte de arriba de la biblioteca, donde están los autores literarios, y sin rubor ninguno, sin complejos, pides ayuda a gritos. A ver, maestro Conrad, maestro Galdós, maestro Pynchon, maestra Agatha, maestro Dostoievski, maestro Leonard, maestro Mann, maestro Hammett, maestro Stevenson… Vosotros o cualquier otro de los que estáis ahí, sacadme de este apuro, porque yo no puedo. Echadme una mano diciéndome cómo resolveríais el problema. 
 
Y no fallan, oigan. Les doy mi palabra. Porque son sabios, generosos y me conocen desde más de medio siglo. Ven aquí, chaval, dicen. Abre esto o aquello y fíjate en lo que lees, porque a pesar de lo que creen los tontos y los soberbios, que a veces son los mismos, en literatura todo lo inventamos ya nosotros en los últimos tres mil años; y lo que algunos toman por nuevo es, simplemente, lo olvidado. Así que ven y lee, pequeño saltamontes. Y luego aplica tus propios recursos, si es que los tienes. Y tú, que puedes ser el más chulo de tu barrio, o no, pero sabes que sin humildad profesional no se va a ninguna parte en este oficio ni en ningún otro, obedeces a los que saben, y abres el libro; y por alguna maravillosa geometría de la literatura y la vida, la solución está ahí, a veces en la misma página por la que has abierto. Espléndida como un rayo de sol. 
 
Es entonces cuando levantas la vista y dices, gracias, maestro, te debo otra de las muchas que te debo. Y bajas de nuevo a la bodega, y empiezas a darle otra vez a la tecla. Y de pronto, casi mágicamente, aquello que se negaba a pasar de tu cabeza al texto escrito empieza a tomar forma en éste como si siempre hubiera estado ahí, fluyendo con toda naturalidad. Y en una palabra, una frase, un párrafo, una página, resuelves por fin el problema técnico –contar bien una historia no es sino resolver con eficacia un problema técnico– que te traía por la calle de la Amargura. Y al cabo de un rato, cuando al fin le das a la tecla de imprimir, quitas el capuchón de la estilográfica y corriges con tinta azul lo escrito, intentando mejorarlo un poco, te preguntas si podrías explicar todo esto a los que preguntan cómo se escribe una novela. 
 
22 de noviembre de 2020

domingo, 15 de noviembre de 2020

Mi amor en blanco y negro


Ahora que estoy a diez días de empezar el taco de almanaque número 69 puedo confesarlo sin complejos: mi verdadero amor cinematográfico, la mujer de mi vida en celuloide, no es Ava Gardner, aunque anduvo cerca de serlo en Mogambo, ni la Claudia Cardinale de Un maledetto imbroglio; tampoco la Marlene Dietrich de El expreso de Shanghai, la Romy Schneider de La piscina, la Grace Kelly de Atrapa a un ladrón, ni la Sophia Loren que sale gloriosamente mojada del agua en La sirena y el delfín. Ni siquiera, lo que ya es ponerme entre la espada y la pared, la Lauren Bacall de Tener y no tener, con todas sus consecuencias. Todas ellas fueron, o son. Pero el verdadero amor de mi vida, o de esa parte contemplativa de mi vida, se llama –tales amores nunca envejecen ni mueren– Louise Brooks, y es probable que a algunos de ustedes, los más jóvenes o menos cinéfilos, no les suene de nada. Pero tiene arreglo: tecleen en Google o Youtube, y luego me cuentan. 
 
Louise Brooks, Lulú para la posteridad, fue una actriz norteamericana de intensa y breve carrera: entre 1925 y 1938 intervino en veinticuatro películas, dos de las cuales, rodadas en Europa, la situaron en la gran historia del cine: La caja de Pandora y Tres páginas de un diario. Su característico corte de pelo, ese escueto casco negro que acentuaba su aspecto a ratos andrógino, a veces agresivamente femenino y tan imitado en su momento, en películas que incluso rozaron el lesbianismo y el incesto, acabó convirtiéndola en un icono de su época; aunque la definitiva y eterna fama cinematográfica no le llegaría hasta más tarde, a los cincuenta años, muy lejos ya de todo aquello. Su carácter independiente, su desinhibición sexual, el modo en que se ponía el mundo y a los productores de Hollywood por montera –libérrima de costumbres, ajena al pudor, nunca quiso, sin embargo, acostarse con ninguno de ellos–, fue proscrita por el mundo del cine y puesta en una lista negra de la que no salió nunca, destruyendo así su carrera. Pero cuando en los años 50 destacados cinéfilos europeos y norteamericanos redescubrieron sus películas, en especial aquellas dos obras maestras que rodó en Alemania con el director expresionista Georg Wilhelm Pabst (Pandora’s box y The diary of a lost girl), la gran historia del cine la acogió para siempre con los brazos abiertos. Y ahí sigue, hecha leyenda, la mujer que escribió con pleno conocimiento de causa: «Mi madre tenía el mismo instinto maternal que un caimán» y «Una chica bien vestida puede conquistar el mundo, incluso si no tiene dinero». 
 
Señalo escribió y no dijo, porque Louise Brooks fue, tras dejar el cine, una escritora excepcional. Cuando a mediados de los 80 conocí sus películas, descubrí también Lulú en Hollywood, libro de memorias donde, con deliciosa sencillez, gracia y sutil mala leche, ajusta cuentas con Hollywood, el mundo, los hombres y algunas mujeres, y que contiene, entre otras cosas, un notable capítulo sobre Humphrey Bogart –uno de sus muchos amantes–, otro sobre William Wellman y otro, Gish y Garbo –también pasó por la cama de esta última– contando la presión de los estudios cinematográficos sobre las actrices famosas. Esa sorprendente transmutación de actriz a escritora acaba no sorprendiendo cuando te adentras en su vida y averiguas que era lectora desde niña, que en los rodajes se encerraba a leer a Proust, Darwin o Goethe, y que nunca viajó sin libros en el equipaje. 
 
Los tenía, los libros, incluso en la habitación del hotel Ambassador donde, tras tirar la llave, vivió una semana de sexo intenso con Charles Chaplin, teniendo ella 18 años y él 36. Y después de haber sido bailarina, amante promiscua –pobres o ricos, siempre elegía ella–, actriz deseada, hembra impúdica, prostituta de lujo a ratos, indómita siempre, y tras permitirse el valiente lujo de fracasar a los 25 años, fue la literatura la que le dio refugio y consuelo hasta que la gloria definitiva llegó tres décadas después, cuando los cinéfilos la reivindicaron como suya y Lulú en Hollywood fue un éxito. Homenajeada en varias películas, Guido Crepax basó en ella su cómic Valentina, suscitó canciones como Pandora’s box y Lulú, y fue su imagen la que inspiró aquel famoso Oui, c’est moi del perfume Lou Lou de Cacharel. Para entonces ya era vieja, alcohólica y malhumorada, pero vivió lo suficiente para saborear la dulce revancha de su propio mito. Murió a los 78 años con el pelo gris, una botella de ginebra y un libro en la mesilla de noche, fiel a su bronco carácter, después de escribir a su hermano una carta en la que resumía su fascinante vida: «Fracasé en todo: como actriz, esposa, amante, puta, cocinera, amiga. Y no me disculpo con la excusa fácil de que no lo intenté. Lo intenté con toda mi alma». 
 
15 de noviembre de 2020

domingo, 8 de noviembre de 2020

Dunkerque a la española

Les hablaba la semana pasada de victorias y derrotas, y de cómo algunas naciones, pueblos o como queramos llamarlos, saben hacer de sus fracasos materia épica que honra a quienes pelearon con bravura, y compensa la incierta balanza de la Historia. En eso los ingleses son viejos maestros, pues se las arreglan como artistas para que no sólo victorias como Crècy, Waterloo o Trafalgar, sino derrotas enormes –Tenerife, Isandlwana, Gandamak, Singapur, Dunkerque y tantas otras– pasen al imaginario histórico nacional y extranjero estofadas con laureles de gloria. Incluso se las venden al enemigo empaquetadas con lazo rosa, bajo el truco de reconocerle a éste un valor que justifica el propio desastre. Justo al contrario de lo que ocurre en España, donde hasta a los mejores momentos les buscamos las sombras, y donde todo lo convertimos en arma arrojadiza. 
 
Volví a pensar en eso hace unos días, buscando material para algo que llevo entre manos. Por casualidad me topé con un librito que tengo en la biblioteca sobre la Association of Dunkirk Little Ships, que desde 1966 reúne a medio centenar de pequeños barcos pertenecientes a particulares que intervinieron en la evacuación de las tropas británicas y francesas de Dunkerque durante la Segunda Guerra Mundial. Atrapados allí por el avance alemán, los soldados vencidos debían ser rescatados en las playas; pero como éstas eran de poca profundidad, la Royal Navy pidió ayuda a cuantas embarcaciones de pequeño calado había en los puertos del Canal de la Mancha para hacer de lanzaderas entre la orilla y los barcos grandes. Algunos de esos barquitos fueron requisados, mientras que otros, gobernados por sus propietarios, pescadores o miembros de clubs marítimos –el más pequeño, el Tamzine, tenía sólo cinco metros de eslora–, cruzaron el canal a modo de intrépida flotilla; y entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940, en pleno infierno y bajo los bombardeos alemanes, ayudaron a salvar a 338.226 compatriotas y aliados. 
 
Hay fotos impresionantes de aquello, y también películas que lo cuentan; aunque la última, Dunkirk, de Christopher Nolan, no sea la mejor. En todas estremecen, sin embargo, las imágenes de la frágil flotilla que, en patriótica respuesta al llamado de su gobierno –una orden de Churchill no era cualquier cosa–, salió de los puertos ingleses para dirigirse a las playas entre barcos hundidos, explosiones y columnas de humo de incendios. Algunos de esos pobres barquitos se perdieron bajo el fuego alemán; y otros, como el Marsayru, de catorce metros, tripulado por Dickie Olivier –hermano del actor Lawrence Olivier– y su amigo Cyril Coggins, tras navegar desde su club náutico, pudieron rescatar a 400 hombres. Tanto el Marsayru como el Tamzine y los demás lucen hoy, con sobrio orgullo, una pequeña placa atornillada donde puede leerse Dunkirk 1940. Y se reúnen todos los años por las mismas fechas, los que siguen a flote, para repetir la travesía de ida y vuelta a las playas de Dunkerque mientras los sobrevuelan viejos Spitfires y Hurricanes que los clubs aéreos británicos aún mantienen en vuelo. 
 
Alguna vez he comentado mi curiosidad por cómo se habría desarrollado este episodio en España. Y vuelvo a pensar en ello ahora, tras oír otra vez cantar La Marsellesa en Francia después de un crimen islamista. Imaginen por ejemplo, puestos a guerrear, un zafarrancho serio con Marruecos mientras la gente y las tropas se amontonan en los puertos de Ceuta y Melilla, con la Armada española haciendo lo que puede y la dejan, que ya sabemos lo que es; y el gobierno español, sea el que sea, pidiendo a los particulares que crucen el Estrecho y el mar de Alborán para acudir al rescate. Imaginen si pueden –y sé que pueden– esa sesión parlamentaria memorable, esos ministros patriotas, esos políticos de fluido verbo, esos telediarios, esos tertulianos de radio y televisión, esos expertos en Covid reciclados a expertos en evacuaciones y navegación. Y sobre todo, puestos a vibrar de entusiasmo, imaginen a los pescadores, a los dueños de golondrinas y catamaranes turísticos, a los propietarios de yates y barquitos de recreo, dejándolo todo para acudir corriendo a los puertos y clubs, calzándose los náuticos, dándose de hostias por salir los primeros a la mar. Imagínennos a todos navegando en conmovedora flotilla, cada cual con su banderita en la popa y allá a su frente Estambul, cantando a grito pelado Resistiré, Que viva España y Soldados del amor mientras nos dirigimos intrépidos, solidarios, españoles, hacia los incendios lejanos del horizonte. Con dos cojones. 
 
Y, bueno. Qué quieren que les diga. Si yo fuera ceutí o melillense, y pudiera, me iría comprando un barco. 
 
8 de noviembre de 2020

domingo, 1 de noviembre de 2020

Los ingleses lo respetaron más


Hay torpezas naturales e inevitables, y hay torpezas deliberadas y hasta peligrosas. La decisión del director de la fundación del Museo Naval de Madrid de retirar el cuadro de Ferrer-Dalmau El último combate del Glorioso de las salas de exposición me parece de las segundas, agravada por el hecho de que el responsable sea un almirante de la Armada española. La reapertura tras la reforma del formidable museo, uno de los más importantes de Europa, es una noticia espléndida, empañada por la polémica tras dejar fuera, precisamente, el cuadro más admirado y fotografiado por los visitantes desde que fue adquirido en 2014 y presentado de forma solemne en un acto presidido por el rey Felipe VI. 
 
La historia del navío Glorioso merece el soberbio lienzo que nuestro más internacional pintor de historia militar le dedicó en su momento. Viniendo en 1747 de La Habana, libró en solitario tres encuentros con doce barcos ingleses de los que hizo volar uno y hundió otro; y en el último, ya hecho polvo y sin munición, se vio obligado a arriar bandera tras un postrer combate que duró tres días y una noche, hazaña que los admirados cronistas británicos, poco inclinados a elogiar a españoles, saludaron con mucho respeto, calificándola de honrosa y extraordinaria. Con trágica belleza, el magnífico cuadro de Ferrer-Dalmau representa al navío en los momentos finales, desarbolado pero aún arriba la bandera, con los hombres peleando como fieras en la cubierta astillada y llena de humo, rodeado por barcos ingleses de los que –genial detalle del pintor– uno arrastra, indicando quién es el vencedor moral del combate, su propia bandera caída sobre el agua. 
 
Sin embargo, quienes visiten el Museo Naval de Madrid no verán allí tan espectacular cuadro sobre la gesta del Glorioso, sino otro de menos calidad, el de Cortellini, que está lejos de representar lo que fue aquello. Interrogado sobre una decisión que suscitó protestas y recriminaciones, el director de la fundación que preside el museo se justificó con argumentos chocantes en boca de un marino de guerra español. El cuadro, según él, no encaja en la nueva orientación del lugar, que pretende «mostrar nuestra historia sin complejos y de forma equilibrada». Un equilibrio que –sugirió sin ruborizarse– se logra ocultando derrotas y mostrando victorias. De modo que, en este nuevo planteamiento positivo, el cuadro de Ferrer-Dalmau resulta inadecuado porque, siempre según la almirantesca opinión, «al comandante del Glorioso no le habría gustado verse recordado así». 
 
Ésa es la frase que retengo del asunto: que al comandante del Glorioso no le habría gustado que lo recordaran así. Al escucharla pensé en las victorias y derrotas que jalonan la impresionante historia de España, y en las lecciones que de ellas pueden extraerse: las que nos redimen de tantos siglos de malos gobiernos; la continua lección moral dada por el pobre españolito de a pie, la fiel infantería, la fiel marinería, los paisanos de cachicuerna y trabuco, que allí donde la incompetencia de sus gobernantes los puso en el tajo del carnicero, indefensos ante enemigos poderosos, supieron con tenacidad y coraje, no ya por la patria –concepto a veces manipulado y difuso– sino por dignidad, deber, orgullo o desesperación, compensar con grandeza la miseria que tantas banderas tapaban. Según lo que apunta ese almirante tan equilibrado y libre de complejos, tampoco a los últimos soldados españoles de Rocroi les habría gustado verse recordados cuando a pie firme esperaban la carga final enemiga, ni a los manolos del Dos de Mayo ser inmortalizados por Goya. Tampoco les habría gustado verse pintados en su última hora a los héroes de tantas derrotas que, fruto de la incompetencia de sus gobernantes, encajaron solos y sin esperanza, canturreando una jota mientras empalmaban la navaja en Zaragoza, cargando en Annual con los últimos de Alcántara o doblando el bajo del Diamante bajo el fuego de los acorazados yanquis. Que vaya ahora el almirante de turno a preguntarle a Churruca cómo le gustaría verse recordado mientras se desangraba en Trafalgar, a los últimos de Filipinas cuando al fin se rindieron en Baler, a los marinos muertos en Cavite y Santiago de Cuba, a los pobres soldaditos del Barranco del Lobo y Monte Arruit, a los requetés de Codo y Villalba de los Arcos, a los republicanos caídos en el Ebro, a los paracaidistas masacrados en Ifni, a los legionarios muertos en Edchera… Que, al menos, los museos otorguen el consuelo de saber que a nadie en la historia lo derrotaron nunca como a un español: la certeza de que ese heroísmo, ese orgullo violento, esa dignidad desesperada y peligrosa, es lo único que tuvimos para compensar tanta estupidez histórica, tanta desmemoria suicida, tanto político irresponsable, tanto almirante mediocre y tanta infamia. 
 
1 de noviembre de 2020

domingo, 25 de octubre de 2020

Uno de los nuestros

Hace muchos años que Guillermo Brown desapareció de las librerías y de las habitaciones de los chicos. Quedó atrás, relevado por otros libros y personajes como fueron Los cinco, y más tarde el arrasador Harry Potter. Sin embargo, hubo un tiempo en que su mundo, el de las aventuras de Guillermo, era tan familiar a un chiquillo lector –y entonces casi todos lo éramos– como los tebeos, las muñecas, la cocinilla, el fuerte con indios y vaqueros y los soldaditos de juguete. 
 
Conocí al personaje en 1959, cuando, con motivo de la primera comunión, mi madre pidió a familiares y amigos que sólo me regalasen libros. Entre ellos estaban Los apuros de Guillermo, Travesuras de Guillermo y Guillermo el proscrito. Todavía los conservo con los que vinieron después, hechos polvo los lomos y sobados de tanto leerlos. Y esas noches raras en que oigo el rumor lejano del País de Nunca Jamás y veo navíos piratas surcando el contraluz de la luna, leo algún episodio suelto y admiro, otra vez, las formidables ilustraciones de Thomas Henry, vuelvo a enamorarme de su hermana Ethel, simpatizo con su hermano Roberto y pongo patas arriba el ordenado mundo de los adultos con la complicidad de los fieles Pelirrojo, Douglas y Enrique: mirándome, naturalmente, en los ojos azules de la pequeña Joan, llamada Juana en las traducciones españolas de la época. 
 
En mi opinión y la de algunos otros, su autora, Richmal Crompton, creó con aquel niño de 11 años, y con los 37 libros escritos sobre él, uno de los grandes personajes de la literatura universal. Sin embargo, Guillermo llegó con dificultad hasta los años 70, ya moribundo, pues la actualidad de su momento narrativo había pasado. Para los lectores que buscaban mundos y caracteres más actuales, tan singular chiquillo se extinguió con su época. Sin embargo, el retrato perfecto, ácido, lleno de humor e ironía, de la clase media rural inglesa en la primera mitad del siglo XX que pervive en sus páginas no ha sido superado por nadie. En tal sentido, es una indiscutible obra maestra. 
 
Parte de su ocaso en España se debió, también, a ciertos críticos literarios que, ya en tiempos de la Transición, vieron en esos libros dos pecados imperdonables: no era literatura seria y, lo que aún resultaba peor, retrataba a una clase media acomodada que jugaba al tenis y al golf; y eso, más que instruir a los jóvenes, los alienaba. Sin embargo, esos miopes cantamañanas –a alguno recuerdo con nombres y apellidos– fueron incapaces de comprender, seguramente porque ni siquiera lo leían de verdad, que el personaje de Guillermo, incrustado como un corrosivo caballo de Troya en mitad de ese mundo rural burgués y apacible de clérigos biempensantes, jóvenes educados, correctos vecinos y señoras que tomaban el té, era en realidad el de un peligroso destructor del orden establecido: un niño inquieto, imaginativo, incomprendido, rebelde, enemigo declarado de la autoridad, cuya imaginación y osadía, mezcladas con la ingenuidad y la insobornable lógica infantil de sus pocos años, lo empujan a trastocar cuanto hay alrededor. Un subversivo contumaz al que sólo se le puede sobornar con caramelos, con desafíos audaces o con el pestañeo de unos lindos ojos azules. Un marginal cuya íntima independencia lo hace insolente e ingobernable, aunque él mismo no se dé cuenta de ello; y que sólo en sus fieles camaradas, los proscritos, encuentra el calor y la lealtad que tanto anhela y que los mayores le niegan. Un anarquista formidable lleno de firmeza moral, capaz de levantar un muro infranqueable entre su honesto mundo infantil y el de esos adultos que ni lo comprenden ni lo respetan. Ni lo quieren. 
 
«Nunca vacila, esa es su magia», escribió de él Fernando Savater; y Lluís Bonet señaló «su afán vengador ante la incomprensión de los mayores». Y es muy cierto. Asombraría a los lectores jóvenes de hoy, que juegan en otra liga, comprobar hasta qué punto Guillermo y su forma audaz y estoica de afrontar la vida que imponían los adultos ayudó a numerosos críos de entonces a librar sus propios combates infantiles. Cuánto apoyo moral y compañía encontramos algunos en sus páginas; cuánto alivio al saber que no estábamos solos en un mundo que, como a cualquier niño en ese momento de la vida, nos acosaba con normas ajenas a nuestra entonces honrada lógica. A muchos de nosotros, aquel personaje nos daba consuelo y nos reivindicaba. Y cuando miro esos libros y recuerdo los días de lluvia en que no había colegio y nos quedábamos en casa leyendo sus aventuras, creo que todavía lo hace. Guillermo Brown era, y lo sigue siendo, uno de los nuestros. 
 
25 de octubre de 2020

domingo, 18 de octubre de 2020

Esa saludable incertidumbre

Si se entra y sale de las redes sociales sin tomárselas muy en serio, adoptando precauciones profilácticas, éstas son un medio estupendo para tomar el pulso al paisaje y al paisanaje. Un magnífico termómetro de la temperatura y del mundo. En mi caso, cada vez que me asomo a ellas aprendo algo. También me liberan de algunas o de muchas cosas. De cierta clase de compasión, por ejemplo, ante los efectos de la estupidez humana, que Twitter, Facebook y sitios así ayudan a detestar y temer más que la maldad. Pero ése no es el objeto de este artículo. Creo. 
 
Hace unos días, en una foto que colgué en Twitter se veía la mesa de cartas del velero en el que navego cuando puedo hacerlo; y en ella, una carta náutica tradicional y un cuaderno de bitácora con la singladura anotada hora a hora. Muchos seguidores, navegantes o no, lo acogieron con comentarios simpáticos: viejas maneras, tradiciones del mar, etcétera. Sin embargo, aparte el placer de comunicarme con amigos y gente afín –algunos colgaron sus propias fotos, y fue un rato divertido–, aquello tuvo una variante curiosa: los mensajes de quienes no comprendían esa imagen e incluso se choteaban de ella. Vaya forma rancia de navegar, señalaban. Eso es postureo, don Arturo. Entre en el siglo XXI y entérese de que existen el GPS, el plotter y el móvil. Que parece usted un abuelo Picapiedra. 
 
Fue interesante por varias razones. Como puede suponer quien sepa de barcos, a bordo llevo todos esos instrumentos, y los uso cuando salgo al mar. Lo que no es obstáculo para que, de forma paralela, mantenga ciertos usos o precauciones, como fiarme más de una carta de papel que de una electrónica, o trazar con lápiz, regla y compás los rumbos a seguir y el camino hecho en viajes largos, así como situarme cada hora (con el GPS, naturalmente, aunque de vez en cuando sucumbo al placer de tomar enfilaciones a tierra o hacerlo en la carta mediante la sonda) y registrar posición e incidencias en un cuaderno de bitácora. Es más: a riesgo de horrorizar a la peña, confieso que llevo en la camareta un sextante, porque a mi generación de capitanes de yate del Pleistoceno Inferior nos lo exigían para el examen, y todavía sé tomar la meridiana, aunque maldita la falta que haga ahora. Sin embargo, nunca se sabe. Y ahí está el punto. En que nunca se sabe. 
 
Una de las ventajas de ciertas biografías es que adiestran para la percepción del desastre. Y no hace falta trabajar veintiún años en países en guerra: cualquier médico, soldado, bombero, abogado, policía, sabe a qué me refiero. El mundo es un lugar peligroso y todo puede irse a tomar por saco con mucha naturalidad. Lo que pasa es que estamos convencidos de que la tecnología, simbolizada en el teléfono que llevamos en el bolsillo, es infalible y nos pone a salvo. Y ahí está el error, pues cada avance técnico incluye un fallo específico: cada Titanic tiene su propio iceberg. Y esa confianza y ese olvido nos hacen vulnerables, pues renunciamos, cada vez más, a medios de supervivencia alternativos. 
 
Dirán ustedes que soy un pesimista y un cenizo; pero igual que a bordo llevo cartas de papel y sextante, en casa conservo una vieja Olivetti que no uso, pero ahí está por si acaso. Y puesto a tener móvil, llevo un Nokia que sólo sirve para hablar, pero que no pasa nada si lo pierdo, y que no puede piratear ni la madre que me parió. Y los números, direcciones, documentos, billetes de tren o avión, novelas en que trabajo, también los doblo en papel. Y cada día me muevo por la vida procurando adaptarme al mundo electrónico y frágil en el que una panda de hijos de puta que pretenden ahorrarse empleados, y millones de borregos acomodaticios, me obligan a vivir; pero lo hago con la saludable incertidumbre de quien sabe que la electricidad se corta o acaba, que la tecnología falla, que el mundo está gobernado y habitado por un exceso de irresponsables. He visto demasiadas ciudades a oscuras, grifos sin agua, bombillas sin luz, bancos con la gente llorando en la puerta, inviernos sin calefacción y veranos sin ventilador. También a pasajeros quedarse en tierra porque la tarjeta de embarque del móvil se les había ido a hacer puñetas. Y en dos ocasiones, una navegando entre Baleares y Cerdeña y otra doblando el cabo de Gata entre mercantes, por apagones de conflictos bélicos o averías, estuve sin posición GPS durante casi una hora. Porque, como dijo no recuerdo quién, que seas un poquito paranoico no significa que realmente no vayan a por ti. 
 
Así que háganse cargo. Cómo no voy a llevar una carta náutica de toda la vida a bordo, oigan. Y una brújula. Cómo no las voy a llevar. 
 
18 de octubre de 2020

domingo, 11 de octubre de 2020

Por qué esa guerra y por qué ahora

Hay una pregunta que me hacen mucho en los últimos días: por qué tardé treinta años en escribir una novela sobre la Guerra Civil. Por qué esa guerra, y por qué ahora. Y es cierto. Excepto un libro para uso escolar publicado hace años con ilustraciones de Fernando Vicente, La Guerra Civil contada a los jóvenes, y las novelas del espía Falcó que tienen ese momento como telón de fondo, siempre evité abordar el asunto. Incluso me desagradaba la idea. 
 
Hay una explicación que hizo que me sumergiera en la biblioteca durante diez meses tomando notas, viendo fotografías, reconstruyendo tragedias, imaginando personajes y situaciones que se combinaban con recuerdos familiares y experiencias personales, inspirado todo ello por una certeza: respecto a la guerra que nos destrozó entre 1936 y 1939 y nos marcó para el siglo siguiente, los españoles perdemos la memoria. Me refiero a la real y directa de cuanto ocurrió, pues quienes sabían lo que fue, quienes de verdad participaron en la contienda –hablo de frentes de batalla, no de las complejas retaguardias, que no hubo dos, sino muchas–, han desaparecido. Los más jóvenes, que fueron a luchar con diecisiete o dieciocho años, mi padre, mi tío, los padres, abuelos y bisabuelos de muchos de ustedes, nacieron hace un siglo. Apenas queda alguno vivo y con memoria. 
 
Esa certeza, cuando fui consciente de ella, valía una novela. Muertos los hombres y mujeres de entonces, olvidados los hechos, sólo quedan las ideas. Pero sin el testimonio de la realidad las ideas son peligrosas, pues pueden ser usurpadas y manipuladas por cualquiera, sobre todo en estos tiempos de redes sociales y argumentos simples. La generación que hizo la guerra quiso poner a salvo a hijos y nietos procurando no hablar de lo que vivió, manteniéndolos lejos del rencor y la tristeza que ese tiempo trajo consigo. Pero el silencio tuvo un efecto a la larga negativo, pues al desaparecer los testigos se perdió la memoria personal de quienes de verdad lucharon y quedó sólo la memoria ideológica, muy necesaria, pero basada más en discursos y argumentos que en realidades y recuerdos. 
 
Todo eso es malo, pues no puede haber comprensión sin conocer la historia de quienes combatieron como soldados en tan siniestro desastre. El principal núcleo de memoria de esa guerra, el más conocido, lo constituyen los hechos políticos y sociales, así como los terribles crímenes de retaguardia; pero lo que en mi opinión define con más exactitud la tragedia, lo que ofrece lecciones muy duras y a veces admirables –todo drama humano tiene contenidos morales–, son los hombres y mujeres que pelearon en los frentes de batalla. Fue allí, en las trincheras, donde más víctimas hubo de tan sangriento disparate. Por esa razón escribí Línea de fuego, título que resume la intención: dar voz a quienes, en ambos bandos y fusil en mano, pasaron hambre, frío y miedo, resultaron heridos o perdieron la vida, quemaron su juventud y luego fueron olvidados. Quise acompañarlos y que los acompañen los lectores; no escribir otra novela sobre la Guerra Civil, sino la novela de quienes, de grado o a la fuerza, lucharon de verdad. Y lo hice para que no se los confunda con los miserables y los asesinos que vivían de dar discursos y alzar la voz en mítines, cafés y burdeles lejos de los tiros, o paseaban pistola al cinto, camisa azul de falangista o mono de miliciano, ajustando cuentas, robando y asesinando sin riesgo y sin decencia. Es útil identificar a unos y otros para diferenciarlos bien, pues de los segundos siempre hubo y habrá: basta echar un vistazo a algunos personajes que hoy adornan la política española para imaginarlos en circunstancias favorables, con el poder adecuado. En toda su impune y criminal salsa. 
 
Resumiendo: fascistas y rojos, como entre ellos se llamaban entonces, hubo muchos, pero ni siquiera en un mismo bando eran todos iguales. Por eso pretendo que los lectores reconozcan en estas páginas, haciéndoles justicia, a su abuelo, a su padre, a su tío, a su vecino. Que puedan recobrar lo olvidado sobre ellos, o conocer lo mucho que ya se ignora. Que hijos y nietos se sientan estremecidos, y quizás en algún momento orgullosos, de inscribir su propia memoria en la memoria familiar. Y ojalá logre, también, estimularlos para conocer la verdadera historia de una guerra lejana que no fue tan simple como hoy nos cuentan. Una tragedia que tal vez se resuma bien en la cita del escritor republicano Arturo Barea que incluyo entre los epígrafes de la novela: «Qué brutos, dios mío. Pero qué hombres». 
 
11 de octubre de 2020

domingo, 4 de octubre de 2020

Aquella vida olvidada

Está postrada en la cama, tan guapa a los 96 años como siempre lo fue. Guapísima y también serena, pues la enfermedad que la consume despacio, que no es otra que la vejez natural que nos espera a todos si vivimos lo suficiente, es piadosa con ella. No sufre y está bien atendida: se la ve conmovedoramente flaquita y consumida, pero limpia, aseada, tan pulcra como de costumbre. Vestida con un elegante camisón, apoya en el almohadón de la cama la cabeza ya frágil, el cabello cano y corto, bien peinado, que siempre tuvo muy abundante y hermoso. Es la apacible imagen de una vida que se extingue despacio, mansamente, y que un amanecer cualquiera, cuando sus hijos acudan a verla, se habrá dormido para siempre, al fin, ojalá con la misma sonrisa dulce que ahora tiene en los labios. 
 
Sentado a su lado, el hijo mayor le tiene cogida una mano. Ella la mantiene así desde hace rato, asida a la suya, mirándolo con curiosidad. Su memoria se hundió en las brumas del tiempo y no sabe quién es ese sexagenario con canas en la barba que antes la besó en la frente y permanece inmóvil junto a ella. No lo reconoce, aunque a veces una palabra, un gesto, un recuerdo que logra abrirse paso, le hagan abrir más los ojos con un relámpago de reconocimiento, o de vaga memoria. A veces, incluso, hasta trae a su boca una palabra que evoca un nombre hallado de pronto, un apelativo familiar, una antigua escena. No rememora del todo, pero quiere hacerlo. Y cuando se produce el milagro y se asoma un instante al pasado, asiente y sonríe con dulzura y un brillo feliz en la mirada. 
 
El hijo habla desde hace rato. Conversa despacio, paciente, contando con mucho detalle. Como sabe que ella no recuerda, que cuanto él diga será tan nuevo para la anciana como si no hubiera ocurrido nunca, está contándole su propia historia. La de ella misma. Por fortuna es casi toda una historia feliz, que apenas es necesario alterar para que suene bonita: sólo algunas omisiones lejanas, años de infancia desgraciada, viajes a lugares extranjeros y tiempos de guerra. Dejando eso aparte, el hijo-narrador se centra en la parte dichosa de esa vida: la juventud, el trabajo, el amor, la casa familiar, el mar cercano, los hijos y los nietos. Le cuenta todo eso desde el principio mientras ella escucha con atención, pendiente de las palabras, entreabierta la boca, oyente fascinada por un relato que ignora es el suyo propio. Y cuando los otros familiares que están cerca hablan entre ellos de otras cosas, los mira molesta y los reconviene. «Callaos, bobos –les dice suavemente–. ¿No veis qué cosas más interesantes me están contando?». 
 
Y así, el hijo mayor le narra a la anciana la historia de una joven de dieciocho años que trabajaba en una agencia de viajes y cada día pasaba ante la casa de otro joven que se enamoró de ella; y de cómo éste consiguió que se la presentaran unos amigos; y cómo, cuando ella conoció a aquel chico alto, serio y educado, decidió casarse con él; y cómo fueron el noviazgo de cuatro años y el primer beso robado a costa de un bofetón junto a la cortina de un cine, y los paseos por el mar, y la boda, el viaje de novios y el mes entero durante el que el pobre marido, un perfecto caballero, tuvo la delicadeza de respetar la intimidad de la joven esposa hasta que ella –eran otros y absurdos tiempos– venció los escrúpulos y complejos con los que una educación rigurosa de las de antes la tenía bloqueada. Etcétera. 
 
Y mientras la anciana de pelo blanco escucha con mucha atención la historia de aquella joven a la que desconoce, y murmura «menuda tonta era ésa», su hijo sigue cogiéndole la mano y le cuenta también cómo nacieron él mismo y sus hermanos, y relata la existencia de la mujer que vivió en un hermoso lugar entre montañas y junto al mar, y cómo iba de noche a esperar al marido cuando regresaba de trabajar, a la luz de una antorcha que iluminaba de rojo el camino. Y de qué manera fue siguiendo la vida su curso, y los hijos crecieron y marcharon a lugares lejanos, pero siempre regresaron a verla. Y cómo tuvo también muchos nietos, envejeció apaciblemente y leyó libros bonitos, escribió poemas cursis y cocinó calderos levantinos que concitaban en casa a todos los vecinos, y sus veranos fueron una sucesión de hermosos ponientes rojos sobre un mar en calma, que ella pintó bellamente sobre lienzos y países de abanicos. Y así, mientras escucha la relación ya desconocida de su propia vida, la mirada de la anciana reluce de interés y goce, y sin soltar la mano del hombre que ignora que es hijo suyo, dice: «Es una historia verdaderamente bonita». Y añade: «Debió de ser una mujer muy feliz ésa de la que usted me habla». 
 
4 de octubre de 2020