domingo, 22 de noviembre de 2020

Maestros de tinta y papel

Ya se van llenando otra vez, poco a poco. Ahora sólo hay en ellos una docena de libros; pero en los próximos meses esos estantes casi vacíos de mi biblioteca, situados a la izquierda de la mesa donde trabajo, contendrán volúmenes con puntos de lectura, marcas en las páginas y párrafos subrayados a lápiz. Son cuatro filas de 1,98 metros cada una, lo que supone ocho metros de libros; doscientos cincuenta, más o menos: historia, ensayo, viajes, memorias… El material de consulta que durante el tiempo que empleo en escribir una novela me documenta, me informa, me acompaña. Después, una vez terminado ese trabajo, vuelven a sus lugares de origen en la biblioteca. Y empiezan a llegar otros. 
 
Pero no son sólo ésos. Algo más allá –ésos sí tienen lugar fijo– se encuentran el Espasa, la Enciclopedia Británica, el Summa Artis y los 50 tomos del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. Y a mi espalda, en otros siete estantes apretados, los libros de consulta inmediata, diccionarios, ortografías y gramáticas: Autoridades, RAE, Seco, Moliner, Casares, Corominas, Oxford Classical Dictionary, Oxford Latin Dictionary, Greek English Lexicon, viejos diccionarios clásicos de Vox, Petit Robert, Zingarelli, Langenscheidt y algunos más. 
 
Son mi compañía diaria. Maestros y amigos. Y no se trata sólo del consuelo de alzar la vista y verlos mientras trabajo, ni de la satisfacción de recurrir a ellos para conocer o comprobar una fecha, un dato, la exactitud de una palabra. Es que los necesito para mi trabajo, a todos ellos. A veces para una consulta rápida, a veces para búsquedas complejas y nutritivas. También me son imprescindibles, porque el lugar de la casa donde escribo no tiene teléfono ni Internet. Tecleo de cinco a siete horas diarias en un ordenador desconectado del mundo, ajeno a Wikipedia, a Google y a todo eso. Y cuando necesito conexión, subo a donde hay otro PC abierto al mundo, más vulnerable, y lo utilizo. Pero el trabajo lo hago en esa parte aislada de la biblioteca. El lugar al que llamo, y es una vieja historia, La Bodega. 
 
Sin embargo, tampoco tales compañeros, amigos y maestros, bastan para todo. A veces, cuando llego a un lugar complicado, uno de esos momentos en que todo se atranca y miras las teclas y la pantalla con desconcierto y desamparo, sin alcanzar con las palabras adecuadas la imagen, la situación o el diálogo que tienes o crees tener en la cabeza, no queda otra que buscar socorro. Y entonces, esperanzado, te levantas, subes a la parte de arriba de la biblioteca, donde están los autores literarios, y sin rubor ninguno, sin complejos, pides ayuda a gritos. A ver, maestro Conrad, maestro Galdós, maestro Pynchon, maestra Agatha, maestro Dostoievski, maestro Leonard, maestro Mann, maestro Hammett, maestro Stevenson… Vosotros o cualquier otro de los que estáis ahí, sacadme de este apuro, porque yo no puedo. Echadme una mano diciéndome cómo resolveríais el problema. 
 
Y no fallan, oigan. Les doy mi palabra. Porque son sabios, generosos y me conocen desde más de medio siglo. Ven aquí, chaval, dicen. Abre esto o aquello y fíjate en lo que lees, porque a pesar de lo que creen los tontos y los soberbios, que a veces son los mismos, en literatura todo lo inventamos ya nosotros en los últimos tres mil años; y lo que algunos toman por nuevo es, simplemente, lo olvidado. Así que ven y lee, pequeño saltamontes. Y luego aplica tus propios recursos, si es que los tienes. Y tú, que puedes ser el más chulo de tu barrio, o no, pero sabes que sin humildad profesional no se va a ninguna parte en este oficio ni en ningún otro, obedeces a los que saben, y abres el libro; y por alguna maravillosa geometría de la literatura y la vida, la solución está ahí, a veces en la misma página por la que has abierto. Espléndida como un rayo de sol. 
 
Es entonces cuando levantas la vista y dices, gracias, maestro, te debo otra de las muchas que te debo. Y bajas de nuevo a la bodega, y empiezas a darle otra vez a la tecla. Y de pronto, casi mágicamente, aquello que se negaba a pasar de tu cabeza al texto escrito empieza a tomar forma en éste como si siempre hubiera estado ahí, fluyendo con toda naturalidad. Y en una palabra, una frase, un párrafo, una página, resuelves por fin el problema técnico –contar bien una historia no es sino resolver con eficacia un problema técnico– que te traía por la calle de la Amargura. Y al cabo de un rato, cuando al fin le das a la tecla de imprimir, quitas el capuchón de la estilográfica y corriges con tinta azul lo escrito, intentando mejorarlo un poco, te preguntas si podrías explicar todo esto a los que preguntan cómo se escribe una novela. 
 
22 de noviembre de 2020

domingo, 15 de noviembre de 2020

Mi amor en blanco y negro


Ahora que estoy a diez días de empezar el taco de almanaque número 69 puedo confesarlo sin complejos: mi verdadero amor cinematográfico, la mujer de mi vida en celuloide, no es Ava Gardner, aunque anduvo cerca de serlo en Mogambo, ni la Claudia Cardinale de Un maledetto imbroglio; tampoco la Marlene Dietrich de El expreso de Shanghai, la Romy Schneider de La piscina, la Grace Kelly de Atrapa a un ladrón, ni la Sophia Loren que sale gloriosamente mojada del agua en La sirena y el delfín. Ni siquiera, lo que ya es ponerme entre la espada y la pared, la Lauren Bacall de Tener y no tener, con todas sus consecuencias. Todas ellas fueron, o son. Pero el verdadero amor de mi vida, o de esa parte contemplativa de mi vida, se llama –tales amores nunca envejecen ni mueren– Louise Brooks, y es probable que a algunos de ustedes, los más jóvenes o menos cinéfilos, no les suene de nada. Pero tiene arreglo: tecleen en Google o Youtube, y luego me cuentan. 
 
Louise Brooks, Lulú para la posteridad, fue una actriz norteamericana de intensa y breve carrera: entre 1925 y 1938 intervino en veinticuatro películas, dos de las cuales, rodadas en Europa, la situaron en la gran historia del cine: La caja de Pandora y Tres páginas de un diario. Su característico corte de pelo, ese escueto casco negro que acentuaba su aspecto a ratos andrógino, a veces agresivamente femenino y tan imitado en su momento, en películas que incluso rozaron el lesbianismo y el incesto, acabó convirtiéndola en un icono de su época; aunque la definitiva y eterna fama cinematográfica no le llegaría hasta más tarde, a los cincuenta años, muy lejos ya de todo aquello. Su carácter independiente, su desinhibición sexual, el modo en que se ponía el mundo y a los productores de Hollywood por montera –libérrima de costumbres, ajena al pudor, nunca quiso, sin embargo, acostarse con ninguno de ellos–, fue proscrita por el mundo del cine y puesta en una lista negra de la que no salió nunca, destruyendo así su carrera. Pero cuando en los años 50 destacados cinéfilos europeos y norteamericanos redescubrieron sus películas, en especial aquellas dos obras maestras que rodó en Alemania con el director expresionista Georg Wilhelm Pabst (Pandora’s box y The diary of a lost girl), la gran historia del cine la acogió para siempre con los brazos abiertos. Y ahí sigue, hecha leyenda, la mujer que escribió con pleno conocimiento de causa: «Mi madre tenía el mismo instinto maternal que un caimán» y «Una chica bien vestida puede conquistar el mundo, incluso si no tiene dinero». 
 
Señalo escribió y no dijo, porque Louise Brooks fue, tras dejar el cine, una escritora excepcional. Cuando a mediados de los 80 conocí sus películas, descubrí también Lulú en Hollywood, libro de memorias donde, con deliciosa sencillez, gracia y sutil mala leche, ajusta cuentas con Hollywood, el mundo, los hombres y algunas mujeres, y que contiene, entre otras cosas, un notable capítulo sobre Humphrey Bogart –uno de sus muchos amantes–, otro sobre William Wellman y otro, Gish y Garbo –también pasó por la cama de esta última– contando la presión de los estudios cinematográficos sobre las actrices famosas. Esa sorprendente transmutación de actriz a escritora acaba no sorprendiendo cuando te adentras en su vida y averiguas que era lectora desde niña, que en los rodajes se encerraba a leer a Proust, Darwin o Goethe, y que nunca viajó sin libros en el equipaje. 
 
Los tenía, los libros, incluso en la habitación del hotel Ambassador donde, tras tirar la llave, vivió una semana de sexo intenso con Charles Chaplin, teniendo ella 18 años y él 36. Y después de haber sido bailarina, amante promiscua –pobres o ricos, siempre elegía ella–, actriz deseada, hembra impúdica, prostituta de lujo a ratos, indómita siempre, y tras permitirse el valiente lujo de fracasar a los 25 años, fue la literatura la que le dio refugio y consuelo hasta que la gloria definitiva llegó tres décadas después, cuando los cinéfilos la reivindicaron como suya y Lulú en Hollywood fue un éxito. Homenajeada en varias películas, Guido Crepax basó en ella su cómic Valentina, suscitó canciones como Pandora’s box y Lulú, y fue su imagen la que inspiró aquel famoso Oui, c’est moi del perfume Lou Lou de Cacharel. Para entonces ya era vieja, alcohólica y malhumorada, pero vivió lo suficiente para saborear la dulce revancha de su propio mito. Murió a los 78 años con el pelo gris, una botella de ginebra y un libro en la mesilla de noche, fiel a su bronco carácter, después de escribir a su hermano una carta en la que resumía su fascinante vida: «Fracasé en todo: como actriz, esposa, amante, puta, cocinera, amiga. Y no me disculpo con la excusa fácil de que no lo intenté. Lo intenté con toda mi alma». 
 
15 de noviembre de 2020

domingo, 8 de noviembre de 2020

Dunkerque a la española

Les hablaba la semana pasada de victorias y derrotas, y de cómo algunas naciones, pueblos o como queramos llamarlos, saben hacer de sus fracasos materia épica que honra a quienes pelearon con bravura, y compensa la incierta balanza de la Historia. En eso los ingleses son viejos maestros, pues se las arreglan como artistas para que no sólo victorias como Crècy, Waterloo o Trafalgar, sino derrotas enormes –Tenerife, Isandlwana, Gandamak, Singapur, Dunkerque y tantas otras– pasen al imaginario histórico nacional y extranjero estofadas con laureles de gloria. Incluso se las venden al enemigo empaquetadas con lazo rosa, bajo el truco de reconocerle a éste un valor que justifica el propio desastre. Justo al contrario de lo que ocurre en España, donde hasta a los mejores momentos les buscamos las sombras, y donde todo lo convertimos en arma arrojadiza. 
 
Volví a pensar en eso hace unos días, buscando material para algo que llevo entre manos. Por casualidad me topé con un librito que tengo en la biblioteca sobre la Association of Dunkirk Little Ships, que desde 1966 reúne a medio centenar de pequeños barcos pertenecientes a particulares que intervinieron en la evacuación de las tropas británicas y francesas de Dunkerque durante la Segunda Guerra Mundial. Atrapados allí por el avance alemán, los soldados vencidos debían ser rescatados en las playas; pero como éstas eran de poca profundidad, la Royal Navy pidió ayuda a cuantas embarcaciones de pequeño calado había en los puertos del Canal de la Mancha para hacer de lanzaderas entre la orilla y los barcos grandes. Algunos de esos barquitos fueron requisados, mientras que otros, gobernados por sus propietarios, pescadores o miembros de clubs marítimos –el más pequeño, el Tamzine, tenía sólo cinco metros de eslora–, cruzaron el canal a modo de intrépida flotilla; y entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940, en pleno infierno y bajo los bombardeos alemanes, ayudaron a salvar a 338.226 compatriotas y aliados. 
 
Hay fotos impresionantes de aquello, y también películas que lo cuentan; aunque la última, Dunkirk, de Christopher Nolan, no sea la mejor. En todas estremecen, sin embargo, las imágenes de la frágil flotilla que, en patriótica respuesta al llamado de su gobierno –una orden de Churchill no era cualquier cosa–, salió de los puertos ingleses para dirigirse a las playas entre barcos hundidos, explosiones y columnas de humo de incendios. Algunos de esos pobres barquitos se perdieron bajo el fuego alemán; y otros, como el Marsayru, de catorce metros, tripulado por Dickie Olivier –hermano del actor Lawrence Olivier– y su amigo Cyril Coggins, tras navegar desde su club náutico, pudieron rescatar a 400 hombres. Tanto el Marsayru como el Tamzine y los demás lucen hoy, con sobrio orgullo, una pequeña placa atornillada donde puede leerse Dunkirk 1940. Y se reúnen todos los años por las mismas fechas, los que siguen a flote, para repetir la travesía de ida y vuelta a las playas de Dunkerque mientras los sobrevuelan viejos Spitfires y Hurricanes que los clubs aéreos británicos aún mantienen en vuelo. 
 
Alguna vez he comentado mi curiosidad por cómo se habría desarrollado este episodio en España. Y vuelvo a pensar en ello ahora, tras oír otra vez cantar La Marsellesa en Francia después de un crimen islamista. Imaginen por ejemplo, puestos a guerrear, un zafarrancho serio con Marruecos mientras la gente y las tropas se amontonan en los puertos de Ceuta y Melilla, con la Armada española haciendo lo que puede y la dejan, que ya sabemos lo que es; y el gobierno español, sea el que sea, pidiendo a los particulares que crucen el Estrecho y el mar de Alborán para acudir al rescate. Imaginen si pueden –y sé que pueden– esa sesión parlamentaria memorable, esos ministros patriotas, esos políticos de fluido verbo, esos telediarios, esos tertulianos de radio y televisión, esos expertos en Covid reciclados a expertos en evacuaciones y navegación. Y sobre todo, puestos a vibrar de entusiasmo, imaginen a los pescadores, a los dueños de golondrinas y catamaranes turísticos, a los propietarios de yates y barquitos de recreo, dejándolo todo para acudir corriendo a los puertos y clubs, calzándose los náuticos, dándose de hostias por salir los primeros a la mar. Imagínennos a todos navegando en conmovedora flotilla, cada cual con su banderita en la popa y allá a su frente Estambul, cantando a grito pelado Resistiré, Que viva España y Soldados del amor mientras nos dirigimos intrépidos, solidarios, españoles, hacia los incendios lejanos del horizonte. Con dos cojones. 
 
Y, bueno. Qué quieren que les diga. Si yo fuera ceutí o melillense, y pudiera, me iría comprando un barco. 
 
8 de noviembre de 2020

domingo, 1 de noviembre de 2020

Los ingleses lo respetaron más


Hay torpezas naturales e inevitables, y hay torpezas deliberadas y hasta peligrosas. La decisión del director de la fundación del Museo Naval de Madrid de retirar el cuadro de Ferrer-Dalmau El último combate del Glorioso de las salas de exposición me parece de las segundas, agravada por el hecho de que el responsable sea un almirante de la Armada española. La reapertura tras la reforma del formidable museo, uno de los más importantes de Europa, es una noticia espléndida, empañada por la polémica tras dejar fuera, precisamente, el cuadro más admirado y fotografiado por los visitantes desde que fue adquirido en 2014 y presentado de forma solemne en un acto presidido por el rey Felipe VI. 
 
La historia del navío Glorioso merece el soberbio lienzo que nuestro más internacional pintor de historia militar le dedicó en su momento. Viniendo en 1747 de La Habana, libró en solitario tres encuentros con doce barcos ingleses de los que hizo volar uno y hundió otro; y en el último, ya hecho polvo y sin munición, se vio obligado a arriar bandera tras un postrer combate que duró tres días y una noche, hazaña que los admirados cronistas británicos, poco inclinados a elogiar a españoles, saludaron con mucho respeto, calificándola de honrosa y extraordinaria. Con trágica belleza, el magnífico cuadro de Ferrer-Dalmau representa al navío en los momentos finales, desarbolado pero aún arriba la bandera, con los hombres peleando como fieras en la cubierta astillada y llena de humo, rodeado por barcos ingleses de los que –genial detalle del pintor– uno arrastra, indicando quién es el vencedor moral del combate, su propia bandera caída sobre el agua. 
 
Sin embargo, quienes visiten el Museo Naval de Madrid no verán allí tan espectacular cuadro sobre la gesta del Glorioso, sino otro de menos calidad, el de Cortellini, que está lejos de representar lo que fue aquello. Interrogado sobre una decisión que suscitó protestas y recriminaciones, el director de la fundación que preside el museo se justificó con argumentos chocantes en boca de un marino de guerra español. El cuadro, según él, no encaja en la nueva orientación del lugar, que pretende «mostrar nuestra historia sin complejos y de forma equilibrada». Un equilibrio que –sugirió sin ruborizarse– se logra ocultando derrotas y mostrando victorias. De modo que, en este nuevo planteamiento positivo, el cuadro de Ferrer-Dalmau resulta inadecuado porque, siempre según la almirantesca opinión, «al comandante del Glorioso no le habría gustado verse recordado así». 
 
Ésa es la frase que retengo del asunto: que al comandante del Glorioso no le habría gustado que lo recordaran así. Al escucharla pensé en las victorias y derrotas que jalonan la impresionante historia de España, y en las lecciones que de ellas pueden extraerse: las que nos redimen de tantos siglos de malos gobiernos; la continua lección moral dada por el pobre españolito de a pie, la fiel infantería, la fiel marinería, los paisanos de cachicuerna y trabuco, que allí donde la incompetencia de sus gobernantes los puso en el tajo del carnicero, indefensos ante enemigos poderosos, supieron con tenacidad y coraje, no ya por la patria –concepto a veces manipulado y difuso– sino por dignidad, deber, orgullo o desesperación, compensar con grandeza la miseria que tantas banderas tapaban. Según lo que apunta ese almirante tan equilibrado y libre de complejos, tampoco a los últimos soldados españoles de Rocroi les habría gustado verse recordados cuando a pie firme esperaban la carga final enemiga, ni a los manolos del Dos de Mayo ser inmortalizados por Goya. Tampoco les habría gustado verse pintados en su última hora a los héroes de tantas derrotas que, fruto de la incompetencia de sus gobernantes, encajaron solos y sin esperanza, canturreando una jota mientras empalmaban la navaja en Zaragoza, cargando en Annual con los últimos de Alcántara o doblando el bajo del Diamante bajo el fuego de los acorazados yanquis. Que vaya ahora el almirante de turno a preguntarle a Churruca cómo le gustaría verse recordado mientras se desangraba en Trafalgar, a los últimos de Filipinas cuando al fin se rindieron en Baler, a los marinos muertos en Cavite y Santiago de Cuba, a los pobres soldaditos del Barranco del Lobo y Monte Arruit, a los requetés de Codo y Villalba de los Arcos, a los republicanos caídos en el Ebro, a los paracaidistas masacrados en Ifni, a los legionarios muertos en Edchera… Que, al menos, los museos otorguen el consuelo de saber que a nadie en la historia lo derrotaron nunca como a un español: la certeza de que ese heroísmo, ese orgullo violento, esa dignidad desesperada y peligrosa, es lo único que tuvimos para compensar tanta estupidez histórica, tanta desmemoria suicida, tanto político irresponsable, tanto almirante mediocre y tanta infamia. 
 
1 de noviembre de 2020

domingo, 25 de octubre de 2020

Uno de los nuestros

Hace muchos años que Guillermo Brown desapareció de las librerías y de las habitaciones de los chicos. Quedó atrás, relevado por otros libros y personajes como fueron Los cinco, y más tarde el arrasador Harry Potter. Sin embargo, hubo un tiempo en que su mundo, el de las aventuras de Guillermo, era tan familiar a un chiquillo lector –y entonces casi todos lo éramos– como los tebeos, las muñecas, la cocinilla, el fuerte con indios y vaqueros y los soldaditos de juguete. 
 
Conocí al personaje en 1959, cuando, con motivo de la primera comunión, mi madre pidió a familiares y amigos que sólo me regalasen libros. Entre ellos estaban Los apuros de Guillermo, Travesuras de Guillermo y Guillermo el proscrito. Todavía los conservo con los que vinieron después, hechos polvo los lomos y sobados de tanto leerlos. Y esas noches raras en que oigo el rumor lejano del País de Nunca Jamás y veo navíos piratas surcando el contraluz de la luna, leo algún episodio suelto y admiro, otra vez, las formidables ilustraciones de Thomas Henry, vuelvo a enamorarme de su hermana Ethel, simpatizo con su hermano Roberto y pongo patas arriba el ordenado mundo de los adultos con la complicidad de los fieles Pelirrojo, Douglas y Enrique: mirándome, naturalmente, en los ojos azules de la pequeña Joan, llamada Juana en las traducciones españolas de la época. 
 
En mi opinión y la de algunos otros, su autora, Richmal Crompton, creó con aquel niño de 11 años, y con los 37 libros escritos sobre él, uno de los grandes personajes de la literatura universal. Sin embargo, Guillermo llegó con dificultad hasta los años 70, ya moribundo, pues la actualidad de su momento narrativo había pasado. Para los lectores que buscaban mundos y caracteres más actuales, tan singular chiquillo se extinguió con su época. Sin embargo, el retrato perfecto, ácido, lleno de humor e ironía, de la clase media rural inglesa en la primera mitad del siglo XX que pervive en sus páginas no ha sido superado por nadie. En tal sentido, es una indiscutible obra maestra. 
 
Parte de su ocaso en España se debió, también, a ciertos críticos literarios que, ya en tiempos de la Transición, vieron en esos libros dos pecados imperdonables: no era literatura seria y, lo que aún resultaba peor, retrataba a una clase media acomodada que jugaba al tenis y al golf; y eso, más que instruir a los jóvenes, los alienaba. Sin embargo, esos miopes cantamañanas –a alguno recuerdo con nombres y apellidos– fueron incapaces de comprender, seguramente porque ni siquiera lo leían de verdad, que el personaje de Guillermo, incrustado como un corrosivo caballo de Troya en mitad de ese mundo rural burgués y apacible de clérigos biempensantes, jóvenes educados, correctos vecinos y señoras que tomaban el té, era en realidad el de un peligroso destructor del orden establecido: un niño inquieto, imaginativo, incomprendido, rebelde, enemigo declarado de la autoridad, cuya imaginación y osadía, mezcladas con la ingenuidad y la insobornable lógica infantil de sus pocos años, lo empujan a trastocar cuanto hay alrededor. Un subversivo contumaz al que sólo se le puede sobornar con caramelos, con desafíos audaces o con el pestañeo de unos lindos ojos azules. Un marginal cuya íntima independencia lo hace insolente e ingobernable, aunque él mismo no se dé cuenta de ello; y que sólo en sus fieles camaradas, los proscritos, encuentra el calor y la lealtad que tanto anhela y que los mayores le niegan. Un anarquista formidable lleno de firmeza moral, capaz de levantar un muro infranqueable entre su honesto mundo infantil y el de esos adultos que ni lo comprenden ni lo respetan. Ni lo quieren. 
 
«Nunca vacila, esa es su magia», escribió de él Fernando Savater; y Lluís Bonet señaló «su afán vengador ante la incomprensión de los mayores». Y es muy cierto. Asombraría a los lectores jóvenes de hoy, que juegan en otra liga, comprobar hasta qué punto Guillermo y su forma audaz y estoica de afrontar la vida que imponían los adultos ayudó a numerosos críos de entonces a librar sus propios combates infantiles. Cuánto apoyo moral y compañía encontramos algunos en sus páginas; cuánto alivio al saber que no estábamos solos en un mundo que, como a cualquier niño en ese momento de la vida, nos acosaba con normas ajenas a nuestra entonces honrada lógica. A muchos de nosotros, aquel personaje nos daba consuelo y nos reivindicaba. Y cuando miro esos libros y recuerdo los días de lluvia en que no había colegio y nos quedábamos en casa leyendo sus aventuras, creo que todavía lo hace. Guillermo Brown era, y lo sigue siendo, uno de los nuestros. 
 
25 de octubre de 2020

domingo, 18 de octubre de 2020

Esa saludable incertidumbre

Si se entra y sale de las redes sociales sin tomárselas muy en serio, adoptando precauciones profilácticas, éstas son un medio estupendo para tomar el pulso al paisaje y al paisanaje. Un magnífico termómetro de la temperatura y del mundo. En mi caso, cada vez que me asomo a ellas aprendo algo. También me liberan de algunas o de muchas cosas. De cierta clase de compasión, por ejemplo, ante los efectos de la estupidez humana, que Twitter, Facebook y sitios así ayudan a detestar y temer más que la maldad. Pero ése no es el objeto de este artículo. Creo. 
 
Hace unos días, en una foto que colgué en Twitter se veía la mesa de cartas del velero en el que navego cuando puedo hacerlo; y en ella, una carta náutica tradicional y un cuaderno de bitácora con la singladura anotada hora a hora. Muchos seguidores, navegantes o no, lo acogieron con comentarios simpáticos: viejas maneras, tradiciones del mar, etcétera. Sin embargo, aparte el placer de comunicarme con amigos y gente afín –algunos colgaron sus propias fotos, y fue un rato divertido–, aquello tuvo una variante curiosa: los mensajes de quienes no comprendían esa imagen e incluso se choteaban de ella. Vaya forma rancia de navegar, señalaban. Eso es postureo, don Arturo. Entre en el siglo XXI y entérese de que existen el GPS, el plotter y el móvil. Que parece usted un abuelo Picapiedra. 
 
Fue interesante por varias razones. Como puede suponer quien sepa de barcos, a bordo llevo todos esos instrumentos, y los uso cuando salgo al mar. Lo que no es obstáculo para que, de forma paralela, mantenga ciertos usos o precauciones, como fiarme más de una carta de papel que de una electrónica, o trazar con lápiz, regla y compás los rumbos a seguir y el camino hecho en viajes largos, así como situarme cada hora (con el GPS, naturalmente, aunque de vez en cuando sucumbo al placer de tomar enfilaciones a tierra o hacerlo en la carta mediante la sonda) y registrar posición e incidencias en un cuaderno de bitácora. Es más: a riesgo de horrorizar a la peña, confieso que llevo en la camareta un sextante, porque a mi generación de capitanes de yate del Pleistoceno Inferior nos lo exigían para el examen, y todavía sé tomar la meridiana, aunque maldita la falta que haga ahora. Sin embargo, nunca se sabe. Y ahí está el punto. En que nunca se sabe. 
 
Una de las ventajas de ciertas biografías es que adiestran para la percepción del desastre. Y no hace falta trabajar veintiún años en países en guerra: cualquier médico, soldado, bombero, abogado, policía, sabe a qué me refiero. El mundo es un lugar peligroso y todo puede irse a tomar por saco con mucha naturalidad. Lo que pasa es que estamos convencidos de que la tecnología, simbolizada en el teléfono que llevamos en el bolsillo, es infalible y nos pone a salvo. Y ahí está el error, pues cada avance técnico incluye un fallo específico: cada Titanic tiene su propio iceberg. Y esa confianza y ese olvido nos hacen vulnerables, pues renunciamos, cada vez más, a medios de supervivencia alternativos. 
 
Dirán ustedes que soy un pesimista y un cenizo; pero igual que a bordo llevo cartas de papel y sextante, en casa conservo una vieja Olivetti que no uso, pero ahí está por si acaso. Y puesto a tener móvil, llevo un Nokia que sólo sirve para hablar, pero que no pasa nada si lo pierdo, y que no puede piratear ni la madre que me parió. Y los números, direcciones, documentos, billetes de tren o avión, novelas en que trabajo, también los doblo en papel. Y cada día me muevo por la vida procurando adaptarme al mundo electrónico y frágil en el que una panda de hijos de puta que pretenden ahorrarse empleados, y millones de borregos acomodaticios, me obligan a vivir; pero lo hago con la saludable incertidumbre de quien sabe que la electricidad se corta o acaba, que la tecnología falla, que el mundo está gobernado y habitado por un exceso de irresponsables. He visto demasiadas ciudades a oscuras, grifos sin agua, bombillas sin luz, bancos con la gente llorando en la puerta, inviernos sin calefacción y veranos sin ventilador. También a pasajeros quedarse en tierra porque la tarjeta de embarque del móvil se les había ido a hacer puñetas. Y en dos ocasiones, una navegando entre Baleares y Cerdeña y otra doblando el cabo de Gata entre mercantes, por apagones de conflictos bélicos o averías, estuve sin posición GPS durante casi una hora. Porque, como dijo no recuerdo quién, que seas un poquito paranoico no significa que realmente no vayan a por ti. 
 
Así que háganse cargo. Cómo no voy a llevar una carta náutica de toda la vida a bordo, oigan. Y una brújula. Cómo no las voy a llevar. 
 
18 de octubre de 2020

domingo, 11 de octubre de 2020

Por qué esa guerra y por qué ahora

Hay una pregunta que me hacen mucho en los últimos días: por qué tardé treinta años en escribir una novela sobre la Guerra Civil. Por qué esa guerra, y por qué ahora. Y es cierto. Excepto un libro para uso escolar publicado hace años con ilustraciones de Fernando Vicente, La Guerra Civil contada a los jóvenes, y las novelas del espía Falcó que tienen ese momento como telón de fondo, siempre evité abordar el asunto. Incluso me desagradaba la idea. 
 
Hay una explicación que hizo que me sumergiera en la biblioteca durante diez meses tomando notas, viendo fotografías, reconstruyendo tragedias, imaginando personajes y situaciones que se combinaban con recuerdos familiares y experiencias personales, inspirado todo ello por una certeza: respecto a la guerra que nos destrozó entre 1936 y 1939 y nos marcó para el siglo siguiente, los españoles perdemos la memoria. Me refiero a la real y directa de cuanto ocurrió, pues quienes sabían lo que fue, quienes de verdad participaron en la contienda –hablo de frentes de batalla, no de las complejas retaguardias, que no hubo dos, sino muchas–, han desaparecido. Los más jóvenes, que fueron a luchar con diecisiete o dieciocho años, mi padre, mi tío, los padres, abuelos y bisabuelos de muchos de ustedes, nacieron hace un siglo. Apenas queda alguno vivo y con memoria. 
 
Esa certeza, cuando fui consciente de ella, valía una novela. Muertos los hombres y mujeres de entonces, olvidados los hechos, sólo quedan las ideas. Pero sin el testimonio de la realidad las ideas son peligrosas, pues pueden ser usurpadas y manipuladas por cualquiera, sobre todo en estos tiempos de redes sociales y argumentos simples. La generación que hizo la guerra quiso poner a salvo a hijos y nietos procurando no hablar de lo que vivió, manteniéndolos lejos del rencor y la tristeza que ese tiempo trajo consigo. Pero el silencio tuvo un efecto a la larga negativo, pues al desaparecer los testigos se perdió la memoria personal de quienes de verdad lucharon y quedó sólo la memoria ideológica, muy necesaria, pero basada más en discursos y argumentos que en realidades y recuerdos. 
 
Todo eso es malo, pues no puede haber comprensión sin conocer la historia de quienes combatieron como soldados en tan siniestro desastre. El principal núcleo de memoria de esa guerra, el más conocido, lo constituyen los hechos políticos y sociales, así como los terribles crímenes de retaguardia; pero lo que en mi opinión define con más exactitud la tragedia, lo que ofrece lecciones muy duras y a veces admirables –todo drama humano tiene contenidos morales–, son los hombres y mujeres que pelearon en los frentes de batalla. Fue allí, en las trincheras, donde más víctimas hubo de tan sangriento disparate. Por esa razón escribí Línea de fuego, título que resume la intención: dar voz a quienes, en ambos bandos y fusil en mano, pasaron hambre, frío y miedo, resultaron heridos o perdieron la vida, quemaron su juventud y luego fueron olvidados. Quise acompañarlos y que los acompañen los lectores; no escribir otra novela sobre la Guerra Civil, sino la novela de quienes, de grado o a la fuerza, lucharon de verdad. Y lo hice para que no se los confunda con los miserables y los asesinos que vivían de dar discursos y alzar la voz en mítines, cafés y burdeles lejos de los tiros, o paseaban pistola al cinto, camisa azul de falangista o mono de miliciano, ajustando cuentas, robando y asesinando sin riesgo y sin decencia. Es útil identificar a unos y otros para diferenciarlos bien, pues de los segundos siempre hubo y habrá: basta echar un vistazo a algunos personajes que hoy adornan la política española para imaginarlos en circunstancias favorables, con el poder adecuado. En toda su impune y criminal salsa. 
 
Resumiendo: fascistas y rojos, como entre ellos se llamaban entonces, hubo muchos, pero ni siquiera en un mismo bando eran todos iguales. Por eso pretendo que los lectores reconozcan en estas páginas, haciéndoles justicia, a su abuelo, a su padre, a su tío, a su vecino. Que puedan recobrar lo olvidado sobre ellos, o conocer lo mucho que ya se ignora. Que hijos y nietos se sientan estremecidos, y quizás en algún momento orgullosos, de inscribir su propia memoria en la memoria familiar. Y ojalá logre, también, estimularlos para conocer la verdadera historia de una guerra lejana que no fue tan simple como hoy nos cuentan. Una tragedia que tal vez se resuma bien en la cita del escritor republicano Arturo Barea que incluyo entre los epígrafes de la novela: «Qué brutos, dios mío. Pero qué hombres». 
 
11 de octubre de 2020

domingo, 4 de octubre de 2020

Aquella vida olvidada

Está postrada en la cama, tan guapa a los 96 años como siempre lo fue. Guapísima y también serena, pues la enfermedad que la consume despacio, que no es otra que la vejez natural que nos espera a todos si vivimos lo suficiente, es piadosa con ella. No sufre y está bien atendida: se la ve conmovedoramente flaquita y consumida, pero limpia, aseada, tan pulcra como de costumbre. Vestida con un elegante camisón, apoya en el almohadón de la cama la cabeza ya frágil, el cabello cano y corto, bien peinado, que siempre tuvo muy abundante y hermoso. Es la apacible imagen de una vida que se extingue despacio, mansamente, y que un amanecer cualquiera, cuando sus hijos acudan a verla, se habrá dormido para siempre, al fin, ojalá con la misma sonrisa dulce que ahora tiene en los labios. 
 
Sentado a su lado, el hijo mayor le tiene cogida una mano. Ella la mantiene así desde hace rato, asida a la suya, mirándolo con curiosidad. Su memoria se hundió en las brumas del tiempo y no sabe quién es ese sexagenario con canas en la barba que antes la besó en la frente y permanece inmóvil junto a ella. No lo reconoce, aunque a veces una palabra, un gesto, un recuerdo que logra abrirse paso, le hagan abrir más los ojos con un relámpago de reconocimiento, o de vaga memoria. A veces, incluso, hasta trae a su boca una palabra que evoca un nombre hallado de pronto, un apelativo familiar, una antigua escena. No rememora del todo, pero quiere hacerlo. Y cuando se produce el milagro y se asoma un instante al pasado, asiente y sonríe con dulzura y un brillo feliz en la mirada. 
 
El hijo habla desde hace rato. Conversa despacio, paciente, contando con mucho detalle. Como sabe que ella no recuerda, que cuanto él diga será tan nuevo para la anciana como si no hubiera ocurrido nunca, está contándole su propia historia. La de ella misma. Por fortuna es casi toda una historia feliz, que apenas es necesario alterar para que suene bonita: sólo algunas omisiones lejanas, años de infancia desgraciada, viajes a lugares extranjeros y tiempos de guerra. Dejando eso aparte, el hijo-narrador se centra en la parte dichosa de esa vida: la juventud, el trabajo, el amor, la casa familiar, el mar cercano, los hijos y los nietos. Le cuenta todo eso desde el principio mientras ella escucha con atención, pendiente de las palabras, entreabierta la boca, oyente fascinada por un relato que ignora es el suyo propio. Y cuando los otros familiares que están cerca hablan entre ellos de otras cosas, los mira molesta y los reconviene. «Callaos, bobos –les dice suavemente–. ¿No veis qué cosas más interesantes me están contando?». 
 
Y así, el hijo mayor le narra a la anciana la historia de una joven de dieciocho años que trabajaba en una agencia de viajes y cada día pasaba ante la casa de otro joven que se enamoró de ella; y de cómo éste consiguió que se la presentaran unos amigos; y cómo, cuando ella conoció a aquel chico alto, serio y educado, decidió casarse con él; y cómo fueron el noviazgo de cuatro años y el primer beso robado a costa de un bofetón junto a la cortina de un cine, y los paseos por el mar, y la boda, el viaje de novios y el mes entero durante el que el pobre marido, un perfecto caballero, tuvo la delicadeza de respetar la intimidad de la joven esposa hasta que ella –eran otros y absurdos tiempos– venció los escrúpulos y complejos con los que una educación rigurosa de las de antes la tenía bloqueada. Etcétera. 
 
Y mientras la anciana de pelo blanco escucha con mucha atención la historia de aquella joven a la que desconoce, y murmura «menuda tonta era ésa», su hijo sigue cogiéndole la mano y le cuenta también cómo nacieron él mismo y sus hermanos, y relata la existencia de la mujer que vivió en un hermoso lugar entre montañas y junto al mar, y cómo iba de noche a esperar al marido cuando regresaba de trabajar, a la luz de una antorcha que iluminaba de rojo el camino. Y de qué manera fue siguiendo la vida su curso, y los hijos crecieron y marcharon a lugares lejanos, pero siempre regresaron a verla. Y cómo tuvo también muchos nietos, envejeció apaciblemente y leyó libros bonitos, escribió poemas cursis y cocinó calderos levantinos que concitaban en casa a todos los vecinos, y sus veranos fueron una sucesión de hermosos ponientes rojos sobre un mar en calma, que ella pintó bellamente sobre lienzos y países de abanicos. Y así, mientras escucha la relación ya desconocida de su propia vida, la mirada de la anciana reluce de interés y goce, y sin soltar la mano del hombre que ignora que es hijo suyo, dice: «Es una historia verdaderamente bonita». Y añade: «Debió de ser una mujer muy feliz ésa de la que usted me habla». 
 
4 de octubre de 2020

domingo, 27 de septiembre de 2020

Ofendidos del mundo, uníos


Según el ministerio de Igualdad del Gobierno de España, mirar a una mujer de modo lascivo –propensión a los deleites carnales, según el diccionario de la Academia–, aunque no abra uno la boca, también es ejercer violencia contra ella. Por eso no suena extraño que 11.688.411 españolas mayores de 16 años, según la asombrosamente precisa cifra que maneja el citado ministerio, se hayan sentido víctimas de acoso sexual en algún momento. Una verdadera hecatombe (hecatombe significa matar cien bueyes; no dirán las ultrafeministas propensas a ofenderse que no lo pongo fácil). Y me atrevería a decir, incluso, que con esa cantidad de mujeres violentadas el ministerio de Igualdad se queda corto. Para mí que son muchas más. Que levante la mano la que alguna vez no se haya sentido mirada con lascivia. O más de una vez. A los varones, como es bien sabido, no los mira lascivamente nadie en absoluto. La lascivia es cosa de hombres. 
 
Coincide el asunto con que estoy leyendo un libro interesante, El síndrome Woody Allen, escrito por Edu Galán, uno de mis más leales amigos –hay amigos que son una verdadera cruz, pero en este caso la cruz es llevadera–. Edu, que dispara a nuestras líneas de flotación ese salvaje torpedo que es la revista Mongolia, además de satírico y comunicador sin respeto por lo divino ni lo humano, es un fulano de alta formación, psicólogo y crítico cultural, partidario de la agitación inteligente. Dicho para no confundirnos, un tipo de izquierdas con sólida base intelectual, lúcido, crítico, comprometido y valiente, con el que se puede estar de acuerdo en unas cosas sí y en otras no; pero a quien no es posible confundir, nunca, con esa otra izquierda elemental y analfabeta, por desgracia la más visible, que se mueve a base de simplezas, tuiteos y lugares comunes en la vida política y las redes sociales de esta España tan pródiga en cantamañanas, idiotas y payasos. 
 
En su libro sobre por qué Woody Allen ha pasado en diez años de ser admirado maestro cinematográfico a execrable apestado y artista prohibido, Edu plantea puntos dignos de reflexión sobre el infantilismo maniqueo, la fiebre neopuritana y políticamente correcta en que se sumen la democracia, la sociedad y la cultura occidentales, o lo que va quedando de ellas. Una de sus frases, citando a Daniele Giglioli, resume bien el asunto: «La víctima es el héroe de nuestro tiempo». Y añade: «No soporto la estupidez buenista, que es de una maldad incalculable. Las redes sociales nos han dado la posibilidad de delatar, reforzar la ortodoxia y ser aplaudidos por ello. La izquierda es paternalista e infantil. Yo querría una izquierda inteligente, culta, retadora, alejada de esta izquierda psicologicista y boba». 
 
Es lo que Edu afirma, y tiene razón. Pero no se trata sólo de la izquierda. A falta de argumentos intelectuales serios, echando las redes en los caladeros de lo elemental y fácil, toda la sociedad occidental se sume en una simpleza sin precedentes en sus treinta siglos de memoria. Por muy complejo que sea, nada escapa a la aplicación de ortodoxias de nuevo cuño, propagadas como pandemias a través de las redes sociales: vida cotidiana, historia, arte, cultura. Todo debe ser contemplado ahora con la nueva óptica, y cuando escapa a ella es atacado, exterminado. No se tolera la libertad de pensamiento ni la expresión pública de ésta, convertida en crimen social. Se exige sumisión a un nuevo canon moral de un infantilismo y simpleza aterradores. Se habla de cordones sanitarios, de espacios seguros. Las universidades, antaño motor del pensamiento, se han convertido en sanedrines de corrección política donde se reemplaza la razón por la emoción y el debate por la ignorancia, con alumnos felices de cantar a coro y profesores acojonados o cómplices. 
 
De ese modo, la represión contra los espíritus libres es implacable. Nunca se masacró a la disidencia con tanta saña ni con tantos medios. Si el mundo fue primero de los brutos, luego de los ricos y después de los rencorosos inteligentes, hoy pertenece a los ofendidos y a los grupos de presión que los controlan. Mostrarse ofendido es garantía de integración social. ¿Quién va a resistirse, cuando hace tanto frío fuera? Todavía queda, naturalmente, quien se ofende y quien no; pero para eso están las líneas rojas y los que se atribuyen autoridad para establecerlas. En realidad siempre hubo dictadores –obispos, ayatolás, espadones–, pero antes lo eran tras imponerse con las armas, la religión o el dinero. Ahora lo hacen con los votos de una sociedad que los aplaude y apoya. Pobre de quien se atreva a contradecirlos; a no ofenderse como es la nueva obligación. Tenemos, a fin de cuentas, los amos que deseamos tener: fanáticos y oportunistas respaldados por el pensamiento infantil de millones de imbéciles. 
 
27 de septiembre de 2020

domingo, 20 de septiembre de 2020

Sobre novelas, faros y barcos


No es fácil decir adiós a una novela cuando acabas de escribirla. El alivio de terminar un trabajo, ponerle punto final a una sucesión de problemas narrativos que has resuelto con más o menos eficacia, el consuelo de liquidar la dura y última etapa de relecturas y correcciones interminables –como dice mi amigo Juan Gómez-Jurado, las novelas no se terminan, sino que se abandonan–, se ven empañados por la sensación de desarraigo y orfandad, la incertidumbre de verse desterrado de un mundo que fue el tuyo durante meses, o años: un mundo no por imaginado menos real, donde un novelista vive sumergido durante una buena parte de su vida. Después de ese tiempo en el que cuanto lees, miras, haces, escribes, amas u odias está relacionado con la historia que narras, y te acuestas por la noche pensando en lo que vas a escribir por la mañana, y al despertar acudes al teclado con la certeza de que en las siguientes horas escribirás la mejor página de tu vida… Después de todo eso, como digo, cerrar esa etapa, sentir que tan agradable y mágica suspensión de la vida real en beneficio de la imaginada –o la combinación de ambas– queda atrás y ya no te pertenece, saber que la novela está cerrada y nada más podrás hacer por ella, que a partir de ahora ya no es tuya porque será reescrita y completada por quienes la lean, te deja desorientado, confuso. Te deja más vacío y más solo. 
 
Hasta ayer mismo, veinticuatro horas antes de teclear estas líneas, viví diez meses concentrado en una historia que acabó teniendo 650 páginas. Cuando la empecé el 1 de noviembre del año pasado, creía que su escritura iba a llevarme un par de años; pero los meses de confinamiento y la suspensión de todos los viajes, o casi todos, cambiaron el calendario. La mayor parte de este tiempo, de ocho a doce horas diarias, lo he pasado escribiendo o leyendo libros relacionados con el asunto –cómo añoro el tiempo en que era lector inocente, o incluso novelista primerizo y hasta ingenuo–. Y así, lo que en otras circunstancias habría supuesto un par de años de trabajo ha ido mucho más deprisa. La novela está corregida, entregadas al editor las últimas pruebas y vista la portada. Quien quiera leerla, pronto la tendrá en sus manos. Estoy ahora, todavía, en esa zona gris, yerma, situada entre una novela acabada y otra que está por venir. Todavía no sé cuál será, aunque algo barrunto entre la media docena de posibles historias que a un novelista profesional lo acompañan como un enjambre de moscas zumbándole en torno a la cabeza. Sé que en pocos días estaré con ella, la que sea, entre otras cosas porque la necesito: no escribir una historia determinada, sino vivir dentro de una nueva historia. Dejar de ser un escritor huérfano de mundos. Asegurarme otra vez meses o años de lecturas, de escritura, de esa fascinante incertidumbre tan parecida a navegar, fijarte un rumbo y un punto de arribada, moverte a la antigua, sin instrumentos y por estima, enfrentado a toda clase de mares, vientos y calmas, y el día previsto o cualquier otro, a las tantas de la madrugada y con los prismáticos pegados a la cara, reconocer a lo lejos las ocultaciones y destellos del faro que al zarpar fijaste con un círculo de lápiz sobre la carta náutica. Y probarte a ti mismo, entonces, que lo has hecho bien y eres un buen marino. 
 
Así estoy y así me siento ahora, estos días. He echado el hierro al fin a resguardo del viento, en fondo de arena, con cinco metros de sonda y treinta y cinco metros de cadena, y con el compás de puntas calculo, sobre otra carta náutica desplegada en la camareta, la nueva navegación y las singladuras necesarias para el próximo viaje. Cumplo sesenta y nueve años dentro de dos meses, y a esa edad lo de elegir nuevos rumbos no es un acto banal. Ignoras cuántos viajes te quedan por hacer, y por eso es tan importante elegir bien unos y descartar otros. Equivocarte es un lujo excesivo a estas alturas. Hay navegaciones que ya nunca harás, aunque soñaste con ellas, y eso entristece; pero también tienes la certeza de que, sea cual sea la próxima, la emprenderás con la lúcida entereza de quien sabe que tal vez no haya más –vivimos entre estachas de ballena, dice mi viejo amigo Manuel Coy, marino sin barco– y por eso debe ser disfrutado cada viento, cada marea, cada singladura feliz, cada amanecer rojizo y cada puesta de sol incierta y gris. Cada velero con el que te cruzas entre dos luces, de vuelta encontrada, y que saluda en la distancia con los tres destellos de una linterna solitaria. Y te preguntas cómo harán quienes no navegan, o quienes no escriben, o quienes no leen, para soportar sus propios finales de novela. 
 
20 de septiembre de 2020

domingo, 13 de septiembre de 2020

Así dejaron morir a Plutarco

Sabía que algún día iban a morir; así que durante muchos años me fui haciendo con todos. Fue una de las mejores precauciones que adopté en mi vida, porque ahora es imposible reunir la colección completa. Gracias a eso, mientras hoy escribo los veo todos frente a mí, alineados en los estantes de la biblioteca: los 415 volúmenes de un bello color azul oscuro con letras doradas de la Biblioteca Clásica Gredos. El primero es el Alejandro del Pseudo Calístenes; y el último, los libros XV-XVII de la Geografía de Estrabón. Entre uno y otro están los grandes autores griegos y latinos; pero también, y eso hace la colección especialmente estimable, autores y obras menores o marginales, papiros, fragmentos de obras perdidas, inscripciones murales y funerarias. Un material que nunca habría llegado a nosotros sin esa admirable iniciativa editorial. Una extraordinaria reproducción en lengua española del legado escrito del mundo clásico del que procedemos. 
 
Fue una aventura magnífica, propuesta en los años 70 a la editorial Gredos por el hoy académico de la Española Carlos García Gual. A él y a unos pocos humanistas y filólogos –Calonge, García Yebra– se debió el empeño, sin parangón en ninguna otra lengua, ni siquiera en inglés. Era buen momento, pues en institutos y universidades actuaba una entusiasta nueva generación de profesores de latín y griego que revitalizaban los estudios clásicos, a quienes podía encargarse traducir y anotar las obras elegidas –doy fe, pues a algunos tuve como profesores–. Editorialmente no era cuestión de ganar dinero, sino de devoción. Certeza intelectual de que se estaba librando una importante batalla; la última, como después se vio, por el gran legado cultural europeo antes de que nos atacase la fiebre enloquecida por la colocación laboral inmediata y la tecnología. 
 
Fue la de la Biblioteca Clásica Gredos una lucha larga, tenaz. Tuvo lugar en España y eso la hizo aún más heroica. La colección nació buscando suscriptores, que fueron escasos, y las autoridades educativas y culturales la acogieron con indiferencia. Tampoco las universidades, parceladas, miserables y cainitas hasta en eso, se dieron por enteradas. En Gran Bretaña, en Francia, en Inglaterra, las colecciones de clásicos gozan de respaldo del Estado o de instituciones que las sostienen. Aquí nada hubo para ella: ningún apoyo oficial, ningún sostén. Ni siquiera se recomendó a las bibliotecas, donde sigue sin estar. Aun así, los impulsores resistieron con empeño heroico, arriesgando mucho y con beneficio escaso que apenas daba para continuar. Prolongando el milagro durante más de tres décadas. El catálogo, para quien puede disfrutar de él, es impresionante: Homero, Virgilio, Cicerón, Jenofonte, Polibio, Plauto y todos los grandes, pero también Lactancio, Zósimo, Dioscórides, Columela, textos de magia en papiros, himnos órficos, epigramas funerarios griegos… Sumergirse en sus volúmenes es un festín de humanidades único en las lenguas cultas. Ninguno tan ambicioso y tan completo. 
 
Sin embargo, como digo, ese prodigio murió. Empezó a hacerlo cuando, asfixiada económicamente, Gredos fue adquirida por la editorial RBA, pasando de manos de humanistas a manos mercantiles; a una empresa que sólo atiende, como es lógico, al beneficio comercial. La consecuencia fue la extinción de los viejos objetivos y un planteamiento nuevo: mantener los títulos y autores más conocidos, unos 150 de los 415 del catálogo; los que son rentables, pero que también pueden encontrarse en otras editoriales. El resto, que daba peso y carácter a la colección, va desapareciendo a medida que se agotan las existencias. Y es ahí donde el Estado español y los sucesivos gobiernos que lo trajinan, esas autoridades que siempre calculan al milímetro la triste ecuación subvenciones/votos –les conviene más una tal Leticia Dolera farfullando incoherencias mientras recibe un Goya que un traductor de Apolonio de Rodas–, perdieron una vez más la ocasión de hacer algo decente: cobijar, defender, salvar, nacionalizar tan excelente patrimonio, garantizando su presente y su futuro. Poniendo a salvo un tesoro fundamental para comprender lo que somos y lo que fuimos; sobre todo cuando los últimos planes escolares y universitarios nos condenan a una peligrosa orfandad humanista. Pero no. Indiferente a la agonía de uno de los más importantes proyectos culturales españoles del siglo XX, ese Estado que nunca está ni se le espera miró para otro lado y una vez más bajó el pulgar. Lo que tampoco sorprende en absoluto: hagan, como acabo yo de hacer, el desolador experimento de poner rostros, nombres y apellidos a los ministros de Educación y de Cultura que ha tenido España en los últimos cuarenta años. 
 
13 de septiembre de 2020 
 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Esas Reinas del Sur chungas

Me gusta la palabra chungo para definir algo falso, malo o de escasa confianza: suena bien, es muy española y más contundente que el ridículo fake tan de moda en las redes sociales y fuera de ellas. Lo de chungo, que proviene del habla delincuente, fue vocablo triunfador en el último tercio del siglo pasado, cuando se usaba mucho. Quizá recuerden ustedes aquellos estupendos cómics marginales de Gallardo y Mediavilla, los de Makoki, Emo y compañía, que con mucha guasa sus autores reivindicaban como línea chunga frente a la famosa línea clara de Hergé. Lo de chungo, como digo, me gusta y lo uso a menudo, sobre todo en esta deliciosa España que estamos dejando a nuestros nietos. Hoy se utiliza menos, pero viene perfecto para el asunto del día: Reinas del Sur chungas. Y me van ustedes a perdonar la chulería, o no, pero lo de reinas chungas lo digo con cierta autoridad, porque al fin y al cabo fui yo quien inventó la cosa. Y a eso vamos. 
 
Vaya por delante que el asunto me irrita. Desde hace veinte años, cada vez que en México es detenida una mujer relacionada con el narcotráfico, los medios de comunicación de allí sacan la reina de la baraja: Reina del Sur, Reina del Pacífico… Les encanta titular por ahí. Cada narca trincada es automáticamente una reina. La más famosa es Sandra Ávila Beltrán –llamada Reina del Pacífico–, pero en fecha reciente llevo contabilizadas otras tres mexicanas a las que se ha colocado el título de Reina del Sur o se lo han atribuido ellas por la cara: una tal Cecilia, una tal Liliana Hernández y una tal Beatriz, todas del estado de Puebla. Y eso fastidia, como digo, porque me siento como si violaran al personaje. En especial porque en todos los casos, incluido el de Ávila Beltrán, se trata de criminales de chichinabo, tiñalpas de baja categoría, jefas de pequeñas bandas dedicadas al menudeo de droga, asalto de casas o robo de combustible, y en ningún caso reinan sobre nada que valga la pena considerar. Aplicar a esas pedorras el apodo de Teresa Mendoza, la mujer legendaria que revolucionó el narcotráfico entre América y Europa en los años 90 y creó un imperio en el estrecho de Gibraltar, es ofensivo para el padre de la criatura. Y como el padre soy yo, me llevan los diablos. 
 
Fue la propia Ávila Beltrán –una oscura enlace entre dos cárteles mexicanos de la droga, mujer guapa y novia de narcos– la que, en una conversación mantenida en prisión con el periodista Julio Scherer, lo dejó bien claro: «A mí el personaje de Pérez-Reverte me chingó la vida. Me llamaron Reina del Pacífico, me dieron demasiada importancia y se ensañaron conmigo». Incluso, para su desgracia, hubo quien afirmó que la Teresa Mendoza de la novela se inspiraba en ella, lo que agravó más la situación. De nada sirvió que yo mismo, y también mis amigos el novelista sinaloense Élmer Mendoza y el periodista César Batman Güemes, testigos del parto, asegurásemos que nunca conocí a la tal Ávila Beltrán ni había existido una auténtica reina de nada, que el mío era un personaje de ficción construido mediante visitas y conversaciones con narcos de mucha más categoría en México, Marruecos y España, y que era imposible –y por eso escribí la novela, para hacerlo posible– que una mujer alcanzase tal grado de poder en un mundo tan cerrado y machista como entonces era el del narcotráfico. Pero dio igual. No iba la realidad a estropear un bonito titular de prensa, o varios. Ni una extradición a los Estados Unidos. 
 
Más tarde, para cargar la mano, el éxito de la novela y su adaptación a dos series de televisión de enorme audiencia, una en inglés con Alice Braga y otra en español con Kate del Castillo, multiplicaron el efecto. Llovieron reinas a carretadas, y en cada ocasión los medios mexicanos repartían, y siguen haciéndolo, títulos de realeza con una prodigalidad asombrosa. En cuanto a una mujer la detienen por algo relacionado con drogas, es reina de algo: del norte, del sur, del este, del oeste, del Pacífico o del Atlántico. Supongo que, en el fondo, debería sentirme halagado por lo lejos que anduvo mi personaje, sueño de cualquier novelista; pero no puedo evitar el malestar cuando lo rebajan de tal manera. Aunque eso tenga, también, satisfacciones que endulzan el asunto; como lo ocurrido aquel día en Culiacán, Sinaloa, cuando rodaba un reportaje sobre el personaje con Jorge Solórzano y Carmen Aristegui, y en la calle Juárez se nos acercó una cambiadora de dólares, veterana de buen ver, a preguntar qué hacíamos. Y al decirle que un reportaje sobre la Reina del Sur, sonrió, se golpeó orgullosa el escote, señaló el lugar y dijo: «¿Teresita Mendoza?… Yo la conocí bien, y gran amiga mía que era. En esta misma esquina se ponía». 
 
6 de septiembre de 2020 
 

domingo, 30 de agosto de 2020

Aquel hermoso rayo de luz

He vuelto a encontrar por casualidad, yendo en busca de otra cosa, una antigua grabación en blanco y negro de TVE en la que Marisol, hoy Pepa Flores, la Marisol de los años 60, cantaba Corazón contento junto a Palito Ortega. Ya la había descubierto hace tres o cuatro años, de pasada, pero esta vez he vuelto a verla despacio, fijándome bien en los detalles. Disfrutándola. Porque ésa es la palabra exacta: disfrutándola. Y les recomiendo que, si tienen ocasión, la busquen y le echen un vistazo. Grabada en uno de aquellos programas de los sábados por la noche que presentaban Joaquín Prat y Laura Valenzuela, y que veía toda España porque en la tele no había otra cosa que ver, Marisol aparece en el vídeo en todo su esplendor de joven simpática y bella, cantando de maravilla, moviéndose por el plató con unas tablas, una gracia y un desparpajo formidables. Era, no cabe la menor duda, una gran artista, tocada por esa gracia que los dioses sólo conceden, y con cuentagotas, a algunos mortales (y mortalas, que diría alguno de los bobos de ambos sexos que hoy adornan la política). Era Marisol una persona extraordinaria, cantante, actriz, con todos los ingredientes para ser el gran icono femenino de la España de la segunda mitad del siglo XX: la joven, la mujer, que podía haber representado, como ninguna otra, el espíritu de aquel país que de forma tan admirable pasó del franquismo a la democracia. Aquella España de la Transición, joven, inteligente, vigorosa, llena de esperanza en su futuro. 
 
Su historia fue en origen, detrás de la pantalla y los escenarios, tan triste como la España de la que provenía. Indiscutible estrella infantil que arrasó en 1960 con Un rayo de luz –todos los niños de mi generación nos enamoramos de ella–, protagonizó películas que fueron éxitos de taquilla y alcanzó una fama hoy imposible de imaginar, aunque por debajo de eso había una historia de explotación infantil, productores sin escrúpulos, abusos, intereses miserables que ella misma tardaría en revelar. Tras un matrimonio infeliz con el hijo de su productor, se unió al bailarín Antonio Gades, radical de izquierdas que la introdujo en el activismo político. Militante comunista atacada por unos y alabada por otros, grabó canciones, rodó películas –mi favorita es Los días del pasado, de Mario Camus–, encarnó a Mariana Pineda en una serie histórica que fue un éxito de audiencia, y su carácter de icono de la Transición se consagró en 1976, cuando posó desnuda en fotografías publicadas en Interviú. Sin embargo, cansada de muchas cosas, al separarse de Gades renunció tanto a la política como a su carrera artística. Supo desaparecer como una auténtica señora, y desde entonces vive discretamente en Málaga con su pareja desde hace treinta años, respetada y querida por los vecinos, negándose a toda aparición pública, hasta el punto de que fueron sus hijas quienes recogieron el Goya de honor que le concedieron el año pasado. Hace seis meses cumplió 72 años de vida y 35 de silencio; y como dijo una de sus hijas, es feliz, es buena gente y sólo aspira a que la dejen en paz. 
 
Miro ahora ese vídeo en el que de forma tan deliciosa canta Corazón contento y no puedo evitar pensar que, incluso en su mudo retiro, y a pesar de ella misma, Pepa Flores, Marisol, sigue siendo el icono indiscutible de una España y una época. Y eso se pone más de manifiesto en tiempos como los actuales. Ella encarnó, y en mi opinión lo sigue haciendo, aquella sociedad salida de las sombras que caminaba hacia la luz: desenvuelta, simpática, atractiva, admirada por un mundo que asistía boquiabierto al milagro de un país y unos ciudadanos capaces de reinventarse a sí mismos devolviendo el orgullo a la palabra español. Marisol era, en cierto modo, el ejemplo de cómo el pasado podía transformarse en futuro, alegría, cultura y esperanza. Representaba lo mejor de nosotros entonces: la juventud y la fe. Y además, era guapísima. Por eso, que desde hace tres décadas y media Pepa Flores sea invisible, que esté alejada de nosotros y no nos haga sonreír, bailar, escuchar, aplaudir, recordar o pensar, dice mucho, y dice mal, del lugar que hoy habitamos. Incluso en contra de su voluntad, Marisol sigue siendo el símbolo de esta España que, como ella misma, pudo serlo todo y no fue. La una porque no quiso, y la otra porque no supo. La musa rubia de ese tiempo desvanecido nos suscita la melancolía de una Transición también extraviada, hoy en manos de mercachifles sin memoria, de oportunistas incompetentes, de reyezuelos de taifas sin escrúpulos y de quienes nunca vivieron ni leyeron, y por eso no pueden comprender el difícil y peligroso camino que nos condujo de Un rayo de luz a Mariana Pineda. 
 
30 de agosto de 2020 
 

domingo, 23 de agosto de 2020

No vimos bastantes muertos

Una de las lecciones que aprendí en los veintiún años que pasé pateando la geografía de las catástrofes, es que donde no hay foto, donde no hay imagen que mostrar, no hay reacción. Si no enseñas, no conmueves; y además, la gente cree que el drama no va con ella, o que ocurre demasiado lejos como para preocuparse, o que eludir la realidad la pone a salvo. Sobre eso y otras cosas relacionadas escribí hace tiempo una novela titulada El pintor de batallas, quizá la más personal y descarnada de cuantas he escrito en estos treinta años, pues tiene poco de ficción y mucho de realidad. Recuerdos, remordimientos y fantasmas personales. 
 
Ocurrió muchas veces cuando era reportero: la lucha diaria, crónica a crónica, telediario a telediario, entre los que estábamos allí, donde fuera, queriendo mostrar el horror para sacudir conciencias y provocar reacciones, y la censura de ciertos jefes empeñados en que no fuésemos demasiado explícitos en lo que mostrábamos. Sangre, pero no demasiada. Muertos, pero pocos y de lejos. No hiramos sensibilidades, decían. No seamos morbosos, etcétera. No le estropeemos la negociación a Javier Solana, el pacificador de Europa, porque hoy le toca besarse en la boca con Radovan Karadžić. Y aquellas maneras de hace tres o cuatro décadas condujeron a hoy, cuando sale un presentador o presentadora de telediario con cara muy seria, dice gravemente «les advertimos de que van a ver imágenes muy duras», y acto seguido, en una información sobre el zambombazo de Beirut, te enseñan una manchita de sangre en el suelo, una señora llorando y un par de féretros a lo lejos. Los muy imbéciles. 
 
Ha vuelto a ocurrir, y seguirá ocurriendo. Durante los meses de pandemia que llevamos en el currículum, el horror ha galopado a lo largo y ancho del mundo, España incluida, y supongo que seguirá haciéndolo durante un tiempo más –el día que me alcance a mí se darán cuenta, porque escribiré en Twitter Váyanse todos a la mierda–. Sin embargo, las imágenes cercanas de ese horror nos han sido cuidadosamente ahorradas por las autoridades encargadas de que durmamos bien por las noches, no nos angustiemos demasiado, no nos turben imágenes demasiado duras en los periódicos ni los telediarios, hasta el punto de que una fotografía de prensa que mostraba ataúdes fue muy criticada en las redes sociales, por desconsiderada y morbosa. Y eso ya no fue el gobierno, sino el público soberano. O sea, que no es sólo que el presidente Sánchez, el ministro de Sanidad y su fiable portavoz Simón nos hayan estado vendiendo por dosis una normalidad y una seguridad que no eran tales, sino que tenían mucha razón al hacerlo, pues lo que la peña deseaba oír era precisamente eso. Que todo estaba bajo control y que era cosa de cuatro días. 
 
Todo lo demás se quedó fuera: fotos que no hemos visto de los ancianos que morían solos en residencias, dolor de familias enterrando a familiares de los que no podían despedirse, rostros enfermos y agonizantes, lágrimas de esa vecina mía que en dos semanas perdió a su marido, a sus padres y se vio ella misma con su hija en un hospital. Los cuerpos amontonados en las morgues, la desesperación, la angustia, la muerte de cerca y en directo. Los resultados de la vida, en fin, cuando la naturaleza, que no tiene sentimientos, se muestra despiadada y mortal. Todo eso nos lo han escamoteado, ocultado a petición propia; y en su lugar hemos tenido a docenas de políticos contándonos su puta vida en lugar de la verdad, empresarios perjudicados, médicos y enfermeras ensalzados como héroes pero al mismo tiempo amordazados para que no gritasen su horror y desesperación, viudas y huérfanos filmados de lejos para que las lágrimas no salpicasen la lente de la cámara ni se oyeran sus gritos de dolor o cólera. Hemos aplicado a todo eso los filtros sociales de rigor, con el resultado de que cientos de miles de personas han creído que esto era un pequeño inconveniente que les ocurría a otros, pasajero y relativo. Hemos olvidado, sobre todo, que el ser humano es un animal tan estúpido que ni mostrándole de cerca el horror, ni restregándole la cara por la sangre, es capaz de sentirse personalmente afectado. Hasta que le toca a él, claro. Hasta que llaman a la puerta y aparece el cobrador del frac y uno pone cara de gilipollas mientras su mundo, sus seres queridos, su vida entera, se van a tomar por saco. 
 
No nos han enseñado suficientes muertos. Por eso todos estos meses de tragedia y dolor no han servido para un carajo. Y aquí estamos. Acabando agosto puestos de coronavirus hasta las trancas. Protestando porque no nos dejan bailar en las discotecas. 
 
23 de agosto de 2020 
 

domingo, 16 de agosto de 2020

Para qué necesito un rey

Hace tiempo que se levantó la veda, y con motivo. El rey Juan Carlos I, que pilotó la Transición y frustró el golpe de Estado que pretendía liquidarla, a quien debemos un reconocimiento político indudable, se había ido hundiendo en un cenagal paralelo de impunidad y poca vergüenza, de trinque oculto y bragueta abierta, hasta el punto de acabar convirtiéndose en principal amenaza contra su propio legado. Para quienes pretenden liquidar la monarquía, el personaje lo estaba poniendo fácil, pues los sueños húmedos de no pocos protagonistas de la actual política acarician la imagen de un monarca compareciente, no ante un juez, sino ante un parlamento, con ellos en la tribuna y señalando con el dedo. Ejerciendo de acusadores públicos en plan Fouquier-Tinville con una guillotina simbólica al fondo, mientras sus papás y familiares los ven en directo por la tele y comentan: «Hay que ver lo alto que ha llegado mi Manolín, o mi Conchita, que le ponen la cara colorada a todo un rey». 
 
Si he de ser sincero, dudo que la joven Leonor llegue a reinar algún día. Queda feo decirlo, pero es lo que pienso. Supongo que habré dejado de fumar para entonces, así que tampoco me afecta gran cosa. Pero el presente sí me afecta. Vivo en España y espero seguir haciéndolo unos años más; por eso necesito que éste sea un lugar habitable. No digo perfecto, sino habitable. Pero cuando oigo la radio o pongo la tele y escucho a la infame chusma que desde el Gobierno o la oposición maneja los resortes de mi vida, no me gusta lo que hay, ni lo que viene. Hay muchas cosas que ignoro; pero durante un tercio de mi vida viví en lugares peligrosos, y me precio de reconocer a un hijo de puta en cuanto lo veo. 
 
Cuando me preguntan si soy monárquico o republicano suelo responder que lo que a mí me pone es una república romana con sus Cincinatos, sus Escipiones y sus Gracos, que tenía un nivel; o en su defecto, una república como la francesa, resultado de la que en 1789 cambió el mundo, hizo iguales a los ciudadanos, abolió privilegios gremiales, provinciales y de clase, e hizo posible que la bandera francesa ondee hoy en todas las escuelas y que, después de un atentado terrorista, en los estadios de fútbol se cante La Marsellesa. Soy republicano, en fin, de la rama dura, jacobina cuando haga falta: ciudadanos libres, pero leña al mono cuando ponen en peligro la libertad. Y lo de monarquías hereditarias, pues como que no. Cuando pienso en Fernando VII, Isabel II o Alfonso XIII, se me quitan las ganas. Pero estamos hablando de España, de ahora mismo. Y eso ya es otra cosa. 
 
A ver si consigo explicarme. Una república necesita un presidente culto, sabio, respetado por todos. Un árbitro supremo cuya serenidad y talante lo sitúen por encima de luchas políticas, intereses y mezquindades humanas. Pero díganme ustedes un político, hombre o mujer, que en España encaje en esa descripción. Es más, ¿imaginan a ese árbitro supremo, esa autoridad absoluta, encarnados en Pedro Sánchez? ¿En Pablo Iglesias y su república plurinacional de la señorita Pepis? ¿En Mariano Rajoy y su obtusa y pasiva estupidez? ¿En ese payaso irresponsable y transatlántico llamado Rodríguez Zapatero, que desenterró una nueva guerra civil? ¿En la ridícula y embustera arrogancia de Aznar? ¿En un Felipe González al que ahora no se le cae de la boca la palabra España que mientras estuvo en el poder evitó siempre pronunciar? ¿En Rufián? ¿En Torra? ¿En Casado? ¿En Abascal? ¿En Irene Montero? 
 
No sé ustedes; pero yo, que me hago viejo, necesito alguien por encima de todo eso. Un cemento común, mecanismo unitario que mantenga el concierto de tierras y gentes tan complejas y peligrosas que llamamos España. Sobre todo, porque los ataques actuales a la monarquía no responden a una reflexión intelectual de pensadores serios, sino al viejo afán centrífugo de demoler un Estado a cambio de golferías particulares, chanchullos locales, demagogias idiotas y argumentos de asamblea de facultad. ¿Imaginan una Constitución redactada por Echenique, Otegui o Puigdemont?… Pendiente de liberarse de la nefasta sombra de su padre, Felipe VI es un hombre sereno y formado, irreprochable hasta hoy, mucho más Grecia que Borbón. Estoy convencido de que es una buena persona y un sujeto honrado, y nada hay hasta ahora que me induzca a pensar lo contrario. Creo que es un buen tío, como solemos decir; y nadie que haya cambiado con él dos palabras afirmará lo contrario. Ama a España y cree de verdad ser útil para preservarla en tiempos de tormenta. Hace lo que puede y lo que le dejan hacer. Y en mi opinión es el único dique que nos queda frente al disparate y el putiferio en que puede convertirse esto si nos descuidamos un poco más. Se lo dije una vez: es usted un asunto de simple utilidad pública, señor. Que no es poco, tratándose de España. La delgada línea roja. Dije eso y sonrió como suele hacerlo, bondadoso y prudente. Y todavía lo quise más por esa sonrisa. 
 
16 de agosto de 2020 
 

domingo, 9 de agosto de 2020

Quiero ser un genio del mal

Tiene huevos la cosa. Te pasas la vida con un álbum de fotos desagradables en la memoria, resuelto a no regresar allí donde estuviste, intentando convencerte de que, a pesar de cuanto recuerdas, el ser humano no es tan malo como parece cuando lo parece. Te pasas treinta o cuarenta años depurando los archivos, poniendo delante los buenos ratos, las historias nobles, los gestos solidarios y los momentos dignos y honrados de los que fuiste testigo, y relegando al fondo, para apenas verlos, aquellos de primera mano que nadie te contó y a los que basta echar un vistazo para que salten a la cara la estupidez, la barbarie, la maldad, la infame naturaleza que el hombre y la mujer –seamos paritarios también en la hijoputez– llevan en su esencia y suelen aflorar al menor descuido. 
 
Dicho en corto, intentas amar a la humanidad, o como se llame esto que somos; pero no te dejan. Y cada vez que necesitas consuelo en tal sentido, héroes a los que admirar, gestos que te conmuevan, hechos que te devuelvan lo que años y lucidez te quitan poco a poco, letras mayúsculas a palabras necesarias que parecen a punto de perderlas –Dignidad, Honor, Lealtad, Amor, Honradez, Sentido Común, Solidaridad, Cultura, Educación, Inteligencia–, resulta que la infame condición humana, ésa que durante buena parte de tu vida viste en su fúnebre esplendor, aparece de nuevo para contaminarlo. Para sacar de nuevo, del fondo del archivo, la realidad de lo que somos y también, tan a menudo, nos gusta ser. 
 
Pienso en eso estos días, cuando basta medio telediario para que el respeto adquirido en los últimos meses por lo mejor del ser humano se vaya al carajo en minutos: fiestas coronavíricas, playas sin un grano de arena libre, discotecas a tope, terrazas amontonadas, sanfermines sí o sí, mascarillas inexistentes, llevadas en el codo o colgadas de los cojones. Como uno lee libros y posee recuerdos propios sabe que si algo no nos distingue es la memoria constructiva: la que sirve para prever el futuro y no tropezar en la misma piedra. Es la del agravio y el rencor la única que de verdad nos interesa. Uno sabe eso porque es viejo y ha viajado, pero lo sorprendente es la rapidez con que ahora se produce el olvido, y hasta la necesidad de olvidar. Las lecciones ni siquiera son ya efectivas durante generaciones. Se olvidan en pocos meses. En unas semanas. 
 
El problema de todo esto es que termina atenuando la compasión; y eso es peligroso porque lleva a lugares oscuros, o hace que te asomes peligrosamente a ellos. Y voy a serles sincero: hay días en los que ronda la tentación. Oyes la radio, sales a dar una vuelta, y de pronto crees comprender a ciertos personajes malvados de ficción, o no tan de ficción, cuyo desprecio por el género humano los lleva a convertirse en genios del mal. En Napoleones del crimen. Intuyes, aunque te repugne hacerlo, algunas razones del capitán Nemo, del doctor Moreau, del profesor Moriarty, del doctor No, de Fumanchú, de tantos y tantos malos de ficción –o no tanta, en realidad– que en el mundo han sido. Y entonces, durante un siniestro instante, sonríes maléfico y te das miedo a ti mismo, imaginando. 
 
Millonetis, o sea. Imaginas, por ejemplo, ser millonetis a tope. Estar forrado de pasta y poder comprar cualquier cosa: una isla como base secreta, un ejército de sicarios o sicarias, una pandilla de hackers de élite, unos laboratorios fabricantes de virus sin vacuna, una flotilla de submarinos con misiles nucleares o gas de la risa… Cualquier cosa que haga la puñeta muy en serio. Y entonces, tatatachán, desde un búnker en esa isla, bien provisto de una biblioteca con primeras ediciones del Quijote, Conrad y Tintín, con las paredes cubiertas de cuadros de Velázquez, Paolo Uccello y Ferrer-Dalmau, dedicar el resto de tu vengativa vida a darle por saco a la Humanidad. A sacudir el mundo con crímenes y conspiraciones; no chapuzas guarras sin sentido fomentadas por idiotas, como ocurre ahora, sino tramas siniestras planificadas y ejecutadas con brillantez y precisión quirúrgica. Imaginen qué pasada, oigan, contratar a un profesor Bacterio para que invente un virus selectivo y mortífero que extermine a los irresponsables y los imbéciles. O a los políticos. O a los que entran en los restaurantes en chanclas y calzoncillos. Cómo se despejarían las discotecas y las fiestas del tomate. Y mientras acaricias a tu perro o a tu gato según los gustos, y mientras Monica Bellucci o Brad Pitt –también según los gustos– te dan masajes en la espalda o donde proceda el masaje, observar el mundo en pleno desparrame mediante pantallas panorámicas mientras emites, juás, juás, juás, escalofriantes carcajadas. 
 
9 de agosto de 2020 
 

domingo, 2 de agosto de 2020

‘Élite, naturalmente’

Las redes sociales son un lugar interesante, incluso educativo, si no las tomas demasiado en serio. Si eres capaz de entrar y salir con naturalidad, hacer incursiones rápidas y largarte sin estar mucho tiempo dentro. Es la permanencia la que pudre las cosas. Por lo demás, no encuentro mejor escaparate para acercarse fácilmente, con un par de teclazos –yo sólo lo hago a través de un ordenador–, a la no siempre simpática condición humana. A menudo, como digo, se aprende algo. Y obtienes nuevos enfoques de las cosas. Me ocurrió el otro día, tras la publicación de un artículo en defensa de la utilidad del Griego y el Latín en la enseñanza de los tiempos actuales, precisamente a causa de lo actuales que son los tiempos. Y algunas reacciones de lectores –pocas, pero algunas– me dejaron pensando. Y éstas podrían resumirse en breves palabras: usted defiende a las élites culturales. La existencia de una aristocracia humanista escolar. 
 
Me quedé pensando, como digo –prueba de que Twitter y Facebook también hacen pensar–, y después de hacerlo concluí que sí. Que la defiendo. No, como parecen creer algunos simples, una élite de privilegiados que por familia, dinero, medios e incluso inteligencia puedan permitirse entrar en determinado club; pero sí el derecho de cualquiera, si es su interés o vocación, o deseo de los padres que su formación vigilan, a ser dotado de las herramientas culturales que podrían mejorarlo como ser humano. A que su educación no sea, como está siendo y cada vez más va a ser, un divorcio irreparable entre ciencias y letras, sino una fértil combinación de ambas. Creo que para interpretar el mundo y la vida en sus grandezas y desastres, las humanidades siguen siendo imprescindibles; y que buena parte de los males que nos aquejan, y eso incluye a la gentuza analfabeta que desde hace mucho tiempo detenta los mecanismos del poder en España y en el antes llamado Occidente, se explican por su creciente ausencia. 
 
En cuanto a élites, permítanme contarles algo. Durante tres años de vida escolar pertenecí a una élite –tranquilícense, no fue por dinero ni privilegios–, y a eso debo una de las mayores felicidades de mi juventud; hasta el punto de que, aunque no puedo quejarme de la vida que he llevado, no me importaría en absoluto estar todavía allí, en el aula de Letras del Instituto Isaac Peral de Cartagena donde hice Quinto, Sexto y Preu después de que me expulsaran de los Maristas por calentar a un profesor que tenía la mano larga. Aquellos tres cursos finales de Bachillerato los hicimos once alumnos que habíamos elegido estudiar Griego, Latín, Literatura, Historia, Arte y Filosofía: un grupo de jovencitos inquietos, de esos que, decía Julio César, duermen mal, unidos por el ansia de estudiar humanidades; y para quienes tan importantes eran Homero, Platón, Virgilio y Dante como Newton o Darwin. Aquellos muchachos se sabían distintos, o deseaban serlo. Eso les daba orgullo de casta, reforzaba su decisión y su esfuerzo, conscientes todos de que en el mundo al que se dirigían iban a tenerlo más difícil que otros; pero también poseerían armas defensivas y ofensivas de las que otros sin su formación carecerían. 
 
Todavía sonrío agradecido al recordar. En aquel grupo de élite conocí a algunas de las cabezas más brillantes que traté en mi vida: de origen humilde unos, más acomodado otros, eran todos chicos inteligentes, críticos, sabiamente cínicos, lo bastante lúcidos para intuir –y adiestrarse bien para ello– que los éxitos no son sino fracasos fallidos. Y por fortuna, porque hay geometrías formidables, esos once muchachos coincidimos con un grupo de jóvenes profesores de ambos sexos, apasionados de su profesión, que encontraron en tales alumnos a unos ávidos receptores de lo que con tanta excelencia ellos dominaban. Y me atrevo a decir que fueron tan felices como nosotros, pues no tuvimos sólo tres años de clases escolares, sino de conversaciones y debates, libros recomendados, reuniones en bares hasta las tantas, viajes al corazón de la antigüedad clásica, muchas copas, cigarrillos e incluso flirteos inocentes –casi inocentes– con alguna profesora de Griego o de Historia del Arte, que además eran muy guapas. Y de ese modo, esos magníficos profesores convertidos en amigos –Gloria, Amparo Ibáñez, Antonio Gil, Juan Ros– educaron con esmero a los once chicos para que hicieran suya aquella formidable cita del Retrato de Kant de Boleslaw Micinski: «Familiarízate con los secretos de las preposiciones temporales (ubi, ut, ubi primum, ut primum, simul, simulque, dum quod, antequam, priusquam, cum…) y, sobre todo, aprende la estructura de las oraciones condicionales para que no quepan en ellas el engaño, el chantaje y la mentira». 
 
Élite, naturalmente. Y a mucha honra. 
 
2 de agosto de 2020 
 

domingo, 26 de julio de 2020

Los últimos testigos


Me telefonea un amigo, conversamos y dice que hace una semana murió su madre. No era, me cuenta, ni muy mayor ni demasiado joven, en esa edad en la que la vida nos sitúa ya en la franja de lo posible y lo probable. Charlamos un rato sobre eso, y al colgar el teléfono me quedo pensando en que hace sólo unos días otro querido amigo, al que conozco desde que íbamos juntos al colegio, me habló de lo mismo: también la suya acababa de morir; en este caso, felizmente centenaria. Recuerdo ahora las conversaciones y pienso en la mía, que tiene 96 años y hace tiempo se apaga como un pajarito cansado, lenta y dulcemente. Vive lejos de mí, en otra ciudad, muy bien atendida por mis hermanas. Tuvo una infancia perturbada por viajes turbulentos y por la guerra, pero después encontró el amor, la paz y la felicidad, y creo que ha tenido una vida afortunada, envidiable. Morirá pronto, supongo, de muerte natural: esa bella expresión que hemos desterrado del vocabulario, ‘muerte natural’, porque la estupidez creciente en que vivimos se empeña ahora en negar toda naturalidad a un hecho tan lógico, sencillo e inevitable como es la muerte. 
 
Fui a visitar hace poco a mi madre y comprobé que la vida es generosa con ella hasta el final. Se extingue despacio y sin dolor, y la memoria también se le adormece entre las brumas del último ensueño. No reconoció al sexagenario de barba cana que sentado a su lado le apretaba una mano. Lo miraba con atención y sonreía dulcemente al escuchar sus palabras. A veces, un nombre, un lugar, una referencia, la palabra ‘mamá’, le hacían abrir un poco más los ojos y asentir, como si un filo de mi pasado penetrase en los restos de su memoria. Es duro para un hijo que su madre no lo reconozca, y de eso hablé con mi amigo de la infancia al telefonearnos el otro día. Cuando los padres olvidan o mueren, con ellos se borra parte de nosotros; incluso situaciones, escenas, momentos que tal vez desconocemos. Un padre, y sobre todo, una madre, poseen recuerdos que sólo ellos tienen, como un álbum de imágenes que guardan en el disco duro que les borrará la muerte: nosotros en la cuna, nuestras primeras palabras, pasos, miedos y pesadillas; nuestras primeras ilusiones o decepciones. Ellos fueron testigos únicos de aspectos de nuestra vida que tal vez nunca nos contaron. Los conservan en su recuerdo, el único lugar posible; y al morir se los llevan, perdiéndose en la nada. Con su muerte empezamos a morir nosotros; a desaparecer lentamente del mundo por el que anduvimos, como una vieja foto que pierda los contornos. A ser más lo que somos y un día no seremos, y a ser menos lo que antaño fuimos. 
 
No solemos darnos cuenta. Sin embargo, a cada momento, alrededor, en nuestra propia familia, desaparecen testigos de nuestro mundo, el propio; y también de los mundos que no llegamos a conocer, pero de los que ellos fueron testigos. Medio siglo, un siglo de vida se esfuma llevándose con ellos el siglo anterior, el recuerdo de los padres y los abuelos que, a fin de cuentas, también es nuestro patrimonio y nuestra memoria. Dejarlos marchar sin extraerles la información es como vaciar un desván sin estudiar los objetos, no siempre viejos e inútiles, que en él se amontonan. Y no se trata de un gesto sentimental o romántico, sino de algo práctico; incluso necesario. Permitir que los últimos testigos se apaguen en silencio, dejarlos enmudecer para siempre sin sacarles antes todo el material posible para que sus recuerdos sobre el mundo en general, y sobre nosotros mismos en particular, se salven y permanezcan de algún modo es dejar morir también lo que nos explica, lo que nos narra. Lo que nos hizo y hasta aquí nos trajo. Y especialmente en tiempos confusos como éstos, resulta más peligroso que nunca resignarse a esa clase de orfandad. Permitir que un ser querido se vaya sin legarnos el tesoro de su memoria es ser doblemente huérfanos. Perderlo a él con una buena parte de nosotros mismos. Quedarnos más desorientados y más solos. 
 
Inténtenlo, porque vale la pena. O eso creo. Ahora que aún es posible, siéntense junto a ellos y háganlos hablar, si pueden. Tengan la inteligencia, la astucia si es preciso, de que el nieto, el adolescente, la jovencita a quienes nada parece importar, se interesen por esa memoria familiar que pronto va a desvanecerse como humo en la brisa. Porque un día, tengo certeza de eso, ellos se alegrarán de haber escuchado. De conocer de dónde vienen y quiénes los hicieron posibles. De saber que los testigos de su memoria no pasaron sin dejar huella por este lugar extraño, triste, bello, peligroso, fascinante, al que llamamos vida. 
 
26 de julio de 2020