domingo, 29 de noviembre de 2020

Viento antes del amanecer

La meta son las islas Privilov. El premio, una de las dos goletas: la que pierda la carrera mientras navegan ciñendo a rabiar con todo el trapo arriba. La Peregrina y la Santa Isabel, una dando caza a la otra, adelantándola por barlovento para desventar sus velas. Las proas dando machetazos en la marejada, la música y la piel que se eriza cuando ves de nuevo esa secuencia, igual que se te erizó cuando sentado en un cine la viste por primera vez hace sesenta años y también cada una de las muchas veces que desde entonces has vuelto a verla: Gregory Peck mirando arriba mientras considera si debe izar la vela escandalosa, Anthony Quinn inquieto, atento a lo que hace su perseguidor. Y el grito desafiante de los cazadores: «¡Allá vamos, Portugués!». Raoul Walsh, o sea, El mundo en sus manos. Lágrimas en la cara y felicidad absoluta del espectador. 
 
El cine ha rodado muchas escenas hermosas en el mar, pero ninguna, nunca, como ésa. 
 
Y no es porque no haya películas magníficas sobre barcos y marinos. A veces, algún lector o amigo pide que recomiende alguna. Y hoy, con esas goletas todavía en la mirada y el nordeste silbando en las velas –«Si antes del amanecer refresca el viento, el mundo será nuestro»–, parece buen día para eso. Naturalmente, todo es relativo. Películas sobre el mar hay muchas; y una lista de las que considero mejores entre las mejores no incluiría menos de cuarenta títulos. Pero sólo tengo una página, así que me limitaré a las que más me gustan. Las que influyeron en mi vida, y a veces llegaron a cambiarla. 
 
Al mismo tiempo que El mundo en sus manos descubrí El capitán Blood. La de Rafael Sabatini era una de las novelas favoritas de mi padre, que me llevó a ver la película; y a su lado, atento a la pantalla, asistí al inolvidable duelo entre Errol Flynn y Basil Rathbone encarnando al capitán Levasseur. Por esa época, además de La isla del tesoro –la versión que más me gusta es la de Victor Fleming– y Rebelión a bordo, con Charles Laughton y Clark Gable –sin desdeñar la protagonizada por Marlon Brando y Trevor Howard–, me extasié con Jasón y los argonautas, con Los vikingos y también con una película que todavía hizo sentir su influjo cuando, cuatro décadas después, escribí La carta esférica: la enigmática El misterio del barco perdido, con Gary Cooper y Charlton Heston. 
 
Casi todas las mejores películas del mar incluyen la guerra. De ese género hay una poco lograda pero recomendable, porque John Wayne –que hace de John Wayne junto a una Lana Turner que hace de Lana Turner– interpreta nada menos que a un marino mercante alemán: El zorro de los océanos. Y yéndonos a lo serio y de calidad, mencionaré dos obras maestras: Das Boot, de Wolfgang Petersen, y Master and Commander, de Peter Weir –esta última, posiblemente la mejor película del mar de todos los tiempos–. También hay una veintena de grandes películas de guerra entre las que sería injusto no destacar Hundid el Bismark, La batalla del Río de la Plata, Bajo diez banderas –el corsario Atlantis, otro favorito de mi padre–, Torpedo, El último torpedo, Mar cruel, Sangre, sudor y lágrimas y la extraordinaria Duelo en el Atlántico, con Robert Mitchum, comandante de un destructor, enfrentado a Curd Jürgens, comandante de un submarino. Sin olvidar tres grandes títulos de John Ford: Mar de fondo, Hombres intrépidos y No eran imprescindibles. Y uno de Hitchcock: la intensa Náufragos
 
Se acaba la página y lo siento, porque se queda mucho cine en las teclas del ordenador. Por ejemplo, Estación Polar Zebra, El final de la cuenta atrás y también una película que suele pasar inadvertida en las antologías, pero que me impresionó mucho: a los ocho o nueve años, La sirena y el delfín me desveló temprana y simultáneamente los misterios de la arqueología naval y los encantos húmedos de Sophia Loren. Por su parte, El motín del Caine permite asomarse a la condición humana –esos oficiales agobiados, indecisos– y La última noche del Titanic, la mejor de cuantas películas se han hecho sobre aquel naufragio, al heroísmo, la cobardía, la dignidad, el egoísmo y la solidaridad humana en pleno desastre. Tampoco Moby Dick podía faltar en esta apretada lista, quizá para rematarla; sobre todo porque supuso un verdadero choque cultural, o generacional, verla de nuevo con mi hija; cuando, ante el enorme cetáceo blanco que en la novela y la película, como en mi propia imaginación, siempre fue encarnación del Mal, mi hija, que entonces tenía ocho años, comentó con mucha naturalidad: «Pobre ballena. ¿Verdad, papi?». 
 
29 de noviembre de 2020

domingo, 22 de noviembre de 2020

Maestros de tinta y papel

Ya se van llenando otra vez, poco a poco. Ahora sólo hay en ellos una docena de libros; pero en los próximos meses esos estantes casi vacíos de mi biblioteca, situados a la izquierda de la mesa donde trabajo, contendrán volúmenes con puntos de lectura, marcas en las páginas y párrafos subrayados a lápiz. Son cuatro filas de 1,98 metros cada una, lo que supone ocho metros de libros; doscientos cincuenta, más o menos: historia, ensayo, viajes, memorias… El material de consulta que durante el tiempo que empleo en escribir una novela me documenta, me informa, me acompaña. Después, una vez terminado ese trabajo, vuelven a sus lugares de origen en la biblioteca. Y empiezan a llegar otros. 
 
Pero no son sólo ésos. Algo más allá –ésos sí tienen lugar fijo– se encuentran el Espasa, la Enciclopedia Británica, el Summa Artis y los 50 tomos del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. Y a mi espalda, en otros siete estantes apretados, los libros de consulta inmediata, diccionarios, ortografías y gramáticas: Autoridades, RAE, Seco, Moliner, Casares, Corominas, Oxford Classical Dictionary, Oxford Latin Dictionary, Greek English Lexicon, viejos diccionarios clásicos de Vox, Petit Robert, Zingarelli, Langenscheidt y algunos más. 
 
Son mi compañía diaria. Maestros y amigos. Y no se trata sólo del consuelo de alzar la vista y verlos mientras trabajo, ni de la satisfacción de recurrir a ellos para conocer o comprobar una fecha, un dato, la exactitud de una palabra. Es que los necesito para mi trabajo, a todos ellos. A veces para una consulta rápida, a veces para búsquedas complejas y nutritivas. También me son imprescindibles, porque el lugar de la casa donde escribo no tiene teléfono ni Internet. Tecleo de cinco a siete horas diarias en un ordenador desconectado del mundo, ajeno a Wikipedia, a Google y a todo eso. Y cuando necesito conexión, subo a donde hay otro PC abierto al mundo, más vulnerable, y lo utilizo. Pero el trabajo lo hago en esa parte aislada de la biblioteca. El lugar al que llamo, y es una vieja historia, La Bodega. 
 
Sin embargo, tampoco tales compañeros, amigos y maestros, bastan para todo. A veces, cuando llego a un lugar complicado, uno de esos momentos en que todo se atranca y miras las teclas y la pantalla con desconcierto y desamparo, sin alcanzar con las palabras adecuadas la imagen, la situación o el diálogo que tienes o crees tener en la cabeza, no queda otra que buscar socorro. Y entonces, esperanzado, te levantas, subes a la parte de arriba de la biblioteca, donde están los autores literarios, y sin rubor ninguno, sin complejos, pides ayuda a gritos. A ver, maestro Conrad, maestro Galdós, maestro Pynchon, maestra Agatha, maestro Dostoievski, maestro Leonard, maestro Mann, maestro Hammett, maestro Stevenson… Vosotros o cualquier otro de los que estáis ahí, sacadme de este apuro, porque yo no puedo. Echadme una mano diciéndome cómo resolveríais el problema. 
 
Y no fallan, oigan. Les doy mi palabra. Porque son sabios, generosos y me conocen desde más de medio siglo. Ven aquí, chaval, dicen. Abre esto o aquello y fíjate en lo que lees, porque a pesar de lo que creen los tontos y los soberbios, que a veces son los mismos, en literatura todo lo inventamos ya nosotros en los últimos tres mil años; y lo que algunos toman por nuevo es, simplemente, lo olvidado. Así que ven y lee, pequeño saltamontes. Y luego aplica tus propios recursos, si es que los tienes. Y tú, que puedes ser el más chulo de tu barrio, o no, pero sabes que sin humildad profesional no se va a ninguna parte en este oficio ni en ningún otro, obedeces a los que saben, y abres el libro; y por alguna maravillosa geometría de la literatura y la vida, la solución está ahí, a veces en la misma página por la que has abierto. Espléndida como un rayo de sol. 
 
Es entonces cuando levantas la vista y dices, gracias, maestro, te debo otra de las muchas que te debo. Y bajas de nuevo a la bodega, y empiezas a darle otra vez a la tecla. Y de pronto, casi mágicamente, aquello que se negaba a pasar de tu cabeza al texto escrito empieza a tomar forma en éste como si siempre hubiera estado ahí, fluyendo con toda naturalidad. Y en una palabra, una frase, un párrafo, una página, resuelves por fin el problema técnico –contar bien una historia no es sino resolver con eficacia un problema técnico– que te traía por la calle de la Amargura. Y al cabo de un rato, cuando al fin le das a la tecla de imprimir, quitas el capuchón de la estilográfica y corriges con tinta azul lo escrito, intentando mejorarlo un poco, te preguntas si podrías explicar todo esto a los que preguntan cómo se escribe una novela. 
 
22 de noviembre de 2020

domingo, 15 de noviembre de 2020

Mi amor en blanco y negro


Ahora que estoy a diez días de empezar el taco de almanaque número 69 puedo confesarlo sin complejos: mi verdadero amor cinematográfico, la mujer de mi vida en celuloide, no es Ava Gardner, aunque anduvo cerca de serlo en Mogambo, ni la Claudia Cardinale de Un maledetto imbroglio; tampoco la Marlene Dietrich de El expreso de Shanghai, la Romy Schneider de La piscina, la Grace Kelly de Atrapa a un ladrón, ni la Sophia Loren que sale gloriosamente mojada del agua en La sirena y el delfín. Ni siquiera, lo que ya es ponerme entre la espada y la pared, la Lauren Bacall de Tener y no tener, con todas sus consecuencias. Todas ellas fueron, o son. Pero el verdadero amor de mi vida, o de esa parte contemplativa de mi vida, se llama –tales amores nunca envejecen ni mueren– Louise Brooks, y es probable que a algunos de ustedes, los más jóvenes o menos cinéfilos, no les suene de nada. Pero tiene arreglo: tecleen en Google o Youtube, y luego me cuentan. 
 
Louise Brooks, Lulú para la posteridad, fue una actriz norteamericana de intensa y breve carrera: entre 1925 y 1938 intervino en veinticuatro películas, dos de las cuales, rodadas en Europa, la situaron en la gran historia del cine: La caja de Pandora y Tres páginas de un diario. Su característico corte de pelo, ese escueto casco negro que acentuaba su aspecto a ratos andrógino, a veces agresivamente femenino y tan imitado en su momento, en películas que incluso rozaron el lesbianismo y el incesto, acabó convirtiéndola en un icono de su época; aunque la definitiva y eterna fama cinematográfica no le llegaría hasta más tarde, a los cincuenta años, muy lejos ya de todo aquello. Su carácter independiente, su desinhibición sexual, el modo en que se ponía el mundo y a los productores de Hollywood por montera –libérrima de costumbres, ajena al pudor, nunca quiso, sin embargo, acostarse con ninguno de ellos–, fue proscrita por el mundo del cine y puesta en una lista negra de la que no salió nunca, destruyendo así su carrera. Pero cuando en los años 50 destacados cinéfilos europeos y norteamericanos redescubrieron sus películas, en especial aquellas dos obras maestras que rodó en Alemania con el director expresionista Georg Wilhelm Pabst (Pandora’s box y The diary of a lost girl), la gran historia del cine la acogió para siempre con los brazos abiertos. Y ahí sigue, hecha leyenda, la mujer que escribió con pleno conocimiento de causa: «Mi madre tenía el mismo instinto maternal que un caimán» y «Una chica bien vestida puede conquistar el mundo, incluso si no tiene dinero». 
 
Señalo escribió y no dijo, porque Louise Brooks fue, tras dejar el cine, una escritora excepcional. Cuando a mediados de los 80 conocí sus películas, descubrí también Lulú en Hollywood, libro de memorias donde, con deliciosa sencillez, gracia y sutil mala leche, ajusta cuentas con Hollywood, el mundo, los hombres y algunas mujeres, y que contiene, entre otras cosas, un notable capítulo sobre Humphrey Bogart –uno de sus muchos amantes–, otro sobre William Wellman y otro, Gish y Garbo –también pasó por la cama de esta última– contando la presión de los estudios cinematográficos sobre las actrices famosas. Esa sorprendente transmutación de actriz a escritora acaba no sorprendiendo cuando te adentras en su vida y averiguas que era lectora desde niña, que en los rodajes se encerraba a leer a Proust, Darwin o Goethe, y que nunca viajó sin libros en el equipaje. 
 
Los tenía, los libros, incluso en la habitación del hotel Ambassador donde, tras tirar la llave, vivió una semana de sexo intenso con Charles Chaplin, teniendo ella 18 años y él 36. Y después de haber sido bailarina, amante promiscua –pobres o ricos, siempre elegía ella–, actriz deseada, hembra impúdica, prostituta de lujo a ratos, indómita siempre, y tras permitirse el valiente lujo de fracasar a los 25 años, fue la literatura la que le dio refugio y consuelo hasta que la gloria definitiva llegó tres décadas después, cuando los cinéfilos la reivindicaron como suya y Lulú en Hollywood fue un éxito. Homenajeada en varias películas, Guido Crepax basó en ella su cómic Valentina, suscitó canciones como Pandora’s box y Lulú, y fue su imagen la que inspiró aquel famoso Oui, c’est moi del perfume Lou Lou de Cacharel. Para entonces ya era vieja, alcohólica y malhumorada, pero vivió lo suficiente para saborear la dulce revancha de su propio mito. Murió a los 78 años con el pelo gris, una botella de ginebra y un libro en la mesilla de noche, fiel a su bronco carácter, después de escribir a su hermano una carta en la que resumía su fascinante vida: «Fracasé en todo: como actriz, esposa, amante, puta, cocinera, amiga. Y no me disculpo con la excusa fácil de que no lo intenté. Lo intenté con toda mi alma». 
 
15 de noviembre de 2020

domingo, 8 de noviembre de 2020

Dunkerque a la española

Les hablaba la semana pasada de victorias y derrotas, y de cómo algunas naciones, pueblos o como queramos llamarlos, saben hacer de sus fracasos materia épica que honra a quienes pelearon con bravura, y compensa la incierta balanza de la Historia. En eso los ingleses son viejos maestros, pues se las arreglan como artistas para que no sólo victorias como Crècy, Waterloo o Trafalgar, sino derrotas enormes –Tenerife, Isandlwana, Gandamak, Singapur, Dunkerque y tantas otras– pasen al imaginario histórico nacional y extranjero estofadas con laureles de gloria. Incluso se las venden al enemigo empaquetadas con lazo rosa, bajo el truco de reconocerle a éste un valor que justifica el propio desastre. Justo al contrario de lo que ocurre en España, donde hasta a los mejores momentos les buscamos las sombras, y donde todo lo convertimos en arma arrojadiza. 
 
Volví a pensar en eso hace unos días, buscando material para algo que llevo entre manos. Por casualidad me topé con un librito que tengo en la biblioteca sobre la Association of Dunkirk Little Ships, que desde 1966 reúne a medio centenar de pequeños barcos pertenecientes a particulares que intervinieron en la evacuación de las tropas británicas y francesas de Dunkerque durante la Segunda Guerra Mundial. Atrapados allí por el avance alemán, los soldados vencidos debían ser rescatados en las playas; pero como éstas eran de poca profundidad, la Royal Navy pidió ayuda a cuantas embarcaciones de pequeño calado había en los puertos del Canal de la Mancha para hacer de lanzaderas entre la orilla y los barcos grandes. Algunos de esos barquitos fueron requisados, mientras que otros, gobernados por sus propietarios, pescadores o miembros de clubs marítimos –el más pequeño, el Tamzine, tenía sólo cinco metros de eslora–, cruzaron el canal a modo de intrépida flotilla; y entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940, en pleno infierno y bajo los bombardeos alemanes, ayudaron a salvar a 338.226 compatriotas y aliados. 
 
Hay fotos impresionantes de aquello, y también películas que lo cuentan; aunque la última, Dunkirk, de Christopher Nolan, no sea la mejor. En todas estremecen, sin embargo, las imágenes de la frágil flotilla que, en patriótica respuesta al llamado de su gobierno –una orden de Churchill no era cualquier cosa–, salió de los puertos ingleses para dirigirse a las playas entre barcos hundidos, explosiones y columnas de humo de incendios. Algunos de esos pobres barquitos se perdieron bajo el fuego alemán; y otros, como el Marsayru, de catorce metros, tripulado por Dickie Olivier –hermano del actor Lawrence Olivier– y su amigo Cyril Coggins, tras navegar desde su club náutico, pudieron rescatar a 400 hombres. Tanto el Marsayru como el Tamzine y los demás lucen hoy, con sobrio orgullo, una pequeña placa atornillada donde puede leerse Dunkirk 1940. Y se reúnen todos los años por las mismas fechas, los que siguen a flote, para repetir la travesía de ida y vuelta a las playas de Dunkerque mientras los sobrevuelan viejos Spitfires y Hurricanes que los clubs aéreos británicos aún mantienen en vuelo. 
 
Alguna vez he comentado mi curiosidad por cómo se habría desarrollado este episodio en España. Y vuelvo a pensar en ello ahora, tras oír otra vez cantar La Marsellesa en Francia después de un crimen islamista. Imaginen por ejemplo, puestos a guerrear, un zafarrancho serio con Marruecos mientras la gente y las tropas se amontonan en los puertos de Ceuta y Melilla, con la Armada española haciendo lo que puede y la dejan, que ya sabemos lo que es; y el gobierno español, sea el que sea, pidiendo a los particulares que crucen el Estrecho y el mar de Alborán para acudir al rescate. Imaginen si pueden –y sé que pueden– esa sesión parlamentaria memorable, esos ministros patriotas, esos políticos de fluido verbo, esos telediarios, esos tertulianos de radio y televisión, esos expertos en Covid reciclados a expertos en evacuaciones y navegación. Y sobre todo, puestos a vibrar de entusiasmo, imaginen a los pescadores, a los dueños de golondrinas y catamaranes turísticos, a los propietarios de yates y barquitos de recreo, dejándolo todo para acudir corriendo a los puertos y clubs, calzándose los náuticos, dándose de hostias por salir los primeros a la mar. Imagínennos a todos navegando en conmovedora flotilla, cada cual con su banderita en la popa y allá a su frente Estambul, cantando a grito pelado Resistiré, Que viva España y Soldados del amor mientras nos dirigimos intrépidos, solidarios, españoles, hacia los incendios lejanos del horizonte. Con dos cojones. 
 
Y, bueno. Qué quieren que les diga. Si yo fuera ceutí o melillense, y pudiera, me iría comprando un barco. 
 
8 de noviembre de 2020

domingo, 1 de noviembre de 2020

Los ingleses lo respetaron más


Hay torpezas naturales e inevitables, y hay torpezas deliberadas y hasta peligrosas. La decisión del director de la fundación del Museo Naval de Madrid de retirar el cuadro de Ferrer-Dalmau El último combate del Glorioso de las salas de exposición me parece de las segundas, agravada por el hecho de que el responsable sea un almirante de la Armada española. La reapertura tras la reforma del formidable museo, uno de los más importantes de Europa, es una noticia espléndida, empañada por la polémica tras dejar fuera, precisamente, el cuadro más admirado y fotografiado por los visitantes desde que fue adquirido en 2014 y presentado de forma solemne en un acto presidido por el rey Felipe VI. 
 
La historia del navío Glorioso merece el soberbio lienzo que nuestro más internacional pintor de historia militar le dedicó en su momento. Viniendo en 1747 de La Habana, libró en solitario tres encuentros con doce barcos ingleses de los que hizo volar uno y hundió otro; y en el último, ya hecho polvo y sin munición, se vio obligado a arriar bandera tras un postrer combate que duró tres días y una noche, hazaña que los admirados cronistas británicos, poco inclinados a elogiar a españoles, saludaron con mucho respeto, calificándola de honrosa y extraordinaria. Con trágica belleza, el magnífico cuadro de Ferrer-Dalmau representa al navío en los momentos finales, desarbolado pero aún arriba la bandera, con los hombres peleando como fieras en la cubierta astillada y llena de humo, rodeado por barcos ingleses de los que –genial detalle del pintor– uno arrastra, indicando quién es el vencedor moral del combate, su propia bandera caída sobre el agua. 
 
Sin embargo, quienes visiten el Museo Naval de Madrid no verán allí tan espectacular cuadro sobre la gesta del Glorioso, sino otro de menos calidad, el de Cortellini, que está lejos de representar lo que fue aquello. Interrogado sobre una decisión que suscitó protestas y recriminaciones, el director de la fundación que preside el museo se justificó con argumentos chocantes en boca de un marino de guerra español. El cuadro, según él, no encaja en la nueva orientación del lugar, que pretende «mostrar nuestra historia sin complejos y de forma equilibrada». Un equilibrio que –sugirió sin ruborizarse– se logra ocultando derrotas y mostrando victorias. De modo que, en este nuevo planteamiento positivo, el cuadro de Ferrer-Dalmau resulta inadecuado porque, siempre según la almirantesca opinión, «al comandante del Glorioso no le habría gustado verse recordado así». 
 
Ésa es la frase que retengo del asunto: que al comandante del Glorioso no le habría gustado que lo recordaran así. Al escucharla pensé en las victorias y derrotas que jalonan la impresionante historia de España, y en las lecciones que de ellas pueden extraerse: las que nos redimen de tantos siglos de malos gobiernos; la continua lección moral dada por el pobre españolito de a pie, la fiel infantería, la fiel marinería, los paisanos de cachicuerna y trabuco, que allí donde la incompetencia de sus gobernantes los puso en el tajo del carnicero, indefensos ante enemigos poderosos, supieron con tenacidad y coraje, no ya por la patria –concepto a veces manipulado y difuso– sino por dignidad, deber, orgullo o desesperación, compensar con grandeza la miseria que tantas banderas tapaban. Según lo que apunta ese almirante tan equilibrado y libre de complejos, tampoco a los últimos soldados españoles de Rocroi les habría gustado verse recordados cuando a pie firme esperaban la carga final enemiga, ni a los manolos del Dos de Mayo ser inmortalizados por Goya. Tampoco les habría gustado verse pintados en su última hora a los héroes de tantas derrotas que, fruto de la incompetencia de sus gobernantes, encajaron solos y sin esperanza, canturreando una jota mientras empalmaban la navaja en Zaragoza, cargando en Annual con los últimos de Alcántara o doblando el bajo del Diamante bajo el fuego de los acorazados yanquis. Que vaya ahora el almirante de turno a preguntarle a Churruca cómo le gustaría verse recordado mientras se desangraba en Trafalgar, a los últimos de Filipinas cuando al fin se rindieron en Baler, a los marinos muertos en Cavite y Santiago de Cuba, a los pobres soldaditos del Barranco del Lobo y Monte Arruit, a los requetés de Codo y Villalba de los Arcos, a los republicanos caídos en el Ebro, a los paracaidistas masacrados en Ifni, a los legionarios muertos en Edchera… Que, al menos, los museos otorguen el consuelo de saber que a nadie en la historia lo derrotaron nunca como a un español: la certeza de que ese heroísmo, ese orgullo violento, esa dignidad desesperada y peligrosa, es lo único que tuvimos para compensar tanta estupidez histórica, tanta desmemoria suicida, tanto político irresponsable, tanto almirante mediocre y tanta infamia. 
 
1 de noviembre de 2020