domingo, 27 de diciembre de 2020

«Sois la hostia, la hostia»

Llama a la puerta un mensajero, deja su paquete y se marcha. Y mientras cierra la puerta, Conchi, la señora que trabaja en casa desde hace veintisiete años, me comenta: «Hay que ver qué educados son estos muchachos americanos, ¿verdad? Y lo bien que hablan». Luego vuelve a sus asuntos y yo me quedo pensando que sí, en efecto. Que en su mayor parte son muy corteses y hablan un español excelente, mejor que el de los nacidos a este lado del Atlántico. Aunque luego, al vivir aquí, ya en contacto con la zafia idiosincrasia nacional, se les vaya pasando. 
 
Alguna vez comenté mi admiración por las palabras que un campesino peruano o ecuatoriano dijo en la tele tras un terremoto: «Pues verá, señor, hubo un temblor de tierra espantoso, el techo oscilaba, y agarré a mi familia para ponerlos a salvo y salvar nuestras vidas». Una situación que, no me cabe duda –y a ustedes tampoco–, un español medio habría resuelto seguramente con: «Joder, se lió parda, hubo un terremoto del copón y salimos cagando leches». Y no digan que exagero. Hace unos días, una española responsable de no sé qué departamento de sanidad expresaba así su admiración por el trabajo de sus colegas durante la pandemia: «Sois la hostia, la hostia. Flipo, flipo, flipo». 
 
Lo comento con mi amiga y editora Pilar Reyes, nacida en Colombia, y dice algo que me deja pensativo: «Hay una parte de tradición, de la antigua cortesía y habla de las clases dominantes españolas, que ha sido referencia social durante siglos. Pero es que, además, en España se es posmoderno, pero en América se es todavía moderno. La cortesía, el buen hablar, son herramientas prácticas. Allí, donde hay lugares de una pobreza extrema, aún se cree en ellas para la vida diaria, para mejorar el futuro. Van en un mismo paquete llamado educación». 
 
Ésa es la palabra que me queda bailando en la cabeza: educación. Y poco tiene que ver con la posición social. La educación y sus consecuencias visibles, como la cortesía o el buen hablar, se manifiestan de muchas maneras en Hispanoamérica. Incluso entre gente humilde, incluso en la violencia. Y doy fe de ello: en Colombia me quisieron robar hablándome todo el rato de usted; en El Salvador me encañonaron diciéndome hijoputa con extraordinaria cortesía, y en Nicaragua un militar formuló la más extraordinaria amenaza de muerte que me han hecho jamás: «Amigo, no perdamos la dulzura del carácter». 
 
En mi opinión, ese respeto por el lenguaje, y en especial su culto entre las clases humildes de allí, tiene mucho que ver con la esperanza de un futuro mejor. En lugares donde la pobreza es tan intensa que la movilidad social resulta difícil o casi imposible, la educación en su sentido amplio ha sido, durante siglos, la única posibilidad. Ahora el narcotráfico ofrece una siniestra vía alternativa, pero subsiste el reflejo de la antigua honrada esperanza: soy pobre y estoy condenado a una vida mísera, pero si mi hijo aprende, habla bien, tal vez su vida sea mejor que la mía. Así se explica que familias de una indigencia extrema se sacrifiquen para que uno de ellos estudie, salga adelante y ayude a toda la familia a mejorar. Por eso gente atrozmente pobre se las arregla para que al menos un hijo o una hija vayan al colegio, donde heroicos maestros hacen lo que pueden. Para que un día los chicos tengan un trabajo digno, o viajen a Estados Unidos, o a España, y vivan mejor de cómo vivieron sus padres y sus abuelos. 
 
Deberíamos recordar eso cada vez que un mensajero con cara de maya o azteca llama a la puerta para dejar un paquete. Cuando oímos su «buenos días, señor» al entrar en un taxi, un bar o un restaurante. Cuando una chica con pelo negro y rostro de Malinche dice «¿me regala su pin?» al acercarle la tarjeta de crédito. No es servilismo ni humildad, sino una visión del mundo más sufrida y noble que la nuestra: la huella del esfuerzo y sacrificio de quienes los educaron para que su futuro fuese diferente. Ojalá conservaran esa nobleza de maneras en vez de perderla al vivir aquí. Son muchas las lecciones de dignidad y coraje que pueden darnos esos tipos bajitos de hablar suave, que cuando los ofendes, orgullosos como indios y españoles que son, te miran con ojos oscuros y peligrosos; o esas mujeres de voz dulce y cabello negro, que tanto saben de sufrimiento y de vida. Aprendieron de la vieja España, cuya sangre llevan y cuya lengua hablan, cuando todavía éramos alguien de quien se podía aprender; y ahora están aquí porque tienen derecho a estar. Son tan nuestros como nosotros suyos. No los hagamos avergonzarse de lo que somos. No les defraudemos la memoria. 
 
27 de diciembre de 2020 
 

domingo, 20 de diciembre de 2020

El profesor vencido

Me gustaría, dice el profesor cuando se quita la mascarilla y se lleva la cerveza a los labios, hacer eso que tú dices, Reverte: vivir en España como si fueras un inglés en Marruecos. Te juro que lo intento cada día, añade, pero no lo consigo. Me duele demasiado, como a ti, y el dolor se filtra por los resquicios de la coraza. Sufro por mis chicos, compréndelo. Sé que no es su culpa, aunque pronto también ellos serán culpables de sus vidas chatas y miserables. Al final, como tú mismo dices, casi cada cual termina mereciendo lo que es, aunque sean otros quienes lo hayan convertido en eso. Incluso acaba teniendo la cara y el aspecto que le corresponde. 
 
Estoy cansado de luchar, ¿comprendes? La nueva reforma educativa es la puntilla final, el descabello. Es ya el colmo del cinismo pseudopedagógico y de la palabrería vana del mismo equipo ideológico que vomitó la LOGSE y empezó el desguace de la educación en España. Transversales, dicen estos hijos de puta. Los conocimientos han de ser transversales. Por supuesto, la cultura clásica sí aparece, o aparenta hacerlo; pero diluida en una larguísima lista de optativas nacidas en la entrepierna de las consejerías correspondientes. Que mira tú quién las maneja. 
 
Escucha lo que te digo. En mi centro de 1.200 alumnos, ni uno sólo estudia griego. Son analfabetos sensu stricto. En cuanto al latín, apenas hay 25 en bachillerato y 40 en la ESO. En mi ciudad, capital autonómica, llevamos doce años sin oposiciones para profesores de latín o griego, y los que seguimos en la brecha pasamos de los 50. A medida que nos jubilamos, las plazas no se cubren. La nación que dio tres emperadores a Roma, que alumbró a Séneca, Lucano, Marcial, Quintiliano e Isidoro de Sevilla desdeña el latín hasta amenazar su continuidad. En la patria que alumbró la Escuela de Traductores de Toledo y ayudó a difundir por la Europa culta los textos llegados de Alejandría, el griego deja de existir. Muy pronto, en esta España embrutecida nadie sabrá ver las reminiscencias virgilianas en Cervantes, la huella de Horacio en Manrique o Neruda, ni los referentes clásicos que, por instinto y formación, unos pocos escritores aún utilizáis de modo suicida en vuestras obras. Como tú mismo has recordado y escrito, nox atra cava circumvolat umbra. Arde Troya a nuestra espalda y ni siquiera sabemos ya qué significa eso. 
 
Pídeme otra cerveza, por favor, que tengo la boca y el alma secas. Llevo 30 años en la enseñanza y con amargura compruebo que me equivoqué de ilusiones y oficio. A mis alumnos les importa un carajo quiénes fueron Ovidio, Homero y Sófocles. Y no los culpo. Mientras les llega el momento de convertirse también en verdugos, sólo son víctimas. Les hemos robado la educación. Y lo que es peor, les hemos robado incluso la necesidad de tenerla. El sentimiento de echarla de menos. 
 
Escucha: en mi centro escolar, un alumno de 2.º de bachillerato –el antiguo Preu o Cou– dijo que el Quijote lo había parido don Juan Manuel, y otro sostuvo en un examen que Jorge Manrique era autor del Cervantes. El curso pasado, por imperativo legal de estos mierdagogos que nos gobiernan, tuvimos que titular a un crío que en la primera evaluación tenía ¡sesenta y siete! faltas de ortografía en un solo examen. Hace una semana, el profesor de arte dijo que antes de empezar con el gótico iban a ver imágenes de la abadía de Cluny, y un alumno se asombró de que George Clooney sea tan famoso que le dediquen iglesias. Pregúntales sin embargo por Chochita, Kiko, Yoni o cualquiera de las pedorras y pedorros de la Isla de las Felaciones o Sálvame Boniato, y recitarán sus biografías con pelos y señales. 
 
Soy de izquierdas, amigo mío. Muy de izquierdas, y lo sabes. Pero esto no hay forma de salvarlo, te pongas donde te pongas. Tan analfabetos son unos como otros. Además, arrogantes y sin complejos. Hay necrosis irreversible del tejido cultural. En mi colegio tuvimos dos amagos recientes de denuncia: un padre nos acusó de enseñar pornografía a su hijo por decirle lo que era un sátiro, y otro de fomentar la zoofilia al explicar a los chicos el rapto de Europa. Y cuando los profesores de lenguas clásicas nos quejamos con cartas y tuits de la actual situación, todavía hay idiotas pseudoprogresistas que nos responden, en textos llenos de faltas de ortografía, que el griego es una pérdida de tiempo y el latín cosa de curas y de élites con pasta, y que bien muertos están. 
 
Así que dime cómo se hace, Reverte. Cuéntame, te lo ruego, cómo se consigue ser un inglés en Marruecos, y te juro que me apunto ahora mismo. Te compro la fórmula. Dime cómo conseguir que no duela tanto como duele. Sentirse ajeno, indiferente, a tanta desolación, tanta estupidez y tanta infamia. 
 
20 de diciembre de 2020 
 

domingo, 13 de diciembre de 2020

El amigo italiano

Aquel Madrid de los años 70 era joven, atrevido y libre. La España del viejo régimen daba el postrer coletazo y el futuro se asentaba, inevitable. Coincidían dos realidades: una agonizante y en retroceso, representada por tribunales de orden público, grises que cargaban porra en mano y guardias que aún vigilaban los parques a la caza de parejas, y otra realidad ya victoriosa, ebria de vida, que estallaba de júbilo y modernidad en lo que tres o cuatro años después se acabó llamando La Movida: bares, discotecas, salas de música y cafés teatro estaban llenos, y Argüelles, Santa Ana, las cavas Alta y Baja o el barrio de Malasaña bullían de juventud, olían a maría y a ketama recién liadas, hablaban la jerga marginal del extrarradio y la delincuencia, bebían, bailaban y se abrazaban desafiantes. El sexo era la asignatura pendiente que todos queríamos poner al día, y eran el momento y lugar perfectos. Tener veinte años en Madrid, liberarse de la España timorata y meapilas que dejábamos atrás, era tocar el cielo. 
 
Mi amigo se llamaba Alesio. Era de Turín y músico: tocaba la flauta travesera. Ser músico en aquella época era tener la mitad del camino hecho; y como además era delgado, moreno y extraordinariamente guapo, las chicas goteaban agua de limón cuando se llevaba la flauta a los labios o las miraba con sus ojos de cervato. Alesio y yo cazábamos juntos, o nos cazaban –también ellas, arrojado el sujetador por la ventana, protagonizaban deslumbrantes osadías–. Solíamos faenar en los garitos de música sudamericana, los mesones cercanos a la Plaza Mayor, los bares de Santa Ana y también el museo del Prado, donde mi amigo, por prurito patriótico, se encargaba de explicarles Tiziano a las turistas mientras yo me ocupaba de Goya y Velázquez. Después íbamos a bailar al Camarote, a cenar en el Schotis, a tomar copas en la Vía Láctea, a oír al Príncipe Gitano en La Trompeta, a Paco España en el Gay Club y a Sabina y Krahe en la Mandrágora, frente a ese Mesón del Segoviano que en pocos meses iba a llamarse Lucio. O las invitábamos a casa de Inge. 
 
La casa de Inge estaba en la plaza de Santa Ana. Era una alemana muy grande, estilo valkiria, con un cuerpo asombroso y una absoluta carencia de inhibiciones. Vivía en un ático grande y luminoso, sin otros muebles que alfombras, cojines y el colchón de una cama enorme puestos en el suelo. Era hospitalaria, promiscua y muy atrevida. Frecuentaban la casa otras amigas y algún amigo más, y muchas de las situaciones resultantes habrían afilado el colmillo a cualquier director de cine transgresor. A la hora de organizar coreografías de grupo, comparado con Inge, Pasolini habría parecido un tímido monaguillo. En aquella casa, por cuya ventana podía verse la fachada del hotel Victoria, fumé la mayor parte de los ocho o diez canutos que he fumado en mi vida, vi a mi amigo Alesio combatiendo tenaz en varios frentes a la vez y aprendí ciertas cosas interesantes –o empecé a aprenderlas– sobre cómo funciona la cabeza de las mujeres cuando te arrastran a su lado más deliciosamente oscuro. 
 
De todos los episodios con Alesio recuerdo uno muy divertido. Bajábamos por el arco de Cuchilleros, y al ver a dos turistas que parecían norteamericanas, mi amigo confió demasiado en sus propios encantos y currículum, tocando suavemente a una en el hombro. Y entonces, la rubia, revolviéndose de un salto mientras profería un escalofriante grito de pelea, le pegó a Alesio un golpe de kárate con el canto de la mano, en el cuello, que lo hizo derrumbarse como un saco de patatas pochas. Y mientras las dos guiris seguían su camino tan tranquilas, yo tuve que arrastrar a mi compadre, desvanecido, hasta las Cuevas de Luis Candelas, donde el bandolero de la puerta y los camareros, tronchados de risa, le echaron agua por la cara, dándole una copita de coñac cuando al fin abrió los ojos. «Es que la he asustado», balbucía el pobre, con su acento italiano. Claro que sí, lo consolábamos. La has asustado de cojones. 
 
Varios meses después, mi amigo desapareció. Desconectaron su teléfono y dejó su casa. Nadie volvió a saber de él, pues seguramente regresó a Italia. Hace poco, recordándolo con afecto, busqué en Internet sin resultado: sólo di con una guapa italiana con su apellido, y por la foto pensé que tenía con él cierto parecido. Podría tratarse de una hija suya, pero no quise ir más allá. Si todavía vive, Alesio tendrá hoy setenta años. Y es que las buenas historias no siempre terminan; a veces quedan inacabadas, evitándonos conocer el final. Eso, precisamente, las convierte en buenas historias. 
 
13 de diciembre de 2020

domingo, 6 de diciembre de 2020

Ganar al fútbol es de fascistas

Lo escucho en la radio. Un entrevistado asegura, con ese aplomo peculiar de los fanáticos y los idiotas, que en los partidos de fútbol infantil no debería haber vencedores y vencidos. Que los goles no deben contar, pues eso crea frustraciones y destruye la autoestima. Que al proclamarse unos niños ganadores, dejan a otros atrás. Que no importa cuánto marque uno u otro equipo, el resultado final debe ser equilibrado solidario, igualitario. Y yo me quedo esperando que el fulano remate diciendo que vencer en el fútbol también es de fascistas. Al final no lo dice, pero pienso que todo se andará. Démosle un poco más de tiempo a su Twitter, a su Facebook. Hagámoslo diputado, como a esos otros intelectuales que nos adornan la vida desde el Parlamento. Y de aquí a nada, la sociedad occidental entera clamará por niños jugando al fútbol sin goles, sin penaltis, sin expulsiones, sin trofeos, sin nada. Construyamos el futuro. Convirtamos los patios de recreo y los campos de fútbol infantil, incluso los estadios para mayores, en una amable Disneylandia. 
 
Pocas veces he visto, pese a que soy contumaz lector de Historia, fabricar borregos con el entusiasmo de la última década. Y no hablo sólo de borregos manipulables, sino de carne dócil para el matadero. De voluntades dispuestas a subirse al tren cuya última y única parada es un lugar donde humean chimeneas simbólicas, o no tan simbólicas. Donde se queman la inteligencia y el sentido común. Donde analfabetos borrachos de poder mediático o político liquidan tres mil años de cultura y razón. Donde, esperando turno, languidecen famélicos, esperando crematorio, Homero, Virgilio, Platón, Sócrates, Kant, Cervantes, Voltaire, Dante, Montaigne, Shakespeare y los demás. Los que convirtieron Europa en foco de luz, derechos y libertades que iluminaron el mundo. Esa Europa hoy estéril, caricatura de sí misma, contaminada del estúpido buenismo que arraigó en los campus universitarios norteamericanos hace medio siglo y que ahora, retorcido hasta el disparate, lo contamina todo y nos envenena a todos. 
 
La ventaja de llegar a mi edad, de tener lectores y de que no haya mucho que ganar o perder, es que puedes ponerte apocalíptico sin que pase nada. Decir lo que piensas sin que importe a quién gusta y a quién no. Y lo que pienso es que esto se ha terminado. No ahora mismo, por supuesto. Las épocas tardan en pasar, y los imperios, siglos en caer. Pero la Europa en cuyo respeto fui educado, el mundo cultural e intelectual del que se nutren mi vida y mi trabajo, está sentenciado a muerte. Este lugar que fue luz del mundo, cuna de ideas, humanismo y cultura, es hoy una payasada grotesca, remedo de lo que él mismo generó y que, devuelto tras la manipulación del tiempo y la estupidez, lo enfrenta a su propia caricatura. 
 
Hay un futuro, naturalmente. Siempre lo hay. Un futuro inevitable, resultado de la dinámica de la historia. Pero aquella Europa no tiene sitio en ese futuro. Vendrá otra mejor o peor, regida por nuevas reglas cuando los corderos, que hoy criamos incapaces de defenderse física e intelectualmente, sean comidos a dentelladas por lobos totalitarios de todo signo. Cuando nuestros hijos y nietos, convertidos por nosotros en víctimas vocacionales, aplaudan e incluso comprendan a sus verdugos y sus nuevos amos. Sobre ese caos mestizo fraguará un futuro imperio en el que a Europa le corresponderá hacer de amo o de siervo: ignoro si mejor o peor, aunque no me importa gran cosa, pues no estaré aquí para disfrutar sus ventajas ni sufrir sus inconvenientes. Yo me extingo despacio con el mundo del que procedo, como debe ser. Los imperios pasan y la Historia enseña a aceptarlo con naturalidad, sin aspavientos; con la estoica certeza de que, una vez más, ocurre lo que ocurrió siempre. Como el príncipe Salina cuando, al final de El Gatopardo, deja atrás las luces y la música sabiendo que no volverá a bailar con Angélica porque ésta y su espléndida juventud corresponden al guapo y prometedor sobrino Tancredi. 
 
Y, bueno. Equivocado o no, es lo que pienso. En esa grisura triste que ensombrece el horizonte, los libros, la ciencia lúcida, la cultura, los pequeños núcleos de resistencia que puntean la batalla perdida, serán –lo son ya para muchos– como los antiguos monasterios que pusieron a salvo parte del mundo que desaparecía, preservándolo así para el futuro. En ellos, conscientes de la imposible victoria, se refugiarán unos pocos mientras afuera cabalgan y vociferan los bárbaros. Y ahí se reconocerán entre ellos con sonrisa cómplice, como monjes medievales, dándose calor unos a otros en el duro invierno que se avecina. 
 
6 de diciembre de 2020