domingo, 14 de junio de 1998

Los hermanos Ceniza

Estoy seguro de que nunca les pasó por la cabeza convertirse en personajes literarios, ni que un director de cine polaco y famoso los fuera a meter en una película. De haberlo sabido se habrían limitado a intercambiar una de sus miradas guasonas y tranquilas, encendiendo un cigarrillo con la colilla del anterior; y luego, tras encogerse de hombros, habrían cruzado la calle para tomarse dos tintos en el bar de Hilario, como si tal cosa. Pensaba en eso ayer, cuando terminé de leer la última versión del guión de La novena puerta: la película donde ellos salen. Una película que empieza a rodarse el mes que viene, y en la que su taller – Encuadernación y Restauración de libros antiguos y modernos- se lo han llevado el polaco y sus guionistas al casco antiguo de Toledo. Que no es mal escenario para situar lo que en la novela, como en la realidad misma, estuvo en la calle de Moratín, en el viejo corazón de Madrid.

En realidad no se llamaban hermanos Ceniza sino hermanos Raso; pero tenían la piel blanca como los pergaminos con que trabajaban, y el pelo gris como la ceniza de sus cigarrillos y sus viejos guardapolvos. Así que en El club Dumas quise llamarlos Ceniza, y bajo ese nombre acudirá a ellos Johnnie Deep cuando encarne al bibliófilo mercenario Lucas Corso. A los hermanos Raso los conocí en el año 73, cuando los reporteros de Pueblo frecuentábamos el mismo bar que ellos. Seis o siete veces al día le echaban la llave al taller y bajaban al Hilario a tomárselas, siempre con el guardapolvos puesto y la eterna colilla en la boca. Se parecían mucho, cincuentones, casi gemelos, aunque uno era mayor de edad y más bajo de estatura que el otro. Tenían los ojos claros y guasones, y cuando el quinto o sexto vino les ponía la punta de la nariz roja, la ceniza del pitillo caía sobre el vino o sobre las páginas del libro en el que trabajaban.

Eran tranquilos y amables, muy buena gente. Me gustaban mucho y los adopté en el acto, como durante toda mi vida he ido adoptando a la gente que me gustaba; o tal vez mucha de la gente que me gustaba terminó adoptándome a mí. El caso es que empecé invitándolos a un vino de vez en cuando, y por fin fui a llevarles un libro para que lo encuadernaran. El libro lo tengo ante mí ahora: pasta española, gofrados, cinco nervios y tejuelo verde: Tocqueville. El Antiguo Régimen y La Revolución. Tuve suerte con aquel primero, porque estaban serenos y de buen pulso, y no hubo ninguna errata en las letras doradas del lomo. Casi todos los que les llevé después las tienen, o al menos uno de cada dos o tres. Pero lejos de molestarme, eso añade valor sentimental a los volúmenes encuadernados por la pareja; como esa Historia Contemporánea de Weber que, en sus manos y con un par de tintos encima de la línea de flotación, quedaría para siempre en mi biblioteca con el título de Historea Contemporania.

Nunca supe otra cosa de ellos que lo que estaba a la vista, y lo que pude deducir de las largas y apasionantes visitas a su taller: lugar oscuro y polvoriento que olía a papel, cola y engrudo, abarrotado de pilas de libros en diversas fases de encuadernación, prensas y herramientas, pieles extendidas sobre una mesa de cinc en torno a la que trabajaban pálidos y silenciosos, colilla en boca, siempre sin prisa aunque llegara un ordenanza de cualquier ministerio a recoger un en cargo que nunca estaba el día previsto, ni maldito lo que importaba a los dos hermanos que lo estuviera, o estuviese. Vivían a su ritmo, callados, guasones y solidarios entre sí; y de ellos aprendí los primeros rudimentos de encuadernación, la hermosa anatomía de los libros. Un día el hermano mayor se murió tosiendo como siempre, con su colilla en la boca; y en mi última visita el otro, el más joven y alto, estaba callado y melancólico, con el trabajo atrasado acumulándose en la mesa y en el suelo, junto al portal oscuro. Por fin, otro día que fui a llevar un último libro, encontré el taller cerrado, y el viejo rótulo arrancado de los cristales polvorientos de la ventana. De eso hace diez o doce años, y nunca he vuelto a ir a la calle Moratín, por no reavivar la tristeza que sentí ese día. Y cuando paso los dedos por la piel de los libros que ellos me encuadernaron y acaricio el dorado de sus erratas entrañables, no puedo evitar una sonrisa melancólica. Una sonrisa tan gris como el pelo de los dos hermanos, sus viejos guardapolvos y la ceniza, siempre a punto de caer, de sus eternos cigarrillos.

14 de junio de 1998

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