domingo, 18 de julio de 1999

El gorila y el ratón


No sé en qué diablos ha metido la gamba el fulano del coche blanco, pero el otro energúmeno acaba de bajarse de la furgoneta y le atiza unos golpes tremendos en el capó. Idiota, le dice. Que eres un desgraciao y un idiota. El de la furgoneta es una mala bestia cuatro por cuatro, brazos como jamones y un careto de animal, de esos que te pica la curiosidad saber quién fue el abogado que consiguió lo soltaran del zoológico. Idiota, sigue voceando. La gente se para a mirar, y en el coche blanco el receptor de la borrasca está paralizado de miedo, con las manos crispadas en el volante. Es un tipo escuchimizado, de aspecto inofensivo, con gafas que le dan cara de ratón asustado. No le calculas media hostia ni aunque saque una recortada de la guantera; así que el pobre hombre sigue allí, encogido, mientras el jaque atruena la calle con los insultos y las bravatas. Lo malo es que en el coche blanco también están la mujer y los hijos del tiñalpa. La mujer con más susto aún que el marido. En cuanto a los críos, son tres. Los dos pequeños parecen aterrados. La hija, quinceañera, tiene las manos en la cara y llora. Y el gorila de la furgoneta, crecido, poderoso, recreándose en la suerte, amaga con el puño junto a la ventanilla abierta, amenazador y macho. Que te daba asín y asín, y no sé cómo no te rompo la cara, desgraciao. Que eres un pobre desgraciao.

Por fin, desahogado, el cenutrio vuelve a su furgoneta y se quita de en medio, y el infeliz del coche blanco arranca con la cabeza baja. Y tú te quedas en la acera, viéndolo irse, mientras le das vueltas al caletre. No puede ser, piensas. A un hombre no puede hacérsele eso delante de su familia. Quizá el de la cara de ratón sea un perfecto mierda, y tal vez haya hecho con el coche una pirula de juzgado de guardia. Pero lo del gorila no puede ser. Estaba esa mujer, estaban los zagales. Por muy perros que seamos todos, por muchas faenas que te hagan al volante o a lo largo de la vida, hay cosas que nadie, por fuerte que sea o se sienta, puede hacerles a otros. Cosas que nadie debería permitirse. Puestos en los extremos, rediós, a un hombre se le mata, quizás. Se le vuela la cabeza si la cosa es proporcionada y no hay más remedio. Pero no se le humilla, y menos delante de los suyos. Esa sí que es una canallada y es una bajeza.

Y allí, de pie en la acera, te pones de pronto a recordar cosas que no te apetece recordar en absoluto. Fotos de ese álbum confuso que llevas contigo: caras, imágenes, veintiún años en la isla de los piratas que en los momentos más inesperados o inoportunos dicen aquí estoy, échame un vistazo, amigo, a ver si recuerdas. Y claro que recuerdas. Recuerdas perfectamente al miliciano maronita que se llamaba Georges Karame —batalla de los hoteles, Beirut 1976— apaleando a aquel aterrorizado padre de familia musulmán mientras otro kataeb registraba a la mujer y a la hija sobándoles las tetas. O la mirada que la campesina nicaragüense de Estelí, mayo del 79, dirigió a su marido arrodillado ante los somocistas que lo empujaban con los cañones de sus Galil, y cómo el pobre hombre intentaba mantenerse digno, y la patada que uno de ellos, pelirrojo, pecoso, alias Gringo, terminó por darle en la cabeza, y el modo en que el hombre se incorporó luego, despacio, ya mucho más avergonzado que temeroso, mirando de reojo a su mujer. O el serbio joven de Kukunjevac, verano del 91, interrogado por tropas especiales croatas, encapuchados que le daban bofetadas, una detrás de otra, mientras la mujer con un crío pequeño en brazos miraba paralizada de terror ante la casa incendiada —botella de butano abierta y una granada—, otro guantazo y otro guantazo más, y cómo cada bofetada le volvía a un lado y a otro la cabeza, zaca, zaca, resonando como el parche de un tambor. Y cómo el infeliz se orinaba encima de miedo y de vergüenza, y una mancha húmeda y oscura se le extendía por la pernera del pantalón.

Y tú recuerdas todo eso y algunas cosas más mientras se alejan la furgoneta y el coche blanco. Y parece que nada tenga que ver. Pero sabes que sí tiene mucho que ver. Te dices una vez más que el género humano es el peor de los géneros que conoces, y que no hay apenas diferencia de unos fulanos a otros. Sólo el hecho accidental de que unas veces te los encuentras en una ciudad entre semáforos y escaparates, y otras llevan escopeta en sitios donde la gente se arranca los huevos con la mayor naturalidad del mundo. Pero siempre se trata de los mismos hombres, colega. Siempre se trata de la misma infamia.

18 de julio de 1999

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