domingo, 21 de mayo de 2000

Le tiré cuando se iba


“Al otro le tiré cuando se iba”... Ninguno de los cagatintas que escribimos en los papeles y que nos tiramos el folio con Cervantes y con Proust habríamos podido expresarle mejor que mi paisano Joaquín Heredia Noguera, el Macarrón, 31 tacos de almanaque y dos palmaos frescos en un zipizape de Lo Campano, Cartagena. Ésa es mi tierra, o lo que queda de ella. Y el Macarrón, al que los amigos y otro personal de la hoja abrevian como el Maca, no es sino un producto más de ese sureste costero atenazado por la corrupción y el paro, donde la gente se vuelve chusma para vivir. Donde los colombianos y sus primos los gallegos, con las derivaciones adecuadas, proveen una fórmula espectacular, rápida y peligrosa —lo que no mata engorda— de buscarse la vida y manejar viruta y montárselo jander, siempre y cuando tengas suerte, y talento, y los cojones en su sitio. Y aunque casi siempre, tarde o temprano, terminas en el talego, o lo que es peor, en un descampado con las manos atadas con alambre, el cuerpo lleno de quemaduras de cigarrillos y un plomo del 38 en el cráneo, mientras llega el momento de que la vida te pase la factura, colega, que te quiten lo bailao. Total, son dos días.

El Maca no es más que un producto tan típico de esa tierra como antes los eran los pimientos de Murcia o los cordiales de Torre-Pacheco. Allí los paletos con tierras de secano todavía no se han hecho millonarios construyendo adosados como en Alicante, ni los esclavos de invernadero han levantado la economía como en el sur almeriense. Por allí el desmantelamiento industrial y la poca vergüenza pasaron como el caballo de Atila, y sólo dejaron cuatro caciques especuladores que se reparten la mojama con los políticos, además de paro y de miseria. Así que a esa tierra donde a la madera y a las autoridades y al mismísimo copón de Bullas se les ha ido la cosa de las manos, o miran hacia otro lado o mojan en la salsa, la gente del bisnes ha derivado lo que antes entraba por las rías o por La Línea, y ahora hay chusma y escoria manejando viruta y farlopa por un tubo asín de gordo. Ya hasta hay más pescadores en la cárcel que en el mar; porque cuando estás tieso y vas a la parte con cero patatero de beneficio, y tienes cinco hijos pidiendo pan y Tómbola, es difícil no recoger un fardo atado a una boya a cinco millas de la costa, si eso te avía la pesquera de un mes. Nos ha jodido.

El Maca, como tantos otros, sale de ahí. Del contexto, que diría uno de esos sociólogos chorras que rajan en el arradio. Es un jambo flaco y duro, muy fumador, y tiene esa economía de gestos y palabras de la gente del bronce que se reserva porque no se fía, ni de los picoletos que lo acompañan hoy, uno a cada lado, ni de los colegas que lo esperan en el talego, ni de nadie. Tampoco se fiaba del Chiva ni del Pelote, los dos competidores que fueron a preguntarle a domicilio por qué carajo vendía más barato que ellos. A eso le llaman dumping los guiris, chaval, vinieron a decirle. La coca tiene precio fijo y nos estás jodiendo el mercado. Empezaron con buenas maneras, pero el Maca ya tenía la mosca en la oreja, y además de la mosca un fusko debajo de la chupa. Un fusko con menos papeles que un conejo de monte, pero recién engrasado y listo para hacer pumba, pumba. De manera que cuando los dos julandras fueron a su queli a dar por culo, y tras tener unas palabras más altas que las otras, el gitano, o sea, el Pelote, se puso bravo y dijo que lo iba a sirlar. Entonces se lió la pajarraca: Joaquín, o sea, el Maca, tiró de fusko y le pegó al gitano unos buchantes que lo pusieron mirando a Triana pero ya mismo. Y luego —cuenta entre pitillo y pitillo, frío, tranquilo, entornando los ojos al darle caladas al Winston— se volvió hacia el otro, Antonio Fernández Amador, el Chiva, que se abría a toda leche después de que le dejaran tieso al consorte. Y es ahora cuando el Maca resume lo ocurrido, el último acto, en esa frase magistral, perfecta, que condensa y cierra toda una historia: «Al otro le tiré cuando se iba».

Lástima que un fulano con esa capacidad descriptiva y de síntesis, amén la obvia capacidad ejecutiva, malgaste los próximos años de su vida —un tercio de lo que le caiga— paseándose por un patio carcelario o redimiendo en el economato del talego. A veces me pregunto qué sería de él, y de otros muchos como él, en otro tiempo y en otro país más decente, donde alguien hubiera podido sacar honesto partido de su talento y sus redaños. Lástima que esa gente esté tan ocupada buscándose la vida en las páginas de sucesos de los periódicos, que no se hayan enterado todavía de que, en las páginas económicas, España va bien. O como matizaría el Maca, van bien los de siempre. Los que nunca se mojan ni tienen que buscarse la vida a bellotazos. Ellos y la perra que los parió.

21 de mayo de 2000

3 comentarios:

Abelardo Manuel Martinez dijo...

Esta semana estuve en la prisión de Picassent, haciendo entrega del cheque con los derechos de autor de mi último libro, los cual los cedí a los internos del club de lectura.
Nunca quise saber el motivo por el que estaban allí esos "macas", desgraciadamente los voy reconociendo en la prensa local, conforme van saliendo los juicios;no soy quien para juzgar esos delitos, muchos de ellos con fiambre a sus espaldas, mi labor es que la literatura y las afinidades, den un poco de paz y sosiego a quien verdaderamente la necesita.

Anónimo dijo...

Tenia que defenderse. Era el y los suyos lo que defendia. El joaqui para la family osea "el macarrón" mote heredado de nuestros antepasados.

Tu prima de Barna" Besitos....

Anónimo dijo...

La economía del sur almeriense la "levantaron" con el sudor de su frente los agricultores, don Arturo. Tal vez en su Murcia natal fueron los "esclavos", pero en el poniente almeriense los únicos esclavos han sido, son y serán, los agricultores. No mezcle churras con merinas. He dicho.