Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 9 de septiembre de 2007

Ava Gardner Nunca Mais

Se han cabreado ciertas erizas por mi artículo del otro día, quejándome de que apenas se ven señoras como las de antes: mozas de bandera a cuyo paso temblaba el suelo y se cortaban las respiraciones masculinas. Decía yo que, en vez de Sophías Lorenes, Graces Kellys y otras espléndidas hembras homologadas como tales, lo habitual hoy es toparse con adefesios patosos, lorzas sudorosas y fulanas ordinarias, espatarradas y con chanclas. Y a mis primas les ha sentado mal, sobre todo lo de las lorzas. Además de llamarme machista, neonazi, cabrón con pintas y ciscarse en mis muertos, alguna pregunta qué tengo contra las gordas. Etcétera. Eso me lleva a la conclusión de que no han captado el fondo del asunto, así que voy a explicarlo más claro, por si catorce años de perífrasis y circunloquios impiden entenderme cuando cuento algo. Más que nada, por mi lenguaje oscuro. Además, Javier Marías, a quien mencionaba en el artículo, cuenta que a él también lo están inflando a hostias, sin comerlo ni beberlo. Y pide una rectificación: está de acuerdo con toda la nómina de señoras citadas, incluidas Kim Novak, Donna Reed y Rhonda Fleming; pero él nunca habló de Jane Rusell. 

El error básico está en considerar que, cuando describo a una morsa con pantalón pirata ceñido, lorzas relucientes de grasa y camiseta sudada, me refiero al contenido, y no al continente. Quien deduzca burla o desprecio hacia las individuas abundantes es, literalmente, tonto del haba. De entrada, se equivocan las mujeres seguras de que a los hombres nos gustan las churris esmirriadas, tipo Calista Floja o Paulina Rubio. A ver si no confundimos las cosas. Ésas le gustan a Galiano –que se viste de torero–, al simpático muchacho Lagerfeld y a alguno más, hipócritas aparte. En materia carnal –lo intelectual y lo afectivo son otra cosa–, la mayor parte de los varones normalmente constituidos, por mucha literatura y mucho alpiste que echen al canario, prefiere una señora de rompe y rasga, en cuyas gloriosas caderas no se ponga el sol. Y es lógico. También, a fin de cuentas, lo que de verdad hace que a una hembra le tiemblen las piernas –se pongan las feministas como se pongan– no son los quesitos desnatados que van de malotes, ni los charlatanes lánguidos, sino los hombres cuajados con resabios del cazador y el guerrero que fueron hace siglos. Los que dejan las sábanas arrugadas debajo de una. 

No se trata, por tanto, de gordas y flacas. Como afirma el título de una película, las mujeres de verdad tienen curvas. La cuestión reside en el empaquetado. Lo que no puede pretender una pava metida en kilos –y conozco a algunas que son señoras espléndidas– es meterse en una camiseta tres tallas más pequeña, ponerse un pantalón pirata que deje la raja del tanga al descubierto y rebose chicha por los flancos, no ducharse en dos días, y que encima la llamen guapa. Y si a eso añadimos la ordinariez que tanto abunda, la mala educación, la ausencia absoluta de maneras y la imitación de cuanta retrasada mental aparece en la tele dándoselas de señora, el resultado es inevitable: desagradables tocinos sin fronteras que se creen divinas de la muerte, marmotas domingueras que no saben ponerse tacones cuando lo intentan, y tías vestidas, los días de boda, con vestido largo a las diez de la mañana, como si vinieran de cerrar un puticlub de los de antes. 

Para acabar, otro argumento: el de la eriza que escribe preguntando por qué diablos, si pasa el día en el curro, vuelve hecha polvo y trae a los niños del cole, tiene que vestirse de Ava Gardner en vez de ir cómoda. Aparte de la dudosa comodidad de vestir embutida como una morcilla, la respuesta es simple: no tiene por qué. Nadie la obliga, y lo de doña Ava es sólo una forma de hablar. Pero que no me exija respeto con su camiseta ceñida y sucia, su tripa al aire, su impúdico mal gusto y su desvergüenza, como tampoco me gusta el fulano de axilas sudadas, piernas peludas y chanclas que encuentro en la calle. Vestidos para matar o para ver la tele en casa, se trata de buenas maneras, nada más. En varones o hembras, esas maneras sólo pueden darse por tres motivos: genética, educación o esfuerzo personal. La plataforma Ava Gardner Nunca Mais permitirá, al menos, que quienes conocemos a mujeres capaces de combinar trabajo, casa y cole de los niños con saber cruzar las piernas, usar tacones cuando se tercia, llevar un vestido, o quitárselo, las prefiramos al resto. A una señora digna de ese tratamiento debería bastarle una tarjeta de boda como la que una amiga mía envió este verano a sus invitados: «Caballeros, sin corbata. Señoras, como Dios manda». 

9 de septiembre de 2007

10 comentarios:

Inmagina (Territorio sin dueño) dijo...

Ole, ole y ole!!!!!! Por fin alguien capaz de poner las lorzas en su sitio, no se trata de tenerlas o no tenerlas, sino de saberlas llevar con dignidad y sin herir la sensibilidad de nadie, que soy mujer y a mí me hacen daño a la vista.
No se trata de hacer apología de la delgadez, pero tampoco de la dejadez, que no tengamos que usar una talla 36 para ser guapas, no significa que con una 52 nos tengan que decir que estamos estupendas, porque tampoco es cierto, en el punto medio como casi siempre está el buen gusto, y sobre todo en saber lo que le va bien a tu cuerpo para resaltar lo positivo y disimular lo negativo, que algunas parece que no se miran al espejo o éste les devuelve una imagen distorsionada.
Ahora me acribillarán a mí, que gusto!

Callie Sparks dijo...

Ahora muchos se preguntarán qué significa eso de que se está hablando del contenido, y no del continente... Y partiendo de eso, es lógico que no entiendan nada.

Estoy muy de acuerdo. Para todo hay una ocasión y, sin duda alguna, para muchas cosas no existe ocasión alguna.

alialba dijo...

Me gusta, si ....el anterior me encanto, y este lo bordas.
alguien se sintió molesto ?
¿ Creo que entonces no son los quilos lo que le sobrar, si no mas bien....algo en su cabeza "le falta".
Un saludo y un placer leerte ...

L.N.J. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marián dijo...

El buen estilo no se puede copiar; se tiene o no se tiene. Hay mujeres que saben vestirse sin pensar tanto en los kilos...yo creo que con sentido común ¡no se puede estar gorda¡ (no creo que ahora los "gordos" me venga a recordar eso de "lo políticamente correcto" jaja...)

Saludito.

Anónimo dijo...

Aaaaaaajaaaaaajaaaa! Conforme con lo que dice pero insisto debería, por eso de las cuotas, dedicar algún artículo de igual extensión a los abundantes maromos cejijuntos de la España profunda, de camiseta sin manga, sobacos al aire, chanclas etc. q también pasean sus adiposidades sudorosas orgullosos de ser animales de bellota parlantes. Por lo demás aquí me tiene a mi y a alguna otra conozco, pisando fuerte con la justa holgadez y buenas maneras. Aunque esté feo decirlo...jajaja..

Anónimo dijo...

Jajaja! Una imagen vale más que mil palabras. (Con la foto sobran explicaciones) pero hombre también podía haber ilustrado el artículo añadiendo a algún Paquirrin, paquirròn o semejante. Respetando las infames cuotas de igualdad tendría algo más contentas a las erizas, pienso yo.

frany dijo...

también abundan más los feos como tú, y, desgraciadamente, los machistas y los retrógrados

thegoldenboxofanswers dijo...

Estoy totalmente de acuerdo y más aun desde hace aproximadamente un mes cuando, estando en clase en la Universidad de Alicante, una profesora abrió el debate sobre si el ir bien vestida a la Universidad era una cuestión de mal gusto, inseguridad e incluso machismo a lo que una compañera respondió que sí. Mi sorpesa fue mayor cuando esta zarrapastrosa compañera mía defendió que a la Universidad las chicas debían ir en chándal o sudadera y deportivos porque sino se demostraba que era insegura, que no estaba contenta con su aspecto y además favorecía una actitud machista hacia las mujeres en general. Yo no daba crédito a estas palabras. No creo que el ir bien vestida (un término medio, es decir, ni en chándal ni con un vestido de lentejuelas, por supuesto) sea una cuestión de inseguridad ni mucho menos una actitud que pueda favorecer el machismo sino más bien todo lo contrario. Al igual que ocurre con el decoro en cualquier contexto, no sólo el universitario, una mujer "entrada en carnes" puede vestir bien y sentirse segura siendo decorosa. Es una cuestión de pudor el no colapsar los cuatro trapos apretados de más que se ponen algunas, de igual modo que es una cuestión de pudor el ir vestida adecuadamente a la Universidad, sin necesidad del chándal.
No es de machistas el hablar de algo que hoy en día es desgraciadamente frecuente. Y el que no se lo crea sólo tiene que dar un paseo.

L.N.J. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.