domingo, 11 de diciembre de 2022

Una historia de Europa (XLIII)

Las cruzadas no cambiaron la historia de Europa ni la del mundo, pero durante dos siglos fueron una empresa aventurera, desordenada, caballeresca y sangrienta. Con ese nombre oficial hubo ocho, aunque ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo sobre su número exacto. Los turcos seljúcidas se habían apoderado de Tierra Santa, incordiando a los peregrinos que turisteaban por allí (eso es lo que dijo el papa Urbano II para calentar el ambiente), y en el año 1095 se hizo un llamamiento a la cristiandad para recuperar aquello. Un monje llamado Pedro el Ermitaño emprendió viaje arengando multitudes, y tras él fueron millares de hombres, mujeres y niños (la parte folklórica del asunto) y caballeros franceses, alemanes e italianos (la parte seria). A los primeros los hicieron picadillo los turcos apenas asomaron por allí, pero los segundos tomaron Jerusalén a sangre y fuego, haciendo una escabechina espantosa de mahometanos (y de paso, de cuanto judío encontraron por el camino). Aquella fue la Primera Cruzada, que creó pequeños estados o reinos cristianos en Palestina que no tardarían en volver a manos musulmanas. Eso dio lugar a otras cruzadas, de la que la más famosa y pinturera es la tercera (inmortalizada por Walter Scott en su novela El talismán). En ella participaron tres reyes: Ricardo de Inglaterra, Felipe de Francia y Federico de Alemania. El alemán se ahogó en el viaje y los otros se llevaron fatal, aunque el protagonismo fue del inglés, más conocido por Ricardo Corazón de León. Al uso caballeresco de la época, éste se hizo amiguete del rey musulmán de allí, un tal Saladino, con quien llegó a treguas y pactos que, eso sí, duraron poco tiempo. Hubo luego otras cruzadas, algunas más disparatadas que otras (incluso una de niños, lo juro, que acabaron todos esclavos de los piratas y los mahometanos), y otra en la que en vez de recuperar Jerusalén los cruzados saquearon Constantinopla, que era capital del imperio cristiano bizantino pero les quedaba más cerca. Resumiendo: aquella prolongada aventura (que duró de 1095 a 1291) fue un fracaso de campeonato. El espíritu caballeresco se diluyó en las ansias de botín y los intereses particulares de cada cual, y Europa no se benefició casi nada. Como todo se hizo a espadazo limpio, cortando cabezas, tampoco sirvió para que los reinos medievales obtuviesen conocimientos económicos ni científicos de Oriente, que por esa época llegaban sólo a través de Sicilia y España (aquí pasamos mucho de las cruzadas porque teníamos nuestra propia carnicería privada entre moros y cristianos). El caso es que esos dos siglos de sangre y barbarie en nombre de Dios no cristianizaron Palestina, ni domeñaron a los musulmanes, ni aseguraron Jerusalén para la cristiandad, ni garantizaron la supervivencia de Constantinopla, que siglo y medio después caería en manos turcas. En cuanto a lo positivo, y dentro de lo que cabe, aquella frustrada empresa alumbró el nacimiento de las órdenes de monjes-soldados hospitalarios y templarios (estos últimos darían pie a muchas leyendas y literatura) y, sobre todo, al exigir los establecimientos militares en Tierra Santa un importante apoyo logístico, hizo que la navegación cristiana se extendiera por el Mediterráneo, facilitando el enriquecimiento de las burguesías italianas con la expansión hacia Levante de los imperios comerciales de Venecia y Génova. Éstas fueron las auténticas beneficiarias de aquella peripecia, y también la única consecuencia positiva de las cruzadas en el futuro de Occidente, por la Italia estupenda que iban a poner a punto de caramelo. Sin embargo, como sombrío reverso de la moneda, el espíritu de cruzada, o sea, el concepto de Guerra Santa que tan ineficaz había sido frente al Islam, iba a volverse ahora contra los propios europeos, cual si la frustración religiosa por no haber conseguido Palestina se vengara en las disidencias y herejías locales. Hacían falta (y nunca mejor dicho) otras cabezas de turco. La cruzada interior es aún más justa y conforme a razón, escribió el Hostiense con un par de huevos. Y es que ya no se trataba de convertir al pagano, al cismático o al heterodoxo, sino de exterminarlos por la cara. Eso justificó las matanzas de cátaros, husitas, prusianos, vendos y lithanianos: todo se acabó planteando también como cruzada, pues todo cabía en tan fanático cajón de sastre. Y nada resume mejor la intransigencia ambiental que lo dicho por el abad del Císter Arnaldo Amalric (un verdadero hijo de puta con terraza y balcones a la calle) durante la guerra contra los albigenses, cuando al pasar a cuchillo a los 60.000 habitantes de Beziers le comentaron que había católicos entre ellos: Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos

[Continuará]

11 de diciembre de 2022

domingo, 4 de diciembre de 2022

Sobre piojos y garrapatas

Confío en que alguien se sienta ofendido, porque escribo este artículo justamente para ofender. Hay días en los que a uno se lo pide el cuerpo, y hoy me lo pide. Porque existe una fauna parásita, una plaga de sabandijas chupasangres originalmente propia del periodismo, aunque engrosada también por políticos y por simples particulares en demanda de un minuto de gloria, que en los últimos tiempos no es ya que infecte las redes sociales, sino que parece adueñarse de ellas. Gente sin brillo ni ideas propias que vive a salto de mata, construyendo su triste existencia, sus argumentos, su presencia pública, con los mordiscos que pretenden arrancar a la fama, la opinión, el prestigio, el trabajo de otros. 

A esos piojos y garrapatas se les veía venir de lejos, asomando sin pudor las ventosas, y hace cinco años les dediqué en esta página un artículo describiendo el mecanismo: la sanguijuela mediática, habitualmente oportunista y mediocre, no cifra su medro en expresar las propias opiniones respaldadas por su precaria autoridad, que a menudo son inexistentes, sino en opinar sobre lo que previamente han opinado otros. «Por su propia naturaleza, raro es que el parásito tenga la formación, la cultura o el talento del parasitado. Lo que hace es aplicar sus propias limitaciones, sus carencias de comprensión lectora, sus complejos, envidias y mediocridades, y a veces también un sectarismo analfabeto, al texto ajeno, en burda manipulación del original. Así se beneficia de que, en las redes sociales, un nombre de prestigio puesto en titulares, en buscadores de Internet, es tuiteado y alcanza una difusión amplia; con lo que, gracias al nombre y texto ajenos, el parásito consigue lo que jamás habría alcanzado por su propio nombre y mérito»

Hay trucos sucios, además, que completan la infamia. «Por mala fe o porque su intelecto no da para más –añadía en 2017– el sujeto en cuestión suele descontextualizar frases del parasitado; e incluso titula, no con lo que éste dice, sino con su interpretación sesgada o malintencionada. Y en un lugar tan atrozmente falto de comprensión lectora como España, donde no suele opinarse sobre lo que alguien dice, sino sobre lo que alguien dice que le dijeron que otro ha dicho, los efectos adquieren dimensiones disparatadas»

Y, bueno. Desde que escribí esas líneas, la infección se ha extendido, con el detalle complementario de que ya no son sólo los practicantes del periodismo parásito –y los medios que los cobijan– quienes viven del discurso ajeno manipulando, descontextualizando y sesgando, sino que al negocio se han sumado en los últimos tiempos numerosos políticos oportunistas, tanto de derechas como de izquierdas, e incluso no pocos particulares anónimos en busca de salir del anonimato. El auge de las redes, Twitter, TikTok y otros mecanismos donde campean la rapidez y la simpleza contribuye mucho a eso. 

Pero cuidado: no es ya que se apliquen a ello los parásitos de toda la vida, o sea, los articulistas emboscados en el sectarismo habitual, incluidos varios –y varias– que pasaron sin ducharse de la política al periodismo, ni que cada vez haya más políticos de todo signo que se suben a los trenes baratos construyendo intervenciones parlamentarias o senatoriales a costa de lo que dicen que fulano o mengana han dicho; sino que cualquier tiñalpa de las redes, cualquier miserable de ambos sexos en busca de fama rápida, intenta hacerse viral vinculando su triste nombre, su gracieta, su meme, su comentario, a personas cuya altura intelectual no alcanzaría en su puta vida. No menciono nombres porque son tantos que no caben aquí; y tampoco me apetece dar un instante de fama a tan promiscua basura. 

Aunque, desde luego, ocurre a diario. Columnistas brillantes, élite de prestigio sea cual sea su punto de vista político, pensadores u observadores sociales imprescindibles para la vida intelectual en este desdichado país de cultura y educación agonizantes, gente sólida, atrevida y necesaria como Manuel Jabois, Ignacio Camacho, Antonio Lucas, Edu Galán, Rafa Latorre, Juan Soto Ivars, Jesús García Calero, Jorge Bustos, Rosa Montero, Sergio Vila-Sanjuán, Karina Sainz Borgo, Raúl del Pozo y tantos otros que opinan, arriesgan y dan la cara, se ven a menudo en boca de esa chusma parásita que no les llega ni a la altura de la tecla. Acaban, con frecuencia, troceados y tergiversados por advenedizos incapaces de manejar discursos originales propios. Y así, la inteligencia y el prestigio ajenos se han convertido en abrevadero habitual de oportunistas mediocres, de opinadores analfabetos, de políticos demagogos y demás ratas de cloaca mediática. 

4 de diciembre de 2022

domingo, 27 de noviembre de 2022

Una historia de Europa (XLII)

Antes de hablar de las cruzadas (que fueron el acontecimiento más espectacular y peliculero entre los siglos XI y XIII), o para situarlas en el contexto adecuado, hay que señalar dos elementos decisivos para la época: el imperio bizantino y la conquista de Sicilia por los normandos. Lo de Bizancio venía de antiguo: de cuando, dividido el imperio romano en plan tú a Boston y yo a California, la mitad occidental fue hecha bicarbonato de sosa por las invasiones bárbaras, mientras que la oriental aguantaba intacta (y siguió así hasta que en el siglo XV los turcos pasaron a los bizantinos por el filo del alfanje, tomaron Constantinopla y la llamaron Estambul). En aquella mitad oriental que se salvó del desastre de Roma se refugiaron la cultura, el pensamiento, las artes y las ciencias, mientras casi todo a poniente se iba al carajo; lo que dio a los bizantinos un aire de niños pijos, sofisticados, que desdeñaban a los catetos de la otra mitad europea. Luego, cuando las nuevas monarquías y el papado de Roma levantaron cabeza, se mantuvieron ese distanciamiento y esa enemistad; acentuados (cómo no) por las cuestiones religiosas, con una división del mundo cristiano que continúa hoy, diez siglos después. Como idiomas cultos y religiosos se establecieron el griego por una parte y el latín por la otra, y frente al papa de Roma se alzó la figura del patriarca de Constantinopla, en plan cada perro con su ciruelo: credo o no credo de Nicea, ritos e iconografías diferentes, hostias de pan sin levadura para unos y con levadura para otros, ideas sobre la naturaleza de Jesucristo (en plan que si era hijo del Padre, no lo era, o sólo pasaba por allí), sexo de los ángeles y otras chorradas que daban de comer a los teólogos. Hubo, en fin, mucho mentarse a la madre y mutuas excomuniones, durante un siglo y medio fracasaron todos los intentos de reconciliación y unidad, y el pifostio acabó en lo que los historiadores llaman Gran Cisma: dos iglesias principales en el mundo cristiano, católica romana y ortodoxa oriental, que todavía colean y, aunque ahora (siglo XXI) se hallan en razonable relación, aún se miran por encima del hombro. En cuanto al otro acontecimiento notable de entonces, también relacionado de refilón con Bizancio, es la hazaña impulsada por cuarenta caballeros normandos que, volviendo de peregrinar a Tierra Santa (la gente con pasta viajaba a Palestina en plan turista, visitando los lugares donde había nacido y padecido Jesucristo), decidieron apuntarse por su cuenta a la lucha contra los sarracenos que entonces asediaban Salerno y las posesiones bizantinas de la región. Los cuarenta de marras acabaron tomándole el gusto a la cosa, se corrió la voz por Normandía, y una peña de paisanos ansiosos de aventuras y botín se les fueron uniendo hasta crear unas mesnadas mercenarias que, al servicio de Bizancio o en su contra, según les pagaban, y aprovechando el barullo, se hicieron tan amos del cotarro que llegaron a capturar al papa León IX en la batalla de Benevento, con un par de huevos. Luego, consumado el Gran Cisma y ahora a favor de otro papa romano, Nicolás II, ayudaron a expulsar de Italia a los últimos bizantinos que allí quedaban. Uno de esos normandos, fulano listo, duro y peligroso llamado Roberto Guiscardo, se adueñó de Calabria y Apulia, se metió en Sicilia, que estaba en manos islámicas, tomó la ciudad de Mesina e hizo picadillo a los moros de la isla y sus cercanías (cuando viajas allí y ves a gente rubia y con ojos claros, no puedes evitar acordarte de Guiscardo y el resto de su pandilla). El caso es que en treinta años, con el aplauso de los papas de Roma, los normandos despejaron de musulmanes y bizantinos el sur de Italia, pusieron pie al otro lado del Adriático, en la costa de Albania, y no fueron más lejos porque Roberto Guiscardo palmó en 1085. Aun así, aquel estado militar y aventurero instalado en el corazón del Mediterráneo, encrucijada de tres grandes civilizaciones, tendría enorme influencia. Por esas fechas, los musulmanes habían renunciado a más conquistas y se conformaban con vivir tranquilos pirateando, comerciando y tal; pero se habían extendido demasiado y no tenían fronteras defendibles: Italia, Cerdeña y Sicilia volvían a manos cristianas, en España los nacientes reinos locales les estaban arrimando candela, y cada vez navegaban por el Mediterráneo más barcos genoveses (muy pronto también lo harían los de Venecia y los de la corona de Aragón). Para complicar las cosas, el 27 de noviembre de 1095, en la ciudad de Clermont, el papa Urbano II proclamó la Cruzada para liberar los santos lugares de Palestina. Y la cristiandad casi entera, al grito de «Dios lo quiere», se embarcó en esa portentosa y caballeresca aventura. 

[Continuará] 

27 de noviembre de 2022

domingo, 20 de noviembre de 2022

Sapore di sale

Hace mucho que no sé nada de ellos. Los recordé ayer viendo otra vez la película italiana Sapore di sale, que va de un verano con jovencitos, sus guateques, sus amores y sus cosas, en los años sesenta: los mismos chicos, casi con la misma música y las mismas situaciones, que algunos fuimos en esa época. Me acordé de mis amigos de entonces, como digo. De aquel grupo de once muchachos con los que cursé bachillerato de letras en el Instituto de Cartagena cuando me expulsaron de los Maristas. No he vuelto a encontrarme con ellos desde que hace unos diez años nos reunimos los supervivientes para cenar con Gloria, nuestra profesora de Griego –en su momento, la más escueta minifalda y las más lindas piernas del colegio– y con Antonio Gil, nuestro sabio profesor de Latín. No he vuelto a verlos desde entonces, como digo. Pero los recuerdo a menudo, incluso en esta página. 

Los guateques, claro. Canciones de Serrat –te levantarás despacio– y los Brincos –la otra noche bailando estaba con Lola–, rock, bailes sueltos o música lenta buscando los rincones oscuros de la discoteca o la casa donde nos reuníamos: Paquita, Gloria, Juani, Carito, Pepa… Chicas espléndidas que como nosotros despertaban a la vida, sacudiéndose convenciones y moralidades apolilladas antes de regresar a casa poco antes de que dieran las diez. Sesiones de cine en las que lo de menos era la película –Arde París tuve que verla dos veces, porque la primera ni me enteré–, aquellos bailes muy agarrados y el delicioso lenguaje no verbal de ellas, tan expresivo: de los codos interpuestos, al principio, a los brazos al cuello cuando la mutua batalla estaba resuelta. También las excursiones a la playa, los fines de semana, los amigos: Paco Escudero, Jaime, Paco Cervantes alias Ojazos, Toni Fuentes, Ginés, Joaquín, Alfonso el Bolchevique, Ballesteros, Carrión, Juanico alias el Espía para Misiones Arduas y Difíciles –epíteto ganado a pulso durante un viaje de estudios a Italia– y alguno más. 

De Juan el Espía, uno de los más notables entre nosotros, mezcla extraordinaria de ingenuidad y osadía juveniles, conservo dos recuerdos gloriosos. Uno es cuando, en un guateque, advertimos que él llevaba una gruesa pila de linterna en el bolsillo derecho del pantalón. Interrogado sobre su utilidad, la explicó así: «Cuando me arrimo mucho bailando les presento el lado derecho, el de la pila. Entonces, al notar eso duro, se mosquean, se apartan y se arriman al lado izquierdo… Y allí estoy yo, esperándolas». 

La otra historia suya es maravillosa. Salía Juan con una chica a la que llamaré Teté, y un compañero de nuestro instituto, un tal Julio –casi dos metros de estatura–, afirmó en público que había tenido con ella algo más que palabras. Juan se indignó mucho; aunque, como era de natural pacífico, iba a dejarlo pasar sin más consecuencias. Pero para eso estábamos los amigos. «No puedes tolerarlo, Juanico», le dijimos. «Ese miserable ha puesto en entredicho tu honor y el de Teté. Tienes que hacer algo». Y añadimos, alentadores: «Además, para eso estamos nosotros. Iremos contigo a echarte una mano». Tras muchas dudas, convencido al fin por nuestro respaldo, Juan decidió pasar a la acción. Cortó un tubo de plomo para darse fuerza en la mano, y en un recreo del Instituto se dirigió a Julio escoltado por sus fieles amigos. «¿Creéis que debo hacerlo?», dudaba todavía en los últimos pasos. «Por supuesto, Juanico. Es el honor de tu chica. Y estamos contigo». 

Julio estaba recostado en un muro y Juan, con todos nosotros alrededor, se le puso delante. Nos miró inquieto, miró hacia arriba a Julio, tragó saliva y dijo con voz apenas audible: «A ver, ¿qué has dicho de Teté?». Y acto seguido, sin esperar respuesta del desconcertado adversario, alzó el puño y le dio un blandito golpe en el estómago, tímido e inofensivo, que el agredido acogió con estupor. Tres segundos después, Juan estaba en el suelo con el otro encima arrimándole una somanta de hostias que sonaban como tamborazos, mientras los amigos contemplábamos la escena cruzados de brazos, con ojo interesado y crítico. Por fin, cuando Julio se quedó a gusto y se fue, nos agachamos a recoger lo que quedaba de Juan y, sosteniéndolo entre todos mientras arrastraba los pies, nos lo llevamos a la enfermería del cole. «¿Cómo he estado?», nos preguntaba entre farfullos, con la boca hinchada como un tomate. «Has estado estupendo, Juanico», le decíamos, solemnes. «Has estado de puta madre». Y mientras tanto, Alfonso el Bolchevique, que era el más culto y cínico de todos, iba declamando pasajes de la Ilíada: «Cayó el héroe a tierra, y resonaron sus armas». 

20 de noviembre de 2022

domingo, 13 de noviembre de 2022

Una historia de Europa (XLI)

Tampoco, mucho ojo con eso, hay que tirarse demasiados pegotes con Europa y sólo Europa. Seamos razonablemente humildes. Por aquí todo iba bien y aún iría mejor con el tiempo y los siglos, hasta convertirnos en referente cultural y moral del mundo; pero no era en absoluto el único lugar interesante, ni el más avanzado. La brillante Al-Andalus de entonces, la cultura de los monasterios y otros etcéteras ya estaban ahí, por supuesto; pero mientras en los castillos medievales norteños todavía se cantaban burdas gestas guerreras, a los constructores se les caían las primeras catedrales y señores feudales medio analfabetos se hacían picadillo entre sí, en otros lugares del mundo mayas y toltecas desarrollaban su arquitectura, los chinos usaban papel moneda, la civilización jemer levantaba Angkor Wat y Murasaki Shikibu (una japonesa elegante y refinada) escribía la Novela de Genji. Lo que pasa es que, como es Europa lo que nos interesa, pues aquí estamos. O estábamos. En Inglaterra, por ejemplo, después de la victoria contra los anglosajones, Guillermo el Conquistador había situado una familia de reyes normandos que, tras largas y sangrientas guerras civiles y de echarle el ojo a Escocia, Gales e Irlanda, acabaría convirtiéndose en esa dinastía Plantagenet que sale mucho en el teatro de Shakespeare y en las novelas de Walter Scott. Como detalle pintoresco señalaremos que ya por esa época hubo en Inglaterra un amago de monarca femenina (Matilde, se llamaba la criatura) que estuvo a punto de caramelo pero no llegó a cuajar, aunque sí anunció un estilo que luego, con Isabel I, Victoria I e Isabel II, consagraría el modelo tradicional, clásico, de grandes reinas británicas adecuadas para salir en el ¡Hola! Por lo demás, el sistema de dividir parte del poder real entre los nobles que participaban en la dirección del país (privilegio garantizado por la famosa Carta Magna a partir de 1215) acabó haciendo más fuerte a Inglaterra que a otras potencias europeas, lo que iba a notarse mucho con el tiempo. Entra aquí en escena, por cierto, mi rey inglés favorito desde que siendo niño leí la novela El talismán: Ricardo I, más conocido como Ricardo Corazón de León; aunque, en realidad, el tal Ricardo era un cantamañanas peliculero que en vez de gobernar bien Inglaterra, como era su obligación, se pasó la vida haciendo posturitas en plan romántico, luchando en las Cruzadas (de las que hablaremos muy pronto) y contra la Francia de la dinastía Capeto, que todavía no era un estado moderno y centralizado, sino un conjunto de condados, ducados y grandes señoríos feudales que se choteaban del poder real. El caso es que Ricardo de Inglaterra murió pronto, gracias a Dios, legando a su hermano Juan (el sufrido Juan Sin Tierra, malo habitual de las novelas y películas de Robin Hood) el marrón de resolver los problemas financieros que la frivolidad del difunto hermano le dejó como herencia, además de broncas continuas con los nobles de allí, dimes y diretes con los franceses, dificultad para cobrar impuestos (peripecias del sheriff de Nottingham y otros villanos novelescos) y problemas con el arzobispado de Canterbury que acabarían, incluso, con una excomunión por parte del papa Inocencio III, que de inocente tenía lo justo. Al final, para conseguir apoyos y que dejaran de moverle la silla en aquel circo donde hasta le crecían los enanos, Juan el Pupas acabó otorgando a sus barones la antedicha Carta Magna, que garantizaba los derechos y privilegios de la nobleza inglesa (Nadie será arrestado o encarcelado excepto por el juicio de sus iguales y las leyes del país) y, sobre todo, aportaba un importantísimo detalle a la hora de atribuir responsabilidades a quienes ejercían el poder: también un rey (metan aquí sonido de trompetas, tambores y hacha de verdugo) podía ser considerado culpable de delitos. Y eso, que hasta aquel momento y circunstancias había sido inimaginable, fue una novedad revolucionaria en lo que a monarquías se refiere. Por primera vez en la historia de Occidente, un rey (emérito o sin emeritar) podía ser sometido al castigo de la ley. Eso era pura modernidad de la buena, y durante los siguientes siglos aquel invento inglés iba a estar en el cimiento y desarrollo de numerosas naciones de todo el mundo: Oliverio Cromwell, Thomas Jefferson, la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, Mahatma Gandhi y una larga nómina de personajes y sistemas políticos del futuro lo tendrían presente. Aunque lleve corona, quien la hace la paga. Algunas cabezas de monarcas que con el tiempo acabarían en un cesto real o simbólico iban a tener su justificación en aquella Inglaterra medieval del siglo XII. Lo que no deja de tener su morbo. O sea. Su puntito. 

[Continuará] 

13 de noviembre de 2022

domingo, 6 de noviembre de 2022

Un balcón en Roma

Hace mucho tiempo, en Roma, parado en una esquina de la vía del Babuino, imaginé a un sacerdote asomado a un balcón en uno de aquellos edificios, mirando hacia la Piazza de España. Aquel sacerdote se llamaba Lorenzo Quart, era un agente de los servicios secretos del Vaticano especializado en asuntos sucios, y había recibido la orden de viajar a Sevilla para esclarecer el misterio de una pequeña iglesia que, a punto de ser demolida por la ambición y la maldad, mataba para defenderse. 

Hoy, veintinueve años después, he visto a ese sacerdote, interpretado por el actor Richard Armitage, asomado al mismo balcón romano. La película se llama The man from Rome –en España conserva el título original La piel del tambor– y trata, como la novela, sobre un enigma más o menos policíaco, una hermosa dama, un hacker misterioso y unas cuantas cosas más, relacionadas con la nostalgia y la ausencia: la búsqueda de cierta fiel infantería, la soledad de un templario fiel a su regla, la urgencia de encontrar baluartes de dignidad que nos salven de la orfandad intelectual, del cielo sin dioses y del frío que siempre hace afuera. 

He visto la película, como digo, que me parece dignísima –es la decimocuarta historia mía que llevan al cine o la televisión, y no siempre afirmé lo mismo–. El director y los actores hicieron un gran trabajo y les estoy reconocido; pero hay algo que agradezco más: la secuencia de apenas veinte segundos con el padre Quart asomado al balcón de Roma vale para mí más que toda la película, porque es la materialización exacta del sueño de un escritor. El cierre perfecto para el bucle de casi tres décadas que llevó de la imaginación del autor a la novela y, ahora, a la pantalla. Es la perfecta felicidad: un relámpago fugaz en la imaginación de un novelista, que finalmente, ante sus ojos, se materializa y ocurre. 

Y por si fuera poco, para rematarlo, Sevilla. Cuando preparaba la novela llegué a esa ciudad y supe que era ella, que me encontraba en el lugar exacto. Después estuve dos años yendo y viniendo mientras las tramas que componían la novela cuajaban en un laberinto de sensaciones que a punto estuvieron de hacerme salir del camino y perderme en un lugar diferente, seductor, donde la propia Sevilla, como un trasunto de la hermosa Macarena Bruner hecha piedra y siglos y naranjas amargas y manzanilla, me hubiese atrapado con su canto de sirena. A punto estuve de escribir una novela diferente a la que me había llevado hasta allí. O tal vez eso fue lo que hice. Por primera vez en mi vida dejé de controlar por completo una historia y fue el escenario, aquella ciudad asombrosa, lo que se apoderó de mí. 

Tres décadas después, con todo eso en la cabeza, acudí una tarde a la llamada de mi amigo el director Sergio Dow y también de otro viejo amigo, el productor Enrique Cerezo; y lo hice como siempre acudo a estas cosas: un poco resignado aunque dispuesto, como siempre, a enfrentarme a mi propia historia en la pantalla aceptando que ya no es mía sino de un director, un guionista, unos actores, un productor y un amplio equipo que inevitablemente acaban convirtiéndola, pues ésas son las reglas del cine y la televisión, en algo que puedes reconocer como tuyo, pero que ya es también, y sobre todo, ajeno. Que pertenece a otros. 

Sin embargo, cuál no fue mi sorpresa al descubrir que en este caso no había sido así. Que la película era excelente y que Richard Armitage, Amaia Salamanca, Rodolfo Sancho, Alicia Borrachero, Paul Guilfoyle y los demás actores estaban estupendos en sus personajes. Que una especie de milagro extraño se producía en la pantalla, y que aquello era como encontrar a unos viejos amigos aún jóvenes, intactos, casi como los había imaginado y escrito. Y esa especie de satisfacción o de orgullo, esa dicha singular, íntima, intensa, que me producía La piel del tambor en la oscuridad de la sala de proyecciones, se parecía mucho a la original, aquella que sentí cuando por primera vez llegué a esa ciudad asombrosa que ahora, convertida en un personaje más de la película como ocurría en la novela, confirmaba las líneas con las que en su momento abrí mi relato: «Clérigos, banqueros, piratas, duquesas y malandrines, los personajes y situaciones de esta novela son imaginarios. Todo aquí es ficticio excepto el escenario. Nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla». 

Pero todo eso había empezado en otro lugar, mucho antes. Con aquel sacerdote, que cuando lo imaginé aún no tenía nombre, asomado a un balcón en Roma. 

Así que, bueno. Para qué les digo otra cosa. Me gusta mucho escribir novelas. 

6 de noviembre de 2022

domingo, 30 de octubre de 2022

Una historia de Europa (XL)

Durante siglos, la España medieval fue la frontera del occidente de Europa ante el Islam. Pero no fue barrera hermética, sino espacio móvil, fluido, que lo mismo facilitó escabechinas a troche y moche que intercambios y relaciones fértiles. La ocupación musulmana no había sido total, pues quedaron zonas no conquistadas en el norte, y la península era un complejo escenario donde se entrecruzaban antiguos visigodos, árabes de Arabia, bereberes del norte de África, conversos de variopinto pelaje y cuantas combinaciones raciales y religiosas pueden imaginarse. Arrinconados al principio en las montañas, los cristianos norteños aprovecharon las guerras civiles que los moros de abajo libraban entre sí para ir creciendo, formar reinos propios, ganar territorios y librar sus propias guerras civiles marca de la casa; y poco a poco, convertida en tierra de nadie, la frontera se fue desplazando hacia el sur. Aquello tuvo sus fases, claro. Al principio, mientras los reinos cristianos, fieles al puntito cainita hispánico, se puteaban entre sí, los califas del reino de Córdoba alcanzaron un momento de gloria militar, social y cultural con Abderramán III, que fue grande entre los grandes (en el siglo X, Córdoba era la más deslumbrante y moderna ciudad europea), y con Almanzor, caudillo que varias veces les dio a los cristianos las suyas y las de un bombero. En aquella edad de oro del Islam español (un reproche a los reinos escuálidos y mugrientos del norte de Europa, según el historiador Andrew Marr), los musulmanes no sentían sino desprecio por sus vecinos norteños, a los que el geógrafo Almasudi, con muy mala leche, definió como groseros, de entendimiento escaso y lenguas torpes. Sin embargo, a partir del siglo XI (la época del Cid y todo eso), los cristianos, aquellas malas bestias del norte convencidas de que la tierra era plana y de que cortando pescuezos se resolvía todo, cogieron carrerilla, impregnándose tanto de la cultura de sus enemigos (o amigos, según las necesidades de cada momento) como de las tendencias políticas, económicas, sociales y religiosas de la Europa cristiana cada vez más sólida que tenían a la espalda. Se daba la paradoja de que en la frontera se asentaban guerreros y hombres libres, pero eso favorecía la aparición de jefes militares que acababan imponiéndose a los hombres libres y acaparaban tierras y poder. Por otro lado, la cristianización de esos lugares hacía nacer monasterios y sedes episcopales que terminaban poseyendo tierras y vidas; de modo que la propiedad iba a manos de la nobleza guerrera y de la Iglesia. De cualquier modo, hacia el siglo XII y entre altibajos, victorias y derrotas, alianzas y rivalidades, el espacio ibérico estaba más o menos definido: Al Andalus fragmentada en taifas morunas que se llevaban fatal entre ellas, y un creciente territorio cristiano donde adquirían personalidad propia los reinos de Castilla y León, Portugal, Navarra, Aragón y los condados de Cataluña (un reino exclusivamente catalán no existió jamás). Al principio el mundo musulmán español era brillantemente urbano; y el cristiano, campesino. De cualquier modo, la superioridad andalusí fue indiscutible: de Oriente se traían poetas, médicos, filósofos, mercaderes, artesanos, técnicas agrícolas e industriales. El astrolabio (invento griego) se convirtió en símbolo cool de la ciencia para los musulmanes pijos: una especie de computadora universal utilizada lo mismo para la arquitectura que para la astronomía. A diferencia del Islam de nuestro siglo XXI, tan reaccionario y oscuro, el de entonces se mostraba joven, ávido de conocimiento y modernidad. Las grandes ciudades, con palacios como Medina Azahara o mezquitas como la de Córdoba, eran formidables, y buena parte del pensamiento y la ciencia clásicos recuperados por Europa, así como importantes aportaciones persas e hindúes, se debió a la traducción de las obras conservadas y desarrolladas en España por pensadores musulmanes como el ultramoderno Averroes (La incoherencia de la incoherencia fue una patada en los huevos al inmovilismo ortodoxo islámico), Avicena, el judío Maimónides (Guía de perplejos) y otros que tal, con unos enfoques racionalistas de la filosofía clásica tan influyentes en el pensamiento occidental como siglos después lo serían Descartes, Hume, Voltaire o Montesquieu. En contacto con todo eso y con las corrientes culturales transpirenaicas, los reinos cristianos, sin dejar de ser sociedades guerreras, fueron refinándose y pasaron de una vida basada en el botín de guerra, la agricultura y la ganadería a sistemas económicos y culturales más complejos; sobre todo el reino de Aragón y los condados catalanes, donde, por su mayor contacto con el resto de Europa y el Mediterráneo, empezaron a cuajar verdaderas ciudades artesanales y comerciales con una burguesía local digna de ese nombre. 

[Continuará]. 

30 de octubre de 2022

domingo, 23 de octubre de 2022

Me tenéis acorralado, cabrones

Me resisto cuanto puedo, pero no hay manera. Con mi viejo Nokia en el bolsillo, que sólo sirve para hablar por teléfono y no tiene internet, ni aplicaciones, ni siquiera whatsapp –te mando un wasap, dicen, y se molestan porque no tengo–, vivo feliz y no necesito llevar otra cosa encima. Poseo ordenador, como todos, y con eso tengo la vida resuelta, o creía tenerla. Porque resulta que no. Desde hace tiempo, el mundo se confabula para complicármela. Para obligarme a utilizar un maldito smartphone, o como se llame eso. Para reventarme la puta vida. 

Vamos a ver, pandilla de cabrones. Entiendo que hay quien por su trabajo, o por gusto, necesita o desea dar con los deditos en un móvil. Lo comprendo y apruebo, pues cada cual plantea su vida como quiere o puede. Pero dejadnos un margen de libertad a los otros, maldita sea. Dejadnos vivir. Y dejad, también, de dar pretextos a bancos, líneas aéreas y demás corporaciones y negocios sin escrúpulos que, con el pretexto de que facilitan tu vida, se la facilitan y abaratan ellos mientras la hacen imposible a quienes no queremos que nos la facilite nadie. Lo que a mí me hace fácil la vida es recibir por correo, en papel de toda la vida para poder archivarlo, los recibos de la luz, el agua, los impuestos, las multas, las comunicaciones oficiales. No tengo por qué pasar una hora descifrando si consume más el lavaplatos que la tele. Ni convertir una operación bancaria, un pago de tasas municipales o lo que sea, en complicada operación llena de claves, firmas electrónicas, confirmaciones de identidad. Eso, en el caso improbable de que todo funcione a la primera y no haya percances cibernéticos que te manden al carajo. 

Pero es que la última faena, hijos de la grandísima, es que cada vez menos cosas se pueden imprimir. La tarjeta de embarque, la entrada de cine, la del museo, hay que llevarlas ahora en el teléfono, con su código QR. Cada vez menos sistemas permiten pasarlo a papel. Me ocurrió en el cine, el otro día. Y con billetes de una compañía aérea. Y con la reserva de un hotel. El teléfono de última generación se ha convertido en herramienta imprescindible, incluso para quienes no quieren o saben utilizarla. Si deseas viajar, gestionar algo, moverte por la vida, debes abrirte paso en una maraña de aplicaciones, viviendo en un mundo virtual de mensajes, claves y dependencias. Es cierto que los chicos jóvenes –a los que hemos educado en la suicida negación del desastre– parece que nazcan ya adiestrados. Mejor para ellos; pero ¿qué pasa con la gente mayor? ¿Qué hay de quienes no pueden o no les apetece adaptarse a esa forma de vida? Las soluciones que oyes ponen los pelos de punta. Cursos para la tercera edad, proponen. Para que los viejales nos adaptemos al asunto. Para que un abuelo de 80 tacos que no tiene sobrinos, hijos o nietos sepa bajar aplicaciones y se pase lo que le quede de vida pegado al móvil. En fin, oigan. O sea. Háganme el favor de irse a pastar. 

Sé que todo eso es irreversible, claro. No hay otra que tragárselo. Pero al menos tengo esta página para desahogarme. Para ciscarme en los muertos más frescos de quienes me empujan al callejón sin salida, obligándome a vivir de manera insegura y humillante; y también en los muertos de quienes, borregos sumisos, se declaran felices con el sistema y son cómplices por activa o pasiva. Ésos que se resignan o complacen jugándose el subir o no subir a un avión a que les funcione el aparatito. Los que sostienen que hacer que su vida pase única y exclusivamente a través de ese chisme facilita encender la calefacción, tratar con el banco desde casa, poner o quitar alarmas, gestionar viajes o echar gasolina al depósito. Los que aceptan la dependencia absoluta del móvil pero luego se declaran desesperados cuando lo pierden, se lo roban o se les escachifolla, pues pierden las fotos de familia, las aplicaciones para moverse por el mundo, su vida entera, sin dejar atrás ningún papel, ninguna constancia, nada concreto y físico a lo que recurrir para seguir tirando. A quienes –me han hackeado el móvil, exclaman estupefactos, como si fuera imposible– los estafan o les vacían cuentas bancarias desde Singapur o la Patagonia. A todos esos estólidos pringados. 

Será porque estoy mayor y amortizado, pero juro por el cetro de Ottokar que a veces sueño con el moderno iceberg del Titanic: una tormenta solar perfecta, el gran apagón que mande todos los móviles y todas sus aplicaciones a hacer puñetas y deje a la humanidad mirándose unos a otros sin saber qué hacer ni cómo hacerlo. Dirán ustedes que si eso ocurre, también yo me iría al diablo. Y sí, en efecto. Me iría, o me iré con todos. Faltaría más. Pero podrán reconocerme entre quienes suelten carcajadas. Aquí murió Sansón, dirá esa risa, con todos los filisteos. 

23 de octubre de 2022

domingo, 16 de octubre de 2022

Una historia de Europa (XXXIX)

A mediados del siglo XI, los intentos de los emperadores germánicos por que su anhelado Sacro Imperio cuajase en una realidad se fueron definitivamente al carajo. En verdad se trataba de un reino alemán con un poquito de Italia, porque el resto de Europa iba a su propio rollo. Hasta el reino de Francia parecía más estable, pues desde Hugo Capeto se limitaban allí a gobernar el reino. Por su parte, los emperadores alemanes ni siquiera tenían corte fija; iban de acá para allá, hoy en Sajonia, mañana en Franconia y cosas así, y tampoco influían fuera de sus fronteras: Bohemía y Hungría se independizaron, y fueron los daneses-normandos instalados en Inglaterra, no los emperadores alemanes, quienes acabaron cristianizando Dinamarca, Suecia y Noruega. Aun así, la pretensión imperial era asegurar la influencia sobre los papas de Roma para asegurar la lealtad de sus súbditos, y sobre todo controlar a los obispos locales, que eran quienes cortaban el bacalao en sus respectivas diócesis. La costumbre era que los emperadores nombrasen a los obispos a su conveniencia; pero un papa llamado Gregorio VII dijo hasta aquí hemos llegado, chavales, y en lo mío mando yo. Iglesia no hay más que una, y al emperata me lo encontré en la calle. No hay dos poderes (terrenal y espiritual) iguales, sino uno divino al que se subordina el humano. Y fue de ese modo cómo un joven rey alemán, Enrique IV, emperador nominal, se metió en un buen jardín al enfrentarse al tal Gregorio, ignorante de con quién se jugaba el bigote. Aquel pifostio se llamó Guerra de las Investiduras: Enrique reunió un consejo de obispos adictos para que declarasen a Gregorio indigno del papado (falso papa, monje pecador, desertor de su convento, aseguraba Petrus Craso); pero Gregorio, en vez de acojonarse, subió la apuesta excomulgando al emperador y dispensando de obediencia a sus súbditos. Eso ya eran palabras mayores: viéndose solo y tirado como una colilla, a Enrique IV no le quedó otra que humillarse pidiendo cuartelillo al papa en el castillo de Canosa, y lo hizo bajo una nevada tremenda, vestido de penitente y con ceniza en la cabeza (papelón ridículo que no olvidaría en su puta vida). Siguieron una serie de dimes y diretes, de incidentes y zafarranchos que acabaron con los siguientes papas reforzados en su poder con toda Europa detrás, y un Sacro Imperio poco sacro, tan agobiado por sublevaciones, traiciones y aislamiento que no le cabía un cañamón por el ojete. Así que, amanecido el siglo XII (año 1122, para ser exactos), se firmó el concordato de Worms, mediante el que los emperadores renunciaban a nombrar obispos y cada mochuelo a su olivo. Hay que señalar la importancia que Gregorio VII, aquel papa chuleta y peleón, tuvo para la Iglesia y el futuro de Europa; pues, además de emancipar (en líneas generales) al clero del poder laico, inició un proceso irreversible de centralización, prestigio e influencia. El pobre papa no llegó a ver los resultados, porque Enrique IV, que tenía buena memoria, nunca perdonó lo de Canosa y le hizo la puñeta hasta aprisionarlo y hacerlo morir exiliado (Amé la justicia y aborrecí la iniquidad; por eso muero en el destierro, dijo Gregorio mientras palmaba). Pero sus sucesores se beneficiaron de todo eso; y a partir de entonces, aunque con altibajos propios de tan turbulenta época, los obispos de Roma se convirtieron realmente en sumos pontífices. Dios no se ha servido de los reyes para regir a los sacerdotes (lo escribió Anselmo de Luca) sino de los sacerdotes para dirigir a los reyes. Pasó la Iglesia católica, a partir de entonces, a una fase ofensiva del papado en la que grandes pontífices, desde Inocencio III a Bonifacio VIII, consolidaron el enorme poder de la institución. Entre los siglos XI y XIII los papas y su espectacular organización europea sobrevolaron la totalidad de un Occidente donde la idea de imperio se desvanecía en favor de una res publica christiana de naciones soberanas. Intelectuales de campanillas como Bernardo de Claraval (hoy san Bernardo) aseguraron a la Iglesia una sólida base doctrinal, y los predicadores y órdenes mendicantes garantizaron el fervor del pueblo analfabeto mientras una burguesía cada vez más influyente crecía en las ciudades. Según la Iglesia, fuera de ella no había pensamiento ni salvación posibles; y los disidentes, herejes e infieles podían ser legítimamente masacrados. Para contrarrestar ese poder y ejercer el suyo, reyes y príncipes se pertrecharon de abogados, juristas y representantes del pueblo. Dos modelos distintos, abocados al enfrentamiento empezaban a verse en el horizonte. La Europa moderna iba estando a punto de caramelo; pero antes viviría momentos apasionantes con la lucha contra el Islam y las Cruzadas.

[Continuará]. 

16 de octubre de 2022

domingo, 9 de octubre de 2022

Cuando fui soldado soviético

Quizá para un joven de ahora sea difícil comprenderlo, y por eso apelo a la memoria de los veteranos de mi quinta: los que seguimos vivos y coleando pese a haber conocido los años 50 del pasado siglo. La tele no se había adueñado aún de nuestras vidas, y los niños que al final de esa década teníamos ocho o nueve años alimentábamos la imaginación con el cine, las primeras lecturas —Cadete Juvenil, colección Historias, editorial Molino, aventuras de Tintín— y los primeros tebeos. 

Los tebeos tuvieron en mi generación una influencia extraordinaria. Todavía hoy, cuando los supervivientes nos encontramos en confianza, surgen títulos y personajes que nos mencionamos unos a otros como si de un código o ritual masónico se tratara: Supermán, el Llanero Solitario, Batman, Hopalong Cassidy, Gene Autry, Red Rider, Roy Rogers, Dumbo, Pumby, llegaban cada semana a los kioscos donde los niños afortunados de entonces —lamentablemente, no todos lo eran— podíamos comprarlos. Pero entre ésos y muchos otros destacaban cinco españolísimas publicaciones: Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, El Jabato y Hazañas bélicas

De todos ellos, Hazañas bélicas fue el más popular entre los niños y jóvenes de entonces. Eran relatos de guerra, sobre todo de la Segunda Guerra Mundial, cuyos contenidos evolucionaron con el tiempo desde posturas proalemanas, a tono con la posición inicial del régimen franquista, a otras proaliadas y liberales, aunque sin abandonar nunca un claro anticomunismo. Contribuían a su éxito las excelentes ilustraciones de Boixcar, primer dibujante que dio impulso a la serie. Y fue tanta su influencia que jugábamos a representar sus personajes, llevábamos los tebeos al colegio y discutíamos en los recreos sobre la bondad de tal o cual episodio. En el papel cuadriculado de los cuadernos escolares dibujábamos tanques, aviones y submarinos, estrellas aliadas, cruces de la Resistencia francesa, soles nacientes de kamikazes, esvásticas y cruces de hierro nazis que luego, a la hora de jugar, nos cosíamos a la ropa con toda naturalidad. Con la inocencia de aquellos años. 

Jugábamos, sobre todo, a ser norteamericanos y alemanes, pero nunca rusos. La Unión Soviética, como digo, no tenía buena imagen, y en los tebeos sus soldados aparecían a menudo como malvados y sin escrúpulos. Yo tenía ocho o nueve años, y mis juguetes favoritos eran un casco de plástico que imitaba los de acero y una ametralladora Thompson que me habían traído los Reyes. Ese equipo, envidiado por mis amigos, daba unas dosis de realismo complementario a la hora de jugar a la batalla de Stalingrado o al desembarco en Normandía, que eran los escenarios favoritos para mi pandilla. Yo siempre hacía de soldado americano o alemán, con las correspondientes insignias dibujadas; pero un día, tras haber leído un episodio de Hazañas bélicas, decidí probar la experiencia de ser soldado ruso en la fábrica de tractores Barricadas, junto al Volga. Y cierto sábado, con el tesón de los niños de entonces y de ahora, me puse a ello: en papel de cuaderno dibujé una hoz y un martillo y me los pegué en el casco. 

Y ahora imaginen ustedes a un niño de ocho años, con su descaro e inocencia, paseándose durante todo un día por las calles y los campos en 1959, en España, en plena dictadura franquista, con una ametralladora y un casco con la hoz y el martillo. No recuerdo las caras de los vecinos que me vieran pasar con tres o cuatro amigos disfrazados de la misma guisa, aunque las imagino perfectamente. Con mi hoz y martillo en el casco, corriendo agachado por los campos y los jardines, aquel día combatí en Stalingrado hasta el último cartucho, y luego me retiré con mis camaradas sintiendo la satisfacción del deber bolchevique cumplido. 

Pero lo que mejor recuerdo es el desenlace. Regresaba el soldado soviético Arturín a su hogar, porque era hora de cenar —qué envidiable era la libertad de un niño de entonces y qué felicidad haberla disfrutado—, cuando me encontré con mi padre, que volvía del trabajo. Y nunca olvidaré su expresión cuando estuvo lo bastante cerca para ver lo que llevaba pegado en el casco: se quedó blanco como la cera, miró a un lado y otro, y de un manotazo me quitó el casco de la cabeza y le arrancó el papelito con la hoz y el martillo. No entendí por qué, y él no me lo dijo. En realidad no dijo ni una palabra. Sólo quitó la pegatina y me devolvió el casco sin hacer comentarios. Tampoco luego, durante la cena, comentó nada. Sólo lo sorprendí varias veces mirándome pensativo. Y en algún momento me pareció que se reía quedo, muy bajito. Como para sí mismo. 

9 de octubre de 2022

domingo, 2 de octubre de 2022

Una historia de Europa (XXXVIII)

De ese modo, los guerreros de Francia y España (esta última ya con dos siglos de acuchillarse con la morisma local, lo que no era mala escuela) se convirtieron en los mejores del mundo de entonces. Volviendo al historiador Pirenne, que (pese a ser belga y estar hoy un poquito superado) lo resumió bastante bien: Violentos, toscos, supersticiosos pero excelentes soldados, esos caballeros practicaban comúnmente la perfidia, pero jamás faltaban a la palabra dada. Y, bueno. Así fue. Mientras tanto, en torno a ellos, con sus virtudes y defectos, fraguaba despacio la futura Europa. Lo definió por escrito el clérigo Adalberón a finales del siglo X, en plena alta Edad Media: La ciudad de Dios es triple; unos rezan, otros combaten y otros trabajan. Y ahí se resume el asunto. Estructurada así la población europea, iba a mantenerse de ese modo mientras, poco a poco, los descendientes de los antiguos bárbaros (lombardos, francos, visigodos, normandos, etcétera) se convertían en futuros italianos, franceses, alemanes, ingleses y españoles. Los intentos de consolidar un imperio extenso según la idea del abuelo Carlomagno se habían ido al carajo y todo estaba fragmentado, pero la idea seguía viva. Unos reyes alemanes llamados Otón (uno apodado el grande y otro el breve, pues murió jovencito) quisieron reanimar el Sacro Imperio, esta vez llamándolo Germánico, haciéndose coronar por los papas de turno; pero les salió el cochino mal capado y la cosa no fue más allá. Los papas, sin embargo, pese a dimes, diretes y reveses de la fortuna, estaban que se salían del mapa, porque la debilidad y sobresaltos del poder político en los diversos reinos reforzaban la autoridad de los obispos locales, que acabaron cediendo su poder a Roma. Se convirtió así el Sumo Pontífice en una especie de don Corleone europeo, padrino y máxima autoridad en un momento crucial por varias razones. De un lado, a partir de 1013 los normandos pusieron el ojo en las islas británicas, que acabarían conquistando tras dar a los anglosajones y su rey Harold la del pulpo en la famosa batalla de Hastings (1066). Por otra parte, espachurrada la herencia carolingia, un fulano muy listo llamado Hugo Capeto accedió al trono de Francia e instauró una dinastía duradera, bajo el principio de que los reyes ya no pretendían ser emperadores de la cristiandad, sino simples gobernantes de su reino. Y en la belicosa España, los pequeños núcleos cristianos de resistencia a la invasión musulmana se convertían poco a poco en reinos poderosos, ganando terreno a la morisma. Sin embargo, el gran acontecimiento político y cultural europeo, iniciado en el siglo X pero que hizo sentir sus efectos en el XI, fue la aparición de los monjes negros de la abadía de Cluny, en Francia. La orden cluniacense, que llegó a tener 2.000 monasterios en Europa, resultó decisiva para la cristiandad: reformó a los monjes benedictinos, dejó en segundo plano el trabajo manual y potenció la oración, la creación de escuelas, la copia de libros, la arquitectura, la ciencia y el pensamiento intelectual (la idea era menos labora y más reza y piensa, chaval, que a Dios también se llega con la inteligencia). Pero la guinda del pastel, el detalle que convirtió Cluny en herramienta utilísima para los papas, fue que, como decía su documento fundacional (No estarán sometidos al yugo de ningún poder terrenal, o sea, son intocables), los monjes negros sólo rendían cuentas al pontífice. Dicho en corto, que el hombre consagrado a Dios, monje o sacerdote, sólo podía pertenecer a la Iglesia y no estaba sujeto a reyes ni príncipes. Tampoco convenía que se viera lastrado por una familia, así que su matrimonio (hasta entonces más o menos tolerado en ciertos lugares) quedaba prohibido. De este modo, a la casta caballeresca de la antigua nobleza acabó oponiéndose la casta eclesiástica. Con un detalle importantísimo que atrajo a los mejores cerebros de la época: la gente de clase baja, siervos y campesinos, no podía entrar en la casta militar; sin embargo, para la eclesiástica bastaban la tonsura y aprender latín. Convertida en árbitro de la vida espiritual e intelectual, intermediaria entre lo divino y lo humano, la Iglesia consiguió así inmensa riqueza en tierras, limosnas, privilegios e influencia, hasta el punto de que se hizo costumbre que las grandes familias destinaran a los segundones, hijos no herederos, a la carrera eclesiástica, a fin de estar en misa y repicando. Y no es casual que en esta época empezaran a abundar los llamados espejos de príncipes: una literatura con antecedentes griegos y latinos (Isócrates y Marco Aurelio), ahora escrita por autores eclesiásticos, destinada a establecer las virtudes de los buenos gobernantes. A partir de ahí es la Iglesia quien arbitra, aprueba o rechaza, dando a los monarcas que son amiguetes suyos un respaldo espiritual que garantice la lealtad de los súbditos, e incluso atribuyéndoles poderes taumatúrgicos (según el historiador Marc Bloch, los reyes de Francia e Inglaterra pasaban incluso por curar ciertas enfermedades con el contacto de sus manos). Ese apoyo contribuyó a eliminar los residuos feudales y crear monarquías fuertes; pero es verdad que la Iglesia supo cobrárselo bien, mostrándose implacable cuando no le abonaban la factura. En los siguientes capítulos veremos cómo eran esos pulsos y quién los ganaba.

[Continuará]. 

2 de octubre de 2022

domingo, 25 de septiembre de 2022

Geometría del caos y la violencia

Las novelas, o al menos las mías, no se escriben en uno o dos años, ni siquiera en más. A menudo tardan una vida en gestarse; y la escritura física, o sea, ponerlas sobre el papel o la pantalla del ordenador, sólo es la parte final de un complicado proceso. En términos generales, según su capacidad narrativa y su talento, un novelista escribe con lo que imagina, con lo que ha leído y con lo que ha vivido. Quien no trabaja con esos materiales, o miente, o no son suyos y debe robarlos a otros. Un escritor de relatos más o menos extensos –me refiero al profesional, no a quien lo hace de forma casual o esporádica– vive con un mundo complejo de historias que lo acompañan y fraguan mientras crecen y se transforman. Ésa es su seña de identidad. Algunas de tales historias llegan a buen término y acaban por ser escritas con más o menos fortuna. Otras desaparecen, cambian con el tiempo o no llegan a ser escritas jamás y mueren con quien las imaginó. 

Acabo de terminar una novela de las que acompañan desde niño, antes incluso de tener intención de escribirlas algún día. Es una historia que trata de un hombre joven, tres mujeres, una revolución y un tesoro. Durante el último año y medio ocupó la mayor parte de mi vida, mi trabajo y mis pensamientos; y sin embargo, es una historia cuya base real, la que acabaría conectando el suceso originario con mi propia vida, empezó hace más de un siglo. Quizá sea útil para alguien que les cuente cómo ocurrió. Tal vez ayude a comprender cómo nacen ciertas historias. 

Uno de mis bisabuelos era ingeniero de minas. Con el tiempo trabajó en Linares, donde nació mi abuela, y luego se trasladó a Cartagena para ocuparse de otras explotaciones mineras. Nunca viajó a América, pero sí lo hizo un compañero suyo, íntimo amigo desde que estudiaron juntos en la escuela de ingenieros de minas de Madrid. Al amigo lo destinaron a México para trabajar en el norte del país, y allí estaba cuando estalló el primer episodio de la que sería la larga y sangrienta revolución mexicana. Durante un par de años, el amigo de mi bisabuelo le escribió cartas en las que narraba los sucesos de los que era testigo. Esas cartas, leídas y comentadas después en mi familia, me acostumbraron a palabras como revolución y nombres como Zapata y Pancho Villa. Siempre les presté, desde entonces, atención especial. Cuando mucho más tarde empecé a viajar a México visité lugares, compré libros y hablé con ancianos que habían vivido aquella época. Y así, poco a poco, sin más intención que conocer mejor las historias que mi abuela me contaba, acabé reuniendo abundante material sobre el asunto. 

Un día, como siempre ocurre, la novela, o la posibilidad de escribirla, se concretó del modo con que ocurren estas cosas. Vi clara una historia que contar y consideré que era momento adecuado. Y fue ahí donde la memoria infantil, lo leído y la vida vivida, o la mirada que esa vida dejó al novelista que ahora soy, se mezclaron de modo conveniente. Había un elemento que vertebraba el relato: el proceso de iniciación, el descubrimiento asombroso de la extraña geometría del caos y la violencia. Un peligroso recorrido, en plena revolución mexicana y en contacto con quienes la hicieron, que lleva a un joven ingeniero, cuya formación es más técnica que cultural o literaria, a intuir primero, y confirmar después, las reglas implacables que rigen el cosmos, la naturaleza, la vida y la muerte. La guerra, en fin. El horror, el amor, la lealtad, la condición humana en lo mejor y lo peor, como aprendizaje. Como fría escuela de lucidez. 

En todo eso, como el novelista que soy, hice trampas. Metí en la baraja cartas que conocía bien. No es una historia por completo real ni por completo imaginada, pero hay algo que la recorre por debajo, de principio a fin, que extraje de mi propia mirada. Mientras escribía esta aventura, casualmente al principio y luego de modo deliberado utilicé recuerdos personales, parte de mi propia juventud, para dar espesor narrativo al personaje protagonista, el joven cuya inocencia original se transforma en los años revolucionarios hasta convertirlo en alguien diferente al del punto de partida: el ingeniero de minas que el 8 de mayo de 1911 escucha un disparo lejano que cambiará su vida y su mundo para siempre. Es cierto que casi ninguna de mis novelas –excepto tal vez El pintor de batallas y Territorio comanche– es autobiográfica, pues todo, incluso la realidad más concreta, acaba diluyéndose en la ficción literaria, como debe ser. Pero también es cierto que hay novelas más autobiográficas que otras. En este caso, el protagonista de Revolución mira el mundo como a los veinte años lo miraba yo. Y hay lugares de los que nunca se regresa del todo. 

25 de septiembre de 2022

domingo, 18 de septiembre de 2022

Una historia de Europa (XXXVII)

Entre los siglos IX y X, el mundo más o menos mediterráneo en torno al que se articulaba la historia tenía tres espacios geográficos: la Europa occidental, el imperio bizantino de oriente y los países musulmanes. Pero a diferencia de los dos últimos (Constantinopla, Córdoba y Bagdad eran ciudades importantes), el territorio que podríamos llamar europeo era más bien rural: pocas ciudades, casi todas arruinadas; y en el campo, mercadillos locales, castillos de señores feudales más analfabetos que otra cosa, monasterios dedicados al ora et labora y población campesina. No es raro, con ese panorama, que en las crónicas de los musulmanes españoles de la época, intelectualmente muy refinados para su tiempo, se mencionara a los cristianos como bestias pardas y bárbaros del norte, cosa que (tampoco vamos a tirarnos pegotes con eso) en realidad eran, o éramos. En esencia, la vida en los estamentos sociales más bajos era una auténtica cabronada: los monjes rezaban y comían caliente y los nobles hacían la guerra y violaban a mujeres e hijas de sus siervos sin preguntar si sí es sí, o si no es no, mientras la mayoría de la gente echaba los hígados trabajando en el campo como animales. El comercio de esclavos como botín de guerra e incursiones piratescas se mantenía activo (también musulmanes y bizantinos lo practicaban con entusiasmo), y una crónica de la época señala, para no dejar dudas, que en Marsella se vendían hombres y mujeres, según la costumbre. Casi todos los campesinos medievales curraban tierras que no eran suyas sino de los reyes, la nobleza o la Iglesia. Y tanto les apretaban las tuercas con impuestos y abusos, que estallaron muchas revueltas, todas con menos futuro que hoy, en España, la biblioteca del Congreso de los Diputados. Por ejemplo, el Roman de la Rose detalla un estallido revolucionario que en el año 997 fue ahogado en sangre: A varios mandó el duque arrancar los dientes y a otros los ojos, y muchos fueron quemados vivos. Tal era, sin paños calientes, el mundo feudal: palabra que procede de feudo, o sea, concesión de un rey o señor a un vasallo a cambio de ayuda, respaldo político y asistencia en la guerra. Visto desde abajo no todo era malo, y también el sistema tenía sus ventajas; pues a cambio de impuestos, derechos de pernada y otros privilegios, el señor feudal contraía la obligación de impartir justicia, atender a su gente y protegerla de enemigos, saqueadores, bandoleros y otros incordios. Dicho esto, lo más destacable (basta consultar los textos de la época para comprobarlo) es que aquellos señores feudales eran una pandilla de hijos de la notoria y grandísima puta, que practicaban el asesinato político, la venganza, el atropello y el reventar al vecino con una naturalidad pasmosa. Pérfidos, brutales, sanguinarios, aquellos fulanos vivían (y morían) pendientes de quedarse con las tierras de otros mediante matrimonios, herencias, asesinatos y comidas de oreja al duque o al rey de turno. Hasta el siglo XII más o menos (a partir de ahí los fueron domando a estacazos) los monarcas toleraron ese estado de cosas y esa chulería feudal, porque necesitaban a aquellos animales con caballo y armadura, ligados a su rey por juramentos de lealtad, para verse respaldados o para hacer la guerra. Así, a cambio de ese apoyo político y militar, el noble no pagaba impuestos y era en su tierra señor de horca y cuchillo. Conferidas al clero las labores intelectuales, el oficio de las armas era el que daba prestigio, riqueza y poder. Y de ese modo, convertida en ejército profesional cuya distinción se legaba de padres a hijos, la nobleza feudal se convirtió en principal fuerza y símbolo de la Alta Edad Media. Si la Iglesia poseía las almas, ella poseía los cuerpos. Lo del refinamiento caballeresco, el amor espiritual y otras mariconadas cortesanas vendría más tarde. En aquella primera etapa, la cultura se dejaba a las mujeres (las de clase privilegiada, por supuesto), mientras que los varones de la nobleza eran educados desde niños exclusivamente en el arte de la guerra: toda su formación era el combate, y toda su cultura, romances y canciones bélicas. De ese modo, los guerreros de Francia y España (esta última ya con dos siglos de acuchillarse con la morisma local, lo que no era mala escuela) se convirtieron en los mejores del mundo de entonces. Volviendo al historiador Pirenne, que (pese a ser belga y estar hoy un poquito superado) lo resumió bastante bien: Violentos, toscos, supersticiosos pero excelentes soldados, esos caballeros practicaban comúnmente la perfidia, pero jamás faltaban a la palabra dada. Y, bueno. Así fue. Mientras tanto, en torno a ellos, con sus virtudes y defectos, fraguaba despacio la futura Europa.

[Continuará]. 

18 de septiembre de 2022

domingo, 11 de septiembre de 2022

Sobre toros, tradiciones y barbaries

Dos veces, siendo muy joven, corrí delante de toros, en encierros. Eran encierros de verdad, bien organizados, sin otro objeto que conducir los toros a la plaza. Ocurrió hace medio siglo y creo que no me arrepiento. O tal vez sí, un poco, puede que algo más, en el contexto actual del mundo y de mi vida. Recuerdo la sensación de peligro, la tensión, la adrenalina con los pitones rozando la espalda. Fue una experiencia, desde luego. Hoy no la repetiría, ni siendo joven de nuevo. La vida me cambió, y en eso fue para bien. Quizá sea útil que cuente cómo y por qué. 

Durante muchos años presencié corridas de toros. Enlazaban con mi infancia, las tardes de domingo en que mi abuelo me llevaba a la plaza: la música, el ruedo, la fiesta, el fascinante ritual. Mantuve esa afición durante cierto tiempo, e incluso viajé con Juan Ruiz Espartaco, hombre bueno, valiente, al que aprecio y admiro –con él comprendí muchas cosas de la mente de un torero–. También escribí sobre la materia y tuve el honor de pronunciar un pregón en la Maestranza de Sevilla. Nunca fui de verdad lo que se dice un taurino, aunque sí aficionado razonable, menos pendiente del arte de la lidia que del valor, las maneras y la pervivencia de ciertas tradiciones. Un simple observador, en fin, interesado en aspectos de la vida y la muerte con los que, por otra parte, me familiarizaba el oficio viajero y a menudo violento que ejercía en aquella época. 

Con los años, las cosas fueron cambiando. Supongo que el comienzo se lo debo a mi hija, cuando a los ocho años, leyendo Moby Dick, me dijo: «Papi, pobre ballena», y comprendí como en un relámpago que el mundo cambiaba y que parte de mí cambiaba con él. También mis perros –hasta ahora he tenido cinco– hicieron su trabajo. Dudo que nadie que haya vivido estrechamente con ellos, experimentado su devoción y lealtad, nadie que haya sentido la mirada de sus ojos fieles, sea capaz de ver con indiferencia el sufrimiento de un animal. A través de ellos, de mis perros –Sombra, Mordaunt, Morgan, Sherlock y Rumba– y de los de mi hija –Ágata y Conrad–, aprendí a ver el mundo de otra manera. No a buscar en los animales las virtudes de los seres humanos, sino buscando en los seres humanos, para soportar algunos de sus más perversos extremos, las virtudes que poseen ciertos animales. 

En noviembre de este año cumpliré setenta y uno, y ya no me gustan los festejos taurinos. Pero eso no me convierte en militante antitaurino: comprendo a los aficionados y creo que tienen derecho a defender su modo de entender la fiesta. No estoy capacitado para juzgarlos, así que me limito a quedarme fuera. Yo no voy a los toros, y punto. El año pasado organicé en Sevilla, con mis amigos Jesús Vigorra y Antonio Pulido, un debate de tres días al que asistieron destacadas figuras a favor y en contra –pueden ustedes encontrarlo en YouTube, si les interesa–. Como allí ocurrió, creo que todo el mundo, partidario o adversario, tiene derecho a expresar su opinión y a ser escuchado. El de las corridas de toros, y me refiero a las serias, es un debate interesante, españolísimo por otra parte, que creo útil se mantenga con serenidad, educación y respeto. Otra cosa son los festejos de pueblo: la salvajada de atormentar a animales que no pueden defenderse. Ahí sí que milito –si lo dudan, pregunten a los lanceros de Tordesillas y su Toro de la Vega–. En una plaza de verdad, al menos, el toro tiene la oportunidad de matar a quien lo martiriza, equilibrando un poco la balanza. Por eso me parece bueno, hasta necesario, que de vez en cuando mueran toreros. Tales son las reglas; y quien las conoce, las asume. Pero eso nada tiene que ver con la brutalidad que, en nombre de tradiciones locales y otras bestialidades –«Es que mi padre lo hacía, y mi abuelo, y la madre que los parió»–, se sigue perpetrando contra becerros, vaquillas y animales indefensos, torturados por la muchedumbre bárbara, la crueldad colectiva y la ruin condición humana. No hay valor, dignidad ni belleza en la matanza de un animalillo al que se acuchilla, se apalea, se arrastra, se despeña por un barranco entre el jolgorio y las carcajadas de una chusma borracha. Eso, que en tiempos de gente analfabeta y elemental era comprensible, ya no tiene justificación alguna. Hoy la razón no tolera tales espectáculos. Y si quienes votan en elecciones municipales no lo entienden, pues se les explica mejor. O se les sanciona duro, si hace falta. Los ayuntamientos y autoridades que aún permiten esa barbarie son tan culpables y cobardes como la gente que la exige y disfruta. Las tradiciones respetables dejan de serlo cuando se convierten en infamia. Y esa España negra, despreciable, que cada verano se complace en el retrato cruel de sí misma, es demasiado infame para soportarla. 

11 de septiembre de 2022

domingo, 4 de septiembre de 2022

Una historia de Europa (XXXVI)

El día de Navidad del año 800 después de Cristo entró en la gran historia de Europa, por la puerta grande y con las bendiciones de la Iglesia de Roma, un fulano interesante: se llamaba Carlomagno y lo coronó el papa León III. Aquélla fue una jugada maestra por parte de Su Santidad, que así mataba varios pájaros de un tiro. Por una parte ponía bajo su control, el de la Iglesia romana, las palabras imperio y Occidente; lo que no era ninguna tontería porque en la parte oriental, Bizancio, había heredado el trono Irene de Atenas, una mujer a la que complicaban la vida y el futuro revueltas políticas y disensiones religiosas. Con un emperador adicto a su persona en la parte occidental, el papa se lavaba las manos del imperio bizantino, dejándoselo a los griegos en plan tú mismo con tu mecanismo, y consolidaba su poder en poniente, que era el verdadero núcleo importante de Europa. Además, Carlomagno era listo, valiente y tenía carisma. En la Vita Caroli, el monje Eginardo lo describió alto, guapo, con el pelo blanco, autoritario y digno: Cultivó con extraordinario celo las artes liberales y veneraba a quienes las enseñaban. Por lo demás, el nuevo emperata combinó el espíritu guerrero de los pueblos germánicos (era rey de los francos) con una religiosidad que lo convertía en prototipo del caballero cristiano según el canon de la época. Y realmente era de armas tomar: dominó el reino de los lombardos, puso los pavos a la sombra a los sajones, ocupó Frisia y Panonia, y no hizo lo mismo con Hispania porque en Roncesvalles los guerreros, pastores y montañeses locales (imagínense a esos animales vestidos de pieles tirando piedras desde arriba) le escabecharon al caballero Roldán con toda su retaguardia, haciéndole comerse una derrota como el sombrero de un picador. Pero Roncesvalles aparte, el imperio carolingio, denominado pomposamente Sacro Imperio Romano, se estableció bajo el padrinazgo (espiritual pero también temporal) del papa de Roma, en mutua complicidad y más amigos que cochinos, convirtiéndose en el primer gran intento de reorganizar Europa occidental tras la caída de Roma. Al reino franco, más o menos la actual Francia, se añadían el norte de Italia y buena parte de lo que hoy llamamos Alemania, Austria, Suiza y Polonia. La capital se estableció en Aquisgrán, con una corte montada por todo lo alto con chambelanes, senescales y esa clase de títulos, y se dividía administrativamente en condados o reinos locales (que eran los territorios seguros) y marcas o zonas fronterizas (que hacían funciones defensivas). La idea resultaba estupenda, pero verdes las habían segado; era demasiado pronto para la Europa que barruntaban algunos. La extensión territorial resultaba excesiva para los medios de entonces, y los pueblos reunidos bajo el imperio eran diferentes entre sí. La religión católica con sus obispos, monjes y monasterios daba cierta unidad, pero no era suficiente (como nueve siglos más tarde escribió Voltaire: El Sacro Imperio Romano no fue sagrado, ni romano, ni fue un imperio). Así que el tinglado carolingio duró lo que Carlomagno: a su muerte se fragmentó de nuevo, dividido entre tres nietos que no tenían, ni hartos de sopas, la talla del abuelo; y otra vez fue la Iglesia Católica, con el papa de turno moviendo los hilos desde Roma, la que mantuvo unidos, aunque fuese relativamente, los restos del naufragio. Pero lo que más complicó el paisaje fueron las llamadas segundas invasiones (las primeras habían sido las de los bárbaros contra Roma) que devastaron Europa occidental entre los siglos IX y X: vikingos, magiares y sarracenos. Los primeros, primos hermanos de los germanos, procedían de Escandinavia (eran suecos, noruegos y daneses, llamados normandos en general), y además de expertos en navegación resultaron ser unas auténticas malas bestias, cuyo objetivo no era conseguir tierras, aunque en alguna se establecieron, sino saquear para conseguir botín. Por su parte, los magiares, o húngaros, eran una especie de bandoleros de las llanuras del este de Europa, buenos jinetes dedicados al robo y captura de esclavos, por la cara. En cuanto a los sarracenos (piratas musulmanes muy cabroncetes), asolaron el Mediterráneo y sus orillas, llegando a saquear las afueras de Roma. El caso es que, entre pitos y flautas, unos y otros devastaron regiones enteras con feroces incursiones, incendiaron pueblos, saquearon monasterios y llevaron la zozobra a aquella nueva y medieval Europa que empezaba a respirar tras el colapso imperial romano. No es casual que muchas poblaciones, costeras o no, se construyesen en lo alto de montañas fortificadas, y que ahí sigan. Ni que en los libros de oraciones de entonces figurase a menudo la significativa plegaria: Del terror normando (o magiar, o sarraceno) líbranos, Señor. 

[Continuará]. 

4 de septiembre de 2022

domingo, 28 de agosto de 2022

La mirada del cazador

Cada vez que termino de escribir una novela hago dos cosas. La primera es vaciar algunos estantes de mi biblioteca, próximos a la mesa de trabajo, donde fui situando los libros nuevos o viejos que sirvieron para documentar y preparar lo que me ocupó el último o los últimos años. Hay una mezcla de alivio y tristeza en eso: alivio porque al fin me libro de un trabajo duro que determinó mis días y mis noches, y tristeza por alejarme para siempre de unos personajes y un ambiente por los que anduve feliz cierto tiempo. Durante un par de días devuelvo cada libro a su lugar en la biblioteca, meto en cajas la documentación escrita o impresa, pongo a salvo el primer borrador de la novela, y todo eso. Cierro, en fin, un mundo que al alejarse de mi cabeza y mi vida me deja indeciso, o tal vez vacío. Con una intensa sensación de pérdida y soledad. 

Es entonces, para superar eso, cuando hago lo segundo a que me refería antes: elegir inmediatamente, entre las historias posibles que a un novelista profesional le rondan la cabeza, la que considero apropiada para mi talante, mi edad, mis lectores y el momento en que vivo. Y tengo mucho cuidado con eso. Lo de las historias a elegir o descartar no es ninguna tontería, porque con las novelas ocurre a veces como en el juego de las siete y media: o no llegas, o te pasas. Hay algunas para las que todavía no estás preparado y otras cuyo momento de escritura dejaste atrás. A tu instinto corresponde identificarlas. En ambos casos, cuando te das cuenta, lo prudente es interrumpirlas: tal vez algún día llegue su momento, o tal vez no las escribas nunca. Y decidirlo no es agradable: días, semanas o meses de trabajo pueden perderse para siempre. Al fin y al cabo, nadie obliga a ser novelista. Son reglas duras, pero son las que hay. O al menos son las mías. 

Entro entonces, durante días o semanas, en lo que llamo la temporada de caza. Emerjo de la bodega –la de por qué llamo así al lugar donde trabajo es una vieja historia– y deslumbrado por la luz del sol camino mirando alrededor con el zurrón dispuesto, como un cazador ávido, para irlo llenando con aquello que puede serme útil en la nueva novela. Y es asombrosa la mirada selectiva con la que uno acaba trabajando. Como ya hay una trama, o al menos un esquema básico en tu cabeza, y después de treinta y cinco años escribiendo novelas tienes afiladas las herramientas, ves sólo aquello que te interesa ver. Te lo apropias con rapidez y dejas fuera lo inútil, que en realidad ni siquiera adviertes. Y así, viajando a los lugares adecuados, observando a las personas idóneas, pendiente del azar que depara hallazgos insospechados, te mueves de nuevo tenso y lúcido por un paisaje complejo que en realidad es la propia mente. Tu imaginación. La mirada de novelista que se proyecta en el mundo por el que caminas. 

Así me sentía hace pocos días, paseando por Madrid con otra historia a punto en mi cabeza. Caminaba despacio y miraba con avidez, dispuesto el zurrón, acechando rasgos, gestos, voces útiles para la trama que ocupará los próximos meses y tal vez años de mi vida, si duro lo suficiente para contarla. Lo mejor de escribir historias, o al menos las mías, es que obligan a fijarse mucho en la gente, lo que no siempre ocurre en otra clase de oficios. Como un Sherlock Holmes bien adiestrado, buscas indicios, pistas que desvelen detalles útiles, que permitan conocer mejor el mundo y la gente que lo habita, y así mantenerte vivo como narrador. Quien deja de mirar fuera de sí mismo se convierte en un novelista muerto. Y de ésos conozco –y ustedes también, supongo– a unos cuantos. 

Eso es, más o menos, lo que bullía en mi cabeza el otro día mientras paseaba por esa ciudad abigarrada y extraordinaria que es Madrid, entre la cuesta Moyano y el Museo del Prado. Y confieso que había un punto agridulce en mi manera de mirar. Tengo setenta años, compréndanlo, y hay cosas muy lejanas, quizá ya inalcanzables o imposibles. Bajo ese pensamiento me cruzaba con jóvenes vigorosos, chicas guapas, hombres y mujeres que pisaban fuerte en la vida, niños a los que nadie arrebató aún la ilusión de los ojos. Los veía alrededor, llenos de vida y futuro, transparentes y enigmáticos al mismo tiempo, y me sentía un poco fatigado, comparándome. Fatigado y melancólico. Nunca volveré a ser como vosotros, pensé resignado. Lo fui, pero ya no lo seré jamás. Sin embargo, gracias a que escribo novelas, todo sigue en cierto modo a mi alcance. Puedo apropiármelo porque tengo algo que la mayor parte de vosotros no tiene: el poder de convertiros a todos en literatura. 

28 de agosto de 2022

domingo, 21 de agosto de 2022

Una historia de Europa (XXXV)

Fue tan rápida la expansión del Islam, tan asombroso el reguero de conversiones y entusiasmo suscitado por la doctrina de Mahoma, que sólo puede explicarse con la certeza de que la peña estaba hasta los mismísimos huevos de los monarcas y religiones que los habían gobernado hasta la fecha. No puede explicarse de otra forma que, con el posterior descubrimiento de América y poco más, la expansión musulmana del siglo VII fuese uno de los hechos más trascendentales en la historia del Mediterráneo, de Europa y del mundo. En sólo setenta años llegó de las costas de China al océano Atlántico, pasándose por el filo del alfanje al imperio persa, parte del bizantino, Siria, Egipto, el norte de África y la Hispania visigoda. Y eso lo consiguió, a pulso y por la cara, un pueblo de árabes nómadas analfabetos y muertos de hambre pero con una idea fija: Alá ilah-lah, ua Muhamad rasul Alá. O sea, y dicho en cristiano: No hay otro dios que Dios y Mahoma es su profeta. Partiendo de esa idea básica, fanatizados y con ganas de comerse el mundo, los mahometanos emprendieron la Yihad o guerra santa, que se basaba en tres o cuatro ideas más elementales que el mecanismo de unas maracas del Caribe, aunque precisamente por eso, muy eficaces: los infieles debían convertirse o morir, el guerrero musulmán que palmaba en combate iba derecho al Paraíso, a ponerse hasta las trancas de dátiles y señoras guapas, etcétera. El éxito fue espectacular y la conquista imparable, y hacia el primer tercio del siglo VIII, más o menos, tres cuartas partes de las orillas del viejo Mare Nostrum (disculpen el chiste malo pero inevitable) ya no eran nostrum, sino suyum. Y se habrían zampado también la otra cuarta parte, sin despeinarse el turbante, de no haberse interpuesto dos percances serios. Uno fue Constantinopla, la capital de Bizancio, que resistió como gato panza arriba, deteniendo así el avance musulmán por Oriente. El otro percance tuvo lugar al otro extremo, en la actual Francia, cuando tras pasar los Pirineos los invasores islámicos fueron derrotados por Carlos Martel (un destacado noble y guerrero del reino franco) en la batalla de Poitiers, el año 732. Aquello estableció las fronteras entre el mundo cristiano y el musulmán, y situó a Europa en la verdadera Edad Media. Eso tuvo aspectos negativos y positivos, claro. Porque si es cierto que el Islam se adueñó del Mediterráneo, cuna del mundo grecolatino y luego cristiano, desplazando éste a la orilla norte, el viejo mar se convirtió también en lugar mestizo, escenario de sucesos bélicos, económicos y culturales que con el tiempo enriquecieron a ambas civilizaciones. Los nuevos amos se pasaron por el forro del asunto el derecho romano y las lenguas griega y latina, sustituyéndolos por la lengua árabe y la ley islámica, o sea, la religión pura y dura como norma social. Las mujeres quedaron sometidas y con el correspondiente velo (y ahí siguen ellas, catorce siglos después) y toda disidencia religiosa era castigada con la muerte. Pero también hubo aspectos muy positivos. Como señala el historiador Henri Pirenne, los pueblos vencidos estaban más civilizados que sus vencedores (había ocurrido lo mismo con los bárbaros y el imperio romano), y a éstos les vino eso de perlas, porque las influencias culturales persa, egipcia, siria y grecolatina enriquecieron la civilización árabe-musulmana, refinándola y dándole el calado que no tenía: arquitectura, pensamiento, ciencia, industria, comercio, se beneficiaron del mestizaje. Hay historiadores que, como el propio Pirenne, niegan una excesiva influencia del Islam en Europa, asegurando que ésta le debe poco; pero es que Pirenne era belga, y no nació junto a la mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada o la Aljafería de Zaragoza. Y, bueno. Lo que importa señalar es que ese desplazamiento del mundo cristiano hacia el centro y norte europeos dejó para varios siglos casi todo el Mediterráneo en manos islámicas; pero también contribuyó, por eso mismo, a que los reinos cristianos, aislados del resto del mundo, cuajaran en una personalidad orientada más allá del Rhin y hacia el mar del Norte, rebasando el antiguo limes, las fronteras del desaparecido imperio romano. Empezó así a formarse, aunque todavía en pañales, una nueva Europa cuya civilización (la que hoy todavía llamamos civilización occidental) llegaría a ser la más influyente del mundo. Todo eso iba a moverse en el siglo VIII en torno a un reino, el de los francos, donde el vencedor de Poitiers, ese Carlos Martel que en el año 732 dio a los musulmanes las suyas y las del pulpo, se había convertido en amo del cotarro. Y su nieto, llamado Carlomagno (introduzcan aquí sonar de trompetas medievales y galope de caballos), iba a dar mucho de qué hablar en el futuro. 

[Continuará]

21 de agosto de 2022