domingo, 20 de noviembre de 2022

Sapore di sale

Hace mucho que no sé nada de ellos. Los recordé ayer viendo otra vez la película italiana Sapore di sale, que va de un verano con jovencitos, sus guateques, sus amores y sus cosas, en los años sesenta: los mismos chicos, casi con la misma música y las mismas situaciones, que algunos fuimos en esa época. Me acordé de mis amigos de entonces, como digo. De aquel grupo de once muchachos con los que cursé bachillerato de letras en el Instituto de Cartagena cuando me expulsaron de los Maristas. No he vuelto a encontrarme con ellos desde que hace unos diez años nos reunimos los supervivientes para cenar con Gloria, nuestra profesora de Griego –en su momento, la más escueta minifalda y las más lindas piernas del colegio– y con Antonio Gil, nuestro sabio profesor de Latín. No he vuelto a verlos desde entonces, como digo. Pero los recuerdo a menudo, incluso en esta página. 

Los guateques, claro. Canciones de Serrat –te levantarás despacio– y los Brincos –la otra noche bailando estaba con Lola–, rock, bailes sueltos o música lenta buscando los rincones oscuros de la discoteca o la casa donde nos reuníamos: Paquita, Gloria, Juani, Carito, Pepa… Chicas espléndidas que como nosotros despertaban a la vida, sacudiéndose convenciones y moralidades apolilladas antes de regresar a casa poco antes de que dieran las diez. Sesiones de cine en las que lo de menos era la película –Arde París tuve que verla dos veces, porque la primera ni me enteré–, aquellos bailes muy agarrados y el delicioso lenguaje no verbal de ellas, tan expresivo: de los codos interpuestos, al principio, a los brazos al cuello cuando la mutua batalla estaba resuelta. También las excursiones a la playa, los fines de semana, los amigos: Paco Escudero, Jaime, Paco Cervantes alias Ojazos, Toni Fuentes, Ginés, Joaquín, Alfonso el Bolchevique, Ballesteros, Carrión, Juanico alias el Espía para Misiones Arduas y Difíciles –epíteto ganado a pulso durante un viaje de estudios a Italia– y alguno más. 

De Juan el Espía, uno de los más notables entre nosotros, mezcla extraordinaria de ingenuidad y osadía juveniles, conservo dos recuerdos gloriosos. Uno es cuando, en un guateque, advertimos que él llevaba una gruesa pila de linterna en el bolsillo derecho del pantalón. Interrogado sobre su utilidad, la explicó así: «Cuando me arrimo mucho bailando les presento el lado derecho, el de la pila. Entonces, al notar eso duro, se mosquean, se apartan y se arriman al lado izquierdo… Y allí estoy yo, esperándolas». 

La otra historia suya es maravillosa. Salía Juan con una chica a la que llamaré Teté, y un compañero de nuestro instituto, un tal Julio –casi dos metros de estatura–, afirmó en público que había tenido con ella algo más que palabras. Juan se indignó mucho; aunque, como era de natural pacífico, iba a dejarlo pasar sin más consecuencias. Pero para eso estábamos los amigos. «No puedes tolerarlo, Juanico», le dijimos. «Ese miserable ha puesto en entredicho tu honor y el de Teté. Tienes que hacer algo». Y añadimos, alentadores: «Además, para eso estamos nosotros. Iremos contigo a echarte una mano». Tras muchas dudas, convencido al fin por nuestro respaldo, Juan decidió pasar a la acción. Cortó un tubo de plomo para darse fuerza en la mano, y en un recreo del Instituto se dirigió a Julio escoltado por sus fieles amigos. «¿Creéis que debo hacerlo?», dudaba todavía en los últimos pasos. «Por supuesto, Juanico. Es el honor de tu chica. Y estamos contigo». 

Julio estaba recostado en un muro y Juan, con todos nosotros alrededor, se le puso delante. Nos miró inquieto, miró hacia arriba a Julio, tragó saliva y dijo con voz apenas audible: «A ver, ¿qué has dicho de Teté?». Y acto seguido, sin esperar respuesta del desconcertado adversario, alzó el puño y le dio un blandito golpe en el estómago, tímido e inofensivo, que el agredido acogió con estupor. Tres segundos después, Juan estaba en el suelo con el otro encima arrimándole una somanta de hostias que sonaban como tamborazos, mientras los amigos contemplábamos la escena cruzados de brazos, con ojo interesado y crítico. Por fin, cuando Julio se quedó a gusto y se fue, nos agachamos a recoger lo que quedaba de Juan y, sosteniéndolo entre todos mientras arrastraba los pies, nos lo llevamos a la enfermería del cole. «¿Cómo he estado?», nos preguntaba entre farfullos, con la boca hinchada como un tomate. «Has estado estupendo, Juanico», le decíamos, solemnes. «Has estado de puta madre». Y mientras tanto, Alfonso el Bolchevique, que era el más culto y cínico de todos, iba declamando pasajes de la Ilíada: «Cayó el héroe a tierra, y resonaron sus armas». 

20 de noviembre de 2022

domingo, 13 de noviembre de 2022

Una historia de Europa (XLI)

Tampoco, mucho ojo con eso, hay que tirarse demasiados pegotes con Europa y sólo Europa. Seamos razonablemente humildes. Por aquí todo iba bien y aún iría mejor con el tiempo y los siglos, hasta convertirnos en referente cultural y moral del mundo; pero no era en absoluto el único lugar interesante, ni el más avanzado. La brillante Al-Andalus de entonces, la cultura de los monasterios y otros etcéteras ya estaban ahí, por supuesto; pero mientras en los castillos medievales norteños todavía se cantaban burdas gestas guerreras, a los constructores se les caían las primeras catedrales y señores feudales medio analfabetos se hacían picadillo entre sí, en otros lugares del mundo mayas y toltecas desarrollaban su arquitectura, los chinos usaban papel moneda, la civilización jemer levantaba Angkor Wat y Murasaki Shikibu (una japonesa elegante y refinada) escribía la Novela de Genji. Lo que pasa es que, como es Europa lo que nos interesa, pues aquí estamos. O estábamos. En Inglaterra, por ejemplo, después de la victoria contra los anglosajones, Guillermo el Conquistador había situado una familia de reyes normandos que, tras largas y sangrientas guerras civiles y de echarle el ojo a Escocia, Gales e Irlanda, acabaría convirtiéndose en esa dinastía Plantagenet que sale mucho en el teatro de Shakespeare y en las novelas de Walter Scott. Como detalle pintoresco señalaremos que ya por esa época hubo en Inglaterra un amago de monarca femenina (Matilde, se llamaba la criatura) que estuvo a punto de caramelo pero no llegó a cuajar, aunque sí anunció un estilo que luego, con Isabel I, Victoria I e Isabel II, consagraría el modelo tradicional, clásico, de grandes reinas británicas adecuadas para salir en el ¡Hola! Por lo demás, el sistema de dividir parte del poder real entre los nobles que participaban en la dirección del país (privilegio garantizado por la famosa Carta Magna a partir de 1215) acabó haciendo más fuerte a Inglaterra que a otras potencias europeas, lo que iba a notarse mucho con el tiempo. Entra aquí en escena, por cierto, mi rey inglés favorito desde que siendo niño leí la novela El talismán: Ricardo I, más conocido como Ricardo Corazón de León; aunque, en realidad, el tal Ricardo era un cantamañanas peliculero que en vez de gobernar bien Inglaterra, como era su obligación, se pasó la vida haciendo posturitas en plan romántico, luchando en las Cruzadas (de las que hablaremos muy pronto) y contra la Francia de la dinastía Capeto, que todavía no era un estado moderno y centralizado, sino un conjunto de condados, ducados y grandes señoríos feudales que se choteaban del poder real. El caso es que Ricardo de Inglaterra murió pronto, gracias a Dios, legando a su hermano Juan (el sufrido Juan Sin Tierra, malo habitual de las novelas y películas de Robin Hood) el marrón de resolver los problemas financieros que la frivolidad del difunto hermano le dejó como herencia, además de broncas continuas con los nobles de allí, dimes y diretes con los franceses, dificultad para cobrar impuestos (peripecias del sheriff de Nottingham y otros villanos novelescos) y problemas con el arzobispado de Canterbury que acabarían, incluso, con una excomunión por parte del papa Inocencio III, que de inocente tenía lo justo. Al final, para conseguir apoyos y que dejaran de moverle la silla en aquel circo donde hasta le crecían los enanos, Juan el Pupas acabó otorgando a sus barones la antedicha Carta Magna, que garantizaba los derechos y privilegios de la nobleza inglesa (Nadie será arrestado o encarcelado excepto por el juicio de sus iguales y las leyes del país) y, sobre todo, aportaba un importantísimo detalle a la hora de atribuir responsabilidades a quienes ejercían el poder: también un rey (metan aquí sonido de trompetas, tambores y hacha de verdugo) podía ser considerado culpable de delitos. Y eso, que hasta aquel momento y circunstancias había sido inimaginable, fue una novedad revolucionaria en lo que a monarquías se refiere. Por primera vez en la historia de Occidente, un rey (emérito o sin emeritar) podía ser sometido al castigo de la ley. Eso era pura modernidad de la buena, y durante los siguientes siglos aquel invento inglés iba a estar en el cimiento y desarrollo de numerosas naciones de todo el mundo: Oliverio Cromwell, Thomas Jefferson, la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, Mahatma Gandhi y una larga nómina de personajes y sistemas políticos del futuro lo tendrían presente. Aunque lleve corona, quien la hace la paga. Algunas cabezas de monarcas que con el tiempo acabarían en un cesto real o simbólico iban a tener su justificación en aquella Inglaterra medieval del siglo XII. Lo que no deja de tener su morbo. O sea. Su puntito. 

[Continuará] 

13 de noviembre de 2022

domingo, 6 de noviembre de 2022

Un balcón en Roma

Hace mucho tiempo, en Roma, parado en una esquina de la vía del Babuino, imaginé a un sacerdote asomado a un balcón en uno de aquellos edificios, mirando hacia la Piazza de España. Aquel sacerdote se llamaba Lorenzo Quart, era un agente de los servicios secretos del Vaticano especializado en asuntos sucios, y había recibido la orden de viajar a Sevilla para esclarecer el misterio de una pequeña iglesia que, a punto de ser demolida por la ambición y la maldad, mataba para defenderse. 

Hoy, veintinueve años después, he visto a ese sacerdote, interpretado por el actor Richard Armitage, asomado al mismo balcón romano. La película se llama The man from Rome –en España conserva el título original La piel del tambor– y trata, como la novela, sobre un enigma más o menos policíaco, una hermosa dama, un hacker misterioso y unas cuantas cosas más, relacionadas con la nostalgia y la ausencia: la búsqueda de cierta fiel infantería, la soledad de un templario fiel a su regla, la urgencia de encontrar baluartes de dignidad que nos salven de la orfandad intelectual, del cielo sin dioses y del frío que siempre hace afuera. 

He visto la película, como digo, que me parece dignísima –es la decimocuarta historia mía que llevan al cine o la televisión, y no siempre afirmé lo mismo–. El director y los actores hicieron un gran trabajo y les estoy reconocido; pero hay algo que agradezco más: la secuencia de apenas veinte segundos con el padre Quart asomado al balcón de Roma vale para mí más que toda la película, porque es la materialización exacta del sueño de un escritor. El cierre perfecto para el bucle de casi tres décadas que llevó de la imaginación del autor a la novela y, ahora, a la pantalla. Es la perfecta felicidad: un relámpago fugaz en la imaginación de un novelista, que finalmente, ante sus ojos, se materializa y ocurre. 

Y por si fuera poco, para rematarlo, Sevilla. Cuando preparaba la novela llegué a esa ciudad y supe que era ella, que me encontraba en el lugar exacto. Después estuve dos años yendo y viniendo mientras las tramas que componían la novela cuajaban en un laberinto de sensaciones que a punto estuvieron de hacerme salir del camino y perderme en un lugar diferente, seductor, donde la propia Sevilla, como un trasunto de la hermosa Macarena Bruner hecha piedra y siglos y naranjas amargas y manzanilla, me hubiese atrapado con su canto de sirena. A punto estuve de escribir una novela diferente a la que me había llevado hasta allí. O tal vez eso fue lo que hice. Por primera vez en mi vida dejé de controlar por completo una historia y fue el escenario, aquella ciudad asombrosa, lo que se apoderó de mí. 

Tres décadas después, con todo eso en la cabeza, acudí una tarde a la llamada de mi amigo el director Sergio Dow y también de otro viejo amigo, el productor Enrique Cerezo; y lo hice como siempre acudo a estas cosas: un poco resignado aunque dispuesto, como siempre, a enfrentarme a mi propia historia en la pantalla aceptando que ya no es mía sino de un director, un guionista, unos actores, un productor y un amplio equipo que inevitablemente acaban convirtiéndola, pues ésas son las reglas del cine y la televisión, en algo que puedes reconocer como tuyo, pero que ya es también, y sobre todo, ajeno. Que pertenece a otros. 

Sin embargo, cuál no fue mi sorpresa al descubrir que en este caso no había sido así. Que la película era excelente y que Richard Armitage, Amaia Salamanca, Rodolfo Sancho, Alicia Borrachero, Paul Guilfoyle y los demás actores estaban estupendos en sus personajes. Que una especie de milagro extraño se producía en la pantalla, y que aquello era como encontrar a unos viejos amigos aún jóvenes, intactos, casi como los había imaginado y escrito. Y esa especie de satisfacción o de orgullo, esa dicha singular, íntima, intensa, que me producía La piel del tambor en la oscuridad de la sala de proyecciones, se parecía mucho a la original, aquella que sentí cuando por primera vez llegué a esa ciudad asombrosa que ahora, convertida en un personaje más de la película como ocurría en la novela, confirmaba las líneas con las que en su momento abrí mi relato: «Clérigos, banqueros, piratas, duquesas y malandrines, los personajes y situaciones de esta novela son imaginarios. Todo aquí es ficticio excepto el escenario. Nadie podría inventarse una ciudad como Sevilla». 

Pero todo eso había empezado en otro lugar, mucho antes. Con aquel sacerdote, que cuando lo imaginé aún no tenía nombre, asomado a un balcón en Roma. 

Así que, bueno. Para qué les digo otra cosa. Me gusta mucho escribir novelas. 

6 de noviembre de 2022