domingo, 25 de diciembre de 2022

Una historia de Europa (XLIV)

En realidad la Guerra de los Cien Años duró ciento dieciséis (de 1337 a 1453, que ya es tener guerra); pero dicho así queda más bonito, y con ese nombre se conoce un largo conflicto bélico, aliviado por algunos períodos de tregua, que hubo entre Inglaterra y Francia; y en el que, por cierto, España participó de refilón. También se vio interrumpido por una epidemia, la Peste Negra, que dejó a Europa tiritando (la película El séptimo sello de Ingmar Bergman, el caballero que juega al ajedrez con la Muerte, tiene mucho que ver con eso). En cuanto a las causas del conflicto, fueron tan variadas y complejas que dejo su explicación a los historiadores serios, que también tienen que ganarse el jornal. Aquí lo resumiré en corto: los reyes de Francia y de Inglaterra necesitaban dinero (lo que suele ser causa de casi todas las escabechinas que en el mundo han sido). Y como la presión fiscal sobre los súbditos no era suficiente, querían ampliar territorios para obtener más pasta. Tres regiones europeas eran peritas en dulce para unos y otros: Flandes (tejidos y paños), la Guyena (vinos y riqueza agrícola) y Bretaña (que ahora no recuerdo lo que tenía). Y ahí se fueron liando, primero con empujoncitos de vecinos y luego a sartenazo limpio. La casa reinante en Inglaterra era la de los Plantagenet; pero en la francesa, que hasta entonces había sido la de los Capetos, hubo cambios notables. Uno de los últimos de esa familia, Felipe IV alias el Hermoso (por lo visto era un guaperas), había liquidado la orden del Temple, quemando en la hoguera al gran maestre Jacques de Molay. Y el templario, que tenía mal perder, mientras se convertía en churrasco de barbacoa maldijo al rey y a su pastelera madre, profetizando la extinción de la dinastía. El rey se partió de risa al oírlo, o eso cuentan; pero, fuese visión de futuro o simple chiripa, el franchute murió aquel mismo año (1328), no dejó varones para heredar (eran otros tiempos) y entre pitos y flautas la dinastía Capeto se extinguió con él, subiendo al trono la casa de Valois. La Guerra de los Cien Años, que como dije se calentaba de antiguo, puede clasificarse en tres o cuatro grandes períodos. El primero, de superioridad claramente inglesa, lo empezó el rey Eduardo III al reclamar derechos frente a la corona de Francia. Tenía un hijo que era un figura, el legendario Príncipe Negro, y éste y los arqueros galeses dieron las suyas y las del pulpo a la crema de la nobleza francesa, con su orgullosa caballería, a la que hicieron picadillo en lata en las batallas de Crézy y Poitiers, lugar este último donde cayó prisionero el rey Juan II de la Frans. Y, por si fuera poco, una revuelta campesina (la Grande Jacquerie, la llamaron) complicó mucho la retaguardia gabacha. Todo eso acabó por dar a Inglaterra amplias extensiones territoriales en suelo francés; y de ese modo unos y otros entraron en la segunda etapa de la guerra. Ésta, por cierto, incluyó la intervención de Francia e Inglaterra en una contienda civil, muy española ella, que tuvo lugar en Castilla entre Pedro I el Cruel y su hermano Enrique de Trastámara (eso dio pie a la batalla naval de la Rochela, 1372, cuando las naves castellanas hicieron astillas a la escuadra inglesa, episodio que los historiadores británicos procuran soslayar con mucho cuidado). En esa segunda fase bélica la cosa anduvo más equilibrada, con ataques y contraataques que, al terminar por agotamiento y tras la muerte de Eduardo III y del Príncipe Negro (el equivalente francés de éste era otro famoso guerrero llamado Beltrán Duguesclin), dejaron a los ingleses con sus posesiones en suelo francés reducidas a la ciudad de Calais y a una pequeña porción de la Guyena situada entre Bayona y Burdeos. Siguió una tregua que se fue al carajo más o menos hacia 1396, debido al apoyo de Francia al reino de Escocia (que se resistía como gato panza arriba a ser anexionado por Inglaterra) y a las intrigas inglesas en Flandes (que se resistía a quedar bajo la influencia de Francia). Esta tercera etapa es la más teatral, pues a Shakespeare le daría cuartel, dos siglos después, para algunas de sus mejores tragedias. Tras luchar contra escoceses, galeses e irlandeses, Enrique V, el nuevo rey de los pelos de zanahoria, desembarcó en Normandía (inaugurando esa costumbre) con un ejército más bien modesto que, aliado con el duque de Borgoña, que no tragaba al rey francés, hizo pedazos al ejército enemigo en la batalla de Agincourt. Luego tomó Caen pasando a cuchillo a todos los hombres sin que le temblara el pulso, y mediante el tratado de Troyes (1420) y un matrimonio con Catalina de Valois (hija del rey Carlos VI, que ya estaba para los tigres) lo dejó todo a punto de caramelo para que su hijo, si lo tenía, fuese rey simultáneo de Francia e Inglaterra. Jugada magistral, si hubiera salido bien. Pero no le salió. 

[Continuará]. 

25 de diciembre de 2022

domingo, 18 de diciembre de 2022

Un biberón en el puticlub

Siempre que podía, viajaba de noche. Me refiero a hace muchos años, cuarenta o más. Y a viajar en moto, o automóvil. Las carreteras no eran tan buenas como ahora, los viajes eran más lentos y cuando tenías uno o varios camiones delante y muchas curvas, podía ser horroroso. Por eso prefería salir de Madrid hacia la medianoche para llegar a mi destino al amanecer. Me gustaba la carretera desierta, la cinta negra de asfalto con las marcas centrales iluminadas por los faros, la cabeza despejada para pensar. Cuando dejé la moto y me pasé al automóvil, escuchaba música de la que contaba historias –canciones de Juanita Reina, Carlos Gardel, Los Chunguitos– en la soledad de la noche, manteniendo a raya el sueño con los cafés solos dobles que tomaba en las ventas de carretera, en mostradores con llaveros, navajas de Albacete, cassettes del Fary y de Bambino, habitados a esas horas sólo por algún camionero insomne o una pareja de la Guardia Civil. 

Anduve así muchos años, antes de que se doblaran las carreteras en tramos de opuesta dirección, se multiplicaran las autopistas, y los trayectos en automóvil, al poder hacerse con más comodidad y en menos tiempo, cambiasen la forma de viajar. Pueblos y ventas de carretera por donde antaño solía pasar quedaron fuera de las rutas principales, o desaparecieron, sustituidos a menudo por esos espacios sin vida y sin alma adosados a gasolineras que, al menos en mi caso, invitan poco a detenerse. De aquella lejana época viajera conservo nostalgias y recuerdos agradables. También anécdotas divertidas, como la del biberón de mi hija Carlota. 

Viajaba con la cría, que tenía seis meses, y con su madre, de Madrid a Cartagena. Le habíamos hecho, como acostumbrábamos, un nido con cojines y colchones en la trasera del automóvil, para que durmiera bien protegida. Y a eso de las dos o tres de la madrugada, en mitad de La Mancha, la enana se despertó llorando, pues reclamaba su biberón. Llevábamos uno preparado, en previsión de calentarlo en alguna venta, pero esa noche todas estaban cerradas. Ni un lugar abierto, ni una luz. Nada de nada. La cría reclamaba a pleno pulmón sus derechos, mas no había manera. Y entonces vi, a un lado de la carretera, unas luces rojas, verdes y azules y un cartel luminoso. Club Paraíso, ponía. Mi mujer, que me vio la intención, dijo: «Ni se te ocurra». Pero yo ya estaba aparcando en la puerta. 

Y ahora háganme el favor de imaginar la escena. Era un club de los de antes, con luz violeta y mujeres –españolas todas, eran otros tiempos– más bien maduras y con aire fatigado, vestidas de largo en plan elegante. Una barra con un camarero que parecía un salteador de caminos de tiempos de Curro Jiménez, un cliente aburrido conversando con él y con una de las damas, y media docena de presuntas animadoras de una noche escasamente animada. Y ahí entramos, yo de explorador, y detrás la madre con la cría en brazos, envuelta en una manta. «Buenas noches –saludé–. ¿Podrían calentarle el biberón a mi hija?». 

Se volcaron. Las mujeres rodearon solícitas a la criatura y a la madre, acomodándolas en un sofá tapizado de rojo, bajo un infame cuadro erótico –una Venus que habría causado un derrame cerebral a Velázquez–. Se movilizaron para atendernos, y hasta el cliente y el camarero patibulario pusieron de su parte. Mientras éste calentaba el biberón al baño María, ellas le hacían monerías a Carlota, se la pasaban unas a otras con cuidado y la mecían para que dejara de llorar. Una abrió el bolso y nos enseñó fotografías de su hija y su nieta. Y cuando nos devolvieron el biberón ya templado, mirando a la cría zampárselo con verdadera ansia, otra quiso tranquilizarnos. «No se preocupen –dijo–, que aquí está todo muy limpio». 

Cuando mi hija despachó el biberón nos despedimos para seguir viaje, y nos acompañaron a la puerta. Yo le había dado al camarero un billete de quinientas pesetas, agradeciéndole el servicio; pero la que nos había mostrado las fotos se lo quitó de las manos y me lo devolvió. «Faltaría más –zanjó, rotunda–. Todas tenemos hijos o familia». Y ya en la puerta, cuando nos dirigíamos al coche, añadió: «Que la críen ustedes con salud». 

Y así fue. Carlota tiene hoy 38 años, se crió con salud, y cuando le cuento aquella historia, sonríe. Y cada vez que paso en coche cerca del lugar donde estuvo el puticlub –un solar ahora en ruinas, invadido por las zarzas y con la valla rota–, también yo sonrío recordando aquella extraña noche. Y en cada ocasión pienso lo mismo: estén donde estén, si es que todavía están, gracias, señoras. 

18 de diciembre de 2022

domingo, 11 de diciembre de 2022

Una historia de Europa (XLIII)

Las cruzadas no cambiaron la historia de Europa ni la del mundo, pero durante dos siglos fueron una empresa aventurera, desordenada, caballeresca y sangrienta. Con ese nombre oficial hubo ocho, aunque ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo sobre su número exacto. Los turcos seljúcidas se habían apoderado de Tierra Santa, incordiando a los peregrinos que turisteaban por allí (eso es lo que dijo el papa Urbano II para calentar el ambiente), y en el año 1095 se hizo un llamamiento a la cristiandad para recuperar aquello. Un monje llamado Pedro el Ermitaño emprendió viaje arengando multitudes, y tras él fueron millares de hombres, mujeres y niños (la parte folklórica del asunto) y caballeros franceses, alemanes e italianos (la parte seria). A los primeros los hicieron picadillo los turcos apenas asomaron por allí, pero los segundos tomaron Jerusalén a sangre y fuego, haciendo una escabechina espantosa de mahometanos (y de paso, de cuanto judío encontraron por el camino). Aquella fue la Primera Cruzada, que creó pequeños estados o reinos cristianos en Palestina que no tardarían en volver a manos musulmanas. Eso dio lugar a otras cruzadas, de la que la más famosa y pinturera es la tercera (inmortalizada por Walter Scott en su novela El talismán). En ella participaron tres reyes: Ricardo de Inglaterra, Felipe de Francia y Federico de Alemania. El alemán se ahogó en el viaje y los otros se llevaron fatal, aunque el protagonismo fue del inglés, más conocido por Ricardo Corazón de León. Al uso caballeresco de la época, éste se hizo amiguete del rey musulmán de allí, un tal Saladino, con quien llegó a treguas y pactos que, eso sí, duraron poco tiempo. Hubo luego otras cruzadas, algunas más disparatadas que otras (incluso una de niños, lo juro, que acabaron todos esclavos de los piratas y los mahometanos), y otra en la que en vez de recuperar Jerusalén los cruzados saquearon Constantinopla, que era capital del imperio cristiano bizantino pero les quedaba más cerca. Resumiendo: aquella prolongada aventura (que duró de 1095 a 1291) fue un fracaso de campeonato. El espíritu caballeresco se diluyó en las ansias de botín y los intereses particulares de cada cual, y Europa no se benefició casi nada. Como todo se hizo a espadazo limpio, cortando cabezas, tampoco sirvió para que los reinos medievales obtuviesen conocimientos económicos ni científicos de Oriente, que por esa época llegaban sólo a través de Sicilia y España (aquí pasamos mucho de las cruzadas porque teníamos nuestra propia carnicería privada entre moros y cristianos). El caso es que esos dos siglos de sangre y barbarie en nombre de Dios no cristianizaron Palestina, ni domeñaron a los musulmanes, ni aseguraron Jerusalén para la cristiandad, ni garantizaron la supervivencia de Constantinopla, que siglo y medio después caería en manos turcas. En cuanto a lo positivo, y dentro de lo que cabe, aquella frustrada empresa alumbró el nacimiento de las órdenes de monjes-soldados hospitalarios y templarios (estos últimos darían pie a muchas leyendas y literatura) y, sobre todo, al exigir los establecimientos militares en Tierra Santa un importante apoyo logístico, hizo que la navegación cristiana se extendiera por el Mediterráneo, facilitando el enriquecimiento de las burguesías italianas con la expansión hacia Levante de los imperios comerciales de Venecia y Génova. Éstas fueron las auténticas beneficiarias de aquella peripecia, y también la única consecuencia positiva de las cruzadas en el futuro de Occidente, por la Italia estupenda que iban a poner a punto de caramelo. Sin embargo, como sombrío reverso de la moneda, el espíritu de cruzada, o sea, el concepto de Guerra Santa que tan ineficaz había sido frente al Islam, iba a volverse ahora contra los propios europeos, cual si la frustración religiosa por no haber conseguido Palestina se vengara en las disidencias y herejías locales. Hacían falta (y nunca mejor dicho) otras cabezas de turco. La cruzada interior es aún más justa y conforme a razón, escribió el Hostiense con un par de huevos. Y es que ya no se trataba de convertir al pagano, al cismático o al heterodoxo, sino de exterminarlos por la cara. Eso justificó las matanzas de cátaros, husitas, prusianos, vendos y lithanianos: todo se acabó planteando también como cruzada, pues todo cabía en tan fanático cajón de sastre. Y nada resume mejor la intransigencia ambiental que lo dicho por el abad del Císter Arnaldo Amalric (un verdadero hijo de puta con terraza y balcones a la calle) durante la guerra contra los albigenses, cuando al pasar a cuchillo a los 60.000 habitantes de Beziers le comentaron que había católicos entre ellos: Matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos

[Continuará]

11 de diciembre de 2022

domingo, 4 de diciembre de 2022

Sobre piojos y garrapatas

Confío en que alguien se sienta ofendido, porque escribo este artículo justamente para ofender. Hay días en los que a uno se lo pide el cuerpo, y hoy me lo pide. Porque existe una fauna parásita, una plaga de sabandijas chupasangres originalmente propia del periodismo, aunque engrosada también por políticos y por simples particulares en demanda de un minuto de gloria, que en los últimos tiempos no es ya que infecte las redes sociales, sino que parece adueñarse de ellas. Gente sin brillo ni ideas propias que vive a salto de mata, construyendo su triste existencia, sus argumentos, su presencia pública, con los mordiscos que pretenden arrancar a la fama, la opinión, el prestigio, el trabajo de otros. 

A esos piojos y garrapatas se les veía venir de lejos, asomando sin pudor las ventosas, y hace cinco años les dediqué en esta página un artículo describiendo el mecanismo: la sanguijuela mediática, habitualmente oportunista y mediocre, no cifra su medro en expresar las propias opiniones respaldadas por su precaria autoridad, que a menudo son inexistentes, sino en opinar sobre lo que previamente han opinado otros. «Por su propia naturaleza, raro es que el parásito tenga la formación, la cultura o el talento del parasitado. Lo que hace es aplicar sus propias limitaciones, sus carencias de comprensión lectora, sus complejos, envidias y mediocridades, y a veces también un sectarismo analfabeto, al texto ajeno, en burda manipulación del original. Así se beneficia de que, en las redes sociales, un nombre de prestigio puesto en titulares, en buscadores de Internet, es tuiteado y alcanza una difusión amplia; con lo que, gracias al nombre y texto ajenos, el parásito consigue lo que jamás habría alcanzado por su propio nombre y mérito»

Hay trucos sucios, además, que completan la infamia. «Por mala fe o porque su intelecto no da para más –añadía en 2017– el sujeto en cuestión suele descontextualizar frases del parasitado; e incluso titula, no con lo que éste dice, sino con su interpretación sesgada o malintencionada. Y en un lugar tan atrozmente falto de comprensión lectora como España, donde no suele opinarse sobre lo que alguien dice, sino sobre lo que alguien dice que le dijeron que otro ha dicho, los efectos adquieren dimensiones disparatadas»

Y, bueno. Desde que escribí esas líneas, la infección se ha extendido, con el detalle complementario de que ya no son sólo los practicantes del periodismo parásito –y los medios que los cobijan– quienes viven del discurso ajeno manipulando, descontextualizando y sesgando, sino que al negocio se han sumado en los últimos tiempos numerosos políticos oportunistas, tanto de derechas como de izquierdas, e incluso no pocos particulares anónimos en busca de salir del anonimato. El auge de las redes, Twitter, TikTok y otros mecanismos donde campean la rapidez y la simpleza contribuye mucho a eso. 

Pero cuidado: no es ya que se apliquen a ello los parásitos de toda la vida, o sea, los articulistas emboscados en el sectarismo habitual, incluidos varios –y varias– que pasaron sin ducharse de la política al periodismo, ni que cada vez haya más políticos de todo signo que se suben a los trenes baratos construyendo intervenciones parlamentarias o senatoriales a costa de lo que dicen que fulano o mengana han dicho; sino que cualquier tiñalpa de las redes, cualquier miserable de ambos sexos en busca de fama rápida, intenta hacerse viral vinculando su triste nombre, su gracieta, su meme, su comentario, a personas cuya altura intelectual no alcanzaría en su puta vida. No menciono nombres porque son tantos que no caben aquí; y tampoco me apetece dar un instante de fama a tan promiscua basura. 

Aunque, desde luego, ocurre a diario. Columnistas brillantes, élite de prestigio sea cual sea su punto de vista político, pensadores u observadores sociales imprescindibles para la vida intelectual en este desdichado país de cultura y educación agonizantes, gente sólida, atrevida y necesaria como Manuel Jabois, Ignacio Camacho, Antonio Lucas, Edu Galán, Rafa Latorre, Juan Soto Ivars, Jesús García Calero, Jorge Bustos, Rosa Montero, Sergio Vila-Sanjuán, Karina Sainz Borgo, Raúl del Pozo y tantos otros que opinan, arriesgan y dan la cara, se ven a menudo en boca de esa chusma parásita que no les llega ni a la altura de la tecla. Acaban, con frecuencia, troceados y tergiversados por advenedizos incapaces de manejar discursos originales propios. Y así, la inteligencia y el prestigio ajenos se han convertido en abrevadero habitual de oportunistas mediocres, de opinadores analfabetos, de políticos demagogos y demás ratas de cloaca mediática. 

4 de diciembre de 2022