domingo, 3 de marzo de 2019

El santuario de los guardias valientes

Una advertencia previa a los sectarios y los tontos: eviten este artículo. Hoy hablo de héroes, y eso tiene mala acogida entre cierta gente. Sin embargo, para los ecuánimes, capaces de reconocer la virtud en sus adversarios, los héroes no tienen etiqueta. Aquí hablé varias veces de ellos sin distinción de bando: guerras antiguas, divisionarios en Rusia, maquis antifranquistas, republicanos liberadores de París. Y hoy le toca a Picolandia, con una historia de hace ochenta y dos años. Un episodio admirable por el que todos pasan de puntillas: el santuario de Santa María de la Cabeza. 

Intentaré resumir: sublevación contra la República, guardias civiles que en Jaén se unen a los rebeldes. Unos cruzan las líneas y otros quedan en zona roja, con sus familias. El capitán Santiago Cortés, que se hace con el mando –duro, decidido, implacable–, se atrinchera en el cerro de Santa María de la Cabeza, santuario donde no quedan frailes porque los milicianos los han fusilado a todos. Con trescientos veintidós combatientes (230 guardias y 92 voluntarios) armados con fusiles y novecientos no combatientes –mujeres, ancianos y niños– refugiados en el santuario, Cortés decide pelear y resistir, esperando una ayuda que no llegará nunca. El 14 de septiembre de 1936, un primer intento de las milicias republicanas por hacerse con el cerro es rechazado. Y así empieza el asedio. 

Raras veces en la historia de España se dieron casos de tan extrema tenacidad. La noticia de lo que ocurre en el santuario se extiende por todas partes, y eso lo convierte en serio problema de imagen para la República. Hay que acabar con aquello, y sobre el cerro se lanza de todo: intensos bombardeos, ataques ladera arriba con carros blindados, oleadas de infantería que incluyen tropas de las brigadas internacionales y efectivos españoles bien armados y disciplinados, muy diferentes a los torpes milicianos de los primeros días. La ofensiva republicana es lenta, metódica, brutal. Se producen algunas deserciones; pero la mayor parte de los guardias, gente hecha al oficio, profesionales bajo el mando de otro profesional, vende cara su piel. En los sótanos, sin radio, sin apenas alimentos, sin medicinas, se amontonan heridos y civiles aterrados mientras los muros tiemblan bajo las bombas. Transcurren así ocho meses de combates y agonía. Ocho meses de desesperado coraje en los que se va estrechando el cerco. 

Poco a poco, con muchas bajas, los republicanos avanzan ladera arriba. Desbordados, aprovechando la noche y la lluvia, los guardias que no han muerto en la posición avanzada de Lugar Nuevo se retiran con sus familias al santuario, donde siguen combatiendo. Al amanecer del 1 de mayo, apoyados por ocho carros de combate, 10.000 atacantes dan el asalto definitivo, peleando y muriendo por cada palmo de terreno que les disputa el centenar escaso de hombres que, entre las ruinas, aún está en condiciones de luchar. Algunos hijos de guardias, niños de 12 a 14 años fogueados por el asedio, toman las armas de los caídos, y cinco de ellos defienden durante horas una de las últimas posiciones. No hay rendición, pues nadie la pide. Cuando los republicanos llegan al cerro, cada cual pelea como puede a tiros y culatazos, cuerpo a cuerpo, ya sin mando ni orden ninguno, pues Cortés ha sido herido por una esquirla de metralla. A las cuatro de la tarde, cuando no queda nadie a quien disparar, 46 defensores son hechos prisioneros, ninguno ileso o en condiciones de luchar. Los demás están muertos o heridos. 

Lo que sigue es un ejemplo de humanidad muy raro en esa guerra. Hay fotos e incluso una filmación: los vencedores republicanos, admirados, respetuosos, dejan con vida a los prisioneros y ayudan a salir del sótano a mujeres, niños y ancianos. Algunas mujeres de los muertos visten las guerreras de sus maridos, y se registra la conmovedora imagen de un guardia enflaquecido, agotado, que camina ladera abajo con un hijo pequeño en brazos y otro de la mano. También hay una foto del capitán Cortés, agonizante, puesto en una camilla por los republicanos que no han querido rematarlo: barbudo, flaco, mirando al fotógrafo con ojos febriles y los puños apretados, como diciendo «Volvería a hacerlo otra vez». Aunque el mejor elogio a él y a sus hombres lo hizo el comandante Martínez Cartón, uno de los que tomaron el santuario, a uno de los guardias supervivientes: «Con doscientos como vosotros llegaba yo a Burgos». 

España, a fin de cuentas y otra vez. Ya saben. La pobre, trágica y dura España. 

3 de marzo de 2019

domingo, 24 de febrero de 2019

El inspector y el pescadero

De todas las ciudades de Europa, Nápoles es mi favorita, mucho más que París, Sevilla o Venecia. Conozco las orillas del Mediterráneo y nunca vi un lugar tan espléndida y ferozmente mestizo, al mismo tiempo oriental y occidental, turco y cristiano, arcaico y moderno, noble y pícaro, virtuoso e infame, hormigueante de vida, caótico hasta el disparate, incluso peligroso para quien no conoce el territorio o ignora las reglas. Jamás me niego a viajar allí, y a menudo lo busco yo mismo; y cada vez lo hago sumergiéndome en esa ciudad formidable llena de nombres, palabras y resonancias españolas; paseándola desde el Lungomare y el puerto hasta las librerías de Port’Alba, desde la Feltrinelli de Chiaia hasta Porta Nolana. 

En ninguna ciudad me han intentado estafar, mentir y robar tanto como en Nápoles. En ninguna parte del mundo que no estuviera en guerra anduve nunca con tantas precauciones, mirando atrás tantas veces, como al internarme en la añeja topografía del Barrio Español. Sin embargo, nunca fui tan feliz paseando como lo soy allí, dispuesto a pagar, con lo que el azar me imponga, el privilegio de sentirme napolitano un viernes o un sábado por la noche, por ejemplo, cuando aquello es un laberinto de motos a toda velocidad entre las que te juegas la vida mientras el Nápoles secular se echa a la calle. Cuando debes hacerte a un lado a toda prisa para evitar que te atropelle una Vespino conducida por un crío de doce años que lleva a su hermano pequeño de pie entre el asiento y el manillar y, sentada detrás, a su hermana mayor con otros dos mocosos, casi bebés, sobre las rodillas. 

Esta mañana camino por otro de mis lugares favoritos: la via Pignasecca hasta Porta Medina, bulliciosa de gente al pie de Montecalvario. Lo hago parándome a leer admirado, como siempre, las esquelas funerarias pegadas en las paredes junto a los altarcitos con vírgenes y flores de plástico –Serenamente si é spenta la cara existenza di Bruno Palermo, detto Mastroianni–, o disfrutando con los magníficos, irrepetibles nombres que rotulan los comercios: Pasticceria Armando Scartuchio, Salumeria Tagliacozzi, o una tiendecita cuyo nombre –apellido de su propietario– sería imposible en otro lugar del mundo: Pizzeria Vitto Pitagórico. 

Estoy en via Pignasecca, como digo, oliendo a carne, verdura, pescado y pizza caliente; sumergido en la multitud que compra, habla, discute, se abronca o ríe: matronas con su carrito, abuelos a los que envuelven doscientos gramos de mortadela o que fuman mientras ven pasar a la gente, fulanos tatuados y con rapados imposibles a los que no querrías encontrar en un callejón oscuro, mujeres de belleza densa y espesa, desgarradas, agresivas, típicas de los barrios populares. El rumor de colmena mezclado con bocinas de motos y automóviles, y toda esa luz mediterránea que se cuela entre decrépitos palacios de hace tres o cuatro siglos en los que, mezclados sin complejos en salones antiguos convertidos en humildes apartamentos, conviven decadentes apellidos aristocráticos con el pueblo más llano imaginable, como si todo Nápoles siguiera siendo un bucle sin final. Una película continua de Vittorio de Sica. 

Y para corroborar todo eso, o parte de ello, veo que entre la multitud que llena la calle intenta avanzar una furgoneta; y que el conductor, un hombre joven, va muy despacio porque delante de él camina un viejecito que no se da cuenta y no se aparta. Y en vez de darle un bocinazo o gritarle por la ventanilla, como harían en tantos otros lugares, el conductor sigue detrás un largo trecho, paciente, esperando a que el abuelete se aparte. Y apenas dejo atrás la furgoneta me encuentro delante del mostrador fascinante de una pescadería, admirando la frescura de lo allí expuesto pese a lo cargado del gentío y del ambiente, e intento imaginar a un inspector de sanidad de los que vigilan las normas comunitarias europeas, enfrentándose a aquello. Y mientras hago eso, imaginarme parado al inspector con su libreta y su boli, el pescadero coge un cubo de agua de dudosa procedencia y, sin cortarse un pelo, lo arroja por encima de cuanto tiene en el mostrador; dándole, en efecto, ese aspecto de frescura y recién pescado que tanto me atrajo antes. E imagino entonces al inspector de sanidad, que tal vez estaría a punto de preguntar algo al pescadero, de pedirle un certificado o algo así, quedarse a medio decirlo, con la libreta y el bolígrafo en alto, y luego cerrar la boca, guardar la libreta y largarse discretamente, casi de puntillas. Pensando que los del consejo de sanidad de Bruselas, o como se llame lo que hay allí, no tienen ni puta idea del mundo y de la vida real. De Nápoles, como digo. De mi Nápoles. 

24 de febrero de 2019 

domingo, 17 de febrero de 2019

No me toquen a Sócrates

Reconozco que esta vez me han pateado la bisectriz. Después de muchos años comentando lo que estaba por venir en Cataluña –menester para el que tampoco era necesario el don de la profecía– y encajando el escepticismo de cantamañanas que me llamaban exagerado y pesimista, decidí no volver a tocar el asunto en esta página. Tras permitir entre todos que se desbordara el asunto mediante las adecuadas dosis de pasividad, oportunismo y cobardía, ahora nos toca disfrutarlo, me dije. Así que desde ahora, por mi parte, punto en boca y a otra cosa, mariposa. 

Tal era la idea, como digo. Mantenerme lejos de toda esa basura. Al fin y al cabo no soy un periodista con obligaciones informativas o de opinión, sino un fulano que escribe novelas y utiliza esta página para hablar de lo que le apetece. Y en cuanto a opiniones, ahora que quienes antes callaban como putas cantan en plan orfeón –lanzada a moro muerto, se llama la figura–, mi aporte es innecesario. Sin embargo, como digo, acaban de tocarme el asunto. Lo ha hecho Oriol Junqueras, protomártir del Procés, que ha mencionado a Sócrates, Séneca y Cicerón para decir que, como ellos, él tuvo la oportunidad de huir y no lo hizo, afrontando con coraje su destino. Y, bueno. Como esta página la escribo con dos semanas de antelación, no sé qué más habrá dicho en ese juicio que, cuando esto se publique, estará en todo lo suyo. Pero en cualquier caso no tengo más remedio que negarle las referencias. 

Dejando aparte a Séneca y un error histórico sobre Cicerón –que sí huyó, pero lo pillaron y le dieron matarile–, me molesta mucho, incluso me ofende, que Junqueras haya puesto sus manos, sucias o limpias, sobre Sócrates, cuyo busto de palmo y medio ocupa lugar de honor en mi biblioteca. El filósofo griego tuvo oportunidad de huir, es verdad. Pudo incluso pedir clemencia, pasteleando con el tribunal que lo sentenció a muerte. Pero Sócrates bebió la cicuta precisamente por obedecer las leyes. Para demostrar que, cuando la ley es justa y democrática, en toda circunstancia está por encima del individuo; e incluso, y ahí está el detalle importante, por encima de la voluntad de cualquier masa vociferante de individuos que dice hablar o actuar en nombre del pueblo. 

Para entender en su profundidad moral el proceso de Sócrates y su acatamiento de la sentencia hay que remontarse a la batalla naval de las islas Arginusas, cuando los generales griegos se vieron enfrentados a un proceso, tras un temporal en el que murió gran parte de su gente. Fue un juicio muy contaminado por la política, y Sócrates, miembro de la asamblea, habló en defensa de los acusados. Pero cuando, con las leyes vigentes en la mano, todo parecía favorable a la absolución de éstos, sus enemigos políticos agitaron a la asamblea y al pueblo contra ellos. Menudearon manifestaciones, escraches, testigos falsos, llorosas familias de los náufragos pidiendo justicia y otros recursos. No faltaron sino tuiteros y tertulianos de televisión. Era nada menos que el demos, el supuesto pueblo que allí se manifestaba, poniéndose por encima de la legalidad. Exigiendo estarlo. Pero Sócrates, que era un tío de una pieza, se negó a tragar. Denunció aquello, dijo que la ley estaba por encima del populismo oportunista y, por supuesto, se quedó solo. Acojonados, los miembros de la asamblea votaron lo que el pueblo pedía, y los generales fueron ejecutados. Sócrates jamás lo olvidó, y Atenas, por supuesto, no se lo perdonó nunca: los demagogos, porque se había opuesto defendiendo la ley; los cobardes, porque los había puesto en evidencia. 

Y ahí está la explicación de lo que ocurrió más tarde. Porque cuando Sócrates se enfrentó a su propio proceso y fue sentenciado a muerte, pese al ofrecimiento de sus amigos de facilitarle la fuga, él se negó a salvar su vida huyendo. Al contrario: consciente de que –incluso quienes lo habían condenado– toda Atenas esperaba su fuga con alivio, resolvió quedarse en la cárcel y beber la cicuta, aceptando sin protestar la muerte que el Estado, en el uso de sus leyes, le infligía. Dando ejemplo, él sí, de ciudadanía y de coraje, y pagando con la muerte esa coherencia. 

Así que no me toquen a Sócrates, por favor. Murió precisamente por respetar las leyes, no por pasárselas por el forro de los huevos, como hicieron, y siguen haciendo, Oriol Junqueras y el resto de la peña. No se escuden en él para salpicarlo también con la podredumbre política, social y moral propia de este país inculto, insolidario, infame, desorientado y en demolición. Que por sus propios tristes méritos, como la Atenas de Sócrates, tiene a menudo, o casi siempre, lo que merece tener. 

17 de febrero de 2019 

domingo, 10 de febrero de 2019

Sobre libros y paisajes

Alguna vez les habré comentado que leer libros modifica el paisaje. Al menos, la visión que uno tiene de ese paisaje. Cuando una lectura previa afina la mirada, los lugares relacionados con lo que leíste adquieren dimensiones diferentes, pues lectura y vida se combinan de modo agradable. Con el cine también ocurre, pero menos; aunque también, como digo. Hay lugares a los que las películas vistas antes de visitarlos, como Monument Valley, el Village de Nueva York, el Pont des Arts o la plaza del Kremlin, dan un encanto especial. Que pueden emocionar, incluso, cuando te sitúas ante ellos. Pero en mi caso –tal vez porque lo que soy es un lector que accidentalmente hace otras cosas–, películas aparte, lo que de verdad me calienta son los lugares sobre los que antes leí. Buscar en ellos el rastro, aunque sea remoto o casi imperceptible, de los libros amados. De los que dejan marca profunda o intenso recuerdo.Pensaba en eso hace poco, sentado en la terraza del hotel Bauer de Venecia, quizás uno de los restaurantes con la vista más bonita del mundo. Estaba comiendo cuando llegó una pareja, de cuyo comportamiento y comentarios deduje que era la primera vez que estaban allí. Admiraron con un wonderful y un so nice el panorama de la boca del Gran Canal, hicieron las fotos de rigor y luego se pasaron la comida en silencio, sin levantar la vista, absorto cada uno en su teléfono móvil. Habían cumplido con el lugar y sus ritos, y podían regresar a Internet –no me digan ustedes que tal vez para consultar sobre lo que estaban viendo, que me parto–. Y eso fue todo. No tenían nada que conversar ni decirse sobre el hotel, ni sobre Thomas Mann, ni sobre Peggy Guggenheim, que vivió enfrente, ni eran capaces de acechar en los gondoleros que con guasa veneciana pasaban cantando Ciao, Venezia a los que antaño remaban –y a veces no sólo remaban– para el barón Corvo o Lord Byron. Ya tenían la foto y se limitaban a pasar por allí. 

Me acordé entonces de don Francisco de Quevedo, hombre leído y viajado, y de aquel soneto suyo que empieza: Buscas a Roma en Roma, ¡oh peregrino! / y en Roma misma a Roma no la hallas. Y concluí que era cierto y lo sigue siendo; si a Roma no vas con Roma ya hecha tuya, hay poco que rascar. Viajar a Londres sin Dickens, a Madrid sin Galdós, a Buenos Aires sin Borges, e incluso –metamos también el cine en esto– a Nueva York sin Woody Allen o a Nápoles sin Vittorio de Sica, es pasear de la forma más tonta; seguir la rutina de la foto obligatoria sin mirar hacia atrás antes o después de que te la hagan. Sin puñetera idea de lo que convierte esa foto en necesaria, o importante. Ser, en fin, como aquel fulano al que hace años, en los foros imperiales romanos, vi volverse hacia sus acompañantes muy serio, muy doctoral, muy informado, y decirles con todo su cuajo: «Se nota que es una ciudad devastada por el tiempo». 

Son los libros –y las películas, vale, pero sobre todo los libros– los que nos dan ese valor añadido. Esa dimensión. Ir a cualquier lugar del mundo, o de la vida, con lecturas previas sobre lo que uno va a encontrar, permite encararlo todo con más inteligencia, con más placer o aprovechamiento. Sin lecturas que preparen la aventura del conocimiento unido al placer –o al dolor– de la experiencia, somos incapaces de interpretar el paisaje y hacerlo de verdad nuestro. Huérfanos de referencias, nos pasearemos por él pisoteándolo torpemente, ensuciándolo, llenándolo con estólidos rebaños que sólo buscan la foto para poder decir «estuve allí», sin que ese allí tenga otro sentido que el prescrito por la agencia de viajes. Haciéndolo, además, imposible para otros que sí lo merecen. 

Porque, por suerte, los que sí lo merecen también existen. El mismo día en Venecia, paseando al atardecer por los Zattere junto al canal de la Giudecca, vi a una pareja de chicos sentados en el suelo, cerca de la punta de la Aduana. Ella era morena y él rubio. Tenían esa belleza al mismo tiempo fresca y tibia de la juventud, y había dos mochilas en el suelo –una llevaba cosida una bandera canadiense–. Estaban hombro con hombro, apoyados el uno en el otro, y cada cual leía un libro. Aún había luz. El libro de la chica no pude verlo bien. El del chico tenía una portada azul con letras grandes, y me pareció que era The Golden Fleece, de Robert Graves. El vellocino de oro. Y estaban allí los dos, ensimismados en el mejor de los mundos, nutriéndose la vida. Ajenos a la nave inmensa, al monstruoso crucero que lentamente pasaba en ese momento por el canal, con una multitud asomada a las cubiertas donde centelleaban centenares de flashes de teléfonos móviles y cámaras fotográficas. 

10 de febrero de 2019 

domingo, 3 de febrero de 2019

‘Civis romanus sum’

Como los españoles solemos exigir etiquetas simples y necesitamos, además, que éstas sean negras o blancas con ausencia de grises, a veces alguien me pregunta si soy de derechas o izquierdas, o si monárquico o republicano. Lo sueltan así, tal cual, esperando que quieras más a tu papá que a tu mamá, o al contrario. Hay días en los que te pillan cansado, y entonces me limito a responder que no tengo ideología, sino biblioteca. O que soy de derechas o izquierdas según el pie que me pisan. Otras veces, cuando escucho la radio o miro los periódicos y lo que anhelo es que llueva napalm y se vaya todo a tomar por saco, lo que digo es que me gustaría ser jacobino con guillotina incorporada. Chas, chas, chas. Pero la mayor parte de las veces suelo decir la verdad. Que soy republicano, pero con un matiz importante: republicano de la república romana. No confundamos las cosas. 

El matiz importa mucho, porque me temo que lo que algunos entienden por república peca de irreal en este país donde la historia no sirve como aprendizaje para el futuro sino como arma arrojadiza para envenenarlo. Ese paraíso idílico del que un pueblo noble y feliz fue arrancado dos veces por cuatro curas, banqueros y generales tiene poco que ver con lo que uno ha escuchado, ha leído e incluso, a cierta edad, ha visto. Además, ¿imaginan ustedes una república cuya autoridad máxima pasara cada cuatro años de mano en mano entre individuos como Aznar, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Casado, Abascal, Rivera, Torra, Echenique o Iglesias?… Busquen ustedes entre nuestra clase política, por favor, un presidente de república sereno, culto, prestigioso, honrado, ecuánime y decente. ¿A que no salen nombres? Por eso, como he dicho alguna vez, soy republicano de razón y monárquico por necesidad. Felipe VI me parece una buena persona, muy bien formada e inteligente, que conoce perfectamente su papel y lo ejecuta de modo impecable. Y además, habla idiomas. Puedo equivocarme, naturalmente; pero con él no espero sorpresas ni ambiciones más allá de lo que hay. Está sometido a escrutinio y controlado por leyes que no puede manipular. Si da un resbalón, se cae con todo el equipo. Lo tenemos controlado hasta para saber qué marca de pasta de dientes utiliza. 

Todo lo cual me lleva, como les decía, a ese republicanismo romano del que antes hablaba. A esa república del siglo II antes de Cristo, también ideal para mí –cada cual tiene sus irrealidades en la mollera–, que tanto admiré desde que empecé a declinar rosa, rosae, y que lamento haya sido borrada de los planes escolares, pues tal vez con su conocimiento estrecho, con su referencia aunque fuese lejana, nuestra clase política sería menos analfabeta, menos estúpida y más honorable en actitudes y discurso. Me refiero a mi período favorito de la república romana, la época de los Escipiones –con su toque hermanos Graco para darle sal y pimienta popular–, antes de que todo se sumiera en la podredumbre y el caos de las guerras civiles que terminaron con ella: la humanitas de Cicerón como visión del Estado, y la virtus alabada por Salustio –capaz incluso de reconocerla en el criminal Catilina– como regla moral y ciudadana. 

Qué ejemplar, por citar sólo ésa, la vida de uno de mis personajes más admirados de entonces, Lucio Emilio Paulo, que tras vencer en la batalla de Pidnia, cuyo botín fue tan enorme que los ciudadanos romanos dejaron de pagar impuestos, sólo se reservó para sí, como trofeo, la biblioteca del derrotado rey Perseo, para que sus hijos tuvieran mejor ilustración. El Lucio Paulo que en vísperas de una batalla hizo explicar qué era un eclipse de luna a sus legionarios para que éstos no se aterrorizaran con el fenómeno que iba a ocurrir en mitad de la lucha. El hombre que, al recibir Italia a un millar de griegos como rehenes, escogió entre ellos, como preceptor para sus hijos, a un culto joven llamado Polibio, que fascinado por el poder mundial de Roma escribiría la primera gran historia de ésta. Lucio Emilio Paulo, en fin: el exitoso militar y político que, tras una vida de triunfos, virtud, dignidad y honor, murió tan pobre como había vivido, y lo que dejó fue tan poco que apenas sirvió para pagar la dote de su segunda esposa. 

Qué nutritivas lecciones podrían extraer nuestros analfabetos políticos actuales si mirasen hacia aquel tiempo. Si tuvieran decencia y leyeran, o si adquiriesen alguna decencia leyendo. Cuánto podrían aprender de aquellos personajes y de aquel mundo; cuando Roma aún prefería la libertad, con sus consecuencias, a la tranquilidad y seguridad personal que iban a darle los emperadores y las tiranías que venían de camino. 

3 de febrero de 2019 

domingo, 27 de enero de 2019

El hombre del pijama

El hombre del pijama La semana pasada, los compañeros de XLSemanal me hicieron el honor de publicar algunas viejas fotos de guerra que hice en mis años mozos. Fue un amable repaso a mi juventud, que agradezco mucho. Sin embargo, al verlas publicadas no pude evitar pensar en las fotos que jamás llegaron a serlo porque no las tomé, o incluso en imágenes que tengo nítidas en la memoria, perfectamente registradas, pero que no estuvieron dentro de mis cámaras. Fotografías que nunca hice. 

Una de esas fotos no hechas es uno de mis recuerdos profesionales más antiguos. Ocurrió en 1976. Regresaba de la batalla de Tal Zaatar, un lugar del norte de Beirut donde las tropas palestinas y las cristianas libanesas se habían enfrentado con mucha dureza, en lo que fue una cruel pesadilla para la población civil atrapada en los combates. La batalla acababa de terminar, y cuatro soldados cristianos del grupo Tanzim con los que yo había estado me llevaban de vuelta a mi hotel en el barrio de Acherafieh, que era el Alexandre. Ya había luz, aunque el sol no asomaba aún; y en una esquina cerca de la plaza Sassine, junto a una casa en ruinas, descubrimos un pequeño puesto donde vendían maanuch, esa especie de pizza libanesa con tomillo y aceite, típica para el desayuno. Así que nos detuvimos a comer algo.

Estábamos en ello cuando, al extremo de la calle, oímos gritos y observamos movimiento. Había milicianos armados, así que nos acercamos a mirar. Debo precisar que eran muy malos días: la guerra civil estaba en todo lo suyo, había matanzas y ejecuciones por todas partes, y a las masacres perpetradas por izquierdistas y palestinos se añadían las del bando contrario. Allí todos ajustaban cuentas. Unos habían asesinado en la Quarantina y otros en Damour, y todavía quedaba mucho por venir. Como en todas las guerras civiles, mientras unos luchaban y morían en combate, otros se dedicaban a robar y matar en la retaguardia. Y los que alborotaban aquel amanecer eran de esa clase. Criminales emboscados, cobardes y carroñeros.

Fuimos a ver lo que pasaba, como digo. Había tres mujeres gritando y llorando en una ventana, y abajo, en la calle, los milicianos rodeaban a un hombre en torno a los cincuenta años, al que era evidente acababan de sacar de la cama: tenía el pelo revuelto, la piel grasienta, los ojos aún adormilados, y vestía un arrugado pijama de rayas marrones y blancas. Lo hacían caminar a empujones hacia un callejón lleno de basura, apuntándole con fusiles de asalto M-16. Me fijé en un detalle –a veces uno se fija en cosas absurdas que al final no lo son tanto– que todavía hoy recuerdo bien: llevaba un pie calzado con una babucha y la otra la sostenía en una mano; sin duda se le había salido con los empujones y no le dejaban ponérsela. Los milicianos eran una docena y tenían una expresión nueva para mí, pero que luego vería en muchos lugares distintos: el gesto sombrío, inexpresivo, despiadado, de quien se dispone a asesinar sin alardes ni complejos. Como un frío acto mecánico.

Por mero instinto profesional, sin pensarlo siquiera, busqué una cámara en mi bolsa. Y entonces César Karame, el jefe de mi grupo, me puso una mano en un brazo. Ni se te ocurra, susurró. Si intentas sacar una foto, te matan a ti también. Así que me quedé paralizado, justo en el momento en que los milicianos y su prisionero pasaban por delante. Fue entonces cuando su jefe se fijó en mí y le preguntó a César quién era yo. «Sahafi aspani», dijo éste. Periodista español. El otro repitió «aspani», como pensándolo, me miró de nuevo y siguió adelante sin más comentarios.

Fue entonces cuando también el hombre del pijama me miró, y cuando yo no le hice la foto que, sin embargo, está nítida en mi memoria. Clavó en mí sus ojos, y no había en ellos, les doy mi palabra, miedo ni inquietud ante lo que le esperaba. Lo que leí allí fue una especie de asombrada indignación. De educada cólera. No era horror ante su destino –vi esa mirada en otros, más tarde, y aprendí a reconocerla–, sino dignidad ofendida. Algo así como si me dijera: oiga, usted que es de afuera de esta locura, fíjese cómo se comportan estos salvajes. Fíjese qué clase de gentuza me va a matar.

Y así es como lo recuerdo. Alejándose empujado por los milicianos, con su pijama arrugado, un pie descalzo y la babucha en una mano, mientras me tomaban del brazo para alejarme de allí. Tampoco olvido los disparos que escuchamos mientras subíamos a nuestra abollada camioneta, ni a César y sus compañeros que evitaban mirarme, avergonzados. 

27 de enero de 2019

domingo, 20 de enero de 2019

Policías, detectives, asesinos

Una biblioteca personal no es una acumulación de libros leídos, sino compañía, refugio y proyecto de futuro. Cuenta menos en ella lo ya leído que lo que falta por leer: libros en espera del momento en que cada uno encuentra al lector idóneo en las circunstancias apropiadas. Creo que no hay libros realmente malos o equivocados, o que son pocos. Cervantes dijo que no hay uno tan malo que no tenga dentro algo bueno. Quienes solemos equivocarnos somos los lectores, eligiendo el libro inadecuado o el momento inoportuno para leerlo. Una novelita banal, que leída ayer o mañana nos sería por completo indiferente, puede hoy, tal vez, cambiar nuestra forma de mirar o el rumbo de nuestra vida. 

Pensaba en esto ayer por la tarde, mientras reordenaba la parte de mi biblioteca donde están las novelas policíacas. Ese apartado contiene medio millar de títulos y autores que van de los albores del género, con Edgar Allan Poe —todos los policías y detectives son hijos o nietos de Los asesinatos de la calle Morgue—, o el Rocambole de Ponson du Terrail hasta algunos de los más recientes, como Dennis Lehane, Fred Vargas, Volker Kutscher, Camilleri o Banville. Y entre esos títulos, a modo de tatarabuelo de todos, tengo el Ayante de Sófocles, en cuyo primer acto, Ulises, con su olfato de perra laconia, estudia las huellas dejadas en la arena por el loco que, durante la noche, degolló a todas las reses capturadas a los troyanos. 

El caso es que, mientras reordenaba esos volúmenes —acomodar cada nuevo libro obliga a mover los demás—, pasé un buen rato hojeando viejas ediciones, alguna de las cuales poseo desde hace más de cincuenta años. Y ésos sí están todos leídos. Cuando era jovencito tuve la suerte de que una de mis abuelas fuese lectora de bestsellers de la época —Slaughter, Yerby, Colette, Vicki Baum, Anita Loos, Saint Laurent— y también de novelas policíacas. En su casa leí a Eric Ambler, Hammett, Chandler, Stout, Charteris (El Santo) y Stanley Gardner (Perry Mason). Tenía un armario lleno con títulos del género, y me dejaba llevarme cuanto quería. De ese paraíso lector conservo medio centenar de títulos de la colección Oro de la editorial Molino, y también de aquella magnífica GP Policíaca de los años 50-60: Harmon Coxe, Peter Cheyney, E. Phillips Oppenheim y tantos otros. 

De toda la literatura negra o criminal, la que más disfruto desde niño es la analítica: el detective, hombre o mujer, enfrentado a un enigma cuya resolución exige menos disparos que cerebro. En ese club selecto del crimen figuran en mi biblioteca, con todos los honores, los primeros grandes maestros y sus criaturas: el malvado Fantomas, el detective Lecoq, el elegante ladrón de guante blanco Raffles, Arsenio Lupin, Rouletabille y el maligno villano Fu-Manchú. A nivel más sofisticado se avecindan, naturalmente, Chesterton con su padre Brown y S. S. Van Dine con Philo Vance. También el inspector Maigret anda cerca, aunque debo confesar que a Simenon nunca le cogí del todo el punto, y prefiero las películas interpretadas por el formidable Jean Gabin; igual que prefiero Un maledetto imbroglio de Pietro Germi —obra maestra del cine negro— a la novela original de Carlo Emilio Gadda, que leí con desgana y deseando acabarla pronto. 

En cualquier caso, llegando al nudo del asunto, a la parte noble de mi sección criminal, puede decirse que ésta descansa, Hammett y Chandler aparte, en cuatro pilares básicos: las novelas de Edgar Wallace, las de Ellery Queen, las de Conan Doyle sobre Sherlock Holmes y las de Agatha Christie. A Wallace lo considero —en exacta definición de Patrick Thompson— el Alejandro Dumas de los bajos fondos (Hay crímenes para los que la ley no basta como adecuado castigo, subrayé hace más de medio siglo en una de sus novelas). Al detective privado Ellery Queen –cuyo autor firma con ese mismo nombre– le debo fascinantes enigmas por resolver, cercanos al juego de rol, hasta el punto de que me distraían de mis deberes escolares. En cuanto a Agatha Christie, la más extensa y fértil de todos ellos, miss Marple y Hércules Poirot bastarían para hacerla inmortal; pero es que además escribió la mejor novela criminal de todos los tiempos: El asesinato de Rogelio Ackroyd. Sobre Sherlock Holmes y Watson, a los que considero sin reservas los personajes detectivescos más grandes, fascinantes y originales de la literatura universal, poco más puedo decir a estas alturas, aparte de que ocupan, entre novelas, tratados y ensayos, dos largos estantes en mi biblioteca, y que uno de mis perros se llama Sherlock. Además, Irene Adler —la mujer que derrotó a Holmes—, con la Milady de Los Tres Mosqueteros, marcó para siempre mi vida. Pero ésa ya es otra historia. 

20 de enero de 2019

domingo, 13 de enero de 2019

Esos niños a caballo

Creo que me estoy ablandando con la edad. Lo confieso. Seguramente porque hace un par de meses cumplí los sesenta y siete tacos de almanaque —aunque ya apenas existen los almanaques de taco, que ésa es otra—, hay ciertas cosas en las que empiezo a sentirme más blandiblub que de costumbre. Es una situación incómoda, háganse cargo, para los que durante toda la vida hemos ido de tipos duros, en plan de comernos las balas sin pelar. Cierto es que nadie resulta perfecto, claro. Por mucho que lo procure. Los perros, los niños y los ancianos siempre me produjeron humedades sensibles, aunque con matices. Los ancianos, por ejemplo —ya estoy cerca de serlo—, me causan ternura por su indefensión. En momentos complicados de mi vida vi a ancianos abrumados por la tragedia y la violencia, y no es un recuerdo grato. Pero siempre quedó y queda el vago consuelo de pensar que ellos mismos fueron jóvenes en otro tiempo, quizá alguno tan malvado como los responsables hoy de su desgracia, y tal vez culpable, también, del mundo y las gentes que ahora lo maltratan. 

Sobre los perros hablo con frecuencia en esta página. Si me gustan poco los gatos porque se nos parecen demasiado a los seres humanos, lo que me gusta precisamente de los perros es lo poco que se nos parecen. Lo diferentes que son. Valor, dignidad y lealtad, sus principales virtudes, es justo lo que me gustaría encontrar en los humanos, incluido yo mismo. Y podríamos resumir la cosa señalando que, si en rarísimas ocasiones estaría dispuesto a matar a un ser humano —decir nunca es no tener idea de los recovecos de la vida—, sé con plena certeza que sería, o que soy, capaz de matar con mis propias manos a quien abandona o maltrata a un perro. Pumba, pumba. Cabrón. Cartuchos de posta lobera, y punto. Y dormir después a pierna suelta, sin complejos ni remordimientos. 

Los niños ya son otra cosa. Los he visto sufrir de verdad. Y alguno, como aquel del barrio de Dobrinja, Sarajevo 1993, reventado por un cañonazo serbio, se me desangró entre los brazos porque no llegamos a tiempo al hospital, que estaba en la otra punta de Sniper Alley, y anduve luego tres días sin poder lavarme y con la camisa y las uñas manchadas de su sangre. Quiero decir con eso que tengo un montón de fotos de niños en la memoria, de las que no se olvidan. Y tales fotos se parecen mucho al dolor, la impotencia e incluso —ahí sí— el remordimiento, pues cuando tienes que transmitir una crónica a tal hora hay muchas cosas que sacrificas para hacer bien tu trabajo, aunque luego esas cosas te remuevan la memoria durante el resto de tu puta vida. 

Dicho en corto: los niños me tocan la fibra. Viví dos décadas largas en la parte mala del mundo, y sé que esa parte no está tan lejos de ellos como creemos. Los veo pasar camino del colegio, o en fila cuando van por la calle cogidos de la mano, o sentados en un museo —igual que prisioneros de guerra iraquíes— mientras las profesoras se lo explican, y me gusta observarlos, acechar sus gestos y palabras. Su inocencia y primeras exploraciones del mundo y la vida. Intentar adivinar en ellos lo que, bueno o malo, brillante o mediocre, tal vez serán de mayores. 

Esto me lleva a lo que afirmaba en la primera línea. Siento que me estoy ablandando, y puede que sea la edad. La semana pasada estaba en la Plaza Mayor de Madrid, mirando a los niños montados en los caballitos del tiovivo que ponen allí por Navidad y Reyes, con sus gorros de lana, sus bufandas y sus padres vigilándolos de cerca. Se movía el artilugio, las monturas subían y bajaban, sonaba la música, y los críos se agarraban a los barrotes saludando a sus familiares cada vez que pasaban ante ellos. Cabalgaban serios, íntegros, formales, creyéndoselo de verdad. Consecuentes como sólo ellos pueden serlo. Con esa inocente honradez que sólo un niño pequeño posee y que luego la vida le arrebata poco a poco. Los veía pasar y pensaba que eran afortunados por ser todavía lo que eran, asomados apenas a los complejos lugares por donde la vida acabaría llevándolos. Y al observar sus rostros extasiados y felices, la confianza con que miraban a padres y abuelos mientras sus manitas se agarraban a los barrotes de los caballitos pintados, vi en ellos los rostros de otros niños en otros lugares; y también vi el mío hace sesenta largos años, cuando desde la rueda móvil de un tiovivo miraba el mundo girar en torno, con idéntica inocencia. Entonces me toqué la cara y comprobé que estaba llorando como un perfecto gilipollas. 

13 de enero de 2019

domingo, 6 de enero de 2019

El aviador ruso

Irina y Evguenia Fominá, nieta y bisnieta, sabían que su abuelo había muerto en España durante la Guerra Civil, pero ignoraban dónde. Eso es lo que cuenta Yuri Korchagin, embajador de Rusia, ante un solomillo poco hecho y una botella de rioja, mientras cenamos en Lucio. El embajador –que habla un español extraordinario– es un buen amigo con quien me une, entre otras cosas, una admiración sin límites por Augusto Ferrer-Dalmau, el formidable pintor de batallas español, que acaba de estar con las tropas rusas en Siria, trayéndose una veintena de bocetos para un cuadro que presentará en mayo en Moscú. Augusto es el tercero en la mesa, y hablamos de cuadros, batallas y héroes olvidados. 

El abuelo de Irinia y Evguenia, sigue contando Yuri, se llamaba Fiódor Dombrovsky y era piloto de combate, teniente de la 7.ª escuadrilla de la Unión Soviética, enviada en 1936 para ayudar a la República. El aviador había venido a España dejando allá a un hijo de un año, que al hacerse mayor empezó a indagar sobre el paradero de su padre. Buscó sin éxito, y a su muerte sólo había podido establecer que murió en un combate aéreo. Su hija y su nieta continuaron la búsqueda hasta averiguar que la escuadrilla soviética a la que había pertenecido el teniente Dombrovsky operó desde un pueblo toledano llamado Santa Cruz de la Zarza. Allí estaban su base y el aeródromo. Durante dos años, veinte rusos convivieron con los habitantes del pueblo, que los recuerdan bien. Sobre todo, porque prohibieron cualquier fusilamiento mientras estuvieran allí. Incluso se conservan las casas donde habitaban, algunas fotos –dos se casaron con muchachas del pueblo– y, en el cementerio, la tumba de siete que murieron en diversos combates y cuyos cuerpos pudieron ser rescatados. Uno de ellos era Dombrovsky. 

Irina y Evguenia se pusieron en contacto con la embajada de Rusia en Madrid, pues querían visitar la tumba del abuelo. Con la de los otros seis pilotos rusos, ésta se encuentra bajo una lápida memorial colocada allí después de que la embajada conociera el lugar gracias a un coronel español, cuya madre fue enfermera en el hospital local durante la guerra y que vio enterrar a los pilotos: En memoria de los aviadores soviéticos caídos en España durante la guerra civil de 1936-1939 y enterrados en este cementerio, dice la inscripción. Fiódor Dombrovsky, se confirmó al fin, había sido herido el 6 de diciembre de 1936 en un combate aéreo sobre Talavera de la Reina; y aunque logró regresar a la base, murió de sus heridas al día siguiente. 

Con ayuda de la embajada rusa y de la asociación española que recuerda y cuida las tumbas de los soldados de la División Azul muertos en Rusia, nos sigue contando Yuri, las dos mujeres viajaron a España, hasta el cementerio donde reposa el abuelo, y allí se celebró un modesto acto de homenaje que cobra especial significado en un pueblo como Santa Cruz de la Zarza, donde, en una lección de cordura y tolerancia –esto no lo dice Yuri, pero lo pienso yo–, coexisten con naturalidad el memorial de los pilotos rusos, el de los habitantes del pueblo que fueron asesinados por los franquistas y el de los que lo fueron por los republicanos. Testimonios ecuánimes, en fin, del dolor y del horror, muy adecuados para los desmemoriados tiempos que corren. 

Después de contarnos todo eso, Yuri se queda pensativo un momento. Hay otra historia, comenta al fin, quizá más emotiva todavía. Por casualidad, la embajada se enteró hace poco de la existencia de la tumba de otro piloto soviético, éste sin identificar: un aviador anónimo, uno de los 99 que murieron combatiendo en los cielos de España. Lo habían enterrado en un pequeño campo cerca de Escalonilla, también en Toledo, sin nada que señalase el sitio; pero los lugareños lo conocían bien. Así que al saberlo, unos cuantos rusos fueron allí, y con permiso del ayuntamiento pusieron un pequeño trípode de hierro con una estrella roja. 

Dicho todo eso, Yuri Korchagin, embajador de Rusia, diplomático de carrera, duro tiburón curtido en su oficio, roza con los dedos su copa de vino, aún pensativo, y compruebo, asombrado, que una humedad insólita acaba de asomarle a los ojos. «¿Y queréis saber lo mejor? –comenta de pronto–. ¿Os digo por qué todos conocían el lugar aunque nada lo señalaba?… Porque, durante más de ochenta años, los campesinos que cultivaban el campo, sabiendo que allí estaba enterrado el aviador, cuidaron el contorno de la tumba sin arar nunca sobre ella, dejando intacto el pequeño rectángulo. Respetando el pequeño trocito de tierra española donde yacía un piloto ruso desconocido». 

6 de enero de 2019 

domingo, 30 de diciembre de 2018

La Nochevieja en que bailé con putas

La historia la conté en esta página hace veintiún años, así que muchos de ustedes no la recordarán, o lo más probable es que no la leyeran nunca. Yo mismo la tenía casi olvidada hasta que una querida compañera de esos territorios comanches que anudan para siempre lazos de afecto y lealtad, Berna González Harbour, me la recordó hace poco. Y hoy me ha vuelto a la cabeza al considerar que mañana, último día del año, habrán transcurrido veintinueve tacos exactos de almanaque desde que ocurrió. Y fue en Rumanía, durante la revolución de 1989. 

Había sido una triste Nochebuena, con tiroteos y demasiados muertos en las calles heladas de Bucarest. No éramos muchos los reporteros que cubríamos aquello, y el trabajo era difícil y peligroso. Los miembros de la tribu de enviados especiales –casi todos nos conocíamos de otras guerras– habíamos establecido el cuartel general en el hotel Intercontinental, donde los servicios eran pocos y las provisiones escaseaban; pero había teléfonos que funcionaban y agua caliente. Eran días tristes y duros, como digo, y las fechas no mejoraban los ánimos. Además, los francotiradores nos habían matado a dos compañeros: Jean Pierre Calderón –viejo amigo del Líbano– y a otro cuyo nombre no recuerdo. 

De mutuo acuerdo, decidimos no pasar el último día del año como habíamos pasado la Navidad, tumbados cada uno mirando el techo de su habitación: Julio Alonso, Alfonso Rojo, Ulf Davidson, Josemi el Chunguito, Hermann Tertsch, los hermanos Dalton y algún otro. Las reporteras españolas eran Berna, Carmen Postigo y Carmen Romero, y las tres acogieron la idea con entusiasmo. Había que levantar la moral, así que nos pusimos a organizar una fiesta. El problema era que éramos demasiados nosotros y pocas nosotras. No había paridad, como se dice ahora; y puestos a no haber, tampoco había comida adecuada, tabaco ni alcohol. Por suerte yo tenía fichado como chófer e intérprete a Nilo, un ex proxeneta rumano que era un auténtico canalla, pero utilísimo en tales circunstancias, pues lo mismo conseguía gasolina que sobornaba a un policía o robaba un coche para TVE. 

El caso es que le planteé la cosa a Nilo, abaniqué su cara de cemento con unos dólares extra y me dijo no hay problema, jefe. Yo me encargo. Al día siguiente teníamos en mi habitación botellas de whisky y de ginebra, cartones de tabaco y latas de conserva. Quedaba pendiente el asunto femenino, el de la paridad, y para resolverlo, guiado por Nilo, visité los mejores burdeles de la ciudad entrevistando a dieciocho candidatas de las que, al fin, elegí a ocho. No se trata de acostarse con los compañeros o las compañeras, advertí, sino de cenar, bailar y pasarlo bien. Que quede claro que acudís como chicas libres. Para ellas no era ninguna tontería, pues todas habían trabajado de chivatas para la Securitate, estaban asustadas y no se atrevían a salir. Que las devolviéramos a la vida social en el mejor hotel las rehabilitaba y ponía de nuevo en circulación profesional. Y además, cobraban. 

Alquilamos entre todos una suite del hotel y fue un éxito: una fiesta estupenda. Y como ya he dicho que hace veintiún años la conté aquí mismo, me parece tonto hacerlo hoy de otra manera. Así que me limitaré a recordar lo que escribí entonces: 

Música, baile, humo de cigarrillos, conversación. Las reporteras hembras mostraron una generosidad y un tacto admirables, y los varones, hasta quienes estaban más mamados, no perdimos los papeles. Una enorme china de chocolate hizo su aparición y fue debidamente honrada. A las doce en punto, desde la terraza, los más eufóricos le tiraron bolas de nieve al de la CNN que estaba en la calle, emitiendo en directo. Luego los novios de las chicas vinieron a buscarlas y los invitamos a unas copas, y al final se sumaron también los camareros en mangas de camisa, y la gente se iba quedando cocida o dormida en los sofás y los sillones, y algunos cantaban en grupos, y otros salían a la terraza cubierta de nieve a ver amanecer. Y todavía subieron los soldados que estaban de centinela en las barricadas cercanas al hotel. Y hubo un momento en que todos, soldados, macarras, camareros, putas y periodistas, estábamos cocidos pero muy tranquilos y muy a gusto, y nos pasábamos los brazos por los hombros, y cantábamos en varias lenguas distintas canciones melancólicas y canciones de amor. Y los macarras, agradecidos, nos ofrecían irnos a la cama con sus chicas, pero nadie aceptaba la oferta porque era otro plan. Les dábamos un abrazo a ellos y besábamos a las chicas y decíamos que, no, gracias, que no era necesario, que así estábamos bien. Y ellos sonreían un poco, entre desconcertados y amistosos. Y nos daban fuego al cigarrillo. 

30 de diciembre de 2018

domingo, 23 de diciembre de 2018

Cuando las reglas son las reglas

A veces la vida te regala cosas, y una de ellas son los amigos. Me refiero a amigos de verdad, sólidos y fiables, de ésos a los que, como escribió no recuerdo quién, puedes llamar a las cuatro de la mañana diciendo «me he cargado a un fulano» y se limitan a responder «voy para allá con una pala». Lo cierto es que la pala no me hizo falta nunca, o de momento, pero sí tuve ocasión de que acudieran cuando los necesité, o de acudir yo cuando me necesitaron. Tales son las reglas. 

Acabo de regresar de México, donde me he visto con varios de esos amigos: el novelista Xavier Velasco, mi antiguo editor Fernando Esteves y algún otro. Y sin esperarlo, por casualidad y esta vez durante sólo diez minutos para darnos un abrazo, con mi casi hermano sinaloense –mi carnal, como dicen allá– el escritor Élmer Mendoza. Élmer, que acaba de cumplir los 69 tacos, es catedrático de literatura y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, novelista de gran éxito y autor respetadísimo –lo llaman patriarca de la literatura norteña– porque fue el primero en fijar por escrito el habla de la frontera y el efecto del narcotráfico en el fascinante idioma español que allí se maneja. Un fulano capaz de decir sin complejos: «Me gusta la palabra narcoliteratura porque los que estamos comprometidos con ese registro tenemos las pelotas para escribir sobre ello, porque crecimos allí y sabemos de qué hablamos». 

Somos amigos desde hace 18 años, cuando me llevó de la mano para que me empapara bien del origen de Teresa Mendoza, mi Reina del Sur. Por eso aparece como personaje real en la novela, con nuestros compadres Julio Bernal y el Batman Güemes, y una buena parte de los escenarios de Sinaloa que ambientan la novela los conocí gracias a él. En aquellas semanas y meses en los que se forjó nuestra amistad, cuando yo caminaba a su lado anotando cuanta palabra escuchaba y él traducía para mí, incluidas las suyas propias, fui un hombre feliz, pues la novela que sólo era un proyecto y unos personajes en mi cabeza fue tomando forma, creciendo en estructura y páginas hasta hacerse realidad. A él se la debo, y sin él jamás habría podido escribirla. Sin su compañía nunca habría comprendido las palabras de aquella rola de Los Tigres del Norte, o Los Tucanes, o no recuerdo quién: Saben que soy sinaloense, ¿p’a qué se meten conmigo? 

Con él anduve días y noches por garitos, cantinas y puticlubs de Culiacán: La Ballena, el mítico Don Quijote –donde te pasan el detector de metales a la entrada–, el téibol Lord Black y otros antros frecuentados por lo peor de cada casa. Y sé cómo lo respetan en su tierra; incluso, o en especial, los narcos. Cuando nos conocimos él había escrito ya Un asesino solitario; y sus siguientes novelas, en especial la serie protagonizada por el Zurdo Mendieta, lo situaron en un altar comparable al del santo bandido Jesús Malverde que se venera en Culiacán. El mismísimo Chapo Guzmán prohibió que lo tocaran. Pude comprobarlo en mis siguientes visitas: en una tierra de campesinos semianalfabetos, traficantes y violencia, donde morir de un balazo es morir de muerte natural, Élmer es un prestigioso profesor universitario que sale en la tele, habla de libros y de cultura, y menciona el narco con la objetiva ecuanimidad de quien conoce su realidad, causas y efectos. He visto a patrulleros corruptos, de los que se acercan en busca de mordida con la chamarra cerrada para ocultar el número de placa, cuadrarse al reconocerlo. Y he visto a narcos con el bulto de la pistola en la cintura, de los que apenas respetan nada sobre la tierra, saludarlo con una inclinación de cabeza o dejarle pagada una copa. 

Lo he contado alguna vez. Mi mejor recuerdo de Élmer, porque sucedió la noche en que empecé a conocerlo de verdad, tuvo lugar en el Don Quijote. Estábamos en nuestra mesa cuando el camarero, señalando a dos tipos bigotudos y patibularios, de ésos que al entrar nadie cachea porque es evidente lo que llevan encima, nos puso dos tequilas en la mesa. «Invitan los señores», dijo. Yo sabía que Élmer, con úlcera de estómago por esa época, no bebía alcohol. Lo sabía todo Culiacán. Sin embargo, sin vacilar, tomó su caballito de Herradura Reposado, lo alzó en dirección a los dos sujetos y lo bebió de un trago, impasible. «Son las reglas, carnal», me dijo poniendo el vaso vacío sobre la mesa. Y vi que, desde la suya, los dos fulanos asentían agradecidos, muy aprobadores y muy serios. Con todo el respeto del mundo. 

23 de diciembre de 2018

domingo, 16 de diciembre de 2018

Piratas, combates y barcos perdidos

Hace un par de meses comenté aquí las películas del Oeste que de una u otra forma marcaron mi vida; y más tarde, a petición de algunos amigos, prometí repetir el asunto con otros géneros. Recordé ayer el compromiso viendo Cuando todo está perdido, una de las peores películas del mar que me calcé nunca, con Robert Redford encarnando a un marino solitario en una interpretación tan poco realista, tan ajena a los principios básicos de la navegación, que hasta un espectador de tierra adentro comprende que es normal que todo se pierda, e incluso llega a desear con plena justicia que el protagonista se ahogue, por incompetente. 

Voy a mencionar hoy 28 películas sobre el mar. No son las mejores ni todas las que me gustan, pero están entre mis favoritas. Las vi en cines de antes, con pantalla grande, y dos marcaron mi infancia marinera. Una es El misterio del barco perdido, con la que el niño que yo era asoció la figura de Gary Cooper y sus chaquetas con botones dorados a los capitanes mercantes que, por razones familiares, ya admiraba sin reservas. La otra fue El mundo en sus manos: Gregory Peck, Anthony Quinn y la carrera de las dos goletas, la Peregrina quitándole el viento por barlovento a la Santa Isabel, y la música, y la emoción que todavía, a mi edad y con alguna mar navegada, me asalta cada vez que veo tan formidable escena. 

Del mar y la antigüedad tengo dos debilidades: Jasón y los argonautas y Los vikingos –estupendos Kirk Douglas y Tony Curtis–. Y en cuanto a la Segunda Guerra Mundial, hay muchas que me gustan, pero siete ocupan lugar especial en mi memoria: Hundid el Bismarck, La batalla del Río de la Plata –la primera vez que estuve en Montevideo tenía el Graf Spee en la cabeza–, Mar Cruel, El zorro de los océanos –¡John Wayne como capitán mercante alemán!–, la extraordinaria No eran imprescindibles,de John Ford, la claustrofóbica y soberbia Náufragos, de Hitchcock, y la que tal vez sea para mí la mejor de todas, Duelo en el Atlántico: un épico desafío a vida y muerte entre un destructor norteamericano, cuyo capitán es Robert Mitchum, y un submarino alemán bajo el mando de Curd Jürgens. 

Los motines en el mar también dan de sí. El motín del Caine y Motín en el Defiant son muy buenas, y sus dos sombríos capitanes, encarnados por Humphrey Bogart y Alec Guinness, forman espléndido trío, o cuarteto, con el capitán Blight, comandante del HMS Bounty en Rebelión a bordo, sobre el que sigo dudando quién me roba más el corazón: el Charles Laughton de la versión de 1935 o el Trevor Howard de 1962. Y pasando de motines y navegación a vela a la época naval casi napoléonica, o sin casi, es inevitable mencionar otra buena película y una obra maestra. La primera es La fragata infernal, basada en el relato Billy Budd de Melville. Y la otra, seguramente la mejor de guerras navales a vela de todos los tiempos, es Master & Commander, con Russell Crowe interpretando al mítico capitán Jack Aubrey; una de las pocas, por cierto, donde la terminología naval, o su doblaje, no incurre en disparates del tipo «amurad escotas» o «izad velas a barlovento» tan frecuentes en el género, pues la versión española fue supervisada por mi amigo Miguel Antón, brillante traductor de novelas de Patrick O’Brian. 

Se acaba la página y quedan muchas, así que resumiré cuanto pueda. Moby Dick, de John Houston, es otra indiscutible obra maestra, como lo es La última noche del Titanic, la mejor de las realizadas sobre esa tragedia. De marinos y niños, sin duda Capitanes intrépidos. De piratas, La isla del Tesoro –la versión con Wallace Beery como Long John Silver es mi preferida–, El Cisne Negro y El capitán Blood, joya del género, en la que un soberbio Errol Flynn encuentra perfecto oponente en el malvado pirata Levasseur interpretado por Basil Rathbone. También hay un thriller náutico-policial que me gusta mucho, El buque faro, con Robert Duvall haciendo de malo malísimo. Peter O’Toole protagoniza Lord Jim de forma inolvidable, y La tormenta perfecta es una estremecedora historia de mar y marinos de verdad. En El gran azul descubrí para toda la vida al mejor Jean Reno. Y Tener y no tener, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall –hay otras versiones peores, con John Garfield y con Audie Murphy–, es una de las tres o cuatro grandes películas que en caso de naufragio llevaría a una isla desierta. Aunque, puestos a ir a esa isla, con quien iría sin dudarlo es con la Sophia Loren que emerge del agua, mojada la blusa, en la primera y fascinante secuencia de La sirena y el delfín

Cine del mar, en fin. Cine con sabor a sal, a vida y a aventura. Cine de toda la vida.

16 de diciembre de 2018

domingo, 9 de diciembre de 2018

Payasadas y viento de levante

Lo escuché ayer en la radio, a un fulano: «La payasada que hicimos en Perejil», dijo. Y me quedé un rato pensando en cómo la ignorancia, a menudo aliada con la estupidez, alumbran frases como ésa. Me quedé pensándolo porque sobre esa payasada de Perejil conozco dos cosas. Una es el lugar, islote de soberanía española pegado a la costa de Marruecos, que el 11 de julio de 2002 fue tomado por fuerzas marroquíes y seis días más tarde recuperado por tropas españolas. Me es familiar porque en otro tiempo lo sobrevolé y navegué de cerca con Vigilancia Aduanera. Y la otra cosa que conozco bien es la operación militar que zanjó el asunto. Así que, como llamar a aquello payasada me toca el trigémino, voy a recordarles a quienes lo ignoran, o lo han olvidado, lo que ocurrió allí. 

Y lo que ocurrió es que había una crisis diplomática entre Marruecos y España, y el primero decidió dar un pequeño golpe de fuerza ocupando con algunos soldados el islote desierto, que por viejos tratados decimonónicos –y con absoluta injusticia geográfica– pertenece a España. Esos incidentes suelen resolverse en la mesa de negociación, pero eran malos tiempos para la lírica. Así que el gobierno Aznar, que era quien mandaba entonces, decidió recuperarlo por las bravas. La decisión de hacerlo así podría ser discutible, o no; Aznar puede ser calificado de lo que cada cual le reserve, y su ministro de Defensa Federico Trillo, el del Yak, no fue el que más lustre dio a su cargo. En todo eso estamos de acuerdo; pero el hecho concreto es que los 27 hombres y una mujer del Grupo de Operaciones Especiales y los pilotos de helicópteros a quienes se ordenó recuperar Perejil eran soldados españoles que, cumpliendo órdenes y sin saber cuántos marroquíes había en el islote y en los cercanísimos acantilados que lo dominan desde tierra firme, volaron de noche a quince metros de altura sobre el Estrecho para no ser detectados, pasaron sobre un buen número de barcos de guerra españoles y marroquíes concentrados en la zona, y a las seis de la mañana, con un viento de 90 kilómetros por hora que zarandeaba los helicópteros, a oscuras y viendo verde a través de sus gafas de visión nocturna, arrojaron sus mochilas sobre las escarpadas rocas y después saltaron ellos, tiznado el rostro, cargados de armas y equipo de combate, desde tres y cuatro metros de altura. Y luego, con sólo gritos en español y francés y los puntos rojos de sus miras láser bailando en los cuerpos de los adversarios, sin pegar un tiro aunque estaban autorizados para hacerlo, redujeron a los seis soldados que Marruecos había dejado allí, izaron la bandera española y, en espera de una unidad de la Legión que debía relevarlos entrado el día, se atrincheraron lo mejor que pudieron. 

Conozco Perejil, como digo, y les aseguro que imaginarlo acojona: un pequeño islote, y arriba, a pocos metros, los acantilados de tierra firme desde donde los marroquíes podían machacar cada roca y cada palmo de terreno. Y aquellos 28 soldados en la oscuridad y luego en la incierta luz del alba, las armas en las manos, mirando hacia arriba sin saber, o suponiendo, lo que podía caerles encima si Marruecos encaraba el órdago. Imagínenlos en esos momentos en que las agujas del reloj parecen paradas, veintisiete hombres y una mujer con la boca seca y los dientes apretados, esperando. Pensando en lo que se piensa en situaciones como ésa. En lo a gusto que estarían en cualquier otro lugar de la tierra. En los familiares –por seguridad, a nadie se había informado de la operación–, que a esa hora dormían sin saber que marido, novia, hijo, padre, estaba en el culo del mundo, esperando el ataque, los bombazos, los disparos que podían mandarlo al diablo. 

Nada ocurrió, al fin. Final feliz. Aunque hoy muchos lo niegan, recuerdo la satisfacción de casi toda España –sólo Izquierda Unida y los políticos vascos y catalanes criticaron la acción– cuando se supo la noticia. Ahora el tiempo ha pasado, el infausto recuerdo de Aznar y Trillo contamina demasiadas cosas, incluido Perejil, y algunos de quienes ignoran los detalles de aquello, o prefieren ignorarlos, se permiten llamarlo payasada. Y, bueno. Quizá Aznar y su ministro de Defensa no estuvieran, a menudo, lejos de la pista de un circo. Pero los doce pilotos de helicóptero y los veintisiete hombres y una mujer que hace dieciséis años saltaron a oscuras sobre un islote rocoso, jugándose la vida en la costa misma de Marruecos, merecen toda admiración y todo respeto. Eran soldados, eran profesionales, eran valientes. Y eran los nuestros. 

9 de diciembre de 2018

domingo, 2 de diciembre de 2018

El librero de Venecia

Confieso que he dudado antes de encabezar este artículo con el título que lleva, pues me parecía algo sobado. El librero de Venecia suena a novela de las que ahora llenan las mesas de novedades; esos títulos basados en un oficio o actividad y una localización geográfica –no entro a valorar calidad, pues entre ellos hay de todo– que desde hace unos años se han puesto de moda y que parecen una combinación de tópicos faltos de imaginación por parte de autores y editores, perfectamente combinables entre sí, estilo cubo de Rubik: El carpintero de Auschwitz, La violinista de Estambul, La taxidermista de Shanghái, El fontanero de Mauthausen, La mecanógrafa de Cáceres. Me daba apuro, insisto, pero es que hoy quiero hablarles exactamente de eso; de un librero al que conocí hace unas semanas en Venecia. Así que no me quedaba otra que titular por el tópico. El tópico Da Vinci. 

Callejeaba por esa ciudad, como suelo hacer cuando voy, esperando la hora de ir a mi restaurante favorito a zamparme unos espaguetis con botarga. Antes me había dejado caer por la deliciosa librería Acqua Alta, cerca de Santa María Formosa, que gracias a que sale en las guías turísticas como visita obligada estaba llena de gente, lo cual es insólito y formidable, tratándose de un lugar donde se venden libros. Y al regreso, continuando hasta la calle del Paradiso, di con el escaparate de una pequeña librería que me era desconocida pese a que llevo treinta años pateando calles venecianas: Librería Filippi. Había en el escaparate, entre libros de historia, música, arquitectura, arte y postales antiguas, un viejo libro sobre el impresor Aldo Manuzio que me interesaba, y entré a comprarlo. Sentado al fondo, entre pilas de volúmenes más o menos polvorientos, había un tipo canoso y barbudo, leyendo Curiosità Veneziane de Tassini, que alzó la vista y me miró con la desgana de quien se ve interrumpido por un turista. Pero cuando oyó decir «Aldo Manuzio» se le iluminó la cara. 

Siguió una larguísima conversación –o más bien monólogo– de tintes surrealistas. Porque don Franco Filippi, el librero, resultó ser, no ya un aficionado, sino un apasionado fanático del impresor que, a caballo entre los siglos XV y XVI, revolucionó el arte de su oficio con ediciones de clásicos griegos, latinos e italianos, impresos con la bellísima tipografía que hoy seguimos llamando aldina, inspirada, o así lo afirma la leyenda, en la letra manuscrita de Petrarca; y que, entre muchos otros libros, alumbró uno de los más raros y hermosos de su tiempo: la Hypnerotomachia Poliphili. El caso es que el señor Filippi, feliz por tener alguien con quien conversar sobre su ídolo, del que demostró saberlo todo y un poco más, se pasó la siguiente media hora –treinta y dos minutos de reloj– asestándome una documentada e interesante conferencia sobre su impresor favorito, en la que apenas pude introducir algunos monosílabos y un par de conjunciones adversativas. Veneziani si nasce o si diventa?,argumentaba don Franco defendiendo la ciudadanía de su héroe impresor, adobada la charla con anécdotas, datos biográficos y técnicos, torrenciales opiniones sobre éste o aquel aspecto de sus trabajos. Yo estaba fascinado, pero temía que me cerrasen la cocina del restaurante de los espaguetis; así que de vez en cuando intentaba pagar el libro y tomárselo de las manos donde lo agitaba como prueba de cuanto decía; pero él lo tenía bien trincado y no lo soltaba. Yo tiraba, y cada vez él lo aferraba más fuerte. «Los presuntos expertos en Manuzio –decía, amargo– no tienen ni la más remota idea. He ido desmontando todas sus tesis una por una. Hubo un congreso sobre él y no me invitaron. Asistí como simple público, y cuando llegaron las preguntas tuve todo el rato la mano levantada. Pero hacían como que no me veían. Son unos ignorantes y me tienen miedo». 

Conseguí, al fin, arrebatarle el libro, pagar –se le había olvidado cobrármelo, y creo que le daba igual– y despedirme tras jurar por los Adagia de Erasmo que volvería para continuar la charla. Me dejó ir con un apretón de manos y una sonrisa satisfecha, feliz por haberse cobrado una víctima que le parecía dócil y simpática, capaz de encajar treinta y dos minutos aldinos y sobrevivir al asunto sin daños cerebrales visibles. Y me fui calle del Paradiso abajo, acariciando el libro tan heroicamente adquirido. Pensaba que, de haberlo conocido treinta años antes, el librero veneciano Franco Filippi habría figurado con todos los honores en mi novela El club Dumas, sin la menor duda. En realidad, concluí con una sonrisa, parecía haber salido directamente de ella. 

2 de diciembre de 2018

domingo, 25 de noviembre de 2018

Sonarse con las banderas

Hace dos o tres semanas asistí de lejos, aunque con curiosidad sociológica, a la polémica que se desató cuando un presentador de televisión, cómico o algo parecido, se sonó las narices en una bandera de España. Saltaron unos y otros a favor o en contra, haciendo del asunto, como acostumbramos aquí, cuestión de tuyos o míos, de demócratas y fascistas, de bronca y guerra civil. Es un gracioso provocador, decían unos. Es un mierdecilla sin puta gracia, decían otros. Etcétera. 

Llevo unos días pensándolo, pero vayan por delante un par de cosas. Una es que no soy imparcial, pues tengo algún amigo humorista vitriólico a cuyo lado el fulano de los mocos y la bandera –que acabó pidiendo excusas– es un pastorcillo de Belén. Sirvan de ejemplo Edu Galán y Darío Adanti, dos desaprensivos que, como dije alguna vez, no respetan ni a la madre que los parió; y a quienes los jueces, cuando sobreviven al ictus que suele provocarles sus espectáculos, atizan multas criminales. Quiero decir que ellos sí son humoristas cimarrones, sin dios ni amo, que en vez de buscar el aplauso fácil se la juegan de verdad, pues lo mismo se niquelan el ojete con la bandera española y la estelada catalana que llaman a la madre Teresa de Calcuta puto cacahuete y se descojonan del Islam. 

Lo otro es lo que pienso de las banderas. Y ahí, si me permiten la discreta chulería, tal vez tenga cierta experiencia, pues durante buena parte de mi vida vi destriparse bajo unas y otras. Quiero decir que lo mío no viene sólo de leer a Kapuscinski, y podría resumirse en que vi a demasiado sinvergüenza envolverse en banderas, como para respetarlas sin reservas, y a demasiada buena gente morir por ellas, como para despreciarlas sin reparos. Las miro con un educado escepticismo que no excluye el respeto, no por ellas sino por quienes las respetan, ni disipa el desprecio, no por ellas sino por quienes las usan con vileza. Las miro, en fin, no con equidistancia sino con ecuanimidad, que no es lo mismo; pero nunca se me ocurriría insultarlas. Valgan como ejemplo, por no centrarnos en la española rojigualda –tan polémica a ratos como la republicana, pues bajo ambas tuvimos héroes y verdugos–, las antiguas barras del reino de Aragón en las que hoy se envuelven Pujol, Mas y Puigdemont, pero bajo las que en el siglo XIV combatieron en Oriente las compañías almogávares. O la ikurriña vasca, a cuya sombra una pandilla de asesinos analfabetos sembró el terror durante años, pero que también ondeó en los dos pequeños pesqueros armados de la Euzkadiko Gudontzidia que el 5 de marzo de 1937 libraron frente al cabo Machichaco un desigual, heroico y suicida combate contra el crucero franquista Canarias

De todas formas, cuando hablamos de provocación algo deberíamos tener en cuenta. Los que de verdad disparan contra todo son pocos. Lo que hacen casi todos es buscar el aplauso fácil de sus habituales, a quienes procuran no ofender jamás. Si en un programa de televisión un fulano se limpia los mocos en una bandera que no ama, lo hace porque a su público, el de esa cadena, el que lo sigue en Twitter, Facebook o en donde sea, le gusta o lo tolera. Incluso lo exige. Y una cosa son las ideas, reales o fingidas, y otra jugarse los garbanzos. Quien ve una televisión o sigue en las redes sociales a tal o cual personaje sabe a qué se expone. Conoce lo que puede esperar de él, y a ese público va destinado lo que el fulano en cuestión dice o hace. Si en España hay también humoristas basura, es porque hay un público que los jalea. Así que no veo por qué han de ofenderse aquéllos a quienes no va destinada la basura, siempre y cuando esa basura no vulnere las leyes vigentes. Sin embargo, dentro de lo legal cada uno es libre de elegir. Basta con no ver esa televisión o no seguir a Fulano o Mengana en las redes sociales. Los disidentes, por su parte, también pueden sonarse en donde quieran, incluso en la foto del que se suena. Nadie lo impide, y sonarse es un acto libre. 

A menudo olvidamos que lo importante es elegir bien lo que uno ve, más que criticar o controlar lo que ven otros. Porque en eso consiste la libertad: en seguir a quien te dé la gana o en ignorarlo. Cuando eres espectador de alguien sabes a lo que te expones cuando te da exactamente lo que esperas; aquello por lo que estás allí y no en otro lugar. Así que, con no verlo, asunto resuelto. Y si lo ves, pues oye. Asume lo que caiga. Que cada uno vea lo que prefiera ver, y que su humorista favorito se suene con lo que le salga del cimbel. Evitarlo es tan sencillo como darle a las teclas silenciar o bloquear de Twitter. O ver otra tele. 

25 de noviembre de 2018

domingo, 18 de noviembre de 2018

No hablar farfullo es de fascistas

Se me ha estropeado la visión, pienso cuando veo el cartel de entrada al pueblo. Tengo que ir al oculista, pues veo menos que el topo Gigio, o como se llame ahora. El caso es que me froto los ojos, miro de nuevo y resulta que no. Atalayo como un lince. Lo que pasa es que donde ponía Villaconejos del Mar Menor pone ahora Biyaconeho del Mamenó. Me desconcierto y pregunto a un señor que pasa por allí. «Es que ahora rotulamos –responde– en lo que llaman farfullo mursiano: el habla de los pescadores de calamares con potera de Mazarrón, que ahora se está recuperando. Es un bien cultural así que queremos darle rango de lengua autonómica». Le doy las gracias, me adentro en el pueblo y compruebo que en efecto: carteles de Se dan clases de farfullo, el rótulo Arrejuntamiento en el ayuntamiento y grafitis reivindicativos en las paredes: El farfullo son nuestras raíces, No hablar farfullo es de fascistas… Cosas así. Hasta los municipales llevan rotulado Pulisía en la gorra. Y cuando entro en un bar a pedir una cerveza, el camarero me pregunta: «¿La quiés de folletín o esclafá?». 

Me despierto, acojonado. Pero no por la pesadilla, sino porque se empieza a parecer a la realidad; o más bien la realidad empieza a convertirse en pesadilla. Dirán ustedes que exagero, pero igual parece menos exagerado si les cuento que conozco al menos tres universidades donde el presupuesto destinado al estudio y fomento de lenguas autonómicas y también de viejas hablas populares, fablas, dialectos, farfullos, jergas rústicas, minoritarias o como quieran llamarlas, duplica el destinado a los departamentos de lengua castellana o española. Y no se trata, insisto, sólo de idiomas tradicionales y asentados como el gallego, el euskera y el catalán, lo que a algunos podría parecer razonable, sino también de cualquier parla local, minoritaria, rural deformación de lenguas cultas o residuo de hablas rústicas, en natural trance de desaparición al haber perdido su objeto y ser desplazadas por el más eficaz y común castellano; y que, ahora, grupos de activistas lingüísticos pretenden no sólo recuperar –lo que nada tiene de malo–, sino imponer a toda costa; lo que ya es menos tranquilizador y, sobre todo, mucho menos práctico. 

Dirán ustedes que hay distancia entre el amor por las viejas palabras y dichos locales que escuchamos de niños, el noble deseo de conservarlos, y su imposición a toda costa: el afán de situarlas por encima de las lenguas prácticas que nos son comunes y que, por complejas razones históricas, acabaron siendo el castellano y, en segundo lugar, los tres grandes idiomas autonómicos. Pero la explicación al disparate, al abismo entre razonable arqueología lingüística y descojonación de Espronceda, es sencilla; para algunos –cada vez más–, el farfullo y sus equivalentes se han convertido en una forma de vida. En un negocio. Mientras el latín, el griego y la lengua española, desprovistos de recursos, son borrados de los planes escolares por un Estado que roza ya la imbecilidad absoluta, La Asosiasión Farfullera del Mamenó, o la que aparezca en cada sitio, consigue nutritivas subvenciones; pues a ver qué gobierno autonómico, ayuntamiento o universidad se atreve a negar viruta a quienes rescatan el rico patrimonio cultural local, sea fabla de pastores del Moncayo o chamullo de pescadores de La Caleta. O sea, cultura popular y democrática hasta las cachas, y no esas lindezas elitistas grecolatinas o como se llamen, ni esa lengua castellana fascista en la que Franco firmaba sentencias de muerte. Da igual que las palabras y expresiones farfulleras aludan a cosas que ya no existen o no se usan. La cosa es volver a las raíces de los pueblos y las gentes. Y si tal palabra está olvidada o nunca existió, se inventa y a chuflar a la vía. Para eso están las universidades, las cátedras por venir, los diccionarios por subvencionar, las campañas pagadas de Fablemos lo nuestro, los maestros que dedicarán su esfuerzo a la útil tarea de que sus alumnos, en vez de alcachofa, aprendan a decir alcasilico; o, como sus antepasados analfabetos de hace un par de siglos, «ráscame er ojete subío a la pareta, sagal», que emociona mucho. Porque, cuidado con eso, no siempre la cultura oficial es la verdadera cultura. Y, como sabe todo cristo –y si no lo saben, asómense a Twitter–, la democracia no será plena en España hasta que en toda autonomía, en toda ciudad, en todo pueblo, cada chucho se lama su badajo. 

Menos mal que acabo de cumplir 67 tacos de almanaque y me queda poco en esta juerga. Y menos, habiendo aeropuertos. Pero ustedes, sobre todo los jóvenes, se van a divertir. Con el farfullo y con todo lo demás, ya verán. Se lo van a pasar de puta madre. 

18 de noviembre de 2018

domingo, 11 de noviembre de 2018

Picasseando Guernicas

No hace mucho hablé aquí de los articulistas parásitos que, a falta de ideas o vida propia, llenan páginas criticando lo que dicen o escriben otros, o lo que las redes sociales dicen que han dicho, y lo hacen sin molestarse en conocer el argumento original. Como para confirmarlo, eso ocurrió de nuevo hace unos días cuando, interrogado por un periodista sobre mi última novela, expresé la documentada sospecha de que Picasso no pintó el Guernica por patriotismo, sino por dinero. Era evidente que ninguno de los indignados guardianes del espíritu picassiano había leído el libro, donde el pintor aparece en un par de capítulos, tratado con suave humor y todo el respeto que como inmenso artista merece. Pero daba igual. Según esos bobos, al hablar del dinero cobrado yo ofendía al artista. Y claro. Por lógica inferencia, y ahí está el punto, también ofendía de rebote a toda la izquierda; y con ella, a la parte más noble y admirable de la humanidad en general. Etcétera. 

Así que, con permiso de ustedes y goteante el colmillo, voy a poner algunos pavos a la sombra. Empezando por que, aparte lo que ya había leído y escrito antes sobre el arte y la guerra –a mi novela El pintor de batallas me remito–, para la historia parisina del espía franquista Lorenzo Falcó, Sabotaje, tercer volumen de la serie, refresqué y estudié despacio todo lo publicado sobre Picasso y el Guernica. Así que cuando empecé a teclear la novela, donde los personajes opinan con la libertad de lo que son, conocía bien las conclusiones de los expertos sobre la génesis del cuadro: desde los clásicos de Van Hensbergen, Penrose y La Puente a las memorias de Man Ray, James Lord o la madre de dos hijos del artista, Françoise Gilot. Libros escritos por historiadores y testigos, no por cantamañanas sectarios de izquierdas que creen que Picasso es de su propiedad, ni por cantamañanas sectarios de derechas que sostienen que el Guernica es un fraude y una basura. 

Entre los historiadores y testigos serios hay quien opina que Picasso pintó el Guernica por patriotismo y quien dice que lo pintó por dinero. Cada cual es muy dueño, y de ellos obtuve mi opinión, que es tan respetable y documentada como las suyas, pues en todas se fundamenta. Y mi conclusión –que no figura en la novela, pero tengo tanto derecho a expresarla como cualquiera– es que Picasso no pintó el cuadro sólo por patriotismo y fervor republicano, sino que también lo hizo por dinero: 200.000 francos eran nueve veces lo que él cobraba entonces por una obra de las caras. Era un dineral entonces y lo sigue siendo hoy. Para afirmar el supuesto altruismo del artista se menciona a menudo la famosa carta de Max Aub, que en mi opinión –coincidente con la de no pocos historiadores– es una carta pactada para justificar políticamente el cobro. Que por otra parte resulta legítimo, porque es natural que un artista cobre por su trabajo. Yo mismo cobro a mis editores, pues vivo de eso. Por mucho que ame la literatura, soy un novelista profesional; como, salvando las inmensas distancias, Picasso era un pintor profesional. 

Y por cierto: puestos a decir verdades a quienes consideran a Picasso artista comprometido en cuerpo y alma con la República, es indiscutible que siempre sostuvo esa causa. Pero conviene recordar que lo hizo desde lejos. Concretamente desde su estudio de París, sin pisar nunca suelo español –absolutamente nunca– en tres años de guerra, pese a haber sido nombrado director honorario del museo del Prado. Tan a gusto estaba en París, por cierto, que se quedó allí durante la posterior ocupación nazi, sin ser molestado por los alemanes; que por esa época molestaban a no poca gente. Y recibió en su estudio a varios de ellos, incluido Ernst Jünger, que no era precisamente un simpatizante de la extinta República española. 

También hay a quien, con desconocimiento no ya de mi novela, sino de la vida de Picasso, incomoda que se diga que le gustaban las mujeres ajenas y que era tacaño, egoísta y aficionado al dinero. Está claro que quien se irrita por eso no ha leído sobre él, ni conoce el testimonio de las mujeres, hijos y amigos que lo calificaron de machista, cruel, rijoso, pesetero, egocéntrico y tirano doméstico. Porque –y esto es lo que ciertos simples no comprenden– se puede ser pintor genial y mala persona, se puede ser de izquierdas y no ser ejemplo de moralidad o patriotismo. Se puede ser republicano y cobrar. Se puede, en fin, ser muchas cosas al mismo tiempo, incluso contradictorias u opuestas entre sí, como por otra parte lo es cada ser humano. Y es que, a pesar de lo que creen algunos imbéciles, la vida real no es un paisaje de blancos y negros, rojos o azules, sino una fascinante gama de grises. Precisamente como el Guernica. 

11 de noviembre de 2018

domingo, 4 de noviembre de 2018

Idiotas sociales

Hace poco, una jovencísima estudiante española colgó en Twitter una fotografía suya, vestida con unas ceñidas mallas negras y un top que en realidad era un sucinto sujetador de medio palmo de anchura, con el siguiente texto: Mi colegio es un retrógrado de mierda, me han echado de una clase por ir así vestida y echando la culpa a que luego se escandaliza todo por que no veas como estamos con que si miran las tetas y el culo xdddd putos retrógradxs. Y, bueno. Como ocurre en las redes sociales, eso dio lugar a muchos comentarios; unos a favor, solidarizándose con ella, y otros en contra, poniéndola de tonta y bajuna para arriba. La chica no era de las que se arrugan, y se defendió como gato panza arriba; si no con prodigios de sintaxis ni ortografía, sí con mucho aplomo, sin disminuirse un palmo. Y, en mi opinión, ahí estuvo lo interesante. En sus argumentos.

La idea general era que ella no había hecho nada malo. Que enseñar el cuerpo en clase no sólo no era malo, sino que era positivo: Claro que hay menores en el instituto y muy pequeños/as, pero ahí esta el error, al menos bajo mi punto de vista; si no se les enseña desde pequeños a normalizar un cuerpo en general.. que se lo vas a imponer con 20 años. Ésa fue una de las respuestas a sus detractores: normalizar el cuerpo. Lo argumentaba con la honrada convicción de estar en lo cierto y defender sus derechos ante mentes estrechas, anticuadas, viejunas. Apelaba a la libertad individual, a la necesidad de que la sociedad cambie sus puntos de vista, al ineludible futuro. Para ella, sentarse entre sus compañeros de ambos sexos con tres palmos de cuerpo desnudo al aire y una tirita de tela en torno al busto era un acto de libertad que ningún reglamento escolar tenía derecho a vulnerar. Mi cuerpo es mío y lo enseño donde me parece, era el asunto. Para la próxima me pongo uno más corto y pantalones mucho más cortos; no es mi problema que ustedes sexualixeis algo que es normaaaaallll, zanjaba irreductible, utilizando además con razonable soltura el punto y coma, algo poco frecuente en chicos de su generación. 

La cosa me dejó un raro malestar: la certeza de que hay cosas en las que la sociedad europea, occidental o como queramos llamarla ahora, ha perdido el control de sí misma. Quizá sea difícil explicarlo y habrá quien no lo comprenda; pero creo que, sobre los razonamientos de esa chica, lo que inquieta es el aplomo con que los formulaba. Su seguridad de estar en lo cierto. Paradójicamente, yo habría preferido de ella una respuesta tan bajuna como el atuendo; algo como Me visto así para ir al kole porque me saaaale del chocho. Habría sido, en mi opinión, un argumento tranquilizador, rutinario, propio de una pedorra de baja estofa, de ésas que la telebasura consagra como modelos a imitar. Lo que me desazona es que la chica en cuestión razonaba bastante bien, aplicándose argumentos probados para otros menesteres y que a un joven de su edad deben parecer irrebatibles: libertad, orgullo, modernidad, cambio, futuro. Que alguien con mínimo sentido común pudiera preguntarle, como réplica, si ella iría a comer a un restaurante donde los camareros sirvieran en tanga, o se casaría con su novio yendo ambos en bragas y calzoncillos es lo de menos. Lo grave es que esa jovencita creía tener razón. Por eso me estremeció su aterradora honradez argumental. Y también me dio escalofríos comprobar –tendrá unos padres que la vean vestirse así para el instituto– que mucha gente comparte su opinión. Es, para entendernos, una idiota no intelectual sino social. Una idiota con argumentos, apoyada por otros idiotas, igualmente honrados, que la aplauden y justifican. 

Asusta, y a eso iba, la ausencia de remordimientos, de complejos, de sentido del decoro o el ridículo. La ignorancia de que a veces, con determinadas actitudes, se falta el respeto a los demás. Ocurre como con el patán que el otro día, en un avión, no contento con ir en pantalón corto mostrando los pelos y varices de las piernas, se quitó las sandalias y me impuso sus pies descalzos como repugnante compañía durante dos horas y media de vuelo. Si me hubiese vuelto hacia él para ciscarme en su puta madre, me habría mirado con asombro, sin comprender. Era otro idiota social, inocente como tantos. Incapaz de verse en un espejo crítico y comprender lo que es y lo que simboliza. Sobre ese particular, recuerdo que un amigo maestro llamó la atención a un alumno por escupir al suelo en clase y éste replicó, sorprendido: «¿Qué tiene de malo?». Mi amigo me dijo que se quedó bloqueado, incapaz de responder. «¿Qué podía yo decirle? –comentaba–. ¿Cómo iba a resumirle allí, de golpe y en pocas palabras, tres mil años de civilización?». 

4 de noviembre de 2018