Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 5 de febrero de 2017

El padre de Rapunzel

Acabo de darme una vuelta por la cuesta Moyano de Madrid, deteniéndome a charlar con los viejos amigos de las casetas, y camino sin prisas, dando un paseo con el botín de la jornada en una bolsa de lona. La mañana de caza no ha estado mal: un par de libros útiles para documentar un episodio de la segunda novela de Falcó, que va por su quinto capítulo sin problemas dignos de mención, y también, aunque ya están en mi biblioteca, El asesinato de Rogelio Ackroyd, de Agatha Christie, Las hazañas del brigadier Gerard, de Conan Doyle, y el volumen de obras completas de Wodehouse sobre Bertie Wooster y su mayordomo Jeeves; libros estupendos que cada vez que me tropiezo con ellos compro para regalar a algún amigo. Total del gasto, y eso que el de Jeeves es caro, 59 euros. Para que luego vengan diciendo los que nunca leen –y no sé cómo lo consiguen– que los libros cuestan demasiado y que la perra vida no tiene analgésicos. 

Paseo, como digo, con mi biblioteca portátil en la mano, camino de la terraza de un café para echar un vistazo tranquilo a las alforjas, cuando me cruzo con un grupo de niños de ambos sexos acompañados por algunos padres y madres. Los críos tendrán entre los seis y los ocho años. Debe de haber alguna fiesta escolar cerca, porque todos llevan disfraces. No soy nada ducho en iconografía infantil, pero reconozco a alguno de los personajes homenajeados: uno va de Mario Bros y otro de Bob Esponja, emparedado entre dos cartones pintados de amarillo. Me los quedo mirando con una sonrisa, porque incluso esos días en los que uno se levanta, oye la radio, hojea los diarios, mira el mundo y piensa que no habría nada más grato que olor a napalm por la mañana, los niños y los perros siempre se salvan. Los dejas aparte. Lo de los críos es más discutible porque luego crecen, se parecen a los padres y se convierten, a su vez, en buenos candidatos al napalm. Pero de momento, a esa edad, aún te remueven cosas. Como los perros, ya digo. Los niños, con su lógica implacable y su honradez intelectual, aún están a la altura de esos chuchos nobles y leales. Todavía te ponen blandito por dentro. El caso es que estoy viendo pasar el grupillo de enanos, y hay una niña que viene algo más retrasada, junto a uno de los padres. Lleva un vestido violeta y una larga peluca rubia de Rapunzel, y camina algo entorpecida por el ruedo de la falda. Y de pronto, otro de los críos se vuelve y le grita: «Venga, Carlos, que llegamos tarde». Entonces veo que Rapunzel hace ademán de acelerar el paso, le miro bien la cara y descubro, o comprendo, que no es una niña sino un niño. Ignoro si la sorpresa se me refleja en la cara o no, pero lo cierto es que lo miro –la miro– con discreta curiosidad. Y en ese momento, mi mirada se cruza con la del padre que camina a su lado. Es un hombre todavía joven, bien vestido. Nos observamos durante unos segundos. Ignoro si me reconoce o no, pero acto seguido tiene una reacción rápida, casi brusca. Extiende una mano, coge la de su hijo y me sostiene la mirada con aire desafiante. Sigo mi camino, y él y su hijo siguen el suyo. Y me alejo dándole vueltas a la mirada de ese padre, entre otras cosas porque, a partir de cierta edad y con ciertas cosas en la mochila, uno sabe interpretar miradas como ésa. Y la que el padre de Rapunzel me dirigió era elocuente. Atrévete a sonreír, decía sin palabras, y te arranco la cabeza. 

Y oigan. No tengo ni idea de pedagogía, ni de aficiones a tal o cual disfraz, ni de hasta qué punto un crío de ocho años disfrazado o travestido de chica entra en los cánones convencionales de la normalidad de sexos, o se sale de ésta. Ni idea. No sé si eso es bueno o malo para él, e ignoro si un padre que accede a que su hijo se disfrace así hace lo correcto, o no lo hace. Opinar sobre ello no es asunto mío. Todo ser humano es un mundo; y cada familia, un laberinto de afectos y esperanzas, un territorio complejo que resulta estúpido juzgar de forma superficial, desde fuera. De lo que sí estoy seguro es de que hace falta mucho amor y mucha entereza para acceder a que un hijo tuyo, nacido varón, vaya a una fiesta escolar cumpliendo su ilusión de vestirse de niña. Y, lo que es aún más importante, acompañarlo con paso firme y la cabeza bien alta, dándole la mano, protector, cuando temes que alguien pueda mirarlo con burla o desprecio. 

Así que rectifico. No sólo críos y perros. También, si uno se fija, hay adultos que se salvan y nos salvan. Porque no me cabe duda: si yo fuera un niño al que le hiciera ilusión vestirse de Rapunzel, querría tener un padre como ése.

5 de febrero de 2017 

domingo, 29 de enero de 2017

Ojo con los abuelos

No había leído completas las memorias de Arthur Koestler. Sólo la primera parte, Flecha en el azul, así como el librito Un testamento español y sus novelas El cero y el infinito y Espartaco. Novelista y ensayista, como saben, Koestler fue miembro del partido comunista y espía de Moscú en la guerra de España. Y como en estos tiempos, gracias a mi amigo Lorenzo Falcó, ando zambullido en aquella época tan bárbara e interesante, decidí zanjar cuentas pendientes con Koestler rematando el relato de su vida. En ésas andaba hace días cuando, ya casi al final, encontré un párrafo que, relacionado con otro libro leído del mismo autor, motiva hoy esta reflexión. Algo que da en qué pensar, y mucho. O, por lo menos, a mí me da. 

En Un testamento español, que leí hace años –ahora acaba de reeditarse bajo el título Diálogo con la muerte–, Koestler narra sus penalidades durante la Guerra Civil tras ser apresado por los nacionales. Estuvo a punto de ser fusilado, y esos días de espera lo convirtieron en testigo privilegiado de la vida carcelaria y las implacables ejecuciones de presos, sus compañeros, sacados de sus celdas para llevarlos al paredón. Es un relato de horror, en el que Koestler manifiesta la natural simpatía por sus compañeros de infortunio. Entre esas simpatías incluye la que siente por dos presos a los que llama Byron y El Tísico, éste último «político republicano muy conocido, Byron había sido su secretario. Desde hace tres meses esperan a ser fusilados», e incluso califica a uno de ellos como «hidalgo español». Luego añade: «Me era más difícil dejar a Byron y al tísico que a todos mis amigos y familiares». Y de esa forma logra transmitirnos la sensación de afecto y solidaridad con ellos, la injusticia de su situación y el horror de la suerte que les aguarda. 

Pero oigan. Cosas de la vida. Ahora, al leer la última parte de las Memorias de Koestler, pues allí menciona nombres reales, he sabido al fin quiénes eran los infelices republicanos, el político y su secretario, sus amigos de cárcel condenados a muerte por los franquistas. Él mismo revela el nombre del Tísico: «Fue ejecutado tres días después de que me soltaran. Se llamaba García Atadell y había sido líder de un grupo de vigilantes de Madrid». El nombre, debo confesarlo, me saltó a la cara como un disparo. Para ser exacto, como los disparos en la nuca, torturas, robos y violaciones, que el Tísico amigo de Koestler, o sea, Agapito García Atadell, tristemente célebre en los anales de la Guerra Civil, y su secretario Byron –de nombre real Luis Ortuño–, ejecutados tres días después de la puesta en libertad del escritor, habían estado practicando con entusiasmo durante la época en la que García Atadell ejerció como -eufemismo delicioso- «líder de vigilantes en Madrid». Todo eso, claro, no lo cuenta Koestler porque lo ignoraba, pero está en los libros de Historia, que detallan cómo García Atadell creó una organización de terror al frente de la Brigada de Investigación Criminal, también llamada Brigada del Amanecer, que con beneplácito del Gobierno instaló una checa en el Paseo de la Castellana donde se torturó, violó y mató sin control ninguno, tanto a derechistas como a republicanos que no eran de su cuerda. Hizo una fortuna con lo robado a sus víctimas, y cuando con su ayudante Ortuño, en plena guerra pero con el bolsillo lleno, quiso huir al extranjero, fue capturado casi de casualidad por los franquistas. Que, ojo por ojo en este caso, le dieron las suyas y las del pulpo. Garrote vil. 

El asunto contiene, a mi juicio, un aspecto educativo. Como escribí alguna vez, en la guerra y postguerra civil cayó gente buena de ambos bandos: españoles honrados que luchaban por sus ideas o se vieron atrapados, a su pesar, en aquel disparate sangriento. Pero cuidado. Allí no todos fueron héroes, ni gente digna. Los 200.000 hombres y mujeres asesinados en ambas retaguardias, no murieron solos. Alguien tuvo que asesinarlos. Y muchos nietos que hoy recuerdan con orgullo o dolor a sus abuelos como luchadores de una u otra causa, ignoran que no todos fueron héroes de trinchera o víctimas inocentes. También hubo carniceros emboscados, ladrones, gentuza miserable como García Atadell y sus infames secuaces. Y políticos que los dejaban actuar. Las leyendas son bonitas, y el afecto filial es comprensible. Pero la realidad tiene su propia lectura. Los españoles tuvimos abuelos admirables en ambos bandos, y también sucios oportunistas y abyectos criminales. Aunque el tiempo, la ignorancia y la simpleza de las redes sociales adornen hoy las cosas de otra manera, hay que tener cuidado con la siempre compleja memoria histórica. Así que ya saben. Mucho ojo con los abuelos. 

29 de enero de 2017

domingo, 22 de enero de 2017

Una historia de España (LXXIX)

Cuando un papa, Pío XII en este caso, llama a un país «nación elegida por Dios, baluarte inexpugnable de la fe católica», está claro que quien gobierna ese país va a estar un rato largo gobernándolo. Nadie tuvo nunca un olfato más fino que el Vaticano, y más en aquel 1939, con la Segunda Guerra Mundial a punto de nieve. Lo de Franco y España estaba claro. El general que menos se había comprometido con el golpe a la República y que sin embargo acabó haciéndose con el poder absoluto, el frío militar que había dirigido con crueldad, sin complejos ni prisas, la metódica carnicería de la guerra civil, iba a durar un rato largo. Quien no viera eso, estaba ciego. El franquismo victorioso no era un régimen militar, pues no gobernaban los militares, ni era un régimen fascista, pues tampoco gobernaban los fascistas. Era una dictadura personal y autoritaria, la de Francisco Franco Bahamonde: ese gallego cauto, inteligente, maniobrero, sin otros escrúpulos que su personalísima conciencia de ferviente católico, anticomunista y patriota radical. Todo lo demás, militares, falange, carlismo, españoles en general, le importaba un carajo. Eran simples instrumentos para ejecutar la idea que él tenía de España. Y en esa idea, él era España. Así que, desde el primer momento, aquel astuto trilero manejó con una habilidad asombrosa los cubiletes y la borrega. Tras descabezar la Falange y el carlismo y convertirlos en títeres del régimen (a José Antonio lo habían fusilado los rojos, y a Fal Conde, el jefe carlista, lo echó de España el propio Franco amenazando con hacerle lo mismo), el nuevo y único amo del cotarro utilizó la parafernalia fascista, en la que realmente no creyó nunca, para darle a su régimen un estilo que armonizara con el de los compadres que lo habían ayudado a ganar la guerra, y que en ese momento eran los chulos de Europa y parecían ser dueños del futuro: Hitler y Mussolini. Así que, como lo que se estilaba en ese momento eran los desfiles, el brazo en alto y la viril concepción de la patria, de la guerra y de la vida, el Caudillo, también llamado Generalísimo por los oportunistas y pelotas que siempre están a mano en tales casos, se apuntó a ello con trompetas y tambores. Apoyado por la oligarquía terrateniente y financiera, a los carlistas los fue dejando de lado, pues ya no necesitaba carne de cañón para la guerra, y encomendó a la Falange -a los falangistas dóciles a su régimen, que a esas alturas eran casi todos- el control público visible del asunto, el encuadramiento de la gente, la burocracia, la actividad sindical, la formación de la juventud del mañana y esa clase de cosas, en estrecho maridaje con la Iglesia católica, a la que correspondió, como premio por el agua bendita con que los representantes de Dios en la tierra habían rociado las banderas victoriosas, el control de la educación, la vida social, la moral y las buenas costumbres. Hasta los más íntimos detalles de la vida familiar o conyugal se dirigían desde el púlpito y el confesonario. Ni se te ocurra hacerle eso a tu marido, hija mía. Etcétera. Empezó así la primera etapa del franquismo (que luego, como todo oportunismo sin auténtica ideología, iría evolucionando al compás de la política internacional y de la vida), con un país arruinado por la guerra y acojonado por el bando vencedor, vigilado por una nueva e implacable policía, con las cárceles llenas para depurar responsabilidades políticas -pocos maestros de escuela quedaron a salvo- y los piquetes de fusilamiento currando a destajo; y afuera, en el exilio, lo mejor de la intelectualidad española había tenido que tomar las de Villadiego para escapar de la cárcel o el paredón mientras en sus cátedras se instalaban ahora, ajustando cuentas, los intelectuales afines al régimen. «Somos más papistas que el papa», proclamó sin cortarse el rector de la universidad de Valencia. Y así, en tales manos, España se convirtió en un páramo de luto y tristeza, empobrecida, enferma, miserable, dócil, asustada y gris, teniendo como único alivio los toros, el fútbol y la radio -otra herramienta fundamental en la consolidación del asunto-. La gente se moría de hambre y de tuberculosis mientras los cargos del régimen, los burócratas y los sinvergüenzas hacían negocios. Todo eran cartillas de racionamiento, censura, papeleo, retórica patriotera con añoranzas imperiales, mercado negro, miedo, humillación y miseria moral. Una triste España de cuartel, oficina y sacristía. Un mundo en blanco y negro. Como afirmó cínicamente el embajador, brillante escritor e intelectual derechista Agustín de Foxá, nada sospechoso de oponerse al régimen: «Vivimos en una dictadura dulcificada por la corrupción»

[Continuará]

22 de enero de 2017

domingo, 15 de enero de 2017

El veterano bajo el puente

En Nueva York hace un frío que pela. Finales de diciembre. Estoy dentro de un coche, en un atasco, mirando por la ventanilla. Los automóviles avanzan muy despacio. Bajo un puente, junto a la calzada, hay un hombre y un perro. El perro está tumbado sobre unos cartones, mirando el lento tráfico con indiferencia. El hombre está de pie, inmóvil. Apoyada en un pilar del puente está su mochila, grande y sucia, de aspecto militar. Se trata de un mendigo. Relativamente joven. Lleva un gorro y mitones de lana, y sostiene un cartel ante el pecho: Veterano de guerra. Sin casa ni trabajo. De vez en cuando, desde algún coche, un conductor baja la ventanilla y le alarga unas monedas, que el hombre agradece con una leve inclinación de cabeza. Todo el tiempo se mantiene erguido, quieto, inexpresivo. No le falta dignidad, y eso encaja con lo escrito en el cartel. Hay, en efecto, un porte castrense en el individuo. Si es mentira lo de veterano, si se trata de una artimaña para conmover a la gente, la verdad es que lo hace bien. Estupendamente bien. 

Por alguna razón, la escena no es insólita en los Estados Unidos. Te la crees, en principio. Un veterano de guerra con Iraq o Afganistán a las espaldas, a quien la vida ha llevado bajo este puente con su perro. Todo puede ser. Y si no fuera cierto, al menos resulta creíble. Puede colar. Los conductores que bajan la ventanilla y le dan algo parecen pensar lo mismo. Ellos son de aquí, conocen mejor a su gente. Olerían un fraude mejor que yo; o tal vez, in dubio pro reo, prefieren concederle al hombre del cartel y el perro el beneficio de la duda. Además, en un país como los Estados Unidos, no sería extraño que algún policía –hay un coche detenido algo más allá del puente– se acercase para confirmar la identidad del mendigo. Hay cosas con la que no se juega aquí, y la palabra veterano es una de ellas. Nada que tenga que ver directa o indirectamente con la bandera norteamericana le parece a nadie ajeno. En principio. O a casi nadie. 

En este punto debo decir que siento envidia. Por biografía, edad y educación desconfío de cualquier bandera. Veintiún años cubriendo guerras ajenas, en todos los bandos posibles, curan de muchas cosas. A poco que dures, la vida le acaba quitando la letra mayúscula a palabras que en otro tiempo escribías con ella: Honor, Dios, Patria… Al final, en cuanto escribes o pronuncias se acaba imponiendo la minúscula como inicial. Es inevitable, y el proceso se llama lucidez. O sentido común. Bandera es de las primeras palabras que sufren ese despojo, cuando observas la cantidad de sinvergüenzas, oportunistas, analfabetos, fanáticos y asesinos que se envuelven en ella. Como mucho, lo que te queda es respeto por quienes la mencionan con honradez, y poco más. Respeto hacia ellos, por supuesto, no para un trapo de colores –fabricado en China– que lo mismo sirve para envolver dignidad que para camuflar basura. 

Sin embargo, o tal vez por eso, hay banderas que envidias. O tal vez lo que envidias sea el uso que cierta gente honrada hace de ellas. Me refiero al recurso solidario y natural a la bandera, no como exclusión, imposición o agresión, sino como lugar común, punto de refugio, de encuentro, en torno al que construir cosas decentes y conservarlas. Esas banderas tricolores en la puerta de cada colegio de Francia, por ejemplo. Esa bandera italiana sobre las piedras venerables del foro de Roma. Esas banderas en los coches de bomberos neoyorkinos, en recuerdo de los compañeros muertos, héroes perdidos bajo los escombros de las Torres Gemelas. O ese cartel de veterano de guerra sobre el pecho de un mendigo al que los conductores, en un país socialmente tan poco solidario como los Estados Unidos, no dejan de ayudar con unas monedas. 

Al fin se diluye el atasco y los coches avanzan. Y mientras le echo un último vistazo al mendigo, concluyo con melancolía que esa escena sería imposible en España. ¿Un ex soldado veterano de Afganistán, de Iraq, del Líbano, de los Balcanes, de cualquier misión de Naciones Unidas, con su cartel y su perro, utilizando su pasado militar para pedir ayuda?… Ni hartos de vino, vamos. Iba listo, el fulano. Alardear aquí de eso, nada menos. Vaya desvergüenza. Como mucho, algunos bajarían la ventanilla, no para darle limosna, sino para llamarlo fascista. Por eso, entre otras muchas cosas, Estados Unidos es el país más admirable y poderoso del mundo, y nosotros somos lo que somos. O sea. Exactamente lo que somos. 

15 de enero de 2017 

domingo, 8 de enero de 2017

Intrusos en casa y otras impotencias

Hace unos días, al anochecer, dos ladrones se pasearon por el jardín de mi casa. Uno de ellos, incluso, llegó a introducirse por una ventana semiabierta y penetró en el interior. Estábamos viendo Perdición en la tele y nadie se dio cuenta hasta que Rumba, la perra, alzó la cabeza, gruñó y se lanzó hacia el pasillo, seguida por Sherlock. Cogí la escopeta de caza y la linterna, hice clac-clac metiendo un cartucho de postas en la recámara –no sabía lo que iba a encontrar, y estoy mayor para que me inflen a hostias–, pero el intruso ya se había largado. Así que, tras asegurarme de eso, salí al jardín a echar un vistazo. Pero no había nadie. Los dos fulanos habían saltado el muro, largándose. Así que telefoneé a Picolandia por si entraban en otra casa cercana, guardé la escopeta, cerré la ventana, conecté la alarma, acaricié a los perros y seguí viendo la peli, resignado. Se preguntarán ustedes cómo sé que los asaltantes eran dos. Y la respuesta está chupada: los vi luego en las cámaras de vigilancia. Las imágenes eran todo un espectáculo, pues se veía perfectamente como los malos saltaban el muro con una tranquilidad asombrosa, cual si no les preocupase que los vieran o no. Caminaban rodeando la casa mientras buscaban cómo entrar. Lo hacían sin esconderse, con toda calma, charlando entre ellos mientras comentaban la jugada, esta ventana sí y aquella no, cómo lo ves, colega, etcétera. Ni siquiera se agachaban, y miraban las cámaras –llevaban gorras que les ocultaban la cara– sin esconderse, con ganas de saludar. Y al llegar ante la ventana iluminada del cuarto donde veíamos la tele, se detuvieron un buen rato, estudiándonos. Una familia y dos perros absortos en Fred McMurray, Bárbara Stanwick y Edward G. Robinson. Pan comido, compañero. Ningún problema. Así que siguieron dando la vuelta, vieron entreabierta una ventana en la cocina, uno ayudó al subir el otro, y éste se coló por ahí. Como por su propia casa. 

Tiene huevos el asunto, oigan. Los dos, tan campantes. Y yo, luego, mientras exploraba el jardín con la herramienta en la mano, preocupado por si los encontraba allí. Qué pasa, pensaba, si le pego un tiro a uno, aunque sea en una pierna, y le estropeo algo. O si en la casa, olvidándome de la escopeta, al ver a un tío dentro, hubiera agarrado uno de los sables de caballería napoleónicos que tengo allí para endiñarle un sablazo. O sea, mi ruina total. Si lo dejo vivo, me reclamará daños y perjuicios. Si me lo cargo, su familia vivirá de mí el resto de su vida. Pero si ocurre lo contrario, si es el malo quien madruga y mi mujer o mi hija se los encuentran en el pasillo o el dormitorio, si a mí me dan las mías y las del pulpo –a ver quién se mete en una casa ajena sin llevar, al menos, una navaja en el bolsillo– a ellos no les pasará absolutamente nada. Como mucho, una visita al cuartelillo para comprobar que tienen más antecedentes que Curro Jiménez. Después, un juez aburrido o comprensivo los pondrá en la calle tras afearles la conducta, e incluso sin afeársela, citándolos para dentro de unos meses, o unos años, o nunca. Y si alguna vez les cae algo, que lo dudo, será una cosita suave, poco traumática; porque, a fin de cuentas, el noble deseo de nuestra sociedad no es castigar, sino regenerar. Y más cuando los regenerables se limitan a entrar en casas ajenas y dar a sus propietarios unos golpes o navajazos de nada. Y encima, a lo mejor o casi seguro, esos fulanos que miran las cámaras con todo descaro son producto de una sociedad explotadora e injusta; o incluso, atenuante definitivo, inmigrantes sin trabajo rechazados por la opulenta y egoísta Europa. Y una casa con jardín, propia en España de ricos y de fachas, es provocación pura y dura. 

Total, que esos eran mis alegres pensamientos mientras iba la otra noche con la linterna y la escopeta, mirando rincones como un gilipollas. Podrías ahorrarte el paseo, chaval. Pensaba. Porque ya me contarás, si los encuentras, qué carajo vas a hacer con la posta lobera. Y lo peor es que lo saben. Hasta puede que sean ellos quienes te introduzcan la escopeta por el ojete. Conocen de sobra dónde están, y a qué leyes se enfrentan. Por eso posan tranquilos ante las cámaras. Es la ventaja que tiene vivir en un país como éste, democracia ejemplar donde los derechos y libertades de cualquier hijo de la gran puta empiezan donde acaban los de la gente honrada y normal; no en una pseudo-democracia fascista como, por ejemplo, los Estados Unidos, donde a un intruso pueden pegarle un tiro en cuanto pisa un jardín ajeno. Aquí, eso sólo nos parece bien en las películas de Clint Eastwood. 

8 de enero de 2017 

domingo, 1 de enero de 2017

Una historia de España (LXXVIII)

Y así, después de tres años de matanza y pesadilla, como decía el gran actor Agustín González en la película Las bicicletas son para el verano (inspirada en un texto teatral de Fernando Fernán Gómez), llegó «no la paz, sino la victoria». Cautivo y desarmado el ejército rojo, según señalaba el parte final emitido por el cuartel general de Franco, las tropas nacionales alcanzaron sus últimos objetivos militares mientras los patéticos restos de la República se diluían trágicamente entre los cementerios, las cárceles y el exilio. Como hay fotos de todo, me ahorro descripciones tontas. Ustedes lo saben tan bien como yo: alrededor de 400.000 muertos en ambos lados -sin contar los causados por hambre y enfermedades- y medio millón de expatriados: carreteras llenas de infelices en fuga, críos ateridos y hambrientos que cruzaban la frontera con sus padres, ancianos desvalidos cubiertos por mantas, Antonio Machado viejo y enfermo, con su madre, camino de su triste final en el sur de Francia, allí donde a los fugitivos, maltratados y humillados, se los recluía en campos de concentración bajo la brutal vigilancia de soldados senegaleses. Para esas horas, los que no habían podido escapar o los que confiaban -infelices pardillos- en la promesa de que quienes no tuvieran las manos manchadas de sangre podían estar tranquilos, eran apresados, cribados, maltratados, internados o fusilados tras juicios sumarísimos en los que, junto al piquete de ejecución -no era cuestión de que se perdieran sus almas, pues Dios aprieta pero no ahoga- nunca faltaba un sacerdote para los últimos auxilios espirituales. La consigna era limpieza total, extirpación absoluta de izquierdismos, sindicalismos, liberalismos, ateísmos, republicanismos, y todo cuanto oliese, hasta de lejos, a democracia y libertad: palabras nefandas que, a juicio del Caudillo y sus partidarios -que ya se contaban por millones, naturalmente- habían llevado a España al desastre. En las prisiones, 300.000 presos políticos esperaban a que se decidiera su suerte, con muchas papeletas para que les tocara cárcel o paredón. Y mientras esos desgraciados pagaban el pato y otros se iban al exilio con lo puesto, los principales responsables del disparate y la derrota, políticos, familiares y no poca gentuza, incluidos conocidos asesinos que habían estado llevándose dinero al extranjero y montándose negocios en previsión de lo inevitable, se instalaron más o menos cómodamente por ahí afuera, a disfrutar del fruto de sus chanchullos, sus robos y sus saqueos (lo de las cuentas en bancos extranjeros no se ha inventado ahora). Muy pocos de los verdaderos culpables políticos o de los más conspicuos asesinos que habían enfangado y ensangrentado la República fueron apresados por los vencedores. Ésos eran los listos. Se habían largado ya, viéndolas venir. En su mayor parte, las tropas franquistas sólo echaron mano y cebaron titulares de prensa y paredones con la morralla, la gente de segunda fila. Con los torpes, los desgraciados o los que tuvieron mala suerte y no espabilaron a tiempo. Y aun en el extranjero, incluso en el exilio, respaldados unos por sus amos de Moscú y otros por sus cuentas bancarias mientras decenas de miles de desgraciados se hacinaban en campos de concentración, los infames dirigentes que con su vileza, mala fe, insolidaridad y ambición habían aniquilado, con la República, las esperanzas de justicia y libertad, siguieron enfrentados entre sí, insultándose, calumniándose e incluso matándose a veces entre ellos, en oscuros ajustes de cuentas. Mientras que en España, como no podía ser de otra forma, la condición humana se manifestaba en su clásica e inevitable evidencia: curándose en salud, todo el mundo acudía en socorro y apoyo del vencedor, las masas se precipitaban a las iglesias para oír misa, obtenían el carnet de Falange, levantaban el brazo en el cine, el fútbol y los toros, y, por poner un ejemplo que vale para cualquier otro sitio, las calles de Barcelona, que hoy frecuentan cientos de miles de patriotas portando esteladas y señeras, se abarrotaron, con los padres y abuelos de esos mismos patriotas, y en mayor número que ahora, de banderas rojigualdas, brazos en alto, caras al sol y en España empieza a amanecer. Tecleen en internet, si les apetece. Abran un par de libros o miren las fotos y revistas de entonces. «Catalunya con el Caudillo», dice una de las pancartas, sobre una multitud inmensa. Eso valía para cualquier lugar de la geografía española, como sigue valiendo para cualquier lugar de la geografía universal. Y se llama supervivencia. 

[Continuará]

1 de enero de 2017 

domingo, 25 de diciembre de 2016

Wikipedia y Sinuhé el egipcio

Cada día transcurrido, cada página leída, cada frase cazada al paso, es una lección interesante, incluso cuando llevas 65 tacos de almanaque deshojados en la mochila. Y más si no perteneces al grupo de los recolectores, sino de los cazadores, y caminas por la vida con los ojos y el zurrón abiertos y la escopeta lista, en esa tensión especial que permite apropiarse de todo cuanto se pone a tiro, para luego sacarle punta. Incluso nimiedades aparentes dan buen juego, si las destripas bien. Pensaba hoy en eso, después de leer algo en internet, en uno de esos blogs modestos, casi personales, poco seguidos, pero que a menudo contienen material interesante, impresiones, ideas que hacen reflexionar. Y éste es el caso, porque el bloguero -joven, sin duda-, mencionando de pasada y en tono afectuoso una novela mía, la última, apuntaba a modo de elogio: «En el trabajo de documentación, se nota que Pérez-Reverte sabe moverse muy bien por Wikipedia». La frase es simpática, y no puedes menos que agradecer la buena intención. La amistosa ingenuidad. Luego echas un vistazo a las otras entradas del blog, consultas la escueta biografía del autor, confirmas su juventud y atas cabos, lo que te lleva a una conclusión inevitable y en cierto modo triste, no sobre ese bloguero en particular, sino sobre cierta manera cada vez más frecuente de abordar el asunto; sobre la idea que poco a poco se va asentando en las nuevas generaciones de lo que es documentar algo; sobre cómo y por dónde acceder a los conocimientos que actuarán como mecanismos de comprensión y análisis a la hora de plantearse un artefacto narrativo, una mirada histórica, un hecho cultural o intelectual. Lo estremecedoramente fácil que resulta, hoy, contentarse con una mirada superficial, con un resumen apresurado hecho por desconocidos, con simples referencias no siempre contrastadas, no siempre rigurosas, no siempre minuciosas, no siempre fiables. Carentes de la autoridad que el tiempo y el rigor, los autores de prestigio y el aplauso de lectores cualificados, dan a las grandes e imprescindibles obras. 

Bien pensado, el asunto inquieta. Yo mismo, cuando trabajo en una novela, recurro con frecuencia a internet. Por supuesto. Pero ésa es sólo una pequeña parte del conjunto, y sé que hay cosas que debo hallar en otra parte. Sin embargo, para muchos jóvenes con inquietudes, con buena voluntad, documentar una novela o un libro cualquiera, acudir a la Historia o a la Ciencia como material de trabajo, significa exclusivamente acudir a Wikipedia. A internet, y punto. Esa fuente documental parece lo más natural del mundo. Y eso se ve fomentado por un sistema educativo que cada vez depende más del teléfono móvil, de la tableta o la enseñanza digital, y desprecia las fuentes clásicas y tradicionales, negando a los jóvenes el hábito de moverse con soltura en fuentes más serias; de familiarizarse con textos solventes, anotar, marcar, comparar, completar. Cada vez queda más lejos, no sólo de la intención, sino de la imaginación, adquirir o consultar libros, trabajar en hemerotecas y bibliotecas, visitar escenarios reales. Ni pasa por la cabeza otra cosa que ir a lo fácil. Para qué consultar el Espasa, la Encyclopaedia Britannica, el Summa Artis, la colección completa de Blanco y Negro o el Diccionario Biográfico de la Academia de la Historia; para qué leer a Galdós, Valle-Inclán, Baroja o Clarín, si con un teclazo lo tienes todo resumido en medio folio. Para qué visitar un museo, para qué viajar a una ciudad con un antiguo mapa y un bloc de notas, pudiendo teclear en el buscador de internet y hasta pasear virtualmente por las calles de Osaka o San Petersburgo. 

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, quienes de esta forma limitan su propio conocimiento aplicarán esos límites a cuanto se les ponga delante. Juzgarán el mundo no por lo que éste tiene y ofrece, sino por la reducida visión que de él tendrán ellos. Y aquí no puedo menos que recordar al querido José Luis Sampedro, economista y escritor, que una tarde en la Real Academia Española, mientras charlábamos con Antonio Mingote y Gregorio Salvador, lamentó, con bondadosa e irónica resignación, que cierto crítico literario hubiera encontrado en su novela La vieja sirena presuntas influencias del best-seller de Mika Waltari Sinuhé el egipcio: «Te pasas la vida leyendo a Homero, Herodoto, Jenofonte o Plutarco, y luego empleas dos o tres años de tu vida en trabajar con todos esos libros abiertos alrededor, para que al final juzgue tu obra un pobre hombre que sólo ha leído Sinuhé el egipcio». 

25 de diciembre de 2016 

domingo, 18 de diciembre de 2016

Una historia de España (LXXVII)

Los detalles militares y políticos de la Guerra Civil, aquellos tres largos y terribles años de trincheras, ofensivas y matanza, de implicación internacional, avance lento y sistemático de las tropas franquistas y descomposición del gobierno legítimo por sus propias divisiones internas, están explicados en numerosos libros de historia españoles y extranjeros. Eso me ahorra meterme en dibujos. Manuel Azaña, por ejemplo, resumió bastante bien el paisaje en sus memorias, cuando escribió aquello de «Reducir aquellas masas a la disciplina, hacerlas entrar en una organización militar del Estado, con mandos dependientes del gobierno, para sostener la guerra conforme a los planes de un estado mayor, constituyó el problema capital de la República». Pese a ese desparrame en el que cada fracción de la izquierda actuaba por su cuenta, y salvando parte de las dificultades a que se enfrentaba, la República logró poner en pie una estrategia defensiva –lo que no excluyó importantes ofensivas– que le permitió batirse el cobre y aguantar hasta la primavera de 1939. Pero, como dijo el mosquetero Porthos en la gruta de Locmaría, era demasiado peso. Había excesivas manos mojando en la salsa, y de nuevo Azaña nos proporciona el retrato al minuto del asunto, en términos que a ustedes resultarán familiares por actuales: «No había una Justicia sino que cada cual se creía capacitado a tomarse la justicia por su mano. El gobierno no podía hacer absolutamente nada porque ni nuestras fronteras ni nuestros puertos estaban en sus manos; estaban en manos de particulares, de organismos locales, provinciales o comarcales; pero, desde luego, el gobierno no podía hacer sentir allí su autoridad». A eso hay que añadir que, a diferencia de la zona nacional, donde todo se hacía manu militari, a leñazo limpio y bajo un mando único –la cárcel y el paredón obraban milagros–, en la zona republicana las expropiaciones y colectivizaciones, realizadas en el mayor desorden imaginable, quebraron el espinazo de la economía, con unos resultados catastróficos de escasez y hambre que no se daban en el otro bando. Y así, poco a poco, estrangulada tanto por mano del adversario militar como por mano propia, la República voceaba democracia y liberalismo mientras en las calles había enormes retratos de Lenin y Stalin; se predicaba la lucha común contra el fascismo mientras comunistas enviados por Moscú, troskistas y anarquistas se mataban entre ellos; se hablaba de fraternidad y solidaridad mientras la Generalitat catalana iba por su cuenta y el gobierno vasco por la suya; y mientras los brigadistas internacionales, idealistas heroicos, luchaban y morían en los frentes de combate, Madrid, Barcelona, Valencia, o sea, la retaguardia, eran una verbena internacional de intelectuales antifascistas, entre ellos numerosos payasos que venían a hacerse fotos, a beber vino, a escuchar flamenco y a escribir poemas y libros sobre una tragedia que ni entendían ni ayudaban a ganar. Y la realidad era que la República se moría, o se suicidaba, mientras la implacable máquina militar del otro lado, con su sólido respaldo alemán e italiano, trituraba sin prisa y sin pausa lo que de ella iba quedando. A esas alturas, sólo los fanáticos (los menos), los imbéciles (algunos más), los oportunistas (abundantes), y sobre todo los que no se atrevían a decirlo en voz alta (la inmensa mayoría), dudaban de cómo iba a acabar aquello. Izquierdistas de buena fe, republicanos sinceros, gente que había defendido a la República e incluso combatido por ella, se apartaban decepcionados o tomaban el camino del exilio prematuro. Entre estos se encontraba nuestro más lúcido cronista de aquel tiempo, el periodista Manuel Chaves Nogales, cuyo prólogo del libro A sangre y fuego (1937) debería ser hoy de estudio obligatorio en todos los colegios españoles: «Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieron España (…) En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando a mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas (…) El resultado final de esta lucha no me importa demasiado. No me interesa gran cosa saber si el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras (…) Habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato»

[Continuará]

18 de diciembre de 2016

domingo, 11 de diciembre de 2016

El último reportero

Me entero, tarde y mal porque andaba de viajes y cosas así, de que con setenta y dos tacos de almanaque ha palmado Manuel Marlasca Cosme, o sea, Manolo Marlasca de toda la vida, a quien conocí hace cuatro décadas y pico. Yo era un jovencísimo niñato de veintidós años, con una mochila llena de libros al hombro y un billete de avión para Oriente Medio en el bolsillo, y al entrar por primera vez en la redacción del periódico cuyo director, Emilio Romero, acababa de contratarme, vi a un tipo bajito, flaco, de nariz larga y pelo negro muy espeso, de pie encima de una mesa, entre las máquinas de escribir, tirando por los aires los folios de una crónica a la que por razones de espacio acababan de cortarle cuarenta y cinco líneas, gritando: «¡Qué feliz estoy de trabajar en este puto diario Pueblo!». En torno a esa mesa, descojonados de risa y haciéndole palmas, solidarizándose guasones con él, estaban Raúl del Pozo, Yale, Amilibia, Juan Pla, José María García, Miguel Ors, Alfredo Marquerie, Vasco Cardoso, Carmen Rigalt, Julio Camarero, Rosa Villacastín, Manolo Cruz, Julia Navarro, Paco Cercadillo, Vicente Talón, Raúl Cancio, Chema Pérez Castro y otros cuya nómina interminable no cabe en la página. Dicho en corto: algunos de los mejores periodistas del mundo. 

En aquel periódico fascinante que tenía cientos de miles de lectores, el más famoso de España, donde firmar en primera página –ahora les ha dado por llamarla portada– era literalmente tocar la gloria, aprendí cuanto podía aprenderse en ese tiempo dorado donde en las redacciones aún había periodistas de raza y fotógrafos y reporteros de leyenda; ésos a los que deseabas, con toda tu alma, emular y parecerte. A principios de los años 70, cuando lo conocí –luego anduvo en muchas otras cosas–, Manolo Marlasca curraba en Sucesos; especialidad reina en un diario como Pueblo, donde titular con eficacia una noticia se consideraba un arte, pues por ahí se atrapaba a cientos de miles de lectores. Eso convertía a Manolo, por mérito propio, en reportero de élite. En aristócrata del oficio. Y más en un diario como aquel, poblado por una cuadrilla de desalmados de ambos sexos, de formidables cazadores de noticias, de depredadores rápidos, implacables y geniales, capaces de jugarse a las cartas, al cierre de la edición, la nómina del mes cobrada horas antes, dormir la borrachera de ese día tirados en el sofá del pasillo, mentir, trampear, disfrazarse, dar sablazos a los colegas, engañar a los compañeros para llegar antes al objetivo, robar de casa del muerto la foto con marco de plata incluido, vender a la madre o la hermana propias a cambio de obtener una sonora exclusiva. De reírse, en fin, del mundo y de la madre que lo parió, con la única excepción del sagrado titular en primera página. 

En aquel mundo palpitante que se reinventaba a sí mismo cada día empezado de cero, en aquel gozoso campo de batalla con hilo musical de teletipos y tableteo de Olivettis, aromatizado de olor a papel y tinta fresca, Manolo Marlasca estaba en su salsa. Lo caracterizaban, como a tantos de nuestros compañeros, una inteligencia deslumbrante, un humor agresivo y socarrón, una mirada avizor de gavilán astuto, y esa cierta chulería, irrespetuosa con lo divino y lo humano, que era seña de la casa y tanto nos marcó a cuantos trabajamos en ella. Ver actuar a Manolo, presenciar sus salidas y llegadas con los fotógrafos –Garrote, Verdugo, Queca, Juana Biarnés, Boutellier y los otros–, oírle comentar las jugadas con el resabiado cinismo profesional de quien cada día bajaba a buscarse la vida a la calle, asistir a sus broncas con los subdirectores Merino y Gurriarán –era bajito, pero tenía un genio de cojones–, observar su espléndida combinación de falta de escrúpulos, rigor profesional y elevadas dosis de dignidad y coraje, resultó para mí un aprendizaje fascinante. Si alguien encarnó como nadie el retrato robot del gran reportero de Pueblo, ése fue Manolo Marlasca Cosme. Lo admiré sin reservas, orgulloso de trabajar a su lado, y a él debo contundentes lecciones de periodismo, conversaciones gratas y hermosos recuerdos. También un momento muy triste cuando, a mediados de los 80, un ministro miserable y embustero decretó con malas artes –entre el silencio complacido de otros colegas de la competencia– el cierre de nuestro periódico, y Manolo y yo estuvimos juntos al pie de la rotativa que tiraba el último Pueblo que salió a la calle. Cogimos un ejemplar cada uno, manchándonos los dedos de tinta, y nos abrazamos. Entonces Manolo se echó a llorar como una criatura. «No olvides nunca el nombre del ministro que nos hace esto», dijo. Y así es, compañero. Nunca lo he olvidado. 

11 de diciembre de 2016

domingo, 4 de diciembre de 2016

Especular y hacer quinielas

Acabo de oír, en una tertulia mañanera, algo que me incomoda. Resulta que una periodista –joven, aunque lo mismo podría haber sido un correoso veterano–, en plena, inevitable y reiterativa conversación sobre política y políticos, tema estrella de nuestras vidas radiofónicas y televisivas, ha afirmado, sin despeinarse y sin que ningún contertulio se lo matice: «Nuestro deber como periodistas es especular y hacer quinielas». Y ojo. No lo soltó en plan guasón, choteándose de las cosas de la vida y de la deriva que la palabra periodismo, envenenada por la política y sus protagonistas, sufre en España, sino con toda la seriedad del mundo. De buena fe, y creyéndoselo. O sea. Tragándoselo hasta la bola. 

Hay que ver cómo cambia el paisaje. Durante los veintiún años que ejercí el oficio, y en boca de cuantos maestros de periodistas conocí, siempre escuché lo contrario. Nuestro deber, insistían, es averiguar hechos ciertos, documentarlos con rigor y contarlos con la mayor limpieza posible, para que el receptor, el lector o quien sea, pueda hacerse su propia idea del asunto. La parte especulativa o analítica quedaba para los editorialistas y redactores de opinión, quienes, por su prestigio o cercanía ideológica con la empresa que les pagaba, se metían en jardines metafísicos. Como decía Paco Cercadillo, el mejor redactor jefe que tuve en mi vida: «Cuando quieras opinar, cabrón, fundas tu periódico». O como escribió Graham Greene, que fue reportero: «Dios sólo existe para los editorialistas». 

Quizá porque fui puta antes que monja, y por más voluntad que le echo al asunto, no consigo acostumbrarme a ciertos usos y maneras excesivas de ese periodismo especulador y opinativo que hoy, con frecuencia, sustituye al honorable rastreo riguroso de toda la vida; aunque, por suerte, éste no haya desaparecido de las redacciones ni del espíritu de los jóvenes lobeznos que, pese a las dificultades y a veces a pesar de sus propias empresas, salen a buscarse la vida en territorios comanches allí o aquí, teniendo presente, o intuyéndolo aunque nadie se lo haya dicho, aquello de las tres fuentes que otro viejo maestro, Chema Pérez Castro, me explicó cuando puse los pies en la sección de Internacional que él dirigía. Tres fuentes necesarias sin las que ningún periodista serio debería afirmar o publicar nada importante: una proporciona el dato, otra lo confirma y una tercera lo blinda. Con eso, decía Chema, nadie podrá jamás tirarte abajo nada. Nunca. 

Pero resulta que, por el espacio peligroso y ambiguo que va de Paco Cercadillo y Chema Pérez Castro al periodista que especula y hace quinielas, transita ahora peligrosamente, me parece, buena parte del periodismo que se hace en España, o al menos uno de sus aspectos más visibles: justo el que a veces le resta credibilidad -a causa de la demanda, cualquiera puede ser tertuliano de radio o tele aunque sólo venda humo-, y a menudo, por su exceso y prolijidad, también lo hace aburrido, previsible y hasta sospechoso. Porque una cosa es el análisis de la realidad política, la especulación tertuliana honesta, informada y necesaria, y otra convertir la política en argumento estrella por sí misma, donde todo cuanto bajo ésta se cobije se vende como si nuestras vidas dependieran de ello. En mi opinión, estos lodos provienen de viejos polvos, cuando la transición alumbró una excesiva familiaridad entre periodistas y políticos; un compadreo que entonces fue útil, pues permitía airear asuntos importantes, pero también suscitó un estilo de periodismo excesivamente cercano a la política, contaminado por ésta e incrustado en ella de modo poco higiénico. Esa simbiosis introdujo a demasiados periodistas en la trastienda de los partidos, y algunos llegaron a creer, y a decirlo, que el picor de nalgas de un secretario general, el silencio de un ministro o el bostezo de un presidente del gobierno, o sea, los más intrascendentes recovecos y mecanismos internos de la política, son materia de interés público, decisiva para nuestro presente y nuestro futuro. Y así, lo que en otros países ocupa una pequeña o razonable parcela de programas, periódicos o telediarios, aquí se ha vuelto médula fundamental, salsa de todos los platos, motivo continuo y aparente razón de ser de un periodismo que, salvando respetables y muy espléndidas excepciones, a veces olvida su noble función informativa para convertirse en colaborador necesario, incluso cómplice, en el pasteleo de una infame clase política que ha convertido España en un negocio y un disparate. Convirtiendo a mucha mediocre gentuza, de tanto nombrarla, glosarla y sobarla, en arrogantes reyes del mambo. 

4 de diciembre de 2016 

domingo, 27 de noviembre de 2016

Una historia de España (LXXVI)

Llegados a este punto del disparate hispano en aquella matanza que iba a durar tres años, conviene señalar una importante diferencia entre republicanos y nacionales que explica muchas cosas, resultado final incluido. Mientras en el bando franquista, disciplinado militarmente y sometido a un mando único, todos los esfuerzos se coordinaban para ganar la guerra, la zona republicana era una descojonación política y social, un disparate de insolidaridad y rivalidades donde cada cual iba a lo suyo, o lo intentaba. Al haberse pasado la mayor parte de los jefes y oficiales del ejército a las filas de los sublevados, la defensa de la República había quedado en manos de unos pocos militares leales y de una variopinta combinación, pésimamente estructurada, de milicias, partidos y sindicatos. La contundente reacción armada popular, que había logrado parar los pies a los rebeldes en los núcleos urbanos más importantes como Madrid, Barcelona, Valencia y el País Vasco, había sido espontánea y descoordinada. Pero la guerra larga que estaba por delante requería acciones concertadas, mandos unificados, disciplina y fuerzas militares organizadas para combatir con éxito al enemigo profesional que tenían enfrente. Aquello, sin embargo, era una casa de locos. La autoridad real era inexistente, fragmentada en cientos de comités, consejos y organismos autónomos socialistas, anarquistas y comunistas que tenían ideas e intenciones diversas. Cada cual se constituía en poder local e iba a lo suyo, y esas divisiones y odios, que llegaban hasta la liquidación física y sin complejos de adversarios políticos –mientras unos luchaban en el frente, otros se puteaban y asesinaban en la retaguardia–, iban a lastrar el esfuerzo republicano durante toda la guerra, llevándolo a su triste final. «Rodeado de imbéciles, gobierne usted si puede», escribiría Azaña en sus memorias. Lo que resume bien la cosa. Y a ese carajal de facciones, demagogia y desacuerdos, de políticos oportunistas, de fanáticos radicales y de analfabetos con pistola queriendo repartirse el pastel, vino a sumarse, como guinda, la intervención extranjera. Mientras la Alemania nazi y la Italia fascista apoyaban a los rebeldes con material de guerra, aviones y tropas, el comunismo internacional reclutó para España a los idealistas voluntarios de las Brigadas Internacionales (que iban a morir por millares, como carne de cañón); y, lo que fue mucho más importante, la Unión Soviética se encargó de suministrar a la República material bélico y asesores de élite, expertos políticos y militares cuya influencia en el desarrollo del conflicto sería enorme. A esas alturas, con cada cual barriendo para casa, el asunto se planteaba entre dos opciones que pronto se convirtieron en irreconciliables tensiones: ganar la guerra para mantener la legalidad republicana, o aprovecharla para hacer una verdadera revolución social a lo bestia, que las izquierdas más extremas seguían considerando fundamental y pendiente. Los anarquistas, sobre todo, reacios a cualquier forma de autoridad seria, fueron una constante fuente de indisciplina y de problemas durante toda la guerra (discutían las órdenes, se negaban a cumplirlas y abandonaban el frente para irse a visitar a la familia), derivando incluso aquello en enfrentamientos armados. Tampoco los socialistas extremos de Largo Caballero querían un ejército formal –«ejército de la contrarrevolución», lo motejaba aquel nefasto idiota–, sino sólo milicias populares, como si éstas fueran capaces de hacer frente a unas tropas franquistas eficaces, bien mandadas y profesionales. Y así, mientras unos se partían la cara en los frentes de batalla, otros se la partían entre ellos en la retaguardia, peleándose por el poder, minando el esfuerzo de guerra y sometiendo a la República a una sucesión de sobresaltos armados y políticos que iban a dar como resultado sucesivos gobiernos inestables –Giral, Largo Caballero, Negrín– y llevarían, inevitablemente, al desastre final. Por suerte para el bando republicano, la creciente influencia comunista, con su férrea disciplina y sus objetivos claros, era partidaria de ganar primero la guerra; lo que no impedía a los hombres de Moscú, tanto españoles como soviéticos, limpiar el paisaje de adversarios políticos a la menor ocasión, vía tiro en la nuca. Pero eso, en fin, permitió resistir con cierto éxito la presión militar de los nacionales, al vertebrarse de modo coherente, poco a poco y basándose en la magnífica experiencia pionera del famoso Quinto Regimiento –también encuadrado por comunistas–, el ejército popular de la República.

[Continuará] 

27 de noviembre de 2016 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Una historia de España (LXXV)

Transformado el golpe militar en guerra civil, el bando nacional -a diferencia del republicano- comprendió, con mucha lucidez militar, la necesidad de un mando único para conducir de forma eficaz aquella matanza. También la Alemania nazi y la Italia fascista exigían un interlocutor concreto, un nombre, un rostro con quien negociar apoyo financiero, diplomático y militar. Y su favorito de toda la vida era el general Franco. Ante esa evidencia, la junta rebelde acabó cediendo a éste los poderes, que se vieron reforzados –aquel espadón gallego y bajito era un tipo con suerte– porque los generales Sanjurjo y Mola palmaron en sendos accidentes de aviación. Y cuando las tropas nacionales fracasaron en su intento de tomar Madrid, y la cosa tomó derroteros de guerra larga, el flamante jefe supremo decidió actuar con minuciosa y criminal calma, sin prisas, afianzando de forma contundente las zonas conquistadas, sin importarle un carajo la pérdida de vidas humanas propias o ajenas. La victoria final podía esperar, pues mientras tanto había otras teclas importantes que ir tocando: asegurar su poder y afianzar la retaguardia. Así, mientras la parte bélica del que ya se llamaba Alzamiento Nacional discurría por cauces lentos pero seguros, el ahora Caudillo de la nueva España se puso a la tarea de concentrar poderes y convertirla en Una, Grande y Libre -eso decía él-, aunque entendidos los tres conceptos muy a su manera. A su peculiar estilo. Apoyado, naturalmente, por todos los portadores de botijo, oportunistas y sinvergüenzas que en estos casos, sin distinción de bandos o ideologías, suelen acudir en socorro del vencedor preguntando qué hay de lo mío. A esas alturas, la hipócrita política de no intervención de las democracias occidentales, que habían decidido lavarse las manos en la pajarraca hispana, beneficiaba al bando nacional más que a la República. De modo que, conduciendo sin prisas una guerra metódica cuya duración lo beneficiaba, remojado por el clero entusiasta en agua bendita, obedecido por los militares, acogotando a los requetés y falangistas que pretendían ir por libre y sustituyéndolos por chupacirios acojonados y sumisos, reuniendo en su mano todos los poderes imaginables, el astuto, taimado e impasible general Franco (ya nadie tenía huevos de llamarlo Franquito, como cuando era comandante del Tercio en Marruecos) se elevó a sí mismo a la máxima magistratura como dictador del nuevo Estado nacional. Con el jefe de la Falange, José Antonio, recién fusilado por los rojos –otro golpe de suerte–, los requetés carlistas bajo control y las tropas dirigidas por generales que le eran por completo leales –a los que no, los quitaba de en medio con mucha astucia–, Franco puso en marcha, paralela a la acción militar, una implacable política de fascio-militarización nacional basada en dos puntos clave: unidad de la patria amenazada por las hordas marxistas y defensa de la fé (entonces aún se escribía con acento) católica, apostólica y romana. Todas las reformas que con tanto esfuerzo y salivilla había logrado poner en marcha la República se fueron, por supuesto, al carajo. La represión fue durísima: palo y tentetieso. Hubo pena de muerte para cualquier clase de actividad huelguista u opositora, se ilegalizaron los partidos y se prohibió toda actividad sindical, dejando indefensos a obreros y campesinos. Las tierras ocupadas se devolvieron a los antiguos propietarios y las fábricas a manos de los patronos. En lo social y doméstico «se entregó de nuevo al clero católico –son palabras del historiador Enrique Moradiellos– el control de las costumbres civiles y de la vida educativa y cultural». Casi todos los maestros –unos 52.000– fueron vigilados, expedientados, expulsados, encarcelados o fusilados. Volvieron a separarse niños y niñas en las escuelas, pues aquello se consideraba «un crimen ministerial contra las mujeres decentes», se suprimió el divorcio –imaginen el desparrame–, las festividades católicas se hicieron oficiales y la censura eclesiástica empezó a controlarlo todo. Los niños alzaban el brazo en las escuelas; los futbolistas, toreros y el público, en estadios, plazas de toros y cines; y hasta los obispos lo hacían –ver esas fotos da vergüenza– al sacar al Caudillo bajo palio después de misa, mientras las cárceles se llenaban de presos, los piquetes de ejecución curraban a destajo y las mujeres, devueltas a su noble condición de compañeras sumisas, católicas esposas y madres, se veían privadas de todos los importantes progresos sociales y políticos que habían conseguido durante la República. 

[Continuará]

20 de noviembre de 2016 

domingo, 13 de noviembre de 2016

La merienda del niño

Divorciado. Mi amigo Paco –lo llamaremos Paco para no complicarle más la vida– es divorciado desde hace tiempo, de ésos a los que la mujer, un día y como si no viniera a cuento, aunque siempre viene, le dijo: «Ahí te quedas, gilipollas, porque me tienes harta», y se largó de casa. Al principio, como tienen un hijo de ocho años, la cosa funcionó en plan amistoso, pensión de mutuo acuerdo y demás, tú a Boston y yo a California. Pero la ex legítima, cuenta Paco, se juntó con unas cuantas amigas también divorciadas que empezaron a crear ambiente. Cómo dejas que ese hijoputa se vaya de rositas, sácale los tuétanos, y cosas así. Lo normal. Además, una de las compis era abogada, así que Paco lo tenía claro. Su ex lo pensó mejor, se le puso flamenca, y al año de separarse le había quitado la casa, el coche, el perro, las tres cuartas partes del sueldo y la custodia del niño. «Y no me quitó la moto -dice Paco-, porque me arrastré como un gusano, suplicando que me la dejara». 

Desde entonces, un día a la semana, mi amigo va a recoger a su hijo al cole. En Madrid. Se trata, me cuenta, de uno de esos colegios pijoprogres de barrio ídem, por Chamberí, con papis modernos y enrollados –«como lo era yo, te lo juro, hasta que esa zorra me dio por saco», matiza Paco–, donde a las criaturas se les quita horas de Lengua, de Historia y de Ciencias para darles Valores y Buen Rollito, Estabilidad Emocional, Dinámica de Grupo, Gramática de Género y Génera, Convivencia de Civilizaciones, Acogida a Refugiados y otras materias de vital importancia. 

Paco tiene mala imagen en el cole de su hijo. Seguramente se debe a que el curso pasado, en la fiesta de Halloween, o de Acción de Gracias, o del Ramadán, una de ésas –Navidad o Reyes no eran, seguro, pues no se celebran para no ofender a los padres y niños no creyentes–, donde el asunto para disfrazar a los niños eran los piratas del Caribe, a Paco se le ocurrió vestir a su hijo, que le tocaba en casa ese día, con un parche en el ojo y una espada de plástico. Y cuando la profesora vio llegar al niño de la mano de su padre, lo primero que hizo fue quitarle el parche y la espada. El parche, dijo indignada, porque podía herir la sensibilidad de las personas con alguna minusvalía de visión ocular; y la espada de plástico, porque en ese colegio las armas estaban prohibidas. Y cuando Paco argumentó que los piratas llevaban armas para sus abordajes y masacres, la profe zanjó el asunto con un seco: «También había piratas buenos». 

Pero la peor fama de Paco en el colegio de su hijo, piratas y parche aparte, viene de la cosa alimentaria: la merienda. No hay una sola madre con hijo allí que no sea una talibán de la alimentación sana; y como el gran enemigo de las madres progres son la harina refinada y las bebidas carbonatadas, cuando acuden a buscar a los niños todas van provistas de fruta ultrasana, zumo de papaya virgen, pan de pipas, pan integral con levadura madre enriquecida con semillas, jamón york ecológico, queso de leche de soja o tortilla de huevos de gallinas salvajes que viven en libertad, igualdad y fraternidad. Los carbohidratos, naturalmente, sólo se consienten en los cumpleaños; y según cuenta Paco, basta pronunciar la palabra Nocilla para ganarte una oleada de miradas asesinas. Al principio, dice, esperaba a su hijo en la puerta del cole con la moto y un donut o un bollicao. «Y como los otros críos miraban al mío con envidia, no puedes imaginarte el odio con el que me trataban algunas madres. Como si fuera un terrorista. Hasta dejaron de invitar a mi hijo a los cumpleaños y fiestas de pijamas». Alguna, incluso, hasta se ha chivado a la del niño: «Deberías vigilar lo que le da de comer tu ex marido». 

Así que, en los últimos tiempos, Paco y su vástago han pasado a la clandestinidad en cuestión de meriendas, utilizando entre ellos una jerga en código que los protege de la Gestapo materno-escolar. Cuando el enano sale de clase con los compañeros, ya está adiestrado para preguntar a su padre cosas como «¿Qué hay de lo que tú sabes?», a lo que Paco responde, tras mirar prudente a un lado y a otro: «Tranqui colega, ahora te lo paso». Entonces el zagal le guiña un ojo y pregunta, susurrando esperanzado: «¿Foskito?». Pero Paco mueve la cabeza: «Hoy toca zoológico», responde. Y mientras suben a la moto, clandestinamente, ocultándolo bajo el anorak de su hijo, le pasa la pantera rosa o el tigretón. 

13 de noviembre de 2016

domingo, 6 de noviembre de 2016

Una historia de España (LXXIV)

Y ahora, ya de nuevo y por fin en esa gozosa guerra civil en la que tan a gusto nos sentimos los españoles, con nuestra larga historia de bandos, facciones, odios, envidias, rencores, etiquetas y nuestro constante «estás conmigo o contra mí», nuestro «al adversario no lo quiero vencido ni convencido, sino exterminado», nuestro «lo que yo te diga» y nuestro «se va a enterar ese hijo de puta», cuando disponemos de los medios y la impunidad adecuada, y sumando además la feroz incultura del año 36 y la mala simiente sembrada en unos y otros por una clase política ambiciosa, irresponsable y sin escrúpulos, vayan haciéndose ustedes idea de lo que fue la represión del adversario en ambos bandos, rebelde y republicano, nacional y rojo, cuando el pifostio se les fue a todos de las manos: unos golpistas que no consiguieron doblegar con rapidez la resistencia popular, como pretendían, y unos leales a la República que, sumidos en el caos de un Estado al que entre todos habían pasado años destruyendo hasta convertirlo en una piltrafa, se veían incapaces de aplastar el levantamiento, por muchas ganas y voluntad que le echaran al asunto. Con la mayor parte del ejército en rebeldía, secundada por falangistas, carlistas y otras fuerzas de derecha, sólo las organizaciones políticas de izquierda, en unión de algunas tropas leales, guardias de asalto y unos pocos guardias civiles no sublevados, estaban preparadas para hacer frente al asunto. Así que se decidió armar al pueblo como recurso. Eso funcionó en algunos lugares y en otros no tanto; pero la confrontación del entusiasmo popular con la fría profesionalidad de los rebeldes obró el milagro de igualar las cosas. Obreros y campesinos con escopetas de caza y fusiles que no sabían usar mantuvieron media España para la República y murieron con verdadero heroísmo en la otra media. Así, poco a poco, entre durísimos combates, los frentes se fueron estabilizando. Pero a esa guerra civil se había llegado a través de mucho odio, al que venía a sumarse, naturalmente, la muy puerca condición humana. Allí donde alguien vencía, como suele ocurrir, todos acudían en socorro del vencedor: unos por congraciarse con el más fuerte, otros para borrar viejas culpas, otros por ambición, supervivencia o ganas de venganza. Así que a la matanza de los frentes de batalla, por una parte, a la calculada y criminal política de represión sistemática puesta en pie por el bando rebelde para aterrorizar y aplastar al adversario, a la ejecución también implacable -y masiva, a menudo- por parte de los republicanos de los militares rebeldes y derechistas activos que en los primeros momentos cayeron en sus manos, o sea, a todo ese disparate de sangre inmediata y en caliente, vino a añadirse el horror frío y prolongado de la retaguardia. De ambas retaguardias. De aquellos lugares donde no había gente que se pegaba tiros de trinchera a trinchera de tú a tú, que mataba y moría por sus ideas o simplemente porque la casualidad la había puesto en tal o cual bando (caso de la mayor parte de los combatientes de todas las guerras civiles que en el mundo han sido), sino gentuza emboscada, delincuentes, oportunistas, ladrones y asesinos que se paseaban con armas a cientos de kilómetros del frente, matando, torturando, violando y robando a mansalva, lo mismo con el mono de miliciano que con la boina de requeté o la camisa azul de Falange. Canallas oportunistas, todos ellos, a quienes los militares rebeldes encomendaron la parte más sucia de la represión y el régimen de terror que estaban resueltos a imponer; y a los que, en el otro lado, el gobierno republicano, rehén del pueblo al que no había tenido más remedio que armar, era incapaz de controlar mientras se dedicaban, en un sindiós de organizaciones, grupos y pandillas de matones y saqueadores, todos en nombre del pueblo y la República, a su propia revolución brutal, a sus ajustes de cuentas, a su caza de curas, burgueses y fascistas reales o imaginarios. Eso, cuando no eran las autoridades quienes lo alentaban. Así que cuidado. No todos los que hoy recuerdan con orgullo a sus abuelos, heroicos luchadores de la España republicana o nacional, saben que muchos de esos abuelos no pasaron la guerra peleando con sus iguales, matando y muriendo por sus ideas o su mala suerte, sino sacando de sus casas de madrugada a infelices, cebando cunetas y tapias de cementerios con maestros de escuela, terratenientes, sacerdotes, militares jubilados, sindicalistas, votantes de derechas o de izquierdas, incluso simples propietarios de algo bueno para expropiar o robar. Así que menos orgullo y menos lobos, Caperucita. 

[Continuará]

6 de noviembre de 2016

domingo, 30 de octubre de 2016

Un amigo peligroso

Durante un año y medio he vivido con un amigo íntimo llamado Lorenzo Falcó. Y a estas alturas lo sé todo de él. O casi todo, pues no estoy seguro de que nuestra relación haya terminado aún. Intuyo que volverá. El fulano es un tipo peculiar, del género peligroso; y el mayor desafío, durante todo este tiempo, ha sido convencer a los posibles lectores de que lo admitan como personaje. Como compañía durante trescientas páginas. Y no crean que fue fácil, oigan. Intentarlo. 

Pónganse en mi lugar. De ocho a diez horas diarias, durante meses y meses. Dale que te pego a la imaginación, al material de trabajo y a la tecla. Lleva su tiempo, se lo aseguro, convertir en alguien aceptable, incluso atractivo, a un personaje como ése. A favor del asunto contaba con que se trata de un sujeto de treinta y tantos años bastante guapo, apuesto, simpático, elegante, de sonrisa devastadora, de ésos a los que las mujeres hermosas o inteligentes conceden siempre cinco segundos de prórroga, o de oportunidad, tras mirarlos por primera vez. En contra del personaje, sin embargo, jugaban otros factores de peso: chico de buena familia en plan bala perdida, sin escrúpulos, golfo, cínico, mujeriego, amoral, asesino cuando se tercia, sin hacerle ascos ni al tabaco, ni a la bebida, ni a otros productos más o menos estimulantes. De cafiaspirinas para arriba. Cosas así. 

La ambientación tuvo también sus dimes y diretes. La verdad es que los tiempos que corren no son propicios a cierta clase de historias, donde no hay aventura imaginable sin pantallas de ordenador, drones, teléfonos móviles y toda esa maldita y vulgar quincalla tecnológica. Ni siquiera los malos de las pelis o los libros son ya lo que eran. Pero, en fin. Qué quieren que les diga. Yo soy lector, e incluso espectador de cine, de la vieja escuela. O para ser más exactos, soy un lector que accidentalmente, por pura necesidad práctica, escribe novelas como las que le gustaría leer. Escribo en defensa propia. Así que, para ambientar las peripecias de mi amigo Lorenzo Falcó, decidí irme hacia atrás en el tiempo. Buscarle escenarios donde todavía las cosas tuvieran su puntito. Su encanto. 

Contaba a mi favor un aspecto práctico. Hace años, durante la escritura de El tango de la Guardia Vieja, me asomé en profundidad al mundo de la Europa de los años 30, y de aquel trabajo conservaba intacto mucho material y unas cuantas ideas no desarrolladas; porque las novelas tienen su propia disciplina interna, y en ellas no cabe todo lo que a uno se le ocurre. Me quedó pendiente el runrún de los hoteles de lujo, los grandes expresos europeos, el glamour hoy perdido de ciertos hombres y mujeres de entonces, en contraste con el lado sórdido y oscuro de aquella Europa turbulenta, dislocada por fascismos, nazismos y comunismos, que se encaminaba ciega hacia el desastre. De modo que elegí ese doble mundo y ese fascinante momento histórico para situar a mi personaje: un sinvergüenza de buena familia jerezana, expulsado de la academia naval por liarse con la mujer de un profesor, ex traficante de armas, reclutado en los Balcanes por los servicios de inteligencia españoles, agente y espía de muy reducidas lealtades que recorre esa intensa geografía de drama y aventura teniendo muy claro que en el mundo convulso donde vive, actúa y mata, hay dos bandos perfectamente definidos: a un lado el suyo propio, y al otro todos los demás. 

Espero haberlo conseguido. Lo intenté, al menos. Confío en que tantos meses de trabajo, tantas lecturas y cuadernos de notas, tantas viejas películas vistas, tantos recuerdos de familia, tantos viajes a los lugares donde se desarrollan los hechos de la novela, tantas noches imaginando antes de dormir lo que escribiría a la mañana siguiente, hayan logrado su segundo objetivo: seducir a quien lea esa historia, obligándolo a acompañarme por ella hasta el final. En cuanto al primer objetivo, ya está conseguido. Algunos escribimos novelas para ser felices, seguir jugando como cuando éramos niños, reescribir los libros que amamos a la nueva luz de nuestras propias vidas. Para asegurarnos un largo y grato período de satisfacción personal, de libros que jamás uno leería de no trabajar en lo que trabaja, de experiencias y puntos de vista que se acumulan a medida que todo progresa. Nadie es el mismo al empezar un libro que al terminarlo, sea como lector o como escritor. Gracias a Lorenzo Falcó, como a todos sus predecesores, también yo he cambiado en este largo tiempo vivido junto a él. Y ahora nos despedimos ante la puerta de un antiguo hotel de lujo, en Estoril. Estrecho su mano y pongo a disposición de ustedes su vida y su sonrisa. 

30 de octubre de 2016

domingo, 23 de octubre de 2016

Una historia de España (LXXIII)

Del 17 al 18 de julio, la sublevación militar iniciada en Melilla se extendió al resto de plazas africanas y a la península con el apoyo civil de carlistas y falangistas. De 53 guarniciones militares, 44 dieron el cante. Entre quienes llevaban uniforme, algunos se echaron para adelante con entusiasmo, otros de mala gana y otros se negaron en redondo (en contra de lo que suele contarse, una parte del ejército y de la Guardia Civil permaneció fiel a la República). Pero el cuartelazo se llevó a cabo, como ordenaban las instrucciones del general Mola, sin paños calientes. Allí donde triunfó el golpe, jefes, oficiales y soldados que no se sumaron a la rebelión, incluso indecisos, fueron apresados y fusilados en el acto —”pasados por las armas” era el delicioso eufemismo— o en los días siguientes. En las listas negras empezaron a tacharse nombres vía cárcel, cuneta o paredón. Militares desafectos o tibios, políticos, sindicalistas, gente señalada por sus ideas de izquierda, empezó a pasar por la máquina de picar carne. La represión de cuanto olía a República fue deliberada desde el primer momento, fría e implacable; se trataba de aterrorizar y paralizar al adversario. Que, por su parte, reaccionó con notable rapidez y eficacia, dentro del caos reinante.La pequeña parte del ejército que permaneció fiel a la República, militares profesionales apoyados por milicias obreras y campesinas armadas a toda prisa, mal organizadas pero resueltas a combatir con entusiasmo a los golpistas, resultó clave en aquellos días decisivos, pues se opuso con firmeza a la rebelión y la aplastó en media península. En Barcelona, en Oviedo, en Madrid, en Valencia, en la mitad de Andalucía, la sublevación fracasó; y muchos rebeldes, que no esperaban tanta resistencia popular, quedaron aislados y en su mayor parte acabaron palmando —ahí se hacían pocos prisioneros—. Cuatro días después, lo que iba a ser un golpe de estado rápido y brutal, visto y no visto, se empezó a estancar. Las cosas no eran tan fáciles como en el papel. Sobre el 21 de julio, España ya estaba partida en dos. El gobiemo republicano conservaba el control de las principales zonas industriales —los obreros, batiéndose duro, habían sido decisivos— y una buena parte de las zonas agrícolas, casi toda la costa cantábrica y casi todo el litoral mediterráneo, así como la mayor parte de la flota y las principales bases aéreas y aeródromos. Pero en las zonas que los rebeldes controlaban, y a partir de ellas, éstos se movían con rapidez, dureza y eficacia. Gracias a la ayuda técnica, aviones y demás, que alemanes e italianos —cuya tecla habían pulsado los golpistas antes de tirarse a la piscina— prestaron desde el primer momento, los legionarios del Tercio y los moros de Regulares empezaron a llegar desde las guarniciones del norte de África, y las columnas rebeldes aseguraron posiciones y avanzaron hacia los centros de resistencia más próximos. Se enfrentaban así eficacia y competencia militar, de una parte, contra entusiasmo popular y ganas de pelear de la otra; hasta el punto de que, a fuerza de cojones y escopetazos, ambas fuerzas tan diferentes llegaron a equilibrarse en aquellos primeros momentos. Lo que dice mucho, si no de la preparación, sí de la firmeza combativa de las izquierdas y su parte correspondiente de pueblo armado. Empezó así la primera de las tres fases en las que iba a desarrollarse aquella guerra civil que ya estaba a punto de nieve: la de consolidación y estabilización de las dos zonas, que se prolongaría hasta finales de año con el frustrado intento de los sublevados por tomar Madrid (la segunda fase, hasta diciembre de 1938, fue ya una guerra de frentes y trincheras; y la tercera, la descomposición republicana y las ofensivas finales de las tropas rebeldes). Los sublevados, que apelaban a los valores cristianos y patrióticos frente a la barbarie marxista, empezaron a llamarse a sí mismos “tropas nacionales”, y en la terminología general quedó este término para ellos, así como el de “rojos” para los republicanos. Pero el problema principal era que esa división en dos zonas, roja y nacional, no correspondía exactamente con quienes estaban en ellas. Había gente de izquierdas en zona nacional y gente de derechas en zona roja. Incluso soldados de ambos bandos estaban donde les había tocado, no donde habrían querido estar. También gente ajena a unos y otros, a la que aquel sangriento disparate pillaba en medio. Y entonces, apelando al verdugo y al inquisidor que siglos de historia infame nos habían dejado en las venas, los que tenían las armas en una y otra zona se aplicaron, con criminal entusiasmo, a la tarea de clarificar el paisaje.

[Continuará]

23 de octubre de 2016

domingo, 16 de octubre de 2016

La madrina de guerra

En los últimos días me ha venido a la memoria una historia familiar que tal vez les apetezca que les cuente. Ocurrió en plena Guerra Civil, a finales de 1938 y en Los Dolores, un pueblecito próximo a Cartagena, zona republicana, donde algunos jovencitos de ambos sexos habían sido enviados por sus familias para mantenerlos a salvo de los duros bombardeos que por aquellos tiempos asolaban la ciudad. Era aquél un grupo de adolescentes entre los catorce y los dieciséis años, entre los que había tres o cuatro chicas guapas. Solían sentarse todos al atardecer bajo los porches de la panadería, para hablar de sus cosas. Eran muchachos más o menos afortunados, pues su contacto con la tragedia era limitado: recuerdo de alborotos y disparos en las calles al principio del conflicto, retumbar de bombas que por la noche recortaban entre resplandores, a lo lejos, las colinas que circundaban la ciudad, partes de guerra oídos en la radio, camiones con milicianos de mono azul y soldados de caqui que pasaban con frecuencia por la carretera. Éste era su principal entretenimiento. Se sentaban allí a verlos pasar polvorientos y cansados, y levantaban el puño respondiendo a sus saludos, cuando desde los camiones gritaban piropos a las chicas. A veces los oían cantar A las barricadas o La Internacional

Durante un par de días, por alguna razón que nunca llegaron a conocer o no recuerdan, una de aquellas compañías de soldados se detuvo allí. Era gente disciplinada, con oficiales jóvenes y educados. A los chicos de la pandilla les impresionaban sus uniformes, sus correajes y sus pistolas. Algunas veces conversaron con ellos bajo el porche de la panadería. Naturalmente, las jovencitas llamaban la atención de los militares, y entre ellas y los oficiales se entabló un coqueteo simpático e inocente. Era muy común entonces, tanto en el bando nacional como en el republicano, la costumbre de la llamada madrina de guerra. Eso nada tenía que ver con el noviazgo. Para los soldados del frente, la madrina era una mujer joven o mayor, soltera o casada, que le enviaba cartas para animarlo, paquetes con comida, calcetines de lana tejidos por ella y cosas así. A veces sólo le daba una fotografía para que el soldado la llevara consigo en los peligros y se la mostrara a los compañeros. Una especie de amuleto de la buena suerte. 

La más joven de las chicas del grupo se llamaba Lolita. Tenía sólo catorce años, pero era muy guapa, y para su edad estaba espléndidamente desarrollada. Uno de los oficiales, un joven teniente moreno y con grandes ojos negros, le preguntó, medio en broma, si quería ser su madrina de guerra. Y ella, por supuesto, dijo que sí. «Tendrás entonces que darme una foto tuya», dijo el oficial. «Está bien», respondió la chica. Así que corrió a su casa y regresó con una fotografía. Cuando se la puso en las manos al oficial, éste miró la foto, la miró a ella y volvió a mirar la foto, primero sorprendido y luego con una sonrisa. «¿Qué edad tenías cuando te la hicieron?», preguntó. «Un año y medio», respondió ella. El joven aún sonreía cuando guardó cuidadosamente en su cartera la imagen de un bebé sentado en un almohadón, con un lazo enorme en la cabeza, chupándose un dedo. Y aquella misma noche, él y sus soldados se marcharon al frente. 

Lolita no volvió a saber nada de su ahijado de guerra. Pasaron los años. Se convirtió en una mujer espléndida, que tenía novio. Había terminado sus estudios, hablaba un par de idiomas y trabajaba en una conocida agencia de viajes cuyas oficinas estaban en Cartagena, en la Muralla del Mar. Y un día, diez años después de la guerra, un hombre entró en la oficina y preguntó por ella. «¿Se acuerda usted de mí?», preguntó. Ella no se acordaba. Entonces él sacó de la cartera la foto algo ajada de Lolita con año y medio, chupándose el dedo. «Me acompañó toda la guerra, en cada trinchera y en cada combate. Su foto me dio suerte. Estoy de paso por Cartagena, la he buscado a usted mediante unos amigos y he venido a devolvérsela». Y dicho eso, le estrechó la mano, dio la vuelta y se marchó. 

Lolita todavía conserva esa vieja fotografía que durante un tiempo fue talismán de un soldado. Su ahijado de guerra. Ahora ella tiene 93 años, y cuando le pregunto si en 1938 era así de ingenua, si aquella foto del bebé fue un acto de inocencia o una travesura deliberada, se echa a reír. Y es la suya una risa melancólica, traviesa y feliz. 

Conozco bien esa risa, porque Lolita es mi madre. 

16 de octubre de 2016. 

domingo, 9 de octubre de 2016

Una historia de España (LXXII)

Y al fin, como se estaba viendo venir, llegó la tragedia y los votos se cambiaron por las armas. Un periódico de Cartagena sacó en primera página un titular que resumía bien el ambiente: «Cuánto cuento y cuánta mierda». Ése era el verdadero tono del asunto. En vísperas de las elecciones de principios de 1936, a las que las izquierdas, contra su costumbre, se presentaban por fin unidas en el llamado Frente Popular, el líder de la derecha, Gil Robles, había afirmado «Sociedad única y patria única. Al que quiera discutirlo hay que aplastarlo». Por su parte, Largo Caballero, líder del ala socialista radical, había sido aun más explícito e irresponsable: «Si ganan las derechas, tendremos que ir a una guerra civil declarada». Casi diez millones de los trece y pico millones de votantes (el 72 por ciento, que se dice pronto) fueron a las urnas: 4,7 millones votaron izquierdas y 4,4 millones votaron derechas. Diferencia escasa, o sea, 300.000 cochinos votos. Poca cosa, aunque el número de escaños, por la ley electoral, fue más de doble para los frentepopulistas. Eso echó a la calle, entusiasmados, a sus partidarios. Habían ganado las izquierdas. Así que quienes decidieron ir a la guerra civil, con las mismas ganas, fueron los otros. Mientras Manuel Azaña recibía el encargo de formar gobierno, reactivando todas las reformas sociales y políticas anuladas o aparcadas en los últimos tiempos, la derecha se echó al monte. Banqueros de postín como Juan March, que a esas alturas ya habían puesto la pasta a buen recaudo en el extranjero, empezaron a ofrecerse para financiar un golpe de Estado como Dios manda, y algunos destacados generales contactaron discretamente con los gobiernos de Alemania e Italia para sondear cómo verían el sartenazo a la República. En toda España los militares leales y los descontentos se miraban unos a otros de reojo, y señalados jefes y oficiales empezaron a tomar café conspirando en voz cada vez más alta, sin apenas disimulo. Pero tampoco el gobierno se atrevía a poner del todo los pavos a la sombra, por no irritarlos más. Y por supuesto, desde el día siguiente de ganar las elecciones la unidad de la izquierda se había ido al carajo. La demagogia alternaba con la irresponsabilidad y la chulería. Con casi 900.000 obreros y campesinos en paro y con hambre, la economía hecha trizas, el capital acojonado, la mediana y pequeña burguesía inquieta, los más previsores largándose –quienes podían– al verlas venir, la calle revuelta y el pistolerismo de ambos bandos ajustando cuentas en cada esquina, el ambiente se pudría con rapidez. Aquello apestaba a pólvora y a sangre. El político Calvo Sotelo, que estaba desplazando a Gil Robles al frente de la derecha, dijo en las Cortes eso de «Cuando las hordas rojas avanzan, sólo se les conoce un freno: la fuerza del Estado y la transfusión de las virtudes militares: obediencia, disciplina y jerarquía. Por eso invoco al Ejército». Cualquier pretexto casual o buscado era bueno. Faltaba la chispa detonadora, y ésta llegó el 12 de julio. Ese día, pistoleros falangistas –el jefe, José Antonio, estaba encarcelado por esas fechas, pero seguían actuando sus escuadras– le dieron matarile al teniente Castillo, un conocido socialista que era oficial de la guardia de Asalto. Para agradecer el detalle, algunos subordinados y compañeros del finado secuestraron y asesinaron a Calvo Sotelo, y Gil Robles se les escapó por los pelos. La foto de Calvo Sotelo hecho un cristo, fiambre sobre una mesa de la morgue, conmocionó a toda España. «Este atentado es la guerra», tituló El Socialista. Y vaya si lo era, aunque si no hubiera sido ése habría sido cualquier otro -cuando te toca, ni aunque te quites, como dicen en México-. Por aquellas fechas del verano, todo el pescado estaba vendido. Unas maniobras militares en Marruecos sirvieron para engrasar los mecanismos del golpe que, desde Pamplona y con apoyo de importantes elementos carlistas, coordinaba el general Emilio Mola Vidal, en comunicación con otros espadones entre los que se contaban el contumaz golpista general Sanjurjo y el respetado general Franco. En vísperas de la sublevación, prevista para el 17 de julio, Mola –un tipo inteligente, duro y frío como la madre que lo parió– había preparado listas de personalidades militares, políticas y sindicales a detener y fusilar. El plan era un golpe rápido que tumbase a la República e instaurase una dictadura militar. «La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo», escribió a los conjurados. Nadie esperaba que esa acción puntual en extremo violenta fuera a convertirse en una feroz guerra de tres años. 

[Continuará]

9 de octubre de 2016

domingo, 2 de octubre de 2016

No siempre limpia y da esplendor

Este artículo de hoy es una disculpa y una confesión de impotencia. Durante los trece años que llevo en la Real Academia Española he recibido, como otros compañeros, numerosos comentarios, sugerencias y peticiones de ayuda. Se nos han enviado repetidas muestras de disparates lingüísticos vinculados a la política, al feminismo radical, a la incultura, a la demagogia políticamente correcta o a la simple estupidez; de todo aquello que, contrario al sentido común de una lengua hermosa y sabia como la castellana, la ensucia y envilece. Y debo decir, en honor a la Academia, que a lo largo de todo ese tiempo he asistido a muchos intentos por ayudar a quienes piden consejo o amparo ante la estupidez, la arbitrariedad y el despropósito. Por dar respuesta eficaz a las quejas de ciudadanos indignados con el maltrato que de la lengua se hace en medios informativos y televisiones, apoyar a padres a cuyos hijos se impide estudiar en castellano, orientar a funcionarios de autonomías donde las autoridades locales imponen disparates que violentan el sentido común, o defender a quienes son víctimas de acoso por no pretender sino ejercer su derecho a hablar y escribir con propiedad la lengua española.

Sin embargo, muy rara vez la Academia ha hecho oír en público la voz de su autoridad. Sólo recuerdo un caso en trece años, pese a que cada denuncia, cada sugerencia razonable, ha sido llevada a los plenos de los jueves por algunos de nosotros pidiendo intervenciones menos discretas y más contundentes. El último debate fue antes del verano, cuando funcionarios y profesores andaluces pidieron amparo ante unas nuevas normas que pueden obligar a los profesores, en clase, a utilizar el ridículo desdoblamiento de género que, excepto algunos políticos demagogos y algunos imbéciles, nadie utiliza en el habla real. Eso nos llevó en la RAE a un animado debate, en el que algunos, incluido el director, nos mostramos partidarios de escribir una carta a la Junta de Andalucía para señalar ese despropósito. Pero la iniciativa, cual todas las anteriores sobre esta materia, no salió adelante. La Academia, como tantas otras veces, volvió a guardar silencio.

Esto requiere una explicación. En la Academia, los acuerdos se toman por unanimidad o mayoría; pero allí, como en otros lugares, hay de todo. Eso incluye a acomplejados y timoratos. Es mucha la presión exterior, y eso lo comprendes. No todo el mundo es capaz de afrontar consecuencias en forma de etiqueta machista, o verse acosado por el matonismo ultrafeminista radical, que exige sumisión a sus delirios lingüísticos bajo pena de duras campañas por parte de palmeros y sicarios analfabetos en las redes sociales. Lo notas en las miradas cómplices o aprobatorias cuando planteas algo conflictivo, miradas que luego contrastan con los silencios a la hora de mojarse o de votar. «Para qué nos vamos a meter en política», argumenta alguno, para quien meterse en política es todo aquello que nos lleve a opinar en público. Incluso la iniciativa –hasta hoy frustrada– de que la RAE presente y difunda un informe anual sobre el estado de la lengua, la consideran injerencia.

El único ejemplo reciente de coraje público lo dimos cuando Ignacio Bosque, quizá nuestro más brillante compañero, presentó su famoso informe contra la estupidez de género y génera. Aun así, el profesor Bosque lo hizo como iniciativa personal, y algunos académicos se negaban a refrendarlo hasta que tuvieron que plegarse a la mayoría. Aquello era, apuntaban como siempre, «meternos en política».

Y es que, como dije antes, en la RAE hay de todo. Gente noble y valiente y gente que no lo es. Académicos hombres y mujeres de altísimo nivel, y también, como en todas partes, algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla. En Felipe IV sigue cumpliéndose aquel viejo dicho: hay académicos que dan lustre a la RAE, y otros a los que la RAE da lustre. Que acabaron ahí por carambolas, cuotas o azares, y deben a la Academia buena parte de lo que son, o aparentan ser, ahora.

Pero en fin. Unos cuantos académicos lo seguiremos intentando. La RAE lo merece: notario de la lengua española y vértebra capital de una patria de 500 millones de hispanohablantes cuya bandera es El Quijote. A veces, es cierto, en episodios como los que acabo de narrar, apetece coger la puerta e irse; pero no es cosa de regalar esa satisfacción. Mejor seguir dentro dando por saco, peleando por el sentido común, llamando cada jueves pusilánimes a los que lo son, y estúpidos a quienes creen que por meter la cabeza en un agujero no se les queda el culo al aire.

2 de octubre de 2016