domingo, 18 de marzo de 2018

La joven del violín

Sentado en la terraza del bar Laredo de Sevilla, con un libro en las manos –Memorias de un librero, de Héctor Yánover– y una copa de manzanilla sobre la mesa, levanto de vez en cuando la vista para mirar a la gente que pasa. De vez en cuando, grupos de turistas desembocan en la plaza de San Francisco viniendo por la calle Sierpes, camino de la Giralda y el Patio de los Naranjos; y otros, que van por libre, se pasean despacio mirando el edificio del Ayuntamiento. Es una mañana muy sevillana, luminosa y tranquila. Y para hacerla todavía más agradable, suena música de violín. 

La violinista llegó hace un momento, dejó en el suelo el estuche abierto de su instrumento y empezó a tocar Fascinación. La tengo a unos cinco metros. Es joven, gordita y guapa, con el pelo recogido en dos trenzas cortas. Su aspecto es simpático. Tiene los ojos claros y al principio me parece extranjera, pero al rato pasan dos conocidos suyos, deja de tocar un momento y la oigo cambiar unas palabras en perfecto español. Después sigue tocando. Mientras desliza el arco sobre las cuerdas, su expresión se torna muy dulce. La observo detenidamente y concluyo que no está fingiendo. Con certeza ama la música que hace, es feliz con el violín encajado en el hueco del hombro y la mandíbula, tocándolo con elegante maestría. No sé casi nada de música, pero sí lo bastante para saber cuándo un intérprete es bueno o malo. Y ésta es muy buena. No de esos aguafiestas que estás hablando y se te sitúan al lado con un altavoz y un chundarata insoportable, amargándote el aperitivo; y luego, encima, pretenden que les pagues por ello. Nada de eso. La chica del violín es una artista de verdad. Una violinista seria. 

Pese a todo, el estuche del suelo sigue vacío. Nadie de los que pasan, y son muchos, deja una moneda. Ocurre, además, algo que me desagrada siempre, y que observo a menudo en lugares semejantes: turistas equipados con cámaras o teléfonos móviles, que creen que quienes están en la calle haciendo pompas de jabón, o disfrazados de astronauta, o tocando el violín, están allí para que ellos puedan hacer fotos por la cara, completamente gratis. Que les paga el Ayuntamiento para que alegren el itinerario. Gente tacaña, o estúpida, que se acerca, hace la foto o, lo que es peor, pide que la fotografíen junto al artista o personaje de turno, y luego sigue su camino sin dejar nada a cambio. 

Eso es lo que ocurre con la chica del violín. La miran, se paran a su lado, se hacen fotos con ella y nadie deja caer un euro. Es más: en la mesa contigua a la mía hay una pareja. Un hombre y una mujer negros, muy bien vestidos. Ella es grandota y abundante; y él, un tipo corpulento con un pesado reloj de oro en la muñeca y un teléfono pegado a la oreja, por el que habla en inglés, a grito pelado, sin importarle la música y quienes la escuchamos. Y yo miro a la violinista, su dulce expresión absorta en la música, los ojos claros que entorna a veces como si se sintiera transportada por ella, y me pregunto con tristeza cuántos sueños mueren aquí, frente a esta terraza de un bar de Sevilla, o frente a no importa qué bar del mundo. Cuántas horas de esfuerzo, de practicar, de confiar en poder dedicarse un día a vivir de lo que sin duda era una pasión, y que, tras vaya usted a saber cuántas decepciones, fracasos y amarguras, acaban en un estuche abierto en el suelo, en una melodía que apenas nadie atiende en serio, en una joven con trenzas y ojos claros que, absorta en la música que ama, la ofrece en la calle a fin de ganarse la vida con lo que sabe, como la dejan, como puede. 

La chica toca ahora Moon River; y una vacaburra, acompañada por un animal varón de apariencia aún más grosera que ella, se acerca, se hace una foto al lado y sigue su camino sin mirar siquiera a la chica del violín, que cuando les sonríe lo hace ya al vacío. Entonces llego a ese pasaje del libro en el que Yánover habla del cliente que preguntó: «¿Tienen Crimen y castigo, de Doctor Jekyll?». Y me digo que ya es suficiente, que mi capacidad de tristeza se ha colmado de sobra esta mañana; así que cierro el libro, me levanto, y antes de irme dejo un billete en la funda vacía. Al incorporarme, encuentro un destello de agradecimiento en la mirada clara de la joven. Entonces le guiño un ojo y ella hace lo mismo, sin dejar de tocar. Y mientras me alejo, cuando dirijo una última mirada a la violinista cuya melodía va quedando a mi espalda, veo que la negra de la mesa se ha levantado y también deja algo en el estuche. 

18 de marzo de 2018 

domingo, 11 de marzo de 2018

Mujeres

Acabo de mirar un viejo bloc de notas para confirmar que aquello sucedió en los Balcanes en septiembre de 1991. El ejército serbio, que todavía era yugoslavo, intentaba aplastar la sublevación nacionalista croata. Por delante, preparando el terreno, iban los irregulares chetniks, una milicia despiadada para la que el degüello de hombres y la violación de mujeres eran legítimas armas de guerra. Aquello dejaba un rastro de pueblos en llamas, casas destruidas, enjambres de moscas zumbando sobre cadáveres tirados por todas partes. El paisaje de Croacia, como más tarde Bosnia, era idéntico al fondo de El triunfo de la Muerte, de Brueghel. Parecía el mismo lugar y la misma guerra. En realidad, lo era. 

Estábamos allí ganándonos el jornal: Márquez con su cámara, Jadranka, nuestra intérprete croata, y el arriba firmante. Aquel día la Armija yugoslava atacaba fuerte en Okučani, y allá nos fuimos temprano, para contarlo en el telediario. Cuando llegamos el pueblo ardía, y mientras los hombres peleaban al otro lado, intentando contener a los tanques serbios, mujeres, niños y ancianos intentaban escapar por la carretera. De vez en cuando caía un zambombazo de artillería que aceleraba la desbandada y el pánico. Dejamos el coche a un lado y nos pusimos a trabajar. Las imágenes no las describo porque esa misma noche salieron en el telediario. De pie entre aquella locura, sereno como siempre, el ojo pegado al visor y un cigarrillo en la boca, Márquez lo grababa todo. Después nos metimos en el pueblo en dirección a donde sonaban los tiros, para completar el curro. De pronto dejamos de ver gente. Sólo calles desiertas, ruido de tiros y cristales rotos. Territorio comanche. 

Jadranka era alta, tranquila y muy valiente. Le pagábamos una pasta por trabajar con nosotros, pero lo que hacía no podía pagarse con dinero. Aquel otoño, en tres meses de combates y sobresaltos, vi su cabello, originalmente oscuro, encanecer por completo. Negro en Petrinja y gris en Vukovar. En aquella campaña Jadranka nos sacó de muchos apuros; y nosotros a ella, de alguno. La única vez que Márquez y yo renunciamos a una gran exclusiva fue a causa de Jadranka, para evitar que cayera en manos de los serbios. Pero no me arrepiento, ni Márquez tampoco. De todas formas, ésa es otra historia. Aquel día en Okučani estuvo estupenda, como siempre. Y fue ella quien nos señaló al pequeño grupo de gente que corría entre las casas en llamas: dos mujeres jóvenes con niños pequeños, un anciano que apenas podía caminar y una mujer también mayor, enlutada. 

Márquez y yo les salimos al paso. Y se asustaron. Dos tíos con casco y chaleco antibalas que aparecen de pronto entre la humareda y les apuntaban con una cámara, parecida a un arma, no era en absoluto tranquilizador. Y entonces, de pronto, me di cuenta de que la anciana llevaba en las manos una escopeta de caza, y que al vernos se la echaba a la cara, a bocajarro, dispuesta a mandarnos al otro barrio sin más trámite. Decidida y mortal. Alcé las manos y grité «¡Novinar, novinar!» para que supiera que éramos periodistas, pero seguía apuntándonos con el dedo en el gatillo, y si no llega a interponerse Jadranka, largando en croata, la abuela nos limpia el forro. Pocas veces estuve tan seguro de que nos iban a matar. 

Después, mientras los ayudábamos a salir de allí, Jadranka nos fue traduciendo la historia. Los hombres de la familia combatían en las afueras del pueblo; y el abuelo, descompuesto por la edad y el terror, no servía para nada. Los chetniks violaban a las mujeres jóvenes, así que era la abuela la que cuidaba de sus nueras, su marido y sus nietos, llevando para protegerlos la vieja escopeta de caza de la familia. Era una vieja bajita, regordeta, de casi setenta años, con un pañuelo en la cabeza y un hatillo donde llevaba unos mendrugos de pan, tres latas de sardinas y una docena de cartuchos de postas. Miraba a Márquez con suspicacia y desafío mientras éste la filmaba, sin soltar el arma, con el dedo rozando el guardamonte. Como si no acabara de fiarse del todo. Y mientras yo la observaba caminar y volverse de vez en cuando a comprobar que sus nueras, nietos y marido la seguían, y veía a su lado a Jadranka, erguida pese a la fatiga, tiznada de humo y sucia de barro, con aquel pelo que ya agrisaban las primeras canas, pensé que los hombres miramos desde fuera a las mujeres. Vivimos con ellas, las amamos, halagamos, toleramos y utilizamos. Creemos conocerlas, pero en realidad no sabemos nada. Absolutamente nada. Hasta que cualquier día, en Okučani o en donde sea, las forzamos a coger la escopeta y pelear. Y entonces te hielan la sangre. 

11 de marzo de 2018 

domingo, 4 de marzo de 2018

Cediendo el paso, o no

Camino por el lado izquierdo de una calle de Lisboa, subiendo del Chiado al barrio Alto: una de ésas que tienen aceras estrechas que sólo permiten el paso de una persona a la vez. Me precede un individuo joven, sobre los treinta y pocos años. Un tipo normal, como cualquiera. Un fulano de infantería que camina con las manos en los bolsillos. Podría ser portugués, o inglés, o español; de cualquier sitio. Va razonablemente vestido. De frente, por la misma acera, camina hacia nosotros una señora mayor, casi anciana. Por reflejo automático, sin pensarlo siquiera, bajo de la acera a la calzada para dejar el paso libre, atento al tráfico, no sea que un coche me lleve por delante. Lo hago mientras supongo que el individuo que me precede hará lo mismo; pero éste sigue adelante, impasible, pegado a las fachadas, obligando a la señora a dejar la acera y exponerse al tráfico.

Cuando la mujer queda atrás, me adelanto un poco para ver la cara de ese cenutrio. Lo miro, me mira él a mí como preguntándose qué diablos miro, y en su estólida expresión, en la forma en que continúa su camino, comprendo que sería inútil recriminarle algo. No lo iba a entender aunque se lo cantara en fado y con fondo de guitarras, me digo. No es consciente de lo que ha ocurrido. No ha hecho apartarse a la señora por descuido, ni por deliberación; ni siquiera por no exponerse al tráfico él mismo. Es, sencillamente, que no le ha pasado por la cabeza. Que ni le pasa, ni le pasará nunca. Y si yo ahora le dijera que es una grosera mala bestia, antes de liarnos a guantazos –ganaría él, porque es mucho más joven– me miraría sorprendido, preguntándose por qué.

Y ése es el punto, concluyo desolado. Que en el mundo de ese fulano, en la forma natural, instintiva, que semejante sujeto tiene de abordar la vida y la relación con los demás –él y los millares y millones que son como él–, ceder el paso o gestos parecidos ya no forman parte de sus reflejos. De su adiestramiento social. De su educación. Da lo mismo, a estas alturas, que quien venga por la acera sea mujer, niño, anciano o joven de su mismo sexo y edad. Lo más elemental del mundo, ceder el paso a cualquiera, al que viene de frente, va a cruzar el umbral de una puerta o te cruzas en un pasillo, resulta para él algo impensable, por completo ajeno a su comprensión y a su forma de mirar el mundo. No existe, y punto. Nadie se lo ha enseñado en casa o en el colegio, o nadie le ha insistido en ello. Lo suyo es irreprochable, por tanto. Es un grosero honrado, un animal consecuente. Una bestia inocente, limpia de polvo y paja.

Ustedes saben que lo que acabo de contar no es una anécdota casual. Siempre hay justos en Sodoma, claro. Por suerte aún quedan muchos y muy nobles. Pero su número decrece, sin duda. Basta un trayecto en metro o autobús, un rato en los bancos de espera de una estación de tren de cercanías: jambos o pavas despatarrados en un asiento, dándole al móvil mientras un anciano, una mujer embarazada o quien diablos toque, cualquiera a respetar, están de pie a su lado. Descarados que se ponen delante cuando estás esperando un taxi y le hacen señas primero, en vez de preguntar si lo esperabas tú; brutos que empujan para pasar primero, ignorando que exista algo parecido a una disculpa; cretinos de ambos sexos que permanecen callados mirando al vacío cuando saludas al entrar en una sala de espera; gentuza que no ha pronunciado nunca las palabras ‘por favor’ y ‘gracias’, e ignora lo mucho que esas expresiones facilitan la vida propia y ajena; patanes que, cuando les sostienes la puerta para que no les dé en las narices, pasan por tu lado sin mirarte siquiera, sin un gesto de agradecimiento o una sonrisa. Chusma incivil, en suma. Bajuna morralla que ignora, porque ya casi nadie lo impone en ninguna parte, que la educación, la cortesía, las buenas maneras son la única forma de hacer soportable la ingrata promiscuidad a que nos obliga la vida.

Claro que, a veces, uno también tiene ocasión de tomarse pequeños desquites; como aquella vez en el hotel Colón de Sevilla, cuando mi compadre Juan Eslava Galán y yo entramos en un ascensor, saludando corteses a un individuo que estaba dentro, y éste siguió mirando el vacío sin despegar los labios, tan apático y silencioso como una almeja cruda. Entonces Juan, con esa eterna guasa pícara que tiene, se volvió a mirarme, suspiró hondo y dijo con aire contrariado: «Vaya por Dios. Otra vez nos toca subir con un mudo».

4 de marzo de 2018

domingo, 25 de febrero de 2018

El pintor de volcanes

Hay que ver lo que son las lecturas y la vida. Quizá parezca raro que un volcán haga pensar en conquistadores españoles, la sala desierta de un museo, un buen desayuno, Pancho Villa y Zapata, la guerra, un pintor extraordinario y una de las mujeres más hermosas que has visto en fotografía. Y, sin embargo, eso ocurre en sólo unos instantes, a unos cinco mil metros de altura, o quizá son menos, cuando el avión de Iberia en el que viajo se encuentra a una hora de la ciudad de México. Son las seis de la tarde, hora local. Estoy leyendo –con mucho disfrute, pues no había vuelto a él en cuarenta años– el extraordinario Claros varones de Castilla, de Fernando del Pulgar. De pronto levanto la vista, miro por la ventanilla, y en la distancia, sobre el fondo de un cielo entre ámbar y rojo por el cercano crepúsculo, veo una alta, recta y gruesa columna de humo que asciende sobre el Popocatépetl.

Sonrío. Ésa es mi primera reacción. Sonrío de placer y de felicidad; no tanto por la belleza del espectáculo, que también, sino por cuanto esa escena me recuerda. Dejo el libro, apoyo la cabeza en el respaldo, y mirando el volcán lejano evoco libros leídos, lugares visitados, descubrimientos fascinantes. Pienso, lo primero, en Diego de Ordás, el soldado español que en 1519 subió al volcán en busca de azufre para su pólvora. Y también en Sanborn’s, el elegante local de azulejos de la capital mexicana, donde, el día que las tropas revolucionarias entraron en la ciudad, unos rudos zapatistas se hicieron una fotografía desayunando. Esa foto mítica me llevó hasta allí un día del año 96 o 97; y al terminar mi desayuno, como el Museo Nacional estaba cerca, decidí echarle un vistazo. Era temprano, y caminé por las salas desiertas hasta que un cuadro me quitó el aliento, dejándome petrificado como si una bomba hubiera estallado ante mi cara. Se titulaba Erupción del Paricutín: un lienzo espectacular, hecho de negros, rojos y grises, con violentos trazos que recordaban el fuego, la ceniza, las leyes implacables de la naturaleza que desgarran la tierra y sepultan a los hombres. Y así descubrí al Doctor Atl.

Se llamaba Gerardo Murillo, supe en cuanto pude informarme. Doctor Atl era su nombre artístico. Vulcanólogo, intelectual, aventurero, pintor extraordinario, no sólo pintó volcanes, sino también paisajes y retratos. Y a medida que me adentraba en el personaje, ávido de su obra y su vida, encontré un retrato de mujer cuyos ojos verdes me estremecieron. Eso me hizo buscar un libro con esa biografía, donde encontré fotos de una extrema sensualidad; de una belleza extraordinaria. Conocí así el rostro y la vida de Nahui Olin, que fue amante del Doctor Atl, influyó en sus sentimientos e inspiró parte de su obra hasta que ella lo abandonó, huyendo con un marino mercante llamado Eugenio Agacino. Del que, por una de esas carambolas de la vida, yo tenía en la biblioteca un viejo tratado de náutica escrito por él. Y es que, tarde o temprano, si una vida tiene tiempo, todos sus cabos sueltos se anudan.

El caso es que los ojos inquietantes de Nahui Olin y los volcanes del Doctor Atl me obsesionaron durante años. Vísceras de mineral, fuego y piedra, paisajes atormentados, respuestas a preguntas que me había hecho en otros lugares de catástrofe con los que, descubrí admirado, tenían parentesco directo. Y, como ocurre a quienes escribimos novelas, todo eso se combinó en mi cabeza con libros leídos, recuerdos propios e imaginación, cuajando despacio en El pintor de batallas, que acabaría escribiendo años más tarde. Un relato –la historia del fotógrafo de guerra que intenta plasmar en un cuadro la foto que nunca logró hacer– en el que ni Atl ni Olin están demasiado explícitos, pero en el que a menudo se proyectan sus sombras: «Ahora comprendo. Es cuestión de amoralidad geológica. Se trata de fotografiar la útil certeza de nuestra fragilidad. Estar al acecho de la ruleta cósmica el día exacto que, de nuevo, no funcione el ratón del ordenador».

Así, pensando en eso a bordo del avión que desciende en el crepúsculo hacia la ciudad de México, observo la columna de humo en la distancia –ahora el comandante llama a los pasajeros la atención sobre ella, y docenas de teléfonos móviles apuntan a las ventanillas– hasta que la pierdo de vista. Pero ese Pococatépetl en erupción no es sólo una imagen hermosa, concluyo. Es algo más y algo propio. Incluye mi existencia y las de quienes me rodean, aunque a menudo lo ignoremos. Y regreso a Claros varones de Castilla con la certeza, una vez más, de que nada tiene sentido sin las vidas y los libros que lo explican.

25 de febrero de 2018

domingo, 18 de febrero de 2018

Infiltrados e infiltradas

Se me acaba de caer otro mito, oigan. Uno más. El asunto, esta vez, es que en mi acrisolada ingenuidad tenía la convicción de que infiltrar policías en bandas de atracadores, traficantes, terroristas y gente así, era un asunto que se llevaba en el más absoluto secreto. Estrictamente confidencial, vamos. Lo pensaba no por haberlo visto en el cine, que también, sino por experiencia propia. En mis tiempos de reportero tuve ocasión de conocer a varios de esos serpicos. Recuerdo a uno que estuvo dentro de una peligrosa banda de atracadores, jugándose el pescuezo, hasta que los trincaron a todos en un atraco en el que él conducía el coche. Y de otro que, en un final muy a la española, estuvo dentro de un comando de ETA hasta que lo llamó su jefe a las cuatro de la mañana para decirle: «Pírate de ahí ciscando leches, porque mañana sale tu nombre y tu foto en un reportaje de Interviú».

Creía, como digo, que eso de infiltrar maderos o picoletos entre los malos era una cosa delicada, que por razones obvias se llevaba a cabo con discreción extrema. Siempre supuse que un comisario, tras observar el comportamiento y condiciones humanas de uno de sus elementos o elementas –también conocí a una infiltrada que trabajó en Melilla y tenía más ovarios que el caballo de Espartero–, le echaba el ojo y lo preparaba para el asunto, o éste se presentaba voluntario porque le iba la adrenalina, la marcha o la pasta a cobrar. En cualquier caso, que todo se llevaba a cabo con la clandestina opacidad necesaria. Sin embargo, me equivocaba. Errado andaba. Porque esto es España, oigan. La del telediario. El paraíso de los ministros de Interior bocazas y de los tontos del ciruelo.

¿Adivinan ustedes cómo se recluta en España a policías para infiltrarlos entre delincuentes y terroristas? Pues sí, lo han adivinado: mediante convocatorias públicas que además salen en los periódicos. «Interior selecciona a 40 policías para infiltrarlos en grupos criminales», titulaba sin complejos un diario hace un par de semanas. A continuación exponía los criterios de selección –idiomas, pruebas psicotécnicas y psicológicas– y luego, eso es lo más bonito, detallaba en qué iba a consistir la tarea de quienes superasen tales pruebas: identidades falsas, negocios y empresas pantalla, vehículos con matrículas chungas y cosas así. Y para rematar, señalaba objetivos concretos: tráfico de órganos, trata de seres humanos, secuestro, prostitución, narcotráfico, pederastia en Internet, terrorismo y otros palos. Todo un programa de infiltración, como ven. Bien desmenuzado, a fin de que no haya dudas. Un alarde admirable de transparencia informativa, para que luego no vayan diciendo que en España no lo sometemos todo a la luz y el escrutinio públicos. Aunque si uno rasca, siempre encuentra algún resabio fascista por ahí; como cuando, para completar tan necesaria información, uno de los diarios que publicaron la noticia preguntó a la Policía cuántos agentes encubiertos hay en activo –los ciudadanos y ciudadanas españoles y españolas tienen derecho y derecha a saber–, pero el portavoz policial, en un censurable acto de oscurantismo predemocrático franquista, se negó a dar esa información. Por lo menos, ahora sabemos que habrá cuarenta más de los que hay. Algo es algo.

Dicho lo cual, no sé a qué esperan los políticos. A qué aguardan los cancerberos de nuestra integridad moral para entablar un debate parlamentario sobre el asunto. Para preguntar cómo y por qué, en flagrantes usos policiales del pasado, se infiltra pasma encubierta en grupos malevos; para pedir una lista de sus nombres y apellidos y comprobar si cumple el concepto de igualdad, con tantos infiltrados como infiltradas; para establecer hasta qué punto eso no atenta contra los derechos de los que, aunque nos pese, también deben gozar los delincuentes, a los que –buscando siempre su reinserción y nunca la venganza social, que es mala, Pascuala– debemos combatir cara a cara y a la luz del día, con limpias prácticas democráticas y no con tenebrosos subterfugios y engaños propios de otras épocas. No sé a qué esperan, insisto, para tener allí largando al ministro Zoido, que con ese verbo ágil que tanto bien hace siempre a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado a los que dirige y representa, nos tranquilice al respecto, el artista. Porque infiltrados, sí, vale. De acuerdo. Pero con convocatoria oficial, luz y taquígrafos, y dentro de un orden.

Creo haberlo escrito ya alguna vez; pero, con su permiso, vuelvo a escribirlo ahora: en España llevamos mucho tiempo siendo gilipollas por encima de nuestras posibilidades.

18 de febrero de 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

El estafador anacrónico

Aeropuerto de Barajas, media mañana. Me dirijo al control de pasajeros caminando ante los mostradores de Iberia, cuando un individuo me sale al paso. Tiene al lado una maletita con ruedas y viste correcto. Únicos puntos en contra, ojeras excesivas y manos de uñas descuidadas. Por lo demás, bien. Me aborda en un inglés elemental y después pregunta si hablo italiano. Me defiendo, respondo, y en esa lengua me cuenta que tiene a su mujer –que está embarazada– en el chequeo de equipajes, que tienen exceso de peso, y que casualmente su tarjeta de crédito no funciona. Que tiene que abordar su vuelo y que si puedo ayudarlos.

No le doy un beso porque estoy mayor para esas cosas, y además podría ser malinterpretado. De pronto, su torpe intento me suscita recuerdos estupendos, de películas, compadres y peripecias del pasado. No se han extinguido, me digo con malévolo agrado. A pesar de que todo cambia, ellos siguen ahí, de toda la vida, adaptándose a los nuevos tiempos y situaciones. Como aquellos formidables Tony Leblanc y Antonio Ozores en Los tramposos, obra maestra de la picaresca nacional; o Pepe Isbert en Los ladrones somos gente honrada; o Arturo Fernández y Paco Rabal en Truhanes; o el inmortal estafador encarnado por Vittorio de Sica –esa escena en la que se hace amo de la comisaría– en Peccato che sia una canaglia, con Sophia Loren y Mastroianni, que aquí se tituló La ladrona, su padre y el taxista: película que si no han visto ustedes todavía, no sé a qué diablos están esperando.

Pero en mi caso, además, llueve sobre mojado. Porque no se trata sólo de cine. Este fulano del aeropuerto, de estilo más bien cutre, me trae a la memoria a varios viejos, queridos y ya fallecidos amigos, como los que en aquellos años fascinantes de La ley de la calle se asomaban al programa legendario –periodistas, putas, yonquis, choros, policías– que hicimos en RNE hasta que un mal sujeto llamado Diego Carcedo se lo cargó por turbias razones personales. Como mi querido Ángel Ejarque, el rey del trile y el morro urbano –sus reglas eran nunca gente mayor, nunca viudas–, artista del rollo callejero que mejor encarnó a la selecta aristocracia del barrio, que dejó de fumar el año pasado y de quien ya he escrito en esta página. O del fino y mítico Pepe Muelas, el hombre que vendió el tranvía 1001 e inventó los timos geniales del telémetro, el abrigo de visón y el Stradivarius, y a quien la última vez que detuvieron estaba numerando con tiza las piezas de la Cibeles, a las cuatro de la madrugada, para vendérsela a un millonetis gringo.

Me acuerdo de todo eso, como digo, y no puedo evitar una oleada de súbita ternura ante el italiano chapucero que, creyéndome un pringado sin conocimientos del arte de tangar incautos, sigue soltándome su rollo con cara de estar asfixiado. Y al fin, en homenaje no a él, que es más bien torpe, sino a los viejos colegas con los que ya no puedo tomarme una caña en un bar de Atocha, le digo que sí, que vale, que lo ayudo. Que me lleve hasta su mujer, y a ella le daré el dinero que necesita para facturar ese equipaje. Y entonces el fulano, en vez de sonreír estoico y decir, vale, me has pillado, o salir por peteneras, o echarle morro y llevarme por la cara hacia donde está su mujer –que a lo mejor está allí de verdad, tangando a incautas– tiene un mal detalle, algo que le pillo en la jeta, en la forma de torcer la boca y de mirarme con una súbita y atravesada mala baba. Y de pronto se me esfuma la simpatía, le digo «Mi dispiace» y sigo mi camino.

Nada que ver, me digo alejándome de él. Un torpe aficionado de medio pelo, anclado en maneras viejas, sin cintura, sin temple, sin capacidad de reacción ante una clientela que ya no es la crédula inocente de otros tiempos. Qué diferencia, pienso, con aquel chico joven con chaqueta, corbata y maletín de ejecutivo –los zapatos sucios y malos eran su único fallo– que me abordó hace unos meses en la calle Capitán Haya de Madrid, diciéndome que le habían robado la billetera y el móvil y que si podía prestarle dos o tres euros para el autobús. Con una cara de buena persona que casi te convencía, con una educación extrema, me asestó un rollo macabeo impecable, tan bien hilado que al acabar saqué un billete de cinco mortadelos y le dije: «Toma, por lo bien que te lo has currado. Pero la próxima vez, ponte unos zapatos buenos». Y el fulano, con mucho aplomo y mucha casta, se miró los calcos, se echó a reír y se guardó con mucha sangre fría los cinco euros. Mirándome a la cara como un señor.

11 de febrero de 2018

domingo, 4 de febrero de 2018

La radio, Alsina y yo

Les doy mi palabra de honor de que cuanto hoy les cuento es cierto. Acabo de despertarme y estoy oyendo la radio: todavía un minuto entre las sábanas antes de ponerme en pie. Esta mañana le toca a Alsina y me acompaña de fondo su informativo de las ocho. Soy oyente de rutina, de los que ponen un rato la radio antes de irse a trabajar. Me lavo los dientes, me ducho, me visto. Estoy listo para desayunar y ganarme el jornal, así que apago la radio justo cuando empieza la tertulia. O, para ser más exacto, le doy al conmutador para apagarla. Pero ésta, para mi sorpresa, sigue sonando.

Mecachis en los mengues, pienso. Se ha bloqueado la tecla. Cojo el aparato, lo sacudo y vuelvo a pulsar la tecla. Nada. El chisme sigue a lo suyo, con un volumen demasiado alto. Pulso, repulso y vuelvo a pulsar. Lo dicho. Alsina y sus tertulianos no dejan de largar. Además están hablando de Puigdemont, y eso no contribuye a serenarme el ánimo. Pulso unas diez veces más, las últimas casi aporreando el aparato. Y nada, oigan. Nada de nada. O más bien lo contrario: todo. Porque la radio no se calla, ni baja el volumen. Antonio Lucas discute con Rubén Amón y de vez en cuando interviene Raúl del Pozo. Le doy un golpe al chisme contra la mesa con gana de que se parta en dos; y aunque parezca mentira, la radio sigue largando como si tal cosa. El puñetero artilugio del diablo.

Empiezo a cabrearme de verdad. Pónganse ustedes en mi lugar. La radio suena a toda leche, aún más fuerte que antes. La maldigo a gritos, soltando atrocidades tabernarias. Sherlock y Rumba, mis perros, me miran de lejos sin osar acercarse. Ahora Alsina entrevista a un político del Pepé que insiste en la acrisolada honradez de su partido; y luego, ignoro por qué motivo, interviene, o lo mencionan, o no sé bien lo que pinta ahí, un payaso demagogo y analfabeto que dice ser líder de una asamblea nacional separatista andaluza. Que ya hace falta ser cretino. Así que entre el del Pepé, el payaso analfabeto y el volumen de la radio se me sube la pólvora al campanario y blasfemo en arameo: San Apapucio, el Copón de Bullas y la virginidad –cuestionable, en mi opinión– de las 11.000 vírgenes. Luego le pego un puñetazo a la radio que casi me disloca la muñeca.

Y ahora, ojo al dato. Lo juro por mis muertos más frescos: la radio continúa encendida. Alsina larga sin inmutarse. Entonces agarro el aparato, y golpeándolo contra el borde de la mesa, lo parto en dos. Literalmente. Lo abro y le miro las tripas. Y de esas cochinas tripas, créanme, sigue saliendo la voz del maldito Alsina. Me quedo estupefacto y pierdo del todo los papeles. Tiro al suelo los dos pedazos de la radio, pateándolos sin piedad hasta convertirlos en bicarbonato. Chas, chas, chas. Saltándoles encima, como en los dibujos animados. Y cuando acabo, sudoroso y con cara de psicópata –me he visto en el espejo–, ¡la radio sigue sonando!

Abro la ventana y lo tiro todo. Hasta el último fragmento. Después cierro y me siento en la cama, descompuesto; porque mientras palpo mi ropa buscando dónde, el cabrón de Alsina sigue largando impávido, inasequible al desaliento. Como si yo tuviera la radio en el cuerpo, o se me hubiera enganchado algún chip, o transistor, o qué sé yo. Así que me desnudo con precipitación, tiro la ropa bien lejos y, apenas lo hago, Brasero me informa, a todo volumen, del tiempo que va a hacer hoy en España. Doy un alarido, me pongo la mano en el corazón, que late a ciento cincuenta por minuto, y advierto que la radio se oye mejor de ese lado de mi pecho que del otro. Estupefacto, doy una vuelta por la habitación, me doy con la frente contra la pared media docena de veces, toc, toc, toc, y me vuelvo a mirar al espejo. Se me ha puesto una cara de loco que da miedo.

Lo mismo, reflexiono desesperado, alguna onda electromagnética o algo así se me ha colado dentro, y mi cuerpo actúa como receptor. Yo qué sé. Entonces pienso que quizá se cortocircuite bajo el agua, así que me sitúo bajo la ducha. Pienso que puedo electrocutarme como un salmonete con papel albal en un microondas; pero a esas alturas, la verdad, me importa un huevo. Como decía mi padre cuando tarareaba La Internacional al afeitarse –lo hacía para chinchar a mi madre, que a esa hora iba a misa–, más vale morir de pie que vivir de rodillas.

Adiós, mundo cruel. Con mano firme, casi suicida, abro el grifo de la ducha y me cae encima una ducha helada. Zascachascachasca. Y en ese momento me despierto tiritando, abro los ojos, muevo hacia un lado la cabeza en la almohada y veo la radio en la mesita de noche, con Alsina largando, impasible. El maldito.

4 de febrero de 2018

domingo, 28 de enero de 2018

La profesora de Osaka

Pues eso. Resulta que mi amigo Manolo leyó ayer que los príncipes de Disney, los guaperas que besaron a Blancanieves y a la Bella Durmiente para despertarlas del sueño mágico, eran unos agresores sexuales de tomo y lomo. Leyó eso, como digo, conclusión extraída por una profesora de no sé qué universidad –la de Osaka, me parece– y comprendió, el infeliz, que engañado había vivido hasta hoy, Sancho. Porque el principito que besa a una principita encantada no lo hace, como él creía, para liberarla del maleficio, sino porque es hombre y como tal no puede tener buenas intenciones; y porque, por mucho que se tire el pegote de salvarla, en el fondo lo que quiere es pillar cacho. Y además, el fin no justifica los medios.

Porque a ver, razonemos. Como la moza está dormida, no hay manera de que dé su consentimiento. Y eso sitúa ante un imposible metafísico: sin consentimiento previo, nadie puede besar. Así que es preferible que el príncipe vaya a mamarla a Parla, y nadie bese a la moza, y ésta siga dormida hasta dar un consentimiento que sólo puede dar despierta. Pues que ronque y se fastidie, oyes. Haberte comido un plátano en vez de una manzana, guapi. Porque, bien mirado, ser felices y yantar perdices, por bonito que suene, no puede lograrse a costa de una agresión sexual. Ese beso robado y todo el cuento en general, dice la profesora, son una incitación directa a la violencia sexual, hasta el punto de que relatos como ese, o sea, casi todos, son perniciosos para los niños y deberían prohibirse en la escuela, en el cine y en todas partes. O sea, quemarlos.

Y así, con ese mal rollo en la cabeza, se acostó Manolo anoche y se despierta de madrugada junto a ese pedazo de señora con la que tiene la suerte de compartir lecho estos días, o estos años, o toda la vida, según de qué Manolo se trate. Y como hay algo de luz que entra por la ventana, se la queda mirando mientras la oye respirar y piensa que nunca está tan guapa como a estas horas, dormida, tibia, con esa carne estupenda relajada y cálida, el pelo revuelto en la almohada, la boca entreabierta. Para comérsela, o sea. Sin pelar. Y, bueno, como Manolo es fulano de normal constitución y gustos clásicos, siente el estímulo lógico en tales casos, y la carne, por decirlo de un modo perifrástico, reclama lo natural –todavía no han logrado convencerlo, aunque todo llegará, de que tampoco eso es natural–. Así que se dispone a besarla. Pero de pronto se acuerda de Blancanieves, la Bella Durmiente y la profesora de Osaka y piensa: la cagaste, Burlancaster.

El caso es que Manolo inspira hondo, se levanta de la cama y se debate con su conciencia en pijama y descalzo por el dormitorio –a riesgo de agarrar una neumonía–. Mira, duda, vuelve a mirar esa estupenda forma de mujer bajo la colcha, y vuelve a dar otra vuelta blasfemando en arameo. No puedo ser tan miserable, se reprocha. No puedo arrimar candela por las buenas. Tengo que despertarla antes, para que no sea agresión sexual no consentida. Hola, mi amor, buenos días. ¿Te apetece que te haga un homenaje, y viceversa? ¿No te sentirás violentada en tu libertad? ¿Y en tu igualdad? ¿Y en tu fraternidad? La verdad es que no lo ve claro. Ni de coña. La profesora de Osaka lo ha hecho polvo. La bella durmiente sigue dormida, y a lo mejor hasta despertarla sin beso, tocándole un hombro, también es agresión sexual. Atenta contra su libertad de dormir cuanto le salga del chichi. Manolo se ve, o sea, como los babosos príncipes de los cuentos. Fuma un pitillo para tranquilizarse, vuelve a pasear por la habitación –la neumonía está a punto de caramelo–, se para de nuevo a mirarla.

La verdad es que está guapa que se rompe, piensa. Se acerca con cautela y la destapa un poco. El camisón de seda se ha movido y se le ve una teta –o como se diga ahora– preciosa, espléndida, gloriosa. La carne pecadora acucia a Manolo de nuevo. Pero se acuerda otra vez de la de Osaka, así que, en un acto de voluntad admirable, va al cuarto de baño y se da una ducha fría, por no hacerse otra cosa. Sale tiritando, se pone otra vez el pijama y se mete en la cama, orgulloso de sí mismo. Pero como está aterido y ella sigue tibia que te mueres, se pega a su cuerpo cálido. Entonces ella se vuelve hacia él, dormida aún, y a tientas, en sueños todavía, le pone una mano en plena bisectriz y murmura «cariño». Y, bueno. Manolo ignora si está soñando con él o con George Clooney, pero le da igual. Porque ese es el momento exacto en que a la profesora de Osaka le dan mucho por el sake.

28 de enero de 2018

domingo, 21 de enero de 2018

Un problema técnico

Pues aquí estoy como cada día, ganándome el jornal. Dándole a la tecla desde las ocho y media de la mañana, más o menos, tenga o no tenga gana. Al fin y al cabo esto no es un arte sino un oficio: el de contar historias lo mejor que uno puede. Luego, hacia las dos y media, haré una pausa para comer y por la tarde corregiré lo escrito esta mañana, o leeré un rato, seguramente algo relacionado con lo que escribo. Tengo a mi personaje en situación incómoda y rumbo a una cita complicada. Me acosté anoche pensando en la escena a desarrollar hoy, como suelo hacer, y cuando me dormí creía tenerlo claro. Pero ahora compruebo que no, y las quince líneas que llevo escritas me parecen simple relleno. No veo al personaje, ni él a mí. Y además, como a él, me duele la cabeza. 

Tengo una ventaja. Llevo treinta años escribiendo novelas, y me he visto muchas veces en esta situación. Sé que es cuestión de darle oportunidad a mi estúpido cerebro para que encuentre la solución adecuada. Debo sacar al personaje del hotel Madison de París y llevarlo a Les Halles sobre las doce de una noche de mayo de 1937. Era una ciudad diferente, claro. No había tanto coche, ni tanto turista. Hasta la luz era distinta. Todo lo era. Pero hoy no consigo describir lo que quiero sin caer en clichés. Ésta no es una novela que admita descripciones largas, y sin embargo necesito que el lector sienta lo que el personaje, vea la ciudad con sus ojos. Necesito darle información, pero sólo la imprescindible. Los diálogos que vienen después los tengo claros, funcionarán casi con toda seguridad. Pero me falta llegar ahí. No sé cómo diablos resolver la transición en un párrafo breve, creíble, eficaz. Resumiendo, no soy capaz de escribir cinco o diez buenas líneas. 

Me levanto –al lugar donde trabajo lo llamo la bodega– y subo a la cocina, procurando no distraerme con la luz hermosa que ilumina el jardín. Allí me tomo un Actrón y un café descafeinado y regreso a la zona de la biblioteca y la mesa de trabajo. Me siento ante el ordenador y lo intento de nuevo, sin resultado. Lo que me sale lo he escrito ya innumerables veces. Son lugares comunes, recursos fáciles. Si aliquando dormitat Homerus, calculen la de veces que dormito yo. Así que blasfemo en arameo, en voz alta y clara, y vuelvo a levantarme. El analgésico empieza a hacer efecto, y al fin se me ocurre lo que debería habérseme ocurrido hace rato. Preguntar a los maestros. A los que saben. Así que subo a la biblioteca y llamo a su puerta. Toc, toc, toc. Maestro Fulano, maestro Mengano. Soy Arturo y tengo un problema. Échenme una mano, por favor. 

Y ahí están ellos. Serenos y lúcidos como siempre. Ahí está el viejo Conrad, ese maestro leal que envejece conmigo y en el que cada vez que abro uno de sus libros encuentro todavía algo que no había visto antes. También están los compañeros de viaje de esta novela concreta, pues cada una suele tener los suyos. Unos son fijos y otros son ocasionales. Entre los primeros, toqueteo libros de Somerset Maugham, Hemingway, Dos Passos, Ambler. De los segundos, hago incursiones por párrafos subrayados a lápiz en Harold Acton, John Glassco, Maurice Sachs, Julio Camba, Paul Morand. A todos interrogo con la humildad profesional de quien sabe muy bien lo que debe a uno mismo y lo mucho, o casi todo, que debe a otros. Y ellos, siempre generosos, con el afecto de quien se dirige a un alumno que los honra y respeta, sonríen y dicen: ven aquí, chaval. Fíjate en esto. En aquello. Yo tuve ese problema y a mi vez fui a preguntárselo a Dostoievski, y a Galdós, y a Cervantes, y a Virgilio. Prueba a resolverlo de este modo, anda. O de este otro. 

Y al fin lo veo, o creo verlo. Regreso al teclado del ordenador, extiendo el mapa de Les Guides Bleus de París de 1937, y le aplico una lupa de buen aumento. Después miro un libro de fotos de Robert Doisneau para averiguar si el suelo en esa zona era entonces de adoquines o de asfalto. Y así descubro de pronto lo que mis dedos apresurados aciertan a escribir tras eliminar todo lo escrito antes: «La humedad del río, entre cuyos muelles flotaba una ligera bruma, hacía relucir el asfalto y difuminaba la luz amarilla de las farolas cuando cruzaron el Sena por el Pont Neuf». Eso es todo, pero es suficiente. Esas dos sencillas líneas acaban de resolver el problema que me tuvo casi dos horas bloqueado. Y entonces, seguro, feliz, tras dirigir una mirada cómplice a los amigos que me sonríen desde los estantes de la biblioteca, respiro aliviado y sigo adelante con la novela. 

21 de enero de 2018 

domingo, 14 de enero de 2018

Escipión era franquista

Pues me van ustedes a perdonar –o a lo mejor, no– pero estoy de acuerdo con esos ciudadanos de Sevilla que, hace unas semanas, propusieron que del escudo de la ciudad, donde aparece el rey Fernando III con una esfera del mundo en una mano y una espada en la otra, se eliminen la esfera, por insinuación de imperialismo, y la espada, por incitación a la violencia. No sé si a estas alturas la propuesta habrá prosperado o no; pero temo que la negra reacción, como suele, se haya llevado el gato al río, y la espada y la bola sigan en su sitio. Así que permitan mi opinión de hombre sincero de donde crece la palma: es una vergüenza que los símbolos franquistas –Franco dio su golpe en 1936, pero desde Escipión y Aníbal ya marcaba paquete– campen por la geografía municipal española sin que nadie les ponga coto. Y lo de los escudos de las ciudades, desde luego, clama al cielo y no me oyó. 

Vean si no el de Orense, Ourense para los de allí y para el Telediario. No es ya que tenga una corona monárquica, sino que el león sobre el puente blande una espada, el hijoputa. A saber con qué intenciones. Como blande otra el de Valencia, en una mano alada, con el agravante de que allí, además, los muy pillines meten un murciélago –lo mismo que la ciudad de Palma–, intentando astutamente que no nos percatemos de que el murciélago en realidad es la vibra, o dragón de la cimera del rey Jaime I, que expandió su reino a costa del pacífico, tolerante y vecino Islam. Pero, en fin. Si vamos a buscar militarismo infame, dejando aparte el brazo forrado de armadura que también la ciudad de Zamora exhibe sin pudor alguno, el colmo de los colmos está en el escudo de Huesca, abiertamente fascista: un jinete con casco y lanza, que tiene huevos la cosa, con la leyenda Urbs Victrix, ciudad vencedora. Frase ante la que resulta inevitable preguntarse, con el adecuado retintín, ¿vencedora de quién? 

Pero todo eso es sólo el aperitivo, oigan. El prólogo o proemio. Porque si nos vamos a Teruel, el escudo es de juzgado de guardia. Allí, aparte de un toro que sin rubor proclama a la ciudad eminentemente taurina, y unas barras robadas por la cara a la monarquía catalana, que no sé qué pintan ahí y ya es tener poca vergüenza, hay dos cañones cruzados, así como suena, con una granada, balas y demás parafernalia. Y no me vengan con que si las guerras carlistas o las guerras médicas. Alude a guerras, al fin y al cabo. Y toda guerra es mala, Pascuala, y mueren seres inocentes, sin que por mucho que uno se estruje la mollera encuentre nada de lo que enorgullecerse en ellas. 

Tampoco falta delito en los escudos de León y Badajoz; el último, además, con el recochineo imperialista y genocida de una columna con la leyenda Plus ultra. Pero lo gordo es que en ambos casos se trata de león, y no leona: un claro pasarse por el ciruelo las leyes de igualdad vigentes. Y lo mismo, puestos a ello, podríamos decir del escudo de Burgos, donde sale el careto barbudo de un rey y no el de una reina; cuando todo cristo sabe que una reina monta tanto, e incluso más. De todas formas, volviendo a los leones, especie protegida, no se pierdan el escudo de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, donde figuran, sin complejos y con dos cojones, tres cabezas cortadas de ese animal, puestas allí como si tal cosa. Y puestos a averiguar todavía es peor, porque esas cabezas simbolizan una mano de hostias que la monarquía fascista española le dio en el pasado a Nelson y a otros demócratas almirantes británicos. Como si la guerra, la vorágine militarista y la anglofobia fueran para estar orgullosos. Ni a Franco se le hubiera ocurrido algo así. 

Podríamos seguir enumerando hasta la náusea: por qué en el escudo de Madrid, por ejemplo, figuran un oso y un madroño y no una osa y una madroña; por qué la ciudad de Lugo exhibe sin rebozo un cáliz y una sagrada forma, con dos ángeles para más choteo, en clara ofensa hacia otras religiones; lo mismo, por cierto, que el escudo de Santiago de Compostela, que además tiene de fondo –otra descarada provocación facha– la cruz de una orden militar, sospechosamente parecida a la del ejército español. O ya que estamos de cruces, explíquenme por qué en el escudo de Oviedo figura la de la mal llamada Reconquista, que no fue sino el comienzo de ocho siglos de agresión bélica contra la convivencia y el buen rollito morunos. Y ya, para completa descojonación de Espronceda, échenle un ojo al de Toledo, con la famosa gallina bicéfala franquista; o al de Segovia, con un acueducto romano, nada menos, monumento imperialista donde los haya, que una oportuna ley de memoria prehistórica debería haber demolido hace varios siglos. Creo. 

14 de enero de 2018 

domingo, 7 de enero de 2018

Su primera biblioteca

Ocurre con cierta frecuencia, y supongo que a otros escritores también les pasa. De vez en cuando se acerca un lector con un libro tuyo en las manos y solicita que lo dediques a Fulanito, o Menganita. Por rutina, buscando la frase adecuada, preguntas quién es, o qué edad tiene. Y la respuesta es «Mi hija, seis meses»; o «Es para él», señalando a un niño pequeño que te mira con curiosidad; o, si quien pide la dedicatoria es una joven embarazada, que ésta señale su tripa con una serena y dulce sonrisa. Me ha ocurrido varias veces durante las firmas de mi última novela, cuando traían libros como El pequeño hoplita, que es para niños, o El Quijote juvenil adaptado para la RAE. Pero también con novelas para adultos. «Le estoy haciendo su biblioteca», he oído decir varias veces. Y en casi todos los casos puse la misma dedicatoria: «Deseándole una hermosa vida llena de hermosos libros». 

A menudo algunos de esos padres piden consejos sobre cómo hacer que sus hijos acaben siendo lectores. Y yo suelo responder que no sé nada de pedagogía, aunque sí de lectura, pues empecé a hacerlo de muy pequeño, al tener la suerte de crecer en una casa con biblioteca grande. Y precisamente por eso, cuando tuve una hija procuré reconstruir para ella, en la medida de mis posibilidades, ese fértil escenario de infancia. Desde que nació y tuvo su habitación, su madre y yo se la fuimos llenando de libros, con la intención de que ese decorado, esa compañía, fuese para ella absolutamente natural: el libro, considerado no como un objeto venerable o como una obligación, sino como parte natural de su mundo. Como complemento cotidiano y rutinario. Objeto familiar. 

Al principio fueron cuentos. Relatos elementales para niños que le leíamos mientras miraba las ilustraciones, hasta que fue capaz de hacerlo sola. Después fuimos añadiendo en los estantes de su cuarto tebeos e historietas adecuadas a su edad. Así, poco a poco y de forma natural, fue dando el paso a asuntos más serios, de viajes y aventuras. Yo conservaba buena parte de mis libros de infancia, y se los fui poniendo allí procurando no abrumarla, ni forzarla. Se le dejaban cerca, a mano, y era su curiosidad lo que la empujaba a abrir uno u otro. Algunos de esos viejos libros tuvieron éxito, y otros no. La colección de Guillermo de Richmal Crompton, fetiche para los lectores de mi generación, fracasó en sus manos. Pero otros acabarían marcando su vida: Sherlock Holmes, Tintín, Astérix, Los tres mosqueteros –su primer perro se llamó como el hijo de Milady–, Arsenio Lupin, El fantasma de la Ópera… Todo eso se completaba con cine, claro. Vio mucho porque sus padres veían una película cada noche: clásico de aventuras, del Oeste, histórico, policial. Y siempre que había un libro detrás, procurábamos encaminarla hacia él. Suscitar su curiosidad. Ponerle el cebo del cine, a ver si picaba. 

Un detalle importante es que el libro se le planteó siempre como natural. No como objeto singular que se regalara en ocasiones especiales, sino como algo que se compraba con idéntica naturalidad que la comida o el periódico. La llevábamos a las ferias o a libreros de viejo para que con una pequeña cantidad, eligiendo ella misma, comprase ediciones baratas. Cada vez que salíamos de viaje, varios libros formaban parte de nuestro equipaje básico con tanta normalidad como el pasaporte, el billete de tren o un bocadillo. Y lo que era más decisivo: leía porque veía a sus padres hacerlo. Porque éstos siempre procuraban disponer el día, el viaje, las vacaciones, con momentos adecuados para eso. 

Sobre todo, nunca intentamos aislarla del mundo de su tiempo, de las costumbres de los demás niños. Jamás pretendimos convertir a nuestra hija en una extraterrestre sabihonda y erudita. Los libros fueron para ella un complemento feliz, no una forzada alternativa; y siempre se le permitió combinar sin problemas a Mario Bros o Guybrush Threepwood con Rudolf Rasendyll, el pequeño Nicolás o el capitán Achab. Por supuesto, nunca tuvo tele en su habitación, como tampoco sus padres; y el ordenador personal le llegó sólo cuando fue realmente necesario. Castigada a su cuarto cuando llegaba el momento, te asomabas con cautela y la veías leyendo. Por puro aburrimiento, tal vez. Pero leyendo. 

Y, bueno. Creo que eso es cuanto puedo decir. De ese modo lo hicimos con mi hija, ya que a menudo me lo preguntan. Así que les deseo suerte en eso, a quienes lo procuran y lo merecen. Les deseo hijos con hermosas vidas llenas de hermosos libros. 

7 de enero de 2018

domingo, 31 de diciembre de 2017

Los héroes están aquí

Octavio y yo somos amigos hace más de veinte años. Es, sin embargo, mucho más joven que yo. También es melancólico e inteligente; lo que no le impide, por fortuna, conservar cierta noble ingenuidad. Vivió la emigración reciente a la que están condenados tantos jóvenes españoles, aunque hace poco tuvo la suerte de volver. Como buena parte de su generación, tiempo atrás, al comienzo de nuestra amistad, hablaba de sus padres con ese distanciamiento, tan común en esa etapa, propio de los pocos años. Algo natural en quien todavía no había hecho guardia en las duras trincheras de la vida. Con los años y la experiencia, ese despego se transformó en comprensión y afecto. Pero hasta ahora, nunca lo había oído hablar de sus padres con admiración. Con tan sereno y lúcido orgullo. 

Ocurrió el otro día, Reverte, me cuenta. Y antes de proseguir se queda un rato mirando la cerveza que tiene delante con ese gesto de quien, como buen gallego, posee un sentido más bien trágico de la vida: el de quien sabe, al fin, que ésta es un camino demasiado largo hacia un lugar demasiado oscuro, bajo un cielo demasiado gris, donde se pasa siempre demasiado frío. Mis padres, continúa al fin mi amigo, son, ya sabes. Son eso, padres. Mayores, trabajadores, honrados, de su tiempo. Octogenarios, fíjate. Él y ella. Siempre los quise más por lo que eran que por lo que hacían o les veía hacer. O así era antes. Y de pronto, un día, zas. Los miras y ves a otros. A unos que también estaban ahí, aunque tú no los vieras. Y te lo juro, viejo camarada. Te emocionas como un chiquillo. 

Fui el otro día a comer a su casa, sigue contando Octavio. Lo hago de vez en cuando, añade. Y me lo dijeron casi a regañadientes, tras uno de esos largos silencios en los que suelen habitar cuando se trata de sí mismos. La vecina de arriba aporreando la puerta. Fuego, hay fuego, le gritó a mi madre, señalando la puerta de al lado. Mi madre llamó a mi padre y salieron todos al rellano. El olor del humo se mezclaba con los gritos que sonaban en el interior de la casa. La vecina estaba dentro y pedía ayuda. Tiene cáncer en fase avanzada y estaba en la cama, sin poder valerse. Todo el edificio lo sabe. Lo sabía. 

Mis padres siempre han tenido llave de esa casa; es frecuente entre vecinos de toda la vida. Así que figúrate la escena: mis padres mandan a la vecina a llamar a Emergencias, mi padre se hace con uno de los extintores de la escalera y se mete en el pasillo lleno de humo sin ver nada, seguido por mi madre. Ocho o diez metros de pasillo negro, asfixiante, y al fondo la voz de la vecina que sigue pidiendo auxilio. Imagínatelos, allí, a los dos abuelos. Mi padre llega hasta la cocina, donde combate el fuego, y mi madre se mete en la habitación de la vecina, carga con ella hasta la ventana y la abre para que pueda respirar aire fresco. Al fin llegan los bomberos. Fin del episodio. Final del drama. 

¿Te das cuenta, Reverte?… Yo los escuchaba contar aquello –a mi madre, que era la que hablaba– sin dar crédito. Mis padres tienen ochenta años, te repito. ¿Qué habría pasado si se hubieran desmayado, si se hubieran dado un golpe al no ver entre el humo negro y tóxico?… Y sin embargo, mi madre me lo refería sin darle importancia, mientras seguía cocinando. Mi padre permanecía sentado junto a la mesa de la cocina, leyendo el periódico, a lo suyo, porque ya conocía de sobra la historia. Habían pasado cuatro o cinco días y el olor a quemado y humo en el edificio era todavía insoportable. Imaginé a los dos allí dentro y me puse a temblar, te lo juro. Asombrado de que siguieran en su casa, cocinando y leyendo el periódico. Tan tranquilos. Vivos y tan tranquilos. 

En ese momento, Reverte, le pregunté a mi madre cómo se decidieron a entrar. Si no hubiera sido más prudente esperar a los bomberos, o a la ambulancia, antes de meterse en aquel humo negro a jugarse la vida, entrando de cabeza en la boca del lobo. Y entonces, sin soltar el cuchillo con el que seguía cortando patatas, haciendo un ademán circular que abarcaba con naturalidad la escena vivida, el pasillo oculto por el humo y a ellos dos en el umbral, cada uno con sus ochenta años de vida, y tras mirar brevemente a mi padre, que seguía leyendo el periódico como si no le interesara demasiado la conversación, mi madre, fíjate, respondió a mi pregunta resumiéndolo todo en ocho sencillas palabras: «Pero hijo, ¿y cómo no íbamos a entrar?» 

31 de diciembre de 2017 

domingo, 24 de diciembre de 2017

Fantasmas de Navidad

Durante buena parte de mi vida pasé muchas navidades, quizá demasiadas, en lugares donde la palabra Nochebuena sonaba a sarcasmo. La primera de esas fechas vividas de modo poco convencional fue con 19 años, a bordo del petrolero Puertollano, en 1970, durante el terrible temporal que ese invierno sacudió el Mediterráneo. La última fue con los cascos azules españoles en Mostar, Bosnia, en 1994. En los veinticinco años que mediaron entre una y otra, hubo de todo: navidades cálidas en lugares donde la única sombra era mi sombrero, como aquella en la que toqué el metal oxidado de los restos de los trenes que voló Lawrence de Arabia, y navidades gélidas, como otra en la que vi picar el hielo de Bucarest para enterrar a los muertos de la revolución y escuché, en boca de una madre, el más triste epitafio que conocí en mi vida: «Es oscura la casa donde ahora vives». 

Hubo una conversación de Nochebuena que marcó mi vida. Yo era muy joven y estaba en ese momento en que el trabajo de un reportero era un cóctel de adrenalina, intensidad y aventura. Me hallaba en compañía de un veterano corresponsal español con el que compartía sobresaltos profesionales. Estábamos apoyados en la barra de un bar oriental de mala muerte, rodeados de putas, hablando de nuestras cosas. En realidad quien hablaba era mi compañero, pues por esa época yo era uno de esos chicos despiertos que pagan las copas, hacen las preguntas oportunas y mantienen la boca cerrada mientras atesoran lo que escuchan. Y de pronto, mi viejo colega, con un pitillo humeándole en la boca, se quedó mirando el vaso que tenía en la mano y dijo algo que jamás he olvidado: «No creo que regrese nunca, porque nadie me espera. No tengo retaguardia. Llevo toda mi vida dando tumbos como una maleta vieja… Ya no conozco a nadie allí». 

Esas palabras, como digo, cambiaron mi existencia. O la cambiarían con el paso el tiempo, cuando la idea que aquel viejo y cansado periodista introdujo en mi cabeza maduró lo suficiente. No quiero, fue mi conclusión, acabar como él, con sesenta años en un burdel de Beirut o Bangkok, alcoholizado y hecho polvo, contándole mi vida a un reportero que empieza. No es un final feliz. Así que viviré la vida que quiero vivir, pero manteniendo una puerta a mi espalda, un camino de regreso. Un vínculo con la normalidad que me permita envejecer de modo razonable –suponiendo que llegue vivo a eso–, escapando al destino que, con un estremecimiento, acabo de vislumbrar esta noche en la barra cutre de un bar de una ciudad remota. Y así lo hice, o lo procuré. Fabricarme sin prisas un refugio. Una retaguardia. Y tuve suerte, porque aquí me tienen. En ella y en Nochebuena. 

Sin embargo, no hay retaguardias perfectas. Sobre todo porque nadie llega a ellas desprendiéndose de la mochila que lleva al hombro. Ni de los años dejados atrás, que ya no te abandonan nunca. En una de mis novelas, uno de los personajes dice «Hay lugares de los que nunca se vuelve». Efecto literario aparte, eso no deja de ser cierto. Pero también es verdad que hay lugares a los que resulta imposible volver. Camino estos días por la ciudad, veo luces en las calles y escaparates de comercios iluminados, observo a adultos que –más o menos sinceramente– se desean felicidad, a niños todavía ingenuos que se asoman fascinados al esplendor de las fiestas familiares, de la ilusión y de la vida que para ellos empieza, y contemplo en todos ellos el fantasma de las navidades pasadas, que diría Dickens. Miro lo que fui y ya no soy. Supongo que le pasa a cualquiera que cumpla años; no es necesario haber viajado a la isla de los piratas para eso. Pero el desarraigo que siento, la distancia emocional, quizá tenga que ver con tantas otras fechas similares inciertas o solitarias. 

Fui un niño feliz, sin embargo. Caí en el lado bueno de la vida y, a diferencia de otros menos afortunados, tuve hermosas navidades rodeado de rostros afables y queridos. A menudo me veo buscando esos rostros y buscando al niño entre los pequeñajos que, con fondo de villancicos, caminan de la mano de sus padres, deslumbrados por las luces, con gorros de lana y bufandas hasta la nariz; pero entre él y yo se interponen demasiadas botas pisando cristales rotos, demasiados amaneceres grises, y aquella noche que canturreé «Navidad, blanca Navidad» con fiebre y tumbado en un hotel miserable del culo del mundo. Nadie puede elegir lo que recuerda, ni lo que le matan. También aquel niño vive en una casa oscura.

24 de diciembre de 2017 

domingo, 17 de diciembre de 2017

Telefonear al mafioso

De toda la vida hubo actores de cine y teatro, incluso escritores, que acabaron poseídos por los personajes que interpretaban o escribían. Creyéndose ellos. A la cabeza del ser humano se le aflojan los muelles de vez en cuando, y hay ficciones propias o ajenas tan intensas que pueden acabar poseyéndonos. A veces esa posesión es suave, sin consecuencias serias o visibles, y otras reviste carácter más serio, más grave –a todos nos ha dado por utilizar ahora el torpe anglicismo severo en lugar de grave–, con el resultado de trastornos de personalidad casi patológicos, o sin casi. Un buen ejemplo es la película de Ronald Colman Doble vida, en la que éste interpreta a un actor que, encarnando a su vez a Otelo, acaba queriendo asesinar, por celos, a la actriz que hace de Desdémona. 

Fuera de la ficción, o a caballo entre ésta y la vida real, hay casos notables muy conocidos. Johnny Weissmuller, el atlético actor que junto a Maureen O’Sullivan interpretó a Tarzán en doce películas, acabó majareta perdido, en la ancianidad, lanzando su famoso grito de la selva. Y Bela Lugosi, el mejor Drácula de todos los tiempos, terminó convencido de ser su propio personaje, hasta el punto de que pasó los últimos años en un psiquiátrico donde, dicen, exigía dormir en un ataúd. También cuentan que lo enterraron con su capa de vampiro, y que su amigo Peter Lorre, a modo de homenaje, propuso dejarle una estaca clavada en el corazón. 

Sin llegar a esos extremos, y en plan actual, he conocido a actores que llegaron a asumir hasta más allá de lo normal sus papeles protagonizados para el cine o la televisión. La mexicana Kate del Castillo, por ejemplo, llegó a relacionarse con narcos reales, como el Chapo Guzmán, al no despegarse del todo del personaje de Teresita Mendoza, la Reina del Sur, y ahora está entusiasmada porque va a protagonizar una segunda parte de la serie televisiva en español. Y Viggo Mortensen, aquel formidable Alatriste, dormía durante el rodaje con la espada junto a la cama, y tardó mucho tiempo y varias películas en desprenderse del personaje que encarnó con todo su talento y toda su alma. 

También eso se da en el público, lector de libros o espectador de películas. Algunos se identifican con lo que ven o leen hasta extremos notables, o atribuyen al autor de una novela o al actor de una película virtudes, defectos y actitudes de los personajes de éstas. El galán español Alfredo Mayo contaba que las mujeres se le acercaban creyendo hacerlo a sus personajes, y eso mismo ocurría con los hombres que temblaban ante Louise Brooks, Greta Garbo o Brigitte Bardot. Del lado opuesto, odios y aversiones, el mismo Peter Lorre del que antes hablé llegó a sufrirlos en carne propia tras interpretar a un asesino de niños en El vampiro de Dusseldorf (la película M, de Fritz Lang), pues a veces era insultado y acosado por la calle. No pocos malvados del cine y la televisión corrieron la misma suerte. Hasta el actor Conrad Veidt fue llamado nazi varias veces después de interpretar al comandante Strasser en Casablanca. Lo que es curiosa paradoja en alguien como él, perseguido por la Gestapo y exiliado de la Alemania hitleriana. 

Podría creerse que las cosas han cambiado, pero no es así. O no lo parece. La credulidad del público deriva hacia otras cosas, otros formatos, pero sigue estando ahí. Hace un par de semanas, en una serie televisiva llamada Rosy Abate, un mafioso de ficción italiano mostraba un número de teléfono propio. Por simple azar, el número coincidía con uno real, el de un matrimonio de Domodossola. Y en ese teléfono se recibieron varias llamadas increpando al mafioso de la tele, incluida una en la que alguien –anónimo, claro– gritaba: «No me das miedo. Voy a tu casa y te mato». Por supuesto, algunas de esas llamadas podían ser simple guasa; pero los propietarios del teléfono aseguran que otras iban en serio. Y estoy convencido de eso. No creo que se trate sólo de una cuestión de cultura, ni siquiera de inteligencia –aunque también–, sino de ciertos mecanismos muy propios de la humana naturaleza. Las redes sociales, el anonimato y sus disparatadas derivaciones dan testimonio diario: torpeza, ruindad, infamia, complejos, frustraciones, rencores, desahogos… Pese al tiempo en que vivimos, a tantas cosas por fortuna dejadas atrás, a nuestra indudable mayor lucidez y educación, con frecuencia ciertos impulsos oscuros siguen imponiéndose a la razón. También eso somos nosotros, simplemente. Estúpidos y peligrosos. El lado irracional del ser humano, en todo lo suyo. 

17 de diciembre de 2017 

domingo, 10 de diciembre de 2017

Vade retro, Satanás

Soy visitante habitual de las librerías San Pablo, tanto la que está en la plaza de Jacinto Benavente de Madrid como la de la calle Sierpes de Sevilla. Están especializadas en libros sobre religión, y suelo curiosear en busca de obras de patrología e historia de la Iglesia mientras miro de reojo a la clientela, que a menudo es interesante. Como ni curas ni monjas suelen ir ya de uniforme, me gusta observar su aspecto e indumento, la forma de comportarse ante tal o cual libro, mientras intento establecer lo que son y lo que les interesa. En una ocasión, incluso, tuve la satisfacción de que tres monjas jóvenes me reconocieran y se confesaran lectoras de La piel del tambor, sobre la que una de ellas comentó algo divertido: «Desde que leímos esa novela, siempre clasificamos a los sacerdotes en padres Quart y padres Ferro». 

Mi autor moderno favorito, en ese territorio, es Hans Küng. Soy viejo lector del teólogo suizo, disidente y perseguido por el ala más negra y reaccionaria del Vaticano, encarnada sobre todo en el difunto Juan Pablo II y su sucesor, todavía vivo aunque jubilado, el siniestro Ratzinger, en su juventud compañero de Küng y luego jefe de la Inquisición, o Congregación para la Defensa de la Fe, o como diablos se llame ahora. Me gustan la lucidez, la talla intelectual y el coraje de Küng, y considero sus tres volúmenes de memorias un documento clave para comprender lo que ha ocurrido en la Iglesia Católica desde principios del siglo XX. Quizá por eso, dos de sus libros se cuentan entre los que más veces he regalado a gente a la que aprecio: su magnífico y breve La iglesia católica, y su más breve todavía La mujer en el cristianismo, del que basta una cita («El sometimiento de la esposa al marido no forma parte de la esencia del matrimonio cristiano») para comprender por qué el Vaticano azuzó a sus perros negros durante tanto tiempo tras el rastro del irreductible Küng. 

El caso es que estoy en la San Pablo sevillana, feliz porque acabo de cazar una edición del Nuevo Testamento en griego, latín y castellano –la de Bover y O’Callaghan– que creía agotada, cuando detecto presencia clerical próxima. Y al levantar la mirada veo a dos sacerdotes jóvenes vestidos como Dios manda: camisa negra y cuello romano. Tienen aspecto aseado y simpático. El más alto es español. El otro, moreno y guapo, hispanoamericano. Miran novedades y conversan hasta que, al encontrar mi mirada, el español sonríe, sorprendido. «Nunca habría imaginado encontrarlo a usted aquí», dice. Le respondo que es fácil encontrarme, pues soy cliente asiduo. El sacerdote explica a su compañero quién soy, y los tres conversamos sobre libros y autores eclesiásticos. Al fin me preguntan si hay algún libro que pueda recomendarles; y yo, sin dudar, les muestro el demoledor Siete papas, de Hans Küng. «Aunque supongo –añado– que ya lo conocen». 

Para mi estupefacción, casi dan un paso atrás. Amagan un retroceso físico, instintivo, cuando les muestro el libro, y su ademán tiene algo de prevención medieval ante lo horrendo o diabólico. Sólo es un instante, claro. Son jóvenes educados y sin duda cultos. Rápidamente, la expresión de alarma se desvanece bajo una doble sonrisa. «Eso es droga dura», apunta el español. Lo miro con sorpresa. «¿No han leído nada de Küng?», pregunto. «Nada en absoluto», confirman ambos. «Pero ustedes son jóvenes y tienen formación –insisto–. ¿No sienten curiosidad por saber qué hace a un brillante teólogo ingrato a la Iglesia oficial?». El español encoge los hombros: «No está bien visto. Preferimos tenerlo lejos». 

Muevo la cabeza. «Hay puertas que es mejor no abrir», comento. No responden a eso. Nos despedimos y siguen mirando libros mientras los observo pensativo, aún asombrado: dos sacerdotes jóvenes que ante el nombre de un disidente muestran una prevención escandalizada, casi atávica, y afirman sin complejos no haberlo leído. Vade retro, Satanás. Todavía hoy, en la segunda década del siglo XXI. Y es que la sombra siniestra sigue ahí, desde el seminario. Librando aún su antigua guerra contra el tiempo, las luces y la razón. 

Al fin me marcho y paso cerca de los curas, que no lo advierten. Me alejo ya cuando oigo decir al español: «Vamos a llevarnos el de los papas que dice Reverte». Así que salgo a la calle Sierpes y a la luz sevillana riendo entre dientes, malévolo. Es divertido, pienso, abrir pequeñas rendijas, humildes grietas en los viejos muros de sombra. Así que chúpate ésa, Ratzinger.

10 de diciembre de 2017
 

domingo, 3 de diciembre de 2017

La Europa que estamos matando

Es posible que me equivoque; pero creo que a la Europa cultural, a esa antigua, formidable e interesante señora que en sus 3.000 años de memoria incluye desde Homero, Platón, Sócrates, Virgilio y aquellos fulanos –y fulanas– de entonces hasta los de hace pocos días, pasando por Shakespeare, Leonardo, Cervantes, Velázquez, Montaigne, Voltaire, Van Gogh y el resto de la peña, no la matarán el terrorismo islámico, la inmigración o la multiculturalidad; ni siquiera la pandilla de políticos semianalfabetos que legisla y trinca en Bruselas con el objetivo, que se diría deliberado, de igualarlo todo en la mediocridad y aplastar la inteligencia allí donde todavía puede brillar. En mi opinión, lo que destruye la Europa que en otro tiempo fue faro intelectual y referencia moral del mundo es el turismo de masas: la invasión descontrolada, imparable, de multitudes –entre las que nos contamos ustedes y yo– que circulan arrasándolo todo a su paso. Transformándolo, allí donde se posan como plaga de langosta, en un escenario diferente al que fue, reconvertido ahora a su, o nuestra, imagen y semejanza. 

Nada puede sobrevivir, porque es imposible, a diez o veinte mil turistas arrojados de golpe por cruceros y viajes baratos –suena mejor low cost–, en un solo fin de semana sobre ciudades como Roma, Florencia, París, Madrid o Barcelona. Y no se trata únicamente del efecto de masas que las hace intransitables, complica el acceso a museos y puntos de interés, degrada el entorno, ensucia y satura. Se trata también, y sobre todo, de cómo los lugares van perdiendo poco a poco, y a veces con extraordinaria rapidez, los rasgos que los hacían singulares, adaptándose, qué remedio, a la nueva situación. 

Tiendas de toda la vida, restaurantes, librerías, comercios, establecimientos que durante décadas o siglos dieron carácter local, desaparecen o se adaptan a los nuevos visitantes. Ofreciendo, naturalmente, lo que ese nuevo cliente exige, o exigimos: tiendas de souvenirs, bares y cafeterías impersonales, comida rápida y sobre todo ropa, mucha ropa. De Algeciras a Estambul, de Palermo a Oslo, de cada dos comercios que cierran y reabren, uno lo hace como tienda de ropa. O de teléfonos móviles, también, a fin de que todos podamos ir dándole con el dedo a la pantallita; e incluso enterarnos, gracias a ella, de lo que tenemos alrededor sin necesitar la tontería viejuna de mirarlo. Paseando por lugares cuya historia ignoramos, fotografiándonos ante monumentos y cuadros que nos importan un carajo, pero que se indican como parada obligatoria. Trofeo del safari. 

Pienso en eso en Lisboa, sentado en la terraza de la pastelería Suiça, mientras compruebo en qué hemos convertido, también, esta hermosa ciudad hasta hace poco elegante y tranquila. Los operadores turísticos se lanzan ahora sobre Portugal, y todo está lleno de gente en calzoncillos que bloquea las calles caminando tras guías políglotas que levantan en alto banderitas y paraguas de colores. Eso trae dinero, claro. A ver quién se resiste a eso, así que toda Lisboa está en fase de adaptarse a los nuevos tiempos y las nuevas gentes. No hay un taxi libre, ni una mesa en un café. Los abueletes que necesitan subir al Barrio Alto ya no pueden utilizar el elevador de Santa Justa, porque colas enormes de turistas aguardan turno para subir en él y hacerse una foto. Frente a La Brasileira, docenas de guiris que ni saben quién fue Pessoa ni les importará jamás se retratan junto a la estatua del escritor que, de verse tan sobado, se ciscaría en su puñetera madre. Y el barrio de Alfama, donde antes te atracaban de noche como Dios manda, y podías pasear a oscuras sólo si te arriesgabas a ello, ahora rebosa de locales de fado, con ingleses y alemanes preguntando dónde pueden comer la típica paella portuguesa. 

Esto es hoy Lisboa. En la vieja Suiça, donde intento leer tranquilo, un grupo de anglosajones especialmente escandaloso y bestial bebe alcohol, grita, canta y maltrata al veterano camarero de chaquetilla blanca. Harto de esos animales, entristecido por la suerte de la ciudad antigua y señorial, me levanto y ocupo una mesa que ha quedado libre en el extremo opuesto de la terraza. Al poco se acerca el camarero, trayendo mi bebida. Entonces miro hacia aquellos escandalosos hijos de puta y le digo al camarero: «He tenido que venir a una mesa que esté lejos». Y el camarero, con ademán triste y elegante de viejo lisboeta, se encoge de hombros, sonríe melancólico y responde: «Ya no hay mesas lo bastante lejos». 

3 de diciembre de 2017 

domingo, 26 de noviembre de 2017

El hombre que sí estaba allí

En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando a mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas». 

Sobre el hombre, Manuel Chaves Nogales, que escribió esas líneas en 1937 estuvimos conversando dos intensos días en Sevilla su hija Pilar, sus nietos Anthony e Isla, Jesús Vigorra –ese gran periodista cultural andaluz–, el arriba firmante y otros buenos amigos, en la segunda edición del espléndido ciclo Letras en Sevilla, que respalda la Fundación Cajasol –no todo son allí cofradías, feria de Abril y alumbrados navideños–, y que esta vez se dedicaba al reportero, articulista y narrador que, a la altura o por encima de Josep Pla y de César González Ruano, fue, en opinión de muchos, el mejor periodista español del siglo XX. 

El texto que abre este artículo es un fragmento de otro más extenso, al que me referí hace años en esta misma página, obra maestra del periodismo literario español: el prólogo del libro A sangre y fuego, con relatos de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil. Un prólogo inteligente, lúcido, no equidistante sino ecuánime, honrado y triste, que debería ser objeto de estudio obligatorio para los escolares de este país y de cualquier otro. Que los vacunaría contra el fanatismo y la estupidez, y sin duda los haría mejores personas, mejores ciudadanos y mejores españoles al comprender, y asumir, que «idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión en los dos bandos que se partieran España»

Precisamente por eso, por su ecuanimidad y desprecio hacia los criminales e irresponsables de uno y otro lado, Chaves Nogales, autor entre otras cosas de la asombrosa biografía Juan Belmonte, matador de toros y del gran relato picaresco-viajero El maestro Juan Martínez, que estaba allí, fue ninguneado y desapareció de la luz pública durante medio siglo. No estuvo ni con los que ganaron la guerra y la perdieron en los manuales de literatura, ni con los que la perdieron en las trincheras y la ganaron en las librerías. Estaba solo, como toda su vida, con su mirada lúcida, su entereza y su hombría de bien. Y el título de las jornadas que le dedicamos lo define rigurosamente: Chaves Nogales, una tragedia española

En honor de Sevilla, en apariencia frívola para tantas cosas, diré que se volcó en esas dos intensas jornadas, igual que ya lo hizo en primavera, en la edición anterior (Literatura y Guerra Civil): entradas agotadas en dos horas, largas colas con público entusiasta de todas las edades, generosa cobertura de prensa, radio y televisión, libros de Chaves Nogales agotados en las librerías, salones abarrotados, quinientas personas llenando el patio andaluz del siglo XVI, en el hermoso palacio de la plaza de San Francisco, mientras Juan Echanove les arrancaba lágrimas leyendo el famoso prólogo de A sangre y fuego. Un éxito, en fin, que consolida esos formidables ciclos, de los que ya se anuncia el tercero, Letras en Sevilla III, para el año que viene: Mayo del 68, el año que pudo cambiar el mundo (y no lo consiguió)

Hay, sin embargo, un detalle que no quiero dejar en la tecla del ordenador: una impresión de la que soy único firmante y responsable. En esas jornadas sevillanas, que con tanto entusiasmo son acogidas por la ciudad pese a que no se trata de hablar de Sevilla para los sevillanos, sino de hablar en Sevilla para el mundo, noté interesantes ausencias entre el público. La entrada era libre; pero ningún alcalde, ni consejero de cultura, ni representante de instituciones andaluzas de las letras, ni concejal relacionado con el asunto, aparecieron por allí. Tendrían miedo a aprender algo, supongo. Tampoco lo hizo nadie entre los que se reparten el negocio de la cultura local, interesados sólo por su medro provinciano, por succionarse mutuamente el ciruelo, porque les financien libros que nadie lee, por repartirse las migajas que caen de la mesa de las fundaciones, por conseguir subvenciones montando mezquinos chanchullos a los que casi nadie asiste y que sólo tienen por objeto su vanidad y el hacer caja. Resumiendo: los que no están acostumbrados a ser sólo público y no trincar. En mi opinión, su presencia habría desentonado en Letras en Sevilla, y celebro no haberlos visto por allí. Pero creo de justicia no acabar el artículo sin dedicarles –ya saben ustedes que me encanta hacer amigos– este cariñoso recuerdo. 26 de noviembre de 2017 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Recogiendo el guante

En Casa Lucio, como de costumbre, Javier Marías despacha su filete empanado mientras yo me ocupo de mi solomillo poco hecho y abierto en dos. Un corto sorbo de vino, yo, de cerveza, él, y tranquila conversación según el viejo ritual. Añejos códigos de amistad. Lo veo bien, relajado, con la única impaciencia de salir afuera para fumar al fin uno de sus imprescindibles cigarrillos. Hablamos de Berta Isla –su última y espléndida novela–, de campañas de promoción, del ineludible cine del Oeste, de algún librero ingrato y quizá miserable. Estamos a gusto allí, los dos, en nuestro rincón habitual. En nuestra mesa de siempre. Una señora atractiva está sentada cerca, y yo comento, guasón, que voy a escribir otro artículo sobre señoras atractivas: «Estábamos Javier Marías y yo…». Al oír eso, Javier se atraganta con la cerveza. «Ni se te ocurra –dice al recobrar el aliento–. No están los tiempos para eso, y todavía no me he recuperado del último». 

Luego conversamos sobre políticos y tertulianos de radio y tele. Del triste nivel cultural y el incomprensible desparpajo con que alguno de ellos se atreve a hablar en público. Estos días pasados, con lo de Cataluña, hemos oído varias veces utilizar la expresión recoger el guante con un sentido opuesto a su significado real. «La usan –comenta Javier– para hablar de aceptar una mano tendida para el diálogo, cuando en realidad indica todo lo contrario: aceptar batirse tras una provocación o desafío. Fulano y Mengano, dicen ahora sin saber lo que dicen, no recoge el guante del diálogo que le tiende el Gobierno. Etcétera». 

Corto un trozo de solomillo y le digo que eso es un artículo para él. Escríbelo, sugiero, y tienes resuelto el próximo domingo. Búrlate de cómo la desacomplejada presencia de tanto botarate en los medios de comunicación pervierte el lenguaje y destruye el sentido real de palabras y expresiones, convirtiendo nuestra lengua y sus giros en un caos de mediocridad e incoherencia. Javier se ríe y niega. «Eso no da para un artículo», apunta. «Entonces lo escribiré yo», respondo. Se vuelve a reír, incrédulo. «Es poco tema», señala. 

A continuación pasamos un buen rato hablando de arrojar y recoger guantes. «Se nota –dice Javier– que esos del guante no han visto la película El Cid, por ejemplo». Charlamos sobre eso, de cómo arrojar el guante al suelo ante alguien –el guantelete de hierro, en la Edad Media– o golpearle el pecho con él significaba proponer un desafío, un duelo; y cómo más tarde, hasta prácticamente el siglo XIX, arrojar un guante o utilizarlo de modo ofensivo tenía el mismo efecto. Después de aquello, el agraviado recogía el guante, lo tomaba del suelo, lo que significaba aceptar el desafío, y se lo devolvía al adversario en el campo del honor, armas en mano, si no quería ser tachado de mal caballero y de cobarde. Hasta don Quijote, como no podía ser de otro modo –ocurre en el apócrifo de Avellaneda, pero en este caso da igual–, entiende de ello cuando el gigante le dice: «Levanta, caballero cobarde, ese mi estrecho y pequeño guante, en señal y gaje de que mañana te espero», y don Quijote le dice a Sancho que lo recoja por él. 

Y así, entre recuerdos de duelos, torneos y caballeros medievales, salimos a la calle y caminamos Cava arriba, hacia la plaza Mayor, mientras Javier se fuma al fin su aplazado cigarrillo. La noche es agradable y caminamos despacio, con andar de viejos pistoleros, y como siempre hablamos de libros y de películas, esta vez al hilo de arrojar y recoger guantes y otros rituales hoy ignorados u olvidados. Y así, claro, no tardan en salir a relucir las historias de Walter Scott, e Ivanhoe, y Quintin Durward –con aquel siniestro Jabalí de las Ardenas–, y el paje de María Estuardo, y sir Kenneth el del Leopardo, Ricardo Corazón de León y Saladino en El talismán –ese momento sublime de los dos aceros, filo de cimitarra sarracena contra solidez de espada cruzada–, y las colecciones Historias y Cadete que leíamos por entonces, y los tebeos del Capitán Trueno, el Caballero Blanco y el Príncipe Valiente, y los cines comiendo pipas ante Robert Taylor con armadura, o con Charlton Heston defendiendo el honor de su rey en Calahorra; y también aquella novela que tanto me gustó entonces, Con el corazón y la espada, donde aprendí todo cuanto sobre usos medievales caballerescos podía aprender un niño de nueve años. Y cuando al fin nos despedimos como de costumbre junto a la plaza Mayor, Javier, también como de costumbre, enciende otro cigarrillo. Después lo piensa, mueve la cabeza, me mira con una sonrisa escéptica e insiste: «Eso del guante no da para un artículo». Entonces yo también sonrío, me agacho y recojo el guante. 

19 de noviembre de 2017