domingo, 13 de octubre de 1996

La dama de Beirut

Perdió un brazo siendo guerrillera tupamara y sobrevivió de milagro a un intento de suicidio al arrojarse bajo las ruedas del metro. En Territorio comanche la describí como guapa, dura y valiente. Bebía como un cosaco y durante mucho tiempo fue una leyenda en el Mediterráneo Oriental. Y el otro día, revisando papeles, encontré su último teléfono en una vieja agenda perdida. De pronto se agolparon los recuerdos, y me apresuré a marcar ese número con la esperanza de encontrar al otro lado de la línea su voz ronca, quemada de alcohol y tabaco y noches en vela, y amores, y guerras, y vida llena de emociones y aventura. Hubiera querido oírla, con su denso acento uruguayo, diciéndome como tantas veces hola, niño, chulito, cómo te va; que era lo que me decía siempre cuando nos encontrábamos viniendo de una guerra vieja o yéndonos hacia otra nueva. Así que descolgué el teléfono.

Marqué el número, pero allí sólo había el zumbido de un fax. Ahora, mientras tecleo estas líneas, tengo ante los ojos el número de ese fax que posiblemente ya no sea suyo, y no estoy muy seguro de querer comprobarlo. O tal vez no estoy seguro de querer volver a verla. Imagino que mi temor consiste en alterar la imagen que conservo de ella. O tal vez lo que temo es verme en sus ojos, con cuarenta y cinco años y algunas canas, tan diferente al muchacho flaco que, con una mochila y apenas doscientos dólares en el bolsillo, llamó hace un cuarto de siglo a la puerta de su casa en Beirut.

Aglae Masini fue mi juventud, mis primeras guerras, mi memoria. Su casa libanesa supuso el primer rerras en tierra extraña. Era inteligente, humana, fascinante, con un sentido del humor lúcido y mordaz, y un valor físico a toda prueba. Ella como corresponsal y yo como reportero del mismo periódico, trenzamos peripecias entre guerrillas palestinas y bombardeos israelíes, recorrimos las llanuras de la Bekaa hasta Siria, subimos a las montañas del Chuf, paseamos por los zocos de Sidón y Tiro, bebimos café espeso viendo los rojos atardeceres sobre el Mediterráneo desde las montañas cubiertas de cedros. Escandalizamos a la buena sociedad beirutí de la época porque ella era cuarentona y atractiva, y yo un jovenzuelo casi imberbe. Sus amantes juraban degollarme, pero lo cierto es que nunca tuvimos relación sentimental alguna. Me adoptó, simplemente, como se adopta a un huérfano o a un chucho abandonado. La llamaba Mamá y ella a mí Hijo, o Niño. Un par de veces intentó casarme con jóvenes amigas suyas, millonadas libanesas cristianas de ajustados leotardos de tigre y lujosos Mercedes tapizados de piel blanca, que en la cama -cuentan- decían procacidades en exquisito francés. Y cuando venían los cazabombarderos israelíes salíamos a tumbamos en su terraza con una botella de whisky, a verlos evolucionar en el cielo entre los misiles antiaéreos mientras oíamos música en el tocadiscos. Y un caluroso día que estábamos muy borrachos, ella en sujetador y yo con la cabeza apoyada en su estómago, cantando canciones de la guerrilla tupamara, un Mirage israelí pegó un cebollazo tan cerca que Aglae se puso de pie insultando al piloto, porque le había rayado un disco de Víctor Jara. Y ese día le dije: si un día tengo una hija la llamaré Aglae, como tú.

Después nos fuimos al golpe de Estado contra Makarios, y nos escapamos por los pelos de los paracaidistas turcos en el hotel Ledra Palace de Nicosia, y a Glefkos que era un griego guapo que ella se había ligado en combate, le volaron los huevos. Y, bueno, todas esas cosas. Y yo me fui a otros sitios y otras guerras africanas y americanas, y ella siguió allí, y empezó lo del Líbano en serio, y un día que ella estaba ciega por los gases de las bombas me mandaron a relevarla a Beirut, y allí estuve yendo once años uno tras otro, y en ese tiempo ella se fue alejando entre la marejada de la vida, o tal vez me alejé yo, y me hice adulto, supongo. Y hará seis o siete años la vi por última vez en un restaurante árabe, sexagenaria y cansada, arrastrando la nostalgia de sus paraísos perdidos, de sus guerras mediterráneas, dura y sola, absorta, perdida en los años lejanos de su propia memoria. Y hablamos de nada en concreto, y luego la dejé irse sin tener el valor de decirle lo que significó en mi vida y lo mucho que la quise, y que la quiero.

¿Saben una cosa? Creo que nunca pondré ese maldito fax. Me avergonzaría decirle que tuve una hija, y no la llamé Aglae.

13 de octubre de 1996

6 comentarios:

Fátima del Pilar dijo...

Hola...
Bueno quizás esto ya se lo han dicho alguna vez o de repente es muy sobrio, pero... escribe demasiado bien.
Hace poco que sé de su existencia, y de su libro (al mismo tiempo) y eso debería causarme mucha vergúenza poque estudio la carrera de comunciación en Perú.
Y para colmo y casi al mismo tiempo descubro que tiene un blog, pues gracias ¿no?, porque encontré otro dato más personal de Aglae Masini, me llamó mucho la atención este esporádico personaje de su obra.
Si lo conociera tendría una pregunta que hacerle sobre Territorio Comanche, que me ha dejado un poco inquieta.
Saludos

Anónimo dijo...

La dama Aglae Masini nacio el 17 de junio de 1934 en Montevideo. Nunca fue tupamara, y el brazo lo perdió cuando tenía 28 años en un intento de suicidio cuando su hija de diez años murió en un hospital de Madrid a causa de una operación de apendicitis. Aún debe figurar en internet el accidente. Exquisita dama con una vastísima cultura. Chapeau por ella.
Madame de la Rochelle

Rasputín dijo...

Efectivamente Aglae Masini perdió su brazo al arrojarse al metro en Madrid. Noticia del ABC del 29 de mayo de 1964: http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1964/05/29/083.html.

Cuenta Fernando Orgambides en su blog (http://www.fernandoorgambides.com/2010/03/11/dificil-eleccion) que también conoció a la dama de Beirut y que ésta perdió el brazo en la guerrilla tupamara y que el intento de suicidio fue en París.

carlos griell dijo...

Desde luego lo que dice Orgambide sobre la pérdida del brazo de Aglaé tiene más glamour y menos humanidad. Como muchas otras cosas.

Fernando Orgambides dijo...

Quería informarles que en el artículo "Difícil elección" de mi blog http//:www.fernandoorgambides.com había algunas inexactitudes en origen que han sido corregidas tras las correspondientes comprobaciones.

Estas inexactitudes, o errores, están relacionadas con Anglae Masini, de la que escribí que perdió el brazo en una acción armada cuando formaba parte del movimiento tupamaro. Masini nunca fue tupamara y el brazo lo perdió al arrojarse al Metro en 1964 en un intento de suicidio. Este suceso ocurrió en Madrid, y no en Paris como se informaba en origen.

Las correciones se han incorporado al artículo original con fecha de 6de febrero de 2012 y explicadas simulataneamente con una "Nota del editor" a modo de comentario.

Pido disculpas por la confusión que hayan podido crear estos errores. Y que, gracias a la red, han quedado automaticamente subsanados.

Un saludo y muchas gracias. Fernando Orgambides
Madrid, 7 de febrero de 2012

aureavicenta dijo...

Estremecedores recuerdos y un gran homenaje que honra tanto a quien se le dedica como al que lo escribe.
No se necesitan palabras para agradecer lo que las dos partes conocen pero está bien que se haga un público reconocimiento de la generosidad de la condición humana.
Mis felicitaciones más sinceras.