domingo, 19 de enero de 1997

Parejas venecianas

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminando por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios. Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento por darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los vi cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.

Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo de la embarcación que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante Y sabia, imaginé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adolescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir-el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada hechos una mierda, llenos de asco y soledad. La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.

A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta socie dad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura.: Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo más elemental y humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno junto al otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuántos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

19 de enero de 1997

11 comentarios:

Paqui dijo...

¡Qué hermoso!

Paulino-Jesus dijo...

¨Parejas Venecianas¨un articulo que rebosa amor, tolerancia y comprensión hacia nuestros semejantes de sexualidad diferente,con la prosa amena a la que estamos acostumbrados sus lectores. Salud y Saludos Maestro.

ME dijo...

!Qué gran manera de ponerse en el interior de esa pareja! Es fantástico.

Sansil dijo...

Que elegancia al transmitir un pensamiento, gracias.

David Sepúlveda dijo...

Me ha hecho recordar a mi padre.
Homofóbico, según los cánones actuales -Desde 1997, en que escribió Ud. ésto, muchas reivindicaciones se han hecho y ahora casi debo disculparme por ser hetero- no le agradaba el tema de la homosexualidad. Pero, crecido yo, se sinceró una vez y me dijo: "No me gustan los homosexuales. No me gusta lo que hacen, me da asco... pero no salgo a la calle con una antorcha para lincharlos. Si no hacen daño ¿Por qué se los iba a hacer yo? Yo no me meto en la vida de nadie y exijo que nadie se meta en la mía: si ellos quieren hacer eso y a nadie dañan ¿Quién se atreve a criticarlos?."
Vive y deja vivir, en suma. No jodo a nadie y exijo que no me jodan... pero debo decir que yo sí saldría a la calle a partirle la nariz a alguno con antorcha.

Anónimo dijo...

Grande, muy grande. Ha sido lo más emocionante del día leer esto. Gracias Arturo.

Carolina dijo...

Cuánto respeto y cariño se percibe en el artículo. ¡Ojalá hubiera mucha más gente así en este país!.

Virginia García Pescador dijo...

No se podría describir mejor, un pensamiento, y que muchos compartimos. Enhorabuena!Mil gracias.

Anónimo dijo...

Don Arturo, es usted un ser humano como Dios manda (como pienso yo que Dios debe mandar...). Admiración, respeto y aprecio hacia su persona.
DANIEL GALLEGO

Will dijo...

Qué manera de aprobación! Me parece una oportunidad para reflexionar sobre los derechos de los ciudadanos sean homosexuales o no. Es simplemente un derecho! Felicito su expresión tolerante y humana. Wilfrido Parra

Will dijo...

Una hermosa forma de ver la vida. Tolerancia y respeto a la otredad, como la llama Maturana. Aplaudo su reflexión.